jueves, 29 de noviembre de 2007

Chejov a A.N. Pleschéev


Moscú, 15 de febrero de 1890.

Le respondo, querido Alexéi Nikoláevich, al instante de recibir su carta. ¿Ya fue su onomástico? ¡¡Sí, y yo lo olvidé!! Perdone, hijito, y reciba de mi parte una felicitación tardía.
¿Acaso no le gustó La sonata a Kreutzer?1 Yo no digo que sea una cosa genial, eterna –no soy juez ahí pero, en mi opinión, entre todo lo que se escribe ahora entre nosotros y en el extranjero, apenas se pueda encontrar algo semejante por la importancia de la idea y la belleza de la ejecución. Sin hablar ya de las virtudes artísticas, que por lugares son asombrosas, hay que dar gracias al relato ya sólo porque éste excita el pensamiento en extremo. Al leerlo, apenas te contienes para no gritar: “¡Eso es verdad!” o, “¡Eso es absurdo!” Es verdad, tiene unos defectos muy enojosos. Además de todo lo que usted enumeró, en éste hay algo aun, que no se quisiera perdonar a su autor, y precisamente –la valentía con que Tolstoi diserta de lo que no conoce y, por terquedad, no quiere entender. Así, sus juicios sobre la sífilis, las casas de educación, sobre la repulsión de las mujeres a la cópula y demás, no sólo pueden ser disputados, sino que denuncian abiertamente a un hombre ignorante, que no se tomó el trabajo en el transcurso de su larga vida, de leer dos-tres libritos escritos por los especialistas. Pero, de todas formas, esos defectos vuelan como las plumas al viento; debido a las virtudes del relato simplemente no los adviertes, y si los adviertes, pues sólo te enoja un poco que el relato no evitó la suerte de todas las obras humanas, que todas no son perfectas y no están libres de manchas.
¿Están enojados conmigo mis amigos y conocidos petersburgueses2? ¿Por qué? ¿Porque los cansé poco con mi presencia, que me cansó a mí mismo ya hace tiempo? Apacigüe sus mentes, dígales que en Petersburgo almorcé bastante, cené bastante, pero que no encanté ni a una sola dama, que yo cada día estaba seguro de que me iría por la noche en el de correo, que me retuvieron los amigos y la Antología marina3, que necesitaba hojear toda, empezando desde 1852. Viviendo en Peter, yo en un mes hice tanto, como no harán mis jóvenes amigos en todo un año. ¡Por lo demás, que se enojen!
Acerca de que me fui con Scheglóv a caballo a Moscú, telegrafió el joven Suvórin a los nuestros por broma, y los nuestros se lo creyeron; en lo que respecta a los 35 000 mensajeros4 que vinieron corriendo a mí desde el ministerio, para invitarme a ser gobernador general de la isla Sajalín, pues eso es simplemente un absurdo. Mi hermano Mísha escribió a los Lintvarióv que yo gestiono para entrar a Sajalín, y ellos, por lo visto, no así lo entendieron. Si ve a Gálkin-Vráskii, dígale que no se preocupe mucho por las reseñas para sus informes. De sus informes yo voy a hablar ampliamente en mi libro e inmortalizaré su nombre; los informes no son importantes: el material es admirable y rico, pero los autores-funcionarios no supieron aprovecharlo.
Todo el día estoy sentado, leo y hago extractos. En la cabeza y el papel no hay nada, excepto Sajalín. Una alienación. Mania Sachalinosa.
Hace poco almorcé en casa de Yermólova5. Una florecilla silvestre que, tras caer en un bouquet de claveles, se hizo más fragante por la buena vecindad. Así y yo, tras almorzar en casa de la estrella, sentía la aureola alrededor de mi cabeza dos días después.
Leí la Sinfonía de M. Chaikóvskii6. Me gustó. Se obtiene después de la lectura una impresión muy definida. La pieza debe tener éxito.
Adiós, hijito mío, venga. Un saludo a los suyos. Mi hermana y mi madre lo reverencian.

Suyo, A. Chejov.

1El Comité de censura prohíbe publicar en una revista La sonata a Kreutzer, novela de Liév Tolstoi; la editorial El mediador aprovecha la ocasión para imprimir 300 ejemplares litografiados que circulan de mano en mano.
2Alexéi Pleschéev escribe a Chejov el 13 de febrero de 1890: “Algunos amigos suyos se quedaron molestos con usted en Petersburgo (no del círculo de Tiempo nuevo, por supuesto) y, a decir verdad, no sin fundamento. Yo mismo, en parte, podría ser contado entre ellos. Ninguno alcanzó casi a platicar con usted como se debe. Usted iba a verlos a todos por un breve instante, siempre se apuraba a irse, como si hubiera ido por obligación, y finalmente se despidió diciéndole a unos que se iba hoy, a otros que mañana, y después se quedó aún dos semanas y medias en Petersburgo. Y eso, propiamente, significa en traducción a la lengua humana: déjenme en paz” (LN, tomo 68, pag. 356-357)
3Se refiere al Índice sistemático y alfabético de la Antología marina, 1848-1872 (SPb., 1875).
4Sobre los 35 000 correos véase el monólogo de Jlestakóv en El inspector, comedia de Nikolai Gógol.
5Chejov asiste a un almuerzo, junto a otros escritores y actores, en casa de María Yermólova, actriz del Teatro Máli. Sus palabras sobre ésta son una paráfrasis del poema Florecilla sencilla, silvestre... (1805), de Iván Dmítriev.
“Aprovechando la llegada de A.S. Suvórin, M.N. Yermólova invitó a almorzar a su casa a algunos escritores y artistas. Estuvo también A.P. Chejov. Hablaron, por supuesto, de teatro, recordaron a los actores pasados, se extasiaron con el pasado hermoso. Y ahí, el siempre taciturno Chejov, al referirse a la situación actual del teatro, empezó a señalar las condiciones increíbles en que debía trabajar nuestro actor. Aproximadamente, eran las ideas que Chejov (…) puso en boca de su Svietlovídov (El canto del cisne), y después en boca de la cazada Gaviota” (Nik. Abriénin. Memoria de A.P. Chejov, Teatro y arte, 1904, Nº 29, 18 de julio).
6Chejov lee la pieza de Modést Chaikóvskii en el manuscrito y escribe después a su autor sus impresiones.

Imagen: Denis Sholokhov, Monasterio Donskoi.