domingo, 23 de diciembre de 2007

Chejov a I.P. Chejov


Sajalín, 30 de agosto de 1890.

Ruega a Málishev1 enviar a gobernador de isla Sajalín general Kononóvich2 programa de colegios rurales lista de metodología de manuales. Relaciona con más detalle sistema de dirección cuerpo de consejos colegiales. Encarga a Suvórin enviar a contra reembolso manuales usados de sección superior de 150 alumnos de menor 300. Saldré en septiembre. Estoy saludable. Chejov.

1Vasílii Málishev, inspector de colegios populares.
2Vladímir Kononóvich, general-mayor, gobernador de la isla Sajalín.

Imagen: Isla Sajalín.

Cartas


I. Carta abierta al sr. Okréitz
¡E. sr! Su ruego de recomendar la revista El rayo a los conocidos, lo cumplí. Pero ya que todos mis conocidos viven lejos de mí, pues tuve que ir a verlos en coche o recomendarles su estimada revista a través del correo citadino. En coches y timbres de correo gasté 8 rub. 85 kóp. Pienso, sea usted a tal punto un gentleman, que se apresure a enviarme ese dinero.
Reciba, y demás.
R. Smirnóv.
Ciu. Zhízdra, c. de Jilíkina.

II. También carta abierta a diversas personas
Yo, positivamente, soy popular. En las batallas nunca estuve, no exploté monitores y no inventé teléfonos, pero con todo y eso, por algo soy conocido en Petersburgo, en Moscú e incluso en Hamburgo. En el tiempo más breve, recibí una multitud de invitaciones y cartas de las siguientes, respetables personas e instituciones: de la oficina bancaria de Klim, de la lotería de Hamburgo, del taller de manuales escolares de San Petersburgo, cinco notificaciones de la redacción de la revista El erial1, de El panorama pintoresco2, del sr. Léujin3, del almacén cartográfico de Ilín y de muchas otras personas. Es asombroso, ¿de dónde pudieron ellos conocerme a mí y mi dirección? Ofreciendo a las mencionadas personas e instituciones mi sincera gratitud, por su lisonjera para mí atención yo, con todo y eso, les ruego suspender esa incesante y frecuente correspondencia, ya que ésta me acarrea un montón de inconvenientes: los carteros arrancan la campana, y el montón de cartas engendra en los habitantes y los guardianes del orden la perplejidad, la duda y la sospecha en relación con mi forma de pensar.

III. Carta a la redacción de Retazos
¡Sr. Redactor! Se oyen lamentos de que nosotros aun no maduramos, de que nos atrasamos respecto a Europa occidental… ¡Y realmente, nos atrasamos por 12 días enteros4! Pero es que es tan fácil alcanzarla: bastaría sólo considerar como primer día del nuevo año no el primero de enero, sino el 13. ¡Entonces nos pondríamos a la par de toda Europa!
Inconvenientes para esto parecería que no hay ninguno. ¡Qué importancia tiene que las damas y las señoritas envejezcan de súbito 12 días de más! Los funcionarios incluso se alegrarían mucho de: recibir el salario más rápido. Por supuesto, para las personas supersticiosas es terrible empezar el año desde la fecha 13. Pero, ¿acaso la civilización debe andar con ceremonias con las personas supersticiosas? Pues eso, en verdad, da vergüenza. Entonces, acaso, el curso5 se elevaría por completo.
Reciba, y demás.
Suscriptor Nº 11378.

IV. A la redacción de El arco iris
Siendo, como mi hija Zinaída, aficionada a las artes escénicas, tengo el honor de rogar al estimado sr. Mansfield6, componer para mi uso doméstico cuatro comedias, tres dramas y dos tragedias bien hamletianas, para cuyo objeto de confección les enviaré tres rublos. La entrega ruego remitirla con timbres de correo. Junto a esto, considero un deber agregar que mis vecinos, suscritos a las obras del sr. Mansfield al por mayor y al por menor, están muy satisfechos y agradecen por la baratura. Elogian entre nosotros también al sr. Metzel7 por su bondad. Viendo que en El arco iris no se colocan todas las obras del sr. Mansfield, él empezó a editar exclusivamente, sólo para ellos, además La época. ¡Qué bondad única!
Reciba, y demás.
Teniente Kochkárióv.
Pénza, 2 de enero.

1El erial, boletín popular ilustrado sobre vida moderna, literatura, ciencias y conocimientos aplicados, editado en San Petersburgo.
2Panorama pintoresco de los países del mundo, revista semanal ilustrada, editada en San Petersburgo.
3S.I. Léujin, editor, librero.
4En la Rusia zarista aún no se ha aceptado la reforma hecha al calendario por el papa Gregorio XIII en 1582, y se rigen por el calendario juliano o de Julio César.
5Caída del curso del rublo debido a una fuerte crisis económica en 1882-1886.
6D.A. Mansfield, dramaturgo fructífero, redactor de la revista ilustrada El arcoiris y de la revista literaria La época.
7A.M. Metzel, dueño de la Oficina central de anuncios de Moscú y editor de la revista El arcoiris desde 1884, así como de la revista literaria La época de 1886 a 1888.

Título original: Pisma, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1886, Nº 1 y 3, con las firma: “Ruver”, “Revur”, “Coronel Kochkarióv”.
Imagen: John Singer, Portrait of Carolus-Duran, 1879.

El joven1


A la mesa, cubierta de manchas de tinta imponentes, está sentado Pravdoliúbov. Ante él está parado Upriámov, un joven con una expresión de ligereza en el rostro.
Pravdoliúbov (Con lágrimas en los ojos.) ¡Joven! Yo mismo tengo hijos... tengo corazón... Yo entiendo... por eso me es tan amargo. Le aseguro, como hombre honrado, que su denegación sólo le servirá de mal. Díganos con franqueza, ¿adónde iba usted ahora?
Upriámov. A la... la redacción de la revista humorística.
Pravdoliúbov. Hum... ¿Usted, por lo tanto, es humorista? (Mueve la cabeza con reproche.) ¡Avergüéncese! Tan joven y tan maleado... ¿Y qué es lo que tiene en las manos?
Upriámov. Los manuscritos.
Pravdoliúbov. ¡Démelos acá! (Los toma y los examina.) Así... vamos a ver... ¿Esto qué es?
Upriámov. Temas para los dibujos de los editoriales.
Pravdoliúbov. (Estalla de indignación pero, venciendo pronto al sentimiento, recobra la sangre fría y la ecuanimidad, a lo jurado de tribunal.) ¿Y qué es lo que está dibujado?
Upriámov. Eso, ve, está dibujado un hombre. Está parado con un pie en Rusia, con el otro en Austria. Hace trucos. “¡Señores! –dice. –El rublo, pasado del bolsillo derecho al izquierdo, se convierte en 65 kópeks!” Pendant a este dibujo se adjunta otro. Ve usted, ahí hay un billete de rublo con manitas y piecitos. Éste a cada rato se cae, y tras él corre un alemán y lo recorta con unas tijeras... ¿Entendió? Esto es una taberna... Esto es nuestra prensa, y esto la presión... Y esto unos plantadores de bosques de abedules, ahí mismo hay unos niños que piden papilla... La papilla, como se sabe, es distinta... Ahí está dibujado un lacayo...
Pravdoliúbov. ¿Y quién está en la ratonera?
Upriámov. Ese es el consejero secreto, Rossítzkii, en el garfio tiene un tocino estatal...
Pravdoliúbov. (Ante la palabra “tocino” se relame.) El consejero secreto... (Se sonroja por la humanidad.) Tan joven y tan maleado... ¿Pero sabe usted, muy señor mío, que el consejero secreto corresponde en el ejército al teniente general? ¿Es posible que no entienda eso? ¡Qué grosera incomprensión, qué profanación! (Suspira.) ¿Qué puedo hacer yo ahora con usted? ¿Qué? (Se queda pensativo, pero pronto el sentimiento personal prevalece sobre el sentimiento del deber, y el botín se escurre entre las manos. ) ¡Yo no puedo verlo, joven miserable, infeliz! ¡Usted me es repulsivo, usted es un miserable! ¡Fuera de aquí! ¡Que le sirva de castigo mi desprecio!
Upriámov (Sin arrepentirse de nada y sonriendo con doble sentido, se va a la redacción).

1Chejov escribe a Nikolai Léikin el 5 o 6 de febrero de 1884: “Mi Joven despierta asombro con su no censura… ¡Se asombran nuestros censurados moscovitas! Y es difícil no asombrarse: entre nosotros se tacha la ‘cucarda’, el ‘general en medicina”…

Título original: Molodoi cheloviek, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1884, Nº 5, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: John Singer Sargent.

El hermano


Junto a la ventana estaba parada una muchacha, que miraba pensativa la calzada fangosa. Detrás de ella estaba parado un joven con uniforme de funcionario. Éste se tiraba de los bigotitos y hablaba con voz trémula:
-¡Recapacita, hermana! ¡Aún no es tarde! ¡Hazme ese favor! ¡Rechaza a ese tendero panzón, al katzápo1 ese! ¡Deja a ese anatema jeta gorda, que ni fondo ni tapita! ¡Bueno, hazme tú ese favor!
-No puedo, hermano. Le di mi palabra.
-¡Te lo suplico! ¡Apiádate de nuestra familia! Tú eres una noble generosa, particular, con instrucción, y él pues es un kvaséro, un mujík, un descarado! ¡Un descarado! ¡Entiende tú eso, insensata! ¡Con kvas apestoso y arenques podridos comercia! ¡Un ratero pues! Tú ayer le diste tu palabra, y él hoy mismo, por la mañana, le dio un quinto de menos a nuestra cocinera! ¡Le tira de las venas al pobre pueblo! Bueno, ¿y dónde están tus sueños? ¿Ah? ¡Dios tú mío, señor! ¿Ah? ¡Pero si tú, escucha, amas a Míshka Triojjvóstov, de nuestro departamento, sueñas con él! Y él te ama...
La hermana se encendió. Su barbilla empezó a temblar, los ojos se le llenaron de lágrimas. Se veía que el hermano había dado en el “centro” más sensible.
-Y a ti te pierdes, y a Míshka lo pierdes... ¡Se dio a la bebida el chico! ¡Eh, hermana, hermana! Te tentaron los capitales groseros, los aretitos y los brazaletes. Te casas por interés con un opiómano ahí... con una puercada... Con un ignorante te casas... ¡El apellido no sabe escribirlo bien! “Mítrii Niekoláev”. “Nie”... ¿oyes? Niekoláev... ¡Cccerdo! Viejo, grosero, con patas de rucio... ¡Bueno, hazme tú el favor!
La voz del hermano se estremeció y enronqueció. La hermana tosió y se limpió los ojos. Y su barbilla temblaba.
-Di mi palabra, hermano... Y además, nuestra pobreza me repugna...
-¡Te lo diré, si ya fue por ahí! No quería mancharme en tu opinión, pero te lo diré... Es mejor perder la reputación, que ver a la hermana carnal en la perdición... Escucha, Katia, yo, sobre tu tendero, sé un secreto. Si tú te enteraras de ese secreto, pues lo rechazarías enseguida... Mira qué secreto... ¿Tú sabes, en qué lugar asqueroso me encontré yo una vez con él? ¿Sabes? ¿Ah?
-¿En cuál?
El hermano abrió la boca para responder, pero se lo impidieron. A la habitación entró un muchacho con un paletó plisado, unas botas fangosas y un gran saco en las manos. Éste se persignó y se paró en la puerta.
-Lo reverencia Mítrii Tieréntich –se dirigió al hermano, -y me mandó a felicitarlo por el día de la resurrección... Y pues esto mismo, en sus propias manos.
El hermano frunció el ceño, tomó el saco, miró en éste y sonrió con desprecio.
-¿Qué hay ahí? Una tontería, debe ser... Hum... Una cabeza de azúcar ahí...
El hermano sacó del saco una cabeza de azúcar, le quitó el casquete y cascó el azúcar con el dedo.
-Hum... ¿La fábrica de azúcar de quién? ¿De Bóbrinskii? Así-así… ¿Y esto es té? Apesta a algo... Unas sardinas ahí... Una pomada sin ton ni son... pasas con basura... Lisonjear quiere, zalamea... ¡No-oo-o, querido amiguito! ¡A nosotros no nos lisonjeas! ¿Y para qué metió café de achicoria? Yo no tomo. Es malo tomar café... Altera los nervios... ¡Bueno, anda! ¡Reverencia ahí!
El muchacho salió. La hermana se acercó corriendo al hermano, lo tomó de la mano... El hermano había influido fuertemente en ella con sus palabras. Una palabra más y... ¡acabaría mal el tendero!
-¡Habla pues! ¡Habla! ¿Dónde lo viste?
-En ningún lugar. Yo bromeaba... ¡Haz como sabes! –dijo el hermano, y una vez más cascó el azúcar con el dedo.

1Katzápo, apodo que ponen los rusos de la Rusia menor a los rusos de la Gran Rusia.

Título original: Bratietz, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 11, con la firma: “A. Chejonté”.
Imagen: John Singer, Mr. and Mrs. I.N. Phelps Stokes, 1897.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Chejov a los Chejov


Bajo Jabárovsk, barco “Muravióv”, 29 de junio de 1890.

En el camarote vuelan los meteoros, son unas carcomas luminosas, parecidas a chispas eléctricas. Al mediodía, a través del Amúr, nadan las cabras salvajes. Las moscas aquí son enormes. Conmigo, en el mismo camarote, viaja el chino Son-Liuli, que me cuenta incesantemente cómo allá, en China, por cualquier tontería, “cabeza abajo”. Ayer se hartó de opio y deliró toda la noche, y me molestó al dormir. El 27 paseé por la ciudad china de Aigun. Poco a poco entro en un mundo fantástico. El barco tiembla, es difícil escribir. Ayer por la noche le envié a papásha, a Súmi, un telegrama de felicitación. ¿Lo recibieron?
Mañana estaré en Jabárovsk.
El chino rompió a cantar por unas notas que tiene escritas en el abanico. Que estén saludables.

Vuestro, Antoine.

Un saludo a los Lintvarióv.

Imagen: Hermen Anglada-Camarasa, Cubierta de barco velero de pesca, 1904.

Chejov a A.S. Suvórin


Blagoviéshensk, 27 de junio de 1890.

¡Saludos, mi preciado! El Amúr es un río muy bueno; yo recibí de éste más de lo que podía esperar, y hace tiempo ya que quería compartir con usted mi éxtasis, pero el barco canalla tembló todos los siete días y me molestó al escribir. Además de eso, describir tales bellezas como las orillas del Amúr, yo no sé en absoluto; me apoco ante éstas y me confieso un mendigo. Bueno, ¿cómo las describes? Imagine el paso Surámskii, que lo obligaron a ser orilla de un río, -ahí tiene el Amúr. Rocas, peñas, bosques, miles de patos, garzas y toda clase de canales narigudos, y desierto continuo. A la izquierda la orilla rusa, a la derecha la china. Quiero –miro a Rusia, quiero –a China. La China es tan desierta y salvaje como Rusia: aldeas e isbitas de guardia se encuentran rara vez. En la cabeza todo se me confundió y convirtió en polvo; ¡y no es extraño, su excelencia! Navegué por el Amúr más de mil vérstas y vi millones de paisajes, y pues antes del Amúr fueron el Baikál, el Zabaikál... En verdad, vi tantas riquezas y obtuve tantos placeres, que incluso morir ahora no me da miedo. La gente del Amúr es original, la vida interesante, no parecida a la nuestra. Sólo que las conversaciones son sobre oro. Oro, oro y nada más. Yo tengo un estado de ánimo estúpido, no quisiera escribir, y escribo poco, a lo cerdo; hoy le envié cuatro hojas sobre el Eniséi y la taiga, después le enviaré sobre el Baikál, el Zabaikál y el Amúr. No arroje usted esas hojas, yo las recogeré y por éstas, como por notas, voy a contarle eso que no sé trasmitir en el papel. Ahora me mudé al barco Muravióv que, dicen, no tiembla; acaso voy a escribir.
Del Amúr estoy enamorado; viviría gustoso en éste dos años. Es bonito, espacioso, libre y cálido. Suiza y Francia nunca conocieron tal libertad. El último exiliado respira en el Amúr más fácil, que el mismo primer general en Rusia. Si viviera usted un poco aquí, pues escribiría muchas cosas buenas y cautivaría al público, pero yo no sé.
Los chinos empiezan a encontrarse desde Irkútsk, y aquí hay más que moscas. Es un pueblo bondadosísimo. (...)
Desde Blagoviéshensk empiezan los japoneses o, más bien, las japonesas. Son trigueñas pequeñas, con un gran peinado complejo, de bellos torsos y, como me pareció, de caderas estrechas. Se visten bonito. En su lengua predomina el sonido “ts”. Cuando, por curiosidad, usas a una japonesa, pues empiezas a entender a Skalkóvskii, quien dicen se tomó una fotografía con cierta puta1 japonesa. La habitación de la japonesa es limpiecita, asiática-sentimental, llena de cositas menudas, ni jofainas, ni cauchitos, ni retratos de generales. La cama ancha, con una almohada pequeña. (…) La timidez la japonesa la entiende a su forma. La luz no la apaga, y a la pregunta cómo se llama en japonés esto o lo otro, ella responde directamente, y además, al entender mal la lengua rusa, señala con los dedos e incluso toma con la mano, y además no hace melindres y no se afecta, como las rusas. Y en todo ese tiempo se ríe y dice el sonido ‘tz’. En el asunto muestra una maestría asombrosa, de modo que a usted le parece no que usa, sino participa en una monta a caballo de escuela superior. Al terminar, la japonesa se saca de la manga con la mano una hojita de papel de algodón, lo toma a usted por un “chico” (¿recuerda a María Kriestóvskaya?) y, de modo inesperado, realiza un secado, además el papel le da cosquillas en el estómago. Y todo eso con coquetería, riéndose, cantando y con la ‘ts’”.
Cuando llamé a un chino al buffet, para convidarlo a un vodka, pues él, antes de beber, me extendió la copita a mí, al camarero, a los lacayos y dijo: ¡pica! Son las ceremonias chinas. Bebió él no de una vez, como nosotros, sino a sorbitos, picando tras cada sorbo, y después, para agradecerme, me dio varias monedas chinas. Es un pueblo terriblemente amable. Se visten pobremente, pero bonito, comen con gusto, con ceremonias.
Los chinos nos tomarán el Amúr –eso es indudable. Ellos mismos no lo tomarán, pero se lo darán a ellos otros, por ejemplo los ingleses, que gobiernan en China y construyen fortalezas. Por el Amúr vive un pueblo muy risueño; todos se ríen de que Rusia se preocupa por Bulgaria, que no vale un grosh de bronce, y olvidó por completo el Amúr. Es imprevisor y no inteligente. Por lo demás, sobre política después, al encuentro.
Me telegrafía que regrese a través de América. Yo mismo pensé en eso. Pero me asustan con que saldrá costoso. El giro de dinero se puede disponer no sólo a New York, sino y a Vladivostók, a través de Irkútsk, al Banco siberiano, donde me recibieron con terrible amabilidad. El dinero aún no se me acabó, aunque gasto sin conciencia. Con la carretela tuve más de 160 rublos de pérdida, y mis compañeros de viaje, los tenientes, me cobraron más de cien rublos. Pero apenas, a pesar de todo, necesite un giro. Si hay necesidad, recurriré a usted a su tiempo.
Yo estoy saludable por completo. Juzgue usted mismo, pues ya hace más de dos meses que estoy día y noche a cielo abierto. ¡Y cuánta gimnasia!
Me apresuro a escribirle ésta, ya que dentro de una hora se va el Ermák de regreso con el correo. Esta carta le llegará en agosto.
A Anna Ivánovna le beso la mano y rezo a los cielos por su salud y bienestar. ¿Estuvo acaso en su casa Iván Pávlovich Kazánskii, el joven estudiante que provoca tedio con sus pantalones planchados?
Por el camino practico. En la aldea Réinov, en el Amúr, donde viven sólo propietarios de minas de oro, cierto marido me invitó a ver a su esposa en estado. Cuando yo salía de su casa, me puso en la mano un fajito de asignados; me dio vergüenza y empecé a rehusar, asegurando que soy un hombre muy rico y no necesito. El esposo de la paciente empezó a asegurar que él también es un hombre muy rico. Terminó en que le puse el fajito de vuelta y a mí, de todas formas, me quedaron 15 rublos en la mano. Ayer curé a un muchacho y rehusé a los 6 rublos que la mámienka me puso en la mano. Lamento que rehusé.
Qué esté saludable y dichoso. Disculpe, que escribo tan infame y sin detalle. ¿Me escribió usted acaso a Sajalín?
Me baño en el Amur. Bañarse en el Amur, platicar y almorzar con los contrabandistas de oro -¿acaso no es interesante?
Corro al Ermák. ¡Hasta pronto!
Gracias por la noticia de la familia.

Suyo, A. Chejov.

1(Ver A.P. Chudakóv, Las malas palabras y el semblante de un clásico, Panorama literario, 1991, Nº 11, pag. 54).

Imagen: Ivan Shishkin, Krestovsky Island Shrouded in Mist, XIX.

Chejov a los Chejov


De Pokróvskaya a Blagoviéshensk, 23-26 de junio de 1890.

Les escribí ya que estábamos encallados. En Boca Striélka, donde el Shílka se funde con el Argún (ver la carta), el barco, que tiene bajo el agua 2 ½ pies, chocó con una roca, hizo varias vías de agua y, tras llenarse de agua la bodega, encalló en el fondo. Se pusieron a sacar agua y a poner parches; un marinero desnudo se mete en la bodega, se para con el agua al cuello y tantea los huecos con los pies; cada hueco lo cubren desde adentro con un paño untado de cebo, ponen por arriba una tabla y colocan sobre la última un puntal que, semejante a una columna, se apoya contra el techo, -ahí tienen una reparación. Sacaron agua desde las 5 de la tarde hasta la noche, pero el agua no menguaba; tuvieron que aplazar el trabajo hasta la mañana. En la mañana hallaron aun unas cuantas vías de agua nuevas, y de nuevo se pusieron a parchar y a bombear. Los marineros bombean y nosotros, el público, paseamos por la cubierta, chismorreamos, comemos, bebemos, dormimos; el capitán y su ayudante hacen lo mismo que el público, y no se apuran. A la derecha la orilla china, a la izquierda el pueblo Pokróvskaya con los cosacos del Amúr; quieres –está en Rusia, quieres –ve a China, no está prohibido. De día hace un calor insoportable, de modo que debo ponerme la camisa de seda.
El almuerzo lo dan a las 12, de cenar a las 7 de la noche.
Para desgracia, se acerca al pueblo cosaco el barco de paso El heraldo, con gran cantidad de público. El heraldo tampoco puede ir adelante, y ambos barcos están varados. En El heraldo hay una orquesta militar. Como resultado, todo un festejo. Ayer, todo el día en nuestra cubierta tocaron una música, que distrajo al capitán y a los marineros y, por lo tanto, molestó al reparar el barco. La mitad femenina del pasaje se regocijó por completo: ¡música, oficiales, marineros... ah! En particular, están contentas las estudiantes de instituto. Ayer por la noche paseamos por el pueblo, donde tocaron por alquiler de los cosacos la misma música. Hoy continuamos reparándonos. Promete el capitán que partiremos después de almuerzo, pero lo promete vagamente, mirando a algún lugar, a un costado -evidentemente miente. No tenemos prisa. Cuando le pregunté a un pasajero cuándo, finalmente, seguiríamos adelante, pues él preguntó:
-¿Y acaso usted está mal aquí?
Y eso es verdad. ¿Por qué no estar parados si no es aburrido?
El capitán, su ayudante y el agente –la máxima amabilidad. Los chinos, que están en III clase, son bondadosos y ridículos. Ayer un chino estaba en la cubierta y cantó como tiple algo muy triste; en ese momento, su perfil era más ridículo que todas las caricaturas. Todos lo miraban y se reían, y él –cero atención. Cantó un poco como tiple y empezó a cantar como tenor: ¡Dios, qué clase de voz! Era un balido de oveja o de carnero. Los chinos me recuerdan a los bondadosos animales domésticos. Sus trenzas son negras, largas, como las de Natalia Mijáilovna1. A propósito de los animales domésticos; en el tocador vive un cachorro de zorro doméstico. Te aseas, y él sentado te mira. Si no ve gente en mucho tiempo, pues empieza a gimotear.
¡Qué extrañas conversaciones! Sólo hablan de oro, de las minas, de la Flota voluntaria, del Japón. En Pokróvskaya cada mujík y hasta el pope busca oro. A lo mismo se dedican los colonos, que se enriquecen aquí tan rápido como empobrecen. Hay badulaques que no beben nada más que champagne, y a la taberna no van de otra forma que por una tela roja, que se extiende desde la isbá a lo largo, hasta la taberna.
En otoño tómense el trabajo de enviar a Odesa, a la librería de Tiempo nuevo, mi pelliza, pidiendo autorización a Suvórin previamente –eso por decencia es necesario. Los chanclos no son necesarios. Allá mismo envíen las cartas y vuestra dirección. Si les resulta dinero de sobra, pues envíenme cien rublos por si acaso a Odesa, a la librería de Tiempo nuevo, para su entrega a mí. Con seguridad “para entrega”, de otra forma tendré que deambular por el correo. Si no tienen dinero de sobra, pues no es necesario. Al llegar a Moscú, recomienden a padre tomar bromuro de potasio, ya que en otoño suele tener vértigos; si tiene de esos, será necesario ponerle una ventosa detrás de la oreja. ¿Qué más? Ruéguenle a Iván que compre donde Ilín (Líneas Petróvskayas) una carta de la región del Zabaikál, si se puede en lienzo, y que la envíe por expreso certificado a la siguiente dirección: Irkútsk, al alumno de la Escuela Técnica, Innokéntii Alexéevich Nikítin. Los periódicos y las cartas cuídenlos.
El Amúr es un paraje sumamente interesante. Original como el diablo. Bulle una vida tal ahí, sobre la que no tienen ni idea en Europa. Ésta, o sea esa vida, me recuerda los relatos de la vida americana. Las orillas son hasta tal grado salvajes, originales y exuberantes, que uno quisiera quedarse por los siglos a vivir allí. Las últimas líneas las escribo ya el 25 de junio. El barco tiembla y molesta al escribir. Navegamos de nuevo. Navegué ya por el Amúr 1000 vérstas y vi un millón de paisajes exuberantes; la cabeza me da vueltas del éxtasis. Vi una peña tal, que si a Gundásova se le ocurriera amargarse a sus pies, pues se moriría de placer, y si nosotros, con Sofía Petróvna Kuvshínnikova2 a la cabeza, organizáramos aquí un picnic, podríamos decirnos los unos a los otros: “muérete Denis, mejor no lo escribes3”. Una naturaleza asombrosa. ¡Y qué calor! ¡Qué noches cálidas! En la mañana hay neblina, pero cálida.
Examino las orillas con un binóculo y veo un abismo infernal4 de patos, gansos, somorgujos, garzas y toda clase de bestias con picos largos. ¡He aquí dónde alquilar una casa de campo!
Ayer, en la aldea Réinov, me invitó a ver a su esposa enferma cierto propietario de mina de oro. Cuando yo salía de su casa, me puso en la mano un fajo de asignados. Me dio vergüenza, empecé a rehusar y le puse el dinero de vuelta, diciendo que yo mismo era muy rico; conversamos largamente, nos convencimos mutuamente y, de todas formas, al final de todo, me quedaron 15 rublos en la mano. Ayer, en mi camarote, almorzó un propietario de mina de oro con cara de Petty Polieváev5; después del almuerzo él, en lugar de agua, bebió champagne y nos convidó con éste.
Los pueblos aquí son como los del Don; hay diferencia en las construcciones, pero insignificante. Los habitantes no guardan los ayunos y comen carne hasta en Semana santa; las muchachitas fuman cigarrillos, y las viejas pipas –es tan agradable. Es extraño ver a los mujíks con cigarrillos. ¡Y qué liberalismo! ¡Ah, qué liberalismo!
En el barco el aire se caldea hasta el rojo vivo con las conversaciones. Aquí no temen hablar en voz alta. Arrestar aquí no hay a quién, y deportar no hay a dónde, sé liberal cuánto quieras. Un pueblo cada vez más independiente, autosuficiente y con lógica. Si se produce algún malentendido en Boca Kára, donde trabajan los forzados (entre ellos muchos políticos, que no trabajan), pues se perturba todo el Amúr. Las delaciones no se acostumbran. El prófugo político puede llegar libremente en el barco hasta el océano, sin temer que lo delate el capitán. Eso se explica en parte, por la absoluta indiferencia hacia todo lo que sucede en Rusia. Cada uno dice: ¿qué asunto mío es?
Olvidé escribirles que en el Zabaikál trabajan de cocheros no los rusos, sino los buriatos. Un pueblo ridículo. Los caballos que tienen son áspides. Ni un enganche se las arreglaba sin malentendidos. Más rabiosos que los caballos de bomberos. Mientras enganchan al encuarte, éste tiene las patas enredadas; apenas las desenredan, cuando ya la tróika vuela al diablo, de modo que sobrecoge el espíritu. Si no trabas al caballo, pues durante el enganche éste cocea, aporrea los pértigos con los cascos, tira de los arneses, y da la impresión de un diablo joven que atraparon por los cuernos.

26 de junio.

Nos acercamos a Blagoviéshensk. Qué estén saludables y divertidos, y no se desacostumbren a mí. ¿Seguro ya se desacostumbraron? Reverencio profunda y quiero a todos amistosamente.

Antoine.

Estoy totalmente saludable.

1Natalia Lintvarióva.
2Sofía Kuvshínnikova (“Safo”), pintora.
3Frase que dice Grigórii Potiómkin a Denís Fonvízin tras asistir a la comedia El brigadier.
4Un abismo infernal de patos, una gran cantidad de patos.
5Piótr (“Petty”) Polieváev, amigo de Nikolai Chejov y Alexánder Chejov.

Imagen: Isaac Levitan, Fresh Wind, Volga, 1895.