miércoles, 12 de marzo de 2008

En los números

-¡Escuche, querido! –se abalanzó sobre el dueño la inquilina amoratada y salpicona del número 47, la tenienta Nashatírina. -¡O me da otro número, o me voy a ir pues por completo de sus malditos números! ¡Esto es una guarida! ¡Tenga la bondad, mis hijas son adultas, y aquí día y noche sólo oyes ignominias! ¿A qué se parece esto? ¡Día y noche! ¡Otras veces dispara cada una, que simplemente te arden las orejas! ¡Como un cochero, simplemente! Bueno aún que mis pobres muchachas no entienden nada, sino habría que correr con ellas a la calle… ¡Él ahora dice algo! ¡Escuche!
-Yo, hermano mío, conozco un caso mejor aún, -llegaba un bajo ronco del número vecino. -¿Recuerdas al teniente Druzhkóv? Pues ese mismo Druzhkóv hacía una vez un k
lopstoss1 con la amarilla a la esquina, y como de costumbre, sabes, levantó alto la pierna… De pronto algo hizo: ¡trrras! Al principio pensamos que había roto el paño del billar, y cuando miramos, hermano mío, ¡tenía a los Estados Unidos por todas las costuras! Levantó tan alto la pierna, el bestia, que no quedó ni una costura… Ja-ja-ja. Y ahí, en ese momento, habían damas… entre tanto, la esposa del baba ese, del sub-teniente Okúrin… Okúrin se enfureció… ¿Cómo se atreve ése, dice, a portarse de forma indecente delante de mi esposa? Palabra por palabra… sabes, ¡los nuestros pues!.. Okúrin le envía los padrinos a Druzhkóv, y Druzhkóv no es estúpido y dice… ja-ja-ja… y dice: “Que no me los mande a mí, sino al sastre que me cosió este pantalón. ¡Él es el culpable pues!” Ja-ja-ja… ¡Ja-ja-ja!
Lilia y Mila, las hijas de la tenienta, que estaban sentadas junto a la ventana y apoyaban sus mejillas rollizas sobre los puños, bajaron sus ojos hinchados y se sonrojaron.
-¿Oyó ahora? –continuó Nashatírina dirigiéndose al dueño. -¿Y eso, para usted, no es nada? ¡Yo, muy señor mío, soy tenienta! ¡Mi marido es un jefe militar! ¡Yo no voy a permitir que algún cochero diga esas ignominias casi en mi presencia!
-Él no es cochero, señora, sino el capitán ayudante Kíkin… De los nobles.
-¡Si él se olvidó de su nobleza hasta tal grado que se expresa como un cochero, pues merece aún mayor desprecio! ¡En una palabra, no replique, sino dígnese a tomar medidas!
-¿Pero qué pues puedo hacer yo, señora? Usted no es la única que se queja, todos se quejan, ¿y qué pues voy a hacer con él? Vas a verlo al número y empiezas a pasar vergüenza: “¡Gannibál Ivánich! ¡Témale a Dios! ¡Es una vergüenza!”, y él con el puño en tu cara, y con palabras diversas: “muerde la siega”, y demás. ¡Un escándalo! Se despierta por la mañana, y dale a andar por el corredor, disculpe, en ropa interior. O si no agarra el revolver estando borracho, y dale a meter balas en la pared. Por el día se zampa el vino, por la noche juega a las cartas… Y después de las cartas la bronca… ¡Me da vergüenza con los inquilinos!
-¿Por qué pues, no desaloja al canalla?
-¿Y acaso te fumas a uno así? Se endeudó por tres meses, ya no le pedimos el dinero, sólo vete, ten la bondad… El juez de paz lo sentenció a desocupar el número, y él a la apelación, a la casación, y lo extiende así… ¡Es una pena, y sólo eso! ¡Señores, y qué hombre es! Joven, bonito, inteligente… Cuando no está bebido, no hace falta un hombre mejor. Hace poco no estaba borracho, y todo el día le escribió cartas a los padres.
-¡Pobres padres! –suspiró la tenienta.
-¡Es sabido, los pobres! ¿Acaso es agradable tener un holgazán así? Lo insultan, lo echan de los números, y no hay un día que no sea juzgado por escándalo. ¡Es una pena!
-¡Pobre mujer infeliz! –suspiró la tenienta.
-Él no está casado, señora. ¡Cómo va estarlo! Que la cabeza esté entera, y agradece a Dios por eso…
La tenienta se paseó de una esquina a la otra.
-¿No está casado, dice? –preguntó.
-De ningún modo, señora.
La tenienta se paseó de nuevo de una esquina a la otra y pensó un poco.
-¡Hum!.. No está casado… -profirió con reflexión. -¡Hum!..¡Lilia y Mila, no se sienten junto a la ventana, hay corriente! ¡Qué lástima! ¡Un hombre joven, y se descuidó así! ¿Y todo por qué? ¡No hay una buena influencia! No hay una madre que… ¿No está casado? Bueno, mire… así es… Por favor, sea tan bueno, -continuó la tenienta con suavidad, pensando, -vaya a verlo, y ruéguele en mi nombre que… se abstenga de las expresiones… Dígale: la tenienta Nashatírina me rogó… Vive con sus hijas, dígale, en el número 47… vino desde su hacienda…
-Obedezco.
-Así y dígale: la tenienta con sus hijas. Que venga a disculparse siquiera… Nosotras, después de almuerzo, siempre estamos en la casa ¡Ah, Mila, cierra la ventana!
-Bueno, ¿para qué, mamá, la agarró con ese… perdido? –criticó Lilia después de la salida del dueño. -¡Encontró a quien invitar! ¡A un borracho, un camorrista, un andrajoso!
-Ah, no hablen así, ma chere… Ustedes siempre hablan así, bueno y… ¡se sientan ahí! ¿Qué pues? Sea él como sea, con todo pues, no se le debe menospreciar… Todo mal es para bien de la persona. ¿Quién sabe? –suspiró la tenienta echando una mirada preocupada a sus hijas. –Puede ser, ahí está vuestro destino. Vístanse pues, por si acaso…

1Klopstoss, jugada de billar.

Título original: V nomeraj, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1885, Nº 20, con la firma: "A. Chejonté".
Imagen: John Singer Sargent, Mrs. Carl Meyer and her Children, 1896.