jueves, 15 de mayo de 2008

Una historia aburrida (De los apuntes de un hombre viejo)


I

Hay en Rusia un eminente profesor llamado Nikolai Stepánovich de Tal, consejero secreto y caballero; tiene tantas órdenes rusas y extranjeras que, cuando le toca ponérselas, los estudiantes lo llaman “iconostasio". Sus relaciones son las más aristocráticas; por lo menos, en los últimos 25 o 30 años no hubo en Rusia un científico notable, a quien no conociera de cerca. Ahora no tiene de quién ser amigo, pero si hablamos del pasado, su larga lista de amigos ilustres termina con tales nombres como Pirogóv1, Kaviélin2 y el poeta Nekrásov3, que le brindaron la amistad más cálida y sincera. Figura como miembro de todas las universidades rusas y de tres extranjeras. Y demás y demás. Todo esto y muchas cosas que se podría decir aún, constituyen lo que se llama mi nombre.
Eso mi nombre es popular. En Rusia lo conoce toda persona letrada, y en el extranjero se le menciona en las cátedras, con el agregado "célebre" y "venerable". Pertenece al número de esos pocos nombres dichosos que, injuriar o mencionar vanamente en público y en la prensa, se considera un signo de mal tono. Así debe ser. Pues mi nombre se relaciona, de modo estrecho, con el concepto del hombre notable, muy dotado e indudablemente útil. Yo soy laborioso y resistente como un camello, y eso es importante, y talentoso, y eso es aún más importante. Y ade­más, hablando a propósito, soy un chico educado, modesto y honrado. Nunca metí la nariz en la literatura ni en la política, ni busqué popularidad en las polémicas con los ignorantes, ni leí discur­sos en los almuerzos ni en las tumbas de mis colegas... En general, mi nombre científico no tiene ni una mancha, ni tiene de qué quejarse. Es dichoso.
El portador de ese nombre, o sea yo, represento un hombre de sesenta y dos años, con una cabeza calva, unos dientes postizos y un tic incurable. Cuan brillante y bonito es mi nombre, cuan apagado y deforme soy yo. La cabeza y las manos me tiemblan de debilidad; mi cuello, como el de una heroína de Tur­guéniev, parece el mástil de un contrabajo4, mi pecho es hundido, mi espalda estrecha. Cuando hablo o leo, la boca se me tuerce hacia un costado; cuando sonrío, todo el rostro se me cubre de arrugas seni­les-mortuorias. No hay nada imponente en mi mísera figura; sólo acaso, cuando padezco el tic, me aparece cierta expresión peculiar, que suscita acaso en cada uno, al echarme un vistazo, una idea severa e imponente: "Por lo visto, este hombre morirá pronto."
Leo, como antes, no mal; como antes, puedo retener la atención de los oyentes durante dos horas. Mi modo apasionado, lo literario de la exposición y mi humor, hacen que no se adviertan casi los defectos de mi voz, que es seca, brusca y cantarina, como la de un mojigato. Escribo pues mal. Ese pedacito de mi cerebro que dirige mi capacidad de escribir, se negó a servir. Mi memoria se debilitó, en mis ideas no hay la suficiente consecuencia, y cuando las ex­pongo en el papel, cada vez me parece que perdí la intuición de su vínculo orgánico; la construcción es monótona, la frase escasa y tímida. A menudo escribo no eso que quiero, cuando escribo el final no recuerdo el principio. A menudo olvido las palabras comunes, y siempre tengo que gastar mucha energía para evitar en las cartas las frases superfluas, y las inútiles oraciones incidentales, lo uno y lo otro testimonian, claramente, la decadencia de mi actividad intelectual. Y es nota­ble, mientras más sencilla es la carta, más torturante es mi tensión. Con el artículo científico me siento mucho más libre e inteligente, que con la carta de felicitación o el apunte informati­vo. Otra cosa: escribir en alemán o en inglés, me es más fácil que en ruso.
En lo que respecta a mi modo de vida actual, pues ante todo debo señalar el insomnio, que padezco en los últimos tiempos. Si me preguntaran: ¿qué constituye ahora el rasgo principal y esencial de tu existencia? Yo respondería: el insomnio. Como antes, según la costumbre, puntualmente a la medianoche, me desvisto y me acuesto en la cama. Me duermo pronto, pero pasada la una me despierto con tal sensación, como si no hubiera dormido en absoluto. Me veo obligado a levantarme de la cama y prender la lámpara. Una hora o dos ando de una esquina a la otra de la habitación, y examino los cuadros y las fotografías ya hace tiempo conocidos. Cuando me canso de andar me siento a la mesa. Me quedo sentado inmóvil, sin pensar en nada ni sentir ningún deseo, si hay un libro ante mí, me lo acerco de modo maquinal y leo sin ningún interés. Así hace poco leí en una noche, maquinalmente, una novela entera con un título extraño: De qué cantaba la golondrina5. O pues, para ocupar mi atención, me obligo a contar hasta mil o imagino el rostro de algu­no de mis colegas, y empiezo a recordar: ¿en qué año y en qué circunstancias ingresó al servicio? Me gusta prestar oídos a los sonidos. Ya a dos habitaciones de mí, mi hija Liza profiere algo en sueños con rapidez, ya mi mujer pasa por el salón con una vela y, con seguridad, deja caer la caja de cerillos, ya rechina el armario reseco o zumba de repente el mechero de la lámpara, y todos esos sonidos por algo me inquietan.
No dormir de noche significa sentirse anormal a cada instante, y por eso espero con impaciencia la mañana y el día, cuando tengo derecho a no dormir. Pasa mucho tiempo fatigoso antes de que en el patio cante el gallo. Ese es mi primer agorero. Tan pronto canta, ya sé que dentro de una hora, abajo, se desperta­rá el portero y, tosiendo enojado, irá por algo hacia arriba por la escalera. Y después, tras las ventanas, el aire empezará a palidecer poco a poco, resonarán las voces en la calle…
Mi día empieza con la llegada de mi mujer. Entra a verme en saya, despeinada, pero ya lavada, oliendo a colonia de flores, y con tal aire como si hubiera entrado sin intención, y cada vez dice lo mismo:
-Disculpa, yo por un minuto... ¿Tú de nuevo no dormiste?
Luego apaga la lámpara, se sienta junto a la mesa y empieza a hablar. No soy un profeta, pero sé de antemano de qué va a hablar. Cada mañana es lo mismo. Comúnmente, después de las alarmadas preguntas sobre mi salud, recuerda de pronto a nuestro hijo el oficial, que sirve en Varsovia. Después del día veinte de cada mes le enviamos cincuenta rublos, eso, principalmente, nos sirve de tema de con­versación.
-Por supuesto, nos es difícil, -suspira mi mujer-, pero mientras él no se pare sobre sus pies de modo definitivo, estamos obligados a ayudarle. El muchacho está en un país extraño, su salario es pequeño... Por lo demás, si quieres, el mes próximo no le mandamos cincuenta, sino cuarenta. ¿Cómo piensas?
La experiencia cotidiana podría convencer a mi mujer, de que los gastos no se hacen menores porque hablemos de ellos a menudo, pero mi mujer no reconoce la experiencia, y cada mañana me cuenta con esmero de nuestro oficial, y de que el pan, gracias a Dios, está más barato, y el azúcar está dos kópeks más cara, y todo eso en tal tono, como si me informara una novedad.
Yo escucho, asiento de modo maquinal y, probablemente, por que no dormí en la noche, unas ideas extrañas, inútiles se apoderan de mí. Miro a mi mujer y me asombro como un niño. Perplejo, me pregunto: ¿es posible que esta mujer vieja, muy rolliza, torpe, con una expresión estúpida de desvelo menudo y de temor por el pedazo de pan, con una mirada nublada por la idea constante de las deudas y la nece­sidad, que sólo sabe hablar de gastos y sonreír a la baratura, es posible que esta mujer fue alguna vez esa misma delgada Varia, que yo amé apasionadamente por su mente clara, buena, por su alma pura, su belleza y, como Otelo a Desdémona, por su "piedad" hacia mi ciencia6? ¿Es posible que esta es mi misma mujer, Varia, que alguna vez me dio un hijo?
Escudriño con intensidad el rostro de la vieja cruda, torpe, busco en ella a mi Varia, pero del pasado sólo sobrevive en ella el temor por mi salud, y aún la manera de llamar a mi salario "nuestro salario", y a mi gorro “nuestro gorro". Me duele mirarla y, para consolarla siquiera un poco, le permito hablar de lo que le plazca, e incluso callo cuando juzga a las personas de modo injusto, o me reprende porque no me dedico a la práctica y no edito ma­nuales.
Termina nuestra conversación siempre igual. Mi mujer recuerda de pronto que yo todavía no tomé el té, y se asusta.
-¿Qué hago pues sentada?-dice levantándose. -El samovar hace tiempo que está en la mesa, y yo aquí charlando. ¡Qué desmemo­riada me he vuelto, señor!
Se va con rapidez y se detiene junto a la puerta, para decir:
-Le debemos a Yegór cinco meses. ¿Tú sabes eso? No conviene descuidar el salario de los sirvientes, ¡cuántas veces lo dije! ¡Dar diez rublos por mes, es mu­cho más fácil que cincuenta por cinco meses!
Saliendo por la puerta, se detiene de nuevo y dice:
-Nadie me da tanta lástima, como nuestra pobre Liza. La muchacha estu­dia en el conservatorio, está de modo constante en buena sociedad, y anda vestida Dios sabe cómo. Una pelliza, que da vergüenza salir a la calle. Si fuera hija de algún otro, eso aún no sería nada, ¡pero es que todos saben que su padre es un profesor notable, un consejero secreto!
Y después que me reprocha por mi nombre y rango, finalmente se va. Así empieza mi día. Continúa no de mejor modo.
Cuando tomo el té, entra a verme mi Liza, con la pelliza, el gorrito y las notas, ya preparada por completo para ir al conservatorio. Tiene veintidós años. Por su aspecto es más joven, es buena moza, y se parece un poco a mi mujer en su juventud. Me besa con ternura en la sien y la mano, y dice:
-Saludos, papito. ¿Estás saludable?
En la infancia le gustaba mucho el helado, y a menudo me tocaba llevarla a la confitería. El helado era para ella la medida de todo lo hermoso. Si quería elogiarme, pues decía: "Tú, papá, eres de mantecado". Un dedito suyo se llamaba “de pistacho”, el otro “de mantecado”, el tercero “de frambuesa”, y demás. Comúnmente, cuando venía por las mañanas a saludarme, me la sentaba en las rodillas y, besando sus deditos uno a uno, profería:
-De mantecado… de almendra... de limón...
Y ahora, según el antiguo recuerdo, le beso los dedos a Liza y farfullo: "de pistacho... de mantecado... de limón...", pero me sale no eso en absoluto. Soy frío como un helado, y me da vergüenza. Cuando entra mi hija y me roza la sien con sus labios, me estremezco, como si una abeja me picara la sien, sonrío con tensión y volteo mi rostro. Desde que padezco insomnio, hay una pregunta como un clavo en mi cerebro: mi hija ve a menudo cómo yo, un viejo, un hombre célebre, me sonrojo con tortura porque le debo al lacayo; ve cuán a menudo el desvelo por las deudas menudas me obliga a abandonar el trabajo, y andar por horas enteras de una esquina a la otra, y pensar, pero, ¿por qué pues ella ni una vez, a escondidas de su madre, no vino a verme y no me susurró: "Padre, aquí están mi reloj, brazaletes, pendientes, vesti­dos… Empeña todo esto, ¿te hace falta dinero?" ¿Por qué ella, viendo cómo su madre y yo, sucumbiendo a un sentimiento falso, intentamos ocultarle a las personas nuestra pobreza, por qué ella no renuncia al costoso placer de estudiar música? Yo no aceptaría ni el reloj, ni los brazaletes, ni los sacrificios, Dios me guarde, no eso necesito.
A propósito, recuerdo sobre mi hijo, el oficial de Varsovia. Es una persona inteligente, honrada y sobria. Pero a mí eso me es poco. Pienso que si mi padre fuera un viejo, y yo supiera que tiene instantes en que se avergüenza de su pobreza, le daría el puesto de oficial a algún otro, y yo mismo me emplearía como trabajador. Ideas semejantes sobre mis hi­jos me envenenan. ¿Para qué éstas? Ocultar en sí un sentimiento maligno con­tra las personas corrientes, por que éstas no son héroes, puede sólo un hombre limitado y maligno. Pero basta sobre esto.
A las diez menos cuarto tengo que ir a leer la conferencia a mis simpáticos muchachos. Me visto y voy por un camino que conozco hace ya treinta años, y tiene para mí su historia. He aquí una gran casa gris con una farmacia; ahí alguna vez hu­bo una casita pequeña, y en ésta había una cervecería; en esa cervecería yo premedité mi tesis y le escribí la primera carta de amor a Varia. La escribí con lá­piz en una hoja con la leyenda: Historia morbi7. He aquí una tienda de abarrotes; alguna vez la dirigió un ju­dío, que me vendía cigarrillos fiado, después una mujer gorda, que quería a los estudiantes por que "cada uno tenía madre", ahora está sentado un mercader pelirrojo, un hombre muy indiferente, que toma té de una tetera de cobre. Y he aquí los portones de la universidad, lóbregos, no reparados hace tiempo, el portero aburrido con su zamarra, la escoba, el montón de nieve... A un chico fresco, llegado de provin­cia y que imagina que el templo de la ciencia es, en verdad, un templo, tales portones no pue­den producirle una impresión saludable. En general, la vetustez de los edificios universitarios, la lobreguez de los corredores, el hollín de las paredes, la falta de luz, el aspecto abatido de los peldaños, las perchas y los bancos ocupan uno de los pri­meros lugares en la historia del pesimismo ruso, junto a las causas de los predispuestos... He aquí nuestro jar­dín. Desde que yo era estudiante, me parece, no se hizo mejor ni peor. No me gusta. Sería mucho más inteligente si, en lugar de los tilos tísicos, la acacia amarilla y la lila pelada única, crecieran aquí unos pinos altos y unos buenos robles. El estudiante, cuyo estado de ánimo en su mayoría es formado por el ambiente, debe ver ante sí a cada paso, allí donde estudia, sólo lo alto, lo fuerte, lo bello… Dios lo guarde de los árboles enjutos, las ventanas rotas, las paredes grises y las puertas forradas de hule rasgado.
Cuando llego a mi portal, la puerta se abre por completo y me recibe mi viejo colega, coetáneo y tocayo, el conserje Nikolai. Tras dejarme entrar, grazna y dice:
-¡La helada, su excelencia!
O si mi pelliza está mojada, pues:
-¡La lluvia, su excelencia!
Luego corre delante de mí y abre todas las puertas en mi camino. En el gabinete me quita la pelliza con cuidado, y en ese tiempo me alcanza a informar alguna novedad universitaria. Gracias a la relación cercana que existe entre todos los guardianes y conserjes universitarios, conoce todo lo que sucede en las cuatro facultades, en la cancillería, en el gabinete del rector, en la biblioteca. ¡Qué sólo no sabe él! Cuando la sensación del día es, por ejemplo, el retiro del rector o de un decano, yo oigo cómo él, hablando con los guardianes jóvenes, nombra a los candidatos, y ahí mismo explica que a tal no lo aprobará el ministro, que a tal lo rechazará él mismo, después se entrega a detalles fantásticos sobre ciertos papeles misteriosos recibidos en la cancillería, sobre una plática secreta que, al parecer, tuvo el ministro con el curador, y por el estilo. Si excluir esos detalles, en general, resulta que casi siempre tiene razón. Las características que da de cada uno de los candidatos son peculiares, pero también correctas. Si usted ne­cesita saber en qué año alguien defendió la tesis, ingresó al servicio, salió en retiro o murió, pues llame en su ayuda a la inmensa memo­ria de este soldado, y él no sólo le dirá el año, el mes y la fecha, sino le informará asimismo los detalles que acompañaron a tal o cual circunstancia. Así pue­de recordar sólo quien ama.
Es un conservador de las tradiciones universitarias. De sus ancestros-conserjes recibió en herencia muchas leyendas de la vida universitaria, añadió a esa riqueza mucho de su bien, obtenido durante su servicio, y si usted quiere le contará muchas historias largas y breves. Puede contarle de los sabios extraordinarios que lo sabían to­do, de los trabajadores notables que no duermen por semanas, de los numerosos mártires y víctimas de la ciencia; en él el bien triunfa sobre el mal, el débil siempre vence al fuerte, el sabio al necio, el humilde al orgulloso, el joven al viejo... No hay necesidad de tomar todas estas leyendas y fábulas por moneda de ley, pero cuélelas y le quedará en el filtro lo que es necesario: nuestras buenas tradiciones y los nombres de los héroes genuinos, reconocidos por todos.
En nuestra sociedad, todas las noticias del mundo de los científicos se reducen a las anécdotas sobre la extrema distracción de los viejos profesores, y a dos o tres agudezas que se atribuyen ya a Gruber8, ya a mí, ya a Babújin9. Para una sociedad instruida eso es poco. Si ésta amara la ciencia, a los científicos y a los estudiantes así como Nikolai, su literatura tendría ya hace tiempo epopeyas, historias y vidas enteras que, por desgracia, no tiene ahora.
Informado a mí la novedad, Nikolai otorga a su rostro una expresión se­vera, y empieza entre nosotros la conversación profesional. Si en ese momento algún extraño escuchara con qué libertad maneja Nikolai la terminología, pues es posible que pensara que es un científico disfrazado de soldado. Hablando a propósito, los ru­mores sobre la erudición de los guardianes universitarios están muy exa­gerados. Cierto, Nikolai conoce más de un centenar de títulos latinos, sabe reunir un esqueleto, a veces elabora un preparado, hace reír a los estudiantes con alguna larga cita científica, pe­ro, por ejemplo, la no ingeniosa teoría de la circulación sanguínea es para él ahora tan oscura, como hace veinte años.
A la mesa del gabinete, inclinado sobre un libro o un preparado, está sentado mi disector Piótr Ignátievich, un hombre laborioso, modesto, pero sin talento, de unos treinta y cinco años, ya calvo y con una gran barriga. Trabaja de la mañana a la noche, lee un montón, recuerda a la perfección todo lo leído –y en ese sentido no es un hombre, sino oro; en todo lo restante es un caballo de carga o, como dicen de otro modo, un científico estúpido. Los ras­gos característicos del caballo de carga, que lo distinguen del talento, son éstos: su horizonte es estrecho y muy limitado por la especialidad, fuera de su especialidad es inocente como un niño. Recuerdo que una vez por la mañana entré al gabinete y dije:
-¡Imagínense qué desgracia! Dicen que Skóbeliev10 se murió.
Nikolai se persignó y Piótr Ignátievich se volteó hacia mí y pre­guntó:
-¿Qué Skóbeliev es ese?
Otra vez –esto fue un poco antes- le anuncié que había muerto el profesor Peróv11. El gentilísimo Piótr Ignátievich preguntó:
-¿Y qué leía él?
Parece que si Patti12 le cantara al mismo oído, o una horda de chinos atacara a Rusia, o se produjera un terremoto, a él no se le movería ni un miembro, y seguiría mirando con un ojo entornado por su microscopio muy tranquilo. En una palabra, no le importa Hécuba13 en absoluto. Yo da­ría mucho por echar una mirada a cómo duerme este secón con su mujer.
Otro rasgo: una fe fanática en la infalibili­dad de la ciencia y, principalmente, en todo lo que escriben los alemanes. Confía en sí mismo, en sus preparados, conoce el objetivo de la vida, y no conoce en absoluto las dudas y las desilusiones en que los talentos encanecen. Adoración esclava a las autoridades y ausencia de la necesidad de pensar de modo independiente. Disuadirlo de algo es difícil, dis­cutir con él es imposible. Dígnese pues a discutir con un hombre que está profunda­mente convencido, de que la mejor ciencia es la medicina, las mejores personas los médicos, las mejores tradiciones las médicas. Del triste pasado de la medicina sobrevivió sólo una tradición -la corbata blanca que llevan ahora los doctores; para un científico y, en general, para una persona instruida pueden existir sólo las tradiciones universitarias generales, sin ninguna división de éstas en médicas, jurídicas y por el estilo, pe­ro a Piótr Ignátievich le es difícil aceptar eso, y está dis­puesto a discutir con uno hasta el juicio final.
Su futuro se me presenta claro. En toda su vida va a elaborar varios cientos de preparados de extrema pureza, escribirá mu­chas ponencias secas, muy decentes, hará una docena de traducciones concien­zudas, pero no inventará la pólvora. Para inventar la pólvora se necesita fantasía, inventiva, la habilidad de adivinar, y Piótr Ignátievich no tiene nada parecido. En pocas palabras, no es un dueño en la ciencia, sino un trabajador.
Piótr Ignátievich, Nikolai y yo hablamos a media voz. Estamos un poquito fuera de sí. Sientes algo peculiar cuando, tras la puerta, el auditorio rumorea como el mar. En treinta años no me habitué a esa sensación, y la experimento todas las mañanas. Me abrocho la levita nervioso, le hago a Nikolai preguntas superfluas, me enojo... Parece como que me acobardo, pero eso no es cobardía, sino algo otro, que no estoy en condición ni de nombrar ni de describir.
Sin ninguna necesidad miro el reloj y digo:
-¿Qué pues? Hay que ir.
Y marchamos en este orden: delante va Nikolai con los preparados o los atlas, tras él yo, y tras de mí, bajando la cabeza con modestia, camina el caballo de carga; o pues, si es necesario, delante llevan el cadáver en una camilla, tras el cadáver va Nikolai, y demás. Ante mi aparición los estudiantes se levantan, después se sientan, y el rumor del mar se acalla de repente. Sobreviene la calma.
Yo sé de qué voy a leer, pero no sé cómo voy a leer, con qué empezaré y con qué terminaré. En la cabeza no tengo ni una frase preparada. Pero me basta echar una ojeada al audito­rio (está construido como un anfiteatro) y pronunciar el estereotipo: "en la conferencia anterior nos detuvimos en... ", para que las frases salgan volando de mi alma en una larga hilera, ¡y empezó a escribir el gobierno14! Hablo con una rapidez impetuosa, apasionada, y me parece que no hay fuerza capaz de interrumpir la corriente de mi discurso. Para leer bien, es decir, no aburrido y con provecho para los oyentes, se necesita, además de talento, tener aún maña y experiencia, se necesita tener la idea más clara de las fuerzas propias, de ésos a quienes lees, y de lo que constituye el objeto de tu discurso. Además de eso, hay que ser un hombre en su juicio, vigilar con atención y no perder el campo visual ni por un segundo.
Un buen director, al trasmitir la idea del compositor, hace a la vez veinte cosas; lee la partitura, agita la ba­tuta, vigila al cantante, hace un movimiento en dirección ya del tambor, ya de las trompas, y demás. Lo mismo que yo cuando leo. Ante mí hay ciento cincuenta rostros, no parecidos los unos a los otros, y trescientos ojos que me miran directo a la cara. Mi objetivo es vencer a esa hidra multicé­fala. Si yo a cada instante, mientras leo, tengo una idea clara de su grado de atención y fuerza de comprensión, pues está en mi poder. Mi otro adversario está en mí mismo. Es la infinita diversidad de formas, fenómenos y leyes, y la multitud de ideas propias y ajenas condicionadas por éstas. A cada instante, debo tener la astucia de extraer de ese inmenso material lo más importante y necesario, y, con la misma rapidez con que fluye mi discurso, dar a mi idea tal forma, que sea accesible a la comprensión de la hidra y despierte su atención; además, hay que vigilar con atención, para que las ideas se trasmitan no a medida que se acumulan, sino en el orden conocido, necesario para la correcta composición del cuadro que quiero pintar. Luego, intento que mi discurso sea li­terario, las definiciones breves y exactas, la frase simple y bella en lo posible. A cada instante debo limitarme, y recordar que tengo a mi disposición sólo una hora y cuarenta minutos. En una palabra, no es poco trabajo. Hay que hacer de sí mismo al mismo tiempo un científico, un pedagogo y un orador, y mal asunto si el orador vence al pedagogo o al científico, o al revés.
Lees un cuarto, media hora, y he aquí adviertes que los estudiantes empiezan a echar ojeadas al techo, a Piótr Ignátievich, uno busca el pañuelo, el otro se sienta más cómodo, el tercero se ríe de sus ideas… Eso significa que la atención se ha fatigado. Hay que tomar medidas. Aprovechando la primera ocasión pro­picia, digo algún retruécano. Todos los ciento cincuenta rostros son­ríen ampliamente, los ojos brillan contentos, se oye por poco tiempo el rumor del mar... Yo me río también. La atención se refresca y puedo con­tinuar.
Ningún deporte, ninguna diversión ni juego me brindó nunca tal placer, como la lectura de una conferencia. Sólo en las conferencias podía entregarme por entero a mi pasión, y entendía que la inspiración no era un invento de los poetas, sino que existía en efecto. Y pienso que Hércules, después de la más picante de sus hazañas, no sintió el dulce desfallecer que sufría yo después de cada conferencia.
Eso era antes. Pero ahora experimento en las conferencias sólo tortura. No pasa ni media hora, cuando empiezo a sentir una debilidad invencible en las piernas y los hombros; me siento en la butaca, pero no estoy habituado a leer sentado; al minuto me levanto, continúo parado, después me siento de nuevo. La boca se me seca, la voz se me pone afónica, la cabeza me da vueltas... Para ocultar a los oyentes mi estado, bebo agua a cada rato, toso, me sueno la nariz a menudo, como si me molestara el resfriado, digo retruécanos a destiem­po y, al final de todo, anuncio el receso antes de lo de­bido. Pero, principalmente, me da vergüenza.
Mi conciencia e inteligencia me dicen que lo mejor que podría hacer ahora, es leerle a los muchachos una conferencia de despe­dida, decirles mi última palabra, bendecirlos y ceder mi puesto a un hombre que sea más joven y fuerte que yo. Pero que Dios me juzgue, me falta valor para proceder a conciencia.
Por desgracia, no soy un filósofo ni un teólogo. Me es sabido a la perfección que viviré no más de medio año; parecería que ahora me deberían preocupar, ante todo, las cuestiones de las tinieblas de ultratumba y de esas visiones que visitarán mi sueño sepulcral. Pero por algo mi alma no quiere saber de esas cuestiones, aunque mi inteligencia reconoce toda su importancia. Como hace veinte o treinta años, ahora ante la muerte me interesa sólo la ciencia. Al dar el último suspiro, voy a creer de todas formas que la ciencia es lo más importante, lo más hermoso y necesario en la vida del hombre, que ésta siempre fue y será la más alta manifestación de amor, y que sólo con ésta el hombre vencerá a la naturaleza y a sí mismo. Esa fe, acaso, es inocente e injusta en su fundamento, pero yo no soy culpable de que creo así y no de otra forma, vencer en mí esa fe yo no puedo.
Pero no está en eso el asunto. Yo sólo ruego condescender a mi debilidad y entender, que arrancar de la cátedra y de los alumnos a un hombre, a quien le interesa más la suerte del tuétano que el objetivo final de la creación, es igual a que si lo agarraran y lo metieran en el ataúd, sin esperar a que se muriera.
Por el insomnio y debido a la lucha intensa con mi creciente debilidad, me sucede algo extraño. En medio de la conferencia, de pronto, se me hace un nudo en la garganta, empiezan a picarme los ojos, y siento el deseo apasionado, histérico de extender las manos ha­cia adelante y quejarme en voz alta. Quisiera gritar a toda voz que a mí, un hombre notable, el destino me condenó a la pena de muerte, que dentro de medio año aquí, en el auditorio, va a dirigir otro. Quiero gritar que estoy envenenado; unas ideas nuevas, que antes no conocía, envenenaron los últimos días de mi vida, y continúan pinchando mi cerebro, como mosquitos. Y en ese momento mi situación me parece tan terrible, que quisiera que todos mis oyentes se aterraran, saltaran de sus asientos y, con miedo pánico y gritos desolados, se lanzaran hacia la salida.No es fácil vivir esos instantes.

II

Después de las conferencias estoy sentado en mi casa y trabajo. Leo las re­vistas, las tesis, o me preparo para la próxima conferencia, a veces escribo algo. Trabajo con recesos, ya que me veo obligado a recibir a los visitantes.
Se oye la llamada. Es un colega que vino a hablar de un asunto. Entra con el sombrero, con el bastón y, tendiendo hacia mí el uno y el otro, dice:
-¡Yo por un minuto, por un minuto! ¡Siéntese, collega! ¡Sólo dos palabras!
En primer lugar, intentamos mostrarnos el uno al otro que ambos somos en extremo corteses, y estamos muy contentos de vernos. Lo hago sentarse en la butaca, y él me hace sentarme a mí; en esto nos palmamos por el talle con cuidado, nos tocamos los bo­tones, y parece como si nos tanteáramos y temiéramos quemarnos. Ambos reímos, aunque no decimos nada risible. Sentados, nos inclinamos las cabezas y empezamos a hablar a media voz. Por muy cordiales que estemos dispuestos el uno hacia el otro, no podemos no dorar nuestro discurso con toda clase de chinezas como: "usted se dignó a observar con justicia", o "como ya tuve el honor de decirle"; no podemos no reírnos a carcajadas si alguno dice una agudeza, aunque sin acierto. Terminado de hablar del asunto, el colega se levanta con ímpetu y, agitando el sombrero en dirección a mi trabajo, empieza a despedirse. De nuevo nos tanteamos el uno al otro y reímos. Lo acompaño hasta el recibidor; ahí ayudo al colega a ponerse la pelliza, pero él reniega por todos los medios de ese alto honor. Luego, cuando Yegór abre la puerta, el colega me asegura que me voy a resfriar, y hago ver que estoy dispuesto a ir tras él incluso hasta la calle. Y cuando finalmente regreso a mi gabinete, mi rostro aún continúa sonriendo, debe ser por inercia.
Un poco después otra llamada. Alguien entra al recibidor, se desviste largo tiempo y tose. Yegór informa que vino un estudiante. Yo digo: ruega. Al instante entra un joven de aspecto agra­dable. Ya hace un año que tenemos unas relaciones tirantes: él me responde de modo repulsivo en los exámenes, y yo le pongo unidades. De estos bravos que yo, expresándome en un lenguaje estudiantil, “corro” o “hundo”, se me acumulan anualmente unos siete. Esos de ellos que no aprueban los exámenes por incapacidad o enfermedad, comúnmente, llevan su cruz con paciencia y no regatean conmigo; regatean y vienen a verme a mi casa sólo los sanguíneos, las naturas amplias, a las que la dilación de los exámenes les quita el apetito y les impide asistir a la ópera con esmero. A los primeros los consiento, a los segundos los corro por un año entero.
-Siéntese –le digo al visitante. -¿Qué me dice?
-Disculpe, profesor, por la molestia... –empieza con tartamudeo y sin mirarme a la cara. -No me atrevería a molestarlo, si no fuera por... Yo di el examen con usted ya cinco veces, y... suspendí. Le ruego, tenga la bondad, póngame un satisfactorio, porque...
El argumento que todos los perezosos esgrimen a su favor es siempre el mismo: ellos aprobaron de modo excelente todas las asignaturas y suspendieron sólo en la mía, y eso es tanto más asombroso, por que mi asignatura siempre la estudiaron con mucho empeño, y la conocen a la perfección; suspendieron gracias a algún malentendido inexplicable.
-Disculpe, mi amigo, -le digo al visitante-, ponerle un satisfactorio yo no puedo. Va­ya aún, lea un poco las conferencias y venga. Entonces veremos.
Pausa. Me dan ganas de torturar un poquito al estudiante, por que ama más la cerveza y la ópera que la ciencia, y digo con un suspiro:
-Para mí, lo mejor que usted puede hacer ahora, es abandonar por completo la facultad de medicina. Si con su capacidad usted no consigue de ningún modo aprobar el examen pues, evidentemente, usted no tiene ni el deseo ni la vocación de ser médico.
El rostro del sanguíneo se alarga.
-Perdone, profesor, –sonríe con malicia, -pero eso sería de mi parte, por lo menos, extraño. Estudiar cinco años y de pronto… ¡irse!
-¡Bueno, sí! Es mejor perder cinco años en vano, que dedicarse después toda la vida a un asunto que no te gusta.
Pero al instante me da lástima con él, y me apresuro a decir:
-Por lo demás, como sabe. Así, lea un poquito más y venga.
-¿Cuándo? -pregunta el perezoso sordamente.
-Cuando quiera. Siquiera mañana.
Y en sus ojos nobles leo: "¡Venir pues se puede, pero tú, cerdo, me vas a correr otra vez!"
-Por supuesto, -digo, -usted no se va a hacer más docto, por que se examine conmigo quince veces más, pero eso le va a educar el carácter. Y con eso gracias.
Sobreviene un silencio. Me levanto y espero a que se vaya el visitante, y él está parado, mira por la ventana, tira de su barbita y piensa. Se hace aburrido.
La voz del sanguíneo es agradable, jugosa, sus ojos inteligen­tes, burlones, su rostro bondadoso, un poco arrugado por el frecuente consumo de cerveza y el largo yacer en el diván; por lo visto, podría contarme muchas cosas interesantes de la ópera, de sus aventuras amorosas, de los colegas que quiere pero, por desgracia, hablar de eso no se acostumbra. Y yo escucharía gustoso.
-¡Profesor! Le doy mi palabra de honor, que si me pone un satisfactorio, pues yo...
Apenas el asunto llega a la "palabra de honor", yo agito las manos y me siento a la mesa. El estudiante piensa un instante y dice abatido:
-En ese caso, adiós... Disculpe.
-Adiós, mi amigo. Que tenga buena salud.
Va indeciso al recibidor, se viste allí con lentitud y, al salir a la calle, probablemente, piensa mucho tiempo de nuevo; sin inventar nada, excepto “viejo diablo" en mi dirección, va a un restaurante malo a tomar cerveza y a almorzar, y después a su casa a dormir. ¡Paz a tus cenizas, honrado trabajador!
La tercera llamada. Entra un joven doctor con un traje ne­gro nuevo, lentes dorados y, por supuesto, corbata blanca. Se recomienda. Le ruego sentarse y le pregunto qué se le ofrece. No sin inquietud, el joven sacerdote de la ciencia empieza a decirme que este año aprobó el examen de doctorando, y que sólo le resta escribir la tesis. Quisiera trabajar conmigo, bajo mi dirección, y yo lo obligaría muchísimo si le diera el tema para la tesis.
-Me alegro mucho de serle útil, colega, -digo, -pero vamos primero a convenir respecto a lo que es una tesis. Por esta palabra se acostumbra a entender una obra, que constituye el producto de una creación independiente. ¿No es así? Pero una obra escrita sobre un tema ajeno y bajo una dirección ajena, se llama de otra forma…
El doctorando calla. Yo estallo y me le­vanto del asiento.
-¿Para qué vienen a verme todos ustedes, no entiendo? -grito enojado. -¿Tengo una tienda, o qué? ¡Yo no vendo temas! ¡Por milésima primera vez, les ruego a todos ustedes dejarme en paz! ¡Disculpe la poca delicadeza, pero a mí, finalmente, esto me cansó!
El doctorando calla, y sólo un tinte leve aparece en sus pómulos. Su rostro expresa un profundo respeto hacia mi nombre notable y ciencia, pero por sus ojos veo que desprecia mi voz, mi figura mísera y gesticulación nerviosa. En mi cólera le parezco un excéntrico.
-¡Yo no tengo una tienda! –me enojo. -¡Y es un asunto asombroso! ¿Por qué no quiere ser independiente? ¿Por qué le repugna tanto la libertad?
Hablo mucho, y él siempre callado. Al final de todo, poco a poco, me calmo y, se entiende, cedo. El doctorando recibe de mí un tema que vale un grosh15, escribirá bajo mi ob­servación una tesis que nadie necesita, resistirá con dignidad una discusión aburrida, y recibirá un grado científico que no necesita.
Las llamadas pueden continuar una tras otra sin término, pero aquí me limitaré sólo a cuatro. Suena la cuarta llamada y oigo unos pasos conocidos, el fru-frú de un vestido, una voz querida...
Hace 18 años murió mi colega oculista, y dejó tras de sí una hija de siete años, Katia, y sesenta mil rublos. En su testamento me designó tutor a mí. Hasta los diez años Katia vivió con mi familia, después fue enviada a un instituto, y vivía en mi casa sólo los me­ses de verano, durante las vacaciones. Para dedicarme a su educación nunca tuve tiempo, la observaba sólo a ratos, y por eso de su infancia puedo decir muy poco.
Lo primero que recuerdo y amo en mis recuerdos, es la credulidad inusitada con que entró a mi casa, se curaba con los doctores y brillaba siempre en su carita. Pasaba que estaba sentada en algún lugar en una esquina, con la mejilla vendada, y seguro miraba algo con atención; aunque viera acaso en ese momento cómo yo escribía y hojeaba los libros, o cómo trajinaba mi mujer, o cómo la cocinera pelaba patatas en la cocina, o cómo jugaba el perro, sus ojos expresaban de modo invariable una misma cosa, y precisamente: "Todo lo que se hace en este mundo, todo es hermoso y sensato". Era curiosa y le gustaba mucho hablar conmigo. Pasaba que estaba sentada a la mesa, enfrente de mí, vigilaba mis movimientos y hacía pregun­tas. Le interesaba saber qué yo leía, que hacía en la universidad, si no le temía a los cadáveres, dónde metía mi salario.
-¿Los estudiantes se pelean en la universidad? -preguntaba.
-Se pelean, querida.
-¿Y usted los pone de rodillas?
–Los pongo.
Y le daba risa que los estudiantes se pelearan y que yo los pusiera de rodillas, y se reía. Era una niña dócil, paciente y noble. No pocas veces me tocó ver cómo le quitaban algo, la castigaban en vano o no satisfa­cían su curiosidad; en ese momento, con la constante expresión de credulidad de su cara, se mezclaba aún la tristeza, sólo eso. Yo no sabía interceder por ella, y sólo cuando veía su tristeza, me surgía el deseo de atraerla hacia mí y apiadarme con el tono de una vieja nana: "¡Mi huerfanita querida!"
Recuerdo asimismo que le gustaba vestirse bien y salpicarse con perfume. En ese sentido se parecía a mí. A mí también me gusta la ropa bonita y los buenos perfumes.
Lamento que no tuve tiempo ni ganas de observar el prin­cipio y desarrollo de la pasión, que ya dominaba totalmente a Ka­tia a los catorce o quince años. Hablo de su amor apasionado por el teatro. Cuando venía del instituto de vacaciones, y vivía en nuestra casa, de nada hablaba con tanto gusto y tanto fervor, como de las piezas y los actores. Nos fatigaba con sus pláticas constantes sobre teatro. Mi mujer y mis hijos no la escuchaban. Sólo a mí me faltaba valor para negarle la atención. Cuando le surgía el deseo de compartir sus éxtasis, entraba a mi gabinete y me decía con voz suplicante:
-¡Nikolai Stepánich, permítame hablarle de teatro!
Yo le mostraba el reloj y le decía:
-Te doy media hora. Empieza.
Más tarde empezó a traer consigo docenas enteras de retratos de actores y actri­ces, a los que rezaba; después probó varias veces participar en los espectáculos de aficionados y, al final de todo, cuando terminó el curso, me anunció que había nacido para ser actriz.
Yo nunca compartí las aficiones teatrales de Katia. Para mí, si una pieza es buena pues, para que produzca la debida impresión, no hay necesidad de molestar a los actores: se puede limitarse sólo a la lectura. Y si la pieza es mala, pues ninguna actuación la hará buena.
En mi juventud visitaba el teatro a menudo, y ahora, unas dos veces al año, mi familia alquila un palco y me lleva a "airearme". Por su­puesto, eso no es suficiente para tener derecho a juzgar sobre el teatro, pero diré un poco sobre éste. En mi opinión, el teatro no se ha hecho mejor, de lo que fue hace treinta o cuarenta años. Como antes, ni en los corredores teatrales, ni en el foyer yo puedo encontrar, de algún modo, un vaso de agua potable. Como antes, los acomodadores me multan con dos grívienniks16 por mi pelliza, aunque no hay nada censurable en llevar ropa de abrigo en invierno. Como antes, en los entreactos tocan, sin ninguna necesidad, una música que agrega a la impresión obtenida de la pieza otra nueva, no invitada. Como antes, los hombres en los entreactos van al buffet a consumir bebidas alcohólicas. Si no se ve progreso en las menudeces, pues en vano me pondré a buscarlo en lo grande. Cuando un actor, enredado de los pies a la cabeza con las tradiciones teatrales y los prejuicios, intenta leer el simple, común monólogo “Ser o no ser” no con sencillez, sino por algo, con seguridad, con silbidos y espasmos en todo el cuerpo, o cuando me intenta convencer, pase lo que pase, de que Chátskii17, que conversa mucho con los imbéciles y ama a una imbécil, es un hombre muy inteligente, y de que La amargura del ingenio no es una pieza aburrida, pues me sopla desde el escenario la misma rutina, que me era aburrida hace cuarenta años, cuando me convidaban con aullidos clásicos y golpes a los persas. Y cada vez salgo del teatro más conservador que cuando entré ahí.
Al vulgo sentimental y crédulo se le puede convencer de que el teatro, en su forma actual, es una escuela. Pero quien conoce la es­cuela en su verdadero sentido, a ese no lo pescas con esa caña. No sé que será dentro de cincuenta o cien años pero, en las condiciones actuales, el teatro puede servir sólo de distracción. Pero es una distracción demasiado costosa como para continuar teniéndola. Ésta le quita al estado miles de jóvenes, de hombres y mujeres saludables e inteligentes que, si no se dedicaran al teatro, podrían ser buenos médicos, labradores, maestras, oficiales; ésta le quita al público las horas nocturnas, el mejor tiempo para el trabajo intelectual y las pláticas con los colegas. No hablo ya de los gastos monetarios ni de esas pérdidas morales que sufre el espectador, cuando ve en la escena un asesinato mal tratado, un adulterio o una calumnia.
Katia era de una opinión distinta por completo. Me aseguraba que el teatro, incluso en su situación actual, era superior al auditorio, superior a los libros, superior a todo en el mundo. El teatro era una fuerza que reunía en sí solo todas las artes, y los actores unos misioneros. Ningún arte ni ninguna ciencia por separado, estaba en condición de influir tan fuerte y justamente en el alma hu­mana, como la escena; y no en vano por eso, un actor de mediana magnitud gozaba en el Estado de una popularidad mucho mayor, que el mejor científico o pintor. Y ninguna actividad pública podía brindar tal placer y satisfacción, como la escénica.
Y un buen día Katia ingresó a una trouppe y se fue parece que a Ufá18, llevando consigo mucho dinero, un montón de esperanzas jubilosas y unas visiones aristocráticas del asunto.
Sus primeras cartas desde el camino fueron asombrosas. Yo las leía y simplemente me admiraba, de que esas pequeñas hojitas de papel pudieran contener en sí tanta juventud, pureza de alma, inocencia sagrada y, junto con eso, juicios refinados, prácticos, que podrían hacer honor a una buena inteligencia masculina. El Vol­ga, la naturaleza, las ciudades que visitaba, los colegas, sus éxitos y fracasos no los describía, sino los ensalzaba; cada renglón exhalaba la credulidad que yo estaba habituado a ver en su rostro; y con todo eso un montón de errores gramaticales, y signos de puntuación no había en absoluto.
No pasó ni medio año, cuando recibí una carta poética y exaltada en grado sumo, que empezaba con las palabras: "Me enamoré". A esta carta se adjuntaba una fotografía, que representaba a un joven de rostro rasurado, con un sombrero de alas anchas y una capa tirada al hombro. Las cartas siguientes fueron como antes magníficas, pero ya aparecían en éstas los signos de puntuación, desaparecían los errores gramaticales y olían a hombre fuertemente. Katia me empezó a escribir de que sería bueno construir, en algún lugar por el Volga, un teatro grande, no de otra forma que con acciones, y atraer para esa empresa a los mercaderes ricos y los dueños de barcos; habría mucho dinero, las colectas serían inmensas, los actores actuarían en condiciones de hermandad… Puede ser que todo eso, en efecto, fuera bueno, pero me parecía que semejantes invenciones podían salir sólo de una cabeza masculina.
Fuera como fuera, dos años y medio, por lo visto, todo fue favorable: Katia amaba, creía en su asunto y era dichosa: pero después empecé a advertir en sus cartas signos evidentes de decadencia. Empezó por que Katia se me quejaba de sus colegas, ese es el primer y más maligno síntoma; si un joven científico o un literato empieza su actividad, por quejarse con amargura de los científicos y los literatos, pues eso significa que ya se fatigó y no sirve para el asunto. Katia me escribía que sus colegas no asistían a los ensayos y nunca se sabían los papeles; en la puesta de las obras absurdas y en la manera de conducirse en escena, se veía en cada uno un irrespeto absoluto por el público; en interés de la colecta, de la que sólo hablaban, las ac­trices dramáticas se humillaban hasta cantar chansonnettes19, y los trágicos cantaban couplets donde se reían de los maridos cornudos y del embarazo de las esposas infieles, y demás. En general, había que admirarse de que hasta ahora no se hubiera hundido ya el asunto en provincia, y de cómo éste se podía mantener sobre una venita tan delgada y podrida.
En respuesta le envié a Katia una carta larga y, lo confieso, muy aburrida. Entre tanto, le escribía: "No pocas veces me tocó conversar con viejos-actores, unas personas nobilísimas, que me brindaron su disposición; por las pláticas con ellos pude entender, que su activida­d está dirigida no tanto por su juicio personal y libertad, cuanto por la moda y el estado de ánimo de la sociedad; los mejores de ellos tuvieron que actuar a lo largo de su vida en tragedias, operetas, farsas parisinas y funciones de magia, y siempre les pareció igualmente que iban por el camino correcto y traían provecho. Entonces, como ves, la causa del mal hay que buscarla no en los actores, sino más profundo, en el mismo arte y en la actitud de toda la sociedad hacia éste". Esta carta mía sólo irritó a Katia. Ella me respondió: "Usted y yo cantamos de óperas distintas20. Yo le escribí no de las personas nobilísimas, que le brindaron su disposición, sino de una banda de pícaros, que no tienen nada en común con la nobleza. Es una manada de personas salvajes, que entraron a la escena porque no los hubieran aceptado en ningún otro lugar, y que se llaman artistas sólo porque son unos descarados. No hay ni un talento, pero hay muchos incapaces, borrachos, intrigantes, chismosos. No le puedo expresar cuán amargo me es que un arte, que yo amo tanto, haya caído en manos de personas que me son odiosas; me es amargo que las mejores personas ven el mal sólo desde lejos, no quieren acercarse y, en lugar de interceder, escriben, en un estilo pesado, lugares comunes y una moral que nadie necesita…”, y demás, todo en ese género.
Pasó poco tiempo, y recibí una carta así: "He sido engañada de modo inhumano. No puedo vivir más. Disponga de mi dinero como encuentre necesario. Yo lo quise a usted como un padre y único amigo. Perdóneme".
Resultó que su él pertenecía también a la “manada de personas salvajes". Posteriormente, por ciertas alusiones, pude adivinar que hubo un intento de suicidio. Al parecer, Katia probó envenenarse. Hay que pensar que después estuvo enferma de cuidado, ya que la carta siguiente la recibí ya desde Yalta, adonde, con toda seguridad, la mandaron los doctores. Su última carta contenía el ruego de enviarle, lo más pronto posible, mil rublos a Yalta, y terminaba así: "Disculpe que la carta es tan lúgubre. Ayer enterré a mi hijo." Tras vivir en Crimea cerca de un año, regresó a casa.
Viajó ella cerca de cuatro años, y en todos los cuatro, hay que confesar, yo jugué respecto a ella un papel bastante poco envidiable y extraño. Cuando me anun­ció antes que se iba de actriz, y después me escribía de su amor, cuando se apoderaba de ella, por periódos, un espíritu de derroche, y yo tenía que enviarle a cada rato, a exigencia suya, ya mil, ya dos mil rublos, cuando me escribía de su intención de morir, y después de la muerte del niño, pues yo cada vez me extraviaba, y todo mi interés en su destino se expresaba sólo, en que yo pensaba mucho y le escribía cartas largas, aburridas, que podría no haber escrito en absoluto. ¡Y entre tanto yo sustituía para ella a su padre carnal y la quería como a una hija!
Ahora Katia vive a media vérsta de mi casa. Alquiló un apartamento de cinco habitaciones, y lo ambientó de modo bastante confortable, con su gusto peculiar. Si alguien se tomara el trabajo de dibujar su ambiente, pues el humor predominante del cuadro sería la pereza. Para un cuerpo perezoso sofacitos blandos, taburetes blandos; para los pies perezosos alfombras; para una vista perezosa colores desvaídos, apagados, mates; para un alma perezosa abundancia en las paredes de abanicos baratos y cuadros menudos, en los que la originalidad de la ejecución prevalece sobre el contenido, abundancia de mesitas y anaqueles cubiertos de cosas totalmente inú­tiles y sin valor, jirones deformes en lugar de cortinas... Todo eso, junto con el temor a los colores vivos, a la simetría y al espa­cio, además de la pereza espiritual, es un testimonio más de la perversión del gusto natural. Por días enteros Katia se acuesta en el sofacito y lee libros, con preferencia novelas y relatos. De la casa sale sólo una vez al día, después del mediodía, para verse conmigo.
Yo trabajo, y Katia se sienta en el diván no lejos de mí, calla y se arropa con su chal, como si tuviera frío. Acaso por que me es simpática, o acaso por que estoy habituado a su visita frecuente desde que era una niña, su presencia no me impide concentrarme. Raramente le hago alguna pregunta de modo maquinal, ella me da una respuesta muy breve; o pues, para descansar un instante, vuelvo el rostro hacia ella y miro cómo, pensativa, revisa alguna revista de me­dicina o periódico. Y en ese momento advierto, que en su rostro no hay la anterior expresión de credulidad. Su expresión ahora es fría, indiferente, distraída, como la de los pasajeros que deben esperar el tren mucho tiempo. Se viste como antes bonito y sencillo, pero con descuido; se ve que a su vestido y su peinado le toca no poco de los sofacitos y las mecedoras, en los que yace por días enteros. Y ya no es curiosa como era antes. Ya no me hace preguntas, como si ya hubiera pasado por todo en la vida y no esperara oír nada nuevo.
Pasadas las tres empieza el movimiento en el salón y la sala. Eso Liza volvió del conservatorio y trajo consigo a las amigas. Se oye cómo tocan el piano de cola, prueban las voces y se ríen a carcajadas; en el comedor Yegór pone la mesa y hace sonar la vajilla.
-Adiós, -dice Katia. –Hoy no voy a ver a los suyos. Que me disculpen. No hay tiempo. Venga.
Cuando la acompaño hasta el recibidor, me echa una ojeada severa de la cabeza a los pies, y dice con fastidio:
-¡Y usted siempre más flaco! ¿Por qué no se trata? Voy a ir a ver a Serguéi Fiódorovich y lo voy a invitar. Que le eche un vistazo.
-No hace falta, Katia.
-¡No entiendo, a dónde mira su familia! Son buenos, ni qué decir.
Se pone su pelliza con ímpetu y en ese momento, de su peinado hecho con descuido, caen seguro al suelo dos o tres horquillas. Arreglarse el peinado le da pereza, y no hay tiempo; se esconde con embarazo los rizos caídos bajo el gorrito, y se va.Cuando entro al comedor, mi mujer me pregunta:
-¿Ahora estaba Katia contigo? ¿Por qué pues no vino a ver­nos? Esto es hasta extraño...
-¡Mamá! -le dice con reproche Liza. -Si no quiere, pues que vaya con Dios. No nos va­mos a poner de rodillas pues...
-Como quieras, es un desprecio. Estar sentada en el gabinete tres horas, y no acordarse de nosotras. Por lo demás, como le plazca.
Varia y Liza, ambas, odian a Katia. Ese odio yo no lo entiendo y, probablemente, para entenderlo habría que ser mujer. Respondo con mi cabeza por que, entre los ciento cincuenta jóvenes que veo casi a diario en mi auditorio, y entre ese centenar de maduros, a quienes me veo obligado a recibir cada semana, apenas se encuentre uno tal, que sepa entender el odio y la repulsión al pasado de Katia, es decir, al embarazo extra-matrimonial y al hijo ile­gítimo; y al mismo tiempo no puedo recordar de ningún modo, ni a una sola mujer o muchacha conocida mía que, consciente o instintivamente, no abrigara en sí esos sentimientos. Y eso no es porque la mujer sea más virtuosa y pura que los hombres: pues la virtud y la pureza se distinguen poco del vicio si no están libres de un senti­miento malicioso. Yo explico esto, simplemente, con el atraso de la mujer. La sensación abatida de la compasión, y el cargo de conciencia que experimenta el hombre moderno cuando ve una desgra­cia, me hablan mucho más de cultura y estatura moral, que el odio y la repulsión. La mujer moderna es tan llorosa y dura de cora­zón como en la Edad Media. Y para mí, proceden de un modo totalmente juicioso esos que le aconsejan educarse como el hombre.
Mi mujer no quiere a Katia aún por que ella fue ac­triz, por su ingratitud, por su orgullo, por su excentricidad y por todos esos vicios in­numerables, que una mujer siempre sabe encontrar en otra.
Salvo yo y mi familia, con nosotros almuerzan aún dos o tres amigas de mi hija, y Alexánder Adólfovich Gnekker, admirador de Liza y pretendiente a su mano. Éste es un rubio joven, no mayor de treinta años, de estatura mediana, muy grueso, de espaldas anchas, con patillas rojizas junto a las orejas y un bi­gotito teñido, que otorgan a su rostro grueso, lizo, cierta expresión juguetona. Usa él una chaqueta muy corta, chaleco de color, pan­talón a grandes cuadros, muy anchos arriba y muy estrechos abajo, y unas botas amarillas sin tacón. Tiene los ojos saltones, de cangrejo; su corbata parece una muela de cangrejo, e incluso, me parece, todo este joven exhala un olor a sopa de cangrejo. Viene a nuestra casa a diario, pero nadie de mi familia sabe de dónde procede, dónde estu­dió ni con qué recursos vive. No toca ni canta, pero tiene cierta relación con la música y el canto, vende en algún lugar los pianos de alguien, visita el conservatorio a menudo, conoce a todas las celebridades y dispone en los conciertos; juzga sobre música con gran autoridad y, lo advertí, todos concuerdan con él gustosos.
Las personas ricas tienen siempre a su alrededor parásitos, las ciencias y las artes también. Al parecer, no hay en el mundo tal arte o ciencia, que esté libre de la presencia de "cuerpos extraños", como este Gnekker. Yo no soy músico y, acaso, me equivoco respecto a Gnekker, al que, además, conozco poco. Pero me parecen ya demasiado sospechosas su autoridad y esa dignidad, con que se para junto al piano de cola y escucha cuando alguien canta o toca.
Aunque usted sea cien veces un gentleman y un consejero secreto, si tiene una hija, no tiene ninguna garantía contra ese espíritu pequeño burgués, que introducen a menudo en su casa y en su estado de ánimo el cortejo, los esponsales y la boda. Yo, por ejemplo, no puedo resignarme a esa expresión solemne, que tiene mi mujer cada vez que Gnekker está en nuestra casa, no puedo resignarme asimismo a esas botellas de laffitte, oporto y jerez que se ponen sólo por él, para que se convenza en persona de qué modo amplio y lujoso vivimos. Tampoco digiero la risa entrecortada de Liza, que aprendió en el conservatorio, ni su ma­nera de entornar los ojos cuando hay hombres en la casa. Y lo principal, no puedo entender de ningún modo, por qué viene a mi casa todos los días, y almuerza conmigo todos los días un ser extraño en absoluto a mis hábitos, a mi ciencia, a to­do mi modo de vida, no parecido en absoluto a las per­sonas que quiero. Mi mujer y la sirvienta susurran en secreto que "es un novio", pero yo, de todas formas, no entiendo su presencia; ésta me produce tal perplejidad, como si sentaran a mi mesa a un zulú. Y asimismo me parece extraño que mi hija, a la que estoy habituado a considerar una niña, ama esa corbata, esos ojos, esas mejillas blandas…
Antes me gustaba el almuerzo o le era indiferente, pero ahora no me despierta nada, excepto fastidio e irritación. Desde que me hice una excelencia y estuve en los decanatos de la facultad, mi familia encontró nece­sario, por algo, cambiar por completo nuestro menú y régimen de almuerzo. En lugar de esos platos sencillos, a los que me habitué cuando era estudiante y curandero, ahora me alimentan con una sopa-purée, en la que nadan ciertos carámbanos blancos, y con riñones a la madère21. El generalato y la celebridad me quitaron para siempre el schi22, las sabrosas empanadas, el ganso con manzanas y la brema con gachas. Me quitaron asimismo a la sirvienta Agásha, una viejecita habladora y risible, en cuyo lugar me sirve ahora el almuerzo Yegór, un chico estúpido y arrogante con un guante blanco en la mano derecha. Los entreactos son cortos, pero parecen excesivamente largos, porque no hay con qué lle­narlos. Ya no hay el anterior júbilo, las conversaciones desenfadadas, las bromas, la risa, no hay los halagos recíprocos y ese júbilo que inquietaba a los niños, a mi mujer y a mí cuan­do nos reuníamos en el comedor; para mí, un hombre ocupado, el almuerzo era un momento de descanso y encuentro, y para mi mujer y los niños una fiesta, en verdad breve, pero luminosa y jubilosa, cuando sabían que yo, por media hora, no pertenecía a la ciencia ni a los estudian­tes, sino sólo a ellos y a nadie más. No hay ya más la habilidad de embriagarse con una copita, ni Agásha, ni la brema con gachas, ni esa algarabía con que siempre se recibían los pequeños escándalos del almuerzo, como una pelea del perro con el gato debajo de la mesa, o la caída de la venda de la mejilla de Katia en el plato de sopa.
Describir el almuerzo de ahora es tan poco sabroso como comerlo. En el rostro de mi mujer hay solemnidad, importancia afectada y la cotidiana expresión de desvelo. Echa ojeadas inquietas a nuestros platos y dice: "Veo que no le gusta lo asado... Dígame: ¿pues no le gusta?" Y yo debo responder: "En vano te molestas, querida, el asado está muy sabroso”. Y ella: "Tú siempre intercedes por mí, Nikolai Stepánovich, y nunca dirás la verdad. ¿Por qué pues, Alexánder Adólfovich comió tan poco?", y todo en ese género durante todo el almuerzo. Liza se ríe a carcajadas de modo entrecortado y entorna los ojos. Yo las miro a ambas, y sólo ahora en el almuerzo está claro por completo para mí, que la vida interna de ambas se escapó ya hace tiempo de mi observación. Tengo una sensación, como si alguna vez hubiera vivido en mi casa con una familia verdadera, y ahora almuerzo de visita, con una mujer no verdadera, y veo a una Liza no verdadera. Se produjo en ambas un cambio brusco, yo me perdí ese largo proceso, por el que ese cambio se consumó, y no es ex­traño que no entienda nada. ¿Por qué se produjo el cambio? No lo sé. Acaso, toda la desgracia está en que a mi mujer y a mi hija, Dios no les dio la misma fuerza que a mí. Yo desde la infancia me habitué a enfrentar las influencias exteriores, y me templé lo suficiente; tales catástrofes vitales como la celebridad, el generalato, el tránsito del bienestar a la vida por encima de los recursos, las relaciones con la nobleza y demás, apenas me tocaron, y salí sano y salvo; pero a los débiles, a los no templados como mi mujer y Liza, todo eso les cayó como un gran alud de nieve, y los aplastó.
Las señoritas y Gnekker hablan de fugas, contrapuntos, de cantantes y pianistas, de Bach y de Brahms, y mi mujer, temiendo de que sospechen en ella ignorancia musical, sonríe compasiva y farfulla: "Eso es encantador… ¿Será posible? Dígame…” Gnekker come con aire respetable, dice agudezas respetables, y escucha con indulgencia las observaciones de las señoritas. Raramente, le viene el deseo de hablar en un fran­cés malo, y entonces, por algo, encuentra necesario llamarme votre excellence23.
Y yo sombrío. Evidentemente, los cohíbo a todos, y ellos me cohíben a mí. Nunca antes conocí de cerca los antagonismos de los estamentos, pero ahora me atormenta, precisamente, algo como eso. Intento encontrar en Gnekker sólo rasgos malos, los encuentro pronto y me tortura, que en su puesto de novio hay una persona que no es de mi círculo. Su presencia influye mal en mí en otro sentido también. Comúnmente, cuando me quedo a solas conmigo mismo o estoy en compa­ñía de personas que quiero, nunca pienso en mis méritos, y si empiezo a pensar, pues me parecen tan ínfimos, como si me hubiera hecho un científico sólo ayer; pero en presencia de tales personas como Gnekker, mis méritos me parecen una mon­taña altísima, cuya cima desaparece entre las nubes, y al pie pululan los Gnekker apenas visibles a los ojos.
Después de almuerzo voy a mi gabinete y fumo mi pipa (la única en todo el día), que sobrevivió a la antigua, infame costumbre de echar humo de la mañana a la noche. Cuando fumo, mi mujer entra y se sienta para hablar conmigo. Así mismo como por la mañana, sé de antemano sobre qué va a ser nuestra plática.
-Tendríamos que hablar en serio tú y yo, Nikolai Stepánich –empieza. –Yo sobre Liza... ¿Por qué no prestas atención?
-¿O sea?
-Tú haces ver que no notas nada, pero eso no está bien. No se puede ser des­cuidado... Gnekker tiene intenciones respecto a Liza... ¿Qué me dices?
-Que es una mala persona no lo puedo decir, por que no lo conozco, pero que no me gusta, de eso ya te hablé mil veces.
-Pero así no se puede... no se puede...
Se levanta y camina con inquietud.
-No se puede actuar así ante un paso serio... –dice. -Cuando se trata de la felicidad de una hija, hay que dejar todo lo personal. Yo sé que él no te gusta... Bien... Si lo rechazamos ahora, lo destruimos todo, ¿cómo respondes, por que Liza no se quejará de nosotros toda su vida? Ahora Dios no sabe cuántos novios hay, y puede suceder que no se presente otro partido... Él quiere mucho a Liza, y por lo visto le gusta a ella... Por supuesto, no tiene una posición definida, pero, ¿qué hacer pues? Dios quiera, con el tiempo se colocará en algún lugar. Es de buena familia y rico.
-¿De dónde tú sabes eso?
-Él me lo dijo. Su padre tiene una casa grande en Járkov, y una propiedad en los suburbios de Járkov. En una palabra, Nikolai Stepánich, tienes que ir a Járkov seguro.
-¿Para qué?
-Vas a averiguar allá… Tú tienes allá profesores conocidos, ellos te ayudarán. Yo misma iría, pero soy mujer. No puedo...
-Yo no voy a ir a Járkov, -digo sombrío.
Mi mujer se asusta, y en su rostro aparece una expresión de dolor torturante.
-¡Por Dios, Nikolai Stepánich! -me suplica sollozando. -¡Por Dios, quítame ese peso de encima! ¡Yo sufro!
Se me hace doloroso mirarla.
-Está bien, Varia –digo con cariño. -Si quieres, pues dígnate, iré a Járkov y haré todo lo que te plazca.
Ella se aprieta el pañuelo contra los ojos y se va a llorar a su habi­tación. Yo me quedo solo.
Poco después traen la luz. Desde las butacas y la pantalla de la lámpara, se extienden por las paredes y el suelo unas sombras conocidas, que me cansaron hace tiempo, y cuando las miro me parece que ya es de noche, y que ya empieza mi maldito insomnio. Me acuesto en la cama, después me levanto y ando por la habitación, después me acuesto de nuevo... Comúnmente, después de almorzar, al caer la tarde, mi excitación nerviosa alcanza su grado máximo. Empiezo a llorar sin razón, y escondo la cabeza bajo la almohada. En ese momento temo que entre alguien, temo morir de repente, me avergüenzo de mis lágri­mas, y en general me resulta en el alma algo insufrible. Siento que no puedo ver más mi lámpara, ni los libros, ni las sombras en el suelo, no puedo oír las voces que resuenan en la sala. Cierta fuerza invisible e inexplicable me empuja con rudeza fuera de mi apartamento. Me levanto, me visto apurado y con cuidado, para que no lo adviertan los de la casa, salgo a la calle. ¿Adónde ir?
La respuesta a esa pregunta ya hace tiempo que la tengo en el cerebro: a ver a Katia.

III

Como de costumbre, está acostada en el diván turco o en el sofacito, y lee algo. Al verme, levanta la cabeza con pereza, se sienta y me tiende la mano.
-Y tú siempre acostada, -digo tras callar un poco y descansar. -Eso no es saludable. ¡Si te dedicaras a algo!
-¿Eh?
-Si tú, digo, te dedicaras a algo.
-¿A qué? Una mujer sólo puede ser una simple trabajadora, o una actriz.
-Bueno, ¿qué pues? Si no se puede de trabajadora, ve de actriz.
Calla.
-Si te casaras, -digo medio en broma.
-No hay con quién. ¿Y para qué?
-Así no se puede vivir.
-¿Sin marido? ¡Gran importancia! Hombres hay cuánto quieras, si hay ganas.
-Eso, Katia, no es bonito.
-¿Qué no es bonito?
-Pues eso, lo que dijiste ahora.
Advirtiendo que estoy afligido, y deseando suavizar la mala impresión, Katia dice:
-Vamos. Venga aquí. Ahí.
Me lleva a un cuartito pequeño, muy acogedor, y dice señalando a la mesa de escritorio:
-Ahí tiene... La preparé para usted. Ahí va a estudiar. Venga todos los días y traiga consigo el trabajo. Allá en la casa sólo lo molestan. ¿Va a trabajar aquí? ¿Quiere?
Para no afligirla con un rechazo, le respondo que voy a estudiar en su casa, y que la habitación me gusta mucho. Luego ambos nos sentamos en el cuar­tito acogedor y empezamos a conversar.
La calidez, el ambiente acogedor y la presencia de una persona simpática, me despiertan ahora no una sensación de placer, como antes, sino unas ganas fuertes de lamentar e injuriar. Me parece por algo, que si murmuro y me lamento un poco, pues voy a sentir alivio.
-¡Mal asunto, mi querida! –empiezo con un suspiro. –Muy mal…
-¿Qué pasa?
-Pues ves, cuál es el asunto, mi amiga. El derecho mejor y más sagrado de los reyes, es el derecho al perdón. Y yo siempre me sentí un rey, por que ejercía ese derecho sin límite. Nunca juzgué, fui indulgente, perdoné gustoso a todos a diestra y siniestra. Donde otros protestaban y se perturbaban, ahí yo sólo aconsejaba y convencía. Toda mi vida sólo intenté, que mi compañía fuera soportable para mi familia, los estudiantes, los colegas, para los sirvientes. Y esa actitud mía hacia las personas, yo sé, educó a todos los que les tocó estar cerca de mí. Pero ahora yo ya no soy un rey. En mí sucede algo así, que es digno sólo de los esclavos: por mi cabeza andan día y noche ideas maliciosas, y en mi alma han hecho nido unos sentimientos, que antes no conocía. Yo odio, desprecio, me indigno, me perturbo, temo. Me he vuelto severo sin medida, exigente, irritable, descortés, suspicaz. Incluso, lo que antes me daba un pretexto para decir solamente un retruécano superfluo, y reírme un poco de buena alma, me produce ahora una sensación penosa. Me cambió hasta la lógica: antes yo despreciaba sólo el di­nero, pero ahora abrigo un sentimiento malicioso no contra el dinero, sino contra los ricos, como si ellos fueran los culpables; antes odiaba la violencia y la arbitrariedad, y ahora odio a las personas que practican la violencia, como si ellas solas fueran las culpables, y no todos nosotros, que no sabemos educarnos los unos a los otros. ¿Qué significa eso? Si mis nuevas ideas y mis nuevos sentimientos provienen de un cambio de convicciones, pues, ¿de dónde pudo venir ese cambio? ¿Acaso el mundo se volvió peor, y yo mejor, o antes yo era ciego e indiferente? Si ese cambio pues, se produjo por una decadencia general de las fuerzas físicas e intelectuales, -yo pues estoy enfermo, y todos los días pierdo peso-, pues mi situación es lamentable: entonces, mis ideas nuevas son anormales, insanas, me deben dar vergüenza y las debo considerar anodinas...
-La enfermedad ahí no tiene que ver -me interrumpe Katia-. Simplemente, a usted se le abrieron los ojos, eso es todo. Usted vio lo que antes, por algo, no quería notar. Para mí, ante todo, a usted le hace falta romper definitivamente con su familia e irse.
-Tú dices cosas absurdas.
-Usted ya no los quiere, ¿para qué pues torcer el alma ahí? ¿Y acaso eso es una familia? ¡Una nulidad! Si se murieran hoy, maña­na nadie notaría su ausencia.
Katia desprecia a mi mujer y a mi hija, con la misma fuerza que ellas la odian. Apenas se pueda hablar en nuestro tiempo, del derecho de las personas a despreciarse las unas a las otras. Pero si ponerse en el punto de vista de Katia, y reconocer que tal derecho existe, pues verás de todas formas que ella tiene tanto derecho a despreciar a mi mujer y a Liza, como ellas a odiarla.
-¡Una nulidad! -repite ella-. ¿Usted almorzó hoy? ¿Cómo es eso pues, que no se olvidaron de llamarlo al comedor? ¿Có­mo es eso, que hasta ahora se acuerdan de su existencia todavía?
-Katia, -le digo con severidad, -te ruego callarte.
-¿Y usted piensa, que a mí me alegra hablar de ellas? ¡Yo estaría contenta de no conocerlas en absoluto! Escúcheme pues, mi querido: déjelo todo y váyase. Váyase al extranjero. Cuanto antes, mejor.
-¡Qué clase de sandez! ¿Y la universidad?
-Y la universidad también. ¿De qué le sirve? De todas formas no hay ningún provecho. Lee usted ya hace treinta años, ¿y dónde están sus alumnos? ¿Acaso tiene muchos científicos notables? ¡Cuente pues! Y para multiplicar a esos doctores, que explotan la ignorancia y amasan cientos de miles, para eso no hace falta ser un hombre bueno y talentoso. Usted sobra.
-¡Dios mío, qué áspera eres! -me aterro. -¡Qué áspera eres! ¡Cállate, de otra forma me voy a ir! ¡Yo no sé responder a tus asperezas!
Entra la sirvienta y nos llama a tomar el té. Junto al samovar nuestra plática, gracias a Dios, cambia. Después que ya me lamenté, quisiera darle rienda suelta a otra debilidad anciana mía: los recuerdos. Le cuento a Katia de mi pasado y, para mi gran asombro, le informo asimismo pormenores, que yo mismo no sospechaba que estuvieran enteros aún en mi memoria. Y ella me escucha con ternura, con orgullo, conte­niendo la respiración. En particular, me gusta contarle de cómo yo, alguna vez, estudié en el seminario, de cómo soñaba con ingresar a la universidad.
-Pasaba, que paseaba por el jardín del seminario…-cuento. -El viento me traía de alguna taber­na lejana el chirriar de un acordeón y una canción, o pasaba volando junto a la tapia del seminario una tróika con campanitas, y eso ya era suficiente por completo, para que la sensación de felicidad me llenara no sólo el pecho, sino hasta el estómago, las piernas, los brazos... Escuchaba el acordeón o las campanitas que se iban apagando, y me imaginaba un médico, y me pintaba los cuadros, uno mejor que el otro. Y pues, como ves, mis sueños se dieron. Yo recibí más de lo que me atreví a soñar. Por treinta años fui un profesor querido, tuve unos colegas excelentes, disfruté de una celebridad honorable. Amé, me casé por un amor apasionado, tuve hijos. En una palabra, si echar una ojeada atrás, pues toda mi vida me parece una composición bella, hecha con talento. Ahora sólo me queda no estropear el final. Para eso hay que morir como una persona. Si la muerte, en efecto, es un peligro, pues hay que recibirla como corresponde a un maestro, a un científico, a un ciudadano de un estado cris­tiano: con vigor y con el alma serena. Pero yo estropeo el final. Me hundo, corro hacia ti, pido ayuda, y tú a mí: húndase, así hace falta.
Pero he aquí en el recibidor resuena la llamada. Katia y yo la reconocemos y decimos:
-Ese debe ser Mijaíl Fiódorovich.
Y en efecto, al instante entra mi colega-filólogo, Mijaíl Fiódorovich, alto, bien formado, de unos cincuenta años, con unos espesos ca­bellos canosos, cejas negras y rasurado. Es un buen hombre y excelente colega. Proviene de una antigua familia noble, bastante dichosa y talentosa, que ha jugado un notable papel en la historia de nuestra literatura e ilustración. Él mismo es inte­ligente, talentoso, muy instruido, pero no sin rarezas. Hasta cierto grado, todos somos extraños y todos somos excéntricos, pero sus rarezas representan algo exclusivo y no inofensivo para sus conocidos. Entre los últimos, conozco a no pocos tales que, por sus rarezas, no ven en absoluto sus numerosas virtudes.Al entrar se quita los guantes con lentitud, y dice con una voz de bajo de terciopelo:
-Saludos. ¿Toman té? Muy a propósito. Un frío infernal.
Luego se sienta a la mesa, toma un vaso para sí y empieza a hablar enseguida. Lo más característico de su manera de hablar es el tono bromista constante, cierta mezcla de filosofía con chocarrería, como la de los ente­rradores shakespearianos. Siempre habla de lo serio, pero nunca habla en serio. Sus juicios siempre son ásperos, críticos, pero gracias al tono suave, regular, bromista, resulta como que sus asperezas y blasfemias no hieren el oído, y pronto te habitúas a éstas. Cada tarde trae consigo unas cinco o seis anécdotas de la vida universitaria, y comúnmente empieza con éstas cuando se sienta a la mesa.
-¡Oh, Señor! -suspira moviendo de modo burlón sus cejas negras. -¡Hay en este mundo cada cómicos!
-¿Por qué? -pregunta Katia.
-Vengo hoy de la conferencia, y me encuentro en la escalera con ese viejo idiota, nuestro NN… y como de costumbre saca adelante su quijada de caballo, y bus­ca a quien quejarse de su migraña, de su mujer y de los estudiantes que no quieren asistir a sus conferencias. Bueno, pienso, me vio, ahora me hundí, se perdió el asunto
Y demás en ese género. O pues empieza así:
-Ayer estuve en la conferencia pública de nuestro ZZ. Me asombro, cómo nuestra alma mater, no la recuerden de noche, se decide a mostrarle al público, a tales men­tecatos y estúpidos patentados como ese ZZ. ¡Pues es el imbécil europeo! ¡Perdonen, otro como ese, no lo encuentras en toda Europa de día con un farol! Lee, se pueden imaginar, como si chupara un hielito: siu, siu, siu... Se acobarda, entiende mal su manuscrito, las ideas le salen casi-casi, con la velocidad de un archimandrita en una bicicleta, y lo principal, no entiendes de ningún modo qué quiere decir. Un aburrimiento terrible, las moscas se mueren. Ese aburrimiento se puede comparar, solamente, con el que tenemos en la sala de actos en el acto anual, cuando se lee el dis­curso tradicional; que se lo lleve el diablo.Y al instante un cambio brusco:
-Hace unos tres años, aquí Nikolai Stepánovich recuerda, me tocó leer ese discurso. Calor, sofoco, el uniforme me aprieta en los sobacos, ¡la muerte simplemente! Leo media hora, una hora, hora y media, dos ho­ras... "Bueno, pienso, gracias a Dios sólo me quedan aún diez páginas". Y al final tenía unas cuatro páginas, que se podían no leer en absoluto, y yo calculaba dejarlas. Entonces, me quedan sólo seis, pienso. Bueno, imagínense, miro de pasada adelante y veo: en la primera fila están sentados juntitos un general con banda y un obispo. Los pobrecitos están muertos de aburrimiento, abren mucho los ojos para no dor­mirse, y de todas formas, por lo menos, tratan de mostrar atención en sus caras, y hacen ver, que entienden y les gusta mi lectura. ¡Bueno, pienso, si les gusta, pues ahí tienen! ¡Adrede! Agarré, y leí todas las cuatro páginas.
Cuando habla le sonríen, como en las personas burlonas en general, sólo los ojos y las cejas. En sus ojos no hay en ese momento ni odio, ni malicia, pero sí mucha agudeza y esa peculiar picardía zorruna, que se suele percibir sólo en las personas muy observadoras. Si continuar hablando de sus ojos, yo señalaría otra peculiaridad suya. Cuando recibe de Katia el vaso o escucha una observación suya, o la acompaña con la vista cuando ella, por algo, por poco tiempo, sale de la habitación, yo advierto en su mi­rada algo dócil, suplicante, puro…
La doncella retira el samovar y pone en la mesa un gran trozo de queso, frutas y una botella de champagne de Crimea, un vino bastante malo del que Katia se enamoró cuando vivía en Crimea. Mijaíl Fiódoro­vich toma del estante dos mazos de cartas y distribuye el patience24. En su convicción, ciertos patiences requieren gran comprensión y atención, pero de todas formas al distribuirlos, por lo menos, no deja de distraerse con la conversación. Katia vigila atentamente sus cartas más con mímica que con pa­labras, lo ayuda. De vino, en toda la noche, ella se bebe no más de dos copitas, y yo me bebo un cuarto de vaso, la parte restante de la botella le toca a Mijaíl Fió­dorovich, que puede beber mucho y nunca se embriaga.
Durante el patience resolvemos dis­tintas cuestiones, principalmente de orden superior; además, más que nada le toca a eso, que amamos más que nada, o sea, a la ciencia.
-La ciencia, gracias a Dios, ya vivió su siglo, -dice Mijaíl Fiódorovich con pausa. –Su canción ya se cantó25. Sí. La humanidad ya empieza a sentir la necesidad de sustituirla con alguna otra cosa. Creció en una tierra de prejuicios, alimentada de prejui­cios, y constituye ahora tal quintaesencia de los prejuicios, como sus abuelas caducas: la alquimia, la metafísica y la filosofía. Y en efecto, ¿qué le ha dado a la gente? Pues entre los científicos europeos y los chinos, que no tienen en su país ninguna ciencia, la diferencia es la más mínima, puramente externa. Los chinos no co­nocían las ciencias, ¿pero qué perdieron con eso?
-Y las moscas no conocen la ciencia, -digo yo, -¿y qué hay pues de eso?
-Usted en vano se enoja, Nikolai Stepánich. Yo digo pues eso aquí, entre nosotros... Yo soy más cuidadoso de lo que usted piensa, y no me pondría a decir eso en público, ¡Dios me salve! En las masas hay el prejuicio, de que las ciencias y las artes son superiores a la agricultura, al comercio, superiores a la artesanía. Nuestra secta se alimenta de ese prejuicio, y usted y yo no vamos a destruirlo. ¡Dios nos salve!
Durante el patience le cascan las nueces a la juventud.
-Se degradó ahora nuestro público, -suspira Mijaíl Fiódorovich. -No hablo ya de los ideales y demás, ¡pero siquiera si supieran trabajar y pensar con provecho! Pues precisamente: "Con tristeza miro nuestra generación26".
-Sí, se degradó terriblemente, -conviene Katia. -Dígame, en los últimos cin­co o diez años, ¿usted tuvo siquiera uno destacado?
-No sé cómo será para los demás profesores, pero en lo mío como que no recuerdo...
-Yo vi en mi vida a muchos estudiantes, y a sus científicos jóvenes, a muchos actores... ¿Qué pues? Ni una vez tuve la oportunidad de encontrar no sólo a un hé­roe o un talento, sino incluso, simplemente, a una persona interesante. Todo es gris, mediocre, lleno de pretensiones...
Todas esas conversaciones sobre la degradación de la juventud me producen cada vez tal impresión, como si hubiera oído sin intención una conversación no buena sobre mi hija. Me es ofensivo que las acusaciones sean infundadas, y se construyan sobre tales luga­res comunes trillados hace tiempo, tales espantajos como la degradación, la ausencia de ideales o las referencias al hermoso pasado. Toda acusación, incluso si se expresa en compañía de damas, debe ser formulada con la posible definición, de otra forma no es una acusación, sino una simple maledicencia, indigna de personas decentes.
Yo soy un viejo, sirvo hace ya treinta años, pero no advierto ni degradación ni ausencia de ideales, y no encuentro que ahora sea peor que antes. Mi conserje Nikolai, cuya experiencia tiene en este caso su valor, dice que los estudiantes actuales no son mejores ni peores que los anteriores.
Si me preguntaran qué no me gusta de mis alumnos actuales, pues respondería no de una vez y no mucho, pero con la suficiente definición. Sus defectos los conozco, y por eso no tengo necesidad de acudir a la neblina de los lugares comunes. No me gusta que fumen tabaco, consuman bebidas alcohólicas y se casen tarde; que sean descuidados y a menudo indi­ferentes hasta tal grado, que soportan a los que tienen hambre en su medio, y no pagan sus deudas a la sociedad de asistencia a los estu­diantes. No saben lenguas vivas y se expresan en ruso de modo incorrecto; poco menos que ayer, mi colega-higienista se me quejaba, de que debe leer dos veces más, ya que conocen mal la física y no conocen en absoluto la meteorología. Sucumben gustosos a la influencia de los escritores de tiempos recientes, incluso no los mejores, pero son indiferentes en absoluto a tales clásicos como Shakespeare, Marco Aurelio, Epícteto o Pascal, y en esa incapacidad para distinguir lo grande de lo pequeño se expresa, más que todo, su poca práctica mundana. Todas las cuestiones difíciles, que tienen más o menos un carácter social (por ejemplo, la de la migración), las resuelven con listas de firmas, pero no por la vía de la investigación científica y la experiencia, aunque la última vía se encuentra a su absoluta disposición y corresponde más a su designio. Se hacen con gusto médicos, asistentes, auxiliares, externos, y están dispuestos a ocupar esos puestos hasta los cua­renta años, aunque la independencia, el sentido de la libertad y la iniciativa privada no son menos necesarios en la cien­cia que, por ejemplo, en el arte o el comercio. Yo tengo alumnos y oyentes, pero no tengo ayudantes ni herederos, y por eso los quiero y me enternezco, pero no estoy orgulloso de ellos. Y demás y demás.
Semejantes defectos, por muchos que sean, pueden generar un estado de ánimo pesimista o blasfemo sólo en un hombre pusilánime y tímido. Todos ellos tienen un carácter ca­sual, pasajero, y dependen en absoluto de las condiciones vitales; son suficientes unos diez años, para que desaparezcan y cedan su lugar a otros, a nuevos defectos sin los cuales no te las arreglas, y que por su parte asustarán a los pusilánimes. Los pecados estudiantiles me fastidian a menudo, pero ese fastidio es nada en comparación con el júbilo que experimento hace ya treinta años, cuando platico con los alumnos, les leo, observo sus relaciones y las comparo con personas no de su medio.
Mijaíl Fiódorovich maldice, Katia escucha, y ambos no advierten hacia que abismo profundo los arrastra, poco a poco, tal diversión, por lo visto inocente, como la condena del prójimo. No sienten cómo una conversación sencilla se convierte, gradualmente, en una mofa y una burla, y cómo ambos empiezan a poner en curso, incluso, métodos de calumnia.
-Se encuentran sujetos ridículos -dice Mijaíl Fiódoro­vich. -Ayer llego a donde Yegór Petróvich, y encuentro allí a un estudioso, de sus médicos pues, de tercer año, me parece. Una cara así… al estilo de Dobroliúbov, en la frente el sello de la idea profunda. Entablamos conversación. "Tales pues asuntos joven, le digo. Yo leí que cierto alemán -olvidé su apellido-, obtuvo del cerebro humano un alcaloide nuevo, la idiotina". ¿Qué creen pues? Se lo creyó, y hasta mostró respeto en su cara: ¡conoce pues a los nuestros! Hace unos días llego al teatro. Me siento. Precisamente, delante de mí, en la fila próxima, hay unos dos sentados: uno de “los nuestros”, y por lo visto jurista, el otro un peludo, un médico. El médico borracho como un zapatero. A la escena, cero atención. Dormita a su gusto y da cabezadas. Pero tan pronto algún actor empieza a pronunciar un monólogo en voz alta, o simplemente alza la voz, mi médico se estremece, empuja a su vecino por el costado y le pre­gunta: "¿Qué dice? ¿Ge-ne-oso?" "Generoso”, ­responde el de “los nuestros”. "¡Braavo! -grita el médico-- ¡Ge-ne-oso. Bravo!” Él, lo ven, estúpido borracho, fue al teatro no por el arte, sino por la generosidad. Él necesita generosidad.
Y Katia escucha y se ríe. Su risa es como que extraña: las aspiraciones alternan con rapidez, y de un modo rítmico correcto con las espiraciones –parece como si tocara un acordeón-, y en su rostro se ríen sólo las alas nasales. Y yo pierdo el ánimo y no sé qué decir. Sacado de quicio, estallo, me levanto del asiento y grito:
-¡Cállense de una vez! ¿Qué hacen sentados ahí, como dos sapos, envenenando el aire con su respiración? ¡Basta!
Y sin esperar a que terminen de maldecir, me dispongo a irme a casa. Y ya es hora: las diez pasadas.
-Y yo estaré sentado un poquito todavía -dice Mijaíl Fiódorovich. -¿Me lo permite, Ekaterína Vladímirovna?
-Se lo permito, -responde Katia. 
-Bene. En tal caso, ordene que sirvan otra botella.
Ambos me acompañan con velas al recibidor y, mientras me pongo la pelliza, Mijaíl Fiódorovich dice:
-En los últimos tiempos, usted adelgazó y envejeció terriblemente, Nikolai Stepánovich. ¿Qué le pasa? ¿Está enfermo?
-Sí, estoy un poco enfermo.
-Y no se trata... –inserta Katia sombría.
-¿Por qué pues no se trata? ¿Cómo se puede así? Al que se cuida, hombre gentil, Dios lo cuida. Reverencie a los suyos y discúlpeme, por que no los visito. En estos días, antes de la partida al extranjero, iré a despedirme. ¡Seguro! La próxima semana me voy.
Salgo de donde Katia irritado, asustado por las conversaciones sobre mi enfermedad y no satisfecho conmigo. Me pregunto: en efecto, ¿no tratarme acaso con alguno de mis colegas? Y al instante imagino cómo el colega, tras escucharme, se aparta callado hacia la ventana, piensa un poco, después se voltea hacia mí e, intentando que yo no lea la verdad en su rostro, dice con un tono indiferente: "Por ahora, no veo nada particular, pero de todas formas, colega, le aconsejaría suspender las clases... " Y eso me quitará mi última esperanza.
¿Quién no tiene esperanza? Ahora, cuando yo mismo me hago el diagnóstico y me curo, espero por momentos que mi ignorancia me engañe, que me equivoque sobre el albumen y el azúcar que encuentro en mí, y sobre el corazón, y sobre esos edemas que ya me vi dos veces por las mañanas; cuando yo, con el empeño de un hipocondríaco, releo los manuales de terapia y cambio a dia­rio de medicinas, me parece siempre que hallaré algo que me consuele. Es mezquino todo eso.
Esté cubierto el cielo de nubes, o brillen en éste la luna y las estrellas, yo cada vez, al regresar, lo miro y pienso que pronto me llevará la muerte. Parecería, que en ese momento mis ideas debieran ser profundas como el cielo, brillantes, admirables... ¡Pero no! Pienso en mí mismo, en mi mujer, en Liza, en Gnekker, en los estudiantes, en las personas en general; pienso no bien, de modo mezquino, soy pícaro conmigo mismo, y en ese momento mi concepción del mundo se pudiera expresar, con las palabras que el notable Arakchéev27 dijo en una de sus cartas íntimas: "En el mundo todo lo bueno no puede ser sin lo malo, y siempre hay más de lo malo que de lo bueno." O sea, todo es vil, no hay para qué vivir, y esos sesenta y dos años de mi existencia que ya fueron vividos, se deben considerar perdidos. Yo me pesco en esas ideas e intento convencerme de que son casuales, temporales, y están en mí no de modo profundo, pero al instante pienso:
"Si es así, ¿pues, para qué te tira todas las tardes a donde esos dos sapos?"
Y hago el juramento de no ir nunca más a ver a Katia, aunque sé que mañana mismo iré a verla de nuevo.
Al tironear la campanilla en mi puerta, y después yendo hacia arriba por la escale­ra, siento que ya no tengo familia ni deseo de recobrarla. Está claro que unas ideas nuevas, de Arakchéev, están en mí no por casualidad y no temporalmente, sino que dominan todo mi ser. Con la conciencia enferma, abatido, perezoso, apenas moviendo los miembros, como si hubiera aumentado mil puds de peso, me acuesto en la cama y me duermo pronto.
Y después el insomnio...

IV

Llega el verano y la vida cambia.
Una hermosa mañana Liza entra a mi habitación y me dice en tono de broma:
-Vamos, su excelencia. Está listo.
A mi excelencia la llevan a la calle, la sientan en un coche y la llevan a viajar. Yo voy y, sin nada que hacer, leo los letreros de derecha a izquierda. De la palabra “taberna” resulta “ricart”. Serviría para apellido de baronesa: “la baronesa Ricart28”. Luego voy por el campo junto a un cementerio, que no me produce exactamente ninguna impre­sión, aunque pronto voy a yacer en él; después voy por el bosque y de nuevo por el campo. Nada interesante. Luego de dos horas de viaje, a mi excelencia la entran a la planta baja de una casa de campo, y la instalan en un cuartito pequeño muy alegre, de papel tapiz azul.
Por la noche, como antes, el insomnio, pero por la mañana ya no me desvelo y no escucho a mi mujer, sino estoy acostado en la cama. No duermo, sino experimento un estado soñoliento, de semiletargo, cuando sabes que no duermes, pero sueñas. A mediodía me levanto y, como de costumbre, me siento a mi mesa, pero ya no trabajo, sino me distraigo con unos libritos franceses de cubiertas amarillas, que me manda Katia. Por supuesto, sería más patriótico leer a los autores rusos pero, lo confieso, no tengo una disposición particular hacia ellos. Exceptuando a dos o tres viejos, toda la literatura actual me parece no literatura, sino una especie de industria artesanal, que existe sólo para que halaguen, pero consuman no gustosos sus artículos. El mejor artículo artesanal no se puede llamar notable, y no se puede elogiar con franqueza sin un pero; lo mismo se debe decir de todas esas novedades literarias que leí en los últimos diez o quince años: no hay ni una notable, y no te las arreglas sin un pero. Inteligente, generoso, pero no talentoso; talentoso, generoso, pe­ro no inteligente, o, finalmente, talentoso, inteligente, pero no generoso.
No diré que los libritos franceses sean talentosos, inteligentes y generosos. Éstos tampoco me satisfacen. Pero no son tan aburridos como los rusos, y en éstos no es una rareza encontrar el ele­mento principal de la creación –la sensación de libertad personal, que no tienen los autores rusos. Yo no recuerdo ni una novedad tal, en la que el autor, desde la misma primera página, no intentara enredarse con toda clase de condiciones y contratos con su conciencia. Uno teme hablar del cuerpo desnudo, el otro se ató de pies y manos con el análisis psicológico, el tercero necesita "una actitud cálida hacia el hombre", el cuarto embadurna a propósito páginas enteras con descripciones de la naturaleza, para que no sospechen de él por tendencioso... Uno quiere ser en sus obras seguro un pequeño burgués, el otro seguro un noble, y demás. La intención, la precaución, el estar en su juicio, pero no hay ni liber­tad, ni el valor de escribir como se quisiera, y, por lo tanto, no hay creación.
Todo esto se refiere a las tal llamadas bellas letras.
En lo que respecta a los artículos serios rusos, por ejemplo de sociología, de arte y demás, pues no los leo simplemente por timidez. En mi infancia y mi juventud yo, por algo, le tenía miedo a los porteros y los acomodadores teatrales, y ese miedo me queda hasta ahora. Yo y ahora les temo. Dicen que sólo lo que no entendemos parece temible. Y en efecto, es muy difícil entender por qué los porteros y los acomodadores son tan importantes, arrogantes y majestuosamente descorteses. Al leer los artículos serios, siento el mismo miedo indefinido. La importancia excepcional, el to­no de general juguetón, el trato familiar con los autores extranjeros, el saber darle vueltas a la noria con dignidad, todo eso no lo entiendo, es temible, y todo eso no se parece a la modestia y al tono sosegado de gentleman al que estoy habituado, al leer a nuestros escritores-médicos y naturalistas. No sólo los artículos, se me hace penoso leer, incluso, las traducciones que hacen o redactan los hombres serios rusos. El tono presumido, benévolo de los prólogos, la abundancia de notas del traductor, que me impiden concen­trarme, los signos de interrogación y los sic entre paréntesis, dispersos por el pródigo traductor por todo el artículo o libro, me parecen un atentado a la personalidad del autor y a mi independencia de lector.
Cierta vez me invitó un experto a un juicio del distrito; en el entreacto, uno de mis colegas-expertos reclamó mi atención hacia la actitud grosera del fiscal con los acusados, entre los cuales había dos mujeres in­telectuales. Me parece que no exageré en absoluto al responder al colega, que esa actitud no era más grosera, que la que tenían los autores de artículos serios entre ellos. En efecto, esas actitudes son tan groseras, que de ellas se puede hablar sólo con una sensación penosa. Entre ellos, y hacia los escritores que critican, tienen una actitud o de respeto excesivo, sin apiadarse de su dignidad, o pues, por el contrario, los tratan con bastante más valentía, de la que trato yo en estos apuntes y pensamientos a mi futuro yerno, Gnekker. Las acusaciones de irresponsabilidad, de impureza de in­tención e, incluso, de toda clase de delito constituyen el adorno común de los artículos serios. Y eso ya, como gustan de expresarse los médicos jóvenes en sus artículos, es ¡ultima ratio29! Tales relaciones deben reflejarse, invariablemente, en los hábitos de la nueva generación de escritores, y por eso no me asombra en absoluto que en esas novedades, que adquirieron en los últimos diez o quince años nuestras bellas letras, los héroes beben mucho vodka y las heroínas no son lo suficiente castas.
Leo los libritos franceses y echo ojeadas a la ventana abierta; veo las almenas de mi empalizada, dos o tres árboles enjutos y, más allá de la empalizada, el camino, el campo, después la ancha franja del bosque de coníferas. A menudo contemplo cómo cierto chico y una chica, ambos rubios y en harapos, se encaraman a la empalizada y se burlan de mi calva. En sus ojos brillantes leo:"¡Sube, calvo30!" Acaso sean apenas las únicas personas, a las que no les im­porta en absoluto ni mi celebridad, ni mi rango.
Los visitantes vienen no todos los días. Recordaré sólo las visitas de Nikolai y de Piótr Ignátievich. Nikolai viene a verme, comúnmente, en las fiestas, como que por un asunto, pero más para vernos un poco. Viene muy jubiloso, algo que nunca le ocurre en invierno.
-¿Qué me dices? -le pregunto, saliendo a verlo al zaguán.
-¡Su excelencia! -dice llevándose la mano al corazón, y mirándome con el éxtasis de un enamorado.
-¡Su excelencia! ¡Que Dios me casti­gue! ¡Que me mate un rayo en este lugar! ¡Gaudeamus igitur, juvenestus31!
Y me besa con ansiedad los hombros, las mangas, los botones.
-¿Todo lo tenemos favorable ahí? -le pregunto.
-¡Su excelencia! Como ante un verdadero...
No cesa de jurar por Dios sin ninguna necesidad, me aburre pronto, y lo envío a la cocina, donde le dan de almorzar. Piótr Ignátievich viene a verme en las fiestas también, especialmente para enterarse y compartir ideas conmigo. Se sienta comúnmente junto a mi mesa, modesto, limpito, juicioso, sin decidirse a cruzar una pierna sobre la otra, o acodarse sobre la mesa; y todo el tiempo, con una vocecita serena, regular, con llaneza y de modo libresco me cuenta diversas novedades, en su opinión muy interesantes y picantes, que ha leído en las revistas y los libros. Todas esas novedades se parecen las unas a las otras, y se resumen en este tipo: un francés hizo un descubri­miento, otro, un alemán, lo desenmascaró, al demostrarle que ese descubrimiento lo había hecho ya en 1870 un americano, y un tercero, un alemán también, fue más pícaro que ambos, al demostrarles que ambos no descubrieron nada, al ver por el microscopio glóbulos de aire y tomarlos por un pigmento oscuro. Piótr Ignátievich, incluso cuando quiere hacerme reír, cuenta largamente, con fundamento, como si defendiera una tesis, con un recuento detallado de las fuentes literarias de que se valió, intentando no equivocarse ni en las fechas, ni en los números de las revistas, ni en los nombres; además, dice no sólo Petit, sino seguro Jean Jacques Pe­tit32. Sucede que se queda a almorzar, y entonces, durante todo el almuerzo, cuenta las mismas historias picantes, provocando el abatimiento de los comensa­les. Si Gnekker y Liza se ponen a hablar delante de él de fugas y contrapuntos, o de Brahms y de Bach, pues él baja los ojos con modestia y se confunde; le da vergüenza que en presencia de personas tan serias, como él y yo, se hable de tales trivialidades.
Con mi estado de ánimo actual, son suficientes cinco minutos para que él me canse así, como si lo llevara viendo y escuchando toda una eternidad. Lo odio al pobre. Su voz serena, regular, y su lenguaje libresco me debilitan, y sus relatos me embotan... Él me profesa los mejores sentimientos, y habla conmigo sólo para darme gusto, y yo le pago con que lo mi­ro fijamente, como si quisiera hipnotizarlo, y pienso: "vete, vete, vete..." Pero él no sucumbe a la sugestión mental y sigue sentado, sentado, sentado...
Mientras está sentado en mi casa, no puedo librarme de la idea: "Es muy posible que, cuando me muera, lo designen para mi puesto", y mi pobre auditorio me parece un oasis en el que se secó el arroyo, y soy descortés, taciturno y sombrío con Piótr Ignátievich, como si el culpable de semejantes ideas fuera él, y no yo mismo. Cuando empieza, como de costumbre, a ensalzar a los científicos alemanes, yo ya no bromeo de modo bondadoso, como antes, sino farfullo sombrío:
-Son unos burros sus alemanes...
Eso se parece a cuando el difunto profesor Nikita Krilóv33, bañándose una vez con Pirogóv, en Reval34, y enojado porque el agua estaba muy fría, maldijo: "¡Los canallas alemanes!" Me conduzco yo con Piótr Ignátievich mal, y sólo cuando se va y veo cómo en la ventana, tras la empali­zada, su sombrero pasa fugazmente, quisiera llamarle y decirle: “¡Perdóneme, hijito!”
El almuerzo transcurre más aburrido que en invierno. El mismo Gnekker, a quien ahora odio y desprecio, almuerza en mi casa casi todos los días. Antes soportaba su presencia callado, pero ahora suelto en su dirección insidias, que hacen sonrojar a mi mujer y a Liza. Llevado por un sentimiento maligno, a menudo digo simplemente estupideces, y no sé por qué las digo. Así sucedió una vez, miré largamente a Gnekker con desprecio y, ni por lo uno ni lo otro, solté:

Al águila le ocurre descender más bajo que las gallinas,
Pero las gallinas nunca se elevarán a las nubes
35

Y lo más fastidioso de todo, es que la gallina Gnekker resul­ta bastante más inteligente que el águila-profesor. Sabiendo que mi mujer y mi hija están de su parte, él aplica tal táctica: responde a mis insidias con un silencio indulgente (se chifló, dice, el viejo, ¿para qué conversar con él?), o bromea conmigo de modo bondadoso. ¡Hay que asombrarse, hasta qué grado puede degradarse el hombre! Estoy en condición, durante todo el almuerzo, de soñar cómo Gnekker resultará un aventurero, cómo Liza y mi mujer entenderán su error, y cómo me voy a burlar de ellas, -¡y semejantes sueños absurdos al mismo tiempo que tengo ya un pie en la tumba!
Se producen ahora malentendidos, de los que antes tenía idea sólo de oídas. Cuan vergonzoso no me sea, describiré uno de éstos, ocurrido hace días, después de almuerzo.
Yo estoy sentado en mi habitación y fumo en pipa. Mi mujer entra como de costumbre, se sienta y empieza a hablar de que sería bueno ahora, mientras hace calor y hay tiempo libre, ir a Járkov y averiguar allá, qué clase de hombre es nuestro Gnekker.
-Está bien, iré... –convengo.
Mi mujer, satisfecha conmigo, se levanta y va hacia la puerta, pero al instante regresa y dice:
-A propósito, otro ruego más. Yo sé que vas a enojarte, pero mi obligación es prevenirte... Disculpa, Nikolai Stepánich, pero todos nuestros conocidos y vecinos han empezado a comentar, que tú visitas a Katia muy a menudo. Ella es inteligente, ins­truida, no lo discuto, pasar el tiempo con ella es agradable, pero a tus años y con tu posición social, como que, sabes, es extraño encontrar placer en su compañía... Y además, ella tiene una reputación, que...
Toda la sangre se me va del cerebro, mis ojos sueltan chis­pas, me levanto y, agarrándome la cabeza, pateando el suelo, grito con una voz no mía:
-¡Déjenme! ¡Déjenme! ¡Déjenme!
Probablemente, mi rostro es horrible, mi voz ex­traña, porque mi mujer de pronto palidece, grita con una voz no suya también, desolada. A nuestro grito entran corriendo Liza, Gnekker, después Yegór...
-¡Déjenme! –grito. -¡Fuera! ¡Déjenme!
Mis piernas se me entumen, como si no existieran en absoluto, siento cómo caigo en los brazos de alguien, después oigo por poco tiempo un llanto, y me sumerjo en un desmayo que se alarga unas dos o tres horas.
Ahora sobre Katia. Viene a verme todos los días, al caer la tarde, y eso, por supuesto, no pueden no advertirlo los vecinos y los conocidos. Viene por un minuto y me lleva consigo a montar en coche. Tiene su caballo y un charabán nuevo, comprado este verano. En general, vive a todo dar: alquiló una casa de campo-hotel costosa, con un jardín grande, y trasladó a ésta todo su ambiente citadino, tiene dos sirvientas, un cochero... A menudo le pregunto:
-¿Katia, de qué vas a vivir cuando derroches el dinero de tu padre?
-Allá veremos -responde.
-Ese dinero, amiga mía, merece un trato más serio. Fue amasado por un buen hombre, con un trabajo honrado.
-De eso ya me habló usted. Yo lo sé.
Al principio vamos por el campo, después por el bosque de coníferas, que se ve desde mi ventana. La naturaleza, como antes, me parece hermosa, aunque el demonio me susurra que todos estos pinos y abetos, pájaros y nubes blancas del cielo, dentro de tres o cuatro meses, cuando yo me muera, no notarán mi ausencia. A Ka­tia le gusta conducir el caballo, y le agrada que haga buen tiempo y que yo esté sentado a su lado. Está de buen humor y no dice asperezas.
-Usted es un hombre muy bueno, Nikolai Stepánich.-dice. -Es un ejemplar único, y no hay actor que lo sepa interpretar. A mí, por ejemplo, o a Mijaíl Fiódorovich, nos interpreta incluso un actor malo, y a usted nadie. ¡Yo lo envidio, lo envidio terriblemente! ¿Pues, qué represento yo? ¿Qué?
Piensa un instante y me pregunta:
-Nikolai Stepánich, ¿pues yo soy un fenómeno negativo?
-Sí, -respondo.
-Hum… ¿Qué puedo hacer pues?
¿Qué responderle? Sería fácil decirle: "trabaja", o “reparte tu fortuna entre los pobres", o "conócete a ti mis­ma", y por que es fácil decir eso, no sé qué responder.
Mis colegas terapeutas, cuando enseñan a curar, aconsejan "individualizar cada caso aparte". Hay que escuchar ese consejo, para convencerse de que los medios que recomiendan los manuales, y que son servibles por completo en la plantilla, resultan totalmente inservibles en los casos aparte. Lo mismo en las afecciones morales.
Pero hay que responder algo, y digo:
-Tú, mi amiga, tienes demasiado tiempo libre. Necesitas ocu­parte en algo. En realidad, ¿por qué no vas de nuevo de actriz, si tienes vocación?
-No puedo.
-Tu tono y tus maneras son, como si fueras una víctima. Eso no me gusta, amiga mía. Tú misma eres la culpable. Recuerda, tú empezaste por que te enojaste con las personas y el orden, pero no hiciste nada, para que las unas y el otro se hicieran mejores. Tú no luchaste contra el mal, sino te fatigaste, y no eres una víctima de la lucha, sino de tu impotencia. Bueno, por supuesto, entonces eras joven, inexperta, pero ahora todo puede ir de otra forma. ¡De ve­ras, ve! Vas a trabajar, a servir al arte sa­grado...
-No sea malicioso, Nikolai Stepánich -me interrumpe Katia. -Vamos a acordar de una vez para siempre: vamos a hablar de los actores, de las actrices, de los escritores, pero vamos a dejar el arte en paz. Usted es un hombre excelente, único, pero no entiende tanto de arte, como para considerarlo sagrado a conciencia. Para el arte, usted no tiene ni intuición ni oído. Estuvo ocupado toda su vida, y nunca tuvo tiempo para adquirir esa intuición. En general… ¡no me gustan estas conversaciones sobre arte! -continúa nerviosa. -¡No me gus­tan! ¡Y lo han trivializado tanto ya, le agradezco con humildad!
-¿Quién lo trivializó?
-Unos lo trivializaron con las borracheras, los periódicos con su actitud familiar, las personas inteligentes con la filosofía.
-La filosofía no tiene nada que ver ahí.
-Sí tiene que ver. Si alguien filosofa, pues eso significa que no entiende.
Para que el asunto no llegue a las asperezas, me apresuro a cambiar de conversación, y después callo largo tiempo. Sólo cuando salimos del bosque y nos dirigimos a la casa de campo de Katia, regreso a la conversación anterior y pregunto:
-Tú, con todo, no me respondiste: ¿por qué no quieres ir de actriz?
-¡Nikolai Stepánich, esto finalmente es cruel! –grita, y de pronto se sonroja toda. -¿Quiere que le diga la verdad en voz alta? ¡Dígnese, si… si le gusta! ¡No tengo talento! ¡No hay talento y… y hay mucho amor propio! ¡Mire!
Hecha esta confesión, me voltea el rostro y, para ocultar el temblor de sus manos, tironea de las riendas fuertemente.Al acercarnos a su casa de campo, vemos ya desde lejos a Mijaíl Fiódorovich, que pasea junto a los portones y nos espera con impaciencia.
-¡De nuevo ese Mijaíl Fiódorich! –dice Katia con fastidio. -¡Apártelo de mí, por favor! Me hartó, me asfixió... ¡Que se vaya!
Mijaíl Fiódorovich hace tiempo ya que necesita ir al extranjero, pero cada semana pospone su partida. En los últimos tiempos se produjeron en él ciertos cambios: como que se acecinó, empezó a marearse con el vino, algo que antes nunca le ocurría, y sus cejas negras empiezan a encanecer. Cuando nuestro charabán se detiene ante los portones, no oculta su júbilo y su impaciencia. Nos apea a Katia y a mí con agitación, se apresura a hacernos preguntas, se ríe, se frota las manos, y esa docilidad, súpli­ca y pureza, que yo antes advertía sólo en su mirada, se derrama ahora por todo su rostro. Siente júbilo, y al mismo tiempo le da vergüenza su júbilo, le da vergüenza ese hábito de visitar a Katia todas las tardes, y encuentra necesario motivar su visita con algún absurdo evidente, como: "Pasaba cerca por un asunto, y deja, pienso, pasar por un minuto".
Todos los tres vamos a las habitaciones; primero tomamos té, después apa­recen en la mesa los dos mazos de cartas hace tiempo conocidos, un gran trozo de que­so, frutas y una botella de champagne de Crimea. Nuestros temas de conversación no son nuevos, son los mismos que eran en invierno. Le toca a la universidad, a los estudiantes, a la literatura, al teatro; el aire, con la maledicencia, se torna más denso, asfixiante, y lo envenenan con su respiración ya no dos sapos, como en invierno, sino todo unos tres. Además de la risa de terciopelo, de barítono, y de las carcajadas parecidas a un acordeón, la sirvienta que nos sirve oye aún la risa ingrata, trémula con que los generales se ríen en los vodeviles: je, je, je…

V

Hay noches temibles con truenos, rayos, lluvia y viento, a las que el pueblo llama "de tormenta". Una noche de tormenta así hubo en mi vida privada…
Me despierto después de la medianoche, y de pronto me levanto de la cama. Me parece por algo que voy a morir ahora, de repente. ¿Por qué me parece? En mi cuer­po no hay ni una sola sensación, que me señale un pronto final, pero me oprime el alma tal terror, como si hubiera visto de pronto un inmenso resplandor maligno.
Prendo la luz con rapidez, bebo agua directo de la garrafa, después camino apurado hacia la ventana abierta. En el patio hace un tiempo excelente. Huele a heno y a algo más muy bueno. Veo las almenas de la empalizada, los enjutos árboles soñolientos junto a la venta­na, el camino, la oscura franja del bosque, en el cielo una luna serena, muy brillante, y ni una nube. Silencio, no se mueve ni una hoja. Me parece que todo me mira y presta oídos a cómo voy a morir...
Siento espanto. Cierro la ventana y corro a la cama. Me to­mo el pulso y, al no hallarlo en mi muñeca, lo busco en mi sien, después en mi barbilla, y de nuevo en mi muñeca, y todo lo tengo frío, pegajoso de sudor. Mi respiración se hace más y más acelerada, el cuerpo me tiembla, todas mis entrañas en movimiento, en mi cara y mi calva tal sensación, como si se me posara una telaraña.
¿Qué hacer? ¿Llamar a mi familia? No, no es necesario. No entiendo qué van a hacer mi mujer y Liza cuando entren a mi habitación.
Escondo mi cabeza bajo la almohada, cierro los ojos y espero, espero... Mi espalda tiene frío, como si se doblara hacia adentro, y tengo tal sensación, como si la muerte se me acercara seguro por detrás, callandito...
-¡Kivi-kivi -resuena de pronto un chillido en el silencio nocturno, y no sé dónde es eso: ¿en mi pecho o en la calle?
-¡Kivi-kivi!
¡Dios mío, qué miedo! Bebería más agua, pero me da miedo abrir los ojos y levantar la cabeza. Mi terror es descontrolado, animal, y no puedo entender de ningún modo, ¿por qué tengo miedo: acaso porque quiero vivir, o acaso porque me espera un dolor nue­vo, no probado?
Arriba, tras el techo, alguien ya gime, ya ríe... Presto oídos. Un poco después resuenan unos pasos en la escalera. Alguien baja apurado, después hacia arriba de nuevo. Al minuto resuenan unos pasos abajo de nuevo, alguien se detiene junto a mi puerta y presta oídos.
-¿Quién es? -grito.
La puerta se abre, abro los ojos con valor y veo a mi mujer. Su rostro está pálido y sus ojos llorosos.
-¿No duermes, Nikolai Stepánich? -pregunta.
-¿Qué quieres?
-Por Dios, ve a ver a Liza y échale un vistazo. Le pasa algo...
-Está bien... con gusto… -farfullo, muy satisfecho con que no estoy solo. -Está bien... Al instante.
Voy tras mi mujer, escucho lo que me dice, y no entiendo nada por la inquietud. Por los peldaños de la escalera saltan las manchas luminosas de su vela, tiemblan nuestras largas sombras, mis pies se me enre­dan en los faldones de la bata, me sofoco, y me parece que al­guien me persigue y quiere agarrarme por la espalda. "Ahora me voy a morir aquí, en esta escalera, -pienso. –Ahora…” Pero he aquí pasamos la escalera, el corredor oscuro con la ventana italiana, y e­ntramos a la habitación de Liza. Está sentada en la cama sólo en camisón, con los pies descalzos colgando, y gime.
–¡Ah, Dios mío... ah, Dios mío! –farfulla, entornando los ojos por la luz de la vela. -No puedo, no puedo…
-Liza, niña mía, -digo. -¿Qué te pasa?
Al verme, lanza un grito y se me arroja al cuello.
-Papá, mi bueno… -solloza, -papá, mi bueno… Migajita mía, querido… No sé qué me pasa... ¡Un pesar!
Me abraza, me besa y murmura las palabras cariñosas que oía de ella, cuando era aún una niña.
-Cálmate, niña mía, está con Dios, -digo. -No hace falta llorar. Yo mismo tengo un pesar.
Intento taparla, mi mujer le da de beber, y ambos nos empu­jamos en desorden junto a la cama; con mi hombro empujo su hombro, y en ese momento recuerdo cómo, alguna vez, bañába­mos a nuestros hijos.
-¡Pero ayúdala pues, ayúdala! -suplica mi mujer. -¡Haz algo!
¿Y qué puedo hacer yo? No puedo hacer nada. La muchacha tiene algún pesar en el alma, pero yo no entiendo nada, no sé, y sólo puedo farfullar:
-No es nada, no es nada... Ya pasará... Duerme, duerme...
Como a propósito, en nuestro patio resuena, de pronto, un aullido de perro, al principio apagado e indeciso, después ruidoso, a dos voces. Nunca le había dado importancia a tales indicios, como los aullidos de los perros o los graznidos de las lechuzas, pero ahora el corazón se me encoge de modo torturante, y me apresuro a explicarme ese aullido.
"Tonterías... –pienso. –La influencia de un organismo sobre otro. Mi fuerte ten­sión nerviosa se trasmitió a mi mujer, a Liza, al perro, eso es todo... Con esa trasmisión explican los presagios, las previsiones..."
Cuando un poco después regreso a mi habitación, para escribir una receta para Liza, ya no pienso que voy a morir pronto, pero siento simplemente en el alma tal pesar, tal fastidio, que incluso lamento que no me morí de repente. Me quedo parado inmóvil largo tiempo en medio de la habitación, pensando qué podría recetarle a Liza, pero los gemidos tras el techo se acallan, y decido no recetarle nada, y de todas formas me quedo parado...
Un silencio mortuorio, tal silencio que, como expresó cierto escritor, incluso resuena en los oí­dos. El tiempo pasa con lentitud, las franjas de luz lunar en la repisa no cambian su posición, como si se hubieran helado... El amanecer no será pronto aún.
Pero he aquí la portezuela chirría en la empalizada, alguien avanza con sigilo y, habiendo quebrado una ramita de uno de los árboles enjutos, golpea con ésta la ventana con cuidado.
-¡Nikolai Stepánich! -oigo un susurro. -¡Nikolai Stepá­nich!
Abro la ventana y me parece que sueño: bajo la ventana, pegada a la pared, hay una mujer con un vestido negro, iluminada vivamente por la luna, y me mira con ojos grandes. Su rostro es pálido, severo y fantástico bajo la lu­na, como marmóreo, su barbilla tiembla.
-Soy yo... –dice. –Yo… ¡Katia!
A la luz de la luna, los ojos de todas las mujeres parecen gran­des y negros, las personas más altas y pálidas, y por eso, probablemente, no la co­nocí al primer instante.
-¿Qué quieres?
-Perdone, -dice. -Sentí de pronto, por algo, un pesar insufrible... No lo soporté, y vine aquí... Tenía luz en su ventana y… y decidí tocar... Disculpe… ¡Ah, si supiera qué pesar tenía! ¿Qué hace usted ahora?
-Nada... El insomnio...
-Yo tenía como un presagio. Por lo demás, es una tontería.
Sus cejas se arquean, sus ojos brillan de lágrimas, y todo su rostro irradia como con luz, con esa conocida, no vista hace tiempo expresión de creduli­dad.
-¡Nikolai Stepánich! -dice con súplica, tendiendo ambas manos ha­cia mí. –Querido mío, se lo ruego… se lo suplico... ¡Si no desprecia mi amistad y respeto a us­ted, pues acepte mi ruego!
-¿Qué pasa?
-¡Tome mi dinero!
-¡Bueno, mira qué se te ocurrió aún! ¿Para qué me hace falta tu dinero?
-Irá a algún lugar a tratarse... A usted le hace falta tratarse. ¿Lo toma? ¿Sí? Hijito, ¿sí?
Escudriña mi rostro ávidamente, y repite:
-¿Sí? ¿Lo toma?
-No, amiga mía, no lo tomo... –digo. -Gracias.
Ella me da la espalda y baja la cabeza. Probablemente, lo rechacé en tal tono, que no admite una plática siguiente sobre el dinero.
-Ve a casa a dormir –digo. -Mañana nos veremos.
-Entonces, ¿usted no me considera su amiga? -pregunta abatida.
-Yo no digo eso. Pero tu dinero es inútil para mí ahora.
-Disculpe... –dice bajando su voz una octava entera. -Yo lo entiendo... Endeudarse con una persona como yo... con una actriz retira­da... Por lo demás, adiós...
Y se va con tanta rapidez, que incluso no alcanzo a decirle adiós.

VI

Estoy en Járkov.
Ya que luchar contra mi estado de ánimo actual sería inútil, y aun superior a mis fuerzas, pues decidí que los últimos días de mi vida sean impecables, siquiera por el lado for­mal; si no tengo la razón respecto a mi familia, lo que reconozco a la perfección, voy a intentar hacer así como ella quiere. Ir a Járkov, pues a Járkov. Y además, en los últimos tiempos me volví tan indiferente a todo que, positivamente, me da lo mismo a dónde ir, a Járkov, a París o a Bierdíchev36.
Llegué aquí a eso de las doce del día, y me alojé en un hotel no lejos de la catedral. En el tren me mareé, me expuse a las corrientes, y ahora estoy sentado en la cama, me agarro la cabeza y espero el tic. Habría que ir hoy mismo a ver a los profesores conocidos, pero no tengo ganas ni fuerza.
Entra el viejo-lacayo de corredor y me pregunta si tengo ropa de cama. Lo retengo unos cinco minutos y le hago varias preguntas acerca de Gnekker, por quien vine aquí. El lacayo resulta natural de Járkov, conoce la ciudad como sus cinco dedos, pero no recuerda ni una casa tal, que llevara el apellido Gnekker. Le pregunto acerca de las posesiones, lo mismo.
En el corredor el reloj da la una, después las dos, después las tres... Los últimos meses de mi vida, mientras espero la muerte, me parecen mucho más largos que toda mi vida. Y nunca antes supe resignarme a la lentitud del tiempo, como ahora. Antes, pasaba que cuando esperabas el tren en la estación o estabas en un examen, un cuarto de hora parecía una eternidad, pero ahora podía estar sentado inmóvil en la ca­ma toda la noche, y pensar con absoluta indiferencia en que mañana sería una noche tan larga, insulsa, y pa­sado mañana...
En el corredor dan las cinco, las seis, las siete... Se hace oscuro.
En la mejilla un dolor sordo, eso me empieza el tic. Para ocuparme con ideas, me pongo en mi punto de vista anterior, cuando no era indiferente, y me pregunto: ¿para qué yo, un hombre célebre, un consejero secreto, estoy sentado en este número pequeño, en esta cama con una cobija gris, ajena? ¿Para qué miro ese lavamanos de hojalata barato, y escucho cómo el reloj sarnoso suena en el corredor? ¿Acaso todo esto es digno de mi gloria y de mi elevada posición entre las personas? Y a esas preguntas me respondo con una sonrisa burlona. Me es risible mi inocencia, con la que alguna vez en mi juventud exa­geré el significado de la notoriedad, y de esa posición exclusiva que, al parecer, disfrutan las celebridades. Yo soy célebre, mi nombre se pronuncia con veneración, mi retrato estuvo en la Niva y en la Ilustración universal, leí mi biografía incluso en una revista alemana, ¿y qué hay pues de eso? Estoy sentado solo en una ciudad ajena, en una cama ajena, me fro­to mi mejilla enferma con la palma de la mano... Las disputas familiares, la impiedad de los acreedores, la grosería de los sirvientes ferroviarios, las incomodidades del sistema de pasaporte, la comida cara e insana de los buffets, la ignorancia general y la grosería en las relaciones, todo eso y muchas otras cosas, que sería demasiado largo enumerar, me concierne no menos que a cualquier pequeño burgués, conocido sólo en su callejón. ¿En qué pues se expresa lo exclusivo de mi posición? Admitamos que yo soy mil veces célebre, que soy un héroe del que se enorgullece mi patria; en todos los periódicos escriben boletines sobre mi enfermedad, por el correo me llegan ya los compasivos sobrescritos de los colegas, de los alumnos y del pú­blico, pero nada de eso me impide morir en una cama ajena, en la angustia, en una soledad absoluta... De eso, por supuesto, nadie es culpable, pero a mí, hombre pecador, no me gusta mi nom­bre popular. Me parece como que éste me engañó.
A eso de las diez me duermo y, a pesar del tic, duermo profun­damente y dormiría largo tiempo, si no me despertaran. Pasada la una, de pronto, resuena un golpe en la puerta.
-¿Quién es?
-Telegrama.
-Podrían mañana –me enojo, recibiendo el telegrama del mozo. –Ahora ya no me duermo otra vez.
-Culpable. Tiene la luz prendida, pensé que no dormía.
Desello el telegrama y miro ante todo la firma: de mi mujer. ¿Qué le hace falta?
"Ayer Gnekker se casó con Liza en secreto. Regresa."
Leo este telegrama y me asusto no por largo tiempo. Me asusta no la acción de Liza y de Gnek­ker, sino mi indiferencia, con la que recibo la noticia de su boda. Dicen que los filósofos y los sabios auténticos son indiferentes. No es verdad, la indiferencia es la parálisis del alma, la muerte prematura.
Me acuesto en la cama de nuevo y empiezo a inventar con qué ideas ocu­parme. ¿En qué pensar? Al parecer, ya todo está repensado y no hay nada tal, que sea capaz ahora de excitar mi pensamiento.
Cuando amanece estoy sentado en la cama, con las rodillas abrazadas y, sin nada que hacer, intento conocerme a mí mismo. "Conócete a ti mismo", hermoso y útil consejo, lástima sólo que los antiguos no adivinaron señalar el método, cómo valerse de ese consejo.
Cuando me venían antes las ganas de entender a alguien o a mí mismo, pues no le prestaba atención a las acciones, en las que todo es condicional, sino al deseo. Dime lo que quieres, y te diré quién eres.
Y ahora me examino: ¿qué quiero yo?
Yo quiero que nuestras mujeres, hijos, amigos y alumnos amen en nosotros no el nombre, no la firma y no la etiqueta, sino a las personas comunes. ¿Qué más? Quisiera tener ayudantes y herederos. ¿Qué más? Quisiera despertar dentro de unos cien años y, siquiera con un ojo, echar una mirada a lo que será de la ciencia. Quisiera vivir aún unos diez años… ¿Luego qué?
Y luego nada. Yo pienso, pienso largo tiempo, y no puedo aún inventar nada. Y cuanto no piense, y a donde no se dispersen mis ideas, para mí está claro que en mis deseos no hay algo principal, algo muy importante. En mi afición por la ciencia, en mi deseo de vivir, en este estar sentado en una cama ajena, y en la intención de conocerme a mí mismo, en todas las ideas, sensaciones y conceptos que yo me formo de todo, no hay algo general que vincule todo eso en un todo. Cada sensación y cada idea viven en mí aparte, y en todos mis juicios sobre la ciencia, el teatro, la literatura, los alumnos, y en todos los cuadros que pinta mi imaginación, incluso el analista más experto no hallará eso, que se llama una idea general o el Dios del hombre vivo.
Y si no hay eso, pues entonces no hay nada.
Ante esa pobreza fue suficiente una dolencia seria, el temor a la muerte, la influencia de las circunstancias y de las personas, para que todo eso, que yo antes consideraba mi concepción del mundo, y en lo que veía el sentido y el júbilo de mi vida, se pusiera patas arriba y volara en pedazos. Por eso no hay nada asombroso, en que ensombrecí los últimos meses de mi vida con ideas y sensaciones dignos de un esclavo y un bárbaro, en que ahora soy indiferente y no advierto el amanecer. Cuando en el hombre no hay eso, que es superior y más fuerte que todas las influencias exteriores, pues en verdad, le es suficiente un buen resfriado para perder el equilibrio, y empezar a ver en cada pájaro una lechuza, y oír en cada sonido un aullido de perro. Y todo su pe­simismo u optimismo, con sus ideas grandes y pe­queñas tienen, en ese momento, solamente el significado de un síntoma.
Estoy vencido. Si es así, pues no hay por qué continuar pensando aún, ni por qué conversar. Voy a estar sentado y esperar callado lo que venga.
Por la mañana el mozo me trae el té y un número del periódico loca­l. Leo maquinalmente los anuncios de la primera página, el edito­rial, los extractos de los periódicos y las revistas, la crónica... Entre tanto, en la crónica encuentro esta noticia: "Ayer, en el tren de correo, llegó a Járkov nuestro célebre científico, el eminente profesor Nikolai Stepáno­vich de Tal, y se alojó en el hotel tal".
Evidentemente, los nombres famosos son creados para vivir aparte, al margen de quien los lleva. Ahora mi nombre pasea impasible por Jár­kov; dentro de unos tres meses, grabado en letras doradas en el monumento sepulcral, va a brillar como el mismo sol, y eso al mismo tiempo que yo estaré ya cubierto de musgo...
Un golpe leve en la puerta. Alguien me necesita.
-¿Quién es? ¡Entre!
La puerta se abre y yo, asombrado, doy un paso atrás y me apre­suro a arrebujar los faldones de mi bata. Ante mí está Katia.
-Saludos –dice, respirando con dificultad por el andar por la escalera. -¿No me esperaba? Yo también… también vine aquí.
Se sienta, y continúa con tartamudeo y sin mirarme:
-¿Por qué pues no me saluda? Yo también vine... hoy... Me enteré, de que estaba en este hotel, y vine a verlo.
-Me alegro mucho de verte –respondo, encogiendo los hombros, -pero estoy asombrado... Como que caíste del cielo. ¿Para qué estás aquí?
-¿Yo? Así... simplemente, agarré y vine.
Silencio. De pronto, se levanta con ímpetu y viene hacia mí.
-¡Nikolai Stepánich! –dice palideciendo y apretándo­se las manos contra el pecho- ¡Nikolai Stepánich! ¡Yo no puedo vivir más así! ¡No puedo! ¡Por el Dios verda­dero, dígame pronto, en este instante: ¿qué puedo hacer? Dígame, ¿qué puedo hacer?
-¿Qué puedo decir pues? –me quedo perplejo. –Yo no puedo hacer nada.
-¡Hable pues, se lo suplico! -continúa sofocada y con todo el cuerpo temblando. -¡Le juro que no puedo vivir más así! ¡No tengo fuerza!
Cae en una silla y empieza a sollozar. Echa la cabeza hacia atrás, se retuerce las manos, patalea en el suelo, su sombrero se deslizó de su cabeza y cuelga de la liguita, el peinado se le deshizo.
-¡Ayúdeme! ¡Ayúdeme! -me suplica. -¡No puedo más!
Extrae de su cartera de camino un pañuelo y, junto con éste, saca unas cuantas cartas que, de sus rodillas, caen al suelo. Las recojo del suelo y, en una de éstas, reconozco la letra de Mijaíl Fiódorovich, y leo sin intención un pedacito de cierta palabra: "pasio... ".
-No puedo decirte nada, Katia -digo.
-¡Ayúdeme! –solloza, tomándome la mano y besándola. -¡Pues usted es mi padre, mi único amigo! ¡Pues usted es inteligente, instruido, vivió mucho! ¡Usted fue maestro! Hable pues, ¿qué puedo hacer?
-A conciencia, Katia: no lo sé...
Estoy extraviado, confundido, conmovido por los sollozos, y apenas me sostengo sobre los pies.
-Vamos a desayunar, Katia -le digo, sonriendo forzadamente. -¡Basta de llorar!
Y al mismo instante agrego con voz decaída:
-Pronto no voy a estar, Katia...
-¡Siquiera una palabra, siquiera una palabra! –llora, tendiendo los brazos hacia mí. -¿Qué puedo hacer?
-Una excéntrica, en verdad… -farfullo. -¡No entiendo! Tan inteligente, y de pronto, ¡ahí tienes!, se echó a llorar...
Sobreviene un silencio. Katia se arregla el peinado, se pone el sombrero, después estruja las cartas y las mete en la cartera, y todo eso callada y sin prisa. Su rostro, pecho y guantes están mojados de lágrimas, pero la expresión de su rostro es ya seca, severa... La miro, y me avergüenzo de que soy más dichoso que ella. La ausencia de eso, que los colegas-filósofos llaman idea general, yo la advertí en mí, solamente, poco antes de mi muerte, en el ocaso de mis días, y pues, el alma de esta pobrecita no conoció, ni va a conocer refugio en toda su vida, en toda su vida.
-Vamos a desayunar, Katia -digo.
-No, se lo agradezco -responde fríamente.
Aún pasa otro instante en silencio.
-No me gusta Járkov –digo. -Es muy gris pues. Es como una ciu­dad gris.
-Sí, es posible... No es bonita... Yo vine aquí por poco tiempo... De paso. Hoy mismo me voy.
-¿A dónde?
-A Crimea... o sea, al Cáucaso.
-Así. ¿Por mucho tiempo?
-No sé.
Katia se levanta y, sonriendo fríamente, sin mirarme, me tien­de la mano.
Quisiera preguntarle: "¿Entonces, no vas a estar en mi entierro?" Pero ella no me mira, su mano está fría, como ajena. Callado, la acompaño hasta las puertas... He aquí salió de mi número, va por el largo corredor, sin voltearse. Sabe que la miro por detrás y, proba­blemente, se volteará en la esquina.
No, no se volteó. El vestido negro pasó por última vez, se acallaron los pasos... ¡Adiós, mi tesoro!

1Nikolai Pirogóv, cirujano y anatomista, profesor de la Academia de medicina y cirugía de San Petersburgo.
2Konstantín Kaviélin, jurista, historiador y sociólogo, publicista y activista social de tendencia liberal. 
3Nikolai Nekrásov, poeta y dramaturgo, autor de Los buhoneros y La mujer rusa, entre otros poemas.
4“Mi cuello, como el de una heroína de Tur­guéniev, parece el mástil de un contrabajo", del Diario de un hombre superfluo, relato de Iván Turguéniev. 
5De qué cantaba la golondrina, novela de Friedrich Spielhagen, fundador del movimiento de la Joven Alemania, autor de novelas realistas.
6Paráfrasis de la frase: "Me amó por los peligros que había corrido, y yo la amé por la piedad que mostró por ellos", de Otelo (act. I, esc. 3), tragedia de William Shakespeare. 
7Historia morbi, historia de la mortalidad.
8Viencesláv Gruber, profesor de anatomía de la Academia de medicina y cirugía de San Petersburgo. 
9Alexánder Babújin, histólogo y fisiólogo, investigador de la formación de los órganos de los peces. 
10Mijaíl Skóbeliev, célebre general de infantería, comandante de una división en la guerra ruso-turca de 1877-1878. 
11Vasílii Peróv, pintor, profesor de la Escuela de pintura, escultura y arquitectura de Moscú.
12Adelina Petti, cantante italiana que realiza varias giras por Moscú. 
13Alusión a la frase de Hamlet: "¿Y qué es Hécuba para él, o él para Hécuba, que así tenga que llorar sus infortunios?" Hamlet, príncipe de Dinamaraca (act. II, esc. 2), tragedia de William Shakespeare.
14Y empezó a escribir el gobierno (expresión anticuada jocosa), aproximadamente, "se armó la de Dios es Cristo, la de San Quintín".
15Grosh, moneda rusa de 1/2 kópek. 
16Gríviennik, moneda rusa de diez kópeks. 
17Chátskii, personaje principal de La amargura del ingenio, pieza de Alexánder Griboyédov.
18Ufá, capital de Bashkíria, región situada en los Urales meridionales y llanuras adyacentes, de población turca.19Chansonnette, cancioncilla.
20Eso es de otra ópera; eso no es de esa ópera (expresión jocosa), aproximadamente, "eso es harina de otro costal". 
21Madère, madeira, vino de rico bouquet, originario de la isla portuguesa del mismo nombre.
22Schi, sopa de coles con carne.
23Votre excellence, vuestra excelencia.
24Patience, solitario.
25Su canción ya se cantó (expresión popular) aproximadamente, "tiene las horas contadas".
26"Con tristeza miro nuestra generación", primer verso de La cavilación, poema de Mijaíl Liérmontov.
27Alexánder Arakchéev, conde, general, favorito de Alexánder I, ministro del ejército. 
28Juego de palabras intraducible, traktír, taberna, al revés, rikcart, apellido Ricart.
29Ultima ratio, término que designa el papel que debe cumplir el Derecho Penal, ser la escala final en la solución del conflicto.
30"...y subiendo por el camino, salieron los muchachos de la ciudad, y se burlaban de él, diciendo: ¡Calvo, sube! ¡calvo, sube!" Libro segundo de los reyes (cap. 2, ver. 23), Biblia.
31Gaudeamus igitur, juvenestus, alegrémonos mientras somos jóvenes.
32Jean Jacques Pe­tit, se ignora de quien se trata.
33Nikita Krilóv, profesor de derecho romano de la Universidad de Moscú. 
34Reval, nombre alemán de Tálin, capital de Estonia. 
35"Al águila le ocurre descender más bajo que las gallinas/Pero las gallinas nunca se elevarán a las nubes"…, de El águila y las gallinas, fábula de Iván Krilóv.
36Bierdíchev, ciudad de judíos al norte de Ucrania, fundada en 1546.

Título original: Skuchnaya istoriya, publicado por primera vez en la revista Sieviernii viestnik, 1889, Nº 11, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: Ilya Repin, Portrait of Sergei Witte, 1903.