viernes, 7 de mayo de 2010

El consejero secreto


A principios de abril de 1870 mi madre Klávdia Arjípovna, viuda de un teniente, recibió de Petersburgo, de su hermano Iván, consejero secreto, una carta donde entre tanto estaba escrito: “La afección del hígado me obliga a vivir cada verano en el extranjero, y ya que en el tiempo presente no tengo dinero disponible para el viaje a Marienbad, pues es muy posible que este verano vaya a vivir contigo en tu Kochúevka, querida hermana…”
Leída la carta, mi madre palideció y se le sacudió todo el cuerpo, después en su rostro apareció una expresión de risa y de llanto. Rompió a llorar y se echó a reír. Esa lucha del llanto con la risa, me recordaba siempre el titilar y el crujido de una vela ardiendo vivamente, cuando la salpicaban con agua. Leída la carta otra vez, mi madre llamó a todos sus inquilinos y, con una voz entrecortada por la inquietud, nos empezó a explicar que todos los hermanos Gundásov eran cuatro: un Gundásov había muerto aún de niño, el otro había ido por lo militar y había muerto también, el tercero, no le sea dicho por ofender, era actor, y el cuarto…
-Al cuarto no lo alcanzas con la mano1 -sollozaba la madre-. Es mi hermano carnal, crecimos juntos, y yo tiemblo y tiemblo toda… ¡Pues es consejero secreto, general! ¿Cómo, ángel mío, lo voy a recibir? ¿De qué yo, una imbécil no instruida, voy a conversar con él? ¡Hace quince años que no lo veo! ¡Andriúshenka -se dirigió a mí la madre-, alégrate, tontito! ¡Eso Dios lo envía para tu dicha!
Después que conocimos la historia más detallada de los Gundásov, en la hacienda se armó un alboroto, que yo estaba habituado a ver sólo antes de las Pascuas. Se apiadaron sólo de la bóveda celestial y el agua del río, todo lo restante se sometió a limpieza, lavado y pintura. Si el cielo fuera más bajo y menor, y el río no corriera tan rápido, pues a éstos también los hubieran raspado con un ladrillo y frotado con un estropajo. Las paredes estaban blancas como la nieve, pero las blanquearon, los suelos brillaban y radiaban, pero los lavaban cada día. Al gato Rabón (en mis tiempos de infancia yo, con el cuchillo de pinchar el azúcar, le corté un buen cuarto de la cola, por eso recibió el apodo de Rabón) lo llevaron del palacio a la cocina y lo dieron bajo el principio de Anísa; a Fiédka le fue dicho que si los perros llegaban cerca del portal, pues “Dios lo castigaría”. ¡Pero a nadie le tocó así, como a los pobres divanes, butacas y alfombras! Nunca en otro tiempo les pegaron tan fuerte con palos como ahora, en espera de la visita. Mis palomas, oyendo los golpes de los palos, se alarmaban y a cada rato volaban al mismo cielo.
Venía de Novostróievka el sastre Spiridón, el único sastre en todo el distrito que se atrevía a coserle a los señores. Era un hombre no bebedor, trabajador y capaz, no carente de cierta fantasía y sentido plástico, pero que a pesar de eso cosía de modo repulsivo. Todo el asunto lo estropeaba la duda... La idea de que él cosía no lo suficiente a la moda, lo obligaba a rehacer cada cosa unas cinco veces, ir a pie a la ciudad, especialmente, sólo para estudiar a los frants2, y al final de todo vestirnos con unos trajes, que incluso un caricaturista llamaría una exageración y una ridiculez. Nosotros presumíamos en unos pantalones imposiblemente estrechos y unas chaquetas tan cortas, que en presencia de las señoritas siempre sentíamos vergüenza.
Ese Spiridón me tomaba las medidas largo tiempo. Me medía todo de cabo a rabo, como si se dispusiera a cubrirme de arcos, apuntaba algo largo tiempo en un papelito con un lápiz grueso, y todas sus medidas las mellaba con signitos triangulares. Terminado conmigo, la emprendía con mi maestro Yegór Alexéevich Pobiedímskii. Mi maestro inolvidable se hallaba entonces en esa etapa, cuando las personas siguen el crecimiento de sus bigotes, y tienen una actitud crítica hacia el vestido, y por eso se pueden imaginar ¡el horror sagrado con que Spiridón abordó a mi maestro! Yegór Alexéevich debía echar la cabeza atrás y abrir las piernas en forma de ízhitza3 volcada, ya levantar los brazos, ya bajarlos. Spiridón lo medía varias veces, para lo que andaba alrededor de él, como un palomo enamorado alrededor de la paloma, se hincaba de una rodilla, se encorvaba como un ganchito... Mi madre, lánguida, torturada por los trajines y atufada por las planchas, miraba todo ese largo proceder y decía:
-¡Mira pues, Spiridón, Dios te va a castigar, si estropeas el paño! ¡Y no vas a tener dicha, si no me complaces!
Por las palabras de la madre a Spiridón ya le daba calor, ya le salía sudor, porque estaba seguro de que no la iba a complacer. Por la costura de mi traje cobró 1 rub. 20 kóp., y por el traje de Pobiedímskii 2 rub., y además el paño, el forro y los botones eran nuestros. Eso no podía parecer costoso, tanto más por que de Novostróievka hasta nosotros había nueve vérstas, y el sastre vino para la prueba unas cuatro veces. Cuando nosotros, al probarnos, nos calábamos los estrechos pantalones y chaquetas, abigarrados de hilos hilvanados, la madre cada vez se arrugaba con aprensión y asombraba:
-¡Dios sabe qué moda salió ahora! Hasta mirar da vergüenza. ¡Si el hermano no fuera de la capital, en verdad, yo no me pondría a coserle a ustedes a la moda!
Spiridón, alegrándose de que no lo injuriaban a él, sino a la moda, se encogía de hombros y suspiraba, como deseando decir: “¡No puedes hacer nada: el espíritu de los tiempos!”
La inquietud con que nosotros esperamos la llegada del visitante, se podía comparar sólo con esa tensión con que los espiritistas, de minuto en minuto, esperaban la aparición del espíritu. La madre andaba con migraña y lloraba a cada minuto. Yo perdí el apetito, dormía mal y no estudiaba las lecciones. Incluso en los sueños no me dejaba el deseo de ver pronto al general, o sea, a un hombre con charreteras, un cuello bordado que le llegaba a las mismas orejas y un sable desenvainado en la mano; así, así mismo como el que colgaba en nuestro salón sobre el diván, y desencajaba unos ojos negros terribles hacia todo aquel que se atrevía a mirarlo. Sólo Pobiedímskii se sentía en su plato. Él no se aterraba, no se alegraba, y sólo raramente, al escuchar de la madre la historia de la estirpe de los Gundásov, decía:
-Sí, va a ser agradable hablar con un hombre lozano.
A mi maestro, en nuestra hacienda, lo miraban como a una natura excepcional. Era un hombre joven, de unos veinte años, barroso, greñudo, con una frente pequeña y una nariz inusualmente larga. La nariz era tan grande que mi maestro, al mirar algo, debía inclinar la cabeza de costado, como un pájaro. En nuestro concepto, en todo el gobierno no había un hombre más inteligente, instruido y galante. Había terminado seis grados en el gimnasio, después ingresó al instituto de veterinaria, de donde fue excluido sin estudiar ni medio año. La causa de la exclusión la ocultaba con cuidado, lo que daba la posibilidad a cualquier deseoso de ver en mi educador un hombre sufrido, y hasta cierto grado misterioso. Hablaba poco y sólo de lo inteligente, comía carne y leche en cuaresma, y miraba la vida alrededor no de otro modo, que sólo desde lo alto y con desprecio, lo que, por lo demás, no le impedía aceptar regalos de mi madre como trajes, y dibujar en mis cometas jetas tontas con dientes rojos. La madre no lo quería por el “orgullo”, pero se inclinaba ante su mente.
Al visitante lo esperamos no largo tiempo. A principios de mayo, en dos carros llegaron de la estación unas maletas grandes. Esas maletas lucían tan majestuosas que, al bajarlas de los carros, los cocheros de forma maquinal se quitaron los gorros.
"Debe ser -pensé-, en esos baúles hay uniformes y pólvora..."
¿Por qué pólvora? Probablemente, el concepto del generalato en mi cabeza, estaba estrechamente relacionado con los cañones y la pólvora.
En la mañana del diez de mayo, cuando me desperté, la nana me anunció en susurro que “había venido el tío”. Me vestí con rapidez y, tras lavarme de algún modo, sin rezarle a Dios, volé del dormitorio. En el zaguán me tropecé con un señor alto, robusto, con unas patillas fasionables y un paletó de frant. Muerto de horror sagrado, me le acerqué y, recordando el ceremonial compuesto por la madre, choqué los talones ante él, hice una reverencia profunda y me extendí hacia su mano, pero el señor no me dejó besarle la mano, y anunció que él no era el tío, sino sólo el ayuda de cámara del tío, Piótr. El aspecto de ese Piótr, vestido con mucha más riqueza que Pobiedímskii y yo, me sumió en una sorpresa extrema que no me deja, hablando con verdad, hasta hoy: ¿era posible que unas personas tan respetables y honorables, con unos rostros severos e inteligentes, pudieran ser lacayos? ¿Y para qué?
Piótr me dijo que el tío y la madre estaban en el jardín. Yo me lancé al jardín.
La naturaleza, que no conocía la historia de la estirpe de los Gundásov y el rango de mi tío, se sentía bastante más libre y suelta que yo. En el jardín se producía el tráfago que hay sólo en las ferias. Incontables estorninos, cortando el aire y brincando por las alamedas, perseguían con gritos y ruido a los abejorros. En los arbustos de lilas, que con sus tiernas flores olorosas se metían directo en el rostro, pululaban los gorriones. A donde te volvieras, de todas partes llegaba el canto del oriol, el pitido de la abubilla y el azor. En otro momento, yo hubiera empezado a perseguir a las libélulas o a tirarle piedras a un cuervo, que estaba posado en una hacina no alta, bajo un álamo, y volteaba a los costados su pico romo, pero ahora no estaba para travesuras. El corazón me palpitaba y el estómago se me enfriaba: ¡yo me preparaba para ver a un hombre con charreteras, un sable desenvainado y unos ojos terribles!
¡Pero imaginen mi desencanto! Junto a la madre paseaba por el jardín un frant delgado, pequeño, con un traje de seda blanco y una visera blanca. Metiendo las manos en los bolsillos, echando la cabeza atrás, corriendo a cada rato delante de la madre, parecía un hombre joven por completo. En toda su figura había tanto movimiento y vida, que yo sólo pude ver la vejez traicionera acercándome por detrás, y mirando el borde de la visera, donde se plateaba un cabello pelado corto. En lugar de la solidez y la tensa movilidad de un general, veía casi un revoleo juvenil, en lugar de un cuello que llegaba a las orejas, una ordinaria corbata celeste. La madre y el tío paseaban por la alameda y platicaban. Yo me les acerqué por detrás en silencio, y empecé a esperar que alguno de ellos mirara alrededor.
-¡Qué éxtasis tienes aquí, Kládia! -decía el tío-. ¡Qué gracioso y bueno! Si yo hubiera sabido antes, que tú tenías este encanto aquí, no hubiera ido por nada esos años al extranjero.
El tío se inclinó rápido y olió un tulipán. Todo lo que aparecía ante sus ojos, le despertaba éxtasis y curiosidad, como si desde su nacimiento no hubiera visto un jardín y un día soleado. El hombre extraño se movía como con resortes y charlaba sin cesar, no dejando a la madre decir ni una palabra. De pronto, en una curva de la alameda, de atrás de un saúco, se mostró Pobiedímskii. Su aparición fue tan repentina, que el tío se estremeció y dio un paso atrás. Esta vez, mi maestro llevaba su capote con mangas de gala, con el que, en particular por detrás, parecía mucho un molino de viento. Su aspecto era majestuoso y solemne. Apretando el sombrero contra el pecho a lo español, dio un paso hacia el tío y reverenció, como reverencian los marqueses en los melodramas: hacia adelante y un tanto de costado.
-Tengo el honor de presentarme a su excelencia -dijo en voz alta-, pedagogo y profesor de su sobrino, antiguo oyente del instituto de veterinaria, ¡el noble Pobiedímskii!
Esa cortesía del maestro le gustó mucho a mi madre. Ella sonrió y se quedó pasmada en la dulce espera, de que éste diría aún algo inteligente, pero mi maestro, esperando que a su actitud majestuosa respondieran también de forma majestuosa, o sea, que le dijeran “hum” a lo general y le tendieran dos dedos, se confundió e intimidó bastante cuando el tío se echó a reír afablemente, y le estrechó la mano con fuerza. Él farfulló aún algo inconexo, tosió y se apartó a un costado.
-Bueno, ¿no es un encanto? -se reía el tío-. Tú mira: ¡se puso un capote, y piensa que es un hombre muy inteligente! ¡Me gusta esto, lo juro por Dios!.. ¡Cuánto hay en este, en ese capote tonto, de aplomo juvenil, de vida! ¿Y qué clase de chico es este? -preguntó de pronto, volteándose y viéndome.
-Este es mi Andriúshenka -me recomendó la madre, sonrojada-. Mi consuelo...
Yo choqué los talones en la arena e hice una reverencia profunda.
-Un chico bravo... un chico bravo... -farfulló el tío, quitando la mano de mis labios y acariciando mi cabeza. -¿Te llamas Andriúsha? Así, así... m-sí… lo juro por Dios... ¿Estudias?
La madre, mintiendo y exagerando como todas las madres, empezó a describir mis éxitos en ciencias y en buena conducta, y yo iba junto al tío y, de acuerdo al ceremonial, no dejaba de hacer reverencias profundas. Cuando mi madre empezó ya a tirar el anzuelo por la cuenta, de que con mis capacidades admirables no me molestaría ingresar en el cuerpo de cadetes por la cuenta pública, y cuando yo, de acuerdo al ceremonial, debí romper a llorar y pedirle protección al tío, el tío se detuvo de pronto y abrió los brazos con sorpresa.
Pa-padrecitos! ¿Y esto que es? -preguntó.
Directo hacia nosotros, por la alameda, iba Tatiana Ivánovna, la mujer de Fiódor Petróvich, nuestro intendente. Llevaba una falda blanca almidonada y una larga tabla de planchar. Al pasarnos por delante ella, con timidez, a través de sus pestañas, miró al visitante y se sonrojó.
-De hora en hora no es fácil… -dijo el tío entre dientes, mirándola por detrás con cariño-. En tu casa, hermana, a cada paso es una sorpresa... lo juro por Dios.
-Ella es nuestra bella... -dijo la madre-. Se la prometieron a Fiódor de un arrabal... a cien vérstas de aquí...
A Tatiana Ivánovna no cada cual la llamaría una bella. Era una mujer pequeña, rellena, de unos veinte años, esbelta, de cejas negras, siempre rosada y gallarda, pero en su rostro y toda su figura no había ni un rasgo robusto, ni un trazo valiente en que el ojo pudiera detenerse, como si a la naturaleza, cuando la creaba, le hubiera faltado inspiración y seguridad. Tatiana Ivánovna era tímida, confundida y de buenas costumbres, andaba con silencio y ligereza, hablaba poco, se reía rara vez, y toda su vida era tan llana y plana, como su rostro y cabellos peinados alisados. El tío le entornó los ojos y sonrió por detrás. La madre miró fijamente su rostro sonriente y se puso seria.
-¡Y usted, hermano, así-así, y no se casó! -suspiró.
-No me casé...
-¿Por qué? -preguntó la madre en voz baja.
-¿Cómo decirte?, la vida se conformó así. Desde mi juventud trabajé demasiado, no estaba para la vida, y cuando quise vivir, miré alrededor, y ya tenía 50 años a mis espaldas. ¡No alcancé! Por lo demás, hablar de eso... es aburrido.
La madre y el tío suspiraron ambos a la vez, y fueron adelante, y yo me rezagué de ellos y corrí a buscar al maestro, para compartir con él mis impresiones. Pobiedímskii estaba parado en medio del patio, y miraba al cielo de modo majestuoso.
-¡Se nota que es un hombre desarrollado! -dijo, moviendo la cabeza-. Espero que nos entendamos con él.
A la hora la madre se acercó a nosotros.
-¡Y yo, hijitos, tengo una pena! -empezó, sofocada-. Pues mi hermano vino con el lacayo, y el lacayo es así, vaya con Dios, que no lo metes ni en la cocina ni en el zaguán, sino dale seguro una habitación especial. ¡No me cabe en la mente, qué puedo hacer! Pero miren qué, hijitos, ¿no se pasarían ustedes por ahora, a la accesoria con Fiódor? ¿Y la habitación se la dan al lacayo, ah?
Nosotros respondimos con pleno acuerdo, porque vivir en la accesoria era bastante más libre que en la casa, bajo los ojos de la madre.
-¡Es una pena, y sólo eso! -continuó la madre-. Mi hermano me dijo, que él va a almorzar no al mediodía, sino a las siete de la noche, como en la capital. ¡Yo con la pena, simplemente, pierdo el juicio! Pues para las 7, todo el almuerzo se rehoga en el horno. En verdad, los hombres no entienden nada por completo de las cosas hogareñas, aunque sean de mente grande. ¡Vamos a tener, mi pena, que guisar dos almuerzos! Ustedes, hijitos, almuercen al mediodía como antes, y yo, la vieja, voy a aguantar por mi hermano carnal, hasta las siete de la noche.
Después la madre suspiró profundo, me ordenó gustarle al tío, que Dios había enviado para mi dicha, y corrió a la cocina. Ese mismo día Pobiedímskii y yo nos mudamos a la accesoria. Nos instalaron en la habitación de paso, entre el zaguán y el dormitorio del intendente.
A pesar de la llegada del tío y su nueva vivienda, la vida, por encima de lo esperado, fluyó en el orden anterior, lánguida y monótona. De las ocupaciones “con motivo del visitante”, fuimos liberados. Pobiedímskii, que nunca leía nada y no se dedicaba a nada, comúnmente, estaba sentado en su cama, conducía su nariz larga por el aire y pensaba en algo. Alguna vez se levantaba, se probaba su traje nuevo y se sentaba de nuevo, para pensar y callar. Sólo una cosa le preocupaba: las moscas, hacia las que batía las palmas sin piedad. Después de almuerzo comúnmente “descansaba”, además, con su ronquido causaba angustia en toda la hacienda. Yo, de la mañana a la noche, corría por el jardín o estaba sentado en mi accesoria, y encolaba los cometas. Al tío, las primeras dos-tres semanas, lo veíamos rara vez. Por días enteros estaba sentado en su habitación y trabajaba, a pesar de las moscas y el calor. Su inusitada capacidad de estar sentado y pegarse a la mesa, producía en nosotros la impresión de una magia inexplicable. Para nosotros, unos holgazanes que no conocíamos la labor sistemática, su laboriosidad era simplemente un milagro. Despierto a las 9 de la mañana, se sentaba a la mesa y no se levantaba hasta el mismo almuerzo; después de almorzar, la emprendía con el trabajo de nuevo, y así hasta tarde en la noche. Cuando yo me asomaba por el ojo de la cerradura, pues siempre, de forma invariable, veía lo mismo: el tío estaba sentado a la mesa y trabajaba. El trabajo consistía en que él escribía con una mano, con la otra hojeaba el libro y, cuan extraño fuera, se movía todo: mecía el pie como un péndulo, silbaba y asentía con la cabeza al compás. Su aspecto, además, era en extremo distraído y superficial, como si no trabajara, sino jugara a los ceros y las cruces. Cada vez, yo le veía puesto la elegante chaqueta corta y la corbata anudada a lo fanfarrón, y cada vez, incluso por el ojo de la cerradura, él olía a un fino perfume femenino. Salía de su habitación sólo para almorzar, pero almorzaba mal.
-¡No entiendo a mi hermano! -se quejaba de él la madre-. Cada día, a propósito para él, degollamos un pavo y unas palomas; yo misma, con mis propias manos, hago la compota, y él se come un platito de caldo, y un pedacito de carne del tamaño de un dedo, y se va de la mesa. Me pongo a rogarle que coma, él regresa a la mesa y toma leche. ¿Y qué hay en eso, en la leche pues? ¡Son las mismas lavazas! Te mueres con esa comida... Lo empiezas a convencer, y él sólo se ríe y bromea... ¡No, no le gusta a él, hijito, nuestra manduca!
Las noches eran bastante más joviales en nuestra casa, que los días. Comúnmente, cuando el sol se ponía y en el patio yacían las sombras largas, nosotros, o sea Tatiana Ivánovna, Pobiedímskii y yo, ya estábamos sentados en el ala de la accesoria. Callábamos hasta las mismas tinieblas. ¿Y de qué me ordenan hablar, cuando ya todo estaba hablado? Había una novedad, la llegada del tío, pero ese tema pronto se agotó. El maestro, todo el tiempo, no apartaba los ojos del rostro de Tatiana Ivánovna, y suspiraba profundo... Entonces yo no entendía esos suspiros y no buscaba su sentido, pero ahora éstos me explican muchas cosas.
Cuando las sombras de la tierra se fundían en una sombra continua, el intendente Fiódor regresaba de la caza o el campo. Ese Fiódor me producía la impresión de un hombre salvaje, e incluso terrible. Hijo de un arrusado gitano de salero, moreno, con grandes ojos negros, cabello rizado, con una barba desgreñada, nuestros mujíks de Kochúevka lo llamaban no de otro modo, que “diablejo”. Y además de la apariencia, en él había mucho de gitano. Así, no podía estar sentado en la casa, y se pasaba los días enteros en el campo o la caza. Era sombrío, bilioso, callado y no le temía a nadie, y no reconocía ningún poder por encima de él. Con la madre era grosero, a mí me decía “tú”, y hacia la ciencia de Pobiedímskii tenía una actitud despectiva. Todo eso nosotros se lo perdonábamos, considerándolo un hombre iracundo y enfermizo. La madre lo quería por que, a pesar de su natura gitana, era idealmente honrado y laborioso. A su Tatiana Ivánovna la amaba con pasión, como un gitano, pero ese amor le salía como que sombrío, como sufrido. Delante de nosotros nunca acariciaba a su mujer, sino sólo desencajaba los ojos hacia ella de forma maligna, y torcía la boca.
Tras regresar del campo, ponía la escopeta en la accesoria con golpes y de modo maligno, salía al ala con nosotros y se sentaba junto a su mujer. Recobrado, le hacía a su mujer algunas preguntas por parte de las cosas hogareñas, y se sumía en el silencio.
-Vamos a cantar -proponía yo.
El maestro afinaba la guitarra y, con un bajo espeso, de sacristán entonaba En el valle llano4. Empezaba el canto. El maestro cantaba como bajo, Fiódor con un tenor apenas audible, y yo como tiple a una voz con Tatiana Ivánovna.
Cuando todo el cielo se cubría de estrellas y las ranitas se callaban, nos traían la cena de la cocina. Íbamos a la accesoria y la emprendíamos con la comida. El maestro y el gitano comían con avidez, con crujido, así que era difícil entender si eso crujían los huesos o sus mandíbulas, y Tatiana Ivánovna y yo apenas alcanzábamos a comernos nuestras raciones. Después de la cena la accesoria se sumía en un sueño profundo.
Una vez, fue a fines de mayo, estábamos sentados en el ala y esperábamos la cena. De pronto pasó una sombra y ante nosotros, como salido de la tierra, se presentó Gundásov. Éste nos miró largo tiempo, después juntó las manos y se echó a reír contento.
-¡Un idilio! -dijo-. ¡Cantan y sueñan bajo la luna! ¡Es encantador, lo juro por Dios! ¿Puedo sentarme con ustedes a soñar?
Nosotros callamos y nos miramos. El tío se sentó en el peldaño inferior, bostezó y echó una mirada al cielo. Sobrevino un silencio. Pobiedímskii, que hacía tiempo ya se disponía a platicar con un hombre lozano, se alegró con la ocasión y fue el primero que rompió el silencio. Para las conversaciones inteligentes él tenía un solo tema: la epizootia. Sucedía que cuando usted caía en una multitud de millares, por algo, de los millares de fisonomías se grababa largo tiempo en la memoria sólo alguna; así Pobiedímskii, de todo lo que había alcanzado a oír en el instituto de veterinaria en medio año, recordaba sólo un lugar:
-La epizootia causa un perjuicio enorme a la economía nacional. En la lucha contra ésta, la sociedad debe ir mano a mano con el gobierno.
Antes de decirle eso a Gundásov, mi maestro graznó unas tres veces, y varias veces, con inquietud, se arrebujó en el capote. Al oír de la epizootia, el tío miró fijamente al maestro, y emitió con la nariz un sonido risible.
-Por Dios, esto es gracioso... -farfulló, mirándonos como a maniquíes-. Esto, justamente, es la vida... Así, en esencia, debe ser la realidad. ¿Y usted por qué calla, Pelaguéya Ivánovna? -se dirigió a Tatiana Ivánovna.
Ésta se confundió y tosió.
-Hablen, señores, canten... ¡toquen! No pierdan tiempo. ¡Pues el tiempo canalla corre, no espera! Lo juro por Dios, no alcanzan a mirar alrededor, cuando llega la vejez... ¡Entonces ya va a ser tarde para vivir! Así pues, Pelaguéya Ivánovna... No hace falta estar sentado inmóvil y callar...
Ahí trajeron la cena de la cocina. El tío fue a la accesoria tras nosotros y, por la compañía, se comió cinco requesones y una alita de pato. Él comía y nos miraba. Todos le despertábamos éxtasis y ternura. Cual tontería no soltara mi maestro inolvidable, y lo que no hiciera Tatiana Ivánovna, él todo lo hallaba gracioso y admirable. Cuando, después de la cena, Tatiana Ivánovna se sentó en una esquina con humildad, y la emprendió con el tejido, él no apartaba los ojos de sus dedos y charlaba sin cesar.
-Ustedes, amigos, lo más pronto que puedan, apúrense a vivir... -decía-. ¡Dios los guarde de sacrificar el presente por el futuro! En el presente es la juventud, la salud, el ardor, ¡y el futuro es un engaño, un humo! Tan pronto les caigan veinte años, así empiecen a vivir.
Tatiana Ivánovna dejó caer una aguja. El tío se levantó, alzó la aguja y, con una reverencia, se la entregó a Tatiana Ivánovna, y ahí yo supe por primera vez, que en la tierra había gente más fina que Pobiedímskii.
-Sí... -continuó el tío-. Amen, cásense... hagan tonterías. La tontería es mucho más vital y saludable, que nuestros intentos y búsqueda de una vida con sentido.
El tío habló mucho y largo tiempo, tan largo que nos cansó, y yo estaba sentado en un baúl a un costado, lo escuchaba y dormitaba. Me torturaba que, en todo ese tiempo, no me hubiera prestado atención ni una vez. Se fue de la accesoria a las dos de la mañana, cuando yo, sin arreglarme con la modorra, ya dormía de forma profunda.
Desde ese tiempo, el tío empezó a venir a nuestra accesoria cada noche. Cantaba con nosotros, cenaba y cada vez se quedaba sentado hasta las dos de la mañana, charlando sin cesar siempre de lo mismo. Los trabajos vespertinos y nocturnos fueron dejados, y a fines de junio, cuando el consejero secreto aprendió a comerse los pavos y las compotas de la madre, fueron abandonadas las ocupaciones diurnas también. El tío se despegó de la mesa y se enfrascó en la “vida”. De día caminaba por el jardín, silbaba y molestaba a los obreros, obligándolos a contarle historias diversas. Cuando ante sus ojos aparecía Tatiana Ivánovna, él corría hacia ella y, si llevaba algo, le proponía su ayuda, lo que la confundía terriblemente.
Mientras más a lo profundo se iba el verano, más superficial, revoltoso y distraído se ponía mi tío. Pobiedímskii se desencantó de él por completo.
-Un hombre demasiado unilateral... -decía-. No se nota ni una pizca, que esté en los altos niveles de la jerarquía. Y hasta no sabe hablar. Después de cada palabra: “lo juro por Dios”. ¡No, no me gusta él!
Desde que el tío empezó a visitar nuestra accesoria, en Fiódor y mi maestro se produjo un cambio notable. Fiódor dejó de ir a cazar, regresaba a la casa temprano, se hizo más callado aún y como que, de modo maligno en particular, desorbitaba los ojos hacia su mujer. El maestro dejó de hablar de la epizootia en presencia del tío, fruncía el ceño e incluso sonreía con burla.
-¡Viene nuestro garañón ratonil! -rezongó una vez, cuando el tío se acercaba a la accesoria.
Tal cambio en ambos, yo me lo explicaba con que se habían ofendido con el tío. El tío distraído confundía sus nombres, hasta su misma partida no aprendió a distinguir, quién de ellos era el maestro y quién el marido de Tatiana Ivánovna, a la misma Tatiana Ivánovna la llamaba ya Nastásia, ya Pelaguéya, ya Yevdokía. Enternecido y extasiado con nosotros, se reía y conducía como con unos muchachos pequeños... Todo eso, por supuesto, podía ofender a unos jóvenes. Pero el asunto no estaba en la ofensa sino, como yo ahora entiendo, en unas sensaciones más refinadas.
Recuerdo que una de las noches, yo estaba sentado en el baúl y luchaba con la modorra. En mis ojos se posaba una cola viscosa, y mi cuerpo, fatigado por el correteo del día entero, se inclinaba a un costado. Pero luchaba con el sueño e intentaba mirar. Era cerca de la medianoche. Tatiana Ivánovna, rosada y humilde como siempre, estaba sentada en la mesa pequeña y le cosía una camisa al marido. Desde una esquina Fiódor, sombrío y lúgubre, desorbitaba los ojos hacia ella, en la otra estaba sentado Pobiedímskii, hundido en el cuello alto de su camisa y resoplando enojado. El tío andaba de una esquina a la otra y pensaba en algo. Reinaba el silencio, sólo se oía cómo, en las manos de Tatiana Ivánovna, el lienzo hacía frufrú. De pronto el tío se detuvo ante Tatiana Ivánovna y dijo:
-Ustedes todos son tan jóvenes, lozanos, buenos, viven tan tranquilos en este silencio, que yo los envidio. Yo me encariñé con esta vida vuestra, se me encoge el corazón cuando recuerdo, que debo irme de aquí... ¡Crean en mi sinceridad!
La modorra cerró mis ojos y me adormecí. Cuando cierto golpe me despertó, el tío estaba parado ante Tatiana Ivánovna y la miraba con ternura. Sus mejillas ardieron.
-Mi vida se perdió -decía-. ¡Yo no viví! Su cara joven me recuerda mi juventud perdida, y yo aceptaría sentarme aquí y mirarla hasta la misma muerte. Yo con gusto me la llevaría conmigo a Petersburgo.
-¿Para qué eso? -preguntó Fiódor con voz ronca.
-La pondría en mi escritorio bajo un cristal, la admiraría y se la mostraría a otros. ¿Usted sabe?, Pelaguéya Ivánovna, tales como usted, nosotros allá no tenemos. Nosotros tenemos riqueza, nobleza, a veces belleza, pero no hay esa verdad vital... ese sosiego saludable...
El tío se sentó frente a Tatiana Ivánovna, y le tomó la mano.
-¿Así, no quiere ir conmigo a Petersburgo? -se echó a reír-. En ese caso, deme para allá, siquiera, su mano... ¡Una mano encantadora! ¿No me la da? Bueno, avara, permítame siquiera besársela...
En ese momento se oyó el crujido de una silla. Fiódor se levantó y, con unos pasos medidos, pesados se acercó a su mujer. Su rostro estaba gris-pálido y trémulo. Él, con una brazada completa, golpeó la mesita con el puño y dijo con voz apagada:
-¡Yo no lo voy a permitir!
Al mismo tiempo que él, se levantó de la silla Pobiedímskii. Éste, también pálido y maligno, se acercó a Tatiana Ivánovna, y golpeó la mesita con el puño también...
-¡Yo… yo no lo voy a permitir! -dijo.
-¿Qué? ¿Qué pasa? -se asombró el tío.
-¡Yo no lo voy a permitir! -repitió Fiódor, pegando en la mesa.
El tío se levantó y parpadeó con cobardía. Quería hablar, pero con la sorpresa y el susto no dijo una palabra, sonrió confundido y salió con un pasitrote anciano de la accesoria, dejándonos su sombrero. Cuando, un poco después, la alarmada madre entró corriendo a la accesoria, Fiódor y Pobiedímskii aún, como unos herreros con los martillos, pegaban en la mesa con los puños y decían: “¡Yo no lo voy a permitir!”
-¿Qué sucedió con ustedes aquí? -preguntó la madre-. ¿Por qué mi hermano se sintió mal? ¿Qué pasa?
Echando una mirada a la pálida, asustada Tatiana Ivánovna, y a su marido enfurecido, la madre, probablemente, adivinó cuál era el asunto. Suspiró y movió la cabeza.
-¡Bueno, basta, basta de golpear la mesa! -dijo-. ¡Déjalo Fiódor! ¿Y usted pues por qué pega, Yegór Alexéevich? ¿Usted pues qué tiene que ver ahí?
Pobiedímskii cayó en cuenta y se confundió. Fiódor lo miró fijamente, después a la esposa y caminó por la habitación. Cuando la madre salió de la accesoria, vi lo que después, largo tiempo, consideré un sueño. Yo vi cómo Fiódor agarró a mi maestro, lo levantó en el aire y lo lanzó contra la puerta...
Cuando me desperté por la mañana, la cama del maestro estaba vacía. A mi pregunta ¿dónde está el maestro?, la nana me dijo en susurrro que lo habían llevado temprano en la mañana al hospital, a curarse el brazo partido. Acongojado con esa noticia y recordando el escándalo de ayer, salí al patio. Hacía un tiempo nublado. El cielo estaba cubierto de nubes y el viento paseaba por la tierra, levantando de la tierra el polvo, los papeles y las plumas… Se sentía la cercanía de la lluvia. En las personas y los animales estaba escrito el aburrimiento. Cuando fui a la casa me rogaron no golpear con los pies, diciendo que la madre estaba enferma de migraña y acostada en la cama. ¿Qué hacer? Fui tras los portones, me senté en un banquito y empecé a buscarle sentido a lo que había visto y oído ayer. Desde nuestros portones iba un camino que, sorteando la herrería y el charco que nunca se secaba, salía al gran camino del correo… Yo miré los postes de telégrafo, alrededor de los que giraban las nubes de polvo, los pájaros soñolientos posados en los cables, y de pronto me sentí tan aburrido que rompí a llorar.
Por el camino del correo pasó un birlocho polvoriento, abarrotado por completo de ciudadanos que iban, probablemente, a una peregrinación. No alcanzó el birlocho a perderse de vista, cuando apareció una calesa ligera tirada por una pareja. En ésta, parado y aguantado del cinturón del cochero, iba el comisario Akím Nikítich. Para mi gran asombro, la calesa dobló por nuestro camino y me pasó volando por delante hacia los portones. Mientras yo no acababa de entender, para qué había venido a nuestra casa el comisario, se oyó un ruído y en el camino apareció una tróika. En el cochecito estaba parado el policía y le mostraba al cochero nuestros portones.
“¿Y ése para qué? –pensaba yo, mirando al policía cubierto de polvo-. Eso, probablemente, Pobiedímskii se quejó a ellos de Fíodor, y vinieron a tomarlo preso”.
Pero el acertijo no era tan fácil de resolver. El comisario y el policía eran sólo los precursores, porque no pasaron ni cinco minutos, cuando por nuestros portones entró una carroza. Ésta me pasó por delante tan rápido que, al asomarme a la ventana de la carroza, vi sólo una barba rojiza.
Perdido en conjeturas y presintiendo algo no bueno, corrí a la casa. En el vestíbulo vi ante todo a la madre. Estaba pálida y miraba con horror la puerta, tras la que se oían voces masculinas. Los visitantes la habían agarrado de sorpresa, en el mismo apogeo de la migraña.
-¿Quién vino, mamá? -pregunté.
-¡Hermana! -se oyó la voz del tío-. ¡Danos pues al gobernador y a mí algo de picar!
-¡Fácil de decir: de picar! -susurró la madre pasmada de horror-. ¿Qué yo voy a alcanzar a preparar ahora? ¡Me deshonré en los años ancianos!
La madre se agarró la cabeza y corrió a la cocina. La súbita llegada del gobernador puso patas arriba y atolondró a toda la hacienda. Se armó una degollina ensañada. Degollaron unas diez gallinas, cinco pavos, ocho patos, y con las prisas decapitaron al viejo ganso, fundador de nuestro rebaño gansuno y preferido de mi madre. El cochero y el cocinero como que se volvieron locos, y degollaron aves en vano, sin distinguir ni la edad ni la raza. En aras de cierta salsa, yo perdí un par de tumbler costosas, que me eran tan preciadas como el ganso a la madre. Su muerte largo tiempo no se la perdoné al gobernador.
Por la noche, cuando el gobernador y su comitiva, habiendo almorzado opíparamente, se sentaron en sus carruajes y se fueron, yo fui a la casa a echarle una mirada a los restos del festín. Asomado desde el vestíbulo al salón, vi al tío y a la madre. El tío, puestas las manos detrás, caminaba nervioso a lo largo de las paredes y se encogía de hombros. La madre, exhausta y muy delgada, estaba sentada en el diván y, con ojos enfermos, seguía los movimientos de su hermano.
-Disculpa, hermana, pero así no se puede... -gruñía el tío, arrugando el rostro-. ¡Yo te presento al gobernador, y tú no le tiendes la mano! ¡Tú lo confundiste, al infeliz! No, eso no sirve... La sencillez es una cosa buena, pero también debe tener límites pues... lo juro por Dios... ¡Y después ese almuerzo! ¿Acaso se puede alimentar con esos almuerzos? Por ejemplo, ¿qué clase de estropajo sirvieron en el cuarto plato?
-Era pato con salsa dulce... -respondió la madre en voz baja.
-Pato... Perdona, hermana, pero... ¡pero yo tengo pirosis pues! ¡Yo estoy enfermo!
El tío puso una cara amarga, llorosa y continuó:
-¡Y el diablo trajo al gobernador ese! ¡Me hace mucha falta su visita! Pf... ¡la pirosis! Yo no puedo ni dormir, ni trabajar... Me destornillé por completo... Y cómo eso, no entiendo, pueden vivir aquí sin trabajo... ¡en este aburrimiento! ¡A mí ya me empieza el dolor de estómago!..
El tío frunció el ceño y caminó más rápido.
-Hermano -preguntó la madre en voz baja -¿y cuánto cuesta ir al extranjero?
-Por lo menos tres mil... -respondió el tío con voz llorosa-. Yo me iría, ¿pero de dónde los saco? ¡Yo no tengo ni un kópek! Pf... ¡la pirosis!
El tío se detuvo, echó una mirada con angustia a la ventana gris, nublada y caminó de nuevo.
Sobrevino un silencio... La madre miró al ícono largo tiempo, pensando en algo, después rompió a llorar y dijo:
-Yo, hermano, le voy a dar los tres mil...

Unos tres días después las maletas majestuosas fueron enviadas a la estación, y tras ellas fue rodando el consejero secreto5. Al despedirse de la madre, rompió a llorar y largo tiempo no pudo despegar los labios de su mano, y cuando se sentó en el carruaje su rostro se iluminó con un júbilo infantil… Radiante, dichoso se sentó más cómodo, le agitó la mano en despedida a la llorosa madre, y de pronto, de repente detuvo su mirada en mí. En su rostro apareció una expresión de asombro extremo.
-¿Y qué clase de chico es este? -preguntó.
A la madre, que me aseguraba que al tío lo enviaba Dios para mi dicha, esa pregunta le disgustó bastante. Y yo no estaba para preguntas. Yo miraba el rostro dichoso del tío y, por algo, él me daba una lástima terrible. No me contuve, salté al carruaje y abracé calurosamente a ese hombre superficial y débil, como todos los hombres. Mirándolo a los ojos y deseando decirle algo agradable, le pregunté:
-¿Tío, usted estuvo siquiera una vez en la guerra?
-Ah, un chico gracioso… -se echó a reír el tío, besándome-, un chico gracioso, lo juro por Dios. Todo esto es tan natural, vital… lo juro por Dios…
El cochecito arrancó… Yo lo miré por detrás, y largo tiempo oí esa despedida de “lo juro por Dios.”

1No lo alcanzas con la mano (expresión familiar), aproximadamente, ...
2Frant, petimetre, pisaverde.
3Ízhitza, última letra del antiguo alfabeto ruso, excluida tras la reforma de 1917.
4En el valle llano, canción con letra de A.F. Merzliakóv, sobre música popular con arreglo de O.A. Kozlóvskii y otros.
5En sus Memorias de Ant. P. Chejov, Alexánder Lázariev-Gruzínskii recuerda: “Una vez delante de mí uno de los hermanos le preguntó a Chejov:
-Antón, ¿para qué tú escribiste el cuento El consejero secreto? ¡Pues tú no conoces ni un consejero secreto!
Chejov respondió tranquilo:
-Bueno sí. Pero yo conozco a consejeros civiles activos. ¿Acaso no es lo mismo?” (Las noticias moscovitas, 1914, Nº 152).

Título original: Tainii sovietnik, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1886, Nº 3657, con la firma: "An. Chejov".
Imagen: Ilya Repin, Double Portrait of Natalia Nordmann and Ilya Repin, XIX.