viernes, 27 de septiembre de 2013

En el campo, por Iván Búnin

(escritor invitado)
I

Oscurece, hacia la noche se levanta una borrasca.
Mañana es navidad, una gran fiesta jubilosa, y por eso parece aún más triste el crepúsculo no apacible, el infinito camino apartado y el campo, que se ahoga en la niebla del vendaval. El cielo cuelga cada vez más bajo sobre éste, la luz azulada-plomiza del día apagado reluce débilmente, y en la lejanía nublada ya empiezan a aparecer esas lucecitas pálidas impalpables, que siempre titilan ante los ojos intensos del viajero, en las noches de invierno en la estepa...
Excepto esas siniestras lucecitas misteriosas, no se ve nada adelante en media vérsta. Bueno aún que hay helada, y el viento sopla fácilmente la nieve áspera del camino. Pero en cambio golpea el rostro con ésta, colma con silbido los jalones de roble al borde del camino, arranca y se lleva al humo del vendaval sus hojas secas negruzcas, y mirándolas te sientes perdido en el desierto, en medio del eterno crepúsculo norteño…
En el campo, lejos de las grandes rutas carreteras, lejos de las grandes ciudades y las vías férreas, hay una granja. Incluso el pueblo, que alguna vez estuvo cerca de la misma granja, anida ahora a unas cinco vérstas de ésta. A esa granja los señores Baskákov, muchos años atrás, la nombraron Luchezárovka, y al pueblo Patio de Luchezárovka.
¡Luchezárovka! El viento rumorea como el mar alrededor de ésta, y en el patio por los altos, blancos montones de nieve, como por túmulos de tumbas humea el vendaval. Esos montones de nieve están rodeados, lejos el uno del otro, por edificios dispersos, la casa señorial, el cobertizo de “carrozas” y la isbá del “tinelo”. Todos los edificios son al modo antiguo, bajos y largos. La casa está revestida de tablas, la fachada principal mira al patio sólo con tres ventanas pequeñas, el portal es con alero sobre postes, el gran tejado pajoso se negreció con el tiempo. Había uno así en el tinelo, pero ahora quedó sólo el esqueleto de ese tejado, y una estrecha chimenea de ladrillos se eleva sobre éste, como un cuello largo…
Y parece que la hacienda murió, ningunos signos de vivienda humana, excepto un almiar empezado junto al cobertizo, ni una montura en el patio, ¡ni un sonido de habla de personas! Todo está atestado de nieve, todo duerme un sueño inanimado bajo el cántico del viento estepario, entre los campos invernales. Los lobos deambulan en las noches cerca de la casa, llegan de las praderas por el jardín hasta el mismo balcón.
Alguna vez… ¡Por lo demás, quién no sabe qué fue “alguna vez”! Ahora figuran en Luchezárovka, ya con todo y todo, veintiocho desiatínas de labrada, y cuatro desiatínas de tierra de hacienda. La familia de Yákov Petróvich Baskákov se mudó a la ciudad: Glafíra Yákovlievna está casada con un agrimensor, y Sofía Pávlovna vive donde ella casi el año entero. Pero Yákov Petróvich es un viejo hombre de la estepa. Él, en su tiempo, se paseó en la ciudad unas cuantas posesiones, pero no deseó terminar allí “el último tercio de la vida”, como se expresaba sobre la vejez humana. Con él vive su antigua sierva, la habladora y robusta vieja Dária; ella fue nana de todos los niños de Yákov Petróvich, y se quedó para siempre en la casa de los Baskákov. Además de ella, Yákov Petróvich mantiene aún un trabajador, que sustituye a la cocinera: las cocineras no viven en Luchezárovka más de dos-tres semanas.
-¡Ese pues va a vivir donde él! -dicen éstas-. ¡Allá por la sola angustia se te extenúa el corazón!
Por eso pues las sustituye Sudák, un mujík de Patio. Es un hombre perezoso y no habituado, pero allí se habituó. Carga agua del estanque, prende las estufas, cocina el "sopicaldo", amasa el pienso para el castrado blanco, y fuma majórka por las tardes con el señor, no es una labor grande.
La tierra Yákov Petróvich la arrienda toda a los mujíks, su industria hogareña es sumamente no compleja. Antes, cuando en la hacienda se erguían los graneros, el patio de ganado y el cobertizo, la hacienda aún parecía una vivienda humana. ¿Pero para qué eran necesarios los graneros, el cobertizo y el patio de ganado, con veintiocho desiatínas hipotecadas, re-hipotecadas en el banco? Era más razonable venderlos y, siquiera por cierto tiempo, vivir de éstos más jubiloso que de costumbre. Y Yákov Petróvich vendió primero el cobertizo, después los graneros, y cuando empleó en la calefacción todo el techo del patio de ganado, vendió también sus paredes de piedra. ¡Y se volvió no acogedora Luchezárovka! Le hubiera dado espanto, en medio de ese nido arruinado, incluso a Yákov Petróvich, ya que por el hambre y el frío Dária tenía la costumbre, en todas las grandes fiestas invernales, de marcharse a la aldea a donde su sobrino, el zapatero, pero hacia el invierno a Yákov Petróvich lo socorría otro amigo más fiel.
Sala malekum! -resonaba una voz anciana en algún día tétrico, por la de las “doncellas” en la casa de Luchezárovka.
¡Cómo se avivaba Yákov Petróvich con ese saludo tártaro, conocido desde la misma campaña de Crimea! En el umbral estaba parado de forma respetuosa, sonriendo, haciendo reverencias un pequeño hombre canoso, ya quebrado, enclenque pero siempre animado, como todos los antiguos hombres siervos. Era el anterior ordenanza de Yákov Petróvich, Kovalióv. Cuarenta años han pasado desde los tiempos de la campaña de Crimea, pero cada año él se presenta ante Yákov Petróvich, y lo saluda con las palabras que les recuerdan a ambos Crimea, la caza de faisanes, el pernoctar en las casuchas tártaras...
Malekum sala! -exclamaba jubiloso Yákov Petróvich-. ¿Estás vivo?
-Y soy el héroe de Sevastópol pues -respondía Kovalióv.
Yákov Petróvich examinaba con una sonrisa su zamarra, cubierta con un paño de soldado, su poddióvka viejecita, con la que Kovalióv parecía un muchacho canoso, sus botas de fieltro de cordero, de las que tanto le gustaba jactarse, porque éstas eran de cordero...
-¿Cómo lo mima Dios? -preguntaba Kovalióv.
Yákov Petróvich se examinaba también a sí mismo. Y era siempre el mismo: una figura maciza, una cabeza canosa pelada, un bigote canoso, un rostro bondadoso, desatento, con unos ojos pequeños y una afeitada barbilla “polaca”, la perilla real...
-Un marmota todavía -bromeaba en respuesta Yákov Petróvich-. ¡Bueno, desvístete, desvístete! ¿Dónde te perdiste? ¿Pescaste, cultivaste?
-Pesqué, Yákov Petróvich. Ahí el agua crecida se llevó unas vasijas el año actual, ¡y no traiga el Señor!
-¿Entonces, te sentaste con el blindaje de nuevo?
-Con el blindaje, con el blindaje...
-¿Y tabaco tienes?
-Tengo un poquito.
-Bueno, siéntate, vamos a liar.
-¿Cómo está Sofía Pávlovna?
-En la ciudad. Yo estuve donde ella hace poco, pero me largué pronto. Aquí hay un aburrimiento mortal, pero allá es peor aún. Y además mi amable yerno… ¡Tú sabes, cuál hombre es! ¡Un servil horrible, un interesado!
De un descarado no harás un señor!
-No harás, hermano… ¡Bueno, que se vaya al diablo!
-¿Cómo está su cacería?
-Y siempre pólvora, munición no tengo. Hace unos días conseguí, fui, le pegué a un patizambo…
-¡El año actual son una pasión!
-De eso se trata pues. Mañana con la luz nos apostamos.
-Obligado.
-¡Yo de verte, por Dios, me alegro de alma!
Kovalióv sonreía con malicia.
-¿Y las damas están salvas? -preguntaba, liando un purito y dándole a Yákov Petróvich.
-Salvas, salvas. ¡Vamos pues a almorzar y nos batimos!

II

Oscurece. Sobreviene la tarde prefestiva. En el patio se desata una ventisca que cubre con más nieve la ventana, la de “las doncellas” se vuelve más fría y lúgubre. Es una pequeña habitación antigua de techo bajo, con unas paredes de troncos negrecidos por el tiempo, y casi desierta: debajo de la ventana hay un banco largo, cerca del banco una sencilla mesa de madera, junto a la pared una cómoda, en cuya gaveta superior están los platos. La de las doncellas se llamaba en justicia ya hacía mucho tiempo, unos cuarenta-cincuenta años atrás, cuando allí se sentaban y tejían encajes las muchachas siervas. Ahora la de las doncellas es una de las habitaciones habitables del mismo Yákov Petróvich. Una mitad de la casa, con las ventanas al patio, se conforma de la de las doncellas, los lacayos y el gabinete entre éstos; la otra, con las ventanas al jardín de los cerezos, de la sala y el salón. Pero en invierno la de los lacayos, la sala y el salón no son calentados, y allí hace tal frío, que la mesa de juego y el retrato de Nikolai I se congelan al través. En esta no apacible tarde prefestiva, en la de las doncellas es en particular no acogedor. Yákov Petróvich está sentado en el banco y fuma. Kovalióv está parado junto a la estufa, bajando la cabeza. Ambos están con gorros, botas de fieltro y pellizas; el paletó de carnero de Yákov Petróvich, está puesto directo sobre la ropa interior y tiene de cinturón una toalla. Se ve vagamente en la lobreguez el humo azulado, bogante de la majórka. Se oye cómo tintinean con el viento los cristales quebrados de las ventanas de la sala. La ventisca alborota alrededor de la casa, e interrumpe limpiamente la conversación de sus habitantes: siempre parece que alguien arribó.
-¡Espera! -Yákov Petróvich detiene a Kovalióv de pronto-. Debe ser, es él.
Kovalióv se calma. A él también le pareció oír el crujido de un trineo en el portal, la voz de alguien, llegando indistinta a través del rumor de la ventisca...
-Ve pues, echa una mirada, debe ser, vino.
Pero Kovalióv no quiere del todo salir corriendo a la helada, aunque él también espera con gran ansiedad, el regreso de Sudák de la aldea con las compras. Presta oídos muy atento y replica decidido.
-No, es el viento.
-¿Pero qué tienes, es difícil echar una mirada pues?
-¿Pero qué mirar pues, cuando no hay nadie?
Yákov Petróvich sacude los hombros, empieza a irritarse...
Así fue todo se compuso bien… Arribó un mujík rico de Kalínovka, con el ruego de escribir una solicitud para el jefe del ziémstvo (Yákov Petróvich era célebre en la comarca como compositor de solicitudes), y trajo para eso una gallina, una botella de vodka y un rublo en dinero. Es verdad, el vodka fue bebido en la misma composición y lectura de la solicitud, la gallina ese mismo día degollada y comida, pero el rublo se quedó salvo, Yákov Petróvich lo guardó para la fiesta... Después, ayer por la mañana aparecía Kovalióv de repente, y traía consigo unos bollos, una decena y media de huevos y aún sesenta kópeks. Y los viejos estaban jubilosos y discutían largo tiempo qué comprar. Al final de todo, diluyeron hollín de la estufa en una taza, afilaron un cerillo y, con unas letras rollizas, robustas escribieron al tendero de la aldea. “Al bodegón de Nikolai Ivánov. Despacha 1 lib. de majórka medio selecta, 1 000 cerillos, 5 arenques marinados, 2 lib. de aceite de cáñamo, 2 ochavas de té de frutas, 1 lib. de azúcar y 1 ½ lib. de melindres de menta.
Pero Sudák no está desde la misma mañana. Y eso acarrea consigo, que la tarde prefestiva pasará del todo no así, como se había pensado, y lo principal, tendrán que ir ellos mismos al almiar por la paja, del día de ayer quedaba en el zaguán poca paja. Y Yákov Petróvich se irrita, y todo se le empieza a dibujar en colores lúgubres.
Las ideas y los recuerdos más no jubilosos le vienen a la cabeza… He aquí hace cerca de medio año que no ha visto ni a la mujer, ni a la hija... Vivir en la granja se vuelve cada día peor y más aburrido...
-¡Ah, que el diablo se lo lleve del todo! -dice Yákov Petróvich su frase favorita, tranquilizante.
Pero hoy ésta no tranquiliza…
-¡Bueno, y los fríos volvieron pues! -dice Kovalióv.
-¡Un frío horripilante! -respalda Yákov Petróvich-. ¡Pues ahí siquiera los lobos se hielan! Mira... ¡Jj! ¡El vapor del aliento se ve!
-Sí -continúa Kovalióv de forma monótona-. ¡Y pues, ¿recuerda?, nosotros en año nuevo, alguna vez, arrancamos flores sólo con los uniformes! Cerca de Balakláva pues…
Y baja la cabeza.
-Y él, asunto visto, no vendrá -dice Yákov Petróvich sin escuchar-. ¡Estamos con una agitación estúpida, ni más ni menos!
-¡No se quedará pues a pasar la noche en el bodegón!
-¿Y tú qué piensas? ¡A él le hace mucha falta!
-Supongamos, barre duro…
-No barre nada ahí. De costumbre, no es verano...
-¡Pero es un cobarde estatal pues! Teme congelarse…
-¿Pero cómo pues congelarse? De día, el camino una tabla…
-¡Espere! -interrumpe Kovalióv-. Parece, llegó...
-¡Yo te digo, sal, echa una mirada! ¡Tú, por Dios, te agallinaste del todo hoy! Hay pues que poner el samovar, y sacar la paja.
-Y pues, por supuesto, hay que. ¿O si no, qué pues harás aquí por la noche?
Kovalióv conviene en que es necesario ir por la paja, pero se limita a los preparativos para la calefacción: coloca una silla ante la estufa, se trepa a ésta, abre la tapadera y retira las llaves de tiro. En la chimenea el viento empieza a aullar con voces diversas.
-¡Deja entrar siquiera a la perra pues! -dice Yákov Petróvich.
-¿A cuál perra? -pregunta Kovalióv, gimiendo y apeándose de la silla.
-¿Pero qué tú te haces el imbécil pues? A Flembo, por supuesto, ¿oyes?, está aullando.
En verdad, Flembo, una perra vieja, chilla en el zaguán de modo lastimero.
-¡Hay que tener Dios! -agrega Yákov Petróvich-. Pues se va a congelar… ¡Y todavía cazador! ¡Eres un holgazán tú, hermano, como yo veo! Ya en verdad un marmota.
-Y ella y usted pues, debe ser, son de la misma raza -sonríe Kovalióv, abre la puerta al zaguán y deja entrar a Flembo a la de las doncellas.
-¡Cierra, cierra, por favor! -grita Yákov Petróvich-. Ya me sopló frío por los pies… ¡Échate ahí! -se dirige a Flembo de forma amenazante, señalando con el dedo abajo del banco.
Y Kovalióv, azotando la puerta, farfulla.
-Allá sopla, ¡el mundo de Dios no se ve!.. ¡Y, debe ser, pronto nos van a arrastrar a Bogoslóvskoe! Ya-ya el padre Vasílii se va a quejar de nosotros. Yo ya lo veo. Todos nosotros peleamos. Eso es antes de la muerte.
-Bueno, eso ya condénate tú solo, por favor -replica Yákov Petróvich de modo pensativo.
Y expresa sus ideas en voz alta de nuevo.
-¡No, yo ya no me voy a sentar más de guarda en este establo! Al parecer, pronto-pronto se va a rajar esta maldita Luchezárovka...
Abre la bolsita, vierte majórka en su pitillo y continúa.
-¡Llegó hasta que, véndate los ojos y corre fuera del patio! ¡Y toda mi confianza imbécil y los amigos-colegas! Yo toda la vida fui honrado, como el acero, a nadie le negué nada... ¿Y ahora qué me ordena hacer? ¿Pararme con una taza en el puente? ¿Meterme una bala en la frente? ¿Interpretar la “vida del jugador”? Ahí mi sobrino, Arsiéntii Mijálich, tiene mil deciatínas, ¿y acaso ellos tienen la ocurrencia de ayudar al viejo? ¡Y yo mismo ya no iré a reverenciar a gente extraña! ¡Yo tengo amor propio, como la pólvora!
E irritado de forma definitiva, Yákov Petróvich agrega con rabia por completo.
-¡No obstante, no hay que parir, hay que dirigirse por la paja!
Kovalióv se encorva aún más, y mete las manos en las mangas de la zamarra. Tiene tanto frío, que se le hiela la punta de la nariz, pero aún espera que se “arreglará” de algún modo... puede ser Sudák se acercará... Entiende a la perfección, que Yákov Petróvich le propone a él solo dirigirse por la paja.
-¡Pero qué parir! -dice-. El viento pues te tumba de los pies...
-¡Bueno, ahora señorear no toca!
-Vas a señorear, cuando no endereces la cintura. ¡No somos jóvenes tampoco! Gracias a Dios, entre los dos pues, unos ciento cuarenta tendremos.
-¡Y, por favor, no te hagas el carnero helado!
Yákov Petróvich entiende a la perfección también, que Kovalióv solo no hará nada en el almiar cubierto de nieve. Pero también espera que se arreglará de algún modo sin él...
Entre tanto, en la de las doncellas se vuelve ya oscuro por completo, y Kovalióv finalmente se decide a echar una mirada, por si viene acaso Sudák. Arrastrando sus pies quebrados, va hacia la puerta...
Yákov Petróvich echa humo a través del bigote, y como ya quiere mucho un té, pues sus ideas adquieren un tanto otra dirección.
-¡Hum! -farfulla-. ¿Qué le parece esto? ¡Buena fiestecita! Jamar como un perro quiero. Pues no hay un reino no comible… ¡Antes siquiera pasaban los húngaros!.. ¡Bueno, espera pues, Sudák!
Las puertas del zaguán se azotan, entra corriendo Kovalióv.
-¡No! -exclama-. ¡Cómo se hundió! ¿Qué hacer ahora pues? ¡En el zaguán la paja es poca!
En la nieve, con la zamarra pesada, pequeño y encorvado, está tan lastimero e indefenso.
Yákov Petróvich se levanta de pronto.
-¡Y pues yo sé qué hacer! -dice, inspirado por cierta idea buena, se inclina y saca un hacha de abajo del banco.
-Esta tarea se resuelve muy fácil- agrega volcando una silla, parada cerca de la mesa, y bracea con el hacha-. ¡Trae mientras paja pues! ¡Que el diablo se lo lleve del todo, para mí mi salud es más cara que la silla!
Kovalióv, también avivado de golpe, mira con curiosidad cómo vuelan las astillas de abajo del hacha.
-¿Pues ahí seguro en el techo aún hay muchas? -respalda.
-¡Anda al desván y sacude el samovar!
Por la puerta abierta sopla frío, huele a nieve... Kovalióv, tropezando, trae a la de las doncellas paja, brazos de butacas viejas del desván...
-Por el alma querida vamos a calentar -repite-. Aún tengo bollos... ¡Si cocer unos huevos!
-Tráelos en un platito. ¡Que estamos como unos sauces llorones!

III

La tarde invernal transcurre con lentitud. La ventisca alborota tras las ventanas sin calmarse...
Pero ahora los viejos ya no prestan oídos a su rumor. Pusieron el samovar en el zaguán, prendieron la estufa en el gabinete, y ambos se sentaron en cuclillas cerca de ésta. 
¡La calidez envuelve el cuerpo de modo glorioso! A veces, cuando Kovalióv embutía en la estufa una gran brazada de paja, los ojos de Flembo, que también había venido a la puerta del gabinete a calentarse, refulgían en la oscuridad como dos piedras esmeraldas. Y la estufa zumbaba de forma apagada; luciendo ya aquí, ya allá a través de la paja, y lanzando al techo del gabinete franjas de luz trémulas, turbias-rojizas, las llamas zumbantes se acrecían con lentitud y acercaban a la abertura, los granos de trigo salpicaban, reventando con estrépito... Poco a poco se alumbraba toda la habitación. Las llamas abarcaban la paja por completo, y cuando de ésta quedaba solamente un montón de brasas trémulas, como alambres candentes, dorados-fogosos, cuando ese montón caía marchito, Yákov Petróvich se sacaba el paletó, se sentaba de reverso a la estufa y se levantaba el camisón en la espalda.
-¡Aa-ah! -decía-. ¡Es glorioso calentarse la espalda pues! Y cuando su gruesa espalda se volvía púrpura, se apartaba de la estufa y echaba encima la zamarra.
-¡Así pues me caló! O si no pues, es una desgracia sin baño... ¡Bueno sí, ya el año actual lo pongo seguro!
Ese “seguro” Kovalióv lo oye cada año, pero cada año recibe con éxtasis la idea del baño.
-¡Es un bien querido! Es una desgracia sin baño -conviene, calentando también junto a la estufa su espalda delgada.
Cuando la leña y la paja ardieron por completo, Kovalióv tostó unos bollos en la estufa, apartando del calor su rostro abrasado. En la oscuridad, alumbrado por la rojiza boca de la estufa, éste parecía broncíneo. Yákov Petróvich se afanaba cerca del samovar. He aquí se sirvió té en la jarra, la puso a su lado en el poyo de la estufa, encendió un cigarrillo y, callado un poco, preguntó de pronto.
-¿Y qué pues hace ahora la querida lechuza?
¿Cuál lechuza? ¡Kovalióv sabe bien cuál lechuza! Unos veinticinco años atrás había cazado una lechuza, y en algún lugar en un albergue dijo esa frase, pero esa frase por algo no se olvidó y, como decenas de otras, es repetida por Yákov Petróvich. Por sí misma ésta, por supuesto, no tiene sentido, pero por su larga utilización se volvió risible y, como otras semejantes, acarrea consigo muchos recuerdos.
Es evidente, Yákov Petróvich se siente jubiloso por completo, y procede a las conversaciones apacibles sobre el pasado. Y Kovalióv lo escucha con una sonrisa pensativa.
-¿Y recuerda, Yákov Petróvich ? -empieza...
La tarde transcurre con lentitud, es cálido y luminoso en el gabinete pequeño. Todo en éste es tan sencillo, no ingenioso, a lo antiguo; la tapicería amarillenta de las paredes, adornadas con fotografías descoloridas, con cuadros bordados en lana (un perro, una vista suiza), el techo bajo empapelado con El hijo de la patria; delante de la ventana, una mesa escritorio de roble y una butaca vieja, alta y profunda, junto a la pared una gran cama de caoba con gavetas, encima de la cama un cuerno, una escopeta, una polvorera, en la esquina un estante con íconos oscuros… ¡Y todo eso familiar, hace mucho tiempo conocido!
Los viejos están saciados y cálidos. Yákov Petróvich está sentado con botas de fieltro y en ropa interior, Kovalióv con botas de fieltro y poddióvka. Largo tiempo jugaron a las damas, largo tiempo se dedicaron a su asunto preferido, examinaron la ropa, ¿no se podía de algún modo voltearla?, cortaron una cazadora vieja para un gorro, largo tiempo estuvieron parados cerca de la mesa, midieron, trazaron con una tiza...
El estado de ánimo de Yákov Petróvich es el más benigno. Solamente, en lo profundo de su alma se agita cierta sensación triste. Mañana es la fiesta, él está solo... ¡Gracias a Kovalióv, siquiera él no se olvidó!
-Bueno -dice Yákov Petróvich-, toma este gorro para ti.
-¿Y usted cómo pues? -pregunta Kovalióv.
-Yo tengo.
-¿Pero es uno tejido pues?
-¿Y qué pues? ¡Un gorro incomparable!
-Bueno, le agradezco con humildad.
Yákov Petróvich tenía la pasión de hacer regalos. Y además no quería coser... 
-¿Qué hora es ahora pues? -razona en voz alta.
-¿Ahora? -pregunta Kovalióv-. Ahora son las diez. Seguro, como en la botica. Yo ya sé. Pasaba, en Petersburgo, llevaba dos relojes de plata...
-¡Pero deliras tú pues, hermano! -advierte Yákov Petróvich con cariño.
-¡Pero no, usted permita, no me sorprenda de golpe pues!
Yákov Petróvich sonríe distraído.
-¡Algo, debe ser, en la ciudad ahora pues! -dice, sentándose en el poyo de la estufa con la guitarra-. ¡La animación, el brillo, la agitación! ¡En todas partes las reuniones, las mascaradas!
Y empiezan los recuerdos de los clubes, sobre cuánto cuándo ganó y perdió Yákov Petróvich, de cómo a veces Kovalióv lo convencía a tiempo de irse del club. Va una conversación avivada sobre el anterior bienestar de Yákov Petróvich. Él dice.
-Sí, yo cometí muchos errores en mi vida. No tengo a quien reprochar. Y a juzgarme va, se ve, Dios, y no Glafíra Yákovlievna, y no el yerno querido. Qué pues, yo les daría la camisa, pero no tengo ni camisas pues... He aquí, yo nunca tuve rencor contra nadie... Bueno, pero todo pasó, voló... Cuántos parientes había, conocidos, cuántos amigos-colegas, ¡y todo eso está en la tumba!
El rostro de Yákov Petróvich está pensativo. Él toca la guitarra y canta una antigua romanza afligida.

¿Qué tú callas y te sientas solo?

canta con reflexión.

La idea yace en la frente lúgubre...
¿Acaso no ves la copa en la mesa? 

Y repite con peculiar intimidad.

¿Acaso no ves la copa en la mesa? 

Kovalióv entra con lentitud.

Largo tiempo en la tierra no conocí refugio,

dilata con una voz quebrada, encorvado en la butaca vieja, y mirando a un punto delante de sí.

Largo tiempo en la tierra no conocí refugio, 

Yákov Petróvich secunda bajo la guitarra.

Largo tiempo llevó la tierra al huérfano,
Largo tiempo tuve el alma vacía...

El viento alborota y arranca el tejado. Un rumor en el portal... ¡Eh, si siquiera alguien viniera! Incluso su vieja amiga, Sofía Pávlovna, lo olvidó...
Y meciendo la cabeza, Yákov Petróvich continúa.

Una vez, en un instante inolvidable de la vida,
Una vez vi a una criatura,
A quien todo mi corazón se entregó... 
A quien todo mi corazón se entregó... 

Todo pasó, voló… Las ideas tristes inclinan la cabeza… Pero la canción suena con una audacia afligida.

¿Qué pues tú callas y te sientas solo? 
Choquemos la copa con la copa y bebamos,
¡La idea triste con el vino alegre!

-No vendría la señora -dice Yákov Petróvich, tironeando las cuerdas de la guitarra, y poniéndola en el poyo de la estufa. E intenta no mirar a Kovalióv.
-¡A quién! -contesta Kovalióv-. Muy sencillo.
-Libre Dios deambula... Si tocar el cuerno… por si acaso... Puede ser, Sudák va. Pues para congelarse no es largo tiempo. A lo humano hay que juzgar…
Al minuto los viejos están parados en el portal. El viento les arranca las ropas. El viejo cuerno sonoro repica con voces diversas, de modo salvaje y zumbante. El viento atrapa los sonidos y los lleva a la estepa inescrutable, a la oscuridad de la noche tormentosa.
Gop-gop! -grita Yákov Petróvich.
Gop-gop! -secunda Kovalióv.
Y largo tiempo después, inclinados a un humor heroico, no se calman los viejos. Solamente se oye.
-¿Entiendes? ¡Ellos por miles desde el pantano, al campo de avena! ¡Ladean los gorros!.. ¡Y todos robustos, ánades! ¡Cómo les daba, simplemente, armaba una papilla!
O.
-He ahí, ¿entiendes?, yo me paré detrás de un pino. Y la noche de luna, ¡siquiera cuenta el dinero! Y de pronto se mueve… Un frentón así... ¡Cómo yo le salté!
Después van los casos de congelación, de salvación inesperada... Después los elogios a Luchezárovka.
-¡Hasta la muerte no me voy a separar! -dice Yákov Petróvich-. Yo, de todas formas, aquí soy mi cabeza. La posesión, hay que decir la verdad, es una mina de oro. ¡Si volcarme un poquito! Ahora son veintiocho desiatínas, con patatas, al banco, fuera, ¡y soy el compadre rey de nuevo!

IV

Toda la larga noche la borrasca alborotó en los campos oscuros.
A los viejos les parecía, que se habían acostado a dormir muy tarde, pero como que no podían dormir. Kovalióv tose de forma apagada, con la cabeza tapada con una zamarra, Yákov Petróvich se revuelve y resopla, tiene calor. ¡Y además, la tormenta sacude las paredes de modo ya muy amenazante, ciega y colma de nieve las ventanas! ¡Los cristales quebrados de la sala tintinean de forma muy desagradable! ¡Es áspero ahora allí, en esa sala fría, deshabitada! Ésta está desierta, lúgubre, su techo es bajo, los embrasures de las ventanas pequeñas son profundos. ¡Y la noche es tan oscura! Los cristales iluminan con un brillo plomizo vagamente. Si incluso te pegas a éstos, pues acaso apenas-apenas distingues el jardín atestado, cubierto de montones de nieve... Y más allá la tiniebla y la ventisca, la ventisca...
Y los viejos, a través del sueño, sienten cuán solitaria e indefensa es su granja, en ese mar alborotado de nieves esteparias.
-¡Ah tú, Señor, Señor! -se oye a veces el farfullar de Kovalióv.
Pero de nuevo el rumor de la ventisca lo envuelve en un extraño dormitar. Él tose cada vez más bajo y menos, se adormece con lentitud, como que se sumerge en cierto espacio infinito... Y de nuevo siente a través del sueño algo siniestro... Él oye...
¡Sí, unos pasos! Unos pasos pesados arriba en algún lugar… Por el techo anda alguien… Kovalióv recobra la conciencia con rapidez, pero los pasos pesados se oyen también ahora de modo diáfano... La viga cruje…
-¡Yákov Petróvich! -dice-. ¡Yákov Petróvich!
-¿Ah? ¿Qué? -pregunta Yákov Petróvich.
-Y pues alguien anda por el techo.
-¿Quién anda?
-¡Y usted escuche pues!
Yákov Petróvich escucha: ¡anda!
-Pero no, eso siempre es así, el viento -dice finalmente, bostezando-. ¡Y eres un cobarde tú, hermano! Vamos pues mejor a dormir.
Y es verdad, cuántos rumores ha habido ya sobre esos pasos en el techo. ¡En cada noche no apacible!
Pero de todas formas Kovalióv, adormecido, murmura con una sensación profunda.
-Vive con la ayuda del altísimo, al abrigo del Dios celestial... No temas al miedo de la noche, a la flecha que vuela de día... Pisa al áspid y al vasilisco, y aplasta al león y a la serpiente...
Y a Yákov Petróvich algo lo inquieta en sueños. Bajo el rumor de la ventisca, le parece oír ya el zumbido del bosque secular, ya el tañido de una campana lejana, se oyen los indistintos ladridos de unos perros, en algún lugar de la estepa, los gritos del trabajador Sudák... He aquí susurra un trineo junto al portal, crujen las alpargatas de alguien por la nieve helada del zaguán... Y el corazón de Yákov Petróvich se encoge de dolor y espera: ese es su trineo, y en el zaguán están Sofía Pávlovna, Glásha… se acercan con lentitud, atestadas de nieve, apenas visibles en la oscuridad de la noche tormentosa... van, van, pero por algo cerca de la casa, siempre siguen, siguen... La ventisca las arrastra, las colma de nieve, y Yákov Petróvich busca el cuerno apurado, quiere tocar, llamarlas...
-¡El diablo sabe qué cosa! -farfulla, despertando y resoplando.
-¿Qué eso usted, Yákov Petróvich?
-¡No puedo dormir, hermano! ¡Y es de noche hace mucho, debe ser!
-¡Sí, hace mucho!
-¡Enciende una vela pues, y prende un cigarro!
El gabinete se alumbra. Entornando los ojos por la vela, cuya llama oscila ante sus ojos medio dormidos, como una estrella radiante, turbia-rojiza, los viejos se sientan, fuman, se rascan con placer y descansan de las visiones de los sueños... Es bueno despertar en una larga noche de invierno, en una habitación cálida, familiar, fumar, hablar, ¡expulsar las sensaciones espantosas con una lucecita jubilosa!
-Y yo -dice Yákov Petróvich bostezando dulcemente-, y yo ahora veía en sueño, ¿cómo tú piensas, qué?... ¡Y se sueña pues!.. ¡Como que yo estaba de visita donde el sultán turco!
Kovalióv está sentado en el suelo, encorvado (¡cuán viejecito y pequeño está sin poddiókka y después del sueño!), responde con reflexión.
-¡No, eso qué, donde el sultán turco! Y yo ahora soñé... ¿Me cree? Uno tras otro, uno tras otro... con cuernos, con chaquetas... uno más chico que el otro... ¡Y pues cuál revolico arman alrededor de mí!
Ambos mienten. Ellos tuvieron esos sueños, incluso más de una vez los tuvieron, pero no en esa noche por completo, y muy a menudo se los relatan el uno al otro, así que hace mucho tiempo no se creen el uno al otro. Y de todas formas se los relatan. Y, hablado bastante, con el mismo estado de ánimo benigno, apagan la vela, se acomodan, se visten más cálido, se encajan los gorros en la frente, y se duermen con el sueño del justo...
El día sobreviene con lentitud. Es oscuro, lóbrego, la tormenta no se calma. Los montones de nieve bajo las ventanas, casi se pegan a los cristales y se elevan hasta el mismo tejado. Por eso en el gabinete hay cierta lobreguez extraña, pálida...
De pronto vuelan con rumor los ladrillos del tejado. El viento derrumbó la chimenea...
¡Es un mal signo, pronto, pronto, debe ser, no quedará huella de Luchezárovka!
1895
Título original: B pole, publicado por primera vez en la revista Novoe slovo, San Petersburgo, 1896, con la firma: "Iván Búnin". 
Imagen: Yuri Obuhovsky, Winter landscape, XXI.

sábado, 3 de agosto de 2013

Días laborales, por Iván Búnin

(escritor invitado)

Parecía que siempre iban a estar en el horizonte esos nubarrones pálidos-azulados, bajo los que se agrisaban los tejados de paja, verdecían las vides y relucían los cuadros de diversos colores de los campos a la redonda. El día de junio sin sol era en particular largo.
El hijo del pope, a quien visitaba el seminarista Sluchévskii, cargaba estiércol con el pope. Los portones, cerca de la larga barraca blanca, estaban abiertos por completo. Dos telegas manchadas de un lodo marrón, dos caballos saciados estaban parados en medio del patio excavado para el cocimiento. El hijo del pope removía por tres: pinchaba profundo con la horquilla las plastas calientes y, poniendo bajo la horquilla la rodilla izquierda, las arrancaba con un crujido jugoso. El pope negro, un hombre alto, con el solo camisón, con unos calzones rosados y unas botas de mujík de cañas bajadas, no se rezagaba: se sacudía animado el cabello azulado por los hombros, metiendo la horquilla en el estiércol, y azotaba la pila firmemente con las lonchas humeantes, volteándolas. Salieron por los portones el padre y el hijo con los rostros sudados, pero excitados, satisfechos con el largo descanso que les esperaba en la ruta al campo.
-¡Señor Shaliápin, únase pues a nosotros! -gritó el pope al seminarista con diversión, yendo detrás de las ruedas, teniendo en las manos las riendas de cuerda, y meciendo al andar los faldones ligeros de su sotana no abrochada.
El seminarista, sentado en el portal, sintió en esa broma una nota falsa, interesada, no obstante no se rindió.
-Y esa pues es la desgracia, que sueñas con hacerte un Shaliápin -contestó-. Sudas, te agarra el viento, y estás listo. Con la voz, padre Piótr, no se puede bromear. O si no yo, con grandísimo gusto.  
El seminarista, un joven de ojos oscuros con un rostro ancho, pálido e importante, miraba las telegas que se alejaban, el camino grisáceo-liláceo y los jirones sudados, mohosos dispersos por éste. El sacristán pasó por su lado, se detuvo, se lamentó de su destino y de nuevo relató sobre su hijo difunto. Sus manos enormes, quebradas por la vejez y la borrachera, yacían en una muleta y todo el tiempo andaban, hacían oscilar la muleta. Unas enormes botas con alquitrán asomaban debajo de su sotana marrona. Una medalla plateada de cintita roja adornaba su pecho. Su rostro y nariz robusta eran rosados, carnosos, con baches. Sus ojos saltones, supurantes como siempre lloraban, su cabello rojizo-oscuro, enlazado en una trenza se enroscaba con aspereza, como el de las viejas borrachas. Y hablaba el sacristán de forma monótona, lanzando con dificultad cada sílaba: cada sílaba suya temblaba, brincaba.
-¡Dicha del padre Piótr! -decía-. Él tiene un ayudante. ¡Y el mío, yace en su tumba! Crecía, admiraba a todos. Pasaba, me jactaba de él: “¡Yo no tengo un hijo, sino un genio!” Y todos decían: “¡Si sale a usted, Stepánich, será mejor que cualquier genio!” Creció, así, ¿lo cree acaso?, ¡más laborioso que él no había en toda la aldea! Una tuberculosis de último grado, se moría, y no se rendía. “Usted debe morir en unos días”, le decía el enfermero. “No, decía, no puedo yo, sin haber cargado el centeno, morir”. Segamos nosotros, atamos, se sienta al amanecer en el portal, mira las nubes, y yo le digo: “¿Qué eso tú te sientas, miras?” Y él dice: “Vamos, papásha, mientras hace tiempo, a cargar en dos carros”. “¡Pero Dios esté contigo, a dónde tú a cargar! Yo a un mujík quería contratar". “No hace falta, no hace falta, solos nos arreglamos”. “¿Cómo pues, digo, nos arreglamos?, de ése, de centeno sólo, hay treinta y cuatro hacinas”. Y él siempre con lo suyo… Así, ¿lo cree acaso?, ¡unas doce veces al día volaba al campo! Y descansar no descansaba, se sentaba en el fresco, tomaba kvas y de nuevo a la telega. Yo pues, me iba. Apenas aclaraba, los gallos aún no cantaban, y él ya me llamaba: “Levántese, levántese pronto, vienen las nubes...” En tres días lo terminamos todo, cargamos, trillamos y recogimos la paja... Me agita por la aventadora, le tomé yo la aventadora a los Danílkinis, aventamos, barrimos la era... Cuando el último grano estaba en el granero, entra a la isbá y dice: “Bueno, ahora pues es otro asunto. ¿Dónde están las velas, papásha? Prenda las velas”. Prendimos las velas junto a las imágenes, se acostó en el diván, ¡y fin! 
“No está mal”, pensaba irónicamente el seminarista, escuchando. Al irse el sacristán tomó un bastón, se puso un sombrero gris nuevo, se echó sobre los hombros la capa plateada y arrastró los pies por el pueblo. Saliendo a un pastizal miró la iglesia, que albeaba con palidez bajo un nubarrón, miró las ventanas abiertas de una tienda de vino pública, quería pasar para charlar con el vendedor, pero cambió de parecer y fue en dirección del cementerio rural. El vendedor estaba envenenado por la pasión de la lectura. De la mañana a la noche se acostaba en su alta cama doble, apoyado en los codos, y devoraba página tras página de la Alrededor del mundo. “Ahora, ahora -farfullaba apresurado en respuesta al saludo-. Déjeme sólo leer hasta el punto...” Y platicando con el visitante no lo escuchaba, se reía fuera de propósito, esperaba que el visitante se fuera. Apartado por un minuto del libro ya por su mujer, ya por los mujíks, les lanzaba miradas perdidas, extraviadas. “¡Es hora de amasar para la vaca!”, gritaba su mujer de modo furioso, abriendo la puerta. “¡Otro cuartito pronto!”, gritaba el mujík con júbilo, asomando por la ventana abierta. Y él no entendía, quién y a dónde lo llamaba. En su cabeza confundía las islas del Océano Pacífico y las praderas, la Cruz del sur y Groenlandia, Brasil y los cafres, los colonos holandeses y las boas, los ríos en las espesuras tropicales y los hipopótamos ... “¿Y qué tenía que ver ahí el Océano Pacífico?”, pensaba el seminarista, caminando por la calle despoblada. A su encuentro venía el policía rural, largo, con un camisón rojo, unas botas rotas, de las cuales una estaba amarrada por la suela con una cuerda. En su hombro yacía una escopeta de un cañón.
-¿A dónde va? -preguntó el seminarista.
-A castigar a los grajos -respondió el policía.
El policía era un hombre conocido, más de una vez había venido a pedir periódicos para los puritos. Su isbá medio derruida estaba al extremo del pueblo, junto al cementerio. Detrás de la isbá había un granero desierto, sin paja ni cobertizo, estaban tirados cubiertos de hierba una horquilla de un diente, una caja de telega con el fondo volteado para arriba, con dos nuevas costillas amarillas, un alquitrán reseco… De una vid cabeza abajo colgaba un pollito inerte; asustaba, aunque asustar no había a quién ni de qué. Orgulloso de su aislamiento de esa vida lamentable, con sus sueños sobre Moscú y el conservatorio, el seminarista salió al cementerio, a un túmulo detrás del pueblo, irguiendo la cabeza con descuido, sacando la nuez, silbando, con el sobretodo plateado haciendo fru-frú   
En el cementerio, entre las bardanas, los cardos y los túmulos de las tumbas, vagaba un caballo rojizo con una crin pajiza. Agitando su cola escasa, pellizcaba la hierba menuda, seca. En una gran tumba fresca, en una pequeña colina de barro grisáceo deleznable, estaba acostado, con la cabeza cubierta por un armiák, un mujík. Con humildad, con las colas bajadas, hablando en voz baja, paseaban los gansitos del tendero. En fila india se extendían hacia el mujík, y de pronto todos de golpe se soltaban a correr, y corrido hasta, brincaban, se trepaban a su armiák, a su cabeza. El mujík saltaba, les lanzaba puñados de barro, los gansitos brincaban con las plumas crujiendo... Haciendo ver que no advertía al mujík, el seminarista pasó de largo.
Sobre las tumbas señoriales habían crecido dos abedules. Alguna vez las había rodeado una valla de madera, detrás de la valla había un banco. “Voy a venir aquí, sentarme, recordar y estar triste”, pensó quien había hecho todo eso. Y no vino ni una vez. Y el pueblo poco a poco rompió, se llevó la valla y el banco. Los cerdos cavaron los túmulos de las tumbas, los terneros royeron los troncos de los abedules... Con una sonrisa irónica, silbando, el seminarista dobló atrás. En la cercanía de esa tumba, en la que trataba de dormir el mujík, había una paloma podrida. De ésta salió volando un mosquero. El seminarista se acercó: en la paloma, junto a un ícono de lámina irisada, yacía un nidito redondo. Por aburrimiento el seminarista quería sacarlo, mirarlo, analizarlo y dejarlo. Pero el mujík abrió los ojos y miró fijamente debajo del armiák.
-¿Se liberó? -preguntó.
La pregunta era inesperada. El seminarista se volteó y arqueó las cejas.
-¿O sea, cómo es eso? -dijo.
-Y así. ¿Terminó de estudiar?
El seminarista pasó sin prisa al túmulo de tumba vecino.
-¡Ah, tú pues sobre qué! -dijo, sentándose y mirando alrededor con una distracción simulada-. Sí, terminé de estudiar hasta el otoño. ¿Y tú, parece, no eres de aquí?
-Yo soy de Rassójin -respondió el mujík-. Desde el vólost vengo. Iba y pensaba, deja, digo, alimentar un poquito al caballo… ¿Y usted? ¿Es clérigo?
-Sí... Pero, de manera principal, estudio canto.
-¿Cómo canto? -preguntó el mujík, bostezando. -¿Coro, entonces, va a dar?
-No, hermano, no coro -dijo el seminarista y se apoyó en el bastón-. Yo en la escena voy a cantar. Pero tú, por lo demás, eso no lo entiendes... Yo para el teatro me preparo.
El mujík sonrió con malicia.
-Bueno, no, eso yo hasta muy bien lo puedo entender -respondió-. Bueno, sólo que eso a ningún lugar por completo, es infame por completo. Eso, usted así no acumulará mucho.
-¡Pero tú qué!
-Palabra fiel -dijo el mujík tranquilo y seguro-. Ahí usted bienes no obtendrá. No, ya mejor vaya por la iglesia, por su oficio, a apilar las gallinas y los panes del pueblo. Y cantar en el teatro, eso es ya el asunto más último.
-¿Y en qué pues es el último?
-Y así, en que es el último. Ahí va sólo una tontería. Usted mejor escuche mi preparado, yo pues no diré algo malo. Yo no soy simple, soy un hombre curtido. Yo me solté ahora de esos mujíks, todo el verano el año pasado viví en Lípietsk. Con cualquiera puedo hablar...
Un bajo cielo nuboso se azuleaba aburrido en el horizonte, el trigo verdecía con palidez en el declive opuesto, a la fuerza había que contentarse con tal plática. Sacando una cigarrera trenzada, el seminarista encendió un cigarrillo, le extendió otro al mujík. El mujík lo tomó con cuidado.
-Eso pues se lo agradezco con humildad -dijo, prendiendo el cerillo y, soltando humo por las aletas de la nariz, echando una mirada al cigarrillo, preguntó de forma fragmentada:
-¿De Asmólov?
El seminarista le recordó sobre el teatro.
-Y escuche pues -dijo el mujík-. Yo esos teatros no los respeto en nada. Ahí, hay que decirlo directo, viven los diablos. Una vez hay fumadera ahí, entonces, hay vodka también. Y ya donde hay vodka, ahí a las mujeres no las esquivas... ¡No, de eso usted necesita apartarse bien lejos! Mire quiénes, por ejemplo, viven en los monasterios, las monjas, esas están bien: pasea, demonízate, y toda no es larga. ¡Hay jabalíes puros, duendes! ¡La vida entera se ajuman, todo el siglo lo pasan en eso! Y en los teatros, ahí hay vodka, mujerío, bueno, por supuesto, y él da vueltas por ahí mismo. Ya donde hay vino, ahí está él de seguro.
-¿Eso tú sobre el diablo, o qué? -preguntó el seminarista.
-¿Y sobre quién pues? Por supuesto, sobre él. Y es cierto. Ahí, a donde no te metas, en todas partes está él. Yo hace mucho tiempo entiendo de eso. ¿Qué hay de bueno ahí? Yo soy tal pues, y eso ahí no voy. Un hombre flacucho no se muestra ahí, con un trío ahí no la juegas. Y ahí va el mujerío eso mismo, distintas mujeres perdidas, y los mercaderes, las deudas tuyas las contaste, y lárgate… Yo en ese Lípietsk vi de todo. Allá hay un jardín de tres vérstas, bueno, pues ahí van todos. Llevan consigo jamón, salchichón ahumado, licores... Llegan y banquetean el día entero. La vieja y el abuelo no alcanzan a calentar el samovar
El seminarista dijo con descuido:
-Bueno, pues se ve que tú no entiendes nada, dices una tontería y confundes todo. Que el pecado, y que “con un trío no la juegas…”
-¡Obligado así! -dijo el mujík con firmeza-. Mirando por el capital, por supuesto, se puede, y tales pues, como usted y yo, sin-pantalones, ¿para qué meternos ahí?
El seminarista sacudió los hombros.
-¡El diablo sabe qué! -profirió, habiendo callado-. No comes del Don y del mar.
-No, hermano -dijo el mujík-. Más inteligente que yo, no hay en toda la aldea. Recorre a todos, pregunta: ¿quién es más activo en la hacienda que Nazár Pávlov Protásov? Conmigo los viejos vienen a aconsejarse pues.
-¿Y les dices una tontería?
-¿Cuál tal tontería? Una educación buena no tiene usted, esa es la “tontería”... Nosotros tenemos un zapatero... El primer asunto, tan pronto bebió, ahora por los muchachos, él tiene de éstos una guerra entera, unas doce personas…¡Así ellos de él como una hélice, quien a donde más hábil! Tú no mires que él está borracho, así, hermano, los educó ¡andan con galones! Y por supuesto, ahora a todos se da libertad... A la mujer, de ejemplo, tomar: ¿por quién anda todo el barullo en el estado? De nuevo por ella pues. Ella ahora, en todas las presidencias, está permitida en una gran cantidad, ¿y para dónde sirve ella? ¡Aunque para ellas, ahora también salió un buen estudio, bueno, pero de todas formas, el hombre pues es un poquito más firme!
-¡El diablo sabe qué! -repitió el seminarista, mirando su espesa barba mechosa-. ¿Qué cosa sucede en tu cabeza? Que el jardín, que el teatro, que las mujeres... Bueno, dime por bondad, ¿cuál relación puede tener ese jardín estúpido con el teatro?
-Y tal -respondió el mujík aún más seguro-. Tal, que sin eso él no puede apartarse a ningún lugar.
-¿Quién él?
-El cantor principal, mira quién. Él ahí, en ese jardín pues, se manda uno o dos buenos vasos y grita, o las costillas le crujen... Él ya no puede sin eso.
-Pero permite: ¿cuál tal cantor?
-Le digo pues, el cantor principal. El cabecilla de esos mismos cantantes. En ayunas, él de ningún modo se pondrá a romperse el garguero para ellos.
-Y de nuevo la tontería -dijo el seminarista-. Los cantantes no pueden beber por completo. Por eso la voz se estropea.
El mujík sonrió con malicia, se levantó y se sentó.
-¡Bueno, no, no es una tontería! -dijo-. No puede, por ésta, estropearse la voz. Por ésta la voz no es peor, y se vuelve mucho más furiosa. ¡Cómo se puede igualar pues! Por el vino al hombre todo le es de balde. Él mismo directo no está en sí, cuando su alma se alcoholiza. Usted pruébelo pues, el matarratas nuestro. A un ciego le agujerea los ojos.
El seminarista, dejando de la mano, se acodó en las rodillas y se puso a aplastar con cuidado, con la punta del bastón, unos bichos rojizos, que se arrastraban en pareja cerca de sus pies. El mujík pensaba en algo, mirando a la tierra.
-No, esa suerte suya, es cruel -dijo con compasión-. Es cruel su tarea. Los teatros, eso es lo mismo que una casa de fieras, o digamos una simple barbería... ¡Cómo esas fieras rugen ahí así, yo tal pasión desde que nací no había visto! El superior anda, cuando algún espectador quiere que la fiera se levante, él ahora a ésta con una barra de hierro... Quiere no quiere, obligado se levanta.
-¡Saludos! -dijo el seminarista-. Aún una barbería apareció en la escena. ¿Ésta qué tiene que ver ahí?
-Así, ahí hay de todo... Sólo que yo eso, digo, no lo respeto de ningún modo. Una vez ahí no hay rezadera, a todos esos teatros, casas de fieras, barberías cualquiera, hay que sellarlos y romperle todos los esqueletos... Y yo tengo un pariente. Él mismo es así, un simple escribano, y la voz directo una desgracia. Un hombre joven aún, y para beber terriblemente saludable, amante del vino. Se subió hace poco al tejado, y bosteza para toda la aldea. ¿Eso qué pues, es decente?
-¿Pero para qué al tejado pues?
-¡Y pregúntale a él! La peste sabe para qué. Con la hermana pues, él en verdad canta bien. Su hermana vive en la ciudad, trabaja en la máquina. Aunque está tuberculosa, su voz es mucho más llana que la de él, siquiera acompaña a alguien. Cuando viene a donde él, se sientan al amanecer cerca de la isbá, y cantan. Y no algo, no canciones mujikianas, sino todo Lanzado la capa o Ah tú, voluntad, mi voluntad... Sale bien. Ese escribano prometió venir a mi casa, y usted pues venga a cantar con él. Yo puedo convidar a cualquiera.
-Merci bien -dijo el seminarista-. Ir no molestaría. Tú en verdad eres digno de estudio.
El mujík sonrió con júbilo.
-¡Ajá! -dijo guiñando un ojo.
Y rompió a hablar con ardor.
-¡Ah, hermano, si yo tuviera estudio, cuáles raíces removería! ¿Pero de dónde pues sacarlo? Yo hace poco estuve en la ciudad. ¿Así allí qué hicieron? Allí hicieron un museo estatal, y trajeron un esqueleto de cocodrilo, y ése, puede, cuesta quinientos o mil. ¡Mire a dónde, parece, va nuestro dinero pues, ellos son unos estafadores, unos hijos de perra! -dijo con amargura-. Y tú pues siéntate ahí... ¡Y ahí sólo por el aburrimiento te ahorcas! ¡Yo que soy ya un hombre curtido, y eso no puedo!
Sus pómulos se sonrosaron, su rostro adquirió una expresión furiosa y triste. Sin mirar al seminarista se levantó, se puso el armiák con desaliño y, raspando la tierra con las botas, fue resuelto al caballo. “¿Por qué se enfureció? -pensaba el seminarista, mirándolo por detrás perplejo-. ¡Qué cerdo absurdo y extraño!” El mujík, como adivinando sus pensamientos, se volteó.
-¿Qué te quedaste mirando? -dijo con furia y rudeza-. ¿Acaso no digo la verdad? Tú debes estar agradecido por el estudio, y no quedarte mirando. Yo contigo de alma, y tú te quedas mirando. Pues me acerco, te deshocico de la mejor forma, ¡entonces pleitea conmigo! ¡No miraré, hermano, tu clero, el canto!
Desatado al caballo, le lanzó un retazo al cuello y, brincando, cayó de barriga sobre su lomo, relanzó la pierna, y fue animado entre los túmulos de las tumbas hacia el camino.
Aturdido por tal inesperado final de la plática, el seminarista se encendió, recolocó con manos trémulas el bastón entre sus rodillas.
El mujík dobló hacia el pueblo. El seminarista, tras sentarse con letargo y calmarse, fue cuesta abajo, subió al declive y dobló hacia cierto lindero alto, cubierto de un trébol blanco, y que se iba corriendo a la lejanía entre dos paredes de un centeno grisáceo-verdoso, pálido en la lejanía bajo un nubarrón. Un viento suave, dulce soplaba al encuentro, el centeno se humeaba débilmente con el color de junio... El seminarista se encogía de hombros y pensaba.
“Si-í. Sin revolver, propiamente, no se debería salir.
Capri, 26 de enero de 1913
Título original: Budni, publicado por primera vez en el periódico Russkoe slovo, Moscú, 1913, con la firma: "Iván Búnin". 
Imagen: Feodor Vasilyev, Street in a Village (detail), 1868.

lunes, 24 de junio de 2013

Viélga, por Iván Búnin

(escritor invitado)

¿Oyes, cuán lastimero grita la gaviota sobre el mar rumoroso, agitado?
En la lejanía nublada, al oeste, se pierden sus aguas oscuras, a la lejanía nublada, al norte, va la orilla pedregosa. Es frío y ventoso. El apagado rumor del oleaje, ya debilitado, ya fortalecido -como el murmullo del bosque de pinos, cuando la tormenta va y se acrecienta por sus copas-, se dispersa con suspiros profundos y majestuosos junto con los gritos de las gaviotas... ¿Ves, cuán sin refugio se cierne ésta en la opaca neblina otoñal, balanceándose por el viento frío con sus alas flexibles? Es señal de mal tiempo.
El día desde la misma mañana se enfosca. Aquí, en este inhóspito mar norteño, en sus islas y riberas desiertas todo el año hay borrasca. Ahora es otoño, y el norte es aún más triste en otoño. El mar se hincha de modo lúgubre, y se vuelve de un color ferroso-oscuro. Desde lejos su llanura inabarcable parece más alta que la orilla, ésta se va en una extensión nublada al oeste, y el viento arrea las olas más rápido desde el oeste, y dispersa lejos el grito de la gaviota.
Kri-e! -resuena por el viento de forma lastimera y estridente.
Por la mañana, inquieta y curvada, volaba sobre la misma marejada. El mar, con unas incesantes oleadas retorcidas, orlaba la orilla. Aquí éste, volando hacia ésta con estruendo y rumor, cavaba debajo de sí en la grava, allá, como una nieve hirviente, se derramaba con bisbiseo y se esparcía en la orilla con amplitud, pero al momento se deslizaba como un cristal atrás, apoyando consigo una nueva oleada retorcida, y en la lejanía se estrellaba contra las piedras y se elevaba alto en el aire. Y la orilla zumbaba lejos por la marejada... La gaviota con gritos se arrojaba entre las olas, deslizándose por los baches del agua con suavidad, se sacaba en una ola nueva hasta la cresta alta, y enlazaba toda llena de salpicaduras y paso. El viento la llevaba a voluntad bajo sobre el mar.
Pero después ella como que está cansada. Se aproxima una noche borrascosa, y la gaviota se balancea impotente por el viento, se va lejos, albeando en la neblina, de la orilla al mar... ¿Oyes, cuán lastimero resuenan sus gemidos jubilosos?
He aquí ella ya apenas se divisa en la lobreguez. La oscura noche tormentosa desciende con rapidez; más y más frecuentes, las greñas canosas de la espuma pasan fugazmente por el mar. El rumor de la marejada aumenta, el viento helado se levanta y desgarra las olas de modo rabioso, dispersando por el aire las salpicaduras y el brusco olor del mar.
Kri-e! -llega de algún lugar desde lejos, de abajo.
Escucha, yo te contaré, bajo el rumor enfurecido del mar norteño, una vieja leyenda norteña.

I      

Fue hace mucho tiempo, en un tiempo inmemorial.
Junto al frío mar norteño vivía la joven y fuerte Viélga. Al ocaso había agua, al este una orilla arenosa, que detrás de una aldea se reunía con el cielo. ¿Qué había allá, al este?, Viélga no sabía y no quería saberlo. Ella nunca iba al este. No iba ni su padre, no iba ni su madre, no iba ni su hermana mayor, Sneggar. Ellos sabían sólo del mar.
La infancia de Viélga había pasado junto al mar. ¡Esta pasó con rapidez, y a ella le fue divertido en la infancia! En invierno cuando el mar, sólo bajo el mismo borde del cielo, se negrecía con las olas, y las orillas estaban cubiertas de nieve blanca, Viélga dormía en un suave edredón de peluza, y al despertar veía delante de sí la luz vívida del hogar, en medio de la cabaña oscura y baja. En verano cuando el sol iluminaba, soplaba un viento cálido y el agua marina se agitaba levemente, Viélga buscaba en la arena huevos de chorlitos y de díticos, o corría a la marejada, se acostaba boca abajo en la orilla, y las olas la rociaban con rumor... Así se entretenía ella en verano, y con Viélga siempre estaban Irvald y Sneggar.
La gorda Sneggar reía y cantaba a menudo, pero no sabía gritar tan sonoro, ni lanzarse tan valiente al mar rumoroso, como Viélga. Pero Irvald sabía, y Viélga le dijo una vez:
-¿Por qué tú no eres mi hermano, Irvald? ¿Por qué yo no tengo un hermano, al que amaría así como a ti, Irvald? Yo no me aburriría sin ti en el largo invierno.
Él la miró, sonrió y de pronto se lanzó al mar.
-¡Mira, mira, un somorgujo! -le gritó a ella.    
Y ellos, como Easter, se acosaban el uno al otro, corrían allí, donde en las cuevas ribereñas repercutía la voz de forma sonora, donde en la orilla se agolpaban las rocas altas, y el agua pesada ascendía con rumor y se deslizaba entre éstas, bisbiseaba y hervía al descender, y con murmullo, se derramaba en torrentes desde la piedra llana. Allí ellos se burlaban de las olas, corriendo cerca de éstas…
¿Para qué la infancia de Viélga pasó con tal rapidez?
Ella pasaba cada vez más impaciente los largos inviernos en la cabaña cubierta de nieve. Cumplió catorce años e Irvald dieciséis, y ahora él iba por peces al mar a menudo. ¡En cambio cómo se alegraba Viélga cuando Irvald regresaba!
-¡Querido Irvald -le decía ella-, yo quisiera llorar, por tanto tiempo que tú no estabas, y quisiera reír por que te veo de nuevo!
Pero Sneggar creció mucho también. Irvald empezó a olvidar a Viélga. Él se sentaba junto a Sneggar a menudo, y miraba su rostro divertido. Y Viélga los vigilaba desde lejos. No quería conversar con Irvald delante de su hermana. Pero cuando él se iba a su casa por la orilla, Viélga lo alcanzaba y acompañaba hasta el mismo umbral.
-Querido Irvald -le decía ella-, ¿para qué tú estuviste sentado tanto tiempo con Sneggar? ¿Para qué la pena impide mi alegría?
Y Viélga empezó a cantar canciones sonoras a través de las lágrimas en la orilla del mar. Y cuando las amigas se encontraban con ella, callaba, y su rostro se volvía severo y orgulloso.  

 II

La cabaña del padre de Viélga estaba lejos de la aldea de pescadores, en una ribera pedregosa rellena de arenas ásperas, y en las horas de marea el mar llegaba hasta su umbral.
Si la marea era de tormenta ésta azotaba incluso las ventanas, apretadas con tripas de somorgujo. Entonces Sneggar suspendía su canción, arrojaba el trabajo con susto y se alejaba de las ventanas. La vieja madre de Viélga farfullaba conjuros, y alarmada prestaba oídos al aullido del viento. Pero la misma Viélga no le temía a la tormenta. Ella salía con su padre al umbral mojado de la cabaña, enrollaba las redes al viento y después corría al agua, y el agua fría, al ascender y descender, abrazaba y lavaba sus pies descalzos, rociándolos con una espuma grisácea, bisbiseante, y enredándolos con algas verdosas-pálidas mojadas. Viélga las rompía con los pies, y aspiraba con pecho fuerte el viento fresco húmedo, levantaba la cabeza al encuentro de éste, y el viento sacudía su cabello castaño. Así se paraba ella, joven y esbelta, y su rostro era valiente, sus ojos turquesa miraban con agudeza a la lejanía. Pero sólo las aves de San Pedro volaban allí en bandadas gritonas, y corrían por el agua tendiendo las alas, por las crestas más altas de los montículos acuáticos elevados y dispersos.
Las muchachas empezaron a llamar a Viélga triste y mala, porque Viélga nunca se reía ni cantaba con su hermana en el trabajo. Pero nunca antes de los quince años Viélga estuvo triste y fue mala. Su corazón era atrevido, como el de un ave joven, y Viélga se alegraba con la tormenta y el mar, con el sol y la tierra, con su libertad de doncella. Sólo se afligía sin Irvald: ella quería mucho contarle qué bueno era vivir en el mundo.
Irvald hacía mucho tiempo que estaba en el mar. Viélga estaba fatigada de andar por la ribera y vigilar las olas: quería gritar a través del mar, que estaba fatigada de esperar a Irvald, que él no podía amar a Sneggar, si Viélga no podía vivir sin él.
Y cuando sopló el viento cálido del ocaso, y el sol empezó a descender al mar, Viélga fue a donde su hermana y le dijo:
-Querida Sneggar, ¿quieres yo te contaré, cuán cariñoso es el viento del verano, cuán fácil huele el mar a agua, y cuán afligida estoy sin Irvald?
-No quiero -respondió Sneggar, sentada en el umbral ociosa y serena.
Viélga se alejó de ella, se sentó en la orilla y escuchó largo tiempo, cómo chapoteaba el agua cálida en el crepúsculo. Las lágrimas, como agua cálida, le caían sobre las manos.
Al ver a Irvald gritó, y él se rió y le ordenó llevar el pescado y las redes del bote a la orilla. Ella laboró obediente y largo tiempo con él, y cuando empezó a ascender sobre el mar una gran luna pálida, se fatigó, se sentó en el bote vacío y suspiró en el viento nocturno.
-Irvald -dijo-, yo te esperaba, y mi corazón latía inquieto y se consumía. ¡Pero cuando tú llegaste, sentí tal alivio!
E Irvald estaba sentado, miraba la luna. A Viélga le dio vergüenza que él no le respondió y, bajando los ojos, le preguntó en voz baja:
-¿Tú oíste mis palabras, Irvald?
-Sí -dijo Irvald.
Y entonces Viélga inclinó la cabeza abajo por completo y profirió:
-¡Llévame contigo a tu casa, Irvald! Yo voy a ir contigo al mar, te voy a cantar canciones y a trabajar contigo. ¡Es tan dulce vivir en el mundo contigo!
-Nosotros nunca vamos a vivir contigo -le respondió Irvald con firmeza-. Mañana yo me iré al mar de nuevo, y cuando vuelva, tomaré a Sneggar de la mano. Pasaremos juntos el invierno, y en verano nos iremos navegando como dos somorgujos.
-¿Y yo? -dijo Viélga con lentitud, y sintió que el corazón le palpitaba con pesadez-. ¿Yo me quedaré sola? -dijo Viélga en voz alta.
-Sí -respondió Irvald.
Entonces Viélga saltó a la orilla con rapidez, y fue por la orilla con rapidez. Y cuando iba lejos, se lanzó sobre una piedra grisácea, y gritó a la luna que le dolía el corazón, y sollozó, y cayó sobre la piedra.

III

¿Oyes, cuán salvaje aulla el viento en la tiniebla? ¡Es inhóspito el mar norteño!
El otoño sobrevino en la mañana, y las olas más pesadas rumoraron en la neblina opaca. Y cuando Viélga olió el viento frío, saltó y se arrojó al agua. Pero una ola se levantó y la impelió lejos a la orilla.
-El mar no quiere que yo muera -se dijo Viélga. -Antes debo matar a Irvald.
Y regresó callada a casa. Las lágrimas se secaron en sus mejillas, y su rostro severo estaba sereno, pero su corazón estaba oscuro.
-Sneggar -dijo a su hermana-, ¿se fue Irvald?
-Sí -respondió Sneggar.
-¿Cuándo volverá él? -preguntó Viélga.
-Cuando empiece a caer nieve mojada y el mar se oscurezca -respondió Sneggar.
Entonces Viélga se comió un pescado y se fue al umbral de la cabaña. Allí se sentó al viento y estuvo sentada el día entero, arqueando las cejas de modo pesaroso. Por la noche regresó bajo el techado, y por la mañana salió a la puerta de nuevo, esperando a Irvald. Y así pasó los días y las noches, hasta que no cayó la primera nieve mojada.
“Pronto volverá Irvald -pensaba Viélga, la dulzona amargura de la ofensa se infundía en su corazón de forma fatigosa-. Lo mataré, y después yo misma me calmaré en la tumba”.
Pero Irvald no regresaba. Ya se aproximaba el crepúsculo, y Viélga empezó a levantarse del umbral a menudo y, parada, a mirar al mar de modo intenso. Y en el crepúsculo el viejo padre de Viélga salió de la cabaña. El viento ondeaba su largo cabello canoso.
-Viélga, niña mía -dijo con cariño-, ¿por qué dejaste la casa natal? He aquí se levanta una siniestra tormenta nocturna, ante la que el corazón humano se angustia sin consuelo. Ayúdame a fortalecer las paredes con puntales, a poner piedras en el techado de cuero de foca, y nos cubriremos bajo el techado del mal tiempo y la noche.
Con las palabras tiernas, a Viélga se le contrajo el corazón por lástima de sí misma, de su padre y de Irvald. Empezó a ayudar en el trabajo apurada. El viento los tumbaba de sus pies, y cubría todo el aire de polvo acuático, como si en el mar se desatara una ventisca. Las olas azotaban las mismas ventanas con una espuma greñuda, y ​​Viélga se apuró con susto bajo el techado.
Allí, en la oscuridad de la noche, de pronto recordó cómo muchos años atrás, cuando Irvald era aún un niño, se quedó a pernoctar en su cabaña. Él fue esa noche su visitante, y ella misma le tendió la cama y lo besó, según la costumbre de la hospitalidad, antes del sueño. Ella recordó su rostro querido, y la lástima y el amor a él se adueñaron aún más de su corazón. Entonces ella, olvidando que quería matarlo, se levantó del lecho con rapidez y empezó a escuchar con alarma. Le parecía oír en el rumor del viento sus gritos, y toda la noche trepidó de miedo e, impotente, se olvidó en el sueño sólo antes de la mañana.
El mar empezó a calmarse, en el aire sopló el aliento de la helada invernal. Y cuando Viélga se despertó y abrió la puerta de la casa a la luz diurna, Sneggar cruzó el umbral a su encuentro.
-¡Viélga! -dijo ella-. La tormenta se llevó a Irvald a las islas salvajes del Mar helado, y rompió su bote. Él está ahora solo en el mar, y espera una muerte de frío, de hambre y de los picos gruesos de las aves marinas.
-¿Quién te lo dijo? -gritó Viélga.
-Yo estuve donde la sabia Charna, y ella me adivinó en las tripas del somorgujo -respondió Sneggar y, cubriendo su rostro con las manos, empezó a llorar.
-Sneggar... -quiso proferir Viélga con ternura.
Pero sus cejas se arquearon con severidad, y con mano fuerte abrió la puerta de la casa por completo.

IV

Ella fue por la ribera hacia el norte con rapidez. En la fría noche oscura ingresó a la cabaña de Charna, cálida por una fogata que abrasaba con una llama rojiza.
-¡Enséñame, oh sabia! -exclamó ante Charna-. ¡Indícame la ruta hacia Irvald!
-¡Apúrate! -dijo Charna-. Dos días y dos noches hay que navegar hacia Irvald. Si no alcanzas el amanecer del tercer día, él morirá. Pero dime, Viélga, ¿oíste acaso tú de los desiertos del Mar helado, donde es tan triste y salvaje, como en los primeros días del mundo?
Como un pez pescado, trepidó el corazón de Viélga.
-Apiádate de mí, Charna -respondió ella-. Me es amargo separarme de la vida. Pero, si hace falta así, dime: ¿qué será de mí?
-Dos días y dos noches pasarás con angustia y miedo en medio del mar -dijo Charna-. Y cuando pises la isla donde se consume Irvald te convertirás en una gaviota, y él no sabrá para quién tú moriste.
Como la primera nieve palideció Viélga, pero sus ojos radiaron con júbilo, y respondió a Charna:
-¡Yo voy Charna!
-Apúrate -dijo Charna.
Contra el viento, por la arena mojada de la ribera, corrió Viélga al oscuro mar rumoroso. Ella quería gritarle “perdóname” a su hermana, padre y madre, pero el bote sobre las olas se golpeaba inquieto contra la orilla, y Viélga saltó a éste con rapidez. Hacia el ocaso, donde la sangrienta franja de la aurora apenas iluminaba, dirigió ella el bote, y se paró balanceada sobre las olas, y las lágrimas ardieron en sus ojos, y el viento ondeaba en la oscuridad su vestido blanco, y le soplaba en el rostro desde el Mar helado.

V

Al amanecer se vio rodeada de un mar pálido, cerca de una isla arenosa desierta. No había nadie en la isla. Sólo el agua corría sobre su arena, y albeaba con la espuma. Unos “pastorcitos acuáticos”, de patas altas y delgadas, corrían cerca de la marejada y buscaban alimento entre los caracoles. Pero los “pastorcitos acuáticos” eran pocos.  En invierno éstos volaban a las orillas, donde soplaban los vientos cálidos.
Y el Mar helado ya se iniciaba. Viélga navegó el día entero e ingresó a las aguas ilimitadas, que se iban al fin del mundo y se fusionaban con el cielo. Las olas golpeaban el fondo del bote con más pesadez, porque ya no había tierra bajo esas olas. Las aves salvajes norteñas vivían en esos mares, lejos de las gentes en las islas rocosas. Éstas eran fuertes y estaban vestidas de una peluza espesa, con ésta podían nadar en invierno entre los hielos, y bucear profundo en el agua helada. Miles de éstas anidaban en las islas, y cada isla albeaba con las aves como con nieve. Allí había nidos en los peñascos solitarios, y en las cuevas debajo de los peñascos. Y Vielga navegó en el crepúsculo, por delante de la isla más grande.
Ésta toda de arriba abajo estaba cubierta, como con una corteza grisácea, del reseco estiércol de las aves, de sus plumas y peluzas. Las aves se posaban en largas hileras, en todas las terrazas de las rocas. Abajo anidaban esas que eran menores, arriba se paraban y adormecían las más grandes y voraces, de vientres blancos y lomos negros, de cuellos gruesos y cabezas pequeñas, de ojos brillantes con anillos de peluza blanca y picos horrendos inmensos, de garras rústicas robustas y manos cortas sin dedos. Las aves hablaban de forma ruidosa, y tan pronto sobrevino el crepúsculo y Viélga, impotente por la lucha con el viento helado, atracó en la orilla para descansar, miles de éstas se elevaron con rumor sobre ella, y las más grandes graznaron y bramaron con júbilo y de modo salvaje, intentando gritar más una que otra... Y Viélga palideció como la nieve, acopió sus últimas fuerzas y saltó al bote de nuevo.
Y al atardecer del último día apareció, en la neblina brumosa, el peñasco alto y salvaje del fin del mundo, ese, al que llegaban sólo los potentes vikingos, en el que clavaban anillas de hierro para amarrar los botes. El rumor furioso y el zumbido de la resaca se fusionaban allí, con los gritos voceadores de las aves de rapiña, que giraban en la neblina. E Irvald yacía cerca de la marejada, impotente en un sueño premortal por el frío y el hambre. Estaba pálido, como la espuma marina, y en sus rizos había arena mojada.
-¡Irvald! -gritó Viélga de forma apasionada y sonora.
Por su voz Irvald se despertó al instante. Vielga quería gritarle que lo amaba, como en la infancia, pero sus pies no tocaron la tierra, cuando saltó del bote a la orilla: ella flotó en el aire como una gaviota de alas blancas, y su grito resonó como el grito lastimero-jubiloso de una gaviota sobre Irvald. Él se despertó al instante por el grito -la voz de la amiga le había tocado el corazón-, pero, habiendo mirado, vio sólo una gaviota que volaba con gritos sobre el bote...
Él navegó hacia el este. Ella se cernió largo tiempo sobre el agua, acompañando a Irvald. Y cuando él se ocultó en la lejanía ella, como una gaviota sin refugio, se balanceó por el viento. Así se angustia hasta hoy, recordando los peñascos en la neblina, donde alguna vez se consumía Irvald. Pero en sus gemidos resuena el júbilo.
1895
Título original: Velga, publicado por primera vez en el periódico Sin otechestva, San Petersburgo, 1899, con la firma: "Iván Búnin". 
Imagen: Stock Photo, White gray and brown seagull over churning sea, XXI.