lunes, 10 de noviembre de 2008

Cieno

I

Al gran patio de la fábrica de vodka Herederos de M.E. Rothstein, meciéndose en su montura de modo garboso, entró un joven con una guerrera de oficial blanca como la nieve. El sol sonreía con descuido en las pequeñas estrellas del teniente, en los blancos troncos de los abedules, en los montones de vidrios rotos dispersos por aquí y por allá en el patio. En todo yacía la belleza radiante y vigorosa del día de verano, y nada le impedía al follaje joven y jugoso agitarse con júbilo, y guiñarle al cielo azul diáfano. Incluso el aspecto sucio, hollinado de los cobertizos de ladrillos y el olor asfixiante del aceite de fusel, no estropeaban el ambiente general. El teniente saltó de la montura contento, le entregó el caballo al mozo que se acercaba corriendo y, alisando con su dedo sus finos bigotes negros, entró por la puerta principal. En el peldaño más alto de una escalera antigua, pero blanda y radiante, lo recibió una sirvienta de rostro no joven y un tanto altivo. El teniente le dio su tarjeta callado.
Yendo al aposento con la tarjeta, la sirvienta pudo leer: "Alexánder Grigórievich Sokólskii". Al minuto regresó y le dijo al teniente que la señora no podía recibirlo, ya que se sentía no del todo saludable. Sokólskii echó una mirada al techo y estiró el labio inferior.
-¡Qué fastidio! -dijo. -Escuche, mi querida -rompió a hablar vivamente, -vaya y dígale a Susanna Moiséevna, que me hace mucha falta hablar con ella. ¡Mucha falta! Yo la retendré sólo por un minuto. Que me disculpe.
La sirvienta se encogió de un hombro y fue a ver a la señora con pereza.
-¡Bueno! –suspiró, volviendo un poco después. -¡Dígnese!
El teniente atravesó tras ella cinco-seis grandes habitaciones, decoradas lujosamente, un corredor y, al final de todo, se encontró en una habitación cuadrada, espaciosa donde le admiró, desde el mismo primer paso, la abundancia de plantas floridas y un olor a jazmín dulzón, denso hasta la repulsión. Las flores se extendían en espalderas a lo largo de las paredes, cubriendo las ventanas, colgando del techo; se enredaban en las esquinas, de modo que la habitación parecía más un invernadero, que un local habitable. Los azulejos, los canarios y los jilgueros volaban con pitidos entre el follaje, y se golpeaban con los cristales de las ventanas.
-¡Perdone, por favor, que lo reciba aquí! –oyó el teniente una jugosa voz femenina, que farfullaba el sonido r no sin ser agradable. -Ayer tuve migraña, y para que no se repita hoy, trato de no moverme. ¿Qué quiere usted?
Precisamente, enfrente de la entrada, en una gran butaca antigua, echada la cabeza sobre una almohada, estaba sentada una mujer con una costosa bata china y la cabeza envuelta. Tras el pañuelo de lana amarrado, se veía sólo una nariz pálida, larga, de punta aguda con un pequeño respingo, y un ojo negro, grande. La bata holgada ocultaba sus formas y estatura, pero por su mano blanca, bonita, su voz, nariz y ojo se le podía dar no más de 26-28 años.
-Perdone que sea tan insistente… -empezó el teniente, sonando sus espuelas. -Tengo el honor de presentarme: ¡Sokólskii! Vine por encargo de un primo mío y vecino suyo, Alexei Ivánovich Kriúkov, que…
-¡Ah, sé! –lo interrumpió Susanna Moiséevna. -Yo conozco a Kriúkov. Siéntese, no me gusta si hay algo grande parado delante de mí.
-Mi primo me encargó rogarle sobre una merced, -continuó el teniente, sonando sus espuelas otra vez y sentándose. -El asunto es, que su difunto padrecito le compró avena a mi primo en invierno, y le quedó debiendo una pequeña suma. El plazo de los endosos vence sólo dentro de una semana, pero mi primo le ruega encarecidamente, si acaso le puede pagar esa deuda hoy.
El teniente hablaba, y él mismo echaba miradas de soslayo a los costados.
"¿Y como que estoy en el dormitorio?", pensaba.
En una de las esquinas de la habitación, donde el follaje era más alto y tupido, bajo un baldaquín rosado, como sepulcral, había una cama con un lecho rugoso, aun sin hacer. Allí mismo, sobre dos butacas, yacían montones de vestidos femeninos estrujados. Faldas y mangas con encajes y volantes arrugados colgaban sobre la alfombra, en la que albeaban por aquí y por allá cintas, dos-tres colillas y papelitos de caramelos… Debajo de la cama asomaban las puntas agudas y chatas de una larga hilera de zapatos de todas clases. Y al teniente le pareció que el empalagoso olor a jazmín no venía de las flores, sino del lecho y la hilera de zapatos.
-¿Y de qué suma es el endoso? -preguntó Susanna Moiséevna.
-De dos mil trescientos.
-¡Ajá! -dijo la hebrea, mostrando su otro gran ojo negro. -¡Y usted dice que es poco! Por lo demás, es lo mismo pagar hoy, que dentro de una semana, pero yo, en estos dos meses, después de la muerte de mi padre, he tenido tantos pagos... ¡tantas gestiones estúpidas, que la cabeza me da vueltas! Le ruego encarecidamente, me hace falta ir al extranjero, y me obligan a dedicarme a estupideces. El vodka, la avena -farfulló, cerrando los ojos a medias, -la avena, los endosos, los porcientos, o como dice mi tendero principal, “los porchientos"... Es horrible. Ayer yo, simplemente, eché al recaudador de accisas. Se me pega con su Tralles1. Yo le digo: ¡lárguese al diablo con su Tralles, yo no recibo a nadie! Me besó la mano y se fue. Escuche: ¡¿no puede acaso su primo esperar dos-tres meses?!
-¡Cruel pregunta! –se rió el teniente. -¡Mi primo puede esperar hasta un año, pero yo pues no puedo esperar! Pues esto yo, tengo que decirle, gestiono por mí. Me hace falta el dinero sea como sea, y mi primo, como a propósito, no tiene ni un rublo demás. Tengo que, a la fuerza, ir a recoger el dinero. Ahora estuve donde un mujík-arrendatario, ahora pues estoy sentado con usted, de aquí iré aún a algún lugar, y así hasta que no recoja cinco mil. ¡Me hace falta el dinero terriblemente!
-Basta, ¿para qué quiere un joven el dinero? Caprichos, travesuras. ¿Qué, gastó en la juerga, perdió en el juego, se casa?
-¡Adivinó usted! -se rió el teniente y, levantándose levemente, sonó sus espuelas. –Realmente, me caso…
Susanna Moiséevna le echó una mirada atenta a su visitante, puso una cara amarga y suspiró.
-¡No entiendo, qué gusto tiene la gente en casarse! -dijo, buscando a su alrededor el pañuelo. -La vida es tan corta, hay tan poca libertad, y ellos aún se amarran.
-Cada uno tiene su visión...
-Sí, sí, por supuesto, cada uno tiene su visión… Pero escuche, ¿acaso usted se casa con una pobre? ¿Por un amor apasionado? ¿Y por qué le hace falta, seguro, cinco mil, y no cuatro, tres mil?
"¡Pero qué lengua larga tiene!", -pensó el teniente y respondió:
-La historia es que, por la ley, un oficial no puede casarse antes de los 28 años. Si desea casarse, pues vete del servicio o deposita una fianza de cinco mil.
-Ajá, ahora entiendo. Escuche, usted pues dijo ahora, que cada uno tiene su visión… Puede ser, su novia es alguna peculiar, notable pero... yo, resueltamente, no entiendo, ¿cómo un hombre honesto puede vivir con una mujer? No entiendo, aunque me mate. Yo vivo hace ya, gracias a ti Señor, 27 años, pero nunca en mi vida he visto a una mujer pasable. Todas son unas afectadas, inmorales, mentirosas... Yo soporto sólo a las sirvientas y las cocineras, y a las tal llamadas honestas no las dejo acercarse ni a un tiro de cañón. Sí, gracias a Dios, ellas mismas me odian y no se me pegan. Si le hace falta dinero, pues manda al marido, pero ella misma no viene por nada; no por orgullo, no, sino simplemente por cobardía, tiene miedo de que le haga una escena. ¡Ah, yo entiendo perfectamente su odio! ¡Y todavía! Yo pongo a la vista con franqueza, lo que ellas intentan ocultarle con todas sus fuerzas a Dios y a los hombres. ¿Cómo pues no odiarme después de eso? Seguro, a usted ya le hablaron de mí por los codos...
-Yo hace tan poco llegué aquí, que…
-¡Bueno, bueno, bueno… lo veo por los ojos! ¿Y acaso la mujer de su primo no lo abasteció en la despedida? ¿Dejar a un joven ir a ver a una mujer tan terrible, y no prevenirlo, cómo se puede? Ja, ja… ¿Bueno qué, cómo está su primo? Él es su bravo, un hombre tan bonito… Yo lo vi varias veces en la misa. ¿Por qué me mira así? ¡Yo voy a la iglesia muy a menudo! Todos tenemos un Dios. Para la persona educada no importa tanto el aspecto, como la idea… ¿No es verdad acaso?
-Sí, por supuesto... -sonrió el teniente.
-Sí, la idea... Y usted no se parece en nada a su primo. Usted es bonito también, pero su primo es mucho más bonito. ¡Es asombroso, qué poco parecido!
-No es extraño: pues no somos hermanos, sino primos.
-Sí, es verdad. ¿Así, seguro le hace falta el dinero hoy? ¿Por qué hoy?
-En unos días se vence el plazo de mi licencia.
-¡Bueno, qué hacer pues con usted! -suspiró Susanna Moiséevna. -¡Así sea ya, le daré el dinero, aunque sé que me va a maldecir. Se va a pelear con su mujer después de la boda, y va a decir: "¡Si esa judía roñosa no me hubiera dado el dinero, pues yo acaso sería libre ahora, como un pájaro!" ¿Su novia, es bien parecida?
-Sí, no está mal…
-¡Hum!.. De todos modos, es mejor al menos algo; al menos la belleza, antes que nada. Por lo demás, una mujer no puede pagarle al marido con ninguna belleza por su vacío.
-¡Esto es original! –se rió el teniente. -¡Usted misma es mujer, y es tal xenófoba!
-Mujer... -sonrió Susanna con malicia. -¿Acaso yo soy culpable, de que Dios me mandó esta envoltura? De eso yo soy tan culpable, como usted de que tiene bigotes. No depende del violín la elección del estuche. Yo me gusto mucho, pero cuando me recuerdan que soy mujer, pues empiezo a odiarme. Bueno, váyase de aquí, yo voy a vestirme. Espéreme en la sala.
El teniente salió y, en primer lugar, suspiró de modo profundo, para librarse del pesado olor a jazmín, por el que ya le empezaba a dar vueltas la cabeza y a picarle la garganta. Estaba asombrado.
"-¡Qué extraña! -pensaba mirando alrededor. -Habla fluido, pero… ya mucho, demasiado, y con franqueza. Una suerte de psicópata."
La sala, donde estaba parado ahora, estaba decorada ricamente, con pretensión de lujo y moda. Había platos de bronce oscuros, con relieves, vistas de Niza y del Rin en las mesas, jarrones antiguos, estatuillas japonesas; pero todos esos intentos de lujo y moda sólo resaltaban una falta de gusto, sobre la que gritaban sin descanso las cornisas doradas, el papel tapiz coloreado, los vívidos manteles de terciopelo, las malas oleografías de marcos pesados. La falta de gusto la completaba ese inacabado y estrechez superflua, cuando parece que falta algo y que muchas cosas se deberían desechar. Se advertía que todo el ambiente no había sido adquirido de una vez, sino por partes, por medio de ocasiones ventajosas, de remates.
El mismo teniente sabe Dios cuál gusto tenía, pero incluso él advirtió que todo el ambiente tenía una característica peculiar, que no podía borrar ni el lujo ni la moda, y precisamente: la ausencia absoluta de toda huella de mano femenina; de una dueña que, como es sabido, otorgara al decorado de la habitación un matiz de calidez, poesía y confort. Aquí exhalaba frialdad, como en las habitaciones de las estaciones ferroviarias, los clubes y los foyeres2 teatrales.
En particular de hebreo, en la habitación no había casi nada, excepto acaso un gran cuadro que representaba el encuentro de Jacob con Esaú3. El teniente echó una mirada a su alrededor y, tras encogerse de hombros, pensó en su nueva, extraña conocida, en su frescura y manera de hablar. Pero he aquí se abrió la puerta y en el umbral apareció ella misma, esbelta, con un largo vestido negro, de talle muy apretado, como torneado. Ahora ya el teniente vio no sólo su nariz y sus ojos, sino también su rostro blanco, enjuto, y su cabeza negra, rizada, como de carnero. No le gustó ella, aunque no le pareció no bonita. En general, tenía un prejuicio contra los rostros no rusos; y aquí halló además, que los rizos negros y las cejas tupidas no le iban en absoluto al rostro blanco de la dueña, que con su blancura le recordaba, por algo, el empalagoso olor a jazmín; que su nariz y sus orejas eran asombrosamente pálidas, como de muerto o moldeadas en cera traslúcida. Tras sonreír, junto con los dientes mostró unas encías pálidas, que no le gustaron tampoco.
"Mal pálido4… -pensó. –Probablemente, es nerviosa como una pava".
-¡Y aquí estoy yo! ¡Vamos! -dijo ella, yendo delante con rapidez, y arrancando por el camino las hojitas amarillas de las flores. -Ahora le daré el dinero, y si quiere, le daré un desayuno. ¡Dos mil trescientos rublos! Después de un gesheft5 tan bueno, comerá con apetito. ¿Le gustan mis habitaciones? Las señoras locales dicen que en mi casa huele a ajo. Con esa agudeza de cocinera queda agotado todo su ingenio. Me apresuro a asegurarle, que yo no tengo ajo ni en el sótano; y una vez que vino de visita un doctor que olía a ajo, pues yo le rogué tomar su sombrero, e irse con su fragancia a algún lugar, a otro lado. En mi casa no huele a ajo, sino a medicinas. Mi padre estuvo acostado con parálisis año y medio, y perfumó toda la casa con las medicinas. ¡Año y medio! Me da lástima con él, pero me alegro de que haya muerto: ¡sufrió tanto!
Condujo al oficial por dos habitaciones parecidas a la sala, por un salón y se detuvo en su gabinete, donde había un pequeño escritorio femenino, todo cubierto de baratijas. Cerca de éste, sobre la alfombra, estaban tirados varios libros abiertos y torcidos. En el gabinete había una puerta pequeña, por la que se veía una mesa puesta para el desayuno.
Sin dejar de charlar, Susanna se sacó del bolsillo un manojo de llaves menudas, y abrió cierto armario ingenioso con una tapadera alabeada, rodante. Cuando la tapadera se levantó, el armario resonó con una melodía quejosa, que le recordó al teniente un arpa eólica. Susanna eligió otra llave y la chasqueó por segunda vez.
-Yo tengo aquí pasajes subterráneos y puertas secretas, -dijo sacando una pequeña cartera de cordobán. -¿Un armario ridículo, no es verdad? Y en esta cartera está la cuarta parte de mi fortuna. ¡Mire qué panzuda está! ¿Pues usted no me va a ahorcar?
Susanna alzó un ojo hacia el teniente y se rió de modo bondadoso. El teniente se rió también.
"¡Y es gloriosa!", -pensó, mirando cómo las llaves corrían entre sus dedos.
-¡Aquí está! -dijo ella, sacando la llave de la cartera. -Bueno, sr. acreedor, saque a escena los endosos. ¡En esencia, qué estupidez en general el dinero! ¡Qué nulidad, y cómo le gusta a las mujeres pues! ¿Sabe?, yo soy hebrea hasta la médula de los huesos, me gustan a rabiar los Shmul y los Yankel6, pero lo que me repugna de mi sangre semítica, es esa pasión por el lucro. Acumulan, y por sí mismos no saben, para qué acumulan. Hay que vivir y disfrutar, y ellos tienen miedo de gastar un kópek de más. En ese sentido, yo me parezco más a un húsar, que a un Shmul. No me gusta cuando el dinero está mucho tiempo en un lugar. Y en general, me parece, que me parezco poco a una hebrea. ¿Me delata mucho mi acento, ah?
-¿Cómo decirle? -murmuró el teniente. –Usted habla limpio, pero farfulla.
Susanna se rió y metió la llavecita en la cerradura de la cartera. El teniente sacó del bolsillo un fajo de endosos, y los puso sobre la mesa con un librito de apuntes.
-Nada delata tanto a un hebreo, como el acento, -continuó Susanna mirando contenta al teniente. -Por mucho que se las dé de ruso o de francés, ruéguele decir la palabra plumón, y él le dirá: pliumón… Y yo pronuncio correctamente: "¡plumón!, ¡plumón!, ¡plumón!"
Ambos se rieron.
“¡Por Dios, es gloriosa!”, -pensó Sokólskii.
Susanna puso la cartera en una silla, dio un paso hacia el teniente y, acercando su rostro al rostro de él, continuó contenta:
-Después de los hebreos, yo no quiero a nadie tanto, como a los rusos y los franceses. Yo estudié mal en el gimnasio, y no sé de historia, pero a mí me parece, que el destino de la tierra está en las manos de esos dos pueblos. Yo viví largo tiempo en el extranjero… hasta viví medio año en Madrid... observé bastante al público, y llegué a la convicción de que, excepto los rusos y los franceses, no hay ningún pueblo honesto. Tome usted las lenguas… La lengua alemana es de caballos, el inglés, no se puede imaginar nada más estúpido: ¡fight-feed-foot! El italiano sólo es agradable, cuando lo hablas despacio, pero si escuchas a las cotorras italianas, pues resulta la misma jerga hebrea. ¿Y los polacos? ¡Dios mío, Señor! ¡No hay una lengua más repugnante! "Nie piepshi piepshem viepsha, Pietshe, bo mozhesh pshepiepshits viepsha piepshem”. Eso quiere decir: "no le pongas pimienta al cerdito, Piótr, pues puedes ponerle demasiada pimienta al cerdito". ¡Ja, ja, ja!
Susanna Moiséevna giró sus ojos, y se echó a reír con una risa tan buena y contagiosa, que el teniente, mirándola, se carcajeó contento y de modo ruidoso. Ésta tomó de un botón al visitante y continuó:
-A usted, por supuesto, no le gustan los hebreos… Yo no discuto, tienen muchos defectos, como cualquier nación. ¿Pero acaso los hebreos son los culpables? ¡No, los hebreos no son los culpables, sino las mujeres hebreas! Ellas no son listas, son avaras, sin ninguna poesía, aburridas… ¡Usted nunca ha vivido con una hebrea, y no sabe qué clase de encanto son!
Las últimas palabras Susanna Moiséevna las profirió de modo alargado, ya sin animación ni risa. Se calló, como asustada de su franqueza, y su rostro de pronto se descompuso de una manera extraña e inexplicable. Sus ojos, sin parpadear, se fijaron en el teniente, sus labios se abrieron y revelaron unos dientes apretados. En todo su rostro, cuello e incluso pecho tembló una expresión maligna, felina. Sin quitar los ojos de su visitante, inclinó su talle a un costado con rapidez, y con ímpetu, como una gata, agarró algo de la mesa. Todo eso fue en cuestión de segundos. Siguiendo sus movimientos, el teniente vio cómo sus cinco dedos estrujaron sus endosos, cómo el blanco papel crujiente pasó fugazmente ante sus ojos y se esfumó en el puño. Tal cambio brusco, inusitado de la risa bondadosa al delito lo admiró tanto, que palideció y dio un paso atrás…
Y ella, sin quitar de él sus ojos asustados e inquisitivos, se pasaba el puño apretado por la cadera, y buscaba el bolsillo. Su puño convulsivo, como un pez pescado, se pegaba contra el bolsillo, y no entraba a la abertura de ningún modo. Un instante más, y los endosos se hubieran esfumado en los escondites del vestido femenino, pero ahí el teniente gritó levemente y, movido más por el instinto que por la razón, agarró a la hebrea por el brazo, cerca del puño apretado. Ésta, enseñando más los dientes, tiró con todas sus fuerzas y liberó su brazo. Entonces Sokólskii la abarcó por el talle reciamente, con un brazo, y por el pecho con el otro, y empezó una lucha entre ellos. Temiendo ofender su feminidad y causarle dolor, intentaba sólo no dejarla moverse, y cazar el puño con los endosos; y ella, como una anguila, se retorcía en sus brazos con su cuerpo ágil y elástico, tiraba, le pegaba en el pecho con los codos y lo arañaba así, que las manos de él andaban por todo su cuerpo, y a la fuerza le causaba dolor y ofendía su pudor.
"¡Qué insólito es esto! ¡Qué extraño!", -pensaba fuera de sí por el asombro, sin creerse a sí mismo, y sintiendo con todo su ser cómo le daba náusea el olor a jazmín.
Callados, respirando con dificultad, tropezando con los muebles, iban de un lugar a otro. Susanna se aficionó con la lucha. Se sonrojó, cerró los ojos y una vez incluso, fuera de sí, apretó su rostro fuertemente contra el rostro del teniente, así que a éste le quedó en los labios un sabor dulzón. Finalmente, él pescó el puño… Abriéndolo y no hallando los endosos, dejó a la hebrea. Rojos, con los peinados deshechos, respirando con dificultad, se miraban el uno al otro. La expresión maligna, felina en el rostro de la hebrea, poco a poco, se tornó una sonrisa bondadosa. Se rió a carcajadas y, volviéndose sobre un pie, se dirigió a la habitación donde el desayuno estaba preparado. El teniente arrastró los pies detrás. Ella se sentó a la mesa y roja aún, respirando con dificultad, se bebió media copita de oporto.
-Escuche -rompió el silencio el teniente, -¿usted, espero, bromea?
-En nada -respondió ella, metiéndose en la boca un trocito de pan.
-¡Hum!.. ¿Cómo pues me manda a entender todo esto?
-Como le plazca. ¡Siéntese a desayunar!
-¡Pero… es que esto es deshonesto!
-Puede ser. Por lo demás, no se moleste en darme un sermón. Yo tengo mi visión personal de las cosas.
-¿Usted no me los va a dar?
-¡Por supuesto que no! Si usted fuera un hombre pobre, infeliz, que no tiene qué comer, bueno, entonces sería otro asunto, ¡pero usted pues quería casarse!
-¡Pero es que no es mi dinero, sino el de mi primo!
-¿Y su primo, para qué quiere el dinero? ¿Para la moda de su mujer? Y a mí, resueltamente, me da lo mismo si su belle-soeur7 tiene vestidos o no.
El teniente ya no recordaba que estaba en una casa ajena, con una dama desconocida, y no lo cohibía la decencia. Caminaba por la habitación, fruncía el ceño y tiraba de su chaleco de modo nervioso. Por que la hebrea, con su acto deshonesto, se hubiera rebajado a sus ojos, se sentía más valiente y fresco.
-¡El diablo sabe qué! –farfullaba él. -¡Escuche, yo no me iré de aquí, hasta que no reciba los endosos!
-¡Ah, tanto mejor! –se reía Susanna. –Siquiera quédese a vivir aquí, a mí me será más divertido.
Excitado por la lucha, el teniente miraba el rostro risueño, descarado de Susanna, su boca que masticaba, su pecho que respiraba con dificultad, y se tornaba más valiente y atrevido. En lugar de pensar en los endosos, por algo, con cierta avidez, empezó a recordar los cuentos de su primo sobre las aventuras románticas de la hebrea, sobre su modo de vida liberal, y esos recuerdos sólo incitaban su temeridad. Impetuosamente, se sentó al lado de la hebrea y, sin pensar en los endosos, se puso a comer…
-¿A usted, vodka o vino? -preguntó Susanna con risa. -¿Así, se va a quedar a esperar por los endosos? ¡Pobrecito, cuántos días y noches tendrá que pasar conmigo, en espera de los endosos! ¿Su novia no tendrá nada en contra?

II

Pasaron cinco horas. El primo del teniente, Alexei lvánovich Kriúkov, envuelto en una bata y con pantuflas, andaba por las habitaciones de su hacienda y, con impaciencia, echaba miradas por la ventana. Era un hombre alto, recio, con una gran barba negra, un rostro varonil y, como había dicho con verdad la hebrea, bonito, aunque ya había pasado a esa edad, en que los hombres engordan demasiado, echan barriga y se quedan calvos. Por su razón y juicio pertenecía a ese número de naturas, que enriquece tanto a nuestra intelectualidad: cordial y bondadoso, instruído, no ajeno a las ciencias, las artes, la fe, a los conceptos del honor más caballerescos, pero no profundo y perezoso. Le gustaba comer y beber bien, jugaba al wint8 idealmente, tenía gusto para las mujeres y los caballos, y en lo restante era tardo e impasible, como una foca, y para sacarlo de su estado de sosiego, se requería algo inusitado, demasiado perturbador; y entonces él ya se olvidaba de todo en el mundo, y mostraba una extrema movilidad: vociferaba sobre un duelo, escribía una petición de siete hojas al ministro, galopaba por el distrito rompiéndose la cabeza, fusilaba en público al "canalla", litigaba.
-¿Qué es esto pues, nuestro Sásha no está aquí hasta ahora? –le preguntaba a su mujer, asomado a la ventana. -¡Pues es hora de almorzar!
Esperado al teniente hasta las seis, los Kriúkov se sentaron a almorzar. Por la noche, cuando ya era hora de cenar, Alexei Ivánovich prestaba oídos a los pasos, a los golpes de las puertas, y se encogía de hombros.
-¡Es extraño! –decía. –Debe ser, el fendric9 canalla se atascó donde el arrendatario.
Al acostarse a dormir después de la cena, Kriúkov decidió así, que el teniente había alargado su visita al arrendatario, donde, después de una buena bebedera, se habría quedado a pernoctar.
Alexánder Grigórievich regresó a la casa, solamente, al otro día por la mañana. Tenía un aspecto confuso y arrugado en extremo.
-Me hace falta hablar contigo a solas -le dijo a su primo con misterio.
Fueron al gabinete. El teniente cerró la puerta y, antes de empezar a hablar, caminó largo tiempo de una esquina a la otra.
-Una cosa ocurrió, hermano -empezó-, que yo no sé ni cómo decírtelo. No me vas a creer…
Y gagueando, sonrojado y sin mirar a su primo, le contó la historia de los endosos. Kriúkov, abriendo las piernas y bajando la cabeza, escuchaba y fruncía el ceño.
-¿Tú eso bromeas? -preguntó.
-¿Cómo diablos bromeo? ¡Qué bromas va a haber ahí!
-¡No entiendo! –musitó Kriúkov, poniéndose púrpura y abriendo los brazos. –Esto incluso… es inmoral de tu parte. La mujercita, ante tus ojos, arma sabe el diablo qué, un delito, comete una vileza, ¡y tú te pones a besarte!
-¡Pero yo mismo no entiendo, cómo ocurrió eso! –susurró el teniente, parpadeando de modo culpable. -¡Palabra de honor, no entiendo! ¡Por primera vez en mi vida me tropiezo con un monstruo así! No te agarra con la belleza, ni con la mente, ¿entiendes?, sino con ese descaro, cinismo…
-Descaro, cinismo... ¡Qué pulcro es eso! ¡Si ya querías tanto descaro y cinismo, pues hubieras agarrado a un cerdo del fango y te lo hubieras comido vivo! Por lo menos, es más barato, ¡pero dos mil trescientos!
-¡Cuán bello te expresas! –arrugó el rostro el teniente. -¡Yo te voy a dar esos dos mil trescientos!
-¡Sé que me los vas a dar, ¿pero acaso el asunto está en el dinero? ¡Que se vaya al diablo ese dinero! A mí me perturba tu trapismo, debilidad… ¡tu desánimo de basura! ¡El novio! ¡Tiene novia!
-Y no me lo recuerdes… -se sonrojó el teniente. -A mí mismo ahora me repugna. En la tierra estoy listo a hundirme… Me repugna y fastidia que, por esos cinco mil, tendré que ir a ver a mi tía…
Kriúkov se perturbó y rezongó por largo tiempo aún; después, calmado, se sentó en el sofá y empezó a burlarse de su primo.
-¡Los tenientes! –decía con una voz irónica, despectiva. -¡Los novios!
De pronto saltó como pinchado, pateó el suelo y corrió por el gabinete.
-¡No, yo no voy a dejar esto así! -rompió a hablar, agitando el puño. -¡Los endosos los tendré! ¡Los tendré! ¡La voy a hornear! A las mujeres no se les pega, pero yo la voy a mutilar… ¡no le va a quedar hueso sano! ¡Yo no soy un teniente! ¡A mí no me vas a conmover con el descaro y el cinismo! ¡No-o-o, que se la lleve el diablo! ¡Míshka, -gritó, -corre, di me que enganchen el coche de carrera!
Kriúkov se vistió con rapidez y, sin escuchar al alarmado teniente, se sentó en el coche de carrera, agitó la mano resuelto y partió hacia Susanna Moiséevna. El teniente miró por la ventana, largo tiempo, la nube de polvo que corría tras el coche, se desperezó, bostezó y fue a su habitación. Al cuarto de hora dormía con sueño profundo.
A las seis lo despertaron y lo llamaron a almorzar.
-¡Qué gentil por parte de Alexei! -lo recibió la cuñada en el comedor. -¡Se hace esperar para almorzar!
-¿Y acaso él no vino aún? -bostezó el teniente. -Hum... probablemente, pasó a ver al arrendatario.
Pero no volvió para la cena tampoco Alexei Ivánovich. Su mujer y Sokólskii decidieron que estaría jugando a las cartas con el arrendatario y, con toda probabilidad, se quedaría allí a pernoctar. Pero sucedió, no lo que ellos suponían en absoluto.
Kriúkov volvió al otro día por la mañana y, sin saludar a nadie, callado, se coló en su gabinete con rapidez.
-¿Bueno, qué? -susurró el teniente, mirándolo con ojos grandes.
Kriúkov dejó de la mano y rezongó.
-¿Pero qué pasa? ¿De qué te ríes?
Kriúkov se tumbó en el diván, hundió su cabeza en el cojín y se sacudió con una carcajada reprimida. Al minuto se levantó y, mirando al asombrado teniente con ojos llorosos de risa, dijo:
-Cierra la puerta pues. ¡Bueno, y qué mujer pues, te diré!
-¿Cobraste el endoso?
Kriúkov dejó de la mano y se carcajeó de nuevo.
-¡Bueno, y qué mujer! –continuó. -¡Merci10, primo, por la presentación! Es un diablo con falda. Llego a su casa, entro, ¿sabes?, como tal Júpiter, que a mí mismo me da miedo… me enfurecí, me exasperé, hasta apreté los puños para ser más imponente… "¡Señora, le digo, a mí no me gustan las bromas!", y demás por el estilo. Y la amenacé con un juicio, con el gobernador... Ella primero lloró, dijo que había bromeado contigo, y hasta me llevó al armario, para darme el dinero; después empezó a demostrar que el futuro de Europa estaba en las manos de los rusos y los franceses, maldijo a las mujeres… Yo, como tú, paré las orejas, soy tal burro… Hizo un panegírico de mi belleza, me dio palmadas en el brazo cerca del hombro, para ver qué fuerte era yo y… y como ves, sólo ahora me largué de su casa… Ja, ja… ¡Contigo está extasiada!
-¡Buen chico! -se rió el teniente. -Casado, respetable… ¿Qué, te da vergüenza? ¿Te repugna? No obstante, hermano, sin hablar en broma, en el distrito de ustedes, se hicieron de una zarina Tamara11
-¿Qué diablos en el distrito? ¡Otro camaleón como ese, no lo encuentras en toda Rusia! Desde que nací no he visto nada igual, ¿y acaso yo no soy un conocedor por ese lado? Me parece que viví con brujas, y nunca vi nada igual. Precisamente, te agarra con el descaro y el cinismo. Qué hay en ella de atractivo, pues sus cambios bruscos, la mudanza de colores, ese ímpetu anatémico… ¡Brrr! Y el endoso: ¡fuite12! Escribe: se perdió. Tú y yo somos grandes pecadores, pecado a medias. Cuento por ti no 2300, sino la mitad. Sure13 decirle a mi mujer, que estuve con el arrendatario.
Kriúkov y el teniente hundieron sus cabezas en los cojines y soltaron una carcajada. Alzaron las cabezas, se miraron el uno al otro, y cayeron sobre los cojines de nuevo.
-¡Los novios! -se burlaba Kriúkov. -¡Los tenientes!
-¡Los casados! –respondía Sokólskii. -¡Los respetables! ¡Los padres de familia!
En el almuerzo hablaron con alusiones, se guiñaron y a cada rato, para asombro de los íntimos, se carcajearon en las servilletas. Después de almuerzo, hallándose aún en un estado de ánimo excelente, se disfrazaron de turcos y, persiguiéndose con armas el uno al otro, representaron una guerra para los niños. Por la noche discutieron largo tiempo. El teniente demostraba que era bajo y ruin tomar una dote por la mujer, incluso en caso de amor apasionado por ambas partes; y Kriúkov golpeaba la mesa con los puños y decía que eso era absurdo, que un marido no deseoso de que su mujer tuviera una propiedad, era un egoísta y un déspota. Ambos gritaban, se acaloraban, no se entendían el uno al otro, bebieron bastante y, al final de todo, recogidos los faldones de sus batas, se retiraron a sus dormitorios. Se durmieron pronto, y durmieron profundamente.
La vida fluyó como antes, regular, ociosa y sin penas. Las sombras yacían en la tierra, el trueno tronaba en las nubes, el viento raras veces gemía de modo lastimero, como deseando demostrar que la naturaleza podía llorar también, pero nada turbaba el sosiego habitual de estos hombres. De Susanna Moiséevna y los endosos no hablaban. A ambos como que les daba vergüenza hablar en voz alta de esa historia. En cambio, la recordaban y pensaban en ella con placer, como una farsa curiosa, que la vida les había interpretado inesperada y casualmente, y que sería agradable recordar en la vejez…
Al sexto o séptimo día de su encuentro con la hebrea, Kriúkov estaba sentado en su gabinete y escribía a su tía una carta de felicitación. Cerca de la mesa, Alexánder Grigórievich se paseaba callado. El teniente había dormido mal por la noche, se había despertado no de humor y ahora estaba aburrido. Andaba y pensaba en el plazo de su licencia, en su novia que lo esperaba, en cómo la gente no se aburría de vivir toda su vida en el campo. Detenido junto a la ventana, miró los árboles largo tiempo, se fumó tres cigarrillos seguidos, y de pronto se volvió hacia su primo.
-Tengo un ruego para ti, Aliósha -dijo. -Préstame por hoy el caballo de silla…
Kriúkov le echó una mirada inquisitiva y, frunciendo el ceño, continuó escribiendo.
-¿Así, me lo das? -preguntó el teniente.
Kriúkov le echó una mirada de nuevo, después sacó la gaveta de la mesa con lentitud y, tomado de allí un fajo grueso, se lo dio a su primo.
-Aquí tienes cinco mil... -dijo. -Aunque no son míos, ve con Dios, da lo mismo. Te aconsejo, manda ahora por los caballos de posta y vete. ¡En verdad!
El teniente, por su parte, le echó una mirada inquisitiva a Kriúkov, y de pronto se echó a reír.
-Y pues adivinaste, Aliósha -dijo sonrojado. -Yo quería pues, exactamente, ir a verla. Cuando la lavandera, ayer por la tarde, me dio esa maldita guerrera, la que llevaba entonces, y me olió a jazmín, pues… ¡así me tiró allá!
-Tienes que irte.
-Sí, realmente. A propósito, la licencia ya se terminó. ¡En verdad, me iré hoy! ¡Por Dios! Ya sea cuanto vivas, siempre tienes que irte… ¡Me voy!
Ese mismo día, antes de almuerzo, fueron traídos los caballos de posta; el teniente se despidió de Kriúkov y, acompañado de buenos deseos, se fue.
Pasó otra semana. Era un día nublado, pero caluroso y sofocante. Desde la misma mañana temprana, Kriúkov vagaba por las habitaciones sin objetivo, se asomaba a la ventana u hojeaba unos álbumes, que ya le cansaban hacía tiempo. Cuando aparecían ante sus ojos la mujer y los niños, empezaba a rezongar enojado. Ese día por algo le parecía, que los niños se portaban de modo repulsivo, que su mujer miraba mal por los sirvientes, que los gastos se llevaban no concorde a los ingresos. Todo eso significaba que "el señor" no estaba de humor.
Después de almuerzo Kriúkov, no satisfecho con la sopa y el asado, mandó a enganchar su coche de carrera. Salió del patio con lentitud, fue al paso un cuarto de vérsta y se detuvo.
"¿Acaso ir a ver a esa… a esa diabla?", pensó, mirando al cielo nublado.
Y Kriúkov incluso se echó a reír, como si se hiciera esa pregunta por primera vez en todo el día. Y al instante en su corazón se aminoró el aburrimiento, y en sus ojos ociosos brilló el placer. Fustigó al caballo…
Todo el camino se dibujó en su imaginación, cómo la hebrea se asombraría de su llegada, cómo él se reiría un poco, charlaría un poco y regresaría a la casa refrescado…
"Una vez al mes hay que refrescarse con algo… no ordinario", pensaba, -"algo así, que produzca en el organismo estancado una buena sacudida… una reacción… Sea siquiera una bebedera, siquiera… Susanna. No se puede sin eso."
Ya oscurecía cuando entró al patio de la fábrica de vodka. Desde las ventanas abiertas de la casa de la dueña se oían risas y canto:

Más brillante que el rayo, más quemante que la llama14

cantaba la fuerte, densa voz de bajo de alguien.
"¡Ajá, ella tiene visitas!", -pensó Kriúkov.
Y le desagradó que ella tuviera visitas. "¿No volver acaso?", -pensaba agarrando la campanita, pero de todos modos llamó y fue arriba por la conocida escalera. Desde el vestíbulo se asomó al salón. Allí había unos cinco hombres: todos hacendados y funcionarios conocidos. Uno, alto y enjuto, estaba sentado al piano de cola, golpeaba las teclas con sus dedos largos y cantaba. Los restantes escuchaban y mostraban los dientes con placer. Kriúkov se examinó en el espejo, y ya quería entrar al salón, cuando en el vestíbulo irrumpió la misma Susanna Moiséevna, contenta, con el mismo vestido negro… Al ver a Kriúkov, se petrificó por un instante, después gritó e irradió de júbilo.
-¿Es usted? -dijo ella, tomándole la mano. -¡Qué sorpresa!
-¡Y hela aquí! -sonrió Kriúkov, tomándola por el talle. -¿Pues cómo? ¿El destino de Europa está en las manos de los rusos y los franceses?
-¡Me alegro tanto! -se rió la hebrea, quitando su mano con cuidado. –Bueno, vaya al salón. Allá todos son conocidos… Yo iré a decir, que le sirvan té. ¿Usted se llama Alexei? Bueno, ande, yo ahora…
Ella hizo un gesto con la mano y salió corriendo del vestíbulo, dejando tras de sí el mismo olor a jazmín dulzón, empalagoso. Kriúkov levantó la cabeza y entró al salón. Conocía de modo cercano a todos los que estaban en el salón, pero apenas los saludó con la cabeza; éstos apenas le respondieron también, como si el lugar donde se habían encontrado fuera indecente, o como si hubieran acordado mentalmente, que les era más cómodo no reconocerse los unos a los otros.
Del salón Kriúkov pasó a la sala, de allí a otra sala. Por el camino se encontró con tres-cuatro visitantes, también conocidos, pero que apenas lo reconocieron. Sus rostros estaban borrachos y contentos. Alexei Ivánovich los miraba de soslayo y no acababa de entender cómo ellos, unos hombres de familia, respetables, que habían pasado pena y necesidad, ¡se podían rebajar a una diversión tan groshera15, lastimera! Se encogía de hombros, sonreía y seguía su camino.
"Hay lugares -pensaba, -donde al sobrio le da náusea, y al ebrio se le alegra el alma. Recuerdo que yo no fui sobrio ni una vez a la opereta, a las gitanas. El vino hace al hombre más bueno, y lo reconcilia con el vicio…"
De pronto se detuvo como clavado, y se agarró con ambas manos del quicio de la puerta. En el gabinete de Susanna, sentado al escritorio, estaba el teniente Alexánder Grigórievich. Conversaba de algo quedamente con un hebreo gordo, adiposo y, al ver a su primo, se encendió y bajó sus ojos a un álbum.
Una sensación de honestidad sacudió a Kriúkov, y la sangre golpeó su cerebro. Fuera de sí por el asombro, la vergüenza y la cólera, se paseó callado cerca del escritorio. Sokólskii bajó la cabeza más aún. Su rostro se crispó con una expresión de vergüenza angustiosa...
-¡Ah, eres tú, Aliósha! -profirió, haciendo un esfuerzo por alzar los ojos y sonreír. -Pasé por aquí a despedirme, y como ves… ¡Pero mañana me marcho seguro!
"¿Bueno, qué le puedo decir? ¿Qué?", -pensaba Alexei Ivánovich. -¿Qué juez soy yo para él, si yo mismo estoy aquí?"
Y sin decir una palabra, sólo graznando, salió con lentitud.

No la llames celeste, y no se la quites a la tierra16

cantaba el bajo en el salón. Un poco después, el coche de carrera de Kriúkov se sacudía ya por el camino polvoriento.

1Tralles, aparato para medir la cantidad de alcohol en los líquidos, inventado por el físico alemán I.G. Tralles.
2Foyer, saloncito.

3Jacob, patriarca hebreo, huye de su hermano Esaú, a quien despoja de sus derechos de primogénito.
4Mal pálido (vulgarismo), clorosis.
5Gesheft, negocio, operación, transacción comercial.
6Shmul, Yankel...
7Belle-soeur, cuñada.
8Wint, juego de cartas.
9Fendric (de fendre, romper, fendre le cour, romper el corazón), (arcaísmo, burlesco), joven presuntuoso, rompe corazones.
10Merci, gracias.
11Tamara, reina de Georgia, hija del rey Gregorio III, mujer aguerrida.
12Fuite, huida, fuga, fuite des capitaux, fuga de capitales.
13Sure, seguro.
14Más brillante que el rayo, más quemante que la llama, romanza de Mijaíl Glínka con letra de Néstor Kúkolnik.
15Groshera, de grosh, antigua moneda rusa, igual a ½ kópek.
16No la llames celeste, y no se la quites a la tierra, romanza de Mijaíl Glínka con letra de Nikolai Pávlov.

Título original: Tina, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1886, Nº 3832, con la firma: "An. Chejov".
Imagen: Eugène Amaury-Duval, Madame de Loynes (Fragmento), 1862.