lunes, 18 de abril de 2011

Los mujíks

X

La hermana de Olga, Klávdia Abrámovna, vivía en uno de los callejones cerca de los Estanques del patriarca, en una casa de madera de dos pisos. En el piso inferior había una lavandería, y todo el superior lo ocupaba una madura señorita de la nobleza, silenciosa y modesta, que ya por su cuenta alquilaba las habitaciones a los inquilinos y se alimentaba con eso. En la antesala oscura cuando entrabas había dos puertas, a la derecha y a la izquierda: tras una en un cuartito pequeño se alojaba Klávdia con Sásha, tras la otra el metteur en pages de una tipografía. Después había una sala con un diván, unas butacas, una lámpara de pantalla, cuadros en las paredes, todo como era debido, pero allí olía a ropa blanca y al vapor que penetraba de la lavandería, y todo el día se oía un canto desde abajo del suelo. Desde la sala, general para todos los inquilinos, había un paso a tres apartamentos; allí vivía la misma dueña, luego el viejo lacayo Iván Makárich Matvéichev, natural de Zhúkov, ese mismo que alguna vez colocó a Nikolai en el puesto; en su puerta blanca, manoseada, colgaba de unas anillas un gran candado de cobertizo; tras la tercera puerta vivía una mujer joven, delgada, de ojos vivaces, labios gruesos, que tenía tres niños que lloraban de modo constante. En las fiestas la visitaba un hieromonje, ella andaba de la mañana a la noche con una falda, no peinada, no lavada, pero cuando esperaba a su hieromonje, se ataviaba con un vestido de seda y se rizaba.
En el cuartito de Klávdia, como se dice, no había a donde voltearse. Allí había una cama, una cómoda, una silla y nada más, y de todas formas era estrecho. Pero a pesar de eso el cuartito se mantenía aseado, y Klávdia lo llamaba boudoir. A ella misma su ambiente le gustaba bastante, y en particular lo que estaba en la cómoda: el espejo, el polvo, los frasquitos, la pintura labial, las cajitas, el albayalde y todo el lujo, que ella consideraba una necesaria pertenencia de su profesión, y en la que gastaba casi toda su ganancia; allí mismo había fotografías en marcos, en las que ella misma se presentaba con diversos aspectos. Ella tomada con su marido cartero, con el que vivió sólo un año y después se fue de él, ya que no sentía la vocación de la vida familiar; estaba tomada, como se toman en general las mujeres de esa clase, con un cerquillo en la frente, rizada como un cordero, con un uniforme de soldado y el sable desenvainado, con aspecto de paje montada en una silla, además sus caderas, ajustadas en el tricot, yacían en la silla planas, como dos gruesos embutidos cocinados. Había allí también retratos de hombres, ella los llamaba sus visitantes y no los conocía a todos de nombre, había caído allí también nuestro conocido Kiriák en calidad de pariente: éste se había tomado en toda su estatura, con un traje negro, que había conseguido en algún lugar por un tiempo.
Antes Klávdia asistía a las mascaradas, a donde Filíppov, y se pasaba las noches enteras en el boulevard Tvierskáya; pero con los años poco a poco se volvió hogareña, y ahora, cuando ya tenía 42 años, recibía visitantes muy raramente, y esos no eran muchos, quedados del tiempo anterior y que iban a verla por la vieja memoria, y que -¡ay!- también habían envejecido y la visitaban aún más raramente, por que con cada año se hacían aún menos. De los nuevos la frecuentaba sólo uno muy juvenil, sin bigote; éste entraba a la antesala en silencio, lúgubre, como un conjurado, alzando el cuello de su paletó de gimnasio, y tratando que no lo vieran desde la sala, y después, al irse, dejaba un rublo en la cómoda.
Klávdia estaba en la casa los días enteros, sin hacer nada; a veces, por lo demás, con buen tiempo, se paseaba por la Pequeña Brónnaya y por la Tvierskáya, alzando la cabeza con orgullo, sintiéndose una dama importante, respetable, y sólo cuando pasaba por el almacén-farmacia, a preguntar en susurro si no había crema para las arrugas o las manos rojas, parecía que le daba vergüenza. Por las noches estaba sentada en su cuartito, sin encender el fuego, y esperaba por si venía alguien; y hacia las once horas -eso sucedía ahora raramente, una o dos veces a la semana-, se oía cómo alguien andaba en silencio por la escalera, ya arriba ya abajo, y después hacía frufrú tras la puerta, buscando el timbre. La puerta se abría, se oía un farfullar, y a la antesala entraba indeciso un visitante, comunmente calvo, grueso, viejo, no bonito, y Klávdia se apuraba a llevarlo a su cuartito. Ella adoraba al buen visitante. Para ella no había una criatura superior y de más dignidad; recibir al buen visitante, tratarlo con delicadeza, satisfacerlo, complacerlo era una necesidad de su alma, su deber, dicha, orgullo; de rechazar al visitante o tratarlo sin afabilidad, ella no estaba en condición, incluso cuando ayunaba.
Olga, vuelta del pueblo, alojó a Sasha donde ella por un tiempo, calculando que la niña, mientras fuera chica, si veía algo malo no lo entendía. Pero he aquí Sasha cumplió trece años, ya llegaba de verdad la hora de buscarle otro alojamiento, pero ella y su tía se habían apegado la una a la otra, y ya era difícil separarlas; y además, no había donde llevar a Sasha, ya que la misma Olga se albergaba en un corredor de las habitaciones amuebladas, y dormía en las sillas. El día Sasha lo pasaba donde su madre, en la calle o abajo en la lavandería, pernoctaba donde la tía en el suelo, entre la cama y la cómoda, y si venía un visitante se acostaba en la antesala.
Le gustaba ir por las noches a ese lugar, donde servía Iván Makárich, y mirar los bailes desde la cocina. Allí siempre tocaban música, era brillante y ruidoso, cerca del cocinero y las fregonas olía a comidas sabrosas, y el abuelo Iván Makárich le daba ya té, ya helado, y le metía pedazos diversos que traía de vuelta a la cocina, en los platos y las fuentes... Cierta vez en otoño, tarde en la noche, vuelta a casa de donde Iván Makárich, trajo un muslo de pollo en un envoltorio de papel, un pedacito de esturión, un pedacito de pastel... La tía ya estaba en el lecho...
-Querida tía -dijo Sasha con tristeza-, yo le traje de comer.
Encendieron el fuego. Klávdia empezó a comer, sentada en el lecho. Y Sasha miró sus papillotes, que le daban un aspecto terrible, sus hombros ya marchitos, viejos, la miró largo tiempo y con tristeza, como a una enferma, y de pronto las lágrimas le rodaron por las mejillas.
-Querida tía -profirió con una voz trémula-, querida tía, por la mañana en la lavandería, las muchachas decían que en la vejez usted va a mendigar por la calle, y que morirá en un hospital. Eso no es verdad, tía, no es verdad-, continuó Sasha, ya llorando a lágrima viva-, yo no la voy a abandonar, la voy a alimentar... y no la dejaré ir al hospital...
A Klávdia le tembló la barbilla y las lágrimas le brillaron en los ojos, pero al instante se contuvo y dijo, echando una mirada severa a Sasha:
-Es indecente escuchar a las lavanderas.
XI

En las habitaciones amuebladas “Lisboa” los inquilinos se acallaron poco a poco, olió a la carbonilla de las lámparas apagadas, y el largo mozo de corredor ya se extendía en las sillas. Olga se quitó la cofia blanca con las cintas y el delantal, se cubrió con un pañuelo y fue a ver a los suyos en los Estanques del patriarca. Sirviendo en “Lisboa”, estaba ocupada cada día desde la mañana hasta tarde en la noche, y podía ir a ver a los suyos raramente y sólo de noche; el servicio le quitaba todo el tiempo, sin dejarle ni un minuto libre, así que incluso, desde que habían vuelto del pueblo, ni una vez había estado en la iglesia.
Ella se apuraba, para mostrarle a Sasha una carta recibida del pueblo, de María. En la carta sólo había reverencias y quejas por la necesidad, la pena, por que los viejos aún estaban vivos y comían pan de gratis, pero por algo en esas líneas torcidas, en las que cada letra parecía mutilada, Olga hallaba un encanto peculiar, oculto y, además de las reverencias y las quejas, leyó aún de que en el pueblo ahora hacían unos días cálidos, claros, que por las noches había silencio, el aire era oloroso, y se oía cómo en la iglesia del otro lado tocaba el reloj; se le presentaba el cementerio del pueblo, donde yacía su marido; de las tumbas verdes emanaba sosiego, envidiabas a los fallecidos, ¡y había allí tal espacio, tal libertad! Y asunto extraño: cuando vivían en el pueblo, pues quería mucho ir a Moscú, pero ahora, al contrario, le tiraba al pueblo.
Olga despertó a Sasha y agitada, temiendo que el susurro y la luz molestaran a alguien, le leyó la carta dos veces. Después ambas bajaron por la escalera oscura, fétida, y salieron de la casa. En las ventanas abiertas por completo, se veía cómo planchaban en la lavandería, tras los portones estaban paradas dos lavanderas con cigarrillos. Olga y Sasha iban por la calle rápido, y hablaban de que sería bueno ahorrar dos rublos, y enviarlos al pueblo: un rublo a María, y con el otro oficiar un réquiem en la tumba de Nikolai.
-¡Ah, hace poco pasé un miedo! -contaba Olga juntando las manos-. Apenas nos sentamos a almorzar, hurraca, de pronto, no se sabe de dónde, ¡Kiriák borracho re-borracho! “¡Dame dinero, Olga!”, dice. Y grita, patea con los pies, dame, y todo eso. ¿Y de dónde lo saco? Yo no recibo un salario, yo misma vivo de la limosna, que me dan los buenos señores, y con eso soy rica... No quiere escuchar, ¡dame! Los inquilinos de los números miraban, el dueño vino, ¡un puro castigo, una deshonra! Le pedí a los estudiantes treinta kópeks, se los di. Se fue... Y después el día entero ando y susurro: “¡Ablanda, Señor, su corazón!” Así susurro.
En las calles había silencio, en ocasiones pasaban los cocheros nocturnos, y en algún lugar lejano, debía ser en el jardín recreativo, aún tocaban música y los cohetes crujían de modo apagado.

Título original: Mujiki, capítulos inéditos X y XI de Los mujíks, hallados entre los papeles de Antón Chejov (Obs. completas, t. 9, pags. 344-348).
Imagen: Zinaida Serebriakova, Self-portrait: At the Dressing Table, 1909.