sábado, 24 de mayo de 2008

El agradecido (Esbozo psicológico)


-¡Aquí tienes trescientos rublos! –dijo Iván Petróvich, entregando un fajo de créditos a su secretario y pariente lejano, Mísha Bobóv. –Que así sea, tómalos... No te los quería dar, pero... ¿qué hacer? Tómalos... Por última vez... Agradécele a mi esposa. Si no fuera por ella, yo no te los daría... Me lo suplicó.
Mísha tomó el dinero y empezó a parpadear. No encontraba palabras de gratitud. Sus ojos se enrojecieron y cubrieron de humedad. Él hubiera abrazado a Iván Petróvich, pero... ¡abrazar a los jefes era tan embarazoso!
-Agradécele a mi esposa –dijo otra vez Iván Petróvich. –Ella me lo suplicó... Tú la conmoviste tanto con tu jetita llorosa... Agradécele a ella.
Mísha retrocedió y salió del gabinete. Fue a agradecer a su parienta lejana, la esposa de Iván Petróvich. Ésta, una rubia bonita, estaba sentada en un sofacito en su gabinete, y leía una novela. Mísha se detuvo ante ella y pronunció:
-¡No sé, ni cómo agradecerle!
Ella sonrió con indulgencia, soltó el libro y, con gentileza, le señaló un lugar a su lado. Mísha se sentó.
-¿Cómo puedo yo agradecerle? ¿Cómo? ¿Con qué? ¡Enséñeme! ¡María Semiónovna! ¡Usted me hizo más que un beneficio! ¡Pues con este dinero yo celebraré mi boda con mi gentil, mi querida Katia!
Por la mejilla de Mísha resbaló una lágrima. Su voz temblaba.
-¡Oh, le agradezco!
Se inclinó y plantó un beso en la mano rolliza de María Semiónovna.
-¡Usted es tan buena! ¡Y qué bueno es su Iván Petróvich! ¡Qué bueno es, qué indulgente! ¡Tiene un corazón de oro! ¡Usted debe agradecerle al cielo, que le envió a tal esposo! ¡Mi querida, quiéralo! ¡Le suplico, quiéralo!
Mísha se inclinó y plantó un beso en ambas manos a la vez. Una lágrima resbaló por su otra mejilla. Un ojo se le hizo menor.
-¡Él es viejo, no bonito, pero en cambio qué alma tiene! ¡Encuéntreme en algún lugar otra alma igual! ¡No la encuentra! ¡Quiéralo pues! ¡Ustedes, las esposas jóvenes, son tan ligeras! Ustedes buscan en los hombres, ante todo, la apariencia... el efecto... ¡Le suplico!
Mísha tomó sus codos y, febrilmente, los apretó entre sus palmas. En su voz se oían sollozos.
-¡No lo engañe! ¡Engañar a ese hombre, significa engañar a un ángel! ¡Aprécielo, quiéralo! ¡Querer a un hombre tan maravilloso, pertenecer a él... pues es una beatitud! Ustedes, las mujeres, no quieren entender mucho... mucho... ¡Yo a usted la quiero terriblemente, salvajemente, por que usted le pertenece a él! Todo un santuario, que le pertenece a él... Este es un beso santo... No tema, yo soy un novio... No es nada...
Mísha, conmovido, sofocado, se extendió de su oreja a su mejilla, y la rozó con sus bigotes.
-¡No lo engañe, mi querida! ¿Pues usted lo quiere? ¿Sí? ¿Lo quiere?
-Sí.
-¡Oh, maravillosa!
Por un minuto Mísha, con éxtasis y ternura, miró sus ojos. En estos leyó un alma bondadosa...
-¡Usted es maravillosa!... –continuó él, tendiendo la mano hacia su talle. –Usted lo quiere... A ese ángel... maravilloso... Es un corazón de oro... un corazón...
Ella quería liberar su talle de sus manos, empezó a moverse, pero se enredó aún más... Su cabeza- ¡es incómodo estar sentado en esos sofacitos! –cayó sin intención sobre el pecho de Mísha.
-Su alma... corazón... ¿Dónde encontrar otro hombre así? Quererlo... Escuchar los latidos de su corazón... Ir con él mano a mano... Sufrir... compartir las alegrías... ¡Entiéndame! ¡Entiéndame!..
De los ojos de Mísha brotaron las lágrimas... Su cabeza se sacudió febrilmente y se inclinó sobre el pecho de ella. Sollozó y apretó a María Semiónovna entre sus brazos.
¡Es terriblemente incómodo estar sentado en esos sofacitos! Ella quería liberarse de sus brazos, consolarlo, serenarlo... ¡Él estaba tan nervioso! Ella le agradecía, que él era tan dispuesto hacia su esposo... ¡Pero no te parabas de ningún modo!
-Quiéralo... No lo engañe... ¡Le suplico! Ustedes... las mujeres... son tan ligeras... no entienden...
Mísha no dijo una palabra más... Su lengua se enredó y calló...
A los cinco minutos, Iván Petróvich entró para algo a su gabinete... ¡Infeliz! ¿Por qué no llegó antes? Cuando ellos vieron el rostro amoratado del jefe, sus puños apretados, cuando oyeron su voz apagada, ahogada, se pararon...
-¿Qué te pasa? –preguntó María Semiónovna palideciendo.
¡Preguntó, porque hacía falta hablar!
-¡Pero... pero, pues yo francamente, su excelencia! –musitó Mísha. –¡Palabra de honor, francamente!

Título original: Blagodarnii, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 7, con la firma: “A. Chejonté”.
Imagen:
John Everett Millais, The Black Brunswicker, 1860.

La plática del hombre con el perro


Era una noche de luna helada. Alexéi Ivánich Románsov se espantó un diablito verde de la manga, abrió la portezuela con cuidado y entró al patio.
-El hombre –filosofaba él, evitando el hueco del muladar y tambaleándose, –es polvo, espejismo, ceniza... Pável Nikoláich es el gobernador, pero él es ceniza también. Su aparente grandeza es sueño, humo... Soplas una vez, ¡y no está!
-Rrrr... –llegó a los oídos del filósofo.
Románsov miró al costado y vio, a dos pasos de sí, a un enorme perro negro, de la raza de los mastines de la estepa y del tamaño de un buen lobo. Estaba sentado junto a la perrera de la portería y hacía resonar la cadena. Románsov le echó una mirada, pensó un poco y expresó asombro en su rostro. Después, se encogió de hombros, movió la cabeza y sonrió con tristeza.
-Rrrr... –repitió el perro.
-¡Noo entiendo! –abrió los brazos Románsov. -¿Y tú... tú puedes gruñirle a un hombre? ¿Ah? Por primera vez en la vida lo oigo. Que me pegue Dios... ¿Pero acaso tú no sabes, que el hombre es la cúspide del universo? Tú mira... Yo me voy a acercar a ti... Mira aquí... ¿Pues yo soy un hombre? ¿Qué tú opinas? ¿Yo soy un hombre o no soy un hombre? ¡Explícame!
-Rrrr... ¡Guau!
-¡La pata! –le extendió Románsov la mano al perro. -¡La paata! ¿No me la da? ¿No lo desea? Y no hace falta. Así lo vamos a apuntar. Y por ahora permítame por el hocico... Yo con cariño...
-¡Guau! ¡Guau! Rrr.. ¡guau! ¡Guau!
-Aaah... ¿tú muerdes? Muy bien, bueno. Así lo vamos a recordar. Entonces, ¿a ti no te importa que el hombre es la cúspide del universo... el rey de los animales? Entonces, ¿de esto sigue, que a Pável Nikoláich tú puedes morderlo también? ¿Sí? Ante Pável Nikoláich todos caen boca abajo, y para ti qué es él, si no otro objeto, ¿te da lo mismo? ¿Así acaso te entiendo? Aah... ¿Así, por lo tanto, tú eres socialista? Espera, tú respóndeme... ¿Tú eres socialista?
-Rrr... ¡guau! ¡guau!
-Espera, no muerdas... ¿De qué, este, yo? Ah sí, de la ceniza. Soplas, ¡y no está! ¡Pff! ¿Y para qué vivimos, pregunto? Nacemos entre dolores de la madre, comemos, bebemos, pasamos las ciencias, morimos... ¿y para qué todo esto? ¡Cenizas! ¡No vale nada el hombre! Tú eres pues un perro, y no entiendes nada, ¡pero si tú pudieras... meterte en el alma! ¡Si tú pudieras penetrar en la psicología!
Románsov movió la cabeza y escupió.
-Una suciedad... Te parece que yo, Románsov, el secretario colegiado... soy el rey de la naturaleza... ¡Te equivocas! ¡Yo soy un parásito, un sobornado, un hipócrita!.. ¡Yo soy un vil!
Alexéi Ivánich se golpeó el pecho con el puño y rompió a llorar.
-Un soplón, un murmurador... ¿Tú piensas, que a Yegórka Korniúshkina la corrieron no por mí? ¿Ah? ¿Y quién, permítame preguntarle, le estafó los doscientos rublos al comité y se los cargó a Surgúchov? ¿Acaso no yo? ¡Vil, fariseo... Judas! ¡Alcahueta, exacionista... degenerado!
Románsov se limpió las lágrimas con la manga y empezó a sollozar.
-¡Muérdeme! ¡Cómeme! Nadie me ha dicho una palabra sensata desde que nací... Todos, en su alma, sólo me consideran un canalla, y a los ojos, excepto elogios y sonrisas, ¡ni-ni! ¡Si alguna vez alguien me pegara por la jeta y me insultara! ¡Cómeme, perro! ¡Muérdeme! ¡Rrrompe al anatema! ¡Zámpate al traidor!
Románsov se tambaleó y cayó sobre el perro.
-¡Así, así mismo! ¡Rómpeme la jeta! ¡No me da lástima! Aunque me duela, no te apiades. ¡Toma, muérdeme las manos también! ¡Ajá, corre la sangre! ¡Así te hace falta, schmerz1! ¡Así! Merci, galopín o, ¿cómo te llamas? Merci... Rómpeme la pelliza también. Da lo mismo, es un soborno... Vendí al prójimo, y me compré una pelliza con el dinero ganado... Y la visera con la cucarda también... Pero, ¿de qué, este, yo?.. Es hora de irse... Adiós, perrito... pilluelo...
-Rrrr.
Románsov acarició al perro y, tras dejarle morderlo una vez más por la pantorrilla, se arropó con la pelliza y, tambaleándose, caminó con lentitud hacia su puerta...
Al despertarse al otro día de mediodía, Románsov vio algo excepcional. Su cabeza, manos y piernas estaban vendados. Junto a la cama estaban parados la esposa llorosa y el doctor preocupado.

1Schmerz (expresión injuriosa), alemán, salchichero.

Título original: Razgovor chelovieka s sobakoi, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1885, Nº 10, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen:
Constant Troyon, Guardabosques parado junto a sus perros, 1854.

viernes, 23 de mayo de 2008

Tabla de rangos literarios


Si a todos los literatos rusos vivos, conforme a sus talentos y méritos, llevarlos a rangos1, pues:

Consejeros secretos activos: (vacante).
Consejeros secretos: Liév Tolstoi, Goncharóv.
Consejeros civiles activos: Saltikóv-Schedrín, Grigoróvich.
Consejeros civiles: Ostróvskii, Lieskóv, Polónskii.
Consejeros colegiados: Máikov, Suvórin, Gárshin, Buriénin, Serguei Maxímov, Gliéb Uspiénskii, Katkóv, Pipín, Pleschéev.
Consejeros provinciales: Koroliénko, Skabichévskii, Avérkiev, Boboríkin, Gorbunóv, c. Salias, Daniliévskii, Murávlin, Vasílievskii, Nadson, N. Mijailóvskii.
Asesores colegiados: Mináev, Mordóvtziev, Avséenko, Niezlóbin, A. Mijáilov, Pálmin, Trefóliev, Piótr Veinberg, Sálov.
Consejeros titulares: Álbov, Barantzévich, Mijniévich, Zlatovrátskii, Shpazhínskii, Serguei Atáva, Chuikóv, Mieschérskii, Ivánov-Klássik, Vas. Nemiróvich-Dánchenko.
Secretarios colegiados: Frug, Apújtin, Vs. Solovióv, V. Krilóv, Yúriev, Goleníschev-Kutúzov, Ertel, K. Sluchévskii.
Secretarios de gobierno: Notóvich, Maxím Bielínskii, Niviézhin, Karázin, Venguiérov, Nefiódov.
Registradores colegiados: Mínskii, Trofímov, F. Berg, Miasnítzkii, Linióv, Zasodímskii, Bázhin.
No portadores de rango: Okréitz2.

1Escrito después de la revisión de la Tabla de rangos establecida por Pedro I en 1724, anunciada por esos días en la prensa.
Chejov escribe a Alexéi Suvórin el 11 de diciembre de 1891 sobre Tolstoi: “…no es un hombre, sino un hombrón, un Júpiter”.
Escribe a Gorbunóv-Posádov el 9 de noviembre de 1897: “En mi vida, yo no he respetado a ningún hombre de modo tan profundo, se puede decir tan abnegado, como a Liév Nikoláevich”.
Escribe a Alexéi Pleschéev el 14 de mayo de 1889: “Me da lástima Schedrín. Era una cabeza robusta, fuerte (…) Fustigar sabe cualquier gacetero, burlarse sabe Buriénin, pero despreciar abiertamente sabía sólo Saltikóv”.
Escribe a Alexéi Suvórin en mayo de 1889 sobre Goncharóv: “…escritor de primera clase”, incluyo su nombre en mi lista de “semidioses”.
En Antón Chejov y sus sujetos, Mijaíl Chejov refiere que “por A.N. Pleschéev, Antón Pávlovich sentía un profundo respeto, apreciaba su nombre” (pag. 56).
Escribe Chejov a Alexéi Pleschéev el 15 de noviembre de 1888: “A tales hombres como el finado Gárshin, yo los quiero con toda el alma, y considero mi deber testificar mi simpatía por él públicamente”.
Alexánder Lázariev-Gruzínskii escribe a Nikolai Ezhóv el 14 de mayo de 1886 sobre la Tabla de rangos de Chejov: “Katkóv, Lieskóv, Suvórin y Buriénin, Murávlin (son inexpertos e incapaces), Vasílievskii y por el estilo están demasiado elevados”.
2Stanisláv Okréitz, redactor de El rayo, revista conservadora.

Título original: Literaturnaya tabel o rangaj, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1886, Nº 19, con la firma : “El hombre sin bazo”.

Imagen: Ilja Repin, El escritor Leo Tolstoi, 1887.

El nabito (Traducción infantil)


Había una vez un abuelo y una abuela. Había una vez y tuvieron a Siérzh. Siérzh tenía las orejas largas y en lugar de cabeza un nabito. Siérzh creció mucho-mucho... El abuelo le tiró de las orejas, tiró-tiró, y no pudo sacarlo adelante. El abuelo llamó a la abuela.
La abuela tiró del abuelo, el abuelo del nabito, tiraron-tiraron, y no pudieron sacarlo adelante. La abuela llamó a la tía princesa.
La tía tiró de la abuela, la abuela del abuelo, el abuelo del nabito, tiraron-tiraron, y no pudieron sacarlo adelante. La princesa llamó al compadre general.
El compadre tiró de la tía, la tía de la abuela, la abuela del abuelo, el abuelo del nabito, tiraron-tiraron, y no pudieron sacarlo adelante. El abuelo no resistió. Casó a la hija con un mercader rico. Atrajo al mercader con billetes de cien rublos.
El mercader tiró del compadre, el compadre de la tía, la tía de la abuela, la abuela del abuelo, el abuelo del nabito, tiraron-tiraron, y sacaron adelante a la cabeza-nabito.
Y Siérzh se hizo consejero activo1.

1Consejero activo, rango civil en la Rusia zarista.

Título original: Riepka, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 8, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: Mariano Fortuny, Ein Junge in Portici, 1874.

Iluminación de vagón


(Dibujo: el conductor se dirige a un paletó colgado de la pared.)
-¡Su boleto! ¡A quién le hablo! ¡Su boleto!

Título original: Vagonnoe osvieschenie, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 5, con dibujo de A.I. Liébediev y la firma: “A. Chejonté”.
Imagen:
Terence Cuneo, Out of the night, XX.

jueves, 22 de mayo de 2008

El pícaro


Iban dos amigos una vez al atardecer y mantenían entre sí una plática juiciosa1. Iban por la Niévskii2. El sol ya se ponía, pero no del todo... En algún lugar llameaban aún las chimeneas de las casas y brillaban las cruces de las iglesias... El aire levemente helado olía a primavera...
-¡La primavera está cerca! –le decía un amigo al otro, tratando de tomarlo por el brazo. -¡Es asquerosa esta primavera! Fango en todas partes, indisposición, muchos gastos... Alquila una casa de campo, una cosa, la otra... Tú, Pável Ivánich, eres un provinciano y no entiendes eso... Tú no puedes entender. Ustedes en provincia, como se expresó una vez cierto escritor, sólo tienen bondad de alma... No hay pena, ni tristeza. Comen, beben, duermen, y no saben de ningún asunto. No lo que nosotros... Empezó a helar... ¿lo notas?.. Por lo demás, ustedes tampoco viven sin pena... Ustedes en primavera tienen su tristeza. Je-je-je. Ahora a ustedes, a los provincianos, se les empieza a agitar la sangre... se les desatan las pasiones. Nosotros, los capitalinos, somos gente de piedra, de hielo, no hay llama en nosotros, y no sabemos de pasiones, ¡y ustedes son volcanes, vesubios! ¡Psh! ¡Psh! ¡Exhala! Je-je-je... ¡Oy, me quemo! Y confiesa pues, Pável Ivánich, ¿se te agita fuerte la sangre?
-No tiene por qué agitarse... -respondió Pável Ivánich sombríamente.
-¡Pues sí, basta, deja! Tú eres soltero, no eres un hombre viejo, ¿por qué pues, no se te va a agitar? ¡Que se te agite, si quiere!.. Y en vano te confundes... No hay nada confuso ahí... ¡Así, solamente! (Pausa.) ¡Y qué muchacha vi hace poco, hermano, qué muchacha! ¡Te chupas los dedos! ¡Chasqueas con los labios cien veces cuando la ves! ¡Un fuego! ¡Unas formas! Palabra de honor... ¿Quieres que te la presente? Una polaquita... Sózia, se llama... ¿Quieres que te lleve a verla?
-Hum... ¡Disculpa, Semión Petróvich, pero yo te diré que así, a un noble, no le corresponde proceder! ¡¡No le corresponde!! ¡Eso es asunto de mujeres, de taberna, pero no tuyo, no de nobles!
-¿Qué pasa? ¿Pero tú... qué? –se acobardó Semión Petróvich.
-¡Es una vergüenza, hermano! Tu finado padre era nuestro decano, tu mátushka de respeto... ¡Es una vergüenza! Yo ya hace un mes que visito tu casa, y noté un rasgo en ti... ¡No tienes tú un conocido, no hay un cada cual o un cada quisque, al que no le propongas una muchacha!.. Ya a uno, ya al otro... Y otra conversación no tienes... Al casamenteo te dedicas. Y aún eres casado también, honorable, pronto te vas a meter a activo3, a excelencia... ¡Es una vergüenza, una deshonra!.. Hace un mes que vivo en tu casa, y tú, ya es la décima que me propones... ¡Casamentero!
Semión Petróvich se confundió, empezó a voltearse, como si lo hubieran agarrado robando del bolsillo.
-Pero yo, nada... –empezó a farfullar. -Yo eso, sólo así... Je-je-je... Cómo eres...
Caminaron unos veinte pasos callados.
-¡Yo soy un hombre infeliz! –rompió a gemir de pronto Semión Petróvich, amoratándose y parpadeando. -¡Soy un infeliz! ¡Tú estás en lo cierto, que yo soy un casamentero! ¡Es cierto! ¡Y fui así, y voy a ser así hasta la misma lápida de la tumba, si lo quieres saber! ¡En el infierno, por eso mismo, voy a arder!
Semión Petróvich, desolado, agitó la mano derecha y se pasó la izquierda por los ojos. El cilindro se le deslizó hacia la nuca, sus chanclos crujieron por la vereda fuertemente. La punta de la nariz se le llenó de sangre...
-¡Me va a perder mi conducta por completo! ¡Y no voy a morir mi muerte! ¡Voy a sucumbir! Yo siento mi vicio, hermano, y lo entiendo, pero no puedo hacer nada conmigo. ¿Para qué pues, los empalago a todos con el sexo femenino? ¡A la fuerza, hermano! ¡A ella, a ella, a la fuerza! ¡Soy celoso, como un perro! Te lo confieso, como mi amigo... ¡El celo me venció! Yo me casé, tú mismo lo sabes, con una jovencita, con una belleza... Cada uno la corteja, o sea, puede ser, que nadie quiere ni verla, pero a mí siempre me parece... Para la gallina ciega, sabes, todo es maíz. A cada paso temo... Hace poco tú, después de almuerzo, sólo le diste la mano, y a mí ya me pareció todo... quería darte una puñalada... ¡A todo le temo! Bueno, y tengo que emplear la astucia a la fuerza. Tan pronto noto que alguien empieza a rondarla, yo enseguida me le acerco con una muchacha: ¿no la quieres, le digo? La retirada es una astucia militar... ¡Soy un imbécil! ¡Qué hago! ¡Una vergüenza, una deshonra! Cada día corro por la Niévskii, recluto para mis amigos a esas bichas cola-sucias... ¡A esas villanas! ¡Y cuánto dinero se me va en ellas, si tú supieras! Algunos amigos pues, captaron mi debilidad, y se aprovechan... Se divierten a cuenta mía, villanos... ¡Ah!
Semión Petróvich dio un aullido y palideció. Por la Niévskii, por delante de los amigos, pasó una calesa. En ésta estaba sentada una dama joven, vis-à-vis con la dama estaba sentado un hombre.
-¿Ves, ves? Ahí va mi esposa. Bueno, ¿cómo no celar ahí? ¿Ah? ¡Pues ése, es ya la tercera vez que se pasea con ella! ¡No en vano! ¡No en vano, el bribón! ¿Viste cómo le echa miradas? Adiós... Corro... ¿Así, no quieres a Sózia? ¿No? ¡No la quieres! Adiós... Así, yo a él se la... a Sózia pues...
Semión Petróvich se encajó más el sombrero y, golpeando con el bastón, echó a correr, tratando de no perder de vista la calesa.
-El padre era un decano –suspiró Pável Ivánich. –La mátushka de respeto... Y la familia ilustre, de pura cepa... ¡A-a-ah! ¡Se apocó el pueblo!

1Iban dos amigos una vez al atardecer y mantenían una juiciosa plática entre sí”, de Los transeúntes y los perros, fábula de Iván Krilóv.
2La célebre avenida Niévskii de San Petersburgo.
3Consejero activo, rango civil en la Rusia zarista.

Título original: Jitrietz, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 13, con la firma: “A. Chejonté”.
Imagen:
Otto Strützel, La puerta del pasillo de ciudad en Munich, 1895.

El adicto


Veinte años se dispuso el director de la vía férrea Z.-B-.J. a sentarse a su escritorio y, finalmente, hace dos días, se dispuso. Media vida la idea ardiente, punzante e inquieta había girado en su cabeza, tomado una forma decente, redondeado, detallado, crecido y, finalmente, había adquirido la magnitud de un proyecto grandioso... Él se sentó a la mesa, tomó la pluma en su mano e... ingresó al espinoso camino de la autoría.
La mañana era serena, radiante, helada... En las habitaciones era cálido, cómodo... En la mesa había un vaso de té que humeaba levemente... No tocaban, no gritaban, no se colaban con pláticas... ¡Es excelente escribir en ese ambiente! ¡Toma la pluma en la mano y pasea a tu gusto!
Al director no le hacía falta pensar mucho para empezar... En su cabeza hacía tiempo ya que todo estaba empezado y terminado: ¡sólo sabe copiar del cerebro al papel!
Él frunció el ceño, apretó los labios, aspiró un chorro de aire y escribió el título: Unas palabras en defensa de la prensa. El director amaba la prensa. Le era fiel con toda su alma, con todo su corazón y todos sus pensamientos. Escribir su palabra en defensa de ella, decir esa palabra en voz alta, para que todos la oyeran, ¡era para él su sueño preferido, veintenario! Él le debía mucho a ella: su desarrollo, su descubrimiento de los abusos, su puesto... ¡mucho! Había que agradecerle... Y además, quería ser autor siquiera por un día... A los escritores, aunque los criticaban, de todas formas los veneraban... En particular las mujeres... Hum...
Tras escribir el título, el director expiró el chorro de aire y escribió en un minuto catorce líneas. Le salió bien, llano... Empezaba en general sobre la prensa y, tras escribir media hoja, empezó a hablar de la libertad de prensa... Él exigía... Las protestas, los datos históricos, las citas, las sentencias, los reproches y las burlas brotaban de su pluma aguda.
“Nosotros somos liberales –escribía. -¡Atrévanse con ese término! ¡Búrlense! Pero nosotros estamos orgullosos, y vamos a estar orgullosos de ese alias por ahora...”
-¡Trajeron los periódicos! –informó el lacayo...
A las diez de la mañana, el director comúnmente leía los periódicos. Y por esta vez no cambió su costumbre. Tras abandonar la escritura, se levantó, se desperezó, se extendió en el sofacito y la emprendió con los periódicos. Tras tomar en sus manos El tiempo nuevo, sonrió con desprecio, recorrió con sus ojos el editorial y, sin leerlo hasta el final, lo dejó.
-Flor de Demidron...1 –rezongó. -¡Yo les voy a rrrecetar!
Tras expeler El tiempo nuevo al butacón, el director la emprendió con La voz. Sus ojos se encendieron con un buen sentimiento, en sus mejillas bailó el rubor. Le gustaba La voz, y él mismo, alguna vez, había escrito en ésta.
Leyó el editorial y las noticias menores... Recorrió el folletín... Mientras más leía, más aceitosos se hacían sus ojos. Leyó Entre periódicos y revistas... Se saltó hasta la tercera página...
-Sí, sí. Así... Y yo sobre esto recordé... ¡Cierto, totalmente cierto!.. Hum. ¿Y esto sobre qué es?
El director entornó los ojos...
“A la vía férrea Z.-B-.J. –empezó a leer, -ha ingresado por estos días, para su elaboración, un proyecto bastante extraño... El creador de ese proyecto es el mismo director de la vía, el anterior...”
A la media hora de la lectura de La voz, el director, rojo, sudado, trémulo, estaba sentado a su escritorio y escribía. Escribía una “orden sobre la línea”... En esa orden se recomendaba no suscribirse a “ciertos” periódicos y revistas...
Junto al director enojado yacían unos trozos de papel. Esos trozos, media hora antes, constituían unas palabras en defensa de la prensa...
¡Sic transit gloria mundi2!

1Flor de Demidron, alias del periódico El tiempo nuevo, de Alexéi Suvórin. Demidron, restaurante de San Petersburgo.
2¡Sic transit gloria mundi!, ¡Así pasa la gloria del mundo! Palabras (quizás de la Imitación de Cristo, I, 3, 6) dirigidas al Soberano Pontífice en el momento de su elevación.

Título original: Rievnitiel, publicado por primera vez en la revista Zritiel, 1883, Nº 12, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: Mikhail Nesterov, Portrait of Alexey Severtsov, 1934.