domingo, 2 de mayo de 2010

En Moscú


Yo soy un Hamlet moscovita. Sí. Yo ando en Moscú por las casas, los teatros, los restaurantes y las redacciones, y en todas partes digo lo mismo:
-¡Dios, qué aburrimiento! ¡Qué aburrimiento opresivo!
Y me responden con compasión:
-Sí, realmente, es terriblemente aburrido.
Eso por el día y por la tarde. Y por la noche cuando, vuelto a casa, me acuesto a dormir y me pregunto en la tiniebla, ¿por qué pues, en efecto, estoy tan torturantemente aburrido?, en mi pecho se revuelve cierta pesadez con inquietud, y recuerdo cómo hace una semana en una casa, cuando me puse a preguntar qué podía hacer con el aburrimiento, cierto señor desconocido, evidentemente no un moscovita, de pronto se volvió hacia mí y dijo irritado:
-¡Ah, tome un pedazo de cable de teléfono, y cuélguese del primer poste de telégrafo que encuentre! ¡A usted no le queda más nada que hacer!
Sí. Y cada vez por la noche me imagino, que empiezo a entender por qué estoy tan aburrido. ¿Por qué pues? ¿Por qué? Me parece, he aquí por qué...
Empezar por que, yo no sé nada en absoluto. Alguna vez estudié algo pero, el diablo sabe, acaso lo olvidé todo o mis conocimientos no sirven para nada, pero sale así, que a cada minuto descubro América. Por ejemplo, cuando me dicen que a Moscú le hace falta una canalización, o que la baya roja no crece en un árbol, pues pregunto con admiración:
-¿Es posible?
Desde mi mismo nacimiento vivo en Moscú, pero por Dios, no sé ¿de dónde salió Moscú, para qué está, hacia qué, por qué, qué le hace falta? En la Duma1, en las sesiones, junto con otros, platico de la economía citadina, pero no sé ¿cuántas vérstas2 tiene Moscú, cuánta gente tiene ésta, cuántos nacen y mueren, cuánto ganamos y gastamos, por cuánto y con quién comerciamos..? ¿Cuál ciudad es más rica: Moscú o Londres? Si Londres es más rica, ¿pues por qué? ¡Y el diablo sabe! Y cuando en la Duma plantean alguna cuestión, me estremezco y soy el primero que empieza a gritar: “¡Entregar a la comisión! ¡A la comisión!”
Yo murmuro con los mercaderes, sobre que ya es hora de que Moscú establezca relaciones comerciales con China y con Persia, pero no sabemos dónde están esas China y Persia, ni si a ellas les hace falta algo más, que una materia prima mojada y podrida. Yo, de la mañana a la noche, jamo en la taberna de Tiestóv3, y yo mismo no sé para qué jamo. Interpreto un papel en alguna pieza, y no sé el contenido de esa pieza. Voy a ver La dama de picas4, y sólo cuando ya se levantó el telón, recuerdo que, al parecer, no leí el relato de Púshkin o lo olvidé. Yo escribo una pieza y la pongo, y sólo cuando ésta se derrumba con estrépito, me entero de que una pieza exacta como esa ya fue escrita antes por Vl. Alexándrov5, y antes de éste por Fedótov6, y antes de Fedótov por Shpazhínskii7. Yo no sé ni hablar, ni discutir, ni mantener una conversación. Cuando hablan conmigo en sociedad de algo así que no sé, empiezo simplemente a estafar. Yo le otorgo a mi rostro una expresión un poco triste, burlona, tomo al interlocutor por un botón y le digo: “Eso, mi amigo, es viejo” o “Usted se contradice, mi gentil... En tiempo libre, de algún modo, vamos a resolver esa importante cuestión, y cantaremos8, y ahora dígame por Dios: ¿usted estuvo en Imogen9?” En ese sentido, aprendí algo con los críticos moscovitas. Cuando delante de mí hablan, por ejemplo, del teatro y el drama moderno, no entiendo nada, pero cuando se dirigen a mí con una pregunta, no se me dificulta la respuesta. “Así pues así, señores... Pongamos, todo eso es así... ¿Pero la idea pues, dónde está? ¿Dónde están los ideales?” o pues, tras suspirar, exclamo: “¡¿Oh, inmortal Molière, dónde estás?!” y, dejando de la mano con tristeza, salgo a la otra habitación. Hay aún cierto Lope de Vega, al parecer un dramaturgo danés. Así pues, yo a veces ataranto al público con éste. “Se lo digo en secreto -le susurro al vecino-, esa frase Calderón se la plagió a Lope de Vega...” Y me creen... ¡Anda pues a comprobar!
Por que yo no sé nada, soy inculto por completo. Es verdad, me visto a la moda, me pelo con Teodor10 y mi ambiente tiene chic, pero de todas formas soy un asiático y un mauvais ton11. Tengo un escritorio de unos cuatrocientos rublos, con incrustaciones, unos muebles de terciopelo, cuadros, alfombras, bustos, una piel de tigre, pero miras, y el orificio de la estufa está tapado con una blusa de mujer, o no hay escupidera, y yo, junto con mis visitantes, escupo en la alfombra. En mi escalera apesta a ganso frito, el lacayo tiene una jeta soñolienta, en la cocina hay mugre y hedor, y debajo de la cama y tras los armarios hay polvo, telarañas, unas botas viejas cubiertas de moho verde, y papeles que huelen a gato. Yo siempre tengo algún escándalo: o la estufa humea, o el confort está frío, o la ventilación no se cierra y, para que la nieve no vuele de la calle al gabinete, me apresuro a tapar la ventilación con una almohada. Y si no, sucede que vivo en las habitaciones amuebladas. Estás acostado en el diván de tu número, y piensas en el tema del aburrimiento, y en el número vecino, a la derecha, cierta alemana fríe unas albóndigas en una hornilla de keroseno, y a la izquierda, unas muchachas golpean la mesa con las botellas de cerveza. Desde mi número estudio “la vida”, lo miro todo desde el punto de vista de las habitaciones amuebladas, y escribo ya sólo de la alemana, las muchachas, las servilletas sucias, interpreto sólo a borrachos y a idealistas emporcados, y como cuestión más importante considero la cuestión de las casas dormitorio y el proletariado intelectual. Y no siento y no advierto nada pues. Yo me resigno muy fácil a los techos bajos, las cucarachas, la humedad, los amigos borrachos, que se acuestan en mi lecho directo con las botas sucias. Ni los puentes, cubiertos de una gelatina amarillo-castaño, ni las esquinas con basura, ni los arcos apestosos, ni los letreros analfabetos, ni los mendigos harapientos, nada ofende mi estética. En los trineos estrechos de los cocheros, me encojo todo como un espantajo, el viento me penetra al través, el cochero me azota por la cabeza con el látigo, el caballo sarnoso se arrastra casi-casi, pero yo no advierto eso. ¡A mí nada me importa! Me dicen que los arquitectos moscovitas, en lugar de casas, construyeron como unas cajas de jabón, y arruinaron Moscú. Pero yo no encuentro que esas cajas sean malas. Me dicen que nuestros museos están dispuestos a lo mendigo, que son no científicos e inútiles. Pero yo no voy a los museos. Se quejan de que en Moscú había sólo una galería de pintura decente, y esa la cerró Tretiakóv12. La cerró, bueno, y deja que...
Pero vamos a remitirnos a la segunda causa de mi aburrimiento: me parece, que yo soy muy inteligente y sumamente importante. Entre a un lugar, hable, calle, lea en una velada literaria, jame donde Tiestóv, todo eso lo hago con un gran aplomo. No hay discusión en la que no me inmiscuya. Es verdad, no sé hablar, pero en cambio sé sonreír con ironía, encogerme de hombros, exclamar. Yo, que no sé nada y soy un asiático inculto, en esencia, estoy satisfecho con todo, pero hago ver que no estoy satisfecho con nada, y eso me sale tan fino, que por momentos incluso me creo a mí mismo. Cuando dan en la escena algo risible, me dan muchas ganas de reírme, pero me apresuro a otorgarme un aspecto serio, concentrado: no quiera Dios me ría, ¿qué dirán mis vecinos? Detrás de mí alguien se ríe, me vuelvo a mirar con severidad: un infeliz teniente, tal Hamlet como yo, se confunde y, como disculpándose por su risa inopinada, dice:
-¡Qué trivial! ¡Qué bufonada!
Y en el intermedio, digo en voz alta en el buffet:
-¡El diablo sabe, qué clase de pieza! ¡Esto es perturbador!
-Sí, es una bufonada -me responde alguien-, ¿pero sabe?, no sin idea...
-¡Basta! ¡Ese motivo ya hace tiempo fue elaborado por Lope de Vega, y por supuesto, no puede haber comparación! ¡Pero qué aburrimiento! ¡Qué aburrimiento opresivo!
En Imogen, porque contengo el bostezo, mi mandíbula quiere dislocarse, los ojos se me suben a la frente por el aburrimiento, la boca se me seca... Pero en el rostro tengo una sonrisa beatífica.
-Me refrescó con algo natal -digo a media voz. -¡Hace tiempo, tiempo ya que no experimentaba tan elevado placer!
A veces tengo el deseo de hacer travesuras, de actuar en un vodevil; y yo actuaría gustoso, y sé que eso, en los actuales tiempos abatidos, sería muy a propósito, pero… ¿qué dirán en la redacción de El Artista13?
¡No, Dios me guarde!
En las exposiciones de pintura, comúnmente, entorno los ojos, sacudo la cabeza de modo significativo y digo en voz alta:
-Al parecer, lo tiene todo: mucho aire, expresión, y colorido... ¿Pero lo principal pues, dónde está? ¿Dónde está la idea? ¿En qué está la idea ahí?
A las revistas les exijo una tendencia honesta y, de manera principal, que los artículos estén firmados por profesores o personas, que hayan estado en Siberia. Quien no es un profesor y quien no estuvo en Siberia, ese no puede ser un talento verdadero. Yo exijo que M.N. Yermólova14 interprete sólo a señoritas ideales, no mayores de 21 años. Yo exijo que las piezas clásicas del Teatro Mali las pongan, seguramente, los profesores... ¡Seguramente! Yo exijo que incluso los actores más pequeños, antes de asumir el papel, conozcan la literatura sobre Shakespeare, de forma que cuando el actor dice, por ejemplo: “¡Buenas noches, Bernardo!”, todos deban sentir que él se leyó ocho tomos.
Yo muy, muy a menudo publico. No más que ayer fui a la redacción de una revista gruesa, para informarme de si va a salir mi novela (56 pliegos de imprenta).
-En verdad, no sé cómo hacer -dijo el redactor, confundido. -Es muy, ¿sabe?, largo y... aburrido.
-Sí -digo-, ¡pero en cambio es honesto!
-Sí, tiene razón -conviene el redactor, aún más confundido. -Por supuesto, lo voy a publicar...
Las señoritas y las damas a quienes conozco, son asimismo sumamente inteligentes e importantes. Todas son iguales, se visten igual, hablan igual, andan igual, y sólo con la diferencia, de que una tiene labios de corazón, y la otra, cuando sonríe, tiene la boca ancha, como la de una lota.
-¿Usted leyó el último artículo de Protopopóv? -me preguntan los labios de corazón. -¡Es una revelación!
-Y usted, por supuesto, convendrá -dice la boca de lota-, que Iván Ivánich Ivánov, con su apasionamiento y fuerza de convicción, recuerda a Belínskii. Él es mi deleite.
Confieso, ella era mi... Recuerdo perfectamente mi declaración de amor. Ella está sentada en el diván. Los labios de corazón. Está vestida de modo infame, “sin pretensiones”, peinada de forma estúpida super-estúpida; la tomo por el talle, el corset cruje, la beso en la mejilla, la mejilla está salada. Ella se confunde, se queda aturdida y perpleja; dígnese, ¿cómo conjugar la tendencia honesta con tal trivialidad como el amor? ¿Qué diría Protopopóv si lo viera? ¡Oh no, nunca! ¡Déjeme! ¡Yo le propongo mi amistad! Pero yo digo, que me es poco la sola amistad... Entonces ella, coquetamente, me amenaza con el dedo y dice:
-Está bien, yo lo voy a amar, pero con la condición, de que usted va a mantener la bandera en alto.
Y cuando yo la tengo en mis brazos, ella susurra:
-Vamos a luchar juntos...
Después, viviendo con ella, me entero de que en su casa también, el orificio de la estufa está tapado con una blusa, y que debajo de su cama los papeles huelen a gato, y que ella asimismo estafa en las discusiones, y que en las exposiciones de pintura balbucea, como un papagayo, sobre el aire y la expresión. ¡Y dale una idea también! Ella toma vodka en secreto y, al acostarse a dormir, se unta crema de leche en la cara, para parecer más joven. En su cocina hay cucarachas, estropajos sucios, peste, y la cocinera, cuando hornea una empanada, antes de ponerla en el horno, se saca la peineta de la cabeza y hace surcos con ésta en la corteza superior; ella misma, al hacer los pasteles, escupe las pasitas, para que éstas estén más fuerte en la masa. ¡Y yo corro! ¡Corro! Mi novela vuela al diablo, y ella, importante, inteligente, despectiva, anda por todas partes y chirría sobre mí:
-¡Él traicionó sus convicciones!
La tercera causa del aburrimiento: es mi envidia frenética, excesiva. Cuando me dicen que fulano de tal escribió un artículo muy interesante, que la pieza de fulano de tal tuvo éxito, que X ganó 200 mil y que el discurso de N produjo una fuerte impresión, pues mis ojos empiezan a mirar de soslayo, me pongo bizco por completo y digo:
-¡Yo me alegro mucho por él, ¿pero sabe?, él fue juzgado en el 74 por robo!
Mi alma se convierte en un trozo de plomo, odio a ese que tuvo éxito, con todo mi ser, y continúo:
-Él tortura a su mujer y tiene tres amantes, y siempre alimenta a los reseñistas con cenas. En general, es un perfecto cerdo... Ese relato no está mal pero, probablemente, se lo robó de algún lugar. Es un mediocre bebedor... Y además, hablando con franqueza, en ese relato pues, no encuentro nada peculiar...
Pero en cambio, pongamos, si la pieza de alguien se derrumbó, pues soy terriblemente dichoso, y me apresuro a ponerme del lado del autor.
-¡No, señores, no! -grito-. En la pieza hay algo. En cualquier caso, es literaria.
Sepan que todo lo malo, vil, ruin, que dicen de las personas un poquito célebres, lo corrí por Moscú yo. Dejen que el alcalde citadino sepa, que si él alcanza a construir, por ejemplo, unos buenos puentes, ¡pues lo odiaré, y correré el rumor de que él despoja a los pasantes en el camino real!.. Si me dicen que algún periódico ya tiene 50 mil suscriptores, pues me pondré a decir en todas partes, que el redactor ingresó a la manutención. El éxito ajeno, para mí es una deshonra, una humillación, una espina en el corazón... ¿Cuál conversación puede ya haber ahí sobre el sentimiento social, civil o político? Si alguna vez hubo ese sentimiento en mí, pues ya hace tiempo que lo devoró la envidia.
Y así, sin saber nada, inculto, muy inteligente y sumamente importante, bizco de envidia, con un hígado inmenso, amarillento, gris, calvo, deambulo por Moscú de casa en casa, doy un tono de vida y en todas partes introduzco algo amarillento, gris, calvo...
-¡Ah, qué aburrimiento! -digo, con desolación en la voz-. ¡Qué aburrimiento opresivo!
Yo soy contagioso, como la influenza. Me quejo del aburrimiento, me pongo importante y por envidia calumnio a mis cercanos y amigos, y miras: algún adolescente-estudiante ya prestó oídos, se pasa la mano por el cabello con importancia y, tirando el libro, dice:
-Palabras, palabras, palabras... ¡Dios, qué aburrimiento!
Sus ojos miran de soslayo, él también se pone bizco, como yo, y dice:
-Nuestros profesores leen conferencias ahora a favor de los hambrientos. Pero yo temo que la mitad del dinero se la meten en el bolsillo.
Yo deambulo como una sombra, no hago nada, mi hígado crece y crece... Y el tiempo entre tanto sigue y sigue, envejezco, me debilito; miras, si no es hoy, pues mañana me enfermaré de influenza y moriré, y me llevarán a Vagánkovo15; mis amigos me van a recordar unos tres días, y después me olvidarán, y mi nombre dejará de ser incluso un sonido... La vida no se repite, y si tú ya no viviste esos días, que te fueron dados una vez, pues escribe “se perdió”... ¡Sí, se perdió, se perdió!
Y entre tanto pues, yo podría estudiar y saberlo todo; si me quitara de encima al asiático, pues podría estudiar y amar la cultura europea, el comercio, la artesanía, la agricultura, la literatura, la música, la pintura, la arquitectura, la higiene; podría construir en Moscú unos puentes excelentes, comerciar con China y Persia, disminuir la tasa de mortalidad, luchar contra la ignorancia, la corrupción y contra toda la ignominia que tanto nos impide vivir; podría ser modesto, afable, jovial, cordial; podría alegrarme con franqueza de cualquier éxito ajeno, ya que cualquier, incluso pequeño éxito es ya un paso hacia la dicha y la verdad.
¡Sí, yo podría! ¡Podría! Pero soy un trapo podrido, un basura, un agriado, soy un Hamlet moscovita. ¡Llévenme a Vagánkovo!
Yo me revuelvo bajo mi cobija de un costado al otro, no duermo y siempre pienso, ¿por qué estoy tan torturantemente aburrido?, y hasta el mismo amanecer en mis oídos resuenan las palabras:
-¡Tome un pedazo de cable de teléfono, y cuélguese del primer poste de telégrafo que encuentre! A usted no le queda más nada que hacer.

1Duma, parlamento estatal o citadino.
2Vérsta, antigua medida rusa de superficie, igual a 1,06 km.
3Gran taberna de Patrikéev, más conocida como Taberna de Tiestóv, fundada en 1868.
4La dama de picas, ópera de Piótr Chaikóvskii, con libreto de Modést Chaikóvskii basado en el relato homónimo de Alexánder Púshkin.
5Vladímir Alexándrovich (de seudónimo "Jólmin"), abogado, dramaturgo, autor de piezas para los teatros Máli y Alexandrínskii de Moscú.
6Alexánder Fedótov, director de la Escuela dramática A.F. Fedótov, y del Teatro Máli de Moscú.
7Ippolite Shpazhínskii, dramaturgo, presidente de La Sociedad de escritores dramáticos y compositores de ópera rusos.
8Cantaremos (expresión familiar), cantar a coro, hacer buenas migas, ponerse de acuerdo.
9Imogen
10Teodor, barbero de moda.
11Mauvais ton, mal tono, malas maneras, trato grosero.
12Pável Tretiakóv, empresario, mecenas, coleccionista y filántropo, fundador de la Galería Tretiakóv.
13El Artista, revista teatral y musical ilustrada de Moscú.
14María Yermólova, actriz del teatro Máli.
15Cementerio Vagánkovo, fundado en Moscú en 1771, durante una epidemia de peste.

Título original: V Moskve, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1891, Nº 5667, con la firma: "Kisliáyev".
Imagen: Valentin Serov, Portrait of Konstantin Korovin, 1891.