sábado, 1 de diciembre de 2007

De las memorias de un idealista


El diez de mayo tomé una licencia por 28 días, le pedí a nuestro tesorero cien rublos de adelanto y decidí, fuera como fuera, “vivir un poco”, vivir un poco con toda el alma, de modo que después, en el transcurso de diez años, vivir sólo de los recuerdos.
¿Y sabe usted qué significa “vivir un poco” en el mejor sentido de esas palabras? Eso no significa dirigirse a un teatro veraniego, a la opereta, comerse la cena y regresar bebido a la casa en la mañana. Eso no significa dirigirse a una exposición, y de ahí a las carreras, y sacudir allí el monedero alrededor del totalizador. Si usted quiere vivir un poco, pues siéntese en el vagón y diríjase ahí, donde el aire está impregnado de la fragancia de la lila y el cerezo, donde, acariciando su vista con su tierna blancura y el brillo del rocío diamantino, florecen a porfía los muguetes y las violetas. Allí, en la extensión, bajo la bóveda azul, a la vista del bosque verde y los riachuelos arrulladores, en compañía de los pájaros y los escarabajos verdes, ¡usted entenderá qué es la vida! Añada a eso dos-tres encuentros con un sombrero de ala ancha, unos ojos rápidos y un delantal blanco... Confieso que yo soñaba con todo eso cuando, con la licencia en el bolsillo, colmado de las dádivas del tesorero, me trasladaba a la casa de campo.
La casa de campo se la alquilé, por consejo de un amigo, a Sofía Pávlovna Kníguina, que arrendaba en su casa una habitación sobrante con mesa, muebles y demás comodidades. El alquiler de la casa se efectuó más rápido de lo que podía pensar. Tras llegar a Piriérva y buscar la casa de Kníguina yo entré, recuerdo, a una terraza y... me confundí. La terracita era acogedora, graciosa y adorable, pero aún más graciosa y (permítanme expresarme así) más acogedora era la joven, rolliza damita, que estaba sentada a la mesa en la terraza y tomaba té. Ésta entornó sus ojos hacia mí.
-¿Qué se le ofrece?
-Disculpe, por favor... –empecé. –Yo... yo, probablemente, no ahí fui a dar... Yo necesito la casa de campo de Kníguina...
-Yo soy Kníguina... ¿Qué se le ofrece?
Me perdí... Por las dueñas de apartamentos y casas de campo, yo estoy acostumbrado a sobrentender unas señoras maduras, reumáticas, olorosas a borra de café, pero ahí... “¡ángeles y ministros de piedad, amparadnos!” –como dijo Hamlet1, estaba sentada una maravillosa, suntuosa, asombrosa, encantadora señora. Yo, tartamudeando, expliqué lo que necesitaba.
-¡Ah, mucho gusto! ¡Siéntese, por favor! Su amigo me escribió ya. ¿No quiere acaso té? ¿Para usted, con ciruela o con limón?
Hay una raza de mujeres (con mayor frecuencia rubias) con las que es suficiente sentarse dos-tres minutos, para que usted se sienta como en casa, como si fueran viejos conocidos. Así era exactamente Sofía Pávlovna. Bebiendo el primer vaso, yo ya sabía que ella no estaba casada, que vivía de los por cientos del capital, y que esperaba en su casa la visita de una tía, yo sabía las razones que motivaron a Sofía Pávlovna a dar una habitación en alquiler. En primer lugar, pagar ciento veinte rublos por una casa de campo para una sola era penoso y, en segundo, como que espantaba: ¡de pronto un ladrón se mete de noche o entra de día un mujík temible! Y no había nada censurable, si en la habitación de la esquina vivía alguna dama solitaria o un hombre.
-¡Pero un hombre es mejor! –suspiró la dueña, lamiendo la confitura de la cucharita. –Con el hombre son menos ajetreos y no da tanto miedo...
En una palabra, en apenas alguna hora, Sofía Pávlovna y yo ya éramos amigos.
-¡Ah sí! –recordé, despidiéndome de ella. –Hablamos de todo, y de lo principal ni una palabra. ¿Cuánto pues usted me va a cobrar? Yo voy a vivir en su casa sólo veintiocho días... El almuerzo, por supuesto... té y demás.
-¡Bueno, encontró de qué hablar! Cuánto pueda, tanto y déme... Yo pues, no por cálculo arriendo la habitación, sino así... para que haya gente... ¿veinticinco rublos, puede darme?
Yo, por supuesto, convine, y mi vida veraniega empezó... Esa vida es interesante en que el día se parece al día y la noche a la noche, ¡y cuánto encanto hay en esa uniformidad, qué días, qué noches! ¡Lector, yo estoy exaltado, permítame abrazarlo! Por la mañana me despertaba y, sin pensar ni un poco en el servicio, tomaba té con ciruelas. A las once iba a donde la dueña, a darle los buenos días, y tomaba donde ella café con ciruelas grasosas, cocidas. Desde el café hasta el almuerzo charlábamos. A las dos el almuerzo, ¡pero qué clase de almuerzo! Imagine que usted, hambriento como un perro, se sienta a la mesa, toma una copita grande de vodka de grosella y pica cecina caliente con rábano. Después, imagine gazpacho o schi2 verde con crema agria, y demás y demás. Después de almuerzo un acostarse sosegado, lectura de novela y sobresalto a cada instante, ya que la dueña, a cada rato, pasa fugazmente cerca de la puerta y “¡acuéstese! ¡acuéstese!”... Después el baño. Por la tarde, hasta la noche profunda, paseo con Sofía Pávlovna... Imagine que a la hora del atardecer, cuando todo duerme, excepto los ruiseñores y las garzas que gritan rara vez, cuando un vientecito que respira débilmente le trae casi-casi el ruido de un tren lejano, usted pasea en el boscaje o por el terraplén de la vía férrea con una rubiecita rolliza, que se encoge coquetamente por la frialdad nocturna, y a cada rato voltea hacia usted una carita pálida de luna... ¡Terriblemente bien!
No pasó ni una semana, cuando sucedió eso que ya hace tiempo espera de mí, lector, y sin lo cual no se las arregla ningún cuento decente... Yo no me sostuve en pie... Mi declaración, Sofía Pávlovna la escuchó con indiferencia, casi fríamente, como si ya hacía tiempo la esperara, sólo hizo una mueca graciosa con los labios, como queriendo decir:
-¡Y de qué hablar tanto ahí, no entiendo!

28 días pasaron fugazmente, como un segundo. Cuando se terminó el plazo de mi licencia yo, añorante, insatisfecho, me despedía de la casa de campo y de Sonia. La dueña, cuando yo hacía la maleta, estaba sentada en el diván y se enjugaba los ojos. Yo mismo, casi no llorando, la consolaba, prometiendo venir a verla a la casa de campo en las fiestas, y estar en su casa en invierno, en Moscú.
-Ah... ¿y cuándo nosotros, alma mía, vamos a sacar cuentas contigo? -recordé. -¿Cuánto se te debe?
-Alguna vez después... –profirió mi “objeto”, sollozando.
-¿Para qué después? Amistad con amistad, y el dinerito por separado, dice el refrán, y además, yo no deseo en absoluto vivir a cuenta tuya. No hagas melindres pues, Sonia... ¿Cuánto a ti?
-Ahí... unas tonterías pues... –profirió la dueña, sollozando y halando de la mesa una gavetita. –Podrías y pagar después...
Sonia hurgó en la gavetita, sacó de ahí un papelito y me lo dio.
-¿Esto es la cuenta? –pregunté. –Bueno, pues y excelente... y excelente... (me puse los lentes), ajustamos cuentas y bien... (recorrí la cuenta). La suma... Espera, ¿y esto qué es? La suma... ¡Pero esto no es, Sonia! Aquí “la suma es doscientos doce rublos cuarenta y cuatro kópeks”. ¡Esta no es mi cuenta!
-¡Es la tuya, Caramillo! ¡Tú échale una ojeada!
-Pero... ¿de dónde pues tanto? Por la casa de campo y la mesa veinticinco rublos, de acuerdo... Por el sirviente tres rublos, bueno, deja, y con eso estoy de acuerdo...
-Yo no entiendo, Caramillo, -dijo alargadamente la dueña, echándome una mirada asombrada, con ojos llorosos. -¿Es posible que tú no me creas? ¡Cuenta en ese caso! Vodkita de grosella tomaste... ¡no podía yo pues servirte en el almuerzo vodka por el mismo precio! Las ciruelas para el té y el café... después la fresa, los pepinos, los cerezos... En cuanto al café también... Pues tú no acordaste tomarlo, ¡y lo tomabas cada día! Por lo demás, todo esto son tales tonterías que yo, dígnate, te puedo quitar doce rublos. Que queden sólo doscientos.
-Pero... ahí está puesto setenta y cinco rublos, y no está señalado por qué... ¿Por qué esto?
-¿Cómo por qué? ¡Pues esto es gracioso!
Yo la miré a la carita. Esta lucía tan sincera, clara y asombrada, que mi lengua ya no pudo articular ni una palabra. Le di a Sonia cien rublos y un endoso por lo mismo, me eché la maleta sobre los hombros y me fui a la estación.
¿No tiene acaso alguien, señores, cien rublos que me preste3?

1“¡Ángeles y ministros de piedad, amparadnos!”, de Hamlet (acto I, escena 4), tragedia de William Shakespeare.
2Schi, sopa de legumbres con carne.
3¿Cuál deuda secreta cobra Sofía Pávlovna al personaje?

Título original: Iz vospominanii idealista, publicado por primera vez en la revista Budilnik, 1885, Nº 26, con la firma: “El hermano de mi hermano”.
Imagen: Boris Kustodiev, A Merchant Wife at Tea, 1920.