sábado, 1 de diciembre de 2007

El libro de quejas1


Está éste, ese libro, en una oficina especialmente construida para él, en la estación ferroviaria. La llave de la oficina “la conserva el gendarme de estación”, pero en realidad no es necesaria ninguna llave, ya que la oficina siempre está abierta. Abran el libro y lean:

“¡Muy señor mío! ¿¡Prueba de pluma!?”
Abajo de esto está dibujada una jetota con una nariz larga y unos cuernitos. Bajo la jetota está escrito:
“Tú eres un cuadro, yo un retrato, tú eres un cerdo, y yo no. Yo, tu morro”.
“Acercándome a esta estación y mirando la naturaleza por la ventana, se me voló el sombrero. I. Yármonkin”.
“¿Quién escribió?, no sé, y yo, imbécil, leo”.
“Dejó un recuerdo el jefe del buró de pretensiones, Kolovróev”.
“Presento a la jefatura mi queja contra el conductor Kúchkin, por su grosería en relación con mi esposa. Mi esposa en absoluto no alborotaba sino, al contrario, intentaba que todo estuviera tranquilo. Y asimismo, a propósito del gendarme Kliátvin, quien me agarró groseramente por el hombro. Domicilio tengo en la posesión de Andréi Ivánovich Ischéev, que conoce mi conducta. El oficinista, Samolúchsheev”.
“¡Nikándrov es socialista!”
“Hallándome bajo la fresca impresión de una acción perturbadora... (tachado). Pasando por esta estación, fui perturbado hasta lo profundo del alma por lo siguiente... (tachado). Ante mis ojos sucedió el siguiente suceso perturbador, que dibuja con vivos colores nuestros regímenes ferroviarios... (más adelante todo está tachado, excepto la firma). Alumno del 7mo grado del gimnasio Kúrskii, Alexéi Zúdiev.
“En espera de la partida del tren observé la fisonomía del jefe de estación, y me quedé muy insatisfecho con ésta. Notifico de esto por línea. El veraneante no desanimado”.
“Yo sé quién escribió esto. Esto lo escribió M.D.”.
“¡Señores! ¡Tieltzóvskii es un tramposo!”.
“La gendarma fue ayer con el vendedor Kóstka tras el río. Le deseamos todo lo mejor. ¡No te desanimes gendarme!”
“Pasando por la estación y estando hambriento, pensando en qué se podría comer, no pude encontrar comida de cuaresma. El diácono, Dújov”.
“Zámpate lo que den”...
“Quien encuentre una cigarrera de piel, que la entregue en la caja, a Andréi Yegórich”.
“Ya que me corren del servicio, por que al parecer me emborracho, declaro que todos ustedes son unos estafadores y ladrones. El telegrafista, Kozmodemiánskii”.
“Adórnense de virtudes”.
“¡Kátinka, yo la amo locamente!”
“Ruego no escribir cosas extrañas en el libro de quejas. Por el jefe de estación, Ivánov 7mo”.
“Aunque eres el séptimo, eres un imbécil”.

1En su En memoria de A.P. Chejov, María Chejova refiere: “Yo recuerdo cómo él, con risa, contaba de ese libro que estaba en algún lugar, en una estación de la vía de Doniétz” (M., 1906).

Título original: Zhalobnaya kniga, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1884, Nº 10, con el subtítulo (Copia) y la firma: “A. Chejonté”.
Imagen: Claude Monet, Gare Saint Lazare: the Train from Normandy, 1877.

Consejos médicos


Para el resfriado sirve la infusión de “hierba bledo”, que se debe tomar en ayunas, los sábados.
El mareo puede quitarse de la forma siguiente: toma dos cuerditas y amarra la oreja derecha a una pared, y la izquierda a la otra, a la opuesta, debido a eso tu cabeza será privada de la posibilidad de marearse.
Al envenenado con arsénico intenta provocarle el vómito, para lograr eso sirve oler los víveres comprados en la hilera que guste.
Con tos fuerte y persistente intenta, unos tres-cuatro días, no toser en absoluto, y tu malestar desaparecerá por sí mismo.

Título original: Vrachebnie sovieti, publicado por primera vez en la revista Budilnik, 1885, Nº 39, con la firma: “El médico sin pacientes”.
Imagen: Mikhail Nesterov, Portrait of Sergey Yudin, 1935.

Anuncios equivocados1


Con los anuncios ofrecidos se produjo en las fiestas un pequeño escándalo que no tiene, por lo demás, especial importancia, y no está contemplado por el legislador: tras componerlos y recogerlos en las galeras, el cajista dejó caer todos los tipos al suelo. Las galeras se mezclaron y salió una papilla que no tiene, por lo demás, carácter delictivo. Esto es lo que se obtuvo tras la impresión:

Portero de tres pisos busca puesto de institutriz.
Las Flores y serpientes de L.I. Palmin2 informan con profundo pesar a familiares y conocidos sobre la defunción del esposo y padre de su paje, A.K. Pustokvásov.
El perro maltés de la fábrica Siu y cía se escapó con permiso de la dirección.
Garañón de pelaje moro, de carrera, especialista en afecciones femeninas y nerviosas, da lecciones de esgrima.
La sociedad naviera El aeroplano busca puesto de sirvienta.
La redacción de la revista El campo tiene para las puérperas habitaciones separadas. Discreción y comodidad. Los niños y los rangos bajos pagan la mitad. Se ruega no tocar con las manos.
La dirección del concurso sobre las causas de insolvencia del mercader Krichálov vende por inservible cáncer de estómago y caries.
En ocasión de mal tiempo el dentista Krachtier pone muelas. Misas de réquiem a diario.
¡Novedad! Estudiante de matemática con medalla de oro, hallándose en situación calamitosa, propone al honradísimo público ropa blanca y ajuar. Almuerzos y desayunos de variadísimo menú.
A partir del 1ro de febrero va a salir sin censura previa la comadrona Díldina. Cualquier imitación será castigada severamente por la ley.

1Los “anuncios equivocados”, género común en la prensa humorística de la Rusia zarista. Véase, por ejemplo:
“El año pasado, todos los cajistas de la tipografía de Las novedades de N-skii se emborracharon como cosacos en el santo del compaginador, y procedieron después a la composición de los “anuncios”. He aquí en qué estado salió de sus manos borrachas la última página del periódico (por supuesto, no puesto en venta):
A conocedores y aficionados se propone refugio para embarazadas…
Perro danés busca persona decente de edad madura que sepa lengua francesa a la perfección…
Se necesitan malteses con educación académica, no presentarse sin certificados personales (Archivero Moiséi Vietchiná)”, (La libélula, 1883, Nº 20, 15 de mayo).
O “Zorro azul que terminó curso de ciencias jurídicas desea recibir empanadas de carne y pescado calientes en remisión por vía férrea. Invitaciones especiales no habrá”, (Las novedades del día, 1883, Nº 170, 17 de diciembre).
2Las flores y las serpientes, antología poética de Liodor Palmin (Retazos, 1883)

Título original: Piereputannie obiavlenia, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1884, Nº 2, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: Victor Vasnetsov, News from the Front, 1878.

Chejov a A.S. Suvórin


Moscú, 9 de marzo de I89O.

En cuanto a Sajalín nos equivocamos los dos, pero usted probablemente más que yo. Yo voy seguro por completo, de que mi viaje no hará un aporte valioso ni a la literatura, ni a la ciencia: no alcanzarán para eso ni los conocimientos, ni el tiempo, ni las pretensiones. No tengo los planes de Humboldt1, ni incluso los de Kennan2. Quiero escribir siquiera unas 100-200 páginas, y pagarle un poquito con eso a mi medicina, ante la que, como le es sabido, soy un cerdo. Acaso, no sabré escribir nada, pero de todas formas el viaje no pierde para mí su aroma; leyendo, mirando a los lados y oyendo, averiguaré y aprenderé mucho. Yo aún no fui pero, gracias a esos libritos que leí ahora por necesidad, averigüé mucho de lo que debe conocer cualquiera bajo la pena de 40 latigazos, y que tuve la descortesía de no conocer antes. Además, supongo, el viaje -es un trabajo incesante por medio año, físico y mental, y para mí eso es necesario, ya que soy un jojól3, y ya empecé a tener pereza. Hay que domarse. Sea mi viaje una nadería, una terquedad, un capricho, pero piense un poco y dígame, ¿qué perderé si voy? ¿Tiempo? ¿Dinero? ¿Voy a experimentar privaciones? Mi tiempo no vale nada, dinero de todas formas nunca tengo, en lo que respecta a las privaciones, pues a caballo voy a ir unos 25-30 días, no más, y todo el tiempo restante lo pasaré sentado en la cubierta del barco o en la habitación, y lo voy a bombardear con cartas incesantemente. Sea que el viaje no me dará exactamente nada pero, ¿acaso, de todas formas, en todo el viaje no habrá unos 2-3 días, que voy a recordar toda la vida con éxtasis o con amargura? Y demás y demás. Así pues, muy señor mío. Todo esto es no convincente, pero es que y usted escribe tan no convincente. Por ejemplo, usted escribe que Sajalín no es necesario a nadie y no le interesa a nadie. ¿Cómo si eso fuera correcto? Sajalín puede no ser necesario ni interesar sólo a una sociedad, que no envía a ésta miles de hombres y no gasta en ésta millones. Después de Australia en el pasado y de Cayena, Sajalín -es el único lugar, donde se puede estudiar la colonización de los delincuentes; en ésta está interesada toda Europa, ¿y nosotros no lo necesitamos? No hace más de 25-30 años atrás, los mismos nuestros, los hombres rusos, al investigar Sajalín, realizaron unas hazañas asombrosas4, por las que se puede idolatrar al hombre; y eso no lo necesitamos, no sabemos, qué clase de hombres eran, y sólo estamos sentados entre cuatro paredes, y nos quejamos de que Dios creó mal al hombre. Sajalín -es un lugar de sufrimientos insoportables, para los que sólo suele ser apto el hombre libre y el no libre. Los que trabajan cerca o en éste, resolvieron tareas terribles, decisivas, y las resuelven ahora. Lamento que yo no soy un sentimental, pues si no, diría que a los lugares como Sajalín deberíamos ir por adoración, como los turcos van a la Meca; y los marineros y los carceleros deben contemplar Sajalín en particular, como los militares Sevastópol. Por los libros que leí y leo, se ve que pudrimos en las cárceles a millones de hombres, que los pudrimos en vano, sin deliberación, bárbaramente; empujamos a los hombres con grilletes bajo el frío, por decenas de miles de vérstas, los contagiamos de sífilis, los pervertimos, procreamos delincuentes, y todo eso se lo atribuimos a los celadores de narices rojas. Ahora toda la Europa ilustrada sabe que los culpables no son los celadores, sino nosotros todos, pero no estamos para ese asunto, eso no es interesante. Los célebres años sesenta no hicieron nada por los enfermos y los reclusos, violando de ese modo el mismo mandamiento principal de la civilización cristiana. En nuestro tiempo por los enfermos se hace algo, pero por los reclusos nada; el estudio de las cárceles no interesa en absoluto a nuestros juristas. No, le aseguro, Sajalín es necesario e interesante, y se debe lamentar sólo que voy yo allá, y no algún otro que entienda más del asunto, y esté más capacitado para despertar el interés de la sociedad. Yo, personalmente, voy por naderías.
En lo que respecta a mi carta sobre Pleschéev, pues le escribí a usted, que yo provocaba disgusto entre mis amigos jóvenes con mi ociosidad, y en mi justificación le escribí que, a despecho de mi ociosidad hice, de todas formas, más que mis amigos, que no hacen exactamente nada. Yo siquiera leí la Antología marina y estuve donde Gálkin, y ellos nada. Eso es todo, al parecer5.
Tenemos grandiosos desórdenes estudiantiles. Empezaron en la Academia Petróvskaya, donde la jefatura prohibió llevar señoritas a los apartamentos públicos, sospechando en las últimas no sólo prostitución, sino y política. De la Academia pasó a la universidad, donde ahora los estudiosos, rodeados por Héctores y Aquiles fuertemente apertrechados con caballos y picas, demandan lo siguiente:

1) Autonomía absoluta de las universidades.
2) Libertad de enseñanza absoluta.
3) Acceso libre a las universidades sin distinción de culto, nacionalidad, sexo y posición social.
4) Aceptación de los judíos en las universidades sin ningunas limitaciones y en igualdad de derecho con los restantes estudiantes.
5) Libertad de reunión y reconocimiento de las corporaciones estudiantiles.
6) Institución de un jurado universitario y estudiantil.
7) Eliminación de la función policíaca de las inspecciones.
8) Disminución de la cuota de estudio.

Esto lo he copiado de las proclamas con ciertas reducciones. Pienso que el fuego arde con más fuerza en la turba de judíos y de ese sexo, que ansía entrar a la universidad, estando preparado para ésta 5 veces peor que los hombres; y los hombres están preparados ruinmente, y estudian en la universidad, con raras excepciones, vilmente.
Le envié a usted: Krashenínnikov6, Jvostóv7 y Davídov8, el Archivo ruso (79. III) y la Lectura en la sociedad de arqueología (75. 1 y 2).
De Jvostóv y Davídov dígnese a enviarme la parte siguiente, si la tiene; y del Archivo ruso necesito no el III tomo, sino el V, de 1879. Los libros restantes se los enviaré mañana o pasado mañana.
A Gay9 lo compadezco con toda el alma, pero en vano se mata así. La sífilis se cura ahora a la perfección y es curable, -eso sin dudas.
Con los libros10 mándeme mi vodevil La boda11. Nada más. Venga a ver la pieza de Máslov12.
Que esté saludable y próspero. En su vejez yo creo tan gustosamente como en la cuarta dimensión. En primer lugar, usted aún no es un viejo, piensa y trabaja por diez, y su modo de pensar lejos no es senil; en segundo, enfermedades, excepto la migraña, no tiene ninguna, y eso yo estoy dispuesto a jurarlo; y en tercero, la vejez es mala sólo en los viejos malos y pesada en los pesados, y usted es un hombre bueno y no pesado. Y en cuarto, la diferencia entre la juventud y la vejez es bastante relativa y condicional. Y tras esto permita, por estimación a su persona, lanzarme a un abismo profundo y romperme la cabeza.

Suyo, A. Chejov.

Una vez le escribí sobre Ostróvskii. Estuvo en casa de nuevo. ¿Qué decirle?
¡Vaya a Feodósia! El tiempo está maravilloso.

1Alejandro Humboldt, por invitación del gobierno zarista, arriba a Siberia en 1829 para investigar la geología y la geografía de la región.
2George Kennan, periodista norteamericano, visita en 1886 las cárceles siberianas y conversa con los deportados políticos. Posteriormente, describe la situación de éstos en unas crónicas publicadas en Estados Unidos (The Century Illustrated Monthly Magazine, 1888) y prohibidas en Rusia, que llegan a San Petersburgo por vía ilegal.
3Jojól (expresión familiar, anticuada, jocosa), ucraniano.
4Chejov lee sobre éstas en el libro Las hazañas de los oficiales marinos rusos en el extremo Oriente de Rusia. 1849-1855 (SPb., 1878), del almirante Guennádii Nievielskói, donde se describen las expediciones de N.V. Bousse, N.K. Bóshniak y otros.
5En San Petersburgo, Chejov trabaja asimismo con intención de prepararse para el viaje. El 17 de febrero de 1890 escribe a Alexéi Suvórin: “Pleschéev me escribió que todos mis amigos y conocidos petersburgueses están enojados conmigo porque yo, al parecer, me escondía de ellos”.
6Stepán Krashenínnikov (1711-1755), científico, académico de la Academia de ciencias de Petersburgo, explorador de la península de Kamchátka, en el Océano Pacífico.
7Nikolai Jvostóv (1776-1809), oficial marino.
8Gavriíl Davídov (1784-1809), viajero, teniente de la flota imperial.
9Bogdán Gay (de apellido Gayman), jefe de la sección extranjera del periódico Tiempo nuevo, de Alexéi Suvórin.
10Por estos días Chejov pide prestado libros a Alexéi Suvórin con vistas al viaje a Sajalín.
11Chejov entrega el manuscrito del vodevil La boda a Alexánder Yúzhin y éste, casualmente, lo pone dentro de un libro que devuelve a Alexéi Suvórin.
12El seductor sevillano, pieza de Alexéi Máslov (“Biézhetskii”) estrenada en el Teatro Máli de Moscú el 9 de abril de 1890.

Imagen: Isaac Levitan, March, 1895.

Chejov a N.M. Lintvarióva


Moscú, 5 de marzo de 1890.

Trósha1, con esta le informo que yo timé cruelmente a la familia de los Lintvarióv. El asunto está he aquí en qué. Una vez en verano, Alexándra Vasílievna2 me encargó publicar en Tiempo nuevo un anuncio sobre el molino. Considerando 60 kóp. por línea, yo le cobré a Alexándra Vasílievna por diez líneas seis rublos. En estos días recibí de la oficina de Tiempo nuevo una cuenta, donde figura que por el anuncio me cobraron sólo 1 rub. 80 kóp. No sé con qué explicar esa baratura. Debe ser, una rebaja a mí como colaborador. Así, significa, estimada Trósha, que yo engañé a su familia, exactamente, por 4 r. 20 k., los cuales ruego considerar una deuda de mi parte.
¿Cómo anda usted? La condesa Lida3 me decía que usted aún tose. Eso no es bueno. ¿Debe ser, que usted y el doctor4, hasta ahora, se bañan aún en el Psiól?
En lo que respecta a mí, pues también toso, pero estoy vivo y al parecer saludable. Este verano donde ustedes no estaré, ya que en abril me voy por necesidad personal a la isla Sajalín, de donde regresaré en diciembre. Allá voy a través de Siberia (11 mil vérstas), y de ahí por mar. Mísha5, al parecer, le escribió como que alguien me envía allá en comisión, pero eso es una sandez. Yo mismo me envío en comisión, por cuenta propia6. En Sajalín hay muchos osos y prófugos, así que en caso, si me almuerzan las señoras fieras o me acuchilla algún mendigo, ruego no guardarme rencor.
Por supuesto, si alcanzaré y sabré escribir sobre Sajalín eso que quiero, le enviaré el libro al instante de su salida a la luz; éste será aburrido, especial, estará compuesto sólo de cifras, pero permítame contar con su indulgencia: al leerlo, usted va a contener el bostezo...
A los estimados doctores Elena Mijáilovna y Zinaída Mijáilovna7, el saludo más de corazón. A Alexándra Vasílievna la reverencio hasta el suelo.
Que esté saludable y próspera.

Devoto de alma, A. Chejov.

1“Trósha”, apodo de Natalia Lintvarióva.
2Alexándra Lintvarióva, terrateniente, dueña de la hacienda El recodo, madre de los Lintvarióv.
3“Lida”, ¿Lidia Mijáilova, maestra moscovita, conocida de los Chejov?
4Zinaída Lintvarióva, médico, hermana de Natalia Lintvarióva.
5Mísha, diminutivo de Mijaíl Chejov, hermano del escritor.
6En su Del pasado lejano, María Chejova advierte: “Antón Pávlovich fue a Sajalín por su cuenta y riesgo. Materialmente, nadie lo subsidió; él sólo le pidió prestado a Suvórin mil rublos que, como escribió, se disponía a ‘ganarse’ mandando al periódico desde el camino crónicas sobre Siberia” (cap. VII, pag. 91).
7Elena Lintvarióva y Zinaída Lintvarióva, médicos, hermanas de Natalia Lintvarióva.

Imagen: Alexey Savrasov, The Sukharev Tower, 1872.

Chejov a V.A. Tíjonov


Moscú, 3 de marzo de 1890.

Gentil Vladímir Alexéevich, usted debe venir con seguridad en Semana santa a Moscú ya que, en 1ro, debe estar en la Comisión1 en la que ambos participamos y, en 2do, yo necesito disculparme con usted, porque no alcancé a visitarlo en Petersburgo. El culpable de todo no soy yo sino Sajalín, que me sacó de quicio por completo, y me quitó todo el tiempo de que antes podía disponer a mi voluntad. Nos veremos-hablaremos, y por ahora permítame desearle todo lo muy bueno. No se enoje, Sardou2 ruso, y no olvide que a veces las circunstancias comandan y dominan al hombre, y no él a éstas.
A principios de abril me marcho de Rusia y voy a viajar hasta diciembre.
Que esté saludable.

Suyo, A. Chejov.

¿Cómo está su estómago? ¿Los nervios? ¿Las piezas?

1Comisión de revisión de los estatutos de la Sociedad de escritores dramáticos y compositores de ópera rusos.
2Victoriano Sardou, dramaturgo francés, autor de comedias costumbristas como Los solterones y Madame Sans-Géne, entre otras.

Imagen: Denis Sholokhov, Día sereno.

De las memorias de un idealista


El diez de mayo tomé una licencia por 28 días, le pedí a nuestro tesorero cien rublos de adelanto y decidí, fuera como fuera, “vivir un poco”, vivir un poco con toda el alma, de modo que después, en el transcurso de diez años, vivir sólo de los recuerdos.
¿Y sabe usted qué significa “vivir un poco” en el mejor sentido de esas palabras? Eso no significa dirigirse a un teatro veraniego, a la opereta, comerse la cena y regresar bebido a la casa en la mañana. Eso no significa dirigirse a una exposición, y de ahí a las carreras, y sacudir allí el monedero alrededor del totalizador. Si usted quiere vivir un poco, pues siéntese en el vagón y diríjase ahí, donde el aire está impregnado de la fragancia de la lila y el cerezo, donde, acariciando su vista con su tierna blancura y el brillo del rocío diamantino, florecen a porfía los muguetes y las violetas. Allí, en la extensión, bajo la bóveda azul, a la vista del bosque verde y los riachuelos arrulladores, en compañía de los pájaros y los escarabajos verdes, ¡usted entenderá qué es la vida! Añada a eso dos-tres encuentros con un sombrero de ala ancha, unos ojos rápidos y un delantal blanco... Confieso que yo soñaba con todo eso cuando, con la licencia en el bolsillo, colmado de las dádivas del tesorero, me trasladaba a la casa de campo.
La casa de campo se la alquilé, por consejo de un amigo, a Sofía Pávlovna Kníguina, que arrendaba en su casa una habitación sobrante con mesa, muebles y demás comodidades. El alquiler de la casa se efectuó más rápido de lo que podía pensar. Tras llegar a Piriérva y buscar la casa de Kníguina yo entré, recuerdo, a una terraza y... me confundí. La terracita era acogedora, graciosa y adorable, pero aún más graciosa y (permítanme expresarme así) más acogedora era la joven, rolliza damita, que estaba sentada a la mesa en la terraza y tomaba té. Ésta entornó sus ojos hacia mí.
-¿Qué se le ofrece?
-Disculpe, por favor... –empecé. –Yo... yo, probablemente, no ahí fui a dar... Yo necesito la casa de campo de Kníguina...
-Yo soy Kníguina... ¿Qué se le ofrece?
Me perdí... Por las dueñas de apartamentos y casas de campo, yo estoy acostumbrado a sobrentender unas señoras maduras, reumáticas, olorosas a borra de café, pero ahí... “¡ángeles y ministros de piedad, amparadnos!” –como dijo Hamlet1, estaba sentada una maravillosa, suntuosa, asombrosa, encantadora señora. Yo, tartamudeando, expliqué lo que necesitaba.
-¡Ah, mucho gusto! ¡Siéntese, por favor! Su amigo me escribió ya. ¿No quiere acaso té? ¿Para usted, con ciruela o con limón?
Hay una raza de mujeres (con mayor frecuencia rubias) con las que es suficiente sentarse dos-tres minutos, para que usted se sienta como en casa, como si fueran viejos conocidos. Así era exactamente Sofía Pávlovna. Bebiendo el primer vaso, yo ya sabía que ella no estaba casada, que vivía de los por cientos del capital, y que esperaba en su casa la visita de una tía, yo sabía las razones que motivaron a Sofía Pávlovna a dar una habitación en alquiler. En primer lugar, pagar ciento veinte rublos por una casa de campo para una sola era penoso y, en segundo, como que espantaba: ¡de pronto un ladrón se mete de noche o entra de día un mujík temible! Y no había nada censurable, si en la habitación de la esquina vivía alguna dama solitaria o un hombre.
-¡Pero un hombre es mejor! –suspiró la dueña, lamiendo la confitura de la cucharita. –Con el hombre son menos ajetreos y no da tanto miedo...
En una palabra, en apenas alguna hora, Sofía Pávlovna y yo ya éramos amigos.
-¡Ah sí! –recordé, despidiéndome de ella. –Hablamos de todo, y de lo principal ni una palabra. ¿Cuánto pues usted me va a cobrar? Yo voy a vivir en su casa sólo veintiocho días... El almuerzo, por supuesto... té y demás.
-¡Bueno, encontró de qué hablar! Cuánto pueda, tanto y déme... Yo pues, no por cálculo arriendo la habitación, sino así... para que haya gente... ¿veinticinco rublos, puede darme?
Yo, por supuesto, convine, y mi vida veraniega empezó... Esa vida es interesante en que el día se parece al día y la noche a la noche, ¡y cuánto encanto hay en esa uniformidad, qué días, qué noches! ¡Lector, yo estoy exaltado, permítame abrazarlo! Por la mañana me despertaba y, sin pensar ni un poco en el servicio, tomaba té con ciruelas. A las once iba a donde la dueña, a darle los buenos días, y tomaba donde ella café con ciruelas grasosas, cocidas. Desde el café hasta el almuerzo charlábamos. A las dos el almuerzo, ¡pero qué clase de almuerzo! Imagine que usted, hambriento como un perro, se sienta a la mesa, toma una copita grande de vodka de grosella y pica cecina caliente con rábano. Después, imagine gazpacho o schi2 verde con crema agria, y demás y demás. Después de almuerzo un acostarse sosegado, lectura de novela y sobresalto a cada instante, ya que la dueña, a cada rato, pasa fugazmente cerca de la puerta y “¡acuéstese! ¡acuéstese!”... Después el baño. Por la tarde, hasta la noche profunda, paseo con Sofía Pávlovna... Imagine que a la hora del atardecer, cuando todo duerme, excepto los ruiseñores y las garzas que gritan rara vez, cuando un vientecito que respira débilmente le trae casi-casi el ruido de un tren lejano, usted pasea en el boscaje o por el terraplén de la vía férrea con una rubiecita rolliza, que se encoge coquetamente por la frialdad nocturna, y a cada rato voltea hacia usted una carita pálida de luna... ¡Terriblemente bien!
No pasó ni una semana, cuando sucedió eso que ya hace tiempo espera de mí, lector, y sin lo cual no se las arregla ningún cuento decente... Yo no me sostuve en pie... Mi declaración, Sofía Pávlovna la escuchó con indiferencia, casi fríamente, como si ya hacía tiempo la esperara, sólo hizo una mueca graciosa con los labios, como queriendo decir:
-¡Y de qué hablar tanto ahí, no entiendo!

28 días pasaron fugazmente, como un segundo. Cuando se terminó el plazo de mi licencia yo, añorante, insatisfecho, me despedía de la casa de campo y de Sonia. La dueña, cuando yo hacía la maleta, estaba sentada en el diván y se enjugaba los ojos. Yo mismo, casi no llorando, la consolaba, prometiendo venir a verla a la casa de campo en las fiestas, y estar en su casa en invierno, en Moscú.
-Ah... ¿y cuándo nosotros, alma mía, vamos a sacar cuentas contigo? -recordé. -¿Cuánto se te debe?
-Alguna vez después... –profirió mi “objeto”, sollozando.
-¿Para qué después? Amistad con amistad, y el dinerito por separado, dice el refrán, y además, yo no deseo en absoluto vivir a cuenta tuya. No hagas melindres pues, Sonia... ¿Cuánto a ti?
-Ahí... unas tonterías pues... –profirió la dueña, sollozando y halando de la mesa una gavetita. –Podrías y pagar después...
Sonia hurgó en la gavetita, sacó de ahí un papelito y me lo dio.
-¿Esto es la cuenta? –pregunté. –Bueno, pues y excelente... y excelente... (me puse los lentes), ajustamos cuentas y bien... (recorrí la cuenta). La suma... Espera, ¿y esto qué es? La suma... ¡Pero esto no es, Sonia! Aquí “la suma es doscientos doce rublos cuarenta y cuatro kópeks”. ¡Esta no es mi cuenta!
-¡Es la tuya, Caramillo! ¡Tú échale una ojeada!
-Pero... ¿de dónde pues tanto? Por la casa de campo y la mesa veinticinco rublos, de acuerdo... Por el sirviente tres rublos, bueno, deja, y con eso estoy de acuerdo...
-Yo no entiendo, Caramillo, -dijo alargadamente la dueña, echándome una mirada asombrada, con ojos llorosos. -¿Es posible que tú no me creas? ¡Cuenta en ese caso! Vodkita de grosella tomaste... ¡no podía yo pues servirte en el almuerzo vodka por el mismo precio! Las ciruelas para el té y el café... después la fresa, los pepinos, los cerezos... En cuanto al café también... Pues tú no acordaste tomarlo, ¡y lo tomabas cada día! Por lo demás, todo esto son tales tonterías que yo, dígnate, te puedo quitar doce rublos. Que queden sólo doscientos.
-Pero... ahí está puesto setenta y cinco rublos, y no está señalado por qué... ¿Por qué esto?
-¿Cómo por qué? ¡Pues esto es gracioso!
Yo la miré a la carita. Esta lucía tan sincera, clara y asombrada, que mi lengua ya no pudo articular ni una palabra. Le di a Sonia cien rublos y un endoso por lo mismo, me eché la maleta sobre los hombros y me fui a la estación.
¿No tiene acaso alguien, señores, cien rublos que me preste3?

1“¡Ángeles y ministros de piedad, amparadnos!”, de Hamlet (acto I, escena 4), tragedia de William Shakespeare.
2Schi, sopa de legumbres con carne.
3¿Cuál deuda secreta cobra Sofía Pávlovna al personaje?

Título original: Iz vospominanii idealista, publicado por primera vez en la revista Budilnik, 1885, Nº 26, con la firma: “El hermano de mi hermano”.
Imagen: Boris Kustodiev, A Merchant Wife at Tea, 1920.