martes 30 de junio de 2009

Bibliografía


Sobre el significado de los “bastos1” en la vida rusa antigua, según el Domostrói2 y otras fuentes, investigación de I.S. Aksákov3. Moscú 1883, 255 páginas, precio 1 rub. 50 kóp.
Sobre la mejor colocación de los pendones4, conferencia del antiguo profesor Chi…n5, precio 10 k.
La intriga, los bastidores y la escena, conferencias populares, obra de G. Kór…ov6, antiguo cantante. Se reparte gratis a todos los que estén a la mano.
Relato sobre la expulsión de Petersburgo. «Novella» de él mismo, precio 10 k.
Diccionario explicativo completo de “las palabras obscenas” con ejemplos. Obra y edición de Sokolóv7, Buriénin8 y Suvórin9, precio 10 k. por número. Cantidad de números indefinida.
Preparación de paté de carne de mujík. Proyecto de Blum10. Compuesto exclusivamente para gastrónomos y médicos que estudian la perturbación mental primaria. Precio... inapreciable.
Yo tenía fe porque recibí 2000. De Jeremiád Bludoslóv Kurílov11 (defensor del sr. Mielnítskii12). En este interesante libro se demuestra que la fe aumenta a medida que aumenta el honorario. La fe por la que pagaron no disminuye incluso entonces, cuando es imposible tener fe. Precio 5 rub.
El sueño con iluminación y gritería. Novella del prefecto de Berdíchevsk13. Precio un altín14 de cinco.

1Bastos, palos, alusión irónica a la práctica del castigo corporal en la Rusia antigua.
2Domostrói, código de reglas cotidianas y preceptos de la Rusia antigua, regulado por el arcipestre Silvestre.
3Iván Aksákov (hijo de Serguei Aksákov), escritor, poeta, publicista, eslavófilo, editor del periódico Rusia.
4Pendón, bandera antigua de dos picos; (figurativo y familiar) en Rusia, persona que cambia de opinión a menudo.
5Borís Chichérin, historiador, filósofo, en 1883 alcalde de Moscú por breve tiempo.
6Bogomír Kórsov (nombre verdadero Gottfried Gering), y Y.F. Zakzhévskii, actores de la Ópera imperial de Moscú involucrados en un largo proceso judicial, donde Zakzhévskii acusa a Kórsov de calumnia.
7Nikita Sokolóv, publicista, revolucionario, colaborador de la revista La palabra rusa.
8Víctor Buriénin, dramaturgo, crítico literario, colaborador del periódico Tiempo nuevo.
9Alexéi Suvórin, escritor, dramaturgo, periodista, autor de artículos políticos, dueño del periódico Tiempo nuevo y de la editorial Suvórin.
10¿Robert Blum, político alemán, que participa en la revolución de marzo de 1848, en Alemania y Austria?
11Jeremiád Bludoslóv Kurílov, abogado de Moscú.
12F. Mielnítskii, tesorero de la Casa cuna de Moscú, juzgado por malversar grandes sumas de dinero estatal.
13
14Altín, antigua moneda rusa de 3 o 5 kópeks.

Título original: Bibliografia, publicado por primera vez en la revista Mirskoi tolk, 1883, Nº 3, con la firma: “La tuerca Nº 5 3/4”.
Imagen: Osip Braz, Antón Chejov, 1898.

La Gaviota en Petersburgo, por María Chéjova


Recuerdo que, al entrar al enorme apartamento de los Suvórin, me encontré en un estado de extravío. El apartamento estaba oscuro, y sólo a lo lejos, lejos en lo profundo, a través de la crujía de las habitaciones, tras unas puertas abiertas, brillaba una lucecita. Yo fui hacia esa lucecita. Allí vi a Anna Vasílievna, la mujer de Suvórin, sentada en la soledad, con los cabellos sueltos. Todo ese ambiente, la oscuridad, el apartamento vacío, todo eso influyó de modo más opresivo aún en mi estado de ánimo.
-¿Anna Ivánovna, dónde puede estar mi hermano? -me dirigí a ella.
Deseando, por lo visto, distraerme y calmarme, empezó a hablar de tonterías, de los artistas, los escritores. Al poco tiempo apareció el mismo Suvórin, y empezó a hablarme de los cambios y modificaciones que, en su opinión, había que hacer en la pieza, para que tuviera éxito en lo adelante. Pero yo no estaba dispuesta en absoluto a escuchar eso, y sólo rogaba que buscaran a mi hermano. Después Suvórin se fue a algún lugar, y pronto regresó contento.
-Bueno, puede calmarse. Su hermano ya está en la casa, está acostado bajo la cobija, pero no quiere ver a nadie, y no deseó conversar conmigo. Estuvo paseando, dice, por las calles.
Yo suspiré aliviada y me fui a mi hotel. Nuestra cena así no tuvo lugar.
Al otro día, al llegar a donde Suvórin, no encontré ya a mi hermano. Él, por la mañana, sin despedirse de nadie en la casa, se fue en un tren comercial de pasajeros a la casa, a Moscú, y a mí sólo me dieron la siguiente notita de él:
"Yo me voy a Miélijovo, estaré allá mañana a las dos de la tarde. El suceso de ayer no me sorprendió y no me afligió mucho, porque yo ya estaba preparado para éste por los ensayos, y me siento, en particular, no de modo infame.
Cuando vengas a Miélijovo, trae contigo a Líka".
A Suvórin también le dejó una notita de despedida, que terminaba con las palabras: “Nunca voy a escribir, ni a poner piezas”.
A la medianoche de ese mismo día yo también me fui a casa. En Miélijovo mi hermano me recibió con las palabras: “¡Del espectáculo, ni una palabra más!”
En qué estado Antón Pávlovich regresó a la casa, se puede juzgar por que él, siempre atento y cuidadoso, al salir del vagón del tren, olvidó tomar sus cosas, y después le mandó un telegrama al conductor del tren, con el ruego de enviarlas a Lopásnia.
El cruel fracaso de La Gaviota, del cual yo fui testigo, quedó por largo tiempo en mi memoria como un recuerdo de pesadilla. Pero éste dejó aún más amargura y pesadez en el alma de Antón Pávlovich y, sin dudas, aceleró el deterioro de su salud. Sólo unos cuantos meses después, Antón Pávlovich ingresó en la clínica de Ostroúmov1, con una hemorragia pulmonar…

1Alexéi Ostroúmov, profesor terapeuta, dueño de una clínica.

Imagen: Alexéi Shaláev, Calle Vieja Básmannaya, 2005.

domingo 28 de junio de 2009

La Gaviota en Petersburgo, por María Chéjova


Llegó la noche. El teatro Alexandrínskii estaba lleno. Los teatreros de Petersburgo habían venido a echarle una mirada a la nueva pieza del escritor moscovita Chejov, que en Petersburgo era muy popular como literato. Además, la pieza iba en beneficio de una preferida del público, la actriz cómica Lievkéeva1, aunque la misma beneficiada no participaba en la pieza, sino actuaba en otra pieza, El día feliz2, que iba después de La Gaviota. Así se practicaba con frecuencia en aquellos tiempos.
Mientras más miraba yo al público afectado, acicalado y frío de Petersburgo, más fuerte se apoderaba de mí la inquietud, y recordaba las palabras de mi hermano en la carta, de que allí "todos eran perversos, mezquinos, falsos”.
Empezó el primer acto. Desde los primeros instantes sentí la falta de atención del público, y la actitud irónica hacia lo que sucedía en la escena. Pero cuando, con el curso de la acción, se abrió el telón en la segunda escena, y apareció envuelta en una sábana Komissárzhevskaya, que actuó como que de modo inseguro esa noche, y empezó el célebre monólogo: “Los hombres, los leones, las águilas y las perdices...”, en el público se oyó una risa patente, unas pláticas ruidosas, por lugares resonó un abucheo. Yo sentí cómo todo se enfrió dentro de mí. Mientras más tiempo fue la acción, más fuerte creció el ruido en la sala. Al final de todo, en el teatro se desató todo un escándalo. Al término del primer acto, los aplausos escasos se ahogaron en el abucheo, el silbido, las réplicas ofensivas en dirección al autor y los intérpretes. Se hizo evidente el fracaso patente. Los actos siguientes fueron en la misma atmósfera, de actitud enemiga del público hacia la pieza. Abatida por completo, con una sensación penosa, pero sin dejar ver, estuve sentada en mi palco hasta el final. Al terminar el espectáculo, me fui a mi hotel.
Calladas, aplastadas, Líka y yo estuvimos sentadas en nuestro número, esperando la llegada de Antón Pávlovich para cenar, como habíamos acordado por la mañana. Yo intentaba ordenar mis ideas, y explicarme las razones de ese fracaso con el público. Recordaba con qué placer escuchamos todos La Gaviota una vez en la casa. Nosotros entonces sufrimos vivamente la pieza, y aquí… nadie había entendido nada… esa risa venenosa, las palabras mordaces, los gritos ofensivos.
Ya era pasada la medianoche, y Antón Pávlovich no aparecía aún. Al fin, mi hermano mayor, Alexánder3, llama de la redacción de Tiempo nuevo, y me pregunta:
-¿Dónde está Antón, no está acaso contigo? ¡Con Suvórin tampoco está!
Yo me inquieté aún más, y le rogué a Alexánder que intentara buscarlo. Pasado cierto tiempo, yo misma llamé a Alexánder Pávlovich. A Antón Pávlovich no lo hallaban en ningún lugar: ni en el teatro, ni donde Potápienko, ni en casa de Lievkéeva, donde los actores se reunían para una cena. Entonces, ya a las dos de la madrugada, yo misma fui a casa de Suvórin.

1Elizaveta Lievkéeva, actriz del teatro Alexandrínskii, de San Petersburgo.
2El día feliz, pieza de...

3Alexánder Pávlovich Chejov, hermano mayor de Chejov, escritor, periodista, colaborador del periódico Tiempo nuevo, autor de memorias sobre Chejov.
Continuará...
Imagen: Gustav Klimt, Auditorium in the Old Burgtheater, XIX.

jueves 25 de junio de 2009

La Gaviota en Petersburgo, por María Chéjova


El jueves 17 de octubre de 1896, en el teatro Alexandrínskii de Petersburgo, debía tener lugar el estreno de La Gaviota, la nueva pieza de Antón Pávlovich. Por supuesto, yo quería mucho estar en el teatro en el primer espectáculo, y cuando mi hermano se fue a Petersburgo en los primeros días de octubre, acordamos que él me enviaría dinero, y que yo iría a Petersburgo el día del espectáculo.
Pero el 12 de octubre me escribió de pronto, desde Petersburgo, que no me aconsejaba ir: “…La Gaviota va de modo no interesante. Petersburgo está aburrido, la temporada empezará sólo en noviembre. Todos son perversos, mezquinos, falsos… El espectáculo va a pasar no de forma ruidosa, sino apagada. En general, un estado de ánimo no bueno”. Esa carta, no obstante, no enfrió mi deseo de ir a Petersburgo, al contrario, quise de inmediato estar cerca de mi hermano en ese momento. El 16 de octubre salí desde Moscú hacia Petersburgo en el tren de la noche.
En la mañana del 17 de octubre Antón Pávlovich, tétrico y huraño, me recibió en la estación de Moscú. Yendo por el perron1, tosiendo, me decía:
-Los actores no se saben los papeles… No entienden nada. Actúan de modo horrible. Sólo Komissárzhevskaya2 está bien. La pieza va a fracasar. Viniste en vano.
Yo le eché una mirada a mi hermano. En ese momento, recuerdo, salió el sol, y el otoño grisáceo, lóbrego de Petersburgo, de golpe, se tornó suave, afectuoso, todo sonrió de forma primaveral. Yo exclamé:
-¡No importa, Antósha, todo va a estar bien! Mira qué tiempo maravilloso, el sol brilla. Deja tus malas ideas.
No sé si, acaso, el cambio de tiempo influyó en él, o si fue mi tono optimista, pero ya no habló más de los actores y la pieza, y me informó de modo bromista:
-Yo, en el palco, te armé toda una exposición. Van a estar todas las bellas. Y a Líka3 pues, es posible, le va a ser desagradable. En el teatro va a estar Ignátii4, y con María Andréevna5. A Líka, de esa señora, le puede tocar, y además, a ella misma apenas le sea agradable ese encuentro.
Lídia Stájievna Mizínova había llegado a Petersburgo un día antes. Tenía sus razones para estar inquieta con motivo de la primera puesta de La Gaviota. Habían pasado sólo, cerca de dos años, desde que ella había sufrido su romance fallido con Ignátii Nikoláevich Potápienko. Ahora le esperaba, en presencia del mismo Potápienko y de su mujer en el teatro, ver una pieza en la que Antón Pávlovich, en cierto grado, había reflejado su romance. Y por supuesto, el espectáculo inquietaba a Líka.
Yo me alojé con Líka en un número, en el hotel Angleterre, en la plaza Isaákievskii. Antón Pávlovich vivía, como de costumbre durante sus venidas a Petersburgo, en su apartamento “personal”, donde Suvórin6, en el callejón Ertiélevii, donde siempre disponía de dos habitaciones.
El día antes del espectáculo Líka y yo paseamos por Petersburgo. A Antón Pávlovich no lo molestamos, sabiendo que estaría ocupado en el teatro hasta la misma noche. Y por la mañana, aún en la estación, él me había dicho que lo esperáramos en nuestro hotel, que vendría después del espectáculo e iríamos a cenar juntos.

1Perron, escalinata, escalera de entrada.
2Viéra Komissárzhevskaya, actriz del Teatro Alexandrínskii, de San Petersburgo.
3Lidia Mizínova (“Lika”), amiga íntima de la familia Chejov, maestra del gimnasio de L.F. Rzhévskaya.
4Ignátii Potápienko, escritor, amigo de Chejov, visitante frecuente de Miélijovo.
5María Andréevna Potápienko, esposa de Ignátii Potápienko.
6Alexéi Suvórin, escritor, dramaturgo, periodista, autor de artículos políticos, dueño del periódico Tiempo nuevo y de la editorial Suvórin.
Continuará...
Imagen: Alexéi Shaláev, La plaza Trúbnaya, 2008.

jueves 18 de junio de 2009

Varios años con A.P. Chejov, por Ignátii Potápienko


La impresión que le produjo ese suceso increíble fue inmensa. Y había que poseer una entereza chejoviana, para tener una cara indiferente, y bromear casi con indiferencia sobre todo lo sucedido.
Esa noche yo no lo vi, y no sé con qué cara “cenó donde Románov haciendo los honores1”.
Yo fui a verlo al otro día, a eso de las diez de la mañana. Ocupaba un apartamento pequeño en la casa de Suvórin2, en algún lugar muy alto, y vivía solo.
Lo encontré escribiendo cartas. La maleta, con las cosas colocadas de modo apretado, entre las que había muchos libros, yacía abierta.
-Y excelente que viniste. Por lo menos me vas a acompañar. A ti te puedo brindar ese placer, ya que tú no perteneces a los testigos oculares de mi triunfo de ayer... A los testigos oculares yo, hoy, no deseo verlos.
-¿Cómo? ¿Incluso a María Pávlovna3?
-A ella la veré en Miélijovo4. Deja que pasee. Aquí están las cartas. Las vamos a mandar. Yo ya empaqué.
-¿En el de correo?
-No, hay que esperar mucho. Hay un tren a las doce.
-Es repugnante. Va, parece, veintidós horas.
-Tanto mejor. Voy a dormir y a soñar con la gloria... Mañana estaré en Miélijovo. ¿Ah? ¡Qué beatitud!.. Ni actores, ni directores, ni público, ni periódicos. Y tú tienes buen olfato.
-¿Por qué?
-Yo quise decir: instinto de conservación. Ayer no fuiste al teatro. A mí también me convenía no haber ido. ¡Si hubieras visto las fisonomías de los actores! Me miraban así, como si yo les hubiera robado, y me evitaban a cien sazhénes5. Bueno, vamos...
Tomadas la maleta y las cartas, salimos y bajamos por la escalera. Allí las cartas fueron dadas al portero, con encargos. En una informaba de su partida a María Pávlovna, en la otra a Suvórin, en la tercera, al parecer, a su hermano.
Tomamos un coche y fuimos a la estación Nikoláevskii. Allí Antón Pávlovich ya bromeaba, se reía de sí mismo, se burlaba de él y de mí.
Por el débarcadère6 andaba un vendedor de periódico, se acercó a nosotros, nos propuso un periódico. Antón Pávlovich lo rechazó:
-¡No leo! -después se dirigió a mí:
-Mira qué cara bondadosa tiene, y entre tanto, sus manos están llenas de veneno. En cada periódico una reseña…
El tren estaba vacío, y Antón Pávlovich tuvo a su disposición todo un coupe de segunda clase.
-Bueno, voy pues a dormir dulcemente -decía.
Pero en sus ojos había amargura. Todas esas agudezas, bromas, risas le habían costado algo.
-Se terminó -decía antes de la misma partida, ya parado en la plataforma del vagón. -No voy a escribir más piezas. No es asunto para mi mente. Ayer, cuando venía del teatro, con el cuello levantado, como un ladrón en la noche, alguien del público dijo: “Eso es literatura”, y otro agregó: “Y remala...” Y un tercero preguntó: “¿Quién es ese Chejov? ¿De dónde salió?” Y en otro lugar cierto señor cortito se turbaba: “No entiendo a qué mira esa dirección. Es ofensivo permitir esas piezas en la escena”. Y yo paso por el lado y, teniendo la mano en el bolsillo, hago la higa: toma, digo, come; y tú no sabes pues, que eso lo hice yo.
-¿Y qué, Antón Pávlovich, puede que cambias de parecer, y te quedas? –le propuse cuando sonó la segunda llamada.
-Bueno, no, te agradezco. Ahora todos van a venir, y me van a consolar con las caras, con que acompañan a los parientes queridos a los trabajos forzados.
La tercera llamada. Nos despedimos.
-Ven a Miélijovo. Beberemos y cantaremos.
Y el tren partió. Antón Pávlovich se fue ofendido profundamente por Petersburgo.

1Ver carta de Chejov a Alexéi Suvórin, del 22 de octubre de 1896.
2Alexéi Suvórin, escritor, dramaturgo, periodista, autor de artículos políticos, dueño del periódico Tiempo nuevo y de la editorial Suvórin.
3María Pávlovna Chejova ("Masha"), hermana de Chejov.
4Miélijovo, posesión de Chejov en las afueras de Moscú.
5Sazhén, antigua medida rusa igual a 2,134 m.
6Débarcadère, andén, muelle, descargadero.

Imagen: John Singer Sargent, A Hotel Room, 1907.

martes 26 de mayo de 2009

I.N. Potápienko a Chejov


Moscú, 23 de agosto de 1896.

Gentil Antonio.
Desapareciste un día antes de mi aparición en Moscú. Es una lástima. Y hacia donde desapareciste, nadie lo sabe. Me diste la dirección de Feodosia, y te fuiste, al parecer, al Cáucaso1. Pero yo sigo la dirección y escribo a Feodosia.
Tu pieza2 sufrió unos cambios ínfimos. Yo me decidí a hacerlos a mi voluntad, ya que de eso dependía su destino, y además, éstos no cambian nada. Te los recordaré de memoria. En dos lugares, donde la dama le habla a su hijo del literato: “yo me lo llevaré”, es cambiado por: “él se irá”. Las palabras: “ella fuma, toma, vive abiertamente con ese literato”, son cambiadas por: “ella lleva una vida desordenada, siempre anda con ese literato”, las palabras: “Ahora él sólo toma cerveza, y puede querer sólo a las no jóvenes”, son cambiadas por: “ahora él sólo toma cerveza, y a las mujeres sólo les exige respeto”, y aún dos-tres cambios muy insignificantes. El asunto es que el censor deseaba en absoluto no eso, que tú entendiste. Él exigía que Trépliev no se inmiscuyera en absoluto, en la cuestión de la relación de Trigórin con su madre, y como que no supiera de ésta, lo que se logra con estos cambios.
Ahora la pieza está autorizada. Davídov3 me dijo que tú le prometiste darle la pieza para la lectura, y sobre ese fundamento yo se la di. Al regresar a Petersburgo (el 26), la daré a copiar, y después presentaré 2 ejemplares al Comité. Yo tengo tu petición. No recuerdo si acaso fuiste tan inteligente, como para no registrar los meses y las fechas. Si Vsievolózhskii4 va a estar en Petersburgo, pues conseguiré la inscripción “leer fuera de fila”, y entonces estará lista a principios de septiembre. Si él no va a estar, entonces caerá en la fila, y eso demorará un poco la marcha. Pienso que Grigoróvich5 no estará en septiembre en Petersburgo. Si tú deseas que la pieza se lea en el Comité en su presencia, pues escríbeme sobre eso.
Yo me iré de Petersburgo al extranjero el 3 de septiembre, y regresaré hacia el día 25. Me torturaron las piedras por completo. Por dos días enteros. Ahora dejé de comer y beber. Como sólo albóndigas de pollo, bien molidas por un cocinero y dos lacayos, y tomo té. Aposté en Moscú en las carreras y gané 70 rub. Kúguel6 me informó que Solovióv7 insiste, en que El pensamiento ruso te invite como redactor. Es en serio. Menos de seis mil no aceptes. A mí me quiere “designar” redactor de La hojita moscovita, ya que él conoce que para mí menos de 12 mil, es imposible de cualquier modo. Právdin me rogó transmitirte algo sobre sus sentimientos de gratitud, con motivo de cierto cuento que tú le enviaste, con el que está extasiado. En Moscú, con excepción de Góltsiev8 y los actores del teatro Mali, no vi a nadie. Mañana veré a los muertos de El pensamiento ruso. Dicen que a Rémiezov9 le dio calenturas por mi relato sobre la vida de los fabricantes de ataúdes, al tomarlo como una insinuación de que para él ya es hora de... Y a Vúkol10 le empieza una dilución del cerebro. Esas son las noticias más frescas. ¡Cómo llegar a Moscú y no comer, no beber! Donde Tiéstov11 como consomé de pollo, en La Taberna moscovita huevo pasado por agua, en el Ermitage no estuve incluso, y si estoy, pues me pondré a tomar apollinaris12.
Que seas dichoso. Oí que recibiste cierto “boleto personal” para las vías férreas13. ¡Te envidio!
Estrecho tus rodillas.

Tuyo, I. Potápienko.

1En agosto de 1896, Antón Chejov, antes de viajar a la casa de su amigo Alexéi Suvórin, en Feodosia, viaja por Taganróg, Rostóv, Nachijeván, Kislovódsk y Novorossísk.
2La Gaviota, pieza de Antón Chejov.
3Vladímir Davídov (apellido verdadero, Goriélov), actor del teatro de F. Korsh, en Moscú, y del teatro Alexandrínskii, de San Petersburgo.
4Iván Vsievolózhskii, director de los teatros imperiales de Moscú y de San Petersburgo.
5Dmítrii Grigoróvich, escritor conocido, autor de Los pescadores y Los emigrantes, entre otros relatos.
6Alexánder Kúguel, crítico teatral, editor y redactor de la revista El teatro y el arte.
7Mijaíl Solovióv, jefe de la Dirección central para asuntos de prensa.
Chejov llama a Mijaíl Solovióv "el inquisidor" (ver carta a Leóntiev-Scheglóv del 5 de enero de 1897). Los redactores de El pensamiento ruso, sin la mediación de Solovióv, invitan a Chejov a trabajar en la revista.
8Víctor Góltsiev, periodista, redactor de la revista El pensamiento ruso.
9Mitrofán Rémiezov, escritor y traductor, colaborador de la revista El pensamiento ruso.
10Vúkol Lavróv, redactor y editor de la revista El pensamiento ruso, traductor, autor de memorias sobre Chejov.
11Iván Tiéstov, dueño de un restaurante en Moscú.
12Apollinaris, agua mineral de botella, marca alemana.
13Alexéi Suvórin envía a Chejov, en 1896, un billete para viajar gratis por las vías férreas de Rusia.

Imagen: Alexander Matrehin, Revival of the Nikitskiy Monastery, 1996.

lunes 25 de mayo de 2009

Chejov a I.N. Potápienko


Miélijovo, 11 de agosto de 1896.

Querido Ignacius, la pieza se envía1. El censor señaló con lápiz azul los lugares que no le gustan, por razón de que el hermano y el hijo tienen una actitud indiferente hacia la relación amorosa de la actriz con el literato. En la 4ta página eliminé la frase “vive abiertamente con ese literato”, y en la 5ta “puede amar sólo a los jóvenes”. Si los cambios que yo hice en los pliegos son admitidos, pues pégalos fuerte en aquestes lugares, ¡y que seas bendito por los siglos de los siglos y veas a los hijos de tus hijos! Y si esos cambios son rechazados, pues escupe2 a la pieza: lidiar más con ésta yo no deseo, y a ti no te lo aconsejo.
En la 5ta página, en las palabras de Sórin: “A propósito, dime, por favor, ¿qué clase de hombre es su literato?”, se puede tachar la palabra su. En lugar de las palabras (ahí mismo) “No lo entiendes. Siempre está callado”, se puede poner: “¿Sabes?, no me gusta él a mí”, o lo que te plazca, siquiera un texto del Talmud*.
Que el hijo está en contra de la relación amorosa, se ve perfectamente por su tono. En la infortunada página 37, él le dice a la madre: “¿Para qué, para qué se interpuso ese hombre entre tú y yo?” En esa misma página 37, se pueden tachar las palabras de Arkádina: “Nuestra cercanía, por supuesto, no puede gustarte, pero...” Eso es todo. Los lugares subrayados velos en el ejemplar azul.
¿Cuándo pues en Miélijovo?
Entonces, lo que se pueda, táchalo, si Litvínov3 dice de antemano, que eso es suficiente.
Te agradezco por el chocolate mignon. Yo lo como.
El 6-17 me voy al sur, estaré en Feodósia, cuidaré a tu esposa. Cada vez, escríbeme. Después del 20, mi dirección es esta: Feodósia, casa de Suvórin.
¡Pues aún está el Comité!
Si me encuentras un apartamento en invierno, pues viviré todo el invierno en Petersburgo. Es suficiente una habitación y un water-closet.
¿Acaso no viajar juntos a algún lugar? Pues aún hay mucho tiempo. ¿A Batúmi o a Borzhómi? Beberíamos vino a gusto.
Te estrecho fuertemente entre mis brazos.

Tu deudor, Antonio.

11 de agos.

Tendrás que pegar un pliego en la 4ta pag. de cada ejemplar. Y en la 5ta y en la 37 sólo tacha. Por lo demás, procede como sabes. Perdóname, que te fatigo tan descaradamente4.
Por mi parte, yo subrayé con lápiz verde lo que se puede tachar y lo que, si ponerse en el punto de vista del censor, es más nocivo.

*o las palabras: "¡A sus años! ¡Ah, ah, cómo no le da vergüenza!" (Nota de Antón Chejov.)
1En 1896, la Dirección central para asuntos de prensa le devuelve La Gaviota a Antón Chejov, por motivos de censura.
2Escupir (vulgarismo), desdeñar, despreciar.
3Iván Litvínov, censor de obras dramáticas en la Dirección central para asuntos de prensa.
4Ignátii Potápienko se encarga de corregir La Gaviota en conjunto con la censura.

Imagen: Alexander Matrehin, The Kremlin Ensemble in Suzdal, 1996.