domingo, 23 de diciembre de 2007

Chejov a A.S. Suvórin


Estrecho tártaro, barco “Baikál”, 11 de septiembre de 1890.

¡Saludos! Navego por el Estrecho tártaro del Sajalín Norte al Sur. Escribo y no sé cuándo le llegará esta carta. Estoy saludable, aunque el cólera, que me tendió una trampa, me mira con sus ojos verdes desde todas partes. En Vladivostók, Japón, Shangai, Java, Suez y, al parecer, hasta en la Luna -por todas partes hay cólera, en todas partes hay cuarentenas y miedo. En Sajalín esperan el cólera y mantienen al tribunal en cuarentena. En una palabra, el asunto está de perros. En Vladivostók mueren europeos; murió, entre tanto, una generala.
Viví en Sajalín Norte exactamente dos meses. Fui recibido por la administración local con extrema amabilidad, aunque Gálkin no escribió ni una palabra sobre mí. Ni Gálkin, ni la baronesa Víjujol1, ni los otros genios, a quienes, cometiendo una estupidez, me dirigí por ayuda, me ofrecieron ninguna ayuda; tuve que actuar por mi propia cuenta.
El general sajaliniano Kononóvich es un hombre intelectual y honrado. Nos entendimos enseguida y todo resultó favorable. Llevaré conmigo ciertos papeles, por los cuales verá usted que, las condiciones en que fui puesto desde el mismo principio, fueron las más favorables2. Lo vi todo; por lo tanto, la cuestión ahora no es qué yo vi, sino cómo lo vi.
No sé qué me saldrá, pero he hecho no poco. Me alcanzaría para tres tesis. Me levantaba cada día a las 5 de la mañana, me acostaba tarde, y todos los días estaba bajo una fuerte tensión por la idea, de que yo aún no había hecho muchas cosas, y ahora, cuando ya terminé con la galera, tengo una sensación como que ya lo vi todo, pero no reparé en el elefante3.
Hablando a propósito, tuve la paciencia de hacer el censo de toda la población sajaliniana. Recorrí todas las colonias, entré a todas las isbás y hablé con cada uno; empleaba en el censo el sistema de tarjetas, y ya tengo apuntadas cerca de diez mil personas entre forzados y colonos4. En otras palabras, en Sajalín no hay un solo forzado o colono que no haya conversado conmigo. En particular, se me dio el censo de los niños, en el que deposito no pocas esperanzas.
Con Landsberg5 almorcé; con la antigua baronesa Heimbrook6 estuve sentado en la cocina... Estuve con todas las celebridades. Estuve presente en un castigo con látigo7, tras el que soñé unas tres-cuatro noches con el verdugo y el repulsivo potro de tortura. Platiqué con los encadenados a la carretilla. Una vez, cuando tomaba té en una mina, el antiguo mercader petersburgués, Borodávkin, enviado aquí por incendio, se sacó del bolsillo una cucharita de té y me la dio, y como resultado se me alteraron los nervios, y me di la palabra de no viajar más a Sajalín.
Le escribiría más, pero en el camarote está una señora que se ríe a carcajadas y parlotea sin descanso. No hay fuerzas para escribir. Se ríe a carcajadas y cotorrea desde la noche de ayer.
Esta carta irá a través de América y yo iré, debe ser, no a través de América. Todos dicen que el camino americano es más costoso y aburrido.
Mañana voy a ver desde lejos Japón, la isla Matsmai. Ahora son las 12 de la noche. El mar está oscuro, sopla el viento. No entiendo cómo este barco puede navegar y orientarse cuando no se ve nada, y aún en aguas tan salvajes y poco conocidas como las del Estrecho tártaro.
Cuando recuerdo que me separan del mundo 10 mil vérstas me domina la apatía. Me parece que llegaré a casa dentro de cien años.
Una profundísima reverencia y un saludo de corazón a Anna Ivánovna y a todos los suyos. Que Dios le dé dicha y todo lo bueno.

Suyo, A. Chejov.

Es aburrido.

1“Víjujol”, mamífero insectívoro oriundo de las cuencas del Volga, el Don y los Urales, apodo que Chejov pone a la baronesa Varvára Ikskul von Hildenband, personalidad pública, editora de libritos baratos para el pueblo.
2Chejov recibe directamente del gobernador de la isla Sajalín, el 30 de julio de 1890, una atestación donde se invita a los gobernadores de los alrededores a “prestar ayuda legal a A.P. Chejov en el propósito señalado de su visita a las cárceles y las colonias, y en caso necesario ofrecer al sr. Chejov la posibilidad de hacer diversos extractos de los documentos oficiales”.
3Cita incorrecta de El curioso, fábula de Iván Krilóv (1814).
4Fichas de la población de Sajalín llenadas por Chejov. (El autor trae consigo a Rusia cerca de diez mil de estas fichas, que se conservan en el departamento de manuscritos de la Biblioteca Estatal V.I. Lenin, y una porción pequeña en el Archivo Central Estatal de Literatura y Arte).
5Karl Landsberg, oficial de la guardia deportado a Sajalín por delito.
6Olga Heimbrook (baronesa), deportada a Sajalín por delito. “De toda la partida de mujeres-forzadas que arribaba, pertenecía al estamento privilegiado sólo una, la antigua baronesa Heimbrook, condenada a trabajo forzado por incendio de su propiedad personal, con el objetivo de obtener la suma debida por la póliza de seguro (…) Delgada, en extremo anémica, se hallaba bajo la presión de cierta pesadilla, y al instante de su llegada al barco fue alojada en el lazareto” (Hacia Sajalín. Con las mujeres y los hombres forzados, Tiempo nuevo, Nº 5009, A.V. Scherbák).
7Chejov presencia el castigo con látigo al recluso Prójorov, en Due, el 13 de agosto de 1890. “El verdugo está parado a un costado -escribe Chejov en La isla Sajalín- y golpea así, que el látigo cae a través del cuerpo. Cada cinco golpes, va al otro costado con lentitud, y deja descansar medio minuto. A Prójorov los cabellos se le pegan a la frente, el cuello se le hincha; ya tras 5-10 golpes el cuerpo, cubierto de surcos ya por los latigazos anteriores, se pone púrpura, azuloso; la piel se revienta con cada golpe.
-¡Su excelencia! –se oye a través del aullar y el llanto. -¡Su excelencia! ¡Apiádese, su excelencia!
Y después, tras 20-30 golpes, Prójorov se lamenta, como un borracho o como en delirio:
-Yo soy un hombre miserable, soy un hombre muerto… ¿Por qué pues me castigan?
He aquí ya cierto extraño estiramiento del cuello, sonidos de bómitos… Prójorov no pronuncia ni una palabra, sino sólo muge con voz ronca; parece que desde el principio del castigo pasó toda una eternidad, pero el celador sólo grita: ‘¡Cuarenta y dos! ¡Cuarenta y tres!’ Hasta los noventa está lejos. Yo salgo afuera. Alrededor, en la calle, hay silencio…” (cap. XXI, pags. 285-286).

Imagen: Ivan Aivazovsky, View of the Sea by Moonlight, 1878.