miércoles, 4 de junio de 2008

El liberal (Cuento navideño)


Una escena hermosa y emotiva constituía la humanidad el primer día del año nuevo. Todos se alegraban, solazaban, se felicitaban los unos a los otros. El aire se inundaba de los deseos más sinceros y cordiales. Todos estaban dichosos y satisfechos…
Sólo el secretario de gobierno Ponimáev estaba insatisfecho. El mediodía del año nuevo, estaba parado en una de las calles capitalinas, y protestaba. Abrazando con la mano derecha el poste de un farol, y espantando con la izquierda se desconoce qué, farfullaba cosas imperdonables y estipuladas… Junto a él estaba parada su esposa, y lo halaba por la manga. Su rostro estaba lloroso y expresaba pesar.
-¡Ídolo tú mío! -decía ella. -¡Castigo tú mío! ¡Tus ojos son impúdicos, desconsiderado! ¡Ve, te digo! ¡Ve, antes que pase el tiempo, y firma! ¡Ve, borracho malcarado!
-¡De ningún modo! ¡Yo soy un hombre instruido, y no deseo someterme a la ignorancia! ¡Ve tú y firma si quieres, y a mí déjame!.. No deseo estar en la esclavitud. 
-¡Ve! ¡Si no firmas, pues será una desgracia para ti! Te van a echar, canalla mío, ¿y entonces yo, significa, me voy a morir de hambre? ¡Ve, perro! 
-Está bien… Me perderé… ¿Por la verdad? ¡Pues siquiera ahora! 
Ponimáev levantó el brazo para espantar a su esposa, y describió un semicírculo en el aire… Un inspector de policía que caminaba cerca, con un capote nuevo, se detuvo por un segundo y, dirigiéndose a Ponimáev, dijo: 
-¡Avergüéncese! ¡Compórtese, siga el ejemplo de los demás! 
A Ponimáev le dio vergüenza. Avergonzado, empezó a parpadear, y retiró la mano del poste del farol con brusquedad. Su esposa aprovechó ese momento, y lo haló por la manga a lo largo de la calle, evitando con esmero todo de lo que él pudiera agarrarse. Unos diez minutos después, no más, terminó de halar a su esposo hasta la entrada de su jefe.
-¡Bueno ve, Aliósha! –le dijo con ternura, llevando a su esposo al portal. –¡Ve Alióshechka! Firma solamente, y vete de nuevo. Y yo por eso te voy a comprar cognac para el té. No te voy a regañar cuando estés bebido… ¡No me hundas a mí, a una huérfana! 
-Aah… hum… ¿Ésta es, por lo tanto, su casa? ¡Excelente! ¡Muy bien! ¡Vamos a firmar, qué diablos! ¡Así vamos a firmar, que lo va a recordar por largo tiempo! ¡Se lo voy a escribir todo en ese papel! ¡Le voy a escribir qué opinión tengo yo! ¡Deja que me eche entonces! ¡Y si me echa, pues tú eres la culpable! ¡Tú! 
Ponimáev se tambaleó, empelló la puerta con el hombro y, ruidosamente, penetró por la entrada. Allí, junto a la puerta, estaba parado el portero Yegór, con una fisonomía recién afeitada, navideña. Junto a la mesita con la hoja de papel estaban parados Viezúviev y Chernosvínskii, los colegas de Ponimáev. El alto y flaco Viezúviev firmaba, y Chernosvínskii, un hombre pequeño, picado de viruelas, esperaba su turno. Ambos tenían escrito en los rostros: “¡Por el año nuevo, por la nueva dicha!” Se veía que firmaban no sólo física, sino también moralmente. Al verlos, Ponimáev sonrió con desprecio e, indignado, se arrebujó con la pelliza. 
-¡Por supuesto! –rompió a hablar. -¡Por supuesto! ¿Cómo no felicitar a su excelencia primero? ¡No se puede no felicitar! ¡Ja, ja! ¡Hay que expresar sus sentimientos esclavos! 
Viezúviev y Chernosvínskii, asombrados, le echaron una mirada. ¡Desde su nacimiento no habían oído tales palabras! 
-¿Acaso esto no es una ignorancia, algo lacayuno! –continuó Ponimáev. -¡Déjalo, no firmes! ¡Expresa una protesta! 
Golpeó la hoja con el puño y movió la firma de Viezúviev.
-¡Te rebelas, su eminencia! –dijo Yegór, saltando hacia la mesa y alzando la hoja por encima de su cabeza. –Por esto, su eminencia, a su prójimo… ¿sabes cómo? 
En ese momento la puerta se abrió, y penetró por la entrada un hombre alto, maduro, con una pelliza de oso y un tricornio dorado. Era el jefe de Ponimáev, Vieleliéptov. Después de su entrada, Yegór, Viezúviev y Chernosvínskii tragaron por un arshín y se estiraron. Ponimáev se estiró también, pero sonrió con malicia y torció un bigote. 
-¡Ah! –dijo Vieleliéptov al ver a los funcionarios. -¿Ustedes… están aquí? M-sí… los amigos… Se entiende… -(por lo visto, su excelencia estaba un poco bebido). Se entiende… Y a ustedes asimismo… Gracias, por que no se olvidaron… Gracias… M-sí… Es agradable ver… Les deseo… ¿Y tú, Ponimáev, ya murmuraste bastante? Eso no es nada, no te confundas… Bebe, y el asunto entiende… Beban y diviértanse… 
-¡Todo cereal es para bien del hombre, su excelencia! –se arriesgó a insertar Viezúviev. 
-Bueno sí, se entiende… ¿Cómo tú dijiste? ¿Cuál cereal? Bueno, vayan a gusto… con Dios… O no… ¿Ustedes estuvieron ya donde Nikíta Projórich? ¿No estuvieron aún? Excelente. Yo les voy a dar unos libros… llévenselos a él… Él me dio a leer El peregrino por dos años… Así pues, hay que llevárselo… Vamos, yo se los voy a dar… ¡Quítense las pellizas! 
Los funcionarios se quitaron las pellizas y fueron tras Vieleliéptov. Primero entraron al recibidor, y después a una gran sala decorada de modo lujoso, donde, tras una mesa redonda, estaba sentada la misma generala. A ambos lados suyos estaban sentadas dos damas jóvenes, una con guantes blancos, la otra con negros. Vieleliéptov dejó en la sala a los funcionarios y fue a su gabinete. Los funcionarios se confundieron.
Unos diez minutos estuvieron parados callados, sin moverse y sin saber dónde meter las manos. Las damas hablaban en francés y, a cada rato, alzaban sus ojos hacia ellos... ¡Una tortura! Finalmente, Vieleliéptov salió del gabinete, llevando en ambas manos un gran atado de libros.

-Aquí tienen, -dijo. –Dénselos a él y agradézcanle… Es El peregrino. Yo lo leía a veces por las tardes… Y a ustedes… gracias, por que no se olvidaron… vinieron a honrar… ¿A mis funcionarios observan? –se dirigió Vieleliéptov a las damas. –Je, je… Miren, miren… Este es Viezúviev, este Chernosvínskii… y este es mi Ponimáev. Entro yo una vez a la de guardia, y él, este Ponimáev, imitaba ahí una máquina. ¿Cómo es? ¡Psh!, ¡psh!, ¡psh! Silvaba así, pateaba… Le salía así, natural … M-sí… ¡A ver pues, expresa! Imita pues para nosotros. 
Las damas fijaron sus ojos en Ponimáev y empezaron a sonreírse. Él empezó a toser.
-No sé… Me olvidé, su excelencia… -musitó. –No puedo y no deseo. 
-¿No deseas? –se asombró Vieleliéptov. -¿Ah? Lástima… Lástima que no puedes complacer a un viejo… Adiós… Ofende… Anda… 
Viezúviev y Chernosvínskii empujaron a Ponimáev por el costado. Y él mismo se asustó de su rechazo. Sus ojos se nublaron… Los guantes negros se mezclaron con los blancos, los rostros se combaron, los muebles saltaron, y el mismo Vieleliéptov se convirtió en un gran dedo indicador. Tras estar parado y musitar algo, Ponimáev se apretó El peregrino contra el pecho y salió a la calle. Allí vio a su esposa pálida, trémula de frío y horror. Viezúviev y Chernosvínskii ya estaban parados a su lado y, gesticulando con las manos fuertemente, le decían algo horrible en las dos orejas al mismo tiempo. “¿Qué va a pasar ahora?”, se leía en sus figuras y movimientos. Ponimáev, tras echar una ojeada sin esperanza a su esposa, caminó con los libros despacio tras sus amigos. 
Al regresar a su casa no almorzó ni no tomó té… Por la noche lo despertó una pesadilla. 
Se levantó y echó una mirada a la oscuridad. Los guantes negros y blancos, las patillas de Vieleliéptov, todo eso empezó a bailar ante sus ojos, a girar, y recordó lo sucedido. 
-¡Soy un cerdo, un cerdo! –rezongó. -¡Protesta burro si quieres, pero no te atrevas a no respetar a los mayores! ¿Qué te costaba imitar la máquina? 
Más no pudo dormirse. Toda la noche, hasta la misma mañana, lo torturaron el remordimiento de conciencia, el tedio y el sollozo de su esposa. Al echar una mirada al espejo por la mañana, se vio no a sí mismo, sino la fisonomía de alguien, pálida, extenuada, triste…
-¡No voy a ir al servicio! –decidió. -Todo es lo mismo… ¡Es sólo el final! 
Todo el segundo día del año nuevo lo dedicó a caminar de una esquina a la otra.Caminaba, suspiraba y pensaba: 
-¿Con quién pues conseguir un revolver? En vez de vivir así, es mejor ya… en verdad… Una bala en la frente, y fin… 
Al tercer día corrió del tedio hacia el servicio.
“¡Algo va a pasar!” –pensaban los funcionarios, echándole miradas tras los tinteros. 
Lo mismo pensaba Ponimáev. 
-¿Qué pues? –susurró a Viezúviev. -¡Que me eche! A él mismo le será infame, si yo me levanto la mano. 
A las 11 llegó Vieleliéptov. Al pasar por el lado de Ponimáev y echar una ojeada a su rostro pálido, fuertemente adelgazado, asustado, se detuvo, movió la cabeza y dijo:
-¡Y buena tú la agarraste entonces, hermano! Hasta ahora la jeta no entró en sus marcos. Hay que ser más moderado, amigo… No está bien… ¿Por largo tiempo acaso perder la salud? 
Y, tras darle unas palmadas a Ponimáev por el hombro, Vieleliéptov siguió adelante. 
“¿Sólo eso?” –pensaron todos los presentes. 
Ponimáev se echó a reír de placer. Incluso pió como un pájaro, ¡así le era de agradable! Pero su rostro pronto cambió… Frunció el ceño y mostró los dientes en una sonrisa de desprecio.
-¡Suerte tuya, que yo entonces estaba bebido! –rezongó en voz alta tras Vieleliéptov. –Suerte tuya, si no pues… ¿Recuerdas, Viezúviev, cómo lo aniquilé? 
Al llegar del servicio a su casa, Ponimáev almorzó con gran apetito.

Título original: Liberal, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1884, Nº 1, con la firma: “A. Chejonté.”
Imagen:
Claude Monet, Boulevard des Capucines, 1873.

martes, 3 de junio de 2008

Chejov a M.V. Kiselióva


Moscú, 17 de febrero de 1889.

Estoy furioso como un áspide, al que le pisó la cola un espíritu impuro. Yo no tengo derecho a moverme del lugar. Las gentiles damas de El Heraldo del norte, en lugar de enviarme la corrección de Ivánov1 el pasado domingo, me la envían por pedazos durante toda la semana del carnaval. Ya que el número de marzo debe imprimirse no más tarde del 20 de febrero, pues me “suplican no retener la corrección”. Envié una carta injuriosa, pero por eso no me es más fácil. Así, en todo el invierno, gracias a las muy gentiles piezas, no estuve ni una vez en Bábkino. Agradezco humildemente.
¡La mejor escritora infantil! ¡No se aficione con la lisonja del bizco Voinajóvskii2 y las alabanzas de los cocineros de Orlóv3, abandone la literatura! Ser literato significa no conocer el sosiego, no comer buñuelos, esperar eternamente el honorario y no tener nunca un grosh4 en el bolsillo. ¡En verdad, un camino espinoso!
Mi Ivánov continúa teniendo un éxito colosal, fenomenal. En Peter hay ahora dos héroes del día: la Frine de Siemirádskii desnuda5, y yo vestido. Ambos hacemos ruido. ¡Pero con todo eso, cómo me aburro y con qué gusto volaría al querido Bábkino!
Al Señor Comebuñuelos6, la hermosa Vasilísa7 y el amabilísimo Kotaféi Kotaféich8 mi profunda reverencia y deseo de excelente apetito.
A Elizaveta Alexándrovna9, si aún no se olvidó de mí, también una reverencia.
Que esté saludable, contenta y rica.
Dígale a Tíshechka10 con su gorrito y su honguito, que a Bábkino voy a ir siempre ahora no a través de Voskresiénsk, sino a través de Dujónino. No deseo poner mi vida en peligro. Morir por el disparo de un revolver de un arshín11, no es del todo agradable, especialmente en la flor de los años.
Suyo de alma,

A. Chejov.

1Chejov acepta publicar Ivánov en la revista El Heraldo del norte, sólo después de su gran éxito en el teatro Alexandrínski, de San Petersburgo.
2Konstantín Voinajóvskii, director del Gimnasio Nº 1 de Moscú, donde estudia Serguéi Kiselióv, hijo de María Kiselióva.
3¿Iván Orlóv, médico, director de un hospital rural, conocido de Chejov?
4Grosh, antigua moneda rusa de ½ kópek.
5El cuadro del pintor Henric Siemirádskii, Frine en la fiesta de Poseidón en Eléusis, se expone en ese momento en la Academia de artes de San Petersburgo.
6Alexéi Kiselióv, esposo de María Kiselióva, dueño de la hacienda Bábkino.
7Alexándra Kiselióva ("Vasilísa") hija de María Kiselióva.
8Serguéi Kiselióv, hijo de María Kiselióva.
9Elizavéta Alexándrovna, institutriz de María Kiselióva.
10“Tíshechka”, diminutivo de E.I. Tíshko, viejecito oficial que vive en casa de la familia Kiselióv; lleva puesto siempre un gorrito para taparse las cicatrices de las heridas.
11Arshín, medida rusa antigua, igual 0, 71 m.

Imagen:
Henryk Siemiradzki, Phryne at the Festival of Poseidon in Eleusin, 1889.


lunes, 2 de junio de 2008

En el vagón


El tren de correo número tal, corre a todo trapo desde la estación Vesiólii Traj hasta la estación Spasáisia. La locomotora silba, chirría, jadea, resopla... Los vagones tiemblan y, con sus ruedas no engrasadas, aúllan como lobos y gritan como lechuzas. En el cielo, la tierra y los vagones: la tiniebla. “¡Algo-va-a-pasar!, ¡algo-va-a-pasar!”, golpetean los vagones trémulos de edad avanzada... “¡Ojojo-jojo-o-o!”, respalda la locomotora... Por los vagones, junto a los amantes de los bolsillos, pasean las corrientes de aire. Da miedo... Yo asomo mi cabeza por la ventana, y miro sin objetivo la lejanía infinita. Todas las luces son verdes: el escándalo, se debe suponer, no será pronto aún. El disco y las luces de la estación no se ven... La tiniebla, la angustia, la idea de la muerte, los recuerdos de la infancia… ¡Dios mío!
-¡Pecador! –susurro. -¡Oh, qué pecador!
Alguien busca en mi bolsillo trasero. En mi bolsillo no hay nada, pero de todas formas es horrible... Me volteo. Ante mí un desconocido. Lleva un sombrero de pajilla y una blusa gris oscuro.
-¿Qué se le ofrece? –le pregunto, tanteando mis bolsillos.
-¡Nada! ¡Miro por la ventana! –responde, retirando la mano con brusquedad y tocando mi espalda.
Se oye un silbido afónico, estridente... El tren empieza a ir más lento y, finalmente, se detiene. Salgo del vagón y voy al buffet a beber, para darme valor. En el buffet se amontona el público y la brigada del tren.
-Hum… ¡Vodka, y no es amargo! –dice el respetable conductor, dirigiéndose a un señor gordo. El señor gordo quiere decir algo y no puede: se le atragantó en la boca de la garganta un bocadito avejentado.
-¡Gendarme! ¡Gendarme! –grita alguien en la plataforma con la voz con que gritaban, en los tiempos de Maricastaña, antes del diluvio, los mastodontes, los ictiosaurios y los plesiosaurios hambrientos... Voy a echar una mirada, ¿de qué se trata?.. Junto a uno de los vagones de primera clase, está parado un señor con una cucarda, y le señala sus pies al público. Al infeliz, mientras estaba dormido, le sacaron las botas y las medias...
-¿En qué voy a ir ahora pues? –grita. -¡Yo tengo que ir hasta Rivélia! ¡Ustedes deben mirar!
Ante él está parado el gendarme, y le asegura que “aquí no se puede gritar”... Voy a mi vagón Nº 224. En mi vagón es lo mismo: la tiniebla, el resoplido, los olores a tabaco y a fusel, huele a espíritu ruso. Junto a mí resopla un detective judicial pelirrojo, que va de Riazán a Kíev... A dos-tres pasos del detective dormita una muchacha bonita... Un campesino con sombrero de pajilla jadea, resopla, se voltea hacia todos lados, y no sabe dónde poner sus piernas largas. Alguien en un rincón come y masculla a oídos de todos. Abajo de los bancos, el pueblo duerme el sueño de los héroes. Una puerta chirría. Entran dos viejecitas arrugadas con morrales a la espalda...
-¡Nos sentamos aquí, madre mía! –dice una. -¡Qué oscuridad pues! Una tentación, y solamente... Por poco piso a alguien... ¿Y dónde está Pajóm?
-¿Pajóm? ¡Ah, padrecitos! ¿Dónde está él pues? ¡Ah padrecitos!
La viejecita se revuelve, abre la ventana y escudriña la plataforma.
-¡Pajóm! –temblequea. -¿Dónde estás? ¡Pajóm! ¡Estamos aquí!
-¡Tengo una desgracia! –grita una voz tras la ventana. -¡No me dejan entrar a la máquina!
-¿No te dejan? ¿Quién no te deja? ¡Escupe1! ¡Nadie puede no dejarte, si tienes un boleto verdadero!
-¡Ya no venden boletos! ¡Cerraron la caja!
Por la plataforma alguien lleva un caballo. Trote y bufido.
-¡Ve atrás! –grita el gendarme. -¿A dónde te metes? ¿Por qué armas escándalo?
-¡Petróvna! –gime Pajóm.
Petróvna se despoja del hatillo, agarra con sus manos una gran tetera de hojalata, y sale corriendo del vagón. Toca la segunda llamada. Entra un conductor pequeño, de bigotitos negros.
-¡Si comprara el boleto! –se dirige a un anciano, sentado frente a mí. -¡El inspector está aquí!
-¿Sí? Hum… Eso no es bueno… ¿Cuál?.. ¿El príncipe?
-Bueno… Al príncipe, aquí, no lo traes ni a palos…
-¿Entonces, quién es pues? ¿De barba?
-Sí, de barba…
-Bueno, si es ése, pues no es nada. Es un buen hombre.
-Como quiera.
-¿Y van muchas liebres2?
-Unas cuarenta almas.
-¿Pero? ¡Bravos! ¡Ay de los comerciantes!
El corazón se me encoge. Yo también voy de liebre. Siempre voy de liebre. En las vías férreas llaman liebres, a los sres. pasajeros que dificultan el cambio de dinero no de los cajeros, sino de los conductores. ¡Es bueno ir de liebre, lector! A las liebres les corresponde una tarifa no publicada aún en ningún lugar, un 75% de descuento, no tienen que amontonarse alrededor de la caja, sacar el boleto del bolsillo a cada instante, los conductores son más amables con ellos y… ¡todo lo que quieran, en una palabra!
-¡¿Que yo pague alguna vez algo?! –farfulla el anciano. -¡Pues nunca! Yo le pago al conductor. ¡El conductor tiene menos dinero que Poliakóv3!
Tintinea la tercera llamada.
-¡Ah, mátushkas! –se preocupa una viejecita. -¿Dónde está Petróvna pues? ¡Pues ya es la tercera llamada! Un castigo de Dios… ¡Se quedó! Se quedó, la pobre… Y sus cosas están aquí… ¿Qué hacer pues con las cosas, con la bolsa? ¡Mis carnales, pues ella se quedó!
La viejecita se queda pensativa por un instante.
-¡Deja que se quede con sus cosas! –dice, y arroja la bolsa de Petróvna por la ventana.
Vamos hacia la estación Caldeado, y en la guía es Fosa común. Entran el inspector y el conductor con una vela.
-¡Sus boletos! –grita el conductor.
-¡Su boleto! –se dirige el inspector a mí y al anciano.
Nos ovillamos, encogemos, escondemos las manos y clavamos los ojos en el rostro vivificante del conductor.
-¡Reciba! –le dice el inspector a su guía, y se aparta. Estamos salvados.
-¡Su boleto! ¡Tú! ¡Su boleto! –empuja el conductor a un tipo dormido. El tipo se despierta y extrae de su gorro un boleto amarillo.
-¿A dónde vas pues? –dice el inspector, volteando el boleto entre sus dedos. -¡Tú no vas allá!
-¡Tú, alcornoque, no vas allá! –dice el conductor. -¡No tomaste ese tren, cabeza! ¡Te hace falta a Árbol vivo, y nosotros vamos a Caldeado! ¡Toma! ¡Y nunca hace falta ser un imbécil!
El tipo parpadea con esfuerzo, mira de modo estúpido al público sonriente y empieza a frotarse los ojos con la manga.
-¡No llores! –le aconseja el público. -¡Tú mejor ruégale! ¡Un imbécil tan grandote, y llora! Seguro estás casado, tienes hijos.
-¡Su boleto!.. –se dirige el conductor a un segador con cilindro.
-¿Sí?
-¡Su boleto! ¡Voltéate!
-¿El boleto? ¿Acaso hace falta?
-¡El boleto!
-Entendemos… ¿Por qué no dárselo, si hace falta? ¡Se lo damos! –el segador con cilindro se busca en su seno y, a una velocidad de dos viershóks4 y medio por hora, saca de ahí un papel mugriento y se lo entrega al conductor.
-¿A quién le das? ¡Esto es el pasaporte! ¡Tú dame el boleto!
-¡No tengo otro boleto! –dice el segador, visiblemente alarmado.
-¿Cómo pues viajas, cuando no tienes boleto?
-Pero yo pagué.
-¿A quién le pagaste? ¿Por qué mientes?
-Al conductor.
-¿A quién?
-¡Y el diablo sabe a quién! Al conductor, eso es todo… No compres el boleto, me dice, te vamos a llevar así… Bueno, y no lo compré…
-¡Pues tú y yo vamos a hablar en la estación! ¡Mesdame, su boleto!
La puerta chirría, se abre y, para nuestro asombro general, entra Petróvna.
-A la fuerza encontré el vagón, madre mía… ¿Quién los entiende?, todos son iguales… Y a Pajóm pues, no lo dejaron entrar, áspides… ¿Dónde está mi bolsa?
-Hum… Una tentación… ¡Te la tiré por la ventana! ¡Pensaba que te habías quedado!
-¿A dónde la tiraste?
-Por la ventana… ¿Quién te conocía pues5?
-Gracias… ¿Quién te mandó? ¡Pero qué bruja, perdona Señor! ¿Qué hacer ahora? La tuya no la tiraste, bellaca… ¡Mejor hubieras tirado tu morro! Aaah… ¡que se te salgan!
-¡Va haber que telegrafiar desde la próxima estación! –aconseja el público riéndose.
Petróvna empieza a vociferar y maldice de modo sacrílego. Su amiga aguanta su bolsa y llora asimismo. Entra el conductor.
-¿De quién son estas cosas? –grita, llevando en sus manos las cosas de Petróvna.
-¡Bonita! –me susurra un anciano vis-a-vis, señalando con la cabeza a la bonita. –Hum-m-m… bonita… ¡Qué diablo, no hay cloroformo! ¡Le daría a oler un poco, y bésala a todo trapo! ¡Bueno que todos están dormidos!..
El sombrero de pajilla se voltea y se enoja, a oídas de todos, con sus piernas desobedientes.
-Científicos… -farfulla. –Científicos… ¡Seguro no irás, contra la esencia de las cosas y los objetos!.. Científicos… hum… ¡Seguro no hacen así, que se pueda desatornillar y atornillar las piernas a voluntad!
-Yo ahí no tengo que ver… ¡Pregúntele al ayudante del fiscal! –delira mi vecino detective.
En un rincón lejano, dos alumnos de gimnasio, un oficial y un joven de lentes azules, a la luz de cuatro cigarrillos, juegan a las cartas...
A mi derecha está sentada una señora alta, de la raza de las “se entiende por sí mismo”. Apesta a polvos y a suciedad.
-¡Ah, qué encanto este camino! –le susurra al oído cierto ganso, le susurra de modo empalagoso, hasta lo repulsivo, articulando de modo afrancesado las letras e, n y s. -¡En ningún lugar se da un acercamiento tan rápido y agradable, como en el camino! ¡Te amo, camino!
Un beso… otro… ¡El diablo sabe qué! La bonita se despierta, recorre con los ojos el público y, de modo inconsciente, pone su cabeza en el hombro del vecino, un sacerdote de Temis6… ¡y el imbécil duerme!
El tren se detiene. El apeadero.
-El tren se detiene por dos minutos… -farfulla un bajo afónico, cascado, fuera del vagón. Pasan dos minutos, pasan dos más… Pasan cinco, diez, veinte, y el tren aún está parado. ¿Qué diablo es esto? Salgo del vagón y me dirijo a la locomotora.
-¡Iván Matvéich! ¿Tú pronto pues, finalmente? ¡Diablo! –grita el conductor hacia abajo de la locomotora.
De abajo de la locomotora, el maquinista sale arrastrándose bocabajo, rojo, mojado, con un trozo de hollín en la nariz...
-¿Tú tienes Dios, o no? –se dirige al conductor. -¿Tú eres hombre, o no? ¿Por qué me empujas? ¿No ves, o qué? Aah… ¡que se les salga a todos!... ¿Acaso esto es una locomotora? ¡Esto no es una locomotora, sino un trapo! ¡No puedo llevar en ésta!
-¿Qué hacer pues?
-¡Haz lo que quieras! ¡Dame otra, en está no voy a ir! Pero ponte en la situación…
Los ayudantes del maquinista corren alrededor de la locomotora incorregible, golpetean, gritan... El jefe de estación, con una visera roja, está parado al lado, y le cuenta a su ayudante chistes de la muy alegre vida hebrea... Llueve... Me dirijo al vagón... Por mi lado corre el desconocido con el sombrero de pajilla y la blusa gris oscuro... En sus manos una maleta. Esa maleta es la mía… ¡Dios mío!

1Escupir (vulgarismo), desdeñar, despreciar.
2Ir de liebre (expresión familiar), viajar de polizón.
3Samuíl Poliakóv, banquero, magnate ferroviario, constructor de las vías férreas Járkovsko-Azóvskii, Kúrsko-Járkovskii y Fastóvbskii.
4Viershók, medida rusa antigua, igual a 4, 4 cm.
5¡Quién te conoce! (expresión popular), ¡quién sabe!
6Temis, diosa griega de la justicia, se representa con una espada en una mano y una balanza en la otra.

Título original: V vagone, publicado por primera vez en la revista Zritel, 1881, Nº 9, con la firma “Antósha Ch.”.
Imagen: Terence Cuneo, Out of the night, XX.

domingo, 1 de junio de 2008

Chejov a M.V. Kiselióva


Moscú, 25 de marzo de 1888.

Ante todo, muy estimada María Vladímirovna, la felicito por la llegada del onomástico. ¡Que Dios la guarde por muchos años! Le deseo vivir 87 años más, y observar 87 veces más la llegada de los estorninos y las alondras, de los que usted está ahora enamorada.
Leí su carta a Mísha1 y, en respuesta a su deseo de tener la galera de mi Estepa, le envío la promesa de obsequiarle en un no lejano futuro mi nuevo libro, en el que estará incluida esa Estepa2.
Hace unos días regresé de Peter3. Me bañé allí de gloria y olí incienso. Viví en casa de Suvórin, estoy habituado a su familia, y en primavera voy a verlo a Crimea. Con los derechos de un gran escritor, en Peter, todo el tiempo, monté en landó y tomé champagne. En general, me sentía un bribón.
En casa de Sisóija4 no estuve, pero en cambio estuve 3 veces, e incluso almorcé en casa de la redactora de El Heraldo del norte, Yevréinova5, una vieja doncella muy gentil e inteligente, que tiene el grado de “doctor en derecho”, y de perfil parece un estornino frito. En general, en Peter hay tantas damas y doncellas inteligentes, que yo estaba muy contento con la ausencia a mi lado de su ojo observador. Hoy estuvo en casa el redactor de El manantial, Almedinguen6, oficial del estado mayor general, sobrino de su melosa Sisóija. Estará en casa mañana también. Hablé con él de usted. Él la elogia y yo digo: “hum...”
Se publica la segunda edición de En el crepúsculo.
Por la primera ya recibí dinero. A principios de este año trabajé y malgasté mil quinientos rublos. El dinero se evapora, como los diablos con el incienso...
Reverencie al señor7, a Vasilísa y a Kokliúsh8, y a Elizavéta Alexándrovna9 deséele ganar 200 mil. Dispárele a Ekaterína Vasílievna10 y a Golojvástov11.
¿Cuándo el señor estará en Moscú? Hace tiempo ya que no lo hemos visto. ¡Ah, con qué gusto yo viviría este tiempo en Bábkino! ¡A toda costa quisiera la primavera! En Peter me hizo un tiempo maravilloso.
Que esté saludable y adinerada.
Hoy curé a la nana de la condesa Keller, y tuve el honor de platicar con su excelencia. Recibí tres rublos.
A mí en Peter, por algo, me apodaron Potiómkin12, aunque yo no tengo ninguna Ekaterína. Evidentemente, me consideran el favorito de las musas.
Se trabaja mal. Quisiera enamorarme, o casarme, o volar en globo.
Todos los nuestros están saludables y se disponen al sur.
Adiós. Devoto de alma y sin hipocresía respetuoso

A. Chejov.

Al señor le voy a escribir en particular. Que me perdone por el silencio.

1Mijaíl Chejov ("El Bohemio", "Michael"), jurista, hermano del escritor.
2Cuentos, Antón Chejov (SPb., 1888).
3“Peter”, forma familiar y cariñosa en que los rusos llaman a San Petersburgo.
4Ekaterina Sisóyeva (Almedingen de nacimiento, Sisóija), escritora infantil, traductora, editora de la revista El manantial.
5Anna Yevréinova, redactora-editora de la revista El Heraldo del norte.
6Alexéi Almedingen, literato, co-editor y co-redactor de la revista El manantial.
7Alexéi Kiselióv, esposo de María Kiselióva, dueño de la hacienda Bábkino.
8Alexándra Kiselióva ("Vasilísa"), Serguei Kiselióv ("Kokliúsh"), hijos de María Kiselióva.
9Elizavéta Alexándrovna, institutriz de María Kiselióva.
10Ekaterína Vasílievna,
11Pavel Golojvástov, literato, juez de paz en el distrito de Zvienígorod, gobierno de Moscú.
12I.L. Leóntiev-Scheglóv llama a Chejov “Potiómkin”, en alusión a G.A. Potiómkin, mariscal de campo, favorito y ayudante de la emperatriz Ekaterína II.

Imagen:
Louis Apol, Paisaje de invierno, XIX.

Chejov a M.V. Kiselióva


Moscú, 5 de abril de 1888.

¡Muy estimada María Vladímirovna!
Hoy estuvo en casa el editor de El Heraldo ruso, Berg1. Yo le pregunté si había visto, acaso, el relato de la sra. Kiselióva. Él dijo que no lo había visto, y que de la sra. Kiselióva oía sólo por primera vez en su vida (¡ah, qué escritora tan impopular!). Él me preguntó: ¿es talentosa acaso la sra. Kiselióva? Yo respondí:
-Hum... ¿Cómo decirle? Es posible...
Él dijo: la voy a tener en cuenta.
Así, su relato él no lo vio y no lo leyó, por lo que la felicito (no sin escarnio). Usted está castigada por desacato reiterado; en lo que respecta a mí, pues no cesaré en lo adelante, en cada ocasión oportuna, de decir: hum...
En las esferas literarias yo ahora soy una fuerza, que puede traerle a usted mucho bien o mucho mal, a juzgar por cómo se va a comportar en relación con mi genialidad. Si no va a convidarme con licor, ensalzar mi talento y va a permitirle a sus ojos grandes espiar detrás de mí, pues la voy a comprometer ante la opinión de toda Europa, y no le permitiré publicar ni una línea...
En lo que respecta al tamaño de su relato, o sea nueve pliegos, pues la verdad, tal inundación constituye para la revista y el autor una sensible incomodidad. ¿No hallaría usted posible reducir su criatura (no bautizada) hasta 5-6 pliegos? El asunto es, que los relatos grandes esperan largo tiempo su turno, y los pequeños son semejantes al alcalde, que encuentra lugar para sí en la iglesia, incluso, cuando la manzana no tiene donde caer. ¡Pues 9 pliegos se deberán dividir en 3 números! En un número el autor puede disponer, maximum, de tres pliegos. Es verdad, mi Estepa tiene seis pliegos, pero es que para los Chejov y los Shakespeares no está escrita la ley, en particular si Shakespeare o Chejov agarran a la redactora por el cuello y le dicen:
-¡Publica Ma-Ste2 todos los seis pliegos, pues si no recibirás una higa con aceite!
Usted pues, no es Shakespeare ni Chejov aunque, por lo demás, sueña (¡oh, yo conozco sus picardías!) con darle mi nombre a su hija en el futuro, para hacer pasar sus obras por las de ella, y firmar en lugar de “Kiselióva” –“Chéjova”. ¡Pero eso usted no lo logrará!
Si halla posible reducir el relato, pues no ponga mucho empeño en especial, y no deseche eso que es necesario e importante.
Yo le echo miradas a su esposo, y por eso, respecto a su conducta, esté tranquila.
Una reverencia a Vasilísa y a Elizavéta Alexándrovna3. A Kokliúsh4 trasmítale que ya limpiamos para él el cuartito de desahogo, donde va a vivir con un perrito sin espinazo y un gatito. Por una condición, concertada en casa con Alexéi Serguéevich5, a Kokliúsh lo vamos a azotar dos veces a la semana, y a Vasilísa cada vez que venga. Por el azote una paga especial. De almorzar vamos a darle al pensionista en Pascua y en Trinidad.
Yo lamento mucho que no puedo ir ahora a Bábkino. El tiempo está anatémicamente bueno.
Que esté saludable y guardada por Dios.
Tengo el honor de ser con respeto.

A. Chejov.

1Fiódor Berg, literato, redactor de El Heraldo ruso.
2Ma-Ste, injuria jocosa de uso común en Bábkino, hacienda de María Kiselióva.
3Alexándra Kiselióva ("Vasilísa") y Elizavéta Alexándrovna, hija e institutriz de María Kiselióva.
4Serguei Kiselióv ("Kokliúsh"), hijo de María Kiselióva, vive en la casa de los Chejov tras ingresar a un gimnasio moscovita.
5Alexéi Serguéevich Kiselióv, esposo de María Kiselióva, dueño de la hacienda Bábkino.

Imagen: Theodore Robinson, Paisaje del invierno, 1889.

sábado, 31 de mayo de 2008

Mi conversación con el administrador de correos


-Dígame, por favor, Semión Alexéich, -me dirigí al administrador de correos, al recibir de éste un paquete de dinero por un rublo, -¿para qué, a los paquetes de dinero, le pegan cinco sellos?
-No se puede sin eso... –respondió Semión Alexéich, arqueando las cejas de modo excesivo.
-¿Y por qué?
-Y porque sí... ¡No se puede!
-Ve, en cuanto yo entiendo, estos sellos exigen un sacrificio, tanto por parte de los habitantes, como por parte del gobierno. Al aumentar el peso del paquete, éstos, con lo mismo, golpean el bolsillo del habitante; al quitarle tiempo a los funcionarios para su pegado, causan un perjuicio a la tesorería. Si traen a alguien un provecho visible, pues es acaso, a los fabricantes de lacre...
-Tienen pues los fabricantes que vivir de algo... –observó Semión Alexéich con sabiduría.
-Así es, pero es que los fabricantes podrían traer provecho a la patria en otra palestra... No, en serio, Semión Alexéich, ¿qué sentido tienen estos cinco sellos? ¡No se puede pues pensar, que se peguen en vano! ¿Tienen un significado simbólico, profético, o algún otro? ¡Si eso no constituye un secreto estatal, pues explíqueme, hijito!
Semión Alexéich pensó un poco, suspiró y dijo:
-M-sí... ¡Por lo tanto, sin éstos no se puede, si los pegan!
-¿Y por qué? Antes, cuando los sobres eran sin pegamento, puede ser, tenían un sentido como medio preventivo contra los violadores, pero ahora...
-¡Pues ve! –se alegró el administrador de correos. -¿Y acaso no hay violadores?
-Pero ahora, –continué, –los sobres tienen un pegamento de goma arábiga, que es más fuerte que cualquier lacre. Y además, usted envuelve los paquetes con tantos papeles y fardos, que hasta a un infusorio, no ya a un ladrón, le sería difícil abrirlos. ¡Y contra quién sellarlos, no entiendo! El público de ustedes no roba, y si alguno de vuestros rangos bajos quiere violarlos, pues ése no mira los sellos. Ustedes mismos saben, que para quitar el sello y pegarlo de nuevo al lugar, ¡basta escupir una vez!
-Eso es cierto… -suspiró Semión Alexéich. -De tus ladrones no te proteges…
-¡Bueno, pues ve! ¿Para qué entonces el sello?
-Si entrar en todo… -pronunció el administrador de correos largamente, -y pensar en todo, cómo, por qué y para qué, pues el cerebro se dispersa, mejor haz así como se indica… ¡En verdad!
-Eso es justo… -convine yo. –Pero permítame aún una pregunta… Usted es un especialista por el lado del correo, y por eso dígame, por favor, ¿por qué, cuando una persona nace o se casa, pues no hay tales procedimientos, como cuando envía o recibe dinero? Tomemos de ejemplo, siquiera, a mi mamásha, que me envió este mismo rublo. ¿Usted piensa, que eso a ella le salió fácil? No-oo-o, a ella le es más fácil hacer cinco niños, que enviarme este mismo rublo… Juzgue usted mismo… Ante todo, ella tuvo que andar tres vérstas1 hasta el correo. En el correo hay que estar largo tiempo, y esperar el turno. ¡La civilización no llegó aún al correo con sillas y bancos pues! La viejecita está parada, y ahí le dicen: “¡Esperen! ¡No se amontonen! ¡Ruego no acodarse!”
-Sin eso no se puede…
-No se puede, pero permítame… Esperó hasta el turno, ahora el receptor toma el paquete, frunce el ceño y lo lanza de vuelta. “Usted, dice, olvidó escribir ‘de dinero’”… Mi viejecita va del correo a la tiendita, para escribir ahí “de dinero”, de la tiendita de nuevo al correo, a esperar el turno... Bueeno, el receptor toma el paquete de nuevo, cuenta el dinero y dice: “¿Su lacre?” Y mi mamásha, ese lacre, no lo tiene ni en la imaginación. En la casa, no tiene que tenerlo, y en la tiendita, usted mismo sabe, el palito cuesta un gríviennik2. El receptor, por supuesto, se ofende, y empieza a pegar el paquete con el lacre público. Le pegan unos sellotes, que ya no por palas, sino por carretadas tienes que contarlos. “¡Su sello, dice!” Y mi mamásha, excepto el dedal y los lentes de acero, no tiene ningún otro mueble…
-Se puede y sin sello…
-Pero permítame… Luego siguen los pesos, los seguros, por el lacre, por el recibo, por… ¡la cabeza te da vueltas! Para enviar un rublo, hay que tener consigo, seguro, por si acaso, dos… Bueeno, apuntan el rublo en 20 libros, y finalmente lo envían… Lo recibe usted ahora aquí, en su correo. Usted, en primer lugar, lo apunta en 20 libros, lo numera con cinco números y lo guarda bajo diez llaves, como algún bandido o sacrílego. Luego, el cartero me trae una notificación suya, y yo firmo que la notificación fue recibida en tal cual fecha. El cartero se va, y yo empiezo a caminar de una esquina a la otra, y a hablar entre dientes: “¡Ah, mamásha, mamásha! ¿Por qué se enfureció conmigo? ¿Y por cuál falta me envió este mismo rublo? ¡Pues ahora te mueres con las molestias!”
-¡Y hablar entre dientes de los padres es pecado! –suspiró Semión Alexéich.
-¡Así-así y es, pues! Es pecado, ¿pero cómo no hablar entre dientes? Estás de asuntos hasta el cuello, y tú ve a la policía, y certifica la identidad y la firma… Bueno aún que el certificado vale sólo unos 10-15 kópeks, pero, ¿qué si cobraran por éste unos cinco rublos? ¿Y para qué, se pregunta, es el certificado? Usted, Semión Petróvich, me conoce perfectamente…Y estuve en el baño con usted, y tomamos té juntos, y conversamos conversaciones inteligentes… ¿Para qué pues, le hace falta a usted mi certificado de identidad?
-¡No se puede, es la forma!... La forma, señor mío, es un tema que… mejor no enredarse… ¡La formalística, en una palabra!
-¡Pero usted me conoce pues!
-¡Acaso es poco lo que! Yo sé que es usted pero… ¿y de pronto no es usted? ¡Quién lo conoce a usted! ¡Puede, que usted es un incógnito!
-Y si razonara usted: ¿qué ventaja hay para mí, en falsificar una firma ajena para robar dinero? ¡Pues eso es falsificación! Es mucho menor el castigo si yo, simplemente, vengo aquí, a donde usted, y me robo todos los paquetes del baúl… No-o, Semión Alexéich, en el extranjero este asunto está puesto con más sencillez. Allá el cartero va a verlo, y: “¿Usted es fulano de tal? ¡Reciba el dinero!”
-No puede ser eso…-movió la cabeza el administrador de correos.
-¡Ahí tiene y no puede ser! Allá todo se basa en la confianza mutua… Yo confío en usted, usted en mí… Hace poco vino a verme el vigilante de manzana, a recibir por los gastos judiciales… ¡Pues yo no le exigí a él el certificado de identidad, sino así, le di a él el dinero! Nosotros, los habitantes, no le exigimos a ustedes, sino ustedes…
-Si profundizar en todo, -me interrumpió Semión Alexéich sonriendo con tristeza, -y si resolverlo todo, cómo, qué, por qué y para qué, pues para mí es mejor…
El administrador de correos no terminó de decir, dejó de la mano y, tras pensar un poco, dijo:
-¡No es asunto de nuestra mente eso!

1Vérsta, antigua medida rusa de superficie, igual a 1,06 km.
2Gríviennik (expresión familiar), antigua moneda rusa de 10 kópeks.

Título original: Moi razgovor s pochtmeisterom, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1886, Nº 11, con la firma “A. Chejonté”.
Imagen:
Edgar Degas, Retratos en una oficina, 1873.

viernes, 30 de mayo de 2008

M.V. Kiselióva a Chejov


Bábkino, 13 de noviembre de 1888.

Ayer me alegré con la carta de Sisóyeva1, ¡e imagine, mi relatito fue aceptado! Elogié a Sisóija hasta los cielos, pero me ruega eliminar cierta “corriente pedagógica” y algunos lugares, en su opinión, tendenciosos. Me escribe: “Hace tiempo que no leía nada tan encantador, como su cuento La dichosa suerte, y si no fuera por la corriente pedagógica, que no-no, y sí irrumpe en el tono general del cuento, La dichosa suerte sería un modelo (?) de cómo se debe escribir para los niños2. ¡Esto ya-ya! Yo siempre le dije a usted: ¡aprenda a escribir conmigo! ¿A quién decirle una palabra por usted?, ¡hable, no se avergüence! ¡En el número navideño me van a publicar, y todo con cuadritos3! Sisóija, cada diez líneas, me llama “mi querida”. Miente, canalla... ¡“La barata”, habría que decir!..
¡Hasta pronto! A pesar de la agobiante, incluso para mí, grandeza, yo, de todas formas, le estrecho la mano. A todos una reverencia.

Respetándolo a usted, M.K.

1Ekaterina Sisóyeva (Almedingen de nacimiento, Sisóija), escritora infantil, traductora, editora de la revista El manantial.
2La dichosa suerte, cuento de María Kiselióva, se publica en la revista El Manantial (1889, Nº 1).
3Cuadritos, ilustraciones.

Imagen: Valentin Serov, Winter in Abramtsevo. The Church. Study, 1886.