viernes, 18 de abril de 2008

Un preámbulo necesario


Una joven, recién casada pareja va de la iglesia a su casa.
-A ver pues, Vária –dice el esposo, -agárrame la barba y tira con todas tus fuerzas.
-¡Dios sabe lo que inventas!
-¡No, no, por favor! ¡Te lo ruego! Agarra y tira sin ninguna ceremonia...
-Basta, ¿para qué te hace falta eso?
-¡Vária, yo te lo ruego... exijo, finalmente! Si tú me amas, pues agárrame la barba y tira... ¡Aquí está mi barba, tira!
-¡Por nada! Causar dolor al hombre que amo más que a la vida... ¡no, nunca!
-¡Pero yo te lo ruego! –empieza a enojarse el esposo de nueva hornada. -¿Entiendes? ¡Yo te lo ruego… y exijo!
Finalmente, tras largas rupturas, la perpleja esposa mete sus manos pequeñas en la barba de su esposo, y tira de ésta en cuanto le alcanzan las fuerzas... El esposo incluso no se contrae...
-¡Imagínate, y a mí pues no me duele nada! –dice él. -¡Por Dios, no me duele! A ver pues espera, ahora yo a ti...
El esposo le agarra a su esposa unos cuantos cabellos de la cien, y hala fuerte. La esposa aúlla fuertemente.
-Ahora, mi amiga –le recomienda el esposo, –ves que yo soy muchas veces más fuerte y resistente que tú. Eso te hace falta saberlo en caso, por si alguna vez, en el futuro, te metes conmigo con los puños o me prometes arañarme los ojos... ¡En una palabra, esposa, témele a tu esposo1!

1Texto algo machista del joven Antón Chejov (N. del T.).

Título original: Neobjodimoe predislovie, publicado por primera vez en la revista Oskolkii, 1885, Nº 29, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: John Singer Sargent, Pater Harrison, 1905.

jueves, 17 de abril de 2008

Sobre junio y julio


En mayo y agosto las personas rusas andan en pellizas y los dientes les chasquean, por consiguiente, el verano ruso se compone sólo de junio y julio. Entre las tormentas veraniegas y las bonanzas, entre el torbellino de Zukki1 y Montbazon2 estos dos meses pasan con tanta rapidez, que ya es hora de considerarlos un mes, además de que ambos empiezan con ju, están en el calendario juntitos y ambos son sudoríferos… La unificación de dos meses en uno traería consigo una disminución de los gastos: la fecha 20 ocurriría una vez, y no dos veces. Junio recibió su nombre de la palabra junior, que significa joven, alumno de gimnasio, ya que en este mes los alumnos de gimnasio maduran y, aunque los maduros no dan frutos, de todas formas reciben certificado de madurez.
Entre los romanos junio estaba dedicado a Mercurio, un dios de segunda categoría que se dedicaba al comercio. Este Mercurio se consideraba el protector de los dueños de las cajas de crédito, los tahúres y los caballos bayos de los mercaderes. Prestaba dinero a los dioses con interés, bailaba la cuadrilla en los salones y se tomaba nueve samovares al día; tenía la medalla del servicio a las instituciones benéficas, a las que abastecía de leña de modo gratuito, acumulando en esto “rublo tras rublo”; amaba a Moscú, donde tenía una taberna, comía palomas en las barracas y editaba un periódico obsceno bien intencionado. En junio ocurrieron los hechos siguientes: se emitió una orden que prohibía vender gente viva en los bazares, y fue fundada una escuela de jurisprudencia para la cría de ayudantes de fiscales en Rusia… En este mismo mes, por testimonio de Ilováiskii, ocurrieron en París hechos sangrientos (probablemente, la disentería). Julio, por patrocinio de Marco Antonio, recibió su nombre de Julio César, un buen chico que atravesó el Rubicón y escribió De bello galico, una obra, en opinión de los maestros de lengua latina, digna de 12 lecciones por semana. Fue dedicada a su excelencia, el sr. director de la cancillería celestial, consejero civil activo y caballero, Júpiter. Siendo de procedencia divina, el sr. Júpiter, con todo, se dedicaba sólo a cuestiones humanas: jugaba al wint, se bebía la de la amargura y se paseaba por el lado de las fresitas. Los jóvenes clásicos no ignoran sus cortejos a la vaca Ío. El sol ingresa al signo de Leo en julio, en aras de lo que todos los caballeros de El León y el Sol tienen su santo en julio. Para los escritores julio es un mes infortunado. La muerte, con su lápiz rojo implacable, tachó en julio a seis poetas3 rusos y a un Pámva Berínda4. Entre nosotros, en Rusia, debido a los fuertes calores julianos, el príncipe Mieschérskii5 escribe apuntes que son leídos en las escenas de provincia por Andréev-Burlák6. Después de julio sigue el otoño. 

1Virginia Zukki, bailarina italiana que actúa en los teatros de Moscú y otras ciudades.
2Montbazon, actriz de opereta francesa de gira por Moscú en 1885. 
3Mijaíl Chejov señala en su carta: “Escritores muertos: 7) Bátiushkov, 8), Dierzhávin, 17) Tatíschev, 18) Liérmontov, 26) Merzliakóv, 31) Nóvikov”.
4Pamva Berínda, lexicógrafo ucraniano muerto en 1632. 
5Vladímir Mieschérskii (príncipe), escritor, publicista, editor de El ciudadano, periódico conservador.
6V.N. Andréev-Burlák, actor ruso que lee en la escena obras de los clásicos de la literatura rusa (Dostoiévskii, Gógol). Posible alusión a los Apuntes de un loco, de Nikolái Gógol, leídos por el actor.

Título original: Ob yunie i yulie, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1885, Nº 30, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: Vasiliy Polenov, Pond, 1879.

Para conocimiento de los zánganos


-Las abejas matan y expulsan a sus maridos y hermanos. Los zánganos intactos, delicados por naturaleza, son incapaces de trabajar; perezosos y parásitos, vuelan por el mundo y buscan un pedazo de pan gratuito. Al llegar a la colmena, encuentran más que una recepción fría: en la colmena los pinchan y expulsan. Tras posarse en una florecita, no saben cómo asumir el asunto, bueno, y pasan hambre. En invierno les toca helarse…
-¡Son estúpidos esos zánganos! –interrumpe al zoólogo un as. –Ellos no saben, que tienen una salida excelente para su horrible situación. ¿Sabe lo que yo haría si estuviera en su lugar?
-¿Qué?
-En su lugar, yo tomaría las flores en arriendo… No sé quién estaría más saciado entonces: las abejas o yo… ¡Probablemente, yo!

Título original: K sviedieniyu trutnei, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 13, con dibujo de V.I. Porfíriev y la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: Boris Kustodiev, Portrait of Prof. Pyotr Kapitsa and Prof. Nikolai Semyonov, 1921.

martes, 15 de abril de 2008

El demonio ingenuo (Cuento infantil)


En el bosque, a la orilla de un riachuelo que un junco alto cuida día y noche, estaba parado una hermosa mañana un demonio joven, simpático. Junto a él, en la hierba, estaba sentada una sirenita jovencita y tan bonita que, si yo supiera su dirección exacta, lo dejaría todo –la literatura, la esposa y las ciencias –y volaría a ella... La sirenita tenía el ceño fruncido y, enojada, tiraba de la hierba verde.
-Yo le ruego entenderme –decía el demonio, gagueando y parpadeando confundido. –Si usted me entendiera, pues no sería tan severa. Permítame explicarle todo desde el mismo principio... hace 20 años, en este mismo lugar, cuando le pedí la mano, usted me dijo que se casaría conmigo, sólo en caso de que yo no tuviera en la cara una expresión estúpida, y para eso me aconsejó dirigirme a la gente, y aprender de ésta razón y juicio. Yo, como sabe, la obedecí y me dirigí a la gente. Excelente... Al llegar a ésta, me informé ante todo de qué especialidades y oficios había. Un jurista me dijo, que la especialidad mejor y más inofensiva era acostarse en el diván, poner las piernas arriba y escupir al techo; ¡pero yo, demonio honrado, estúpido, no le creí! Ante todo, caí bajo la protección del jefe de correos. ¡Un cargo, ma chère, terrible! ¡Las cartas de los habitantes son tan aburridas, que simplemente te dan náuseas!
-¿Para qué pues las leía, si son aburridas?
-Así se acostumbra... Y además, no se puede sin eso... Las cartas son diversas... Uno firma “teniente fulano de tal”, y bajo ese teniente Lassalle hay que entender Spinoza o... Bueno... después entré a la protección del jefe de bomberos... ¡También un cargo terrible! A cada rato un incendio... Pasaba, que te sentabas a almorzar o a jugar al wint, un incendio. Te acostabas a dormir, un incendio. Y dígnate pues ahí a ir al incendio, si ya se sabe por la historia natural, que a los caballos públicos no se les puede alimentar con avena. Una vez mandé a alimentar a los caballos con avena, ¿y qué cree pues?; el inspector se asombró tanto, que a mí hasta me dio vergüenza... Lo dejé...
Hay en la tierra, ma chère, gente que vela por que el prójimo no tenga en la cabeza ni en los bolsillos nada de más. De jefe de bomberos a ese cargo, a la mano. Entré. Todo mi servicio, en las primeras instancias, estribaba en que yo recibía la “gratitud” de la gente... Al principio, eso me gustaba terriblemente... En nuestro siglo práctico, tales sensaciones como la gratitud, pueden no gustarle sólo a las piedras, y deben ser alentadas... Pero después me desilusioné por completo. La gente está terriblemente maleada... Agradece con cupones del año 1889, y hasta pone en circulación cupones falsos. Y además de eso, agradece, y ella misma, en los ojos, no expresa ninguna sensación agradable... ¡Trivial! De ese cargo a la pedagogía, a la mano. Entré a la pedagogía. Al principio tuve suerte, y hasta el director me estrechó la mano varias veces. Le gustaba terriblemente mi cara estúpida. ¡Pero ay! Una vez leí en El heraldo de Europa un artículo sobre el perjuicio de la deforestación1, y sentí que me remordía la conciencia. A mí antes, hablando con franqueza, me daba lástima utilizar nuestro querido, verde abedul para fines tan bajos como la pedagogía2.
Le expresé al director mi duda, y la expresión estúpida de mi cara fue calificada de falsa. Yo, ¡uf! Después entré con los doctores. Al principio tuve suerte. Las difterias, ¿sabe?, los tifus... Aunque no aumenté la tasa de mortalidad, de todas formas fui notable. En ascenso, me nombraron médico de la Casa cuna de Moscú. Aquí, además de las recetas y la visita a los pabellones, me exigían reverencias, inclinaciones, y el saber viajar en la trasera con dignidad... El doctor mayor, Solovióv3, ese mismo que en Odesa, en un congreso, se sentía en el empíreo, me exigía hasta que le hiciera ojitos. Cuando le dije que las reverencias y los ojitos no se enseñaban en la facultad de medicina, me consideraron un librepensador que no respeta el linaje...
Tras una fracasada doctoría, me dediqué al comercio. Abrí una panadería y empecé a hornear panes. ¡Pero, ma chère, en la tierra hay tantos insectos, que es simplemente un horror! Cualquier bollo que partía, en cada uno había una cucaracha o un renacuajo.
-¡Ah, basta de decir disparates! -exclamó la sirenita, perdiendo la paciencia. -¿Quién diablos le pidió a un imbécil como usted, entrar de jefe de bomberos y hornear panes? ¿Es posible que un cerdo como usted, no pudo encontrar en la tierra algo más inteligente y elevado? ¿Acaso la gente no tiene ciencias, literatura?
-Yo, sabe, quería entrar a la universidad, pero un recaudador de accisas me dijo que ahí son todo desórdenes... Fui y literato... ¡los diablos me arrastraron a esa literatura! Escribía bien, y hasta brindaba esperanza pero, ma chère, en las cárceles hace tanto frío y hay tantas chinches, que hasta en el recuerdo el aire huele a chinches. Con la literatura terminé... Morí en el hospital... El fondo literario me enterró por su cuenta. Los reporteros de diez rublos tomaron vodka en mis funerales. ¡Querida mía! ¡No me envíe a la gente de nuevo! ¡Le aseguro que no soportaré esa prueba!
-¡Esto es horrible! ¡Me da lástima usted, pero eche una mirada al río! ¡Su cara se hizo más estúpida que antes! ¡No, vaya de nuevo! ¡Dedíquese a las ciencias, a las artes... viaje, finalmente! ¿No quiere eso? ¡Bueno, váyase así, y siga ese consejo que le dio el jurista!
El demonio empezó a suplicar... ¡Y qué no dijo para librarse del viaje ingrato! Dijo que no tenía pasaporte, que estaba en observación, que ante el curso actual era penoso hacer cualquier viaje que fuera, pero nada lo ayudó... La sirenita se salió con la suya. Y el demonio está entre la gente de nuevo. Él ahora sirve, sirvió ya hasta consejero civil, pero la expresión de su cara no cambió nada: ésta, como antes, es estúpida.

1Artículo sobre la nueva ley de tala de bosques publicado en la revista El heraldo de Europa en 1882.
2Polémica sobre la autorización de los castigos corporales en las escuelas secundarias, reseñada por los periódicos de la capital.
3A.N. Solovióv, médico principal de la Casa de educación imperial de Moscú.

Título original: Naivnii lioshi, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1884, Nº 7, con la firma :“El hombre sin bazo”.
Imagen:
Michail Wrubel, Demonio, 1890.

lunes, 14 de abril de 2008

Caballeros sin miedo ni reproche

En la estación Razbéisia, en los locales del sr. jefe de estación, sesionaba una gran partida. Había ahí jefes de estación, jefes de sección, de almacenes, de depósitos y demás, retirados y no retirados, viejos y jóvenes. Entre las levitas de los uniformes ferroviarios se divisaban los colores de las modes et robes1 femeninas, se hallaban morritos infantiles... La partida tomaba té, jugaba a las cartas, tocaba música y se deleitaba con la plática. Hablaban de los casos ocurridos, casualmente, en una u otra línea. Fue contado mucho, no lo escribes todo. Un sr. Ukusílov habló dos horas... ¡Dígnense pues a escribir! Seré, como de costumbre, breve.
-¡Tres vagones se estrellaron! –terminó su discurso de dos horas el sr. Ukusílov. –Dos muertos, cinco heridos, y lo mejor de todo es que, del pícaro: no oficial, o sea... Je-je, nosotros... De un artel2 hubo seis heridos... Los llamo... “¡Hay!.. ¡Pero hay alguien! ¡Pero a alguien!.. ¡Di que te golpeaste!” A dos soldados se les dio de a tres, para el apaciguamiento: ¡cállate y no te extiendas! Precauciones se tomaron muchas, y entre tanto, no se arregló sin daño. Me espantaron del puesto, y me amenazaron con el juicio. Tú pues estabas dormido, me dijeron, y no entregaste los telegramas. El jefe de estación, resulta, que no puede dormir... Una gente sin vergüenza... Por unas tonterías, a un hombre de familia, lo privaron del puesto. En uno de los vagones, al jefe de circulación, de su hacienda, le llevaban unos cangrejos frescos, y en el alboroto los perdieron. El jefe soñaba con comer cangrejos a la bordelais esa noche. De educación tierna... Y si no fuera por esos malditos cangrejos, no me hubiera caído a mí en la estación el sumario, y no hubiera perdido el puesto...
-¿Usted ahora está sin puesto? –preguntó una papisa de la aldea vecina. (Ésta había venido a la estación a pedir “por relación”, para su mamásha, un viaje gratis a casa de su tía.)
-¡Cuál! A la semana yo ya servía en otra vía, aunque había ido a juicio.
-Y miren... un caso también –empezó el sr. Gartzunóv, sirviéndose vodka. –Ustedes, por supuesto, conocen a Iván Mijáilich, el que iba de conductor jefe. ¡Una bestia, les diré! Un hombre honrado, generoso, pero un canalla en su género, un andariego... O sea, no un canalla, sino más o menos... un genio en su género, un halcón... Llega él una vez a Árbol vivo con el tren... Con el de mercancías iba. A los de pasajeros no lo promovían, porque no podía ver a las mujeres tranquilo: le daba un desmayo. Viene con el tren... Y para ese entonces, en la plataforma, había unos treinta segadores. Tiempo laboral, ¿saben?, de verano...
“¿A dónde van, segadores? –les pregunta. –Vamos, les dice, los llevo en el tren de mercancías, hasta la próxima estación. Un gríviennik3 les cobro por persona, solamente...
-A éstos les viene a la mano, por supuesto, sólo eso les hace falta. Recibió Iván Mijáilich de cada uno un gríviennik, y los encerró a todos en el vagón de servicio. Partieron nuestros segadores... Con el entusiasmo empezaron a cantar una canción. ¡Una diver-sión! Para ese entonces, yo iba en el vagón, quería alcanzar al bautizo, donde Iliá pues, Petróvich... A su Óliechka bautizaban...
“-¿Para qué usted, le digo, Iván Mijáilich, los metió? ¡Pues en la estación está el inspector!
“-¿Pero esos?”
“-Ahora, a morirse...”
-Iván Mijáilich se quedó pensando... Es sabido, no quería confundirse. Eso no es nada pues, ¿saben?, todos llevan de gratis, y de todos es perfectamente sabido, pero como que es incómodo, ¿saben?.. Y además, los inspectores son distintos... Un diablo así te toca, que no te alegras de por vida... ¡Sucede! Por maldad denuncian más, o quieren destacarse ante la jefatura...
“-Al tren no lo paras –dice Iván Mijáilich, -y apearlos, diablos, hace falta... ¿Cómo hacer?”
-Y ahí aún nos topamos con un tren, con tres faroles en el vagón de servicio. Ellos, los conductores, tienen una señal así: si en el vagón de servicio hay tres faroles, supongamos, dos banderas o alguna otra cosa convenida, pues en la estación, entonces, está el inspector. Mis palabras se confirmaron. Iván Mijáilich pensó y la inventó. ¡Una diver-sión! Abrió la puerta del vagón, agarró a los señores segadores por el cuello, y a todo correr, ¡en marcha! ¡Salta! Saltaban los segadores... Je-je-je... Caían como gavillas.
“-¡Salta! –gritaba. -¡Salta adelante, y no te pasa nada! ¡Salta, tal, más cual! ¡Demonio, diablo!”
-Nosotros mirábamos y nos moríamos de risa... Todos saltaron. Uno solo se rompió la pierna, y los restantes, todos favorables. Así se perdieron sus grívienniks... Je-je-je... A la semana, de algún modo, se enteraron del escándalo, sacaron de algún lugar al segador con la pierna rota... Lo delató alguien, qué diablos... La maldad de la gente... Al segador le dieron cinco rublos, y a Iván Mijáilich fuera del puesto... Je-je...
-¿Y él está sin puesto ahora?
-A la ópera, oí, ingresa. Un barítono tiene, glorioso. Pasaba que iba en el tren, se emborrachaba, y dale a cantar. ¡Las fieras escuchaban, los pájaros lloraban! Un hombre talentoso, ni qué decir...

1Modes et robes, modas y ropas.
2Artél, cooperativa agrícola.
3Gríviennik (expresión familiar), antigua moneda rusa de 10 kópeks.

Título original: Ritzari biez straja i uprioka, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 14, con la firma: “A. Chejonté”.
Imagen: Aureliano de Beruete, Tren en la noche, 1891.

Un caso de la rutina judicial


El asunto iba en el juzgado del distrito N...skii, en una de sus últimas sesiones.
En el banquillo de los acusados estaba sentado un pequeño burgués de N...skii, Sídor Shelmiétzov, un chico de unos treinta años, con un rostro gitano, travieso, y unos ojos pícaros. Lo acusaban de robo con fractura, estafa y existencia bajo falsa identidad. El último ilícito se agravaba aún con usurpación de títulos no pertinentes. Acusaba el ayudante del fiscal. El nombre de ese ayudante es legión. Señas y cualidades peculiares, que dan popularidad y honorarios respetables, él de por sí, tener, no tiene: es parecido a su parecido. Habla con la nariz, no pronuncia la letra “k”, a cada instante se suena la nariz.
Defendía un muy conocido y popular abogado. A ese abogado lo conoce todo el mundo. Sus discursos magníficos se citan, su apellido se pronuncia con veneración...
En las novelas malas, que terminan con la absolución total del héroe y los aplausos del público, él juega no poco papel. En esas novelas su apellido proviene del trueno, el rayo y otros elementos no menos imponentes.
Cuando el ayudante del fiscal supo demostrar que Shelmiétzov era culpable y no merecía clemencia, cuando él dilucidó, convenció y dijo “he terminado”, se levantó el defensor. Todos pararon las orejas. Reinó el silencio. El abogado rompió a hablar y... ¡empezaron a alterarse los nervios del público de N...skii! Él estiró su cuello moreno, inclinó su cabeza al costado, los ojos le brillaron, levantó la mano, y una dulzura inexplicable se derramó en las orejas tensas. Su lengua tocaba los nervios como una balaláika... Después de sus primeras dos-tres frases, alguien del público ayeó ruidosamente, y cierta dama pálida fue sacada de la sala de audiencia. A los tres minutos, el presidente se vio obligado ya a extenderse hacia la campanilla y llamar tres veces. El ujier del juzgado, de nariz roja, se revolvió en su silla y se puso a echar miradas amenazantes al público aficionado. Todas las pupilas se ampliaron, los rostros palidecieron en la espera apasionante de las frases siguientes, se estiraron... ¡¿Y qué sucedía en los corazones?!
-¡Nosotros, gente, señores del jurado, vamos pues a juzgar como personas! –dijo entre tanto el defensor. –Antes de comparecer ante ustedes, este hombre sufrió una reclusión preliminar de seis meses. ¡Durante seis meses, la esposa fue privada de su esposo querido ardientemente, los ojos de los niños no se secaban por las lágrimas, por la idea de que junto a ellos no estaba su padre querido! ¡Oh, si ustedes vieran a esos niños! Ellos están hambrientos, porque no tienen quien los alimente, lloran, porque son profundamente infelices... ¡Pero miren pues! ¡Ellos extienden hacia ustedes sus manitos, rogándoles que les devuelvan a su padre! Ellos no están aquí, pero ustedes se los pueden imaginar. (Pausa.) En conclusión... Hum... Lo pusieron con ladrones y asesinos... ¡A él! (Pausa.) Sólo hay que imaginar sus suplicios morales en ese encierro, lejos de su esposa y de sus niños, para... ¡¿Pero qué decir?!
En el público se oyeron sollozos... Cierta muchacha, con un gran broche en el pecho, rompió a llorar. Tras ella empezó a gimotear su vecina, una viejecita.
El defensor hablaba y hablaba... Los hechos los obviaba, y recalcaba más la psicología.
-Conocer su alma significa conocer un mundo peculiar, aparte, lleno de movimiento. Yo estudié ese mundo... Al estudiarlo, confieso, estudié por primera vez al hombre. Entendí al hombre... Cada movimiento de su alma, habla de que yo tengo el honor de ver en mi cliente al hombre ideal...
El ujier del juzgado dejó de echar miradas amenazantes y buscó en el bolsillo el pañuelo. Fueron sacadas de la sala dos damas más. El presidente dejó en paz la campanilla y se puso los lentes, para que no advirtieran la lágrima que brotaba de su ojo derecho. Todos buscaron los pañuelos. El fiscal, esa piedra, ese hielo, el más insensible de los organismos, se revolvió inquieto en la butaca, se sonrojó y se puso a mirar debajo de la mesa... Las lágrimas brillaron a través de sus lentes.
“¡Tenía que haber rechazado la acusación! –pensó. -¡Pues soportar este fiasco! ¿Ah?”
-¡Vean sus ojos! –continuó el defensor (su barbilla temblaba, su voz temblaba, y por sus ojos miraba un alma sufrida). ¿Es posible que esos ojos mansos, tiernos, puedan ver un crimen con indiferencia? ¡Oh, no! ¡Esos, estos ojos lloran! ¡Bajo estos pómulos de calmuco se ocultan unos nervios finos! ¡Bajo este pecho grosero, deforme, late un corazón nada criminal! ¡¿Y ustedes, gente, se atreven a decir que él es culpable?!
Ahí no resistió el mismo acusado. Le llegó su hora de llorar. Parpadeó, rompió a llorar y empezó a moverse inquieto...
-¡Soy culpable! –rompió a hablar, interrumpiendo al defensor. -¡Soy culpable! ¡Confieso mi culpa! ¡Robé y armé una estafa! ¡Soy un hombre maldito! ¡Tomé el dinero del baúl, y mandé a mi cuñada a esconder la pelliza robada!.. ¡Me arrepiento! ¡Soy culpable de todo!
Y el acusado contó cómo fue el asunto. Lo condenaron.

Título original: Sluchai iz sudiebnoi praktiki, publicado por primera vez en la revista Zritiel, 1883, Nº 20, con la firma: “A. Chejonté”.
Imagen:
Constantin Korovin, Portrait of Italian Singer Angelo Masini, 1890.

domingo, 13 de abril de 2008

Placer veraniego


El funcionario de la cancillería de deslinde Chudakóv, y cierto Kosinúsov, nadaron en silencio hacia el baño de las mujeres y, tras escoger la rendija más ancha, empezaron a observar.
-Ésa seguro está aquí –murmuró Kosinúsov.
–Pero yo no la veo.
-Y yo la veo... En el rincón derecho, está sobre la sábana...
-Sí, sí... la veo... Qué diablos...
-¡Y está llena!
-No hallo... Más o menos, a la mitad... en la misma, lo que se llama, proporción. ¿Cómo podría llegar a ella, qué diablos?
-No vale la pena enredarse, hermano... ¡Que se vaya al diablo!
-Nadie lo va a saber... me zambullo, Mísha...
-Te vas a romper la cabeza con el fondo... No te zambullas...
-Yo me meto así, a través del baño, y así...
Kosinúsov puso un pie sobre el travesaño y se metió...
Los ojos de Chudakóv, que no se apartaban de la rendija, ardieron de envidia.
Pero aquí, para no aumentar la desilusión del lector, me apresuro a terminar: se trataba de una botella de licor que una hora antes, al bañarse, había extraviado la mamásha de Kosinúsov y que, al salir del baño, olvidó llevarse consigo. Moraleja: también los jóvenes pueden ser borrachos.

Título original: Dachnoe udovolstvie, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1884, Nº 24, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: Gustave Caillebotte, Bañistas, 1878.