viernes, 8 de mayo de 2009

A.F. Kóni a Chejov


Petersburgo, 7 de noviembre de 1896.

Muy estimado Antón Pávlovich.
A usted, acaso, le asombre mi carta pero yo1, a pesar de que me ahogo de trabajo, no puedo resistirme al deseo de escribirle con motivo de su Gaviota, que finalmente encontré tiempo para ver. Yo oí (de Sávina2), que la actitud del público hacia esa pieza lo afligió mucho a usted… Permita pues a alguien de ese público -acaso un profano en la literatura y el arte dramático, pero conocedor de la vida por su práctica de servicio-, decirle que le agradece por el placer profundo que le ha brindado su pieza. La Gaviota es una obra fuera de serie por su intención, por su idea novedosa, por su meditativa observación de las situaciones mundanas. Es la vida misma en la escena, con sus uniones trágicas, su irreflexión elocuente y sus sufrimientos silenciosos, es la vida cotidiana, asequible a todos y casi no entendida por nadie en su interna ironía cruel, una vida tan asequible y cercana a nosotros, que por instantes olvidas que estás en el teatro, y te sientes capaz de participar en la plática que sucede ante ti. ¡Y qué buen final!, qué realmente mundano el que no ella, la gaviota, se quita la vida (lo que seguro le obligaría a hacer un dramaturgo ordinario, que apuntara al lagrimeo del público), sino un hombre joven, que vive en un futuro abstracto y “no entiende nada”, por qué ni para qué sucede todo alrededor. Y el que la pieza se interrumpe súbitamente, dejando al espectador terminar de dibujarse él mismo el futuro –nebuloso, lánguido e indefinido- me gusta mucho. Así terminan o, mejor dicho, se interrumpen las obras épicas. Yo no hablo de la actuación, en la que Komissárzhevskaya3 está maravillosa, y Sazónov4 y Písariev5, como me parece, no entendieron sus papeles, e interpretan no a quienes usted quería representar.
Usted, acaso, de todas formas, se encoja de hombros con asombro. ¿Qué asunto suyo es mi opinión, y para qué yo escribo todo esto6? Y mire para qué: yo lo quiero a usted por esos instantes de inquietudes espirituales, que me brindaron y me brindan sus obras, yo quiero, de lejos y a la ventura, decirle una palabra de simpatía que, acaso, usted no necesite en absoluto.

Su devoto, A. Kóni.

1Anatolii Kóni, hombre público, jurista, literato, autor de memorias sobre Chejov.
2María Sávina, actriz del Teatro Alexandrísnkii, de San Petersburgo.
3Viéra Komissárzhevskaya, actriz del Teatro Alexandrínskii, de San Petersburgo.
4Nikolai Sazónov, actor del Teatro Alexandrínskii, de San Petersburgo.
5Módest Písariev, actor del Teatro Alexandrínskii, de San Petersburgo.
6
Años después, Anatólii Kóni escribe a Alexánder Izmáilov, autor de Chejov. Un esbozo biográfico: “Yo fui testigo de ese espectáculo horrible, y sentí en la pieza muchas cosas hermosas, y me fui esa noche del teatro, bajo la impresión angustiosa del cruel no reconocimiento de ese talento hermoso. Me imaginé tan vivamente toda la tragedia de la situación del joven autor, que no me puse a sofocar mi deseo de sentarme enseguida, por la noche, y escribirle que hoy él había encontrado no sólo detractores, sino también partidarios ardientes. En cuanto recuerdo, yo le escribí, precisamente, que su pieza era vivamente talentosa, que sólo no la entendieron, y que él debía ser valeroso y creer en su talento” (Ibid., pag. 431).

Imagen: T. Afonina, At the Old Tuchkov bridge, 1959.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Chejov a A.S. Suvórin


Miélijovo, 22 de octubre de 1896.

En su última carta (del 18 de oct.) usted me llama mujercita tres veces, y dice que yo me acobardé. ¿Para qué esa difamación? Después del espectáculo, yo cené donde Románov1 haciendo los honores, luego me acosté a dormir, dormí profundamente, y al otro día me fui a casa, sin haber emitido ni un sonido quejoso. Si me hubiera acobardado, pues hubiera corrido por las redacciones, hacia los actores, hubiera pedido indulgencia con nerviosismo, hubiera insertado correcciones inútiles con nerviosismo, y hubiera vivido en Petersburgo unas dos-tres semanas, yendo a mi Gaviota, inquietándome, cubriéndome de sudor frío, quejándome... Cuando estuvo conmigo por la noche, después del espectáculo, pues usted mismo dijo, que para mí lo mejor de todo era irme; y al otro día por la mañana yo recibí una carta suya, en la que usted se despedía de mí. ¿Dónde está pues la cobardía? Yo procedí tan juciosa y fríamente, como un hombre que hizo una propuesta, recibió un rechazo y a quien no le queda nada más que irse. Sí, mi amor propio fue herido, pero es que eso no cayó del cielo; yo esperaba el fracaso y ya estaba preparado para éste, sobre lo que le advertí con toda franqueza2.
En mi casa tomé aceite de ricino, me lavé con agua fría, y ahora siquiera escribe una pieza nueva. Ya no siento fatiga ni irritación, y no temo que vengan a verme Davídov3 y Jean4 para hablar de la pieza. Con sus correcciones estoy de acuerdo, y le agradezco 1000 veces5. Sólo que, por favor, no lamente que no estuvo en los ensayos. Pues, en esencia, sólo hubo un ensayo, en el que no se podía entender nada; a través de la actuación repulsiva no se veía la pieza en absoluto.
Recibí un telegrama de Potápienko6: un éxito colosal. Recibí una carta de la desconocida para mí Vieselítskaya (Mikúlish), que expresa su pésame en tal tono, como si alguien de mi familia hubiera muerto, eso es ya impropio por completo. Y por lo demás, todo esto son tonterías.
Mi hermana está encantada con usted y con Anna Ivánovna7, y a mí me alegra eso indeciblemente, pues yo quiero a su familia como a la mía. Ella se apresuró de Petersburgo a casa, probablemente pensaba que yo me colgaría.
Aquí tenemos un tiempo cálido, pútrido, muchos enfermos. Ayer, a un mujík rico se le obstruyó el intestino con excremento, y le pusimos unos lavados inmensos. Sobrevivió. Perdone, me llevé de su casa El heraldo de Europa8 con intención, y la Antología de T. Filíppov9 sin intención. El primero se lo regreso, el segundo se lo regreso tras la lectura.
El asunto que se llevó Stajóvich10 envíemelo por paquete, y al instante se lo devuelvo. Otro ruego: recuérdele a Alexéi Alexéevich11 que me prometió Toda Rusia.
Le deseo toda clase de bienes, terrenales y celestiales, y le agradezco con toda el alma.

Suyo, A. Chejov.

1Leóntii Románov, dueño de una taberna de San Petersburgo.
2En sus Memorias, Alexéi Suvórin escribe sobre el estreno de La Gaviota: “Cuando, después de los dos primeros actos de La Gaviota, A.P. vio que la pieza no tenía éxito, huyó del teatro y deambuló por Petersburgo, se desconoce por dónde. Su hermana y todos sus conocidos no sabían qué pensar, y mandaron a todas partes, donde suponían que lo podrían encontrar. Regresó a las tres de la madrugada. Cuando yo entré a su habitación, me dijo con una voz severa: ‘Llámeme con la última palabra (pronunció esa palabra), si alguna vez escribo otra pieza’. Al otro día se fue a Moscú temprano en la mañana, en cierto tren de pasajeros o comercial. Después se justificaba diciendo que él pensó, que eso fue un fracaso de su persona, y no de la pieza, y nombraba a ciertos literatos célebres de Petersburgo, que al parecer hablaron con él en el entreacto con altanería, viendo que su pieza se hundía. A la presentación de sus piezas siguientes casi no asistió” (Ibid., pag. 424-425).
3
Vsievolód Davídov, redactor de la revista El espectador.
4Iván Leóntiev (de seudónimo “Jean Scheglóv”), escritor y dramaturgo, capitán de artillería, autor de cuentos sobre la vida militar.
5En una carta suya, Alexéi Suvórin aconseja a Chejov hacerle pequeñas correcciones a la pieza.
6Ignátii Potápienko, escritor, amigo de Chejov, visitante frecuente de Miélijovo.
7Anna Suvórina, esposa de Alexéi Suvórin.
8El heraldo de Europa, revista liberal de San Petersburgo, con artículos de temática histórica y política.
9Tiértii Filíppov, inspector estatal, escritor.
10Alexéi Stajóvich, coronel, socio, depositante del Teatro Artístico de Moscú. No se sabe a qué asunto se refiere Chejov.
11Alexéi Alexéevich Suvórin, periodista, redactor del periódico Tiempo nuevo, hijo de Alexéi Suvórin.

Imagen: A. Semionov, A Winter in the Old Ladoga, 1969.

martes, 5 de mayo de 2009

I.N. Potápienko a Chejov


San Petersburgo, 22 de octubre de 1896 (telegrama).

Gran éxito. Después de cada acto llamadas, después del cuarto muchas y algarabía. Komissárzhevskaya1 ideal, la llamaron aparte tres veces. Llamaron al autor. Explicaron que no estaba. Estado de ánimo excelente. Actores ruegan transmitirte su alegría.

1Viéra Komissárzhevskaya, actriz del Teatro Alexandrínskii, de San Petersburgo; interpreta el papel de Nína Zariéchnaya en la Gaviota, pieza de Chejov.

Imagen: Alexander Matrehin, Floating of Ice on the Neva River, 2007.

Chejov a A.I. Suvórina


Miélijovo, 19 de octubre de 1896.

Gentil Anna Ivánovna1, me fui sin despedirme. ¿Está enojada? El asunto está, en que después del espectáculo mis amigos estaban muy inquietos; alguien, a las dos de la madrugada, me buscó en el apartamento de los Potápienko2; me buscaron en la estación Nikoláevskii3, y al otro día empezaron a venir a mi casa desde las nueve de la mañana, y yo a cada instante esperaba que viniera Davídov4, con sus consejos y su expresión de compasión. Eso es conmovedor, pero es insoportable. Y además pues, yo de antemano tenía decidido que me iría al otro día, con independencia del éxito o el fracaso. El ruido de la gloria me aturde, y yo, después de Ivánov, me fui al otro día5. En una palabra, tenía una invencible inclinación a la huida, e ir abajo, para despedirme de usted, hubiera sido imposible sin sucumbir al encanto de su cordialidad y sin quedarme.
Le beso la mano fuertemente, con la esperanza del perdón. ¡Recuerde su divisa6!
A todos los reverencio profundamente. Vendré en noviembre.

Todo suyo, A. Chejov.

1Anna Suvórina, esposa de Alexéi Suvórin.
2Ignátii Potápienko, escritor, amigo de Chejov, visitante frecuente de Miélijovo.
3En su Diario, Alexéi Suvórin escribe el 17 de octubre de 1896: “Hoy fue La Gaviota en el teatro Alexandrínskii. La pieza no tuvo éxito. El público estuvo desatento, no oyente, conversador, aburrido. Yo hace tiempo que no veía una presentación así. Chejov estaba abrumado. A la una de la madrugada, vino a vernos su hermana, preguntó dónde estaba él. Estaba inquieta. Mandamos al teatro, a donde Potápienko, a donde Lievkéeva (en su casa se reunían los artistas para una cena). No estaba en ningún lugar. Vino a las dos de la madrugada. Fui a verlo, le pregunté:
-¿Dónde estuvo?
-Anduve por las calles, me senté. No podía yo pues, escupir a esta presentación. Si yo vivo aún setecientos años, pues aún entonces, no le daré ni una pieza al teatro. Basta. En esa esfera no tengo suerte.
Se quiere ir mañana a las tres. “Por favor, no me retenga. Yo no puedo escuchar todas esas pláticas” (Ibid., pag. 571-572).
En su biografía Antón Chejov: una vida, Donald Rayfield refiere: “Antón, sin sacar la cabeza de debajo de la cobija, cambió con Suvórin varias frases. Suvórin quería prender la luz, pero Antón lo detuvo: ‘¡Le suplico, no la prenda! Yo no quiero ver a nadie, y sólo le diré una cosa: que me llamen (él dijo entonces la palabra grosera), si yo alguna vez escribo algo más. -¿Dónde estuvo? -Anduve por las calles, me senté. No podía yo pues, escupir a esta presentación. Si yo vivo aún setecientos años, pues aún entonces, no le daré ni una pieza al teatro’. Antón afirmó que dejaría Petersburgo con el mismo primer tren. ‘Por favor, no me retenga’. Suvórin le dijo que la pieza tenía defectos, y después anotó en su diario: ‘Chejov tiene mucho amor propio, y cuando yo le decía mis impresiones, las escuchaba con impaciencia. No pudo sufrir ese fracaso sin una profunda inquietud. Lamento mucho que yo no fui a los ensayos" (pag. 522).
En sus Memorias, Yevtíjii Kárpov, director de La Gaviota, escribe: "Y hasta el día de hoy yo no puedo recordar sin inquietud, esa noche memorable de la primera presentación de La Gaviota. Veo el rostro pálido de Chejov, con una sonrisa extraviada, helada; oigo la voz opaca, ronca con que pronunció la frase: 'El autor fracasó'. Al otro día, por la mañana, vino a verme al teatro Suvórin, desolado, afligido por Chejov hasta la afección" (Ibid., pag. 402-403).
4Vsievolód Davídov, redactor de la revista El espectador.
5La primera función de Ivánov, en el teatro Alexandrínskii, de San Petersburgo, el 31 de enero de 1889, tiene gran éxito.
6Comprendre-pardonner, divisa del papel de correo, en el que Anna Suvórina escribe sus cartas.

Imagen: Alexander Matrehin, The Optino Hermitage, 2006.

Chejov a M.P. Chejov1


Petersburgo, 18 de octubre de 1896.

La pieza se derrumbó y fracasó con estrépito. En el teatro había una tensión pesada, perplejidad e ignominia. Los actores actuaron de modo vil, estúpido.
De aquí la moraleja: no se debe escribir piezas.
Por lo menos, a pesar de todo estoy vivo, saludable, y me encuentro de buena entraña.

Su papásha, Chejov.

1Mijaíl Chejov, hermano del escritor.

Imagen: Alexander Matrehin, Winter, 1995.

Chejov a M.P. Chejova1


Petersburgo, 18 de octubre de 1896.

Yo me voy a Miélijovo2, estaré allá mañana a las dos de la tarde. El suceso de ayer3 no me sorprendió y no me afligió mucho, porque yo ya estaba preparado para éste por los ensayos4, y me siento, en particular, no de modo infame.
Cuando vengas a Miélijovo, trae contigo a Líka5.

Tuyo, A. Chejov.

1María Chejova, hermana del escritor.
2Miélijovo, finca de la familia Chejov, en las afueras de Moscú.
3Fracaso escandaloso de La Gaviota el día de su estreno, en el teatro Alexandrínskii, de San Petersburgo, el 17 de octubre de 1896.
4En su Diario, Alexéi Suvórin escribe el 17 de octubre de 1896: “Ayer, aún después del ensayo general, él (Chejov, N. del T.) se inquietaba con la pieza, y no quería que fuera. Estaba muy insatisfecho con la interpretación. Ésta, realmente, era mediocre”(A.P. Chejov, Obr. comp., pag. 571).
En su Diario, Nikolai Léikin escribe el 18 de octubre de 1896: "Hoy todos los periódicos, excepto El tiempo nuevo, anuncian de modo solemne el fracaso de La Gaviota de Chejov, de modo solemne y, además, con una suerte de goce maligno. Así-así, como si hubieran atrapado a un lobo, que antes de ser atrapado les desgarró mucho ganado" (Lit. nas., t. 68, M., 1960).
5Lidia Mizínova (“Líka”), amiga íntima de la familia Chejov, maestra del gimnasio de L.F. Rzhévskaya.

Imagen: Alexander Matrehin, Important Official, 2003.