domingo, 16 de noviembre de 2008

Los mujíks

I

El lacayo del hotel moscovita El Bazar eslavo, Nikolai Chikildiéev, se enfermó. Se le entumieron las piernas y le cambió el andar, de modo que una vez, yendo por el corredor, tropezó y cayó con una bandeja en la que había jamón con guisantes. Tuvo que dejar el puesto. El dinero que tenía, el suyo y el de su mujer, se le fue en el tratamiento, no había ya con qué alimentarse, se sintió aburrido sin ocupación y decidió que, acaso, tenía que ir a su casa, al pueblo. En la casa estar enfermo era más fácil y vivir más barato, y no en vano se dice: en la casa las paredes ayudan1.
Llegó a su Yúkovo al caer la tarde. En sus recuerdos de infancia, el rincón natal le parecía radiante, acogedor, cómodo pero ahora, al entrar a la isbá2, incluso se asustó: así estaba de oscuro, estrecho y no limpio. Su mujer Olga y su hija Sásha, venidas con él, echaban miradas perplejas a la gran estufa desaliñada, que ocupaba casi media isbá, oscura de humo y moscas. ¡Cuántas moscas! La estufa estaba combada, los troncos de las paredes torcidos, y parecía que la isbá se caería en ese instante. En la esquina delantera, junto al ícono, había etiquetas de botella y trozos de papel de periódico pegados, eso en lugar de los cuadros. ¡La pobreza, la pobreza! De los adultos no había nadie en la casa, todos estaban segando. Sobre la estufa estaba sentada una niña de unos ocho años, rubia, no lavada, indiferente, que incluso no miró a los entrantes. Abajo una gata blanca se frotaba contra una horquilla.
Miss, miss! -la llamó Sásha. -¡Miss!
-Ella no oye -dijo la niña. -Se quedó sorda.
-¿Por qué?
-Así. Le pegaron.
Nikolai y Olga, a primera vista, entendieron qué vida había allí, pero no se dijeron nada; pusieron los hatillos callados y salieron a la calle callados. Su isbá era la tercera desde el extremo, y parecía la más pobre, la más vieja a la vista; la segunda no era mejor, en cambio la extrema tenía tejado de hierro y cortinas en las ventanas. Esa isbá no cercada estaba aislada, y en ella había una taberna. Las isbás iban en hilera, y todo el pueblito silencioso y pensativo, con los sauces, los saúcos y los serbales que miraban desde los patios, tenía un aspecto agradable.
Tras las haciendas campesinas empezaba el declive al río, abrupto y escarpado, de modo que en el barro, por aquí y por allá, aparecían piedras inmensas. Por la cuesta, junto a las piedras y los huecos excavados por los alfareros, ondulaban los senderos atestados de montones enteros de cascos de vasijas rotas, ya pardas ya rojas; y abajo se extendía una pradera ancha, llana, verde vívido, ya segada, por la que paseaba ahora un rebaño campesino. El río estaba a una vérsta3 del pueblo, era serpenteante, con orillas frondosas preciosas; tras éste de nuevo una ancha pradera, un rebaño, largas hileras de gansos blancos; después asimismo, como en este lado, una pendiente abrupta hacia la montaña; y arriba, en la montaña, una aldea con una iglesia de cinco cúpulas, y un poco más lejos una casa señorial.
-¡Se está bien aquí! -dijo Olga, persignándose hacia la iglesia. -¡Qué espacio, Señor!
Precisamente, en ese momento tocaron a víspera (era víspera de resurrección). Dos niñas pequeñas, que abajo llevaban un balde de agua, se voltearon hacia la iglesia, para escuchar el tañido.
-A esta hora, en El Bazar eslavo, son los almuerzos… -profirió Nikolai soñador.
Sentados al borde del barranco, Nikolai y Olga vieron cómo se ponía el sol; cómo el cielo dorado y púrpura se reflejaba en el río, en las ventanas del templo y en todo el aire tierno, sereno, indeciblemente puro, como nunca era en Moscú. Y cuando el sol se puso, el rebaño pasó con balidos y mugidos, los gansos llegaron volando del otro lado, y todo se calmó; la luz suave se apagó en el aire, y la oscuridad nocturna empezó a acercarse con rapidez.
Entre tanto, volvieron los viejos, el padre y la madre de Nikolai, enjutos, encorvados, sin dientes, ambos de la misma estatura. Llegaron también las mujeres: las nueras, María y Fiókla, que trabajaban tras el río, en casa de un hacendado. María, la mujer de Kiriák, tenía seis hijos, y Fiókla, la mujer del hermano de Denis, que estaba con los soldados, dos. Nikolai, al entrar a la isbá, vio a toda la familia, a todos esos cuerpos grandes y pequeños, que se movían en las yacijas, las cunas y todas las esquinas; y cuando vio la avidez con que el viejo y las mujeres se comían el pan negro, mojándolo en agua, entendió que había venido aquí en vano, enfermo, sin dinero y aún con su familia, ¡en vano!
-¿Y dónde está mi hermano Kiriák? -preguntó cuando se saludaron.
-Vive donde el mercader, de guarda, -respondió el padre, -en el bosque. El mujík4 no está mal, pero se sirve mucho.
-¡No es buscador! –profirió la vieja lacrimosa-. Los mujíks nuestros son amargos, no traen a la casa, sino se llevan de la casa. Y Kiriák toma; y el viejo también, no hay por qué ocultar el pecado, conoce el camino de la taberna. Se enfadó la zarina celestial.
Con motivo de los visitantes pusieron el samovar. El té olía a pescado, el azúcar estaba roída y gris, por el pan y la vajilla andaban las cucarachas; era repulsivo beber, y la conversación era repulsiva, todo de la necesidad y las enfermedades. Pero no alcanzaron a tomarse una taza, cuando desde el patio llegó un grito ruidoso, alargado, borracho:
-¡Maríaa!
-Parece, viene Kiriák, -dijo el viejo, -hablando del rey…
Todos callaron. Y un poco después, de nuevo el mismo grito, grosero y alargado, como de abajo de la tierra:
-¡Maríaa!
María, la mayor de las nueras, palideció, se apretó contra la estufa, y como que era extraño ver en el rostro de esa mujer de hombros anchos, fuerte, no bonita, una expresión asustada. Su hija, la misma niña que estaba sentada en la estufa y parecía indiferente, de pronto rompió a llorar de modo ruidoso.
-¿Y tú qué, sarnosa? –le gritó Fiókla, una mujer bonita, fuerte y ancha de hombros también. -¡Seguro, no te va a matar!
Por el viejo, Nikolai supo que María temía vivir en el bosque con Kiriák, y que éste, cuando estaba borracho, venía cada vez por ella, y voceaba y le pegaba sin piedad.
-¡Maríaa! –resonó el grito en la misma puerta.
-Intercedan, por Cristo, parientes, –susurró María respirando así, como si la metieran en un agua muy fría, -intercedan parientes…
Todos los niños, cuantos había en la isbá, lloraron, y viéndolos Sásha lloró también. Se oyó una tos borracha, y a la isbá entró un mujík alto, de barba negra, con un gorro de invierno y, por que a la luz opaca de la lámpara no se veía su rostro, terrible. Era Kiriák. Acercándose a su mujer, levantó el brazo y le pegó en el rostro con el puño; ella, aturdida por el golpe, no emitió ni un sonido, y sólo se sentó, y al instante le salió sangre de la nariz.
-¡Qué vergüenza pues, qué vergüenza –farfulló el viejo, trepando a la estufa-, delante de la visita pues! ¡Qué pecado!
Y la vieja estaba sentada callada, encorvada, y pensaba en algo; Fiókla mecía la cuna... Evidentemente, al sentirse terrible y satisfecho con eso, Kiriák agarró a María por el brazo, la arrastró hacia la puerta y le rugió como una fiera, para parecer aún más terrible, pero en ese momento vio de pronto a los visitantes, y se detuvo.
-Ah, llegaron… -profirió, soltando a su mujer-. El hermano carnal con la familia...
Rezó ante la imagen, se tambaleó abriendo mucho sus ojos rojos, borrachos, y continuó:
-El hermano vino con la familia a la casa paterna... de Moscú, entonces. De la antigua capital, entonces, la ciudad de Moscú, la madre de las ciudades... Disculpe...
Se tumbó en el banco cerca del samovar y se puso a tomar té, sorbiendo del platito de modo ruidoso, ante el silencio general... Se tomó unas diez tazas, después se tendió en el banco y empezó a roncar.
Empezaron a acostarse a dormir. A Nikolai, como enfermo, lo pusieron sobre la estufa con el viejo; Sásha se acostó en el suelo y Olga fue con las mujeres al cobertizo.
-Yy, urraca –decía ella, acostándose en el heno junto a María, -¡a la pena, con lágrimas, no la ayudas5! Aguanta, todo está ahí. En la Escritura se dice: si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale la izquierda6… ¡Y, urraca!
Después a media voz, cantando, contó de Moscú, de su vida, de cómo había servido de sirvienta en las habitaciones amuebladas.
-Y en Moscú las casas son grandes, de piedra -decía, -hay muchas, muchas iglesias, cuarenta cuarentas, urraca, y en las casas todos son señores, ¡y tan decentes!
María dijo que nunca había estado no sólo en Moscú, sino incluso en su ciudad de distrito; era iletrada, no se sabía ninguna plegaria, no se sabía incluso el Padre nuestro. Ella y la otra nuera, Fiókla, que ahora estaba sentada alejada y escuchaba, eran ambas no desarrolladas en extremo, y no podían entender nada. Ambas no querían a sus maridos; María le temía a Kiriák, y cuando él se quedaba ella temblaba de miedo, y se apestaba cada vez a su lado, ya que él olía fuerte a vodka y tabaco. Y Fiókla, a la pregunta de si no se aburría sin el marido, respondió con fastidio:
-¡Pero que se vaya!
Hablaron y se calmaron...
Hacía fresco, y cerca del cobertizo, a toda voz, cantaba un gallo que no dejaba dormir. Cuando la luz azulada de la mañana empezaba ya a penetrar por las rendijas, Fiókla se levantó en secreto y salió; y después se oyó cómo corría a algún lugar, pisando con sus pies descalzos.

II

Olga fue a la iglesia y llevó consigo a María. Cuando bajaban por el sendero hacia la pradera, ambas estaban contentas. A Olga le gustaba la libertad, y María sentía en su cuñada una persona cercana, familiar. Salía el sol. Sobre la pradera volaba rasante un gavilán soñoliento, el río estaba nublado, una neblina vagaba por algún lugar; pero del otro lado, sobre la montaña, se extendía ya una franja de luz, la iglesia brillaba, y en el jardín señorial los grajos gritaban con frenesí.
-El viejo no está mal, -contaba María-, pero la abuela es severa, pelea siempre. El pan propio alcanzó hasta el carnaval, compramos harina en la taberna; bueno, ella se enoja, comen mucho, dice.
-¡Yy, urraca! Aguanta, todo está ahí. Está dicho: vengan a mí todos los que están trabajados y cargados7
Olga hablaba con gravedad, cantando, y su andar era como el de una peregrina, rápido e inquieto. Cada día leía el Evangelio, lo leía en voz alta, a lo sacristán, y no entendía muchas cosas, pero las palabras sagradas la conmovían hasta las lágrimas; y tales palabras como “si” y “estate” las pronunciaba con un dulce fallecer del corazón. Creía en Dios, en la Madre de Dios, en los santos; creía que no se podía ofender a nadie en el mundo, ni a las personas sencillas, ni a los alemanes, ni a los gitanos, ni a los hebreos, y que era una pena, incluso, para los que no sentían lástima por los animales; creía que así estaba escrito en los libros sagrados, y por eso, cuando pronunciaba las palabras de las Escrituras, incluso las que no entendía, su rostro se volvía piadoso, conmovido e iluminado.
-¿Tú, de dónde eres de nacimiento? -preguntó María.
-Soy de Vladímir. Sólo que me llevaron a Moscú ya hace tiempo, a los ocho años.
Se acercaron al río. En el otro lado, en la misma agua, estaba parada una mujer y se desvestía.
-Esa es nuestra Fiókla –la reconoció María-, fue tras el río, a la casa señorial. A ver al vendedor. Camorrista y mal hablada. ¡Un horror!
Fiókla, de cejas negras, con los cabellos sueltos, joven aún y robusta como una muchacha, se lanzó desde la orilla y chapoteó por el agua con los pies, y de ella salían ondas hacia todos lados.
-¡Camorrista, un horror! -repitió María.
A través del río habían puesto unas capas de troncos inestables, y precisamente debajo de éstos, en el agua limpia, transparente, nadaban bandadas de cabezudos frentones. En los arbustos verdes, que se miraban en el agua, brillaba el rocío. Soplaba con calidez, se hizo alegre. ¡Qué hermosa mañana! ¡Y probablemente, qué hermosa sería la vida en este mundo, si no fuera por la necesidad, la necesidad terrible, insoluble, de la que no te escondías en ningún lugar! Bastaba ahora voltearse a mirar al pueblo, para recordar vivamente todo lo de ayer, y el encanto de la dicha que aparecía alrededor, desaparecía en un instante.
Llegaron a la iglesia. María se detuvo en la puerta y no se atrevió a seguir adelante. Y no se atrevió a sentarse, aunque llamaron a misa sólo a las nueve. Así estuvo parada todo el tiempo.
Cuando leían el Evangelio, la gente de pronto se movió, abriendo camino a la familia del hacendado; entraron dos muchachas con vestidos blancos, con sombreros de las anchas, y con ellas un niño rollizo, rosado, con traje de marinero. Su aparición conmovió a Olga; a primera vista decidió que eran personas honradas, instruidas y bonitas. María las miraba de soslayo, de modo sombrío, abatido, como si hubieran entrado no personas, sino unos monstruos que podrían aplastarla si no se apartaba.
Y cuando el diácono exclamaba algo con voz de bajo, a ella cada vez le parecía oír el grito: “¡Maríaa!”, y se estremecía.

III

En el pueblo supieron de la llegada de los visitantes, y ya después de misa se reunió en la isbá mucha gente. Vinieron los Leónichev, los Matvéichev y los Ilichóv a saber de sus parientes, que servían en Moscú. A todos los muchachos yukovianos que sabían leer y escribir los llevaban a Moscú, y los empleaban allí sólo de camareros o de mozos de corredor (como de la aldea, que estaba al otro lado, los empleaban sólo de panaderos); y así era costumbre hacía tiempo, aún con el régimen de servidumbre; cuando cierto Luká Ivánich, un campesino yukoviano, ahora ya legendario, que servía de camarero en uno de los clubes moscovitas, recibía en su servicio sólo a sus coterráneos; y éstos, al agarrar fuerza, suscribían sólo a sus parientes, y los colocaban en las tabernas y los restaurantes; y desde ese tiempo el pueblo Yúkovo ya no se llamaba de otra forma que Jámskaya o Jolúevka. A Nikolai lo llevaron a Moscú cuando tenía once años, y lo colocó en el puesto Iván Makárich, de la familia de los Matvéichev, que servía entonces de acomodador en el jardín Ermitage. Y ahora, al referirse a los Matvéichev, Nikolai decía de modo sentencioso:
-Iván Makárich es mi bienhechor, y yo estoy obligado a rezarle a Dios por él día y noche, ya que yo, a través de él, me hice un buen hombre.
-Padrecito tu mío, –profirió llorosa una vieja alta, hermana de Iván Makárich-, y no se oye nada de él, hijito.
-En invierno servía donde Omón; y esta temporada, hubo el rumor, en algún lugar fuera de la ciudad, en los jardines... ¡Envejeció! Antes, cosa del verano, pasaba que traía a la casa unos diez rublos por día; y ahora, las cosas están paradas por todas partes, se extenúa el viejecito.
Las viejas y las mujeres miraban los pies de Nikolai, calzados con botas de fieltro, y su rostro pálido, y decían con tristeza:
-¡No eres un buscador tú, Nikolai Ósipich, no eres un buscador! ¡Dónde ya!
Y todos acariciaban a Sásha. Ésta ya tenía diez años, pero era pequeña de estatura, muy delgada, y por el aspecto se le podría dar unos siete años, no más. Entre las otras niñas, curtidas, mal peladas, vestidas con camisas desteñidas, ella, blanquita, de grandes ojos negros, con una cinta roja en los cabellos, parecía curiosa; como una fierecita que hubieran atrapado en el campo y traído a la isbá.
-¡Ella me sabe leer! –se jactó Olga, mirando a su hija con ternura. -¡Lee algo, hijita! –dijo tomando el Evangelio de la esquina. –Tú lee, y los ortodoxos van a escuchar.
El Evangelio era viejo, pesado, con cubierta de piel, de bordes gastados, y olía así, como si a la isbá hubieran entrado los monjes. Sásha arqueó las cejas y empezó en voz alta, cantando:
-“He aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate y toma al niño y a su madre…8
-“Al niño y a su madre…” -repitió Olga, y se sonrojó toda de emoción.
-“Y huye a Egipto y estate allí hasta que yo te diga…”
En la palabra «estate» Olga no se contuvo y rompió a llorar. María, viéndola, sollozó, después la hermana de Iván Makárich. El viejo empezó a toser y se removió, para darle a su nieta una golosina, pero no encontró nada y sólo dejó de la mano. Y cuando la lectura terminó, los vecinos se separaron por sus casas, conmovidos y muy satisfechos con Olga y Sásha.
Con motivo de la fiesta la familia se quedó todo el día en la casa. La vieja, a quien su marido, sus nueras, sus nietas, todos por igual llamaban abuela, trataba de hacerlo todo ella misma; ella misma encendía la estufa y ponía el samovar, ella misma incluso andaba por medio día, y después se quejaba de que la torturaban con el trabajo. Y siempre se ocupaba de que nadie comiera un pedazo de más, de que el viejo y las nueras no estuvieran sin trabajar. Ya le parecía oír que los gansos del tabernero iban por la parte trasera a su huerta, y salía corriendo de la isbá con un palo largo; y después gritaba de modo estridente por media hora entre sus coles, flácidas y magras como ella misma; ya le parecía que el cuervo acechaba a sus pollitos, y se lanzaba con una maldición sobre el cuervo. Se enojaba y rezongaba de la mañana a la noche, y a menudo daba unos gritos, que los pasantes se detenían en la calle.
A su viejo lo trataba no con cariño, lo llamaba ya tumbado, ya sarnoso. Éste era un mujík no asentado, no confiable; y acaso, si ella no lo instigara de modo constante, él no trabajaría en absoluto, y sólo estaría sentado en la estufa y hablaría. Le contaba a su hijo largamente de ciertos enemigos suyos, se quejaba de las ofensas que, según él, soportaba cada día de sus vecinos, y era aburrido escucharlo.
-Sí -contaba tirándose de la oreja-. Sí… Después de Asunción9, a la semana, vendí el heno a treinta kópeks el pud, voluntario… Sí… Bien… Sólo este, entonces, llevo el heno por la mañana, voluntario, no toco a nadie; en mala hora miro, sale de la taberna el alcalde Antíp Sediélnikov. «¿Adónde lo llevas, tal, mas cual?», y me da por la oreja.
Y a Kiriák le dolía la cabeza por la resaca de modo torturante, y le daba vergüenza con su hermano.
-El vodka pues, lo que hace. ¡Ah tú, Dios mío! –farfullaba, sacudiendo su cabeza enferma-. Ustedes ya, hermano y hermana, perdónenme por Dios, yo mismo no me alegro.
Con motivo de la fiesta compraron arenque en la taberna, y cocinaron sopa de cabezas de arenque. Al mediodía todos se sentaron a tomar té, y lo tomaron largo tiempo, hasta el sudor, y parecía que se habían hinchado de té; y ya después de eso se pusieron a comer la sopa de pescado, todos de una olla. Y el arenque lo guardó la abuela.
Por la noche el alfarero encendió ollas en el barranco. Abajo, en la pradera, las muchachas hicieron un coro y cantaron. Tocaron el acordeón. Del lado de la rivera ardía un horno también y cantaban las muchachas, y desde lejos ese canto parecía armonioso y tierno. En la taberna y sus cercanías los mujíks voceaban; cantaban con voces borrachas, todos por separado, y maldecían así, que Olga sólo se estremecía y decía:
-¡Ah, padrecito!
Le asombraba que la maldición se oyera sin descanso, y que maldijeran más alto y más largo que todos los viejos, para quienes ya era hora de morir. Y los niños y las muchachas oían esa maldición y no se turbaban en absoluto, y se veía que estaban habituados a ésta desde la cuna.
Expiraba la medianoche, ya apagaban los hornos aquí y al otro lado; y abajo, en la pradera y la taberna, se divertían aún. El viejo y Kiriák, borrachos, tomados de la mano, empujándose el uno al otro con los hombros, se acercaron al cobertizo, donde estaban acostadas Olga y María.
-Déjala –lo convencía el viejo-, déjala... Es una mujer mansa... Es pecado...
-¡Maríaa! -gritó Kiriák.
-Deja... Es pecado... Es una mujer buena...
Ambos estuvieron parados un minuto junto al cobertizo, y se fueron.
Me gustan las flores regadas! –cantó de pronto el viejo en un tenor alto, estridente. -¡Me gusta recogerlas por las praderas!
Después escupió, maldijo y entró a la isbá.

IV

La abuela puso a Sásha en su huerta y le ordenó vigilar, para que no entraran los gansos. Era un caluroso día de agosto. Los gansos del tabernero podían meterse en la huerta por la parte trasera, pero ahora estaban ocupados con un asunto, picaban avena cerca de la taberna, conversaban tranquilamente; y sólo el ganso macho alzaba la cabeza, como deseando echar una mirada, por si venía la vieja con el palo; los otros gansos podían venir de abajo, pero esos estaban ahora lejos, tras el río, se extendían por la pradera en una larga guirnalda blanca. Sásha estuvo parada un rato, se aburrió y, viendo que los gansos no venían, se alejó hacia el barranco.
Allí vio a la hija mayor de María, Mótka, que estaba parada inmóvil sobre una roca inmensa, y miraba la iglesia. María había parido trece veces, pero le habían quedado sólo seis, y todas niñas, ni un niño, y la mayor tenía ocho años. Mótka, descalza, con una camisa larga, estaba parada en la resolana; el sol la quemaba directo en la cabeza, pero ella no lo advertía, estaba como petrificada. Sásha se paró a su lado y le dijo, mirando la iglesia:
-En la iglesia vive Dios. La gente prende lámparas y velas, y Dios tiene lamparitas rojitas, verdecitas y azulitas, son como ojitos. De noche Dios anda por la iglesia, y con él va la Virgen santísima y San Nicolás, tup, tup, tup... ¡Y al guarda le da miedo, miedo! Yyy, urraca, -agregó imitando a su madre. –Y cuando venga el fin del mundo, pues todas las iglesias van a volar al Cielo.
-¿Con las cam-pa-nas? -preguntó Mótka en voz baja, alargando cada sílaba.
-Con las campanas. Y cuando sea el fin del mundo, los buenos van a ir al paraíso, y los enojados van a arder en el fuego eterno que no se apaga, urraca. A mi mamá y a María también, Dios les va a decir: ustedes no ofendieron a nadie, y por eso vayan a la derecha, al paraíso; y a Kiriák y a la abuela les va a decir: y ustedes vayan a la izquierda, al fuego. Y el que comió carne y leche, a ese al fuego también.
Echó una mirada al cielo, con los ojos muy abiertos, y dijo:
-Mira al cielo sin pestañar, y verás a los ángeles.
Mótka se puso a mirar al cielo también, y pasó un minuto en silencio.
-¿Los ves? -preguntó Sásha.
-No los veo -profirió Mótka en voz baja.
-Y yo los veo. Los angelitos vuelan por el cielo, con las alitas, zás, zás, como si fueran mosquitos.
Mótka pensó un poco, mirando la tierra, y preguntó:
-¿La abuela va a arder?
-Va, urraca.
Desde la roca hasta el mismo fondo iba una cuesta regular, ligera, cubierta de una suave hierba verde, que se quería tocar con la mano o acostarse sobre ella. Sásha se tendió y rodó hacia abajo. Mótka, con un rostro serio, severo, aspirando, se tendió y rodó también, y al hacerlo la camisa se le levantó hasta los hombros.
-¡Qué risa me dio! -gritó Sásha con éxtasis.
Ambas fueron arriba, para rodar otra vez, pero en ese momento se oyó una conocida voz estridente. ¡Oh, qué terrible! La abuela sin dientes, huesuda, encorvada, con unos cabellos canosos cortos, que se soltaban al viento, echaba a los gansos de la huerta con un palo largo, y gritaba:
-¡Toda la col la picaron, malditos, que se mueran, triples anatemas, llagas, son la perdición ustedes!
Vio a las niñas, tiró el palo, levantó una vara y, agarrando a Sásha por el cuello con sus dedos, secos y duros como una horqueta, empezó a zurrarla. Sásha lloraba de dolor y miedo, y en ese momento el ganso, contoneándose de una pata a la otra, y alargando el pescuezo, se acercó a la vieja y le graznó algo; y cuando volvió a su rebaño, todas las gansas lo saludaron con aprobación: ¡go-go-go! Después la abuela se dedicó a zurrar a Mótka, y al hacerlo a Mótka se le levantó la camisa de nuevo. Sintiendo desolación, llorando ruidosamente, Sásha fue a la isbá a quejarse; tras ella iba Motka, que lloraba también, pero bajo, sin secarse las lágrimas, y su rostro estaba ya tan mojado, como si lo hubiera metido en agua.
-¡Padrecitos míos! –se admiró Olga, cuando ambas entraron a la isbá-. ¡Zarina celestial!
Sásha empezó a contar, y en ese momento, con gritos estridentes y maldiciones, entró la abuela; se enfadó Fiókla, y en la isbá hubo jaleo.
-¡No es nada, no es nada! –consolaba Olga pálida, desolada, acariciando a Sásha por la cabeza-. Ella es la abuelita, es pecado enojarse con ella. No es nada, niña.
Nikolai, que ya estaba torturado con el griterío constante, el hambre, el humo y el hedor, que ya odiaba y despreciaba la pobreza; que le daba vergüenza con su mujer y su hija por su padre y su madre, bajó sus piernas de la estufa y profirió con irritación, con voz llorosa, dirigiéndose a su madre:
-¡Usted no le puede pegar! ¡Usted no tiene ningún derecho a pegarle!
-¡Bueno, te morirás solo en la estufa, lambrija! –le gritó Fiókla con rabia-. ¡Que mala idea los trajo aquí, gorrones!
Sásha, Mótka y todas las niñas, cuantas había, se subieron a la estufa de la esquina, a espaldas de Nikolai; y desde allí escuchaban todo eso calladas, con miedo, y se oía como latían sus corazones pequeños. Cuando en una familia hay un enfermo, que está enfermo ya hace tiempo y sin esperanza, hay tales instantes cuando todos los allegados, con timidez, en secreto, en lo profundo de su alma, desean su muerte; y solo los niños temen la muerte de un familiar, y ante su idea siempre sienten terror. Y ahora las niñas, conteniendo la respiración, con una expresión triste en los rostros, miraban a Nikolai y pensaban que él pronto se moriría, y tenían ganas de llorar y de decirle algo cariñoso, piadoso.
Éste se apretaba a Olga, como buscando protección en ella, y le decía con suavidad, con voz trémula:
-Ólia, querida, no puedo más aquí. No tengo fuerza. Por Dios, por Cristo celestial, escríbele a tu hermana Klávdia Abrámovna, que venda y empeñe todo lo que tiene, que nos envíe dinero, nos vamos de aquí. ¡Oh, Señor, -continuó con angustia, -siquiera echarle un vistazo con un ojo a Moscú! ¡Siquiera soñar con ésta, mátushka!
Y cuando llegó la noche y la isbá se oscureció, se hizo tan angustioso que era difícil proferir una palabra. La abuela enojada mojaba cortezas de pan de centeno en su taza, y las chupaba largo tiempo, toda una hora. María, tras ordeñar a la vaca, trajo un balde de leche y lo puso sobre el banco; después, la abuela revertió el balde en los cántaros, por largo tiempo también, sin prisa; evidentemente, satisfecha con que ahora, en la cuaresma de Asunción, nadie tomaría leche y toda ésta quedaría entera. Y sólo vertió un poco en un platito, casi-casi, para el niño de Fiókla. Cuando ella y María llevaron los cántaros al sótano, Mótka de pronto se despertó, se deslizó de la estufa y, acercándose al banco donde estaba la taza de madera con las cortezas, derramó en ésta leche del platito.
La abuela, vuelta a la isbá, la emprendió con sus cortezas de nuevo; y Sásha y Mótka, sentadas en la estufa, la miraban, y les agradaba que ella había bebido, y ahora iría ya al infierno. Se consolaron y acostaron a dormir; y Sásha, al dormirse, imaginaba el juicio final: ardía un gran horno, como de alfarero, y el espíritu impuro, con unos cuernos como los de las vacas, todo negro, echaba a la abuela al fuego con un palo largo, cómo hacía poco ella misma echaba a los gansos.

V

En Asunción, a las once de la noche, las muchachas y los muchachos, que paseaban abajo por la pradera, de pronto lanzaron gritos y aullidos, y corrieron en dirección al pueblo; y los que estaban sentados arriba, al borde del barranco, al primer instante no podían entender por qué era eso.
-¡Fuego! ¡Fuego! –resonaba abajo el grito desolado. -¡Ardemos!
Los que estaban sentados arriba voltearon las cabezas, y se les presentó un cuadro terrible, inusitado. En una de las isbás extremas, con tejado de paja, había una columna de fuego de la altura de un sazhén, que se elevaba y esparcía chispas hacía todos lados, como una fuente que borbotea. Y al instante ardió todo el tejado con una llama brillante, y se oyó el crujido del fuego.
La luz de la luna se oscureció, y una luz rojiza, trémula se apoderó de todo el pueblo; por la tierra andaban las sombras negras, olía a quemado; y esos que corrían desde abajo, todos se sofocaban, no podían hablar por el temblor; se empujaban, caían y, por la no costumbre de la luz brillante, veían mal y no se reconocían los unos a los otros. Era terrible. En particular, era terrible que sobre el fuego, en el humo, volaban palomas; y en la taberna, donde aún no sabían del fuego, seguían cantando y tocando el acordeón, como si no pasara nada.
-¡El tío Semión arde! -gritó alguien con voz ruidosa, grosera.
María se agitaba junto a su isbá, llorando, torciendo sus brazos, los dientes le crujían, aunque el fuego era lejos, en el otro extremo; salió Nikolai con sus botas de fieltro, salieron corriendo los niños con sus camisitas. Junto a la isbá del policía golpeaban una plancha de hierro fundido. Bum, bum, bum... se esparcía por el aire, y ese tañido agitado, incansable, encogía el corazón y hacía sentir frío. Las mujeres viejas se paraban con los íconos. Desde las casas echaban a la calle a las ovejas, los carneros y las vacas, sacaban los baúles, las zamarras, los toneles. Un garañón moro, al que no dejaban ir con la manada, ya que mordía y hería a los caballos, puesto en libertad, coceando, con relinchos, corría por el pueblo una y otra vez; y de pronto se detuvo junto a una telega, y empezó a cocearla con las patas traseras.
Empezaron a tocar del otro lado, en la iglesia.
Junto a la isbá ardiente hacía calor y era tan luminoso, que en la tierra se veía cada hierbita con nitidez. En uno de los baúles que alcanzaron a sacar, estaba sentado Semión, un mujík pelirrojo de nariz grande, con un casquete encajado en la cabeza de modo profundo, hasta las orejas, con una levita; su mujer estaba tendida bocabajo, olvidada, y se quejaba. Cierto viejo de ochenta años, bajito, de barba grande, parecido a un gnomo, no lugareño pero, evidentemente, partícipe del fuego, andaba a su lado; sin gorro, con un hatillo blanco en las manos, en su calva brillaba el fuego. El alcalde, Antíp Sediélnikov, moreno y de cabellos negros, como un gitano, se acercó a la isbá con un hacha; y tras destrozar las ventanas una tras otra, no se sabía para qué, empezó a talar el portal después.
-¡Agua, mujeres! -gritaba-. ¡Traaigan la máquina! ¡Doblen!
Esos mismos mujíks, que recién se divertían en la taberna, arrastraban la máquina bombera. Todos estaban borrachos, tropezaban y se caían, y todos tenían una expresión de impotencia y lágrimas en los ojos.
-¡Muchachas, agua! -gritaba el alcalde, borracho también.- ¡Doblen, muchachas!
Las mujeres y las muchachas corrían hacia abajo, donde estaba la llave, y cargaban hacia la montaña baldes llenos y cántaros; y tras verterlos en la máquina, corrían de nuevo. Cargaban agua también Olga, María, Sásha y Mótka. Llevaban agua las mujeres y los niños, la manguera espumaba; y el alcalde, dirigiéndola ya a la puerta, ya a la ventana, contenía con el dedo el chorro, por lo que éste espumaba más fuerte.
-¡Bravo, Antíp! -se oían voces aprobatorias-. ¡Trata!
Y Antíp se metía en el zaguán, en el fuego, y gritaba desde ahí:
-¡Bombea! ¡Trabajen, ortodoxos, con motivo de este suceso nefasto!
Los mujíks estaban parados detrás, sin hacer nada, y miraban el fuego. Nadie sabía qué emprender, nadie sabía hacer nada; y alrededor había hacinas de pan, heno, un cobertizo, montones de ramas secas. Estaban parados allí también Kiriák, el viejo Ósip, su padre, ambos achispados. Y como deseando justificar su ociosidad, el viejo decía dirigiéndose a la abuela, que yacía en la tierra:
-¡Para qué mortificarse, compadre! La isbá está asegurada, qué te pasa!
Semión, dirigiéndose ya a uno, ya al otro, contaba por qué ardió:
-Ese mismo viejecito, el del hatillo pues, el sirviente del general Zhúkov… En casa de nuestro general, el reino celestial, era cocinero. Vino por la noche: “Déjame pasar la noche, dice…” Bueno, nos tomamos un vasito, es sabido… Mi mujer andaba con el samovar, para atiborrar de té al viejecito, y en mala hora puso el samovar en el zaguán; el fuego del tubo, entonces, directo al tejado, a la paja, este, y eso... Casi nos quemamos nosotros. Y al viejo se le quemó el gorro, tal pecado.
Y la plancha de hierro fundido la golpeaban sin cansancio, y tocaban a rebato en la iglesia, tras el río. Olga, toda llena de luz, sofocada, mirando con terror las ovejas rojizas y las palomas rosadas, que volaban en el humo, corría ya hacia abajo, ya hacia arriba. Le parecía que el tañido le entraba en el alma como una espina afilada, que el fuego nunca terminaría, que Sásha se había perdido... Y cuando el techo de la isbá se derrumbó con estrépito, se debilitó y ya no pudo cargar agua, por la idea de que ahora ardería seguro toda la aldea; y estaba sentada en el barranco, puesto el balde detrás; a su lado y abajo estaban sentadas las mujeres, y voceaban como por un difunto.
Pero he aquí del otro lado, de la hacienda señorial, llegaron en dos carros los tenderos y los obreros, y trajeron consigo la máquina bombera. Vino a caballo un estudiante con una guerrera blanca desabrochada, muy joven. Golpearon con las hachas, pusieron contra la armazón ardiente una escalera, y cinco hombres subieron por ésta enseguida; y delante de todos el estudiante, que estaba rojizo y gritaba con una voz brusca, ronca y en tal tono, como si la extinción de un incendio fuera para él una cuestión habitual. Desmontaron la isbá por troncos, desarmaron el establo, el seto y la hacina cercana.
-¡No dejen que rompan! –resonaron en la multitud voces severas. -¡No dejen!
Kiriák se dirigió a la isbá con aire decidido, como deseando impedir que los venidos rompieran, pero uno de los obreros lo volteó hacia atrás y le pegó en el cuello. Se oyó la risa, el obrero le pegó otra vez, Kiriák cayó y, a cuatro patas, se arrastró hacia la multitud.
Vinieron del otro lado dos muchachas bonitas con sombreros, debía ser, hermanas del estudiante. Se pararon alejadas y miraban el incendio. Los troncos arrastrados ya no ardían, pero humeaban bastante; el estudiante, trabajando con la manguera, dirigía el chorro ya a esos troncos, ya a los mujíks, ya a las mujeres que cargaban agua.
-¡George! -le gritaban las muchachas con reproche e inquietud. -¡George!
El incendio terminó. Y sólo cuando empezaron a separarse, advirtieron que ya era el amanecer, que todos estaban pálidos, un poco morenos; siempre parece así en la mañana temprana, cuando en el cielo se apagan las últimas estrellas. Al separarse, los mujíks se reían y se burlaban del cocinero del general Zhúkov, y del gorro que se le había quemado; ya querían tomar a broma el incendio, y como que hasta sentían lástima por que el incendio hubiera terminado tan rápido.
-Usted, señor, apagaba bien, -le dijo Olga al estudiante-. Debería venir a Moscú: allí, si contar, todos los días hay un incendio.
-¿Y usted acaso es de Moscú? -preguntó una de las señoritas.
-Así mismo. Mi marido servía en El Bazar eslavo. Y ésta es mi hija -señaló a Sásha, que estaba aterida y se apretaba a ella.–Moscovita también.
Ambas señoritas le dijeron algo en francés al estudiante, y éste le tendió una moneda de dos grívenniks10 a Sásha. El viejo Ósip vio eso, y en su rostro se iluminó la esperanza.
-Agradecer a Dios, su excelencia, que no hubo viento -dijo dirigiéndose al estudiante, -si no habríamos ardido en una hora. Su excelencia es un buen señor, -agregó confundido, en un tono más bajo, -es un amanecer frío, habría que calentarse… para una media botellita, con su gracia.
No le dieron nada, y él, tras graznar, arrastró los pies hasta la casa. Olga después estuvo parada en el borde, y miró cómo ambos carros cruzaban el río por el vado, cómo iban los señores por la pradera; los esperaba un carruaje del otro lado. Y al llegar a la isbá, le contaba al marido con éxtasis.
-¡Y tan buenos! ¡Y tan bonitos! ¡Y las señoritas, como unos querubines!
-¡Que se revienten! -profirió la soñolienta Fíokla con rabia.

VI

María se consideraba desgraciada y decía que tenía muchas ganas de morirse; a Fiókla, por el contrario, le venía por el gusto toda esa vida: la pobreza, la suciedad, la maldición incesante. Comía lo que le daban, sin aclarar, dormía donde y en qué le tocara; las lavazas las vertía junto al mismo portal: las arrojaba desde el umbral, y aún se paseaba con los pies descalzos por el charco. Y desde el mismo primer día odió a Olga y a Nikolai, precisamente, por que a ellos no les gustaba esa vida.
-¿Miro, qué van a comer aquí, nobles moscovitas? -decía con malicia. -¡Miro!
Una vez por la mañana, -eso fue ya a principios de septiembre- Fiókla, rosada de frío, lozana, bonita, trajo de abajo dos baldes de agua; en ese momento María y Olga estaban sentadas a la mesa y tomaban té.
-¡Azúcar y té! –profirió Fiókla burlona. -Qué señoras -agregó, poniendo los baldes, -agarraron la moda de tomar té todos los días. ¡Y miren, no se inflen con el té pues! –continuó mirando a Olga con odio. -¡Paseó por Moscú su jeta hinchada, carne gorda!
Levantó el balancín y le pegó a Olga por el hombro así, que ambas nueras solamente juntaron las manos y profirieron:
-¡Ah, padrecito!
Después Fiókla fue al río a lavar la ropa, y por todo el camino maldijo en voz tan alta, que se oía en la isbá.
Pasó el día. Llegó la larga noche otoñal. En la isbá devanaban seda, devanaban todos, excepto Fiókla: había ido tras el río. La seda la tomaban en una fábrica cercana, y toda la familia ganaba un poco con ésta, unos veinte kópeks a la semana.
-Con los señores era mejor -decía el viejo devanando la seda. –Trabajabas, comías y dormías, todo en su orden. En el almuerzo schi para ti y gachas, en la cena schi y gachas también. Pepinos y coles había a voluntad: comías voluntario, cuanto el alma quería. Y había más severidad. Cada uno estaba en su juicio.
Alumbraba sólo una lámpara, que ardía opacamente y echaba humo. Cuando alguien tapaba la lámpara y una sombra grande caía sobre la ventana, se veía la luz lunar brillante. El viejo Ósip contaba sin apuro de cómo se vivía antes de la libertad; de cómo en esos mismos lugares, donde se vivía ahora tan aburrida y pobremente, cazaban con galgos, borzois y podencos; y en las batidas a los mujíks les daban vodka; de cómo iban a Moscú convoyes enteros de pájaros cazados para los señores jóvenes; de cómo a los malos les daban azotes o los deportaban al patrimonio de Tviérsk, y a los buenos los premiaban. Y la abuela contó algo también. Lo recordaba todo, resueltamente todo. Contó de su señora, una mujer bondadosa, temerosa de Dios, que tenía un marido juerguista y pervertido; y cuyas hijas se casaron todas Dios sabe cómo: una se casó con un borracho, otra con un pequeño burgués, a la tercera se la llevaron en secreto (la misma abuela, que entonces era una muchacha, ayudó a que se la llevaran); y todas murieron pronto de pena, como su madre. Y al recordar eso, la abuela incluso derramó lágrimas.
De pronto alguien golpeó la puerta, y todos se estremecieron.
-¡Tío Ósip, déjame pasar la noche!
Entró un viejecito calvo, el cocinero del general Zhúkov, ese mismo a quien se le había quemado el gorro. Se sentó, escuchó y empezó a recordar también, y a contar diversas historias. Nikolai, sentado en la estufa, con las piernas colgando, escuchaba y preguntaba siempre de las comidas que preparaban en tiempo de los señores. Hablaron de croquetas, albóndigas, de sopas, salsas diversas; y el cocinero, que también lo recordaba todo bien, nombraba las comidas que no había ahora; había una comida, por ejemplo, que se preparaba con ojos de toro y se llamaba «despertar por la mañana».
-¿Y las albóndigas mariscal, se hacían entonces? -preguntó Nikolai.
-No.
Nikolai movió la cabeza con reproche y dijo:
-¡Eh, ustedes, pena de cocineros!
Las niñas, sentadas y acostadas en la estufa, miraban abajo sin pestañear, parecía que eran muchas, como los querubines en las nubes. Les gustaban los cuentos, suspiraban, se estremecían y palidecían ya de éxtasis, ya de miedo; y a la abuela, que contaba de modo más interesante que todos, la escuchaban sin respirar, temiendo moverse.
Se acostaron a dormir callados; y los viejos, inquietos por los cuentos, emocionados, pensaban en qué buena era la juventud, después de la cual, fuera la que fuera, quedaba en el recuerdo sólo lo vivo, lo jubiloso, lo conmovedor; y qué terriblemente fría era la muerte, que no estaba tras la montaña11, ¡mejor no pensar en ella! La lámpara se apagó. Y las tinieblas, las dos ventanas vivamente iluminadas por la luna, el silencio y el crujido de la cuna recordaban por algo, solamente, que la vida ya había pasado, que no la harías volver de ningún modo... Dormitabas, te olvidabas, y de pronto alguien te tocaba por el hombro, te soplaba en la mejilla, y no tenías sueño; el cuerpo tal como si tuvieras un letargo, y te venían a la cabeza todas las ideas de la muerte; te volteabas al otro costado, te olvidabas ya de la muerte, pero por la cabeza vagaban ideas viejas, aburridas, tediosas sobre la necesidad, los forrajes, de cómo la harina se había encarecido; y un poco después recordabas de nuevo que la vida ya había pasado, que no la harías volver...
-¡Oh Señor! -suspiró el cocinero.
Alguien golpeó quedo-quedo la ventana. Debía ser, Fiókla había vuelto. Olga se levantó y, bostezando, diciendo una plegaria en susurro, abrió la puerta; después en el zaguán descorrió el cerrojo. Pero nadie entró, sólo sopló frío desde la calle, y se hizo claro de pronto por la luna. Por la puerta abierta se veía la calle serena, desierta, y la misma luna que bogaba por el cielo.
-¿Quién está ahí? -gritó Olga.
-Yo, -se oyó la respuesta. -Soy yo.
Junto a la puerta, pegada a la pared, estaba parada Fiókla, totalmente desnuda. Temblaba de frío, le crujían los dientes, y bajo la brillante luz de la luna parecía muy pálida, bonita y extraña. Las sombras sobre ella y el brillo de la luna en su piel, como que saltaban vivamente a los ojos; y en particular se destacaban nítidamente sus cejas oscuras y su pecho joven, robusto.
-En el otro lado unos camorristas me desvistieron, me soltaron así… -profirió. –Fui a casa sin ropa… como me parió mi madre. Tráeme para vestirme.
-¡Pero tú entra a la isbá! -dijo en voz baja Olga, que empezaba a temblar también.
-Como que los viejos no me vean.
En efecto, la abuela ya se inquietaba y rezongaba, y el viejo preguntaba: “¿Quién está ahí?” Olga trajo su camisa y su falda, vistió a Fiókla; y después ambas en silencio, intentado no golpear con las puertas, entraron a la isbá.
-¿Eres tú, gorda? –farfulló la abuela enojada, adivinando quién era. –Uh, que te vayas, trasnochada… ¡no hay muerte para ti!
-No es nada, no es nada, -susurraba Olga cubriendo a Fiókla, -no es nada, urraca.
De nuevo hubo silencio. En la isbá siempre dormían mal, a cada uno no lo dejaba dormir algo fastidioso, importuno: al viejo el dolor de espalda, a la abuela las preocupaciones y la rabia, a María el miedo, a los niños la sarna y el hambre. Y ahora el sueño era inquieto también: se volteaban de un costado al otro, deliraban, se levantaban a beber.
Fiókla de pronto rompió a llorar de modo ruidoso, con una voz grosera, pero al instante se contuvo; y de vez en cuando sollozaba, siempre de modo más sereno y apagado, hasta que se calló. Por momentos, desde el otro lado, tras el río, llegaba el toque del reloj; pero el reloj tocaba como que de un modo extraño: dieron las cinco, después las tres.
-¡Oh, Señor! -suspiró el cocinero.
Mirando por la ventana era difícil entender: si aún brillaba la luna o era ya el amanecer. María se levantó y salió, y se oía cómo ordeñaba a la vaca en el patio y decía: “¡Paara!” Salió la abuela también. Aún estaba oscuro en la isbá, pero ya se hacían visibles todos los objetos.
Nikolai, que no había dormido en toda la noche, se bajó de la estufa. Sacó de un baulito verde su frac, se lo puso y, acercándose a la ventana, acarició las mangas, sostuvo los faldones, y sonrió. Después se quitó el frac con cuidado, lo escondió en el baulito y se acostó de nuevo.
María volvió y se puso a encender la estufa. Por lo visto, no se había liberado del sueño por completo, y ahora se despertaba al andar. Probablemente, había soñado con algo, o le venían a la memoria los cuentos de ayer, ya que se desperezó dulcemente ante la estufa, y dijo:
-¡No, la libertad es mejor!

VII

Llegó “el señor”, así llamaban en el pueblo al comisario de policía. Por qué, cuándo y para qué venía, se sabía una semana antes. En Yúkovo había sólo cuarenta casas, pero de atraso público y estatal había acumulado más de dos mil.
El comisario se detuvo en la taberna; “consumió” allí dos vasos de té y después se dirigió a pie a la isbá del alcalde, junto a la cual ya esperaba la multitud de atrasados. El acalde, Antíp Sediélnikov, a pesar de su juventud -tenía poco más de treinta años-, era severo y siempre se ponía de parte de la jefatura, aunque él mismo era pobre y pagaba el tributo no con puntualidad. Evidentemente, le divertía que era alcalde, y le gustaba la sensación del poder, que no sabía manifestar de otra forma que con la severidad. En la reunión le temían y obedecían; sucedía que en la calle o cerca de la taberna, de pronto, se lanzaba sobre un borracho, le amarraba las manos por detrás y lo metía en la cárcel; una vez metió en la cárcel incluso a la abuela, por que ella, al llegar a la reunión en lugar de Ósip, empezó a maldecir, y la mantuvo allí un día entero. No vivía en la ciudad y nunca leía libros, pero se había armado en algún lugar de diversas palabras eruditas, y le gustaba emplearlas en la conversación; y por eso lo respetaban, aunque no siempre lo entendían.
Cuando Ósip entró con su librito de tributos a la isbá del alcalde, el comisario, un viejo enjuto de largas patillas canosas, con una cazadora gris, estaba sentado a una mesa en la esquina delantera, y apuntaba algo. La isbá estaba limpia, todas las paredes estaban repletas de estampas recortadas de las revistas, y en el lugar más visible, junto al ícono, había colgado un retrato del general Battenberg, antiguo príncipe búlgaro. Junto a la mesa, con los brazos cruzados, estaba parado Antíp Sediélnikov.
-Por él, su excelencia, hay ciento diecinueve rublos, -dijo cuando le llegó el turno a Ósip. -Antes de Semana Santa, después que dio un rublo, así, desde ese tiempo, ni un kópek.
El comisario levantó los ojos hacia a Ósip y le preguntó:
-¿Por qué pues eso, hermano?
-Muestre la gracia de Dios, su excelencia, -empezó Ósip, inquieto-, permítame decirle; el año pasado, el señor Lutoriétzkii: “Ósip, me dice, vende heno… Tú, me dice, vende”. ¿Por qué no? Yo tenía unos cien puds para venta, los segaron las mujeres para el residuo… Bueno, regateamos… Todo bien, voluntario…
Se quejaba del alcalde y, a cada rato, se volteaba hacia los mujíks, como si los invitara de testigos; el rostro se le puso rojizo y sudado, los ojos agudos, malignos.
-No entiendo para qué dices todo eso –dijo el comisario. -Yo te pregunto… te pregunto yo, ¿por qué no pagas el atraso? Ustedes todos no pagan, ¿y yo, a responder por ustedes?
-¡No está en mi poder!
-Esas palabras no tienen consecuencia, su excelencia, -dijo el alcalde. –Realmente, los Chikildiéev no tienen la clase suficiente; pero dígnese a preguntarle a los demás, toda la razón es el vodka, y son muy camorristas. Sin ningún entender.
El comisario apuntó algo y le dijo a Ósip con sosiego, en un tono regular, como si le pidiera agua:
-Vete de aquí.
Se marchó pronto; y cuando se sentaba en su calesa barata y tosía, incluso por la expresión de su larga espalda delgada, se veía que ya no se acordaba ni de Ósip, ni del alcalde, ni de los atrasos yukovianos, y pensaba en algo suyo, personal. No alcanzó a recorrer ni una vérsta, cuando ya Antíp Sediélnikov sacaba de la isbá de los Chikildiéev el samovar, y tras él iba la abuela y gritaba con voz chillona, con el pecho tenso:
-¡No te lo voy a dar! ¡No te lo voy a dar, maldito!
Él iba con rapidez, dando grandes zancadas, y ella lo perseguía sofocada, casi cayendo, encorvada, enfurecida; el pañuelo se le deslizó sobre los hombros, sus cabellos canosos, de visos verdosos, se soltaron al viento. De pronto se detuvo y, como una verdadera revoltosa, empezó a golpearse el pecho con los puños y a gritar aún más alto, con voz cantora y como llorando:
-¡Ortodoxos, quién cree en Dios! ¡Padrecitos, nos ofendieron! ¡Parientes, nos oprimieron! ¡Ay, ay, hijitos, intercedan!
-¡Abuela, abuela -dijo el alcalde de modo severo, -ten juicio en tu cabeza!
Sin samovar, en la isbá de los Chikildiéev fue aburrido por completo. Había algo humillante en esa privación, insultante, como si a la isbá le hubieran quitado de pronto su honor. Mejor hubiera sido ya que el alcalde se hubiera llevado la mesa, los bancos, las ollas, no hubiera parecido tan vacío. La abuela gritaba, María lloraba, y las niñas, viéndolas, lloraban también. El viejo, al sentirse culpable, se sentaba abatido en una esquina, y callaba. Nikolai callaba también. La abuela lo quería y le tenía lástima, pero ahora olvidó su lástima; se abalanzó de pronto sobre él con maldiciones, reproches, pegándole en el mismo rostro con los puños. Gritaba que él era el culpable de todo; en realidad, ¿por qué había enviado tan poco, cuando él mismo, en sus cartas, se jactaba de que ganaba en El Bazar eslavo cincuenta rublos al mes? ¿Para qué había venido, y aún con la familia? ¿Si se moría, pues con qué dinero lo iban a enterrar?.. Y daba lástima ver a Nikolai, a Olga y a Sásha.
El viejo graznó, tomó el gorro y fue a ver al alcalde. Ya oscurecía. Antíp Sediélnikov soldaba algo junto a la estufa, inflando sus mejillas: olía a carbonilla. Sus hijos, delgados, no lavados, no mejores que los de Chikildiéev, andaban por el suelo; su mujer no bonita, pecosa, de barriga grande, devanaba seda. Era una familia desgraciada, miserable, y sólo Antíp lucía joven y bonito. Sobre el banco había cinco samovares en fila. El viejo le rezó a Battenberg y dijo.
-¡Antíp, muestra la gracia de Dios, dame el samovar! ¡Por Cristo!
-Trae tres rublos, entonces lo vas a recibir.
-¡No está en mi poder!
Antíp inflaba sus mejillas, el fuego crepitaba y chispeaba, brillaba en los samovares. El viejo estrujó el gorro, pensó:
-¡Dámelo!
El alcalde moreno parecía ya totalmente negro, y parecía un brujo; se volvió hacia Ósip y profirió de modo severo y rápido:
-Todo depende del jefe del zémstvo. En la asamblea administrativa del día veintiséis, puedes informar el motivo de tu descontento, oral o por escrito.
Ósip no entendió nada, se contentó con eso y se fue a su casa.
A los diez días vino el comisario de nuevo, estuvo una hora y se fue. En esos días hacía un tiempo ventoso, frío; el río ya hacía tiempo se había helado, y aún no había nieve, y la gente se torturaba sin camino. Cierta vez en la fiesta, antes del anochecer, los vecinos fueron a casa de Ósip a sentarse un rato, a hablar un poco. Hablaron en la oscuridad, ya que trabajar era pecado, y no se había prendido el fuego. Había ciertas novedades, bastante desagradables. Así, en dos-tres casas habían quitado las gallinas por atraso, y las habían enviado a la dirección del vólost12, y allí se murieron, ya que nadie las alimentaba; habían quitado las ovejas y, mientras las llevaban amarradas, y eran movidas en cada pueblo a nuevos carros, una se murió. Y ahora resolvían la cuestión: ¿quién era el culpable?
-¡El zémstvo13! -decía Ósip-. ¡Quién pues!
-Es sabido, el zémstvo.
Al zémstvo lo culpaban de todo: de los atrasos, de las opresiones, de las malas cosechas, aunque ninguno sabía qué era el zémstvo. Y eso fue desde que los mujíks ricos, que tenían sus fábricas, tiendas y posadas, estuvieron de concejales del zémstvo, se quedaron insatisfechos y después, en sus fábricas y tabernas, se pusieron a maldecir al zémstvo.
Hablaron de que Dios no daba nieve: había que llevar leña, y por los terrones no se podía ni viajar ni andar. Antes, unos quince, veinte años atrás, y antes, las conversaciones en Zhúkov eran mucho más interesantes. Entonces cada viejo tenía un aire, como si guardara algún secreto, supiera algo y esperara algo; hablaban del diploma con sello dorado, de los repartos, de las nuevas tierras, de los tesoros, insinuaban algo; pero ahora los yukovianos no tenían ningún secreto, toda su vida estaba como en la palma de la mano, a la vista de todos, y podían hablar sólo de la necesidad y los forrajes, de que no había nieve...
Callaron. Y de nuevo recordaron las gallinas y las ovejas, y se pusieron a resolver quién era el culpable.
-¡El zémstvo! –profirió Ósip abatido. -¡Quién pues!

VIII

La iglesia parroquial estaba a seis vérstas, en Kosogórov, y a ella iban sólo por necesidad, cuando era necesario bautizar, casarse o celebrar misa de cuerpo presente; a rezar iban tras el río. En las fiestas, en buen tiempo, las muchachas se ataviaban e iban a la misa en multitud, y daba alegría verlas cómo iban con sus pañuelos rojos, amarillos y verdes por la pradera; en mal tiempo todos se quedaban en casa. Ayunaban en la parroquia. Al que no alcanzaba a ayunar en cuaresma, el padrecito, en Semana santa, recorriendo con la cruz las isbás, le cobraba quince kópeks.
El viejo no creía en Dios, por que casi nunca pensaba en Él; reconocía lo sobrenatural, pero pensaba que eso podía ser asunto sólo de mujeres; y cuando hablaban delante de él de religión o de milagros, y le hacían alguna pregunta, decía sin ganas, rascándose:
-¡Y quién sabe pues!
La mujer creía, pero como que de un modo turbio; todo se mezclaba en su memoria, y apenas empezaba a pensar en los pecados, la muerte y la salvación del alma, cuando la necesidad y las preocupaciones se apoderaban de sus ideas, y al instante olvidaba en qué pensaba. Las plegarias no las recordaba, y por las noches, comúnmente, cuando iba a dormir, se ponía delante de las imágenes y susurraba:
-Santa Madre de Kazán, Santa Madre de Smoliénsk, Santa Madre tres veces fiadora14
María y Fiókla se persignaban, ayunaban cada año, pero no entendían nada. A los niños no les enseñaban a rezar, no les hablaban nada de Dios, no les inculcaban ninguna regla, y sólo les prohibían comer carne y leche en la vigilia. En las familias restantes era casi lo mismo: eran pocos los que creían, pocos los que entendían. Al mismo tiempo todos amaban la Sagrada Escritura, la amaban con ternura, con veneración, pero no había libros, no había quien leyera y explicara; y por que Olga leía a veces el Evangelio la respetaban, y todos les decían a ella y a Sásha “usted”.
Olga iba a menudo a las fiestas del templo, y a los tedeum en las aldeas vecinas y la ciudad de distrito, donde había dos monasterios y veintisiete iglesias. Era distraída y, mientras iba a la peregrinación, olvidaba por completo a la familia, y sólo cuando regresaba a la casa descubría con júbilo, de pronto, que tenía un marido y una hija, y entonces decía sonriendo e irradiando:
-¡Dios me envió una gracia!
Lo que ocurría en el campo le parecía repulsivo y la torturaba. En Elías bebían, en Asunción bebían, en Ascensión bebían. En Manto15, en Yúkovo, hubo una fiesta parroquial, y los mujíks, por la ocasión, bebieron tres días; se bebieron cincuenta rublos del dinero comunal, y después recogieron dinero para vodka por todas las casas. El primer día mataron un carnero en casa de los Chikildiéev, y lo comieron por la mañana, en el almuerzo y por la noche; comían mucho, y después, por la noche aún, los niños se levantaban para comer. Kiriák todos los tres días estuvo terriblemente borracho, se lo bebió todo, incluso el gorro y las botas, y le pegó tanto a María, que a ésta le echaban agua. Y después a todos les daba vergüenza y náuseas.
Por lo demás, en Yúkovo, en ese Jolúievka, se produjo una vez una verdadera solemnidad religiosa. Fue en agosto, cuando por todo el distrito, de pueblo en pueblo, llevaron un vivificador. El día que lo esperaban en Yúkovo fue sereno y nublado. Las muchachas, aún desde la mañana, se dirigieron al encuentro del ícono con sus vestidos elegantes; y lo trajeron a la caída de la tarde, en procesión religiosa, con cantos, y en ese momento, tras el río, repicaron las campanas. Una multitud inmensa de propios y ajenos invadió la calle; ruido, polvo, estrechez… Y el viejo, la abuela y Kiriák, todos tendían los brazos hacia el ícono, lo miraban con avidez y decían llorando:
-¡Protectora, mátushka! ¡Protectora!
Todos como que entendieron de pronto, que entre el cielo y la tierra no había un vacío, que no todo aún lo habían arrebatado los ricos y los fuertes; que aún había defensa contra los ofensas, contra la falta de libertad esclava, contra la necesidad penosa, insufrible, contra el vodka terrible.
-¡Protectora, mátushka! –lloraba María. -¡Mátushka!
Pero oficiaron el tedeum, se llevaron el ícono y todo fue como antes, y de nuevo se oyeron desde la taberna las voces groseras, borrachas.
A la muerte le temían sólo los mujíks ricos, que mientras más ricos se hacían, menos creían en Dios y la salvación del alma; y sólo por miedo al fin del mundo, por si acaso, ponían velas y oficiaban tedeums. Los mujíks más pobres no le temían a la muerte. Al viejo y a la abuela les decían en la cara que ellos habían vivido bastante, que era hora de morir, y ellos nada. No les daba vergüenza decirle en presencia de Nikolai a Fiókla que, cuando Nikolai muriera, para Denis sería ganancia, lo devolverían del servicio a la casa. Y María no sólo no le temía a la muerte, sino incluso lamentaba que ésta no viniera en tanto tiempo, y se alegraba cuando se le morían los hijos.
A la muerte no le temían, en cambio todas las enfermedades las veían con un miedo exagerado. Bastaba una pequeñez, una descomposición de estómago, un escalofrío ligero, para que la abuela ya se acostara en la estufa, se cubriera y empezara a quejarse en voz alta y sin descanso: “¡Me mueero!” El viejo corría por el sacerdote, y a la abuela la comulgaban y le daban la extremaunción. Muy a menudo hablaban de los resfriados, de los parásitos, de las excrecencias que andaban por el estómago y se acercaban al corazón. Más que todo le temían al resfriado, y por eso incluso en verano se abrigaban, y se calentaban sobre la estufa. A la abuela le gustaba curarse e iba a menudo al hospital, donde decía que no tenía setenta, sino cincuenta y ocho años; suponía que si el doctor se enteraba de su verdadera edad, no se pondría a curarla, y le diría que era hora de morir, y no de curarse. Al hospital se marchaba, comúnmente, temprano por la mañana, llevando consigo a dos o tres niñas; y regresaba por la noche, hambrienta y enfadada, con gotas para sí y pomadas para las niñas. Una vez llevó también a Nikolai, quien después tomó las gotas unas dos semanas y dijo que sentía alivio.
La abuela conocía a todos los doctores, enfermeros y curanderos en treinta vérstas a la redonda, y no le gustaba ninguno. En Manto, cuando el sacerdote recorría las isbás con la cruz, el sacristán le dijo a ella que en la ciudad, junto a la cárcel, vivía un viejecito, antiguo enfermero militar, que curaba muy bien, y le aconsejó dirigirse a él. La abuela lo obedeció. Cuando cayó la primera nieve, viajó a la ciudad y trajo al viejecito, un converso barbudo, de largos faldones, que tenía todo el rostro cubierto de venitas azules. Precisamente, en ese momento trabajaban en la isbá unos jornaleros: un viejo sastre, con unos lentes horribles, cortaba un chaleco de unos harapos, y dos tipos jóvenes hacían unas botas de fieltro con lana; Kiriák, a quien habían echado por borrachera y vivía ahora en la casa, estaba sentado junto al sastre y arreglaba una collera. En la isbá era estrecho, sofocante y había hedor. El converso examinó a Nikolai y dijo que era necesario ponerle ventosas.
Él le ponía las ventosas y el viejo sastre, Kiriák y las niñas se paraban y miraban, y les parecía que veían cómo de Nikolai salía la enfermedad. Y Nikolai también miraba cómo las ventosas, adheridas a su pecho, poco a poco, se llenaban de sangre oscura; y sentía como que de él, en efecto, salía algo, y sonreía de gusto.
-Eso es bueno -decía el sastre-. Quiera Dios, que a favor.
El converso le puso doce ventosas, y después otras doce, se atiborró de té y se fue. Nikolai empezó a temblar; el rostro se le acecinó y, como decían las mujeres, se le encogió como un puñito, los dedos se le azularon. Se envolvía con la cobija, con la zamarra, pero sentía más frío. Hacia el atardecer se empezó a angustiar; rogó que lo pusieran en el suelo, rogó que el sastre no fumara, después se calmó bajo la zamarra, y hacia la mañana murió.

IX

¡Oh, qué severo, qué largo invierno!
Ya desde Navidad no había pan propio y compraban harina. Kiriák, que vivía ahora en la casa, armaba jaleo por las noches y llenaba de terror a todos, y por las mañanas se torturaba con el dolor de cabeza y la vergüenza, y daba lástima verlo. En el establo, día y noche, resonaba el mugido de la vaca hambrienta, que le desgarraba el alma a las mujeres y a María. Y como a propósito, las heladas eran todo el tiempo crudas, se apilaban los elevados montones de nieve, y el invierno se extendía: en Anunciación sopló una verdadera ventisca invernal, y en Semana Santa cayó nieve.
Pero fuera como fuera, el invierno terminó. A principios de abril hubo días cálidos y noches heladas, el invierno no cedía, pero un día cálido se refrenó finalmente, y los arroyos corrieron y los pájaros cantaron. Toda la pradera y los arbustos del río se ahogaron en las aguas primaverales; y entre Yúkovo y el otro lado, todo el espacio continuo fue ocupado por un golfo inmenso, en el que por aquí y por allá alzaban vuelo las bandadas de patos salvajes. El ocaso primaveral llameante, de nubes pomposas, cada tarde daba algo inusitado, nuevo, increíble; precisamente eso mismo que no creías después, cuando veías esos colores y esas nubes en un cuadro.
Las grullas volaban rápido y gritaban con tristeza, como si llamaran a seguirlas. Parada al borde del abismo, Olga miró largo tiempo la crecida, el sol, la iglesia iluminada, como que renovada; y le brotaron las lágrimas y se le entrecortó la respiración, por que quería apasionadamente irse a algún lugar, a donde vieran los ojos, siquiera al fin del mundo. Y ya se había decidido que iría a Moscú de sirvienta de nuevo, y con ella partiría Kiriák a emplearse de portero o en algún lugar. ¡Ah, irse lo más pronto!
Cuando se secó e hizo calor se pusieron en camino. Olga y Sásha, con morrales a la espalda, ambas con alpargatas, salieron apenas aclaró; salió María también, para acompañarlas. Kiriák no estaba saludable, se quedó en la casa otra semana. Olga, por última vez, rezó hacia la iglesia, pensando en su marido, y no rompió a llorar; su rostro sólo se arrugó y se puso no bonito, como el de una vieja. En un invierno había adelgazado, deteriorado, encanecido un poco; y ya, en lugar de su gentileza anterior y sonrisa agradable, tenía en el rostro una expresión humilde, triste, de pesar sufrido; y había ya algo obtuso e inmóvil en su mirada, como si no oyera. Le daba lástima separarse del pueblo y de los mujíks. Recordó cómo llevaron a Nikolai y pidieron un réquiem junto a cada isbá, y cómo todos lloraron, por piedad hacia su dolor. Durante el verano y el invierno hubo horas y días, en que pareció que todas esas personas vivían peor que las bestias, vivir con ellas fue terrible; eran groseras, no honradas, sucias, no sobrias, vivían sin acuerdo; se peleaban de modo constante por que no se respetaban, se temían y sospechaban las unas de las otras. ¿Quién tenía una taberna y embriagaba al pueblo? El mujík. ¿Quién gastaba y se bebía el dinero comunal, escolar y clerical? El mujík. ¿Quién le robaba al vecino, incendiaba y declaraba en falso en el juicio por una botella de vodka? ¿Quién en las asambleas rurales y otras luchaba el primero contra los mujiks? El mujík. Sí, vivir con ellos era terrible, pero a pesar de todo eran personas, sufrían y lloraban como personas; y en su vida no había nada, a lo que no se pudiera encontrar justificación. Un trabajo penoso, por el que les dolía todo el cuerpo por las noches; los inviernos crueles, las cosechas escasas, la estrechez; y no había ayuda, y no había de donde esperarla. Esos que eran más ricos y fuertes que ellos, no los podían ayudar, ya que ellos mismos eran groseros, no honrados, no sobrios, y ellos mismos maldecían de modo tan repulsivo; el funcionario más pequeño o el tendero trataban a los mujíks como vagabundos, e incluso a los decanos y los prefectos clericales les decían “tú”, y pensaban que tenían derecho a eso. ¿Y podía acaso haber alguna ayuda o buen ejemplo de las personas codiciosas, avaras, pervertidas, perezosas, que iban al campo sólo a insultar, despojar y atemorizar? Olga recordó que aspecto lastimero, humillado tenían los viejos, cuando llevaban en invierno a Kiriák a ser castigado con azotes… Y ahora le daban lástima todas esas personas, dolor, y mientras iba echaba miradas a las isbás.
Acompañado unas tres vérstas, María se despidió, después se puso de rodillas y empezó a vociferar, bajando el rostro a la tierra:
-De nuevo me quedé sola, pobre cabecita mía, pobre desgraciada…
Y largo tiempo vociferó así, y largo tiempo aún Olga y Sásha vieron cómo ella, de rodillas, le hacía reverencias a alguien a un costado, agarrándose la cabeza con las manos, y los grajos volaban sobre ella.
El sol subió a lo alto, hizo calor. Yúkovo quedó lejos atrás. Ir daba gusto; Olga y Sásha pronto olvidaron el pueblo, a María, estaban contentas y todo las divertía. Ya el montículo, ya la hilera de postes de telégrafo, que iban uno tras otro no se sabía a donde, y se perdían en el horizonte, y los cables zumbaban de modo misterioso; ya se veía en la lejanía un caserío, todo entre el follaje; de éste emanaba humedad y olor a cáñamo, y parecía por algo que allí vivían personas dichosas; ya un esqueleto de caballo que albeaba solitario en el campo. Y las alondras gorjeaban sin descanso, las codornices se llamaban; y el rascón gritaba así, como si en efecto alguien tirara de una vieja grampa de hierro.
Al mediodía Olga y Sásha llegaron a una aldea grande. Allí, en una calle ancha, se encontraron con el cocinero del general Zhúkov, el viejecito. Éste tenía calor y su calva sudada, rojiza brillaba al sol. Olga y él no se reconocieron, después se voltearon a mirar al mismo tiempo, se reconocieron y, sin decir una palabra, cada uno siguió su camino. Tras detenerse junto a una isbá que parecía más rica y nueva, ante unas ventanas abiertas, Olga reverenció y dijo con una voz alta, aguda y cantora:
-¡Cristianos ortodoxos, denme una limosna por el amor de Dios; que por su gracia, a sus padres, el reino celestial, el descanso eterno!
-¡Cristianos ortodoxos, -empezó a cantar Sásha-, denme por el amor de Dios; que por su gracia, a sus padres, el reino celestial!..

1En la casa las paredes ayudan (proverbio), aproximadamente...
2Isbá, casa de madera de abeto.
3Vérsta, antigua medida rusa de superficie igual a 1,06 km.
4Mujík (expresión anticuada), campesino; (vulgarismo), hombre.
5A la pena, con lágrimas, no la ayudas (proverbio), aproximadamente...
6“Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra” (Mateo 5:39).
7“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28)
8“…he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y le dijo: 'Levántate y toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te diga…" (Mateo 2:13-15).
9Asunción, milagroso traslado al cielo del cuerpo incorrupto de la Virgen María, por Jesucristo y sus ángeles, después de la muerte de ésta; festividad el 15 de agosto.
10Grívennik (expresión familiar), moneda de diez kópeks.
11No estar tras la montaña (expresión poético-popular), estar al caer, no estar lejos.
12Vólost, distrito rural en la Rusia zarista.
13Zémstvo, administración local y provincial dirigida por la nobleza y la burguesía en la Rusia zarista.
14"Santa Madre de Kazán, Santa Madre de Smoliénsk, Santa Madre tres veces fiadora”, nombres de tres íconos muy venerados en Rusia, a los que se atribuyen propiedades milagrosas.
15En el siglo X, durante el asedio de Costantinopla, el loco de Dios Andrei ve a la santísima Virgen María extender su manto sobre los cristianos; festividad el 1 (14) de octubre.

Título original: Mujiki, publicado por primera vez en la revista Russkaya misl, 1897, lib. IV, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: Vasily Polenov, The Northern village, XIX.