sábado, 10 de marzo de 2012

Los miedos


En todo el tiempo que yo vivo en este mundo, tuve miedo sólo tres veces.
El primer miedo verdadero, por el que se me movieron los cabellos y me corrió un hormigueo por el cuerpo, tuvo como causa un fenómeno insignificante pero extraño. Una vez, sin nada que hacer, yo iba en un atardecer de julio a la estación de correo por los periódicos. Era un atardecer silencioso, cálido y casi sofocante, como todos esos uniformes atardeceres de julio que, una vez iniciados, se extienden en una hilera correcta, incesante uno tras otro unas dos semanas, a veces y más, y de pronto se desgarran en una tormenta torrencial, con un aguacero exuberante que refresca por largo tiempo.
El sol se había puesto ya hacía mucho tiempo, y en toda la tierra yacía una sombra continua, grisácea. En el aire inmóvil, estancado se cuajaban los vapores melosos-empalagosos de las hierbas y las flores.
Iba yo en una carreta sencilla, carguera. A mi espalda, puesta la cabeza en un saco de avena, roncaba con suavidad el hijo del jardinero, Páshka, un chico de unos ocho años, que yo había tomado consigo para el caso, si se presentaba la necesidad de mirar por el caballo. Nuestra ruta iba por un camino vecinal estrecho, pero recto como una regla que, como una gran serpiente, se escondía en un centeno alto, tupido. El crepúsculo vespertino ardía con palidez, la franja luminosa era cortada por una nube estrecha, disforme que parecía ya un bote, ya una persona envuelta en una sábana...
Pasé unas dos-tres vérstas y he aquí, en el fondo pálido del crepúsculo, empezaron a crecer uno tras otro unos álamos esbeltos, altos; seguido tras éstos brilló un río y delante de mí de pronto, como por encanto, se desplegó un rico cuadro. Fue necesario detener el caballo, ya que nuestro camino recto se desgarraba, e iba ya abajo por una cuesta abrupta, cubierta de arbustos. Nosotros estábamos parados en una montaña, y abajo, debajo de nosotros se hallaba un foso grande, lleno de penumbras, formas caprichosas y espacio. En el fondo de ese foso, en una amplia llanura, vigilada por los álamos y acariciada por el brillo del río, anidaba una aldea. Ésta ahora dormía... Sus isbás, iglesia con campanario y árboles se dibujaban en las penumbras grisáceas, y en la lisa superficie del río se oscurecían sus reflejos.
Yo desperté a Páshka, para que no se cayera de la carreta, y empecé a bajarme con cuidado.
-¿Llegamos a Lúkovo? -preguntó Páshka, alzando la cabeza con pereza.
-Llegamos. ¡Sostén las riendas!..
Yo conduje el caballo desde la montaña y miré la aldea. Desde la primera mirada me preocupó una circunstancia extraña: en el mismo piso superior del campanario, en una ventana diminuta entre la cúpula y las campanas, titilaba una lucecita. Esa llama, parecida a la luz de una lamparita extinguida, ya se amortecía por un instante, ya se encendía vivamente. ¿De dónde podía haber salido? Su procedencia para mí era incomprensible. Tras la ventana ésta no podía arder, por que en el piso superior del campanario no había ni íconos, ni lamparitas; allí, como yo sabía, había sólo vigas, polvo y telarañas; penetrar en ese piso era difícil, por que la entrada a éste desde el campanario estaba tapiada en estanco.
Esa lucecita podía ser más pronto el reflejo de una luz exterior, pero cuanto yo no forzaba mi vista, en el espacio inmenso que yacía delante de mí, no veía excepto esa luz ni un punto luminoso. No había luna. La pálida, ya extinguida por completo franja del crepúsculo no podía reflejarse, porque la ventana con la lucecita miraba no al oeste, sino al este. Esas y otras reflexiones semejantes vagaban por mi cabeza todo el tiempo, mientras me bajaba del caballo. Abajo me senté en la carreta y eché una mirada otra vez a la lucecita. Ésta como antes refulgía y se encendía.
“Es extraño -pensaba, perdiéndome en conjeturas-. Muy extraño”.
Y de mí, poco a poco, se apoderó una sensación desagradable. Al principio pensé que era fastidio, por que no estaba en condición de explicar un fenómeno sencillo, pero después, cuando de pronto me volteé de la lucecita con horror, y me agarré con una mano de Páshka, se hizo claro que de mí se apoderaba el miedo... Me abarcaba una sensación de soledad, angustia y horror, como si contra mi voluntad me hubieran arrojado a ese foso grande, lleno de penumbras, donde yo estaba parado frente a frente con el campanario, que me miraba con su ojo rojizo.
-¡Pásha! -grité, cerrando los ojos con horror.
-¿Bueno?
-Pásha, ¿qué es eso se ilumina en el campanario?
Páshka echó una mirada al campanario por encima de mi hombro y bostezó.
-¡Y quién sabe pues!
Esta corta conversación con el chico me tranquilizó un tanto, pero no por largo tiempo. Páshka, advertido mi inquietud, dirigió sus ojos grandes a la lucecita, me echó una mirada otra vez, después de nuevo a la lucecita...
-¡Me da miedo! -susurró.
Ahí ya, fuera de sí por el miedo, envolví al chico con un brazo, me apreté a él y golpeé fuerte al caballo.
"¡Es estúpido! -me decía a mí mismo-. Este fenómeno es terrible sólo porque es incomprensible... Todo lo incomprensible es misterioso y por eso es terrible".
Yo me convencía y al mismo tiempo no cesaba de fustigar al caballo. Llegado a la estación de correo, platiqué con el celador a propósito una hora entera, leí dos-tres periódicos, pero la inquietud aún no me abandonaba. En el camino de regreso la lucecita ya no estaba, en cambio las siluetas de las isbás, los álamos y la montaña, a la que tuvimos que ascender, me parecían animados. Y por qué estaba esa lucecita, hasta ahora no lo sé.
El otro miedo vivido por mí, fue motivado por una circunstancia no menos insignificante… Yo regresaba de una cita. Era la una de la madrugada, el tiempo cuando la naturaleza, comúnmente, está sumida en el sueño más profundo y más dulce, pre-matutino. Pero esta vez la naturaleza no dormía y la noche no se podía llamar silenciosa. Gritaban los rascones, las codornices, los ruiseñores, las becadas, chirriaban los grillos y los saltamontes. Sobre la hierba se cernía una neblina ligera, y en el cielo, delante de la luna, las nubes corrían a algún lugar sin mirar atrás. La naturaleza no dormía, como si temiera quedarse dormida en los mejores instantes de su vida.
Yo iba por un sendero estrecho al mismo borde del terraplén del ferrocarril. La luz lunar se deslizaba por los rieles, en los que ya yacía el rocío. Las grandes sombras de las nubes, a cada rato, pasaban corriendo por el terraplén. Lejos adelante ardía serena una opaca lucecita verde.
“Entonces, todo está favorable…”-pensaba yo, mirándola.
Yo sentía el alma en silencio, serena y favorable. Iba desde una cita, no tenía a donde apurarme, no tenía deseo de dormir, y sentía salud y juventud en cada aliento, en cada paso mío, que repercutía apagado en el uniforme zumbido de la noche. No recuerdo qué sentía entonces, ¡pero recuerdo que me sentía bien, muy bien!
Pasado no más de una vérsta, oí de pronto detrás de mí un fragor unísono, parecido al murmullo de un arroyo grande. Con cada segundo éste se tornaba más y más alto, y se oía más y más cerca. Yo me volví a mirar: a cien pasos de mí se oscurecía el boscaje, del que recién había salido; allí el terraplén, en un bonito semicírculo, doblaba a la derecha y desaparecía en los árboles. Me detuve perplejo y empecé a esperar. Al instante en la curva apareció un gran cuerpo negro, que corrió con ruido en dirección a mí, y con la rapidez de un pájaro pasó volando junto a mí, por los rieles. Pasó menos de medio minuto, y la mancha desapareció, el fragor se mezcló con el zumbido de la noche.
Era un ordinario vagón de mercancía. Por sí mismo éste no representaba nada particular, pero su aparición solo, sin locomotora, y aún de noche, me desconcertó. ¿De dónde éste pudo salir, y cuáles fuerzas lo movían con tal rapidez terrible por los rieles? ¿De dónde y a dónde volaba?
Si yo tuviera prejuicios, hubiera resuelto que eso los diablos y las brujas lo rodaban a un shabbath, y hubiera ido adelante, pero ahora ese fenómeno era para mí resueltamente inexplicable. Yo no creía a mis ojos y me perdía en conjeturas, como una mosca en la telaraña...
Y sentí de pronto que estaba solitario, solo como un dedo en todo el espacio inmenso, que la noche, que parecía ya huraña, me miraba con fijeza a la cara y vigilaba mis pasos; todos los sonidos, los gritos de los pájaros y el susurro de los árboles parecían ya siniestros, existentes sólo para asustar mi imaginación. Yo como un demente arranqué del lugar y, sin darme cuenta, eché a correr, tratando de correr más y más rápido. Y al instante oí eso, a lo que antes no prestaba atención, y precisamente el gemido lastimero de los cables telegráficos.
"¡El diablo sabe qué! -me avergonzaba a mí mismo-. ¡Esto es pusilánime, estúpido!.."
Pero lo pusilánime es más fuerte que el sentido común. Yo acorté mis pasos sólo cuando llegué corriendo hasta la lucecita verde, donde vi la oscura garita del ferrocarril, y junto a ésta en el terraplén una figura humana, probablemente el vigilante.
-¿Tú lo viste? -pregunté sofocado.
-¿A quién? ¿Qué tú?
-¡Por aquí corrió un vagón!..
-Lo vi...-profirió el mujík sin gana-. Del tren de carga se desprendió. En la vérsta ciento veintiuna hay un declive... arrastra al tren a la montaña. Las cadenas del vagón trasero no aguantaron, bueno, se desprendió y atrás... ¡Ve ahora, alcánzalo!..
El fenómeno extraño fue explicado y su aire fantástico desapareció. El miedo se fue, y yo pude continuar mi camino adelante.
Un tercer buen miedo me tocó experimentar, cuando yo una vez en la primavera temprana regresaba de la caza. Eran las penumbras vespertinas. El camino del bosque estaba cubierto de charcos, por la lluvia recién caída, y el suelo se anegaba bajo los pies. El crepúsculo púrpura se traslucía a través de todo el bosque, tiñendo los blancos troncos de los abedules y el follaje joven. Yo estaba fatigado y apenas me movía.
A unas 5-6 vérstas de la casa, pasando por el camino del bosque, me encontré de repente con un gran perro negro, de la raza de los terranova. Pasando corriendo de largo, el perro me miró fijamente, directo a la cara, y echó a correr adelante.
“Buen perro”... -pensé-, “¿de quien será?”
Yo me volví a mirar. El perro estaba parado a diez pasos y no me quitaba el ojo de encima. Un minuto nosotros, callados, nos examinamos el uno al otro, luego el perro, probablemente halagado por mi atención, se me acercó con lentitud y meneó la cola...
Yo fuí adelante. El perro tras de mí.
“¿De quién es ese perro?” -me preguntaba-. “¿De dónde es?”
En 30-40 vérstas yo conocía a todos los hacendados y conocía a sus perros. Ni uno de éstos tenía tal terranova. ¿De dónde pues éste pudo salir aquí, en un bosque apagado, en un camino por el que nadie iba nunca, y sólo llevaban leña? Atrasarse de algún viajero él apenas podía, porque por ese camino los carneros no iban a ningún lugar.
Me senté en un tocón a descansar y empecé a examinar a mi compañero de viaje. El también se sentó, levantó la cabeza y dirigió a mí una vista fija... Él miraba y no parpadeaba. No sé, si acaso bajo la influencia del silencio, las sombras y los sonidos del bosque, o puede ser debido a la fatiga, por la mirada fija de los ordinarios ojos del perro, de pronto me dio espanto. Recordé a Fausto y su bulldog, y que las personas nerviosas a veces, debido a la fatiga, solían sufrir de alucinaciones. Eso fue suficiente, para que me levantara rápido y fuera adelante rápido. El terranova tras de mí...
-¡Vete de aquí! -grité.
Al perro, probablemente, le gustó mi voz, porque saltó contento y echó a correr delante de mí.
-¡Vete de aquí! -grité otra vez.
El perro se volvió a mirar, me miró fijamente y movió la cola contento. Evidentemente, lo divertía mi tono amenazante. Yo debía haberlo acariciado, pero el bulldog faustiano no me salía de la cabeza, y la sensación de miedo se tornaba más y más aguda... Sobrevino una tiniebla que me perturbó de modo definitivo, y yo cada vez, cuando el perro corría hacia mí y me golpeaba con su cola, cerraba los ojos de forma pusilánime. Se repetía la misma historia, que con la lucecita en el campanario y con el vagón: no aguanté y eché a correr...
En mi casa encontré a un visitante, un viejo amigo que, tras saludarme, empezó a quejarse de que mientras venía hacia mí, pues se había perdido en el bosque, y se le atrasó un perro bueno, costoso.

Título original: Straji, publicado por primera vez en el periódico Peterburgskaya gazeta, 1886, Nº 162, con la firma: "A. Chejonté".
Imagen: Designsoak.com, Realistic‑painting‑railroad, XXI.