viernes, 4 de enero de 2008

La pura verdad


Seis registradores colegiados, y uno que no tenía rango, estaban en un boscaje suburbano, y se embriagaban.
La ebriedad era ruidosa, pero afligida y tristona. No se veían ni sonrisas, ni maneras gozosas; no se oían ni risas, ni vocerío de júbilo... Olía a algo fúnebre...
No hacía más de una semana que el registrador colegiado Kanifóliev, tras presentarse en la oficina en estado de ebriedad, resbaló con el escupitajo de alguien, cayó sobre el armario de cristales, lo rompió y se rompió él mismo. Y al día siguiente de ese pecado original, perdió dos papeles del asunto Nº 2423. Eso era poco... Llegaba a la oficina con pólvora y pistones en los bolsillos. En general, llevaba una vida no sobria y turbulenta. Todo fue considerado. Voló, y ahora se comía el almuerzo de despedida.
-¡Memoria eterna para ti, Aliósha! –decían los funcionarios antes de cada copita, dirigiéndose a Kanifóliev. -¡Amén para ti!
Kanifóliev, un hombrecito con un rostro alargado, lloroso, tras cada salutación semejante, sollozaba, golpeaba la mesa con el puño y decía:
-¡De todos modos voy a sucumbir!
Y el expulsado, ensañado, se bebía su copita, sollozaba de modo ruidoso, y se ponía a besuquear a sus amigos.
-¡Me corrieron! –decía, moviendo la cabeza trágicamente. -¡Me corrieron porque soy un bebedor! ¡Y no entienden, que yo bebía por pena, por despecho!
-¿Por qué pena?
-¡Y por ésta, por que yo no podía ver su mentira! ¡A mí, su vil mentira me roía el corazón! ¡Yo no podía ver con indiferencia todas sus porquerías! Eso él no quería entenderlo... ¡Está bien pues! ¡Yo le enseñaré, donde invernan los cangrejos! ¡Le enseñaré! ¡Iré, y le escupiré en su misma cara! ¡Toda la pura verdad se la diré! ¡Toda la verdad!
-No se la dirás... Eso es sólo jactancia... Todos ustedes, los maestros, en estado de ebriedad, se rompen la garganta, y a la menor cosa, esconden el rabo... Y tú eres así...
-¿Tú piensas que yo no le diré? ¿Tú piensas? Aaah... tú piensas así... Está bien... Bueno, veremos... Que sea yo tres veces anatemi... rómpeme... ¡Llámame canalla en mi cara, escúpeme entonces, si no le digo!
Kanifóliev golpeó la mesa con el puño y se puso rojo.
-¡De todos modos voy a sucumbir! ¡Ahora mismo iré y le diré! ¡En este instante! ¡Él está ahí no lejos, con su esposa! ¡Si perderse, pues a perderse, qué diablos, pero yo le voy a abrir los ojos! ¡Todo se lo voy a poner claro como el agua! ¡Él va a saber, qué significa Alióshka Kanifóliev!
Kanifóliev saltó del lugar y, tambaleándose, echó a correr... Cuando los amigos tendieron los brazos para retenerlo por los faldones, él ya estaba lejos. Y cuando pensaron en correrle atrás y retenerlo, él ya estaba parado ante la mesa, a la que estaba sentado el jefe, y decía:
-Yo, su excelencia, entré a verlo en su casa sin aviso, pero yo todo esto como hombre honrado, y por eso disculpe... Yo, su excelencia, estoy bebido, es cierto -decía él, -¡pero estoy consciente! ¡Lo que tiene el sobrio en el alma, es lo que tiene el ebrio en la lengua, y yo le diré toda la pura verdad! ¡Sí, su excelencia! ¡Basta de aguantar! ¿Por qué, por ejemplo, en nuestra cancillería, los suelos hace tiempo que no están pintados? ¿Por qué usted le permite al contador dormir hasta las once? ¿Por qué usted le permite a Mitiáev llevarse a la casa los periódicos de la oficina, y a los otros no se lo permite? De todos modos yo voy a sucumbir, y le diré toda la pura...
Y esa pura verdad la dijo Kanifóliev con temblor en la voz, con lágrimas en los ojos, golpeándose el pecho con los puños.
El jefe lo miraba abriendo los ojos y no entendía de qué se trataba.

Título original: Suschaya pravda, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 28, con la firma: “A. Chejonté”.
Imagen: José Bardasano Baos, En la taberna, 1965.

jueves, 3 de enero de 2008

En el vagón (Tiroteo de plática)


-Vecino, ¿un puro, no se le ofrece?
-Merci... ¡Excelente puro! ¿A cuánto la decena?
-En verdad no sé, pero pienso que son de los caros... ¡habaneros pues! Después de la botella de Le Perdri que recién me tomé en la estación, y después de las anchoas, no está mal prender este puro. ¡Puf!
-¡Qué dije macizo tiene usted!
-Msí... ¡Trescientos rublos! Ahora, sabe, no estaría mal, después de este puro, tomar vino del Rin... Schloss-Johannisberg, ¿o qué?, número ochenta y cinco y medio, de a diez rublos... ¿Ah? O tinto... De los tintos, yo tomo Clos de Vougeot vie seco, es posible, Clos du Roi Corton... Por lo demás, si ya tomar bourgogne, pues no otra cosa que el Chambertain número treinta y ocho tres cuartos. De los bourgogne, es el más sano...
-Disculpe, por favor, por la pregunta indiscreta: ¿usted, probablemente, pertenece a los grandes terratenientes locales o... es banquero?
-¡No, qué banquero! Yo soy vigilante de depósito en la aduana de W-i...

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-Mi esposa lee Las novedades y el Tiempo nuevo, y yo prefiero los periódicos moscovitas. Por las mañanas leo los periódicos, y por las noches mando a alguna de mis hijas a leer en voz alta La antigüedad rusa o El heraldo de Europa. Confieso, que no soy un aficionado de las revistas gruesas, se las doy a leer a los conocidos, yo me obsequio más con las ilustraciones... Leo El campo, El universal, bueno, por supuesto, y las humorísticas...
-¿Es posible que usted está suscrito a todos esos periódicos y revistas? ¿Probablemente, usted posee una biblioteca?
-No, yo soy receptor en la oficina de correos...

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-Por supuesto, el método hípico, como medio de transporte, nunca podrá compararse con la vía férrea, pero los caballos, padrecito, son una cosa buena...Enganchas así unas cinco-seis tróikas, las llenas de mujeres, y ¡eh, caballos, mis caballos, corran más rápido que el halcón! ¡Vas, y sólo sueltan chispas! Unas treinta vérstas corres, y después atrás... Mejor placer no se puede inventar, sobre todo en invierno... Hubo, sabe, una ocasión... Mando yo una vez a los hombres a enganchar diez tróikas... había visita en mi casa...
-Culpable... ¿probablemente, usted tiene su propio establo de caballos?
-No, yo soy jefe de bomberos...

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-Yo no soy avaricioso, no me gusta el dinero... ¡tfú con éste! Sufrí mucho por el asqueroso, pero de todas formas lo dije y lo voy a decir: ¡el dinero es una cosa buena! Bueno, qué puede ser más agradable, que cuando estás parado así, frente a frente con un habitante, y de pronto sientes en la palma de la mano cierto, así decir, roce de papel... Así te corren chispas por las venas, cuando sientes el papel en el puño...
-¿Usted, probablemente, es doctor?
-¡Dios me salve! Yo soy policía rural...

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-¡Conductor! ¡¿Dónde me encuentro?! ¡¿En qué sociedad?! ¡¿En qué siglo vivo?!
-¿Y usted mismo, quién es?
-Maestro de oficio, zapatero Yegórov...

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-¡Diga lo que diga, es penoso nuestro trabajo de escritor! (Suspiro majestuoso.) No en vano el collega Nekrásov dijo, que en nuestro destino hay algo fatal... Es verdad, cobramos mucho dinero, nos conocen en todas partes... nuestra suerte es la gloria, pero... todo eso es vanidad... La gloria, según expresión de uno de mis colegas, es un parche chillón en los sucios harapos del cantor... Es tan penoso y difícil que, me cree, la otra vez agarraría, y cambiaría la gloria, el dinero y todo por la suerte del labriego...
-¿Y usted, dónde se digna a escribir?
-Escribo en El rayo artículos sobre cuestión europea...

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-Mi esposo se iba cada sábado a casa del ministro, y yo me quedaba sola... De pronto, uno de los sábados, vienen de parte del conde Fiquinne y me preguntan por mi esposo. “¡Nos hace falta sea como sea! ¡Siquiera sáquelo de abajo de la tierra, pero dénos a su esposo!” Tales, por Dios... ¿De dónde, digo, les sacaré a mi esposo? Ahora él está con el ministro, de ahí seguro pasará por donde la princesa Jrónskaya-Zapiáta...
-A-a-h... Señora, ¿su esposo, en qué ministerio se digna a servir?
-Él por la línea de los peluqueros... En las peluquerías...

Título original: V vagone (Razgovornaya pierestrielka), publicado por primera vez en la revista Oskolkii, 1885, Nº 30, con la firma: “A. Chejonté”.
Imagen: Abraham Solomon, Viajeros de primera clase, el encuentro, XIX.

La santa simpleza (Cuento)


A la casa del padre Sávva Zheslóv, abad anciano de la iglesia de la Santa Trinidad en la ciudad de P., arribó desde Moscú, de forma inesperada-inopinada, su hijo Alexánder, un conocido abogado moscovita. El anciano viudo y solitario, al contemplar a su única criatura, que no veía hacía unos 12-15 años, desde ese mismo entonces en que lo acompañó a la universidad, palideció, le tembló todo el cuerpo y se petrificó. Sus alegrías y éxtasis no tenían fin.
Al atardecer del día de la llegada, el padre y el hijo platicaban. El abogado comía, bebía y se enternecía.
-¡Y aquí en tu casa está bien, agradable! –se extasiaba éste, agitándose en la silla. –Acogedor, cálido, y huele como a algo así patriarcal. ¡Por Dios, está bien!
El padre Sávva, puestas las manos detrás y, por lo visto, jactándose ante la vieja cocinera de que tenía un hijo tan adulto y galante, caminaba junto a la mesa e intentaba, para complacer a la visita, ponerse de humor “científico”.
-Tales pues, hermano, los hechos… -decía. –Salió exactamente así, como yo quería en mi corazón: y tú y yo, ambos fuimos por el lado de la instrucción. Tú pues la universidad, y yo terminé la academia de Kíev, sí… Por la misma senda, por lo tanto… Nos entendemos el uno al otro… Sólo que no sé, cómo es ahora en las academias. En mi tiempo, la tomábamos fuerte con el clasicismo, y hasta estudiábamos lengua griega antigua. ¿Y ahora?
-No sé. Y tú, padre, tienes un acipenser sabroso. Ya estoy lleno, pero voy a comer más.
-Come, come. Tú tienes que comer más, porque tienes un trabajo intelectual, y no físico… hum… no físico… Tú eres un universitario, trabajas con la cabeza. ¿Me vas a visitar mucho tiempo?
-Yo no vine a visitarte. Yo, padre, vine a verte de casualidad, a la manera de deus ex machina. Vine aquí de gira, a defender a vuestro antiguo alcalde. Probablemente, sabes, mañana van a tener un juicio aquí.
-Así… Por lo tanto, ¿tú por el lado judicial? ¿Jurisprudente?
-Sí, soy abogado.
-Así… Dios ayude. ¿Qué rango tienes tú?
-Por Dios, no sé padre.
“Preguntar acaso sobre el salario, -pensó el padre Sávva, -pero para ellos es una pregunta indiscreta… A juzgar por la ropa, y en razón del reloj de oro, se debe suponer que cobra más de mil”.
El viejo y el abogado callaron.
-No sabía que tenías unos acipenseres así, si no hubiera venido a verte el año pasado, -dijo el hijo. –El año pasado yo estuve no lejos ahí, en vuestra ciudad de gobierno. ¡Son risibles las ciudades de ustedes aquí!
-Precisamente risibles… ¡siquiera escupe! –convino el padre Sávva. -¡Qué vas a hacer! Lejos de los centros intelectuales… los prejuicios. No penetró aún la civilización…
-No está en eso el asunto… Tú escucha, qué anécdota me salió a mí. Entro, en vuestra ciudad de gobierno, al teatro, voy a la caja por el boleto, y me dicen: “¡no va a haber espectáculo, porque todavía no se ha vendido ni un boleto!” Y yo pregunto: ¿cuán grande es vuestra colecta completa? ¡Dicen, trescientos rublos! Dígales, digo, que actúen, yo pago los trescientos… Pagué por aburrimiento los trescientos rublos, y cuando empecé a ver su drama desgarrador, pues me sentí más aburrido todavía… Ja-ja…
El padre Sávva echó una mirada desconfiada al hijo, echó una mirada a la cocinera y soltó unas risillas en el puño…
“¡Este miente pues!” –pensó.
-¿Y de dónde tú, Shúrienka, sacaste esos trescientos rublos? –preguntó con timidez.
-¿Cómo que de dónde los saqué? De mi bolsillo, por supuesto…
-Hum… ¿Y qué salario, disculpa por la pregunta indiscreta, recibes tú?
-Cómo cuándo… Un año gano unos treinta mil, y el otro no reúno ni veinte… Los años son distintos.
-“¡Este miente pues! ¡Jo-jo-jo! ¡Este miente! –pensó el padre Sávva, riendo a carcajadas y mirando amorosamente el rostro enturbiado del hijo. -¡La juventud trapalera! Jo-jo-jo… ¡Exageró, treinta mil!”
-¡Es increíble, Sáshenka! –dijo. -Disculpa pero… jo-jo-jo… ¡treinta mil! Con ese dinero se puede construir dos casas…
-¿No crees?
-No es que no crea, sino así… cómo expresarse así… tú ya mucho, éste… Jo-jo-jo… Bueno, si tú recibes tanto pues, ¿dónde metes el dinero?
-Lo gasto padre… En la capital, hermano, la vida muerde. Aquí hay que gastar mil, y allá cinco mil. Tengo caballos, juego a las cartas… me voy de juerga a veces.
-Eso es así… ¡Y si ahorraras!
-No se puede… No tengo unos nervios así, como para ahorrar… (el abogado suspiró). No puedo hacer nada conmigo. El año pasado, me compré una casa en la Poliánka por sesenta mil. ¡De todas formas es una ayuda para la vejez! ¿Y qué crees pues? No pasaron ni dos meses después de la compra, cuando la tuve que empeñar. Empeñé todo el dinerito, ¡fuite1! A veces perdía a las cartas, a veces bebía.
-¡Jo-jo-jo! ¡Este miente pues! –silbó el viejo. -¡Miente de modo entretenido!
-No miento padre.
-¿Pero acaso se puede perder o farrearse una casa?
-Se puede no ya una casa, sino beberse hasta el globo terráqueo. Mañana yo le voy a arrancar a vuestro alcalde cinco mil, pero siento que no los voy a poder llevar hasta Moscú. Ese es mi destino.
-No destino, sino planeta, -corrigió el padre Sávva, tosiendo y echando una mirada con dignidad a la vieja cocinera. –Disculpa, Shúrienka, pero yo dudo de tus palabras. ¿Por qué pues tú recibes esas sumas?
-Por el talento…
-Hum… Puede que recibas unos tres mil, pero treinta mil o, digamos, comprar una casa, disculpa… lo dudo. Pero dejemos estas porfías…. Ahora dime, ¿cómo es para ustedes en Moscú? ¿Seguro, es divertido? ¿Conocidos, tienes muchos?
-Muchos. Toda Moscú me conoce.
-¡Jo-jo-jo! ¡Este miente pues! ¡Jo-jo! Milagros y milagros cuentas, hermano.
Largo tiempo platicaron aún de esa forma el padre y el hijo. El abogado contó aún de su casamiento con una dote de cuarenta mil, describió sus viajes a Nízhnii2, su divorcio, que le costó diez mil. El viejo escuchaba, juntaba las manos, se reía a carcajadas.
-¡Este miente pues! ¡Jo-jo-jo! ¡Yo no sabía, Shúrienka, que tú eres tal maestro en soltar la lengua! ¡Jo-jo-jo! Esto yo a ti no en reprobación. Me entretiene escucharte. Habla, habla.
-Bueno, pero hablé demasiado, -terminó el abogado, levantándose de la mesa. –Mañana es la vista, y yo todavía no he leído la causa. Adiós.
Tras acompañar al hijo a su dormitorio, el padre Sávva se entregó al éxtasis.
-¿Cómo es, ah? ¿Lo viste? –le susurró a la cocinera. –Algo pues y es… Universitario, humanista, émancipée3, y no se avergonzó de visitar al padre. Se olvidó del padre, y de pronto se acordó. Agarró y se acordó. ¡Déjame, pensó, acordarme de mi viejo rábano! ¡Jo-jo-jo! ¡Buen hijo! ¡Bondadoso hijo! ¿Y lo notaste? Es conmigo como con un igual… ve en mí a su hermano científico. Entiende, por lo tanto. Lástima, que no llamamos al diácono, le hubiera echado una mirada.
Tras abrir su alma a la vieja, el padre Sávva se acercó de puntillas a su dormitorio, y echó una ojeada por el ojo de la cerradura. El abogado estaba acostado en la cama y, fumando un puro, leía un voluminoso cuadernillo. Junto a él, en la mesita, había una botella de vino, que el padre Sávva no había visto antes.
-Yo por minutito… a ver, si estás cómodo, -empezó a farfullar el viejo, entrando a donde el hijo. -¿Está cómodo? ¿Blando? Pero si te desvistieras.
El abogado mugió y frunció el ceño. El padre Sávva se sentó a sus pies y se quedó pensativo.
-Así… -empezó después de cierto silencio. –Yo todavía pienso en tus pláticas. Por una parte, te agradezco que alegraste al viejo, pero por la otra, como padre y… y hombre instruido, no puedo callar y abstenerme de la observación. Tú, yo sé, bromeabas en la cena, pero es que, sabes, tanto la fe, como la ciencia, condenan la mentira hasta en la broma. Ujum… Tengo una tos. Ujum… Disculpa, pero yo como padre. ¿Y de dónde tienes ese vino?
-Eso lo traje conmigo. ¿Quieres? Es un buen vino, a ocho rublos la botella.
-¿O-cho? ¡Este miente pues! –juntó las manos el padre Sávva. -¡Jo-jo-jo! Pero, ¿por qué pagar ocho rublos ahí? ¡Jo-jo-jo! Yo, el mejor vino, te lo compro por un rublo. ¡Jo-jo-jo!
-Bueno, en marcha mayor, me molestas… ¡Anda!
El viejo, soltando risillas y juntando las manos, salió y cerró la puerta suavemente tras de sí. A medianoche, tras leer la “regla” y encargar a la vieja el almuerzo de mañana, el padre Sávva echó otra ojeada a la habitación del hijo.
El hijo continuaba leyendo, bebiendo y fumando.
-Es hora de dormir… desvístete y apaga la velita… -dijo el viejo, trayendo a la habitación del hijo el olor del incienso y el chamusco de la vela. –Ya son las doce… ¿Tú eso, la segunda botella? ¡Anda!
-Sin el vino no se puede padre… No te excitas, no haces la obra.
Sávva se sentó en la cama, calló un poco y empezó:
-Tal es, hermano, la historia … M-sí… No sé, si estaré vivo, si te veré otra vez, y por eso mejor, si te doy hoy mi legado… Ves… En todo el tiempo de mi servicio de cuarenta años, yo ahorré para ti mil quinientos rublos. Cuando me muera, tómalos pero…
El padre Sávva se sonó la nariz con solemnidad y continuó:
-Pero no los derroches, y guárdalos… Y te ruego, después de mi muerte, mándale a la sobrina Várienka cien rublos. Si no te da lástima, pues y a Zinaída mándale unos 20 rublos. Son huérfanas.
-Tú mándales a ellas todos los mil quinientos… No me hacen falta padre…
-¿Mientes?
-En serio… De todas formas los voy a derrochar.
-Hum… ¡Pero es que yo los ahorré! –se ofendió Sávva. –Cada kopecito lo juntaba para ti…
-Permíteme, yo pongo tu dinero bajo un cristal, como signo de amor paterno, pero así, no me hace falta… Mil quinientos, ¡fu!
-Bueno, como sabes… Si yo hubiera sabido, no los hubiera guardado, cuidado… ¡Duerme!
El padre Sávva persignó al abogado y salió. Estaba ligeramente ofendido… La actitud negligente, indiferente del hijo hacia sus ahorros de cuarenta años lo confundía. Pero la sensación de ofensa y confusión pasó con rapidez… El viejo de nuevo tuvo ganas de ir a donde el hijo a platicar, a hablar un poco a lo “científico”, a recordar el pasado, pero ya no tuvo valor para molestar al abogado ocupado. Caminó, caminó por las habitaciones oscuras, pensó, pensó, y fue al vestíbulo a echar una mirada a la pelliza del hijo. Fuera de sí, en un éxtasis paternal, tomó la pelliza con ambas manos y se puso a abrazarla, a besarla, a persignarla, como si no fuera la pelliza, sino su propio hijo, el “universitario”… No podía dormir.

1Fuite, huida, fuga, salida, derrame, escape.
2Nízhnii Nóvgorod, ciudad medieval fundada en 1221 en las riberas del río Oká, con fortaleza, monasterio e iglesia de los siglos XVI-XVII.
3Émancipée, emancipado.

Título original: Sviataya prostata (Rasskaz), publicado por primera vez en la Peterburgskaya gazieta, 1885, Nº 338, con la firma "A. Chejonté".
Imagen: Ivan Kramskoy, Peasant Holding a Bridle, (Portrait of Mina Moiseyev), 1883.

miércoles, 2 de enero de 2008

Chejov a A.F. Kóni


Petersburgo, 26 de enero de 1891.

¡Muy señor mío, Anatólii Fiódorovich!
No me apresuré a responder a su carta, porque me marcho de Petersburgo1 no antes del sábado.
Lamento que no estuve donde la Sra. Naríshkina2, pero me parece mejor aplazar la visita a ella hasta la salida a la luz de mi librito, cuando voy a moverme con más libertad dentro del material que poseo. Mi breve pasado sajaliniano me parece tan inmenso que, cuando quiero hablar de éste, pues no sé con qué empezar, y cada vez me parece que digo no lo que es necesario.
La situación de los niños y los adolescentes de Sajalín la intentaré describir con detalle3. Es excepcional. Vi niños hambrientos, vi queridas de trece años, gestantes de quince años. A practicar la prostitución empiezan las niñitas desde los 12 años, a veces antes de la llegada de la menstruación. La iglesia y la escuela existen sólo en el papel, se educan pues los niños en el medio y el ambiente de presidio. A propósito, tengo apuntada una conversación con un niño de diez años. Yo hacía un censo en la aldea Armudán Alto; los colonos son todos sin excepción unos mendigos, y pasan por temerarios jugadores de stoss4. Entro a una isbá, los dueños no están en casa; en un banco está sentado un niño, rubio, encorvado, descalzo, está pensando en algo. Empezamos la conversación:
Yo. ¿Cómo llaman por el patronímico a tu padre?
Él. No sé.
Yo. ¿Cómo es eso? ¿Vives con tu padre y no sabes cómo se llama? Qué vergüenza.
Él. Él no es mi padre verdadero.
Yo. ¿Cómo es eso –no es verdadero?
Él. Es el querido de mámienka.
Yo. ¿Tu madre es casada o viuda?
Él. Viuda. Vino por su marido.
Yo. ¿Qué significa -por su marido?
Él. Lo mató.
Yo. ¿Tú a tu padre lo recuerdas?
Él. No lo recuerdo. Yo soy bastardo. A mí mámienka me parió en Kará5.
Conmigo, en el barco del Amúr, iba a Sajalín un recluso con grilletes en los pies, que había matado a su esposa. Junto a él se hallaba su hija, una niñita de unos seis años, una huérfana. Yo advertía: cuando el padre descendía de la cubierta superior, hacia donde estaba el water-closet, tras él caminaban el custodio y la hija; mientras él estaba en el water-closet, el soldado con el fusil y la niñita se paraban junto a la puerta. Cuando el recluso, al regresar, ascendía por la escalera, tras él trepaba la niñita y se aguantaba de sus grilletes. De noche, la niñita dormía en un mismo montón con los reclusos y los soldados6.
Recuerdo que estuve en Sajalín en un entierro. Enterraban a la esposa de un colono que se marchaba a Nikoláevsk. Alrededor de la tumba excavada estábamos parados cuatro forzados mozos de cuerda –ex officio; yo y el tesorero en calidad de Hamlet y Horacio, deambulando por el cementerio; el circasiano –inquilino de la finada-, sin nada que hacer, y una mujer forzada; ésta estaba ahí por lástima: traía a los dos niños de la finada –uno de pecho y el otro, Alióshka, un niño de unos 4 años, con una chaqueta de mujer y unos pantalones azules con unos remiendos chillones en las rodillas. El frío, la humedad, el agua en la tumba, los forzados se ríen… Se ve el mar. Alióshka mira la tumba con curiosidad, quiere limpiarse la nariz helada, pero le molestan las mangas largas de la chaqueta. Cuando rellenan la tumba le pregunto:
-Alióshka, ¿dónde está tu madre?
Él deja de la mano, como un terrateniente que ha perdido, ríe y dice:
-¡La enterraron!
Los forzados se ríen; el circasiano se dirige a nosotros y pregunta dónde meter a los niños –él no está obligado a alimentarlos.
Enfermedades infecciosas no encontré en Sajalín, sífilis congénita hay muy poca, pero vi niños ciegos, sucios, cubiertos de erupciones, -de todas formas, son enfermedades que atestiguan el abandono.
A resolver la cuestión infantil yo, por supuesto, no voy. No sé qué se debe hacer. Pero me parece que con la beneficencia y los saldos de las sumas carcelarias y otras no harás nada ahí; en mi opinión, poner lo importante en dependencia de la beneficencia, que en Rusia tiene un carácter casual, y de los saldos, que nunca suele haber, -es nocivo. Yo preferiría el tesoro estatal.
Mi dirección moscovita: Pequeña Dmítrovka, c. Firgang.
Permítame agradecerle por su cordialidad y su promesa de visitar mi casa, y quedar sinceramente respetuoso y devoto.

A. Chejov.

1Escribe Chejov a María Chejova por esos días: “Todo el día, desde las 11 de la mañana hasta las 4 de la mañana, estoy de pie; mi habitación representa algo parecido a un puesto de guardia, donde hacen guardia por turno los sres. conocidos y los visitantes. Hablo sin parar. Hago visitas y no le veo fin a éstas. A mi viaje a Sajalín le han otorgado un significado que yo no podía esperar: me visitan los civiles y los consejeros civiles activos. Todos esperan mi libro y le profetizan un éxito serio, ¡y no hay tiempo para escribir!” (Del pasado lejano, cap. VII, pag. 98).
2Elizavéta Naríshkina, dama de la corte, presidenta del Patronazgo femenino de caridad con los forzados-deportados y de la Sociedad de asistencia a las familias de deportados.
3Anatólii Kóni escribe a Chejov el 20 de enero de 1891: “La indisposición que me afecta, que continúa hasta el momento presente, me priva de la posibilidad de estar en su casa y agradecerle por la amable visita... Por la misma indisposición no alcancé a verme con Naríshkina” (ZGALI). Posteriormente, Kóni da a leer a Naríshkina la carta de Chejov y le refiere todo lo que el autor le ha contado.
4Stoss, juego de azar alemán.
5Chejov refiere también esta anécdota sobre la situación de los niños de Sajalín en su libro La isla Sajalín, caps. XVII y XIX.
6“…Mi estado de ánimo, –escribe Chejov después- lo confieso, no era alegre, y mientras más cerca de Sajalín, tanto peor. Yo estaba inquieto. El oficial que acompañaba a los soldados, al enterarse de para qué iba yo a Sajalín, se asombró mucho y empezó a asegurarme, que yo no tenía ningún derecho a acercarme mucho al presidio y a las colonias, ya que no figuraba en el servicio estatal” (Obras, XIV-XV, pag 52).

Imagen: Abraham Manevich, City Street Scene, XX.

Chejov a M.P. Chejova


Petersburgo, 14 de enero de 1891.

Estoy fatigado, como una bailarina después de cinco actos y ocho escenas. Los almuerzos, las cartas a las que da pereza responder, las pláticas y toda clase de tonterías. Ahora hay que ir a almorzar a la isla Vasílievskii, y me aburro, y hay que trabajar. Viviré aún tres días, veré, si el ballet va a continuar, pues me iré a la casa o a donde Iván, en Súdorog1.
Me rodea la atmósfera densa de un sentimiento malicioso, en extremo indefinido e incomprensible para mí. Me alimentan con almuerzos y me cantan ditirambos triviales, y al mismo tiempo están dispuestos a comerme. ¿Por qué? El diablo sabe. Si yo me suicidara, pues le daría con eso un gran gusto a nueve de diez amigos y admiradores míos. ¡Y cuán mezquino expresan su sentimiento mezquino! Buriénin me injuria en un folletín2, aunque en ningún lugar se acostumbra a injuriar en un periódico a sus propios colaboradores; Máslov (Biézhetskii) no va a casa de los Suvórin a almorzar; Scheglóv cuenta todos los chismes que corren sobre mí, y demás. Todo esto es terriblemente estúpido y aburrido. No son personas, sino una suerte de roña.
Di con las huellas de Dríshka. Vive en la misma casa donde yo. Mañana me veré con ella.
Mis Chiquillos3 salieron en una segunda edición.
Por este hecho recibí 100 rub.
Estoy saludable. Me acuesto tarde...
Con Suvórin hablé de ti: tú donde él no vas a servir –esa es mi voluntad. Él simpatiza contigo terriblemente, y está enamorado de Kundásova.
Una reverencia a Lidia Yegórovna Miziukóva4. Espero de ella los programas5. Dile que no coma harina y que evite a Levitán. Un mejor admirador que yo, ella no encontrará ni en el pensamiento, ni en el mundo superior.
Vino Scheglóv.
Ayer vino Grigoróvich; me besó largo tiempo, mintió, y me rogó todo el tiempo contarle de las japonesas.
Vino Iráklii6. Hay que hablar con él, y el teléfono se malogró.
Reverencio a todos.

Tuyo, A. Chejov.

1En Súdogda, cerca de donde Iván Chejov trabaja como maestro en una fábrica de vidrio.
2Víctor Buriénin escribe en su folletín Crónicas críticas, de Tiempo nuevo, que “los sres. Uspiénskiis, Koroliénkos, Chejovs y demás empiezan a secarse”, y agrega en alusión directa a Chejov: “Semejantes talentos medianos pierden el hábito de observar la vida circundante, y corren adonde los lleve el viento, a Siberia, allende Siberia, a Vladivostók, a Sajalín...” (1891, Nº 5341, 11 de enero).
3Los chiquillos, libro de cuentos de Chejov.
4Lidia Mizínova.
5Programas para las escuelas de Sajalín.
6Iráklii, monje, sacerdote principal de la isla Sajalín, buriato.

Imagen: Peter Nilus, Paris Town Scene, XX.

Chejov a G.M. Chejov


Moscú, 29 de diciembre de 1890.

Gracias, querido mío, a ti y a todos los tuyos por la memoria de mí. En Odesa recibí una carta de tu papá, y tras la llegada a Moscú una tuya. No respondí hasta ahora a ambos porque me molestan terriblemente. Viene, viene, viene a verme sin cesar todo título de gente que conversa sin cesar. Yo ahora me parezco a tu papá, a quien sólo le basta tomar la pluma o el libro, para que a la tienda entre algún monje locuaz u hombre ilustre, que tiene deseos de soltar la lengua.
Bueno, estoy vivo y saludable; al regresar encontré a todos en casa saludables. Pensaba que el viaje nos obligaría a contraer deudas, pero Dios nos liberó de eso. Todo resultó tan favorable, como si yo no hubiera viajado. Es notable que en todo el tiempo de mi viaje de ocho meses, plagado de carencias inevitables, ni una vez estuve enfermo, y que de las cosas perdí sólo un cuchillito.
Contarte sobre mi viaje es tan difícil, como contar las hojas de un árbol. Para eso es necesario unas cuantas noches. Viajé a través de toda Siberia, recorrí a caballo 4500 vérstas, viví en Sajalín 3 meses y 3 días1, después regresé en un barco de la Flota voluntaria. Estuve en Hong-Kong, en Singapur, en la isla Ceilán, vi la montaña del Sinaí, estuve en Puerto-Saida, vi las islas del Archipiélago, de donde nos abastecen de aceituna, vino santorino y griegos narizones que, hablando a propósito, en todo el mundo, excepto en Taganróg, son considerados unos grandes estafadores e ignorantes; vi Constantinopla. Tuve ocasión por el camino de experimentar balanceo, toda clase de monzones y norestes, pero al mareo no soy propenso, y durante el balanceo fuerte comía con tanto apetito como en la calma.
Misha cuenta de ti muchas cosas buenas. Me alegro por ti francamente. Me alegro y por Volodia. ¿Se hizo más alto que tú de estatura? Eso no está bien. Cuando él sea metropolitano, pues a los diáconos bajitos les será difícil ponerle la mitra por encima.
Cuando me vea con P.I. Chaikóvskii le preguntaré por ti. ¿Qué hizo donde ustedes en Taganróg? ¿Estuvo acaso en vuestra casa? En Peter y en Moscú él constituye ahora la celebridad Nº 2. El número primero se considera Liév Tolstoi, y yo el Nº 877.
Me enviaron de regalo de la i. Corfú un barrilito de vino santorino. No será dicho por ofensa, ¡qué vino tan repugnante! Me desacostumbré a éste.
Escríbeme una carta con más detalle, sin compasión del estómago ni del papel. Échate unas tres páginas.
En primavera o en verano estaré en Taganróg.
Al tío, la tía, el seminario, a ambas muchachitas y a Irínushka una reverencia profundísima y miles de deseos cordiales. Que estés saludable, dichoso y seas sabio, y lo principal, bueno.
Toda la familia te reverencia.

Tuyo, A.Chejov.

1En La isla Sajalín, Chejov escribe: “Cuando echaron el ancla a las nueve de la noche, en la orilla ardía en grandes hogueras, en cinco lugares, la taiga de Sajalín. A través de la tiniebla y el humo, que se extendía por el mar, no veía el puerto ni los edificios, sólo podía discernir las lucecitas opacas de los puestos, dos de éstas rojas. El cuadro terrible, compuesto toscamente de tinieblas, siluetas de montañas, humo, llamas y chispas de fuego parecía fantástico. En el plano izquierdo ardían unas hogueras monstruosas, arriba de éstas las montañas, tras las montañas se elevaba a lo alto del cielo el resplandor purpúreo de los incendios lejanos; parecía como si ardiera todo Sajalín. A la derecha, como una masa densa y pesada, se destacaba en el mar el cabo Jonker, parecido al Ayu-Dag de Crimea; en su cima, un faro alumbraba vivamente, y abajo, en el agua, entre nosotros y la orilla, había tres arrecifes picudos, los Tres hermanos. Y todo bajo el humo, como en el infierno” (cap. II).

Imagen: Vasili Surikov, Vista de Moscú, XIX.

martes, 1 de enero de 2008

En otoño


Era una hora cerca de la noche.
En la taberna del tío Tíjon había una partida de cocheros y peregrinos. Los había empujado a la taberna el aguacero otoñal y el furioso viento húmedo, que azotaba los rostros como un látigo. Los viajeros mojados y cansados estaban sentados en los bancos contra la pared, y dormitaban prestando oídos al viento. En los rostros llevaban escrita la angustia. Un cochero, un chico con un rostro picado de viruela, arañado, tenía sobre las rodillas un acordeón mojado: tocaba y, maquinalmente, dejó de hacerlo.
Sobre la puerta, alrededor de un farol nublado, mugroso, volaban las gotas de lluvia. El viento aullaba como un lobo, chillaba y, por lo visto, intentaba arrancar la puerta de la taberna del gozne. Desde el patio se oía el bufido de los caballos y el chapoteo por el fango. Había humedad y frío.
Detrás del mostrador estaba sentado el mismo tío Tíjon, un mujík alto, jetudo, con unos ojos soñolientos, abotagados. Ante él, del otro lado del mostrador, estaba parado un hombre de unos cuarenta años, vestido suciamente, más que barato, pero de modo intelectual. Tenía puesto un paletó de verano arrugado, empapado de fango, unos pantalones de indiana y unos chanclos de resina en los pies desnudos. Su cabeza, sus manos metidas en los bolsillos y sus codos flacos, punzantes, temblaban como con calentura. De vez en cuando un espasmo ligero recorría todo su cuerpo delgado, empezando por el rostro terriblemente demacrado y terminando por los chanclos de resina.
-¡Dame, por Cristo! –rogaba a Tíjon con un tenor quebrado, trémulo. –Una copita… mira esa, la pequeña. ¡Fiado pues!
-Basta… ¡Muchos de ustedes andorrean por aquí, bellacos!
El bellaco echó una mirada a Tíjon con desprecio, con odio. ¡Lo hubiera matado si pudiera!
-¡Entiende, tamaño de imbécil, ignorante! No lo pido yo; la entraña, para expresarlo a tu forma, a lo mujík, lo pide! ¡Mi enfermedad lo pide! ¡Entiende!
-No tenemos nada que entender. Apártate…
-¡Pues si yo no tomo ahora, entiende tú esto, si no satisfago mi pasión, puedo cometer un delito! ¡Sabe Dios lo que puedo hacer! Tú habrás visto, descarado, en tu vida tabernera, muchos hombres borrachos; ¿es posible que hasta ahora, no hayas sabido explicarte qué clase de hombres son esos? ¡Son enfermos! ¡Ponlos en el cepo, pégales, córtalos, pero dales vodka! ¡Bueno, te ruego humildemente! ¡Hazme la gracia! Me humillo… ¡Dios mío, cómo me humillo!
El bellaco movió la cabeza y escupió con lentitud.
-¡Dame dinero, entonces va a haber vodka! –dijo Tíjon.
-¿De dónde pues voy a sacar el dinero? ¡Todo me lo bebí! ¡Todo hasta el fondo! Solo el paletó, mira, me queda. No te lo puedo dar, porque está sobre el cuerpo desnudo… ¿Quieres el gorro?
El bellaco le dio a Tíjon su gorro de paño, del cual, por algún lugar, asomaba la guata. Tíjon tomó el gorro, lo examinó y movió la cabeza negativamente.
-Y de regalo no me hace falta… -dijo. –Una basura…
-¿No te gusta? Bueno, así dame fiado, si no te gusta. Voy a venir de la ciudad de vuelta, te voy a traer tu quinto. ¡Que te atragantes con tu quinto entonces! ¡Que te atragantes!
-¿Qué tipo de ratero eres tú? ¿Qué clase de hombre eres? ¿Para qué viniste?
-Quiero tomar. ¡Yo no quiero, mi enfermedad quiere! ¡Entiende!
-¿Por qué molestas? ¡Muchos de ustedes, granujas, andorrean por el camino real! Anda ahí, pídele a los ortodoxos, deja que te conviden en aras de Dios, si lo desean, y yo, en aras de Dios, sólo sirvo pan. ¡Degenerado!
-Sácales tú a ellos, a los pobres, y yo ya… ¡disculpa! ¡No los voy a despojar! ¡Yo no!
El bellaco, de pronto, interrumpió su discurso, se sonrojó y se dirigió a los peregrinos:
-¡Y pues es una idea, ortodoxos! ¡Sacrifiquen un quintito! ¡La entraña lo pide! ¡Estoy enfermo!
-Toma aguita, -sonrió con malicia el chico del rostro picado de viruela.
Al bellaco le dio vergüenza. Empezó a toser y se calló. Al minuto, le suplicaba a Tíjon de nuevo. Al final de todo, empezó a llorar y a proponer su paletó mojado por una copita de vodka. En la oscuridad no se veían sus lágrimas, y el paletó no fue aceptado, porque en la taberna habían peregrinas que no deseaban ver la desnudez masculina.
-¿Qué voy a hacer ahora pues? –preguntó el bellaco en una voz baja, llena de desolación. -¿Qué hacer pues? No tomar no se puede. De otra forma, voy a cometer un delito, o intentar el suicidio… ¿Qué hacer pues?
Se paseó por la taberna.
Llegó la calesa del correo con su tintineo. El cartero mojado entró a la taberna, se bebió un vaso de vodka y salió. El correo siguió adelante.
-Te voy a dar una cosa de oro, -se dirigió el bellaco a Tíjon, poniéndose de pronto pálido como un lienzo. –Dígnate, te la voy a dar. Que así sea… Aunque es infame, abyecto de mi parte, pero toma… Voy a hacer esta basura, estando fuera de mí… Y en un juicio me darían la razón… Toma, pero sólo con una condición: me la devuelves después, cuando venga de vuelta. Te la doy delante de testigos.
El bellaco se metió la mano mojada en el seno y sacó de ahí un pequeño medallón dorado. Lo abrió y, de pasada, le echó un vistazo al retrato.
-Habría que sacar el retrato, pero no tengo donde ponerlo: estoy todo mojado. Al diablo contigo, róbatelo con el retrato. Sólo con una condición… Hijito mío, querido… te lo ruego… No toques esta cara con los dedos… ¡Te lo suplico, hijito! Discúlpame por la grosería, porque te hablé de modo grosero… Soy un estúpido… No toques con los dedos, y no mires con tus ojos esta cara…
Tíjon tomó el medallón, le echó una mirada a la ley y se lo metió en el bolsillo.
-Relojito robado, -dijo sirviendo un vaso. –Está bien… toma…
El borracho tomó el vaso con la mano, lo miró con ojos brillantes, con cuantas fuerzas podían brillar sus ojos ebrios, turbios, y bebió… bebió con sentido, con disposición temblorosa. Después de beberse el medallón del retrato, bajó los ojos con vergüenza y se fue a la esquina. Allí se trepó a un banco, junto a una peregrina, se acurrucó y cerró los ojos.
Pasó media hora en silencio y sosiego. Sólo sopló el viento, cantando por el conducto su rapsodia otoñal. Los peregrinos empezaron a rezarle a Dios y a acomodarse debajo de los bancos calladamente, para pernoctar. Tíjon abrió el medallón y empezó a admirar la cabecita femenina, que sonreía desde su marquito dorado a la taberna, a Tíjon, a las botellas.
En el patio chirrió una telega. Se oyó un “tprrr” y un chapoteo por el fango… A la taberna entró corriendo un mujík pequeño con zamarra larga y barba de chivo. Estaba mojado y sucio.
-¡Bueno, ocasión! –gritó golpeando el mostrador con el quinto. -¡Un vaso de madera verdadera! ¡Sírveme!
Y, volviéndose sobre un solo pie con aire fanfarrón, recorrió con una mirada toda la partida.
-¡Se derritieron, azucarados, tu tía erizada! ¡Se asustaron de la lluvia, perversos! ¡Tiernos! ¡Y qué clase de pasa es ésta!
El mujík pequeño saltó hacia el bellaco y le echó una mirada al rostro.
-¡Mira a dónde! ¡Señor! –dijo. -¡Semión Serguéich! ¡Señor nuestro! ¿Ah? ¿A santo de qué remolonea en esta taberna? ¿Acaso le es lugar aquí? ¡Eh… mártir infeliz!
El señor le echó un vistazo al mujík pequeño y se cubrió con la manga. El mujík suspiró, movió la cabeza, agitó ambas manos con desolación y fue al mostrador a beber vodka.
-Ese es nuestro señor, -le susurró a Tíjon, señalando con la cabeza al bellaco. –Nuestro hacendado, Semión Serguéich. ¿Viste cómo está? ¿Qué hombre parece ahora? ¿Ah? Así-así, mire… la borrachera hasta qué grado…
Después de beberse el vodka, el mujík pequeño se limpió los labios con la manga y continuó:
-Yo soy de su pueblo. A cuatrocientas vérstas de aquí, de Ajtílovka… Sus padres eran siervos… ¡Es una lástima, hermanos! ¡Una lástima! Era un señor bueno así… ¡Ahí está el caballo pues, en el patio! ¿Lo ves? ¡Eso, él me dio para el caballo! ¡Ja-ja! ¡El destino!
A los diez minutos, los cocheros y los peregrinos estaban sentados alrededor del mujík pequeño. Éste, con un tenor callado, nervioso, bajo el ruido del otoño, les contaba la historia. Semión Serguéich estaba sentado en la misma esquina, con los ojos cerrados y farfullando. Él también escuchaba.
-Todo esto fue por el poco coraje, -contaba el mujík pequeño, moviéndose y gesticulando con las manos. –Por la rabia… Era un señor rico; grande, entonces, en todo el gobierno… ¡Come, toma, no quiero! Ustedes mismos, seguro, lo habrán visto… Cuántas veces ahí, en la carretela, pasó por delante de esta misma taberna. Era rico… Recuerdo, hace unos cinco años, iba al vapor por Mikíshkinskii, y en lugar de quintos tiraba rublos… Por una cosa mezquina empezó su ruina. En primer lugar, por una mujer. Se enamoró, el carnal, de una citadina… Más que a la vida. Se enamoró el cuervo de un halcón más que claro… María Yegórovna se llamaba, la infame, y un apellido tan extraño, que no lo dices. Se enamoró y se jactaba, por lo tanto, como Dios manda. Y ella, es sabido, dio su acuerdo, porque no era un señor de los mezquinos, sobrio, y con dinero… Paso yo una vez por la tardecita, recuerdo, por el jardín de ellos, miro, y están sentados en un banquito, y se besan el uno al otro. Él a ella una vez, y ella a él, culebra, dos veces. Él a ella en la mano blanca, ¡y ella se enciende!, se aprieta así a él, ¡que el diablo se la..! Te quiero Sénia, dice… Y Sénia, como hombre maldito, anda por todas partes, y se jacta de su felicidad, a lo imbécil… A éste un rublo, al otro dos… A mí pues, me dio para el caballo… Nos perdonó a todos las deudas, con la alegría. Llegó el asunto a la boda… Se casaron como es debido… En el mismo momento, cuando el señor se sienta con la cena, ella agarra y se escapa en una carroza… A la ciudad, se escapó con el abogado, con el amante. ¡Después de la corona pues, la pelleja! ¿Ah? ¡En el momento más verdadero! ¿Ah? Se chifló desde entonces, se dio a la bebida… Así como ves… Anda como un perdido y piensa en ella, en la pelleja. ¡La quiere! Debe ser, va ahora a pie a la ciudad, para echarle un vistazo con un ojito… En segundo lugar, hermanos, de dónde vino la ruina: el cuñado, el marido de su hermana… Se le ocurrió salir de fiador por el cuñado, en la sociedad bancaria… unos treinta mil… El cuñado, es sabido, sabe su provecho, el granuja, y se hace el sordo, el perro, y le quitaron al nuestro todos los treinta mil… El hombre estúpido por la estupidez soporta el suplicio… La mujer tuvo hijos con su abogado, el cuñado se compró una finca cerca de Poltáva, y el nuestro anda como un imbécil por las tabernas, y se arrima a nuestro hermano mujík con su lamento: “¡Perdí la fe, hermanos! ¡No puedo ahora, este mismo, creer en nadie!” ¡El poco coraje! Cada hombre tiene su pena, ¿así, a beber entonces? Miren, tomen de ejemplo a nuestro mayor. La mujer lleva al maestro a la casa a plena luz del día, se gasta el dinero del marido en la bebida, y el mayor anda por su cuenta, y hace burlas con la cara… Sólo se secó un poco…
-A cada quien Dios le dio una fuerza… -suspiró Tíjon.
-La fuerza es distinta, eso es correcto.
Largo tiempo contó el mujík pequeño. Cuando terminó, reinó el silencio en la taberna.
-Hey tú… ¿cómo usted se…? ¡hombre infeliz! ¡Ven, toma! –dijo Tíjon, dirigiéndose al señor.
El señor se acercó al mostrador y, con placer, se bebió la limosna…
-¡Dame el medallón por un minuto! –le susurró a Tíjon. –Sólo lo voy a mirar… y te lo doy…
Tíjon frunció el ceño y, callado, le dio el medallón. El chico del rostro picado de viruela suspiró, movió la cabeza y pidió vodka.
-¡Toma, señor! ¡Eh! ¡Sin el vodka está bien, pero con el vodka es mejor todavía! ¡Con el vodka la pena no es pena! ¡Anda!
Después de beberse cinco vasos, el señor se dirigió a la esquina, abrió el medallón y empezó a buscar con ojos ebrios, turbios, el rostro querido… Pero el rostro ya no estaba… Éste había sido arrancado del medallón por las uñas del virtuoso Tíjon.
El farol relumbró y se apagó. En una esquina una peregrina empezó a delirar en susurro. El chico del rostro picado de viruela le rezó a Dios en voz alta y se extendió sobre el mostrador. Alguien más llegó… Y la lluvia caía y caía… El frío se hacía más y más fuerte, y parecía que ese otoño infame, oscuro, no tendría fin. El señor clavaba los ojos en el medallón y buscaba todavía el rostro femenino… La vela se apagó.
Primavera, ¿dónde estás?

Título original: Oseniu, publicado por primera vez en la revista Budilnik, 1883, Nº 37, con la firma "A. Chejonté".
Imagen: Friedrich Gauermann, Taberna, 1851.