miércoles, 29 de octubre de 2008

Los ladrones


El enfermero Yergunóv, un hombre banal, conocido en el distrito como gran fanfarrón y borracho, cierta vez, en una de las tardes santas, regresaba del pueblo Riépino, a donde había ido a hacer unas compras para el hospital. Para que no se tardara y volviera a casa temprano, el doctor le había dado su mejor caballo.
Al principio el tiempo estaba no mal, apacible, pero hacia las ocho se levantó una ventisca fuerte, y cuando quedaban hasta la casa sólo unas siete vérstas, el enfermero se salió del camino por completo…
Conducir al caballo no sabía, el camino no lo conocía, e iba a rumbo, a donde vieran los ojos, confiando en que el mismo caballo lo llevaría. Pasaron así dos horas, el caballo se extenuó, él mismo se aterió, y ya le parecía que iba no a casa, sino atrás, a Riépino; pero he aquí, a través del ruido de la ventisca, se oyó un ladrido apagado, y adelante apareció una mancha rojiza, turbia, se definieron poco a poco unos portones altos y una valla larga, sobre la que habían clavos con las puntas hacia arriba; después, tras la valla, se extendió un cigoñal de pozo torcido. El viento ahuyentó de sus ojos la neblina nevada, y allí, donde había una mancha rojiza, surgió una pequeña casa aplastada, con un alto tejado de juncos. Una de las tres ventanas, cubierta por dentro con algo rojo, estaba iluminada.
¿Qué casa era esa? El enfermero recordó que a la derecha del camino, en la sexta o séptima vérsta desde el hospital, debía hallarse la posada de Andrei Chiríkov. Recordó asimismo que después de ese Chiríkov, asesinado hacía poco por unos cocheros, habían quedado la vieja y su hija Liúbka, que dos años antes había venido al hospital a tratarse. La posada gozaba de mala fama, y pasar por ésta al anochecer, y aún con un caballo ajeno, era inseguro. Pero no había nada que hacer. El enfermero tanteó en su cartera el revólver y, tosiendo con severidad, golpeó el marco de la ventana con el mango del látigo.
-Hey, ¿quién hay aquí? –gritó. -¡Viejecita de Dios, déjame calentarme pues!
Un perro negro, con un ladrido ronco, rodó como un trompo hacia las patas del caballo, después otro blanco, después otro negro, ¡así unos diez! El enfermero escogió al más robusto, levantó el brazo y, con todas sus fuerzas, le pegó con el látigo. Un perro pequeño, de patas altas, levantó su hocico afilado y aulló con una voz aguda, estridente.
Largo tiempo estuvo parado el enfermero junto a la ventana, tocando. Pero he aquí tras la valla, cerca de la casa, la escarcha de los árboles se sonrojó, los portones crujieron y apareció una figura femenina arropada, con un farol en la mano.
-Déjame calentarme, abuela, -dijo el enfermero. –Iba al hospital, y me salí del camino. Un tiempo, que no quiera Dios. Tú no temas, somos gente tuya, abuela.
-Los míos todos están en casa, y a los ajenos no los llamamos, -profirió la figura con aspereza. -¿Y por qué tocar en vano? Los portones no están cerrados.
El enfermero entró al patio y se detuvo en el portal.
-Manda pues a un trabajador, abuela, para que recoja mi caballo, -dijo.
-Yo no soy la abuela.
Y en efecto, no era la abuela. Cuando apagaba el farol su rostro se iluminó, y el enfermero vio unas cejas negras, y reconoció a Liúbka.
-¿Cuáles trabajadores ahora? –profirió ella yendo a la casa. –Unos están dormidos borrachos, y los otros se fueron desde por la mañana a Riépino. Cosa de fiesta…
Amarrando su caballo bajo el tejadillo, Yergunóv oyó un relincho y discernió en la tiniebla el caballo de alguien más, y tanteó en éste una montura cosaca. Entonces, en la casa, además de los dueños, había alguien más. Por si acaso, el enfermero desensilló su caballo y, yendo a la casa, tomó consigo las compras y la montura.
La primera habitación a donde entró era espaciosa, estaba bien calentada y olía a suelo recién lavado. En la mesa, bajo las imágenes, estaba sentado un mujík no alto, enjuto, de unos cuarenta años, con una pequeña barba castaña y una camisa azul. Era Kaláshnikov, un rematado estafador y cuatrero, cuyos padre y tío tenían una taberna en Bogalióvka, y revendían donde podían los caballos robados. En el hospital había estado más de una vez, pero había venido no a tratarse, sino a hablar con el doctor de los caballos: “¿no tenía uno en venta, y no desearía su excelencia, el señor doctor, cambiar una yegua baya por un castrado amarillo?” Ahora su cabeza tenía pomada, y en la oreja le brillaba un arete plateado, y tenía en general un aspecto festivo. Con el ceño fruncido y bajando el labio inferior, miraba con atención un gran libro de estampas maltrecho. Extendido en el suelo, cerca de la estufa, yacía otro mujík; su rostro, hombros y pecho estaban cubiertos por una pelliza corta, debía ser, dormía; cerca de sus botas nuevas, de casquillos brillantes, se oscurecían dos charcos de nieve derretida.
Al ver al enfermero, Kaláshnikov saludó.
-Sí, qué tiempo… -dijo Yergunóv, frotando sus rodillas ateridas con las palmas de sus manos. –Se me metió la nieve detrás del cuello, me mojé todo, este mismo, como un bribón. Y mi revólver, me parece, este…
Sacó el revólver, lo examinó por todas partes y lo puso de nuevo en la cartera. Pero el revólver no produjo ninguna impresión: el mujík continuó mirando el libro.
-Sí, qué tiempo… Me salí del camino, y si no fuera por los perros de aquí, pues me parece que hubiera sido la muerte. Hubiera una historia. ¿Y dónde pues está la dueña?
-La vieja fue a Riépino, y la muchacha prepara la cena… -respondió Kaláshnikov.
Sobrevino un silencio. El enfermero, temblando y aspirando, se soplaba las palmas de las manos y se encogía todo, y hacía ver que estaba muy aterido y extenuado. Se oía cómo ladraban en el patio los perros no calmados. Se hizo aburrido.
-¿Tú mismo eres de Bogalióvka, o qué? –preguntó el enfermero al mujík con severidad.
-Sí, de Bogalióvka.
Y sin nada que hacer, el enfermero se puso a pensar en ese Bogalióvka. Era un pueblo grande, y estaba en un barranco profundo, así que, cuando ibas por el camino real en una noche de luna, y mirabas abajo, al barranco oscuro, y después arriba, al cielo, parecía que la luna colgaba sobre un precipicio insondable, y que ahí era el fin del mundo. El camino que llevaba abajo era abrupto, sinuoso y tan estrecho, que cuando ibas a Bogalióvka por una epidemia o a vacunar contra la viruela, había que gritar a toda voz todo el tiempo, o chiflar, pues de otra forma, si te encontrabas con una telega, después ya no cruzabas. Los mujíks de Bogalióvka pasaban por buenos hortelanos y cuatreros; sus jardines eran ricos: en primavera todo el pueblo se inundaba de flores de cerezo blancas, y en verano los cerezos se vendían a tres kópeks el balde. Paga tres kópeks y arranca. Las mujeres de los mujíks eran bonitas y saciadas, y les gustaba ataviarse, e incluso en los días laborales no hacían nada, y se la pasaban sentadas en los bancos de tierra, y se hurgaban las cabezas las unas a las otras.
Pero he aquí se oyeron unos pasos. A la habitación entró Liúbka, una muchacha de unos veinte años, con un vestido rojo y descalza… Le echó una mirada de soslayo al enfermero, y se paseó unas dos veces de una esquina a la otra. Andaba no de modo sencillo, sino con pasos menudos, sacando el pecho adelante; evidentemente, le gustaba andar con los pies descalzos por el suelo recién lavado, y se había descalzado a propósito para eso.
Kaláshnikov se río de algo con malicia y la llamó con el dedo. Ella se acercó a la mesa, y él le mostró en el libro al profeta Elías, que guiaba una tróika de caballos que subían al cielo. Liúbka se acodó sobre la mesa, su trenza cayó a través del hombro –una trenza larga, rojiza, amarrada al final con una cintita roja-, y casi no tocó el suelo. Y ella se rió con malicia también.
-¡Una estampa excelente, admirable! –dijo Kaláshnikov. -¡Admirable! –repitió e hizo con las manos así, como si quisiera tomar las riendas en sus manos, en lugar de Elías.
En la estufa aullaba el viento, algo bramaba y chillaba, como si un gran perro ahogara a una rata.
-¡Ves, se soltaron los impuros! –profirió Liúbka.
-Es el viento, -dijo Kaláshnikov; calló un poco, levantó los ojos hacia el enfermero y le preguntó: -¿Cómo piensa usted, a lo científico, Ósip Vasílich, hay diablos en este mundo, o no?
-¿Cómo decirte, hermano? –respondió el enfermero, y se encogió de un hombro. –Si razonar por la ciencia pues, por supuesto, no hay diablos, porque eso es un prejuicio; pero si razonar a lo simple, así como tú y yo ahora, pues hay diablos, en pocas palabras… Yo, en mi vida, pasé por muchas cosas… Después del estudio, me coloqué de enfermero militar en un regimiento de dragones, y estuve en la guerra, por supuesto; tengo una medalla y el signo distintivo de la Cruz Roja, y después del tratado de San Estéfano volví a Rusia, y entré al zémstvo1. Y por razón de esa inmensa circulación de mi vida, puedo decir que vi cosas, que otro no hubiera ni soñado. Me tocó ver diablos, o sea, no diablos con cuernos o rabo, eso son tonterías, sino así, hablando en particular, como que así.
-¿Dónde? –preguntó Kaláshnikov.
-En distintos lugares. No hay por qué ir lejos, el año pasado, que no sea recordado por la noche, encontré a uno ahí mismo, cuenta, en el mismo patio. Iba yo, recuerdo, este mismo, a Golíshino, iba a vacunar contra la viruela. Es sabido, como siempre, coche de carrera, bueno, el caballo y los bártulos necesarios, sí; además, el reloj conmigo y todo lo demás, así que voy y me cuido, como que "vendrá hora2", no éste… Acaso son pocos los vagabundos. Me acerco al Pantano de la Culebra, que sea maldito, empiezo a bajar y de pronto, este mismo, va alguien así. Los pelos negros, los ojos negros, y toda la cara llena de hollín, como del humo… Se acerca al caballo y lo agarra directo por la rienda izquierda: ¡para! Examina al caballo, después, entonces, a mí, después suelta la rienda, y sin decir ni una maldita palabra: “¿Tú, a dónde vas? Y él mismo enseña los dientes, los ojos malignos… ¡Ah tú, pienso, qué bufón! “Voy, digo, a vacunar contra la viruela. ¿Y a ti qué te importa?” Y él dice: “Si es así, dice, pues vacúname a mí también”. Se descubre el brazo y me lo mete por las narices. Por supuesto, no me puse a conversar con él, agarré y lo vacuné, para zafarme.
El mujík que dormía junto a la estufa, de pronto, se volteó y se quitó de encima la pelliza corta, y el enfermero, para su gran asombro, vio a ese mismo desconocido, que alguna vez había encontrado en el Pantano de la culebra. El cabello, la barba y los ojos de ese hombre eran negros como el hollín, su rostro moreno y, por añadidura, en la mejilla derecha tenía aun un puntito negro, del tamaño de una lenteja. Éste le echó una mirada burlona al enfermero y dijo:
-Por la rienda izquierda te agarré, hubo eso, y en cuanto a la vacuna mentiste, señor. Y hasta una conversación sobre la vacuna, tú y yo no tuvimos.
El enfermero se perturbó:
-Yo no hablo de ti, -dijo. –Acuéstate, cuando estás acostado3.
El mujík moreno no había estado ni una vez en el hospital, y el enfermero no sabía quién y de dónde era, y ahora, viéndolo, decidió que debía ser un gitano. El mujík se levantó y, estirándose, bostezando ruidosamente, se acercó a Liúbka y Kaláshnikov, se sentó al lado, y se puso a mirar el libro también. En su rostro soñoliento apareció la ternura y la envidia.
-Mira, Miérik -le dijo Liúbka, -tráeme unos caballos así, y voy al cielo.
-Al cielo los pecadores no pueden ir… -dijo Kaláshnikov. –Eso es por santidad.
Después Liúbka puso la mesa y trajo un gran trozo de tocino de cerdo, pepinos encurtidos, un plato de madera con una carne hervida, cortada en trocitos pequeños, después una sartén donde chispeaba el embutido con col. Apareció en la mesa también una garrafa de vodka granate, del que, cuando lo sirvieron en una copita, se expandió por toda la habitación un espíritu de cáscara de naranja.
Al enfermero le fastidiaba que Kaláshnikov y el moreno Miérik hablaran entre sí, y no le prestaran ninguna atención, como si no estuviera en la habitación. Y quería hablar con ellos, jactarse, beber, hartarse y, si se podía, hacer travesuras con Liúbka quien, mientras cenaban, se sentó unas cinco veces a su lado y, como sin intención, lo tocaba con sus bellos hombros, y se alisaba sus anchas caderas con las manos. Era una muchacha saludable, risueña, revoltosa, inquieta: ya se sentaba, ya se paraba; y sentada se volteaba hacia su vecino ya de pecho, ya de espalda, como una alborotada, y seguro le encajaba el codo o la rodilla.
Y no le gustaba asimismo al enfermero, que los mujíks se bebieran sólo una copita, y ya no bebieran más; y beber él solo como que le era incómodo. Pero no soportó y se bebió otra copita, después la tercera, y se comió todo el embutido. Para que los mujíks no se apartaran, y lo aceptaran en su compañía, decidió adularlos.
-¡Son bravos ustedes en Bogalióvka! –dijo y meneó la cabeza.
-¿En cuanto a qué bravos? –preguntó Kaláshnikov.
-Pues ahí, este mismo, siquiera en cuanto a los caballos. ¡Bravos para robar!
-¡Bueno, hallaste a unos bravos! Unos borrachos solamente, y unos ladrones.
-Hubo un tiempo, pero pasó, -dijo Miérik después de cierto silencio. –Solamente pues, el viejo Fília les queda acaso, y ése está ciego.
-Sí, solamente Fília, -suspiró Kaláshnikov. –Tiene ahora, cuenta, unos setenta años; un ojo se lo sacaron los colonos alemanes, y del otro ve mal. Un albugo. Antes, pasaba que el prefecto lo veía y le gritaba: “¡Hey, tú, Shamíl!, y todos los mujíks así: Shamíl, Shamíl, y ahora no tiene otro nombre que Fília el jorobado. ¡Y era un bravo el hombre! Se reunió una vez por la noche cerca de Rozhnóv, con el finado Andréi Grigórich y el padre de Liubáshin, y en aquel tiempo los regimientos de caballería estaban por allá, y se llevaron nueve caballos de soldados, los mejores que habían, y no se asustaron con los centinelas; y por la mañana pues, le vendieron todos los caballos al gitano Afónka por veinte rublos. ¡Sí! Y el de ahora trata de llevarle el caballo a un borracho o a un dormido, y no le teme a Dios, y todavía le saca las botas al borracho, y después tacañea, va con ese caballo unas doscientas vérstas, y después regatea en el mercado, regatea como un judío, hasta que el policía se lo lleva, al imbécil. ¡No un paseo4, sino una vergüenza! Una gentuza escupida5, qué decir.
-¿Y Miérik? –preguntó Liúbka.
-Miérik no es nuestro, -dijo Kaláshnikov. –Es de Járkov, de Mízhirich. Y que es bravo, es cierto, un pecado quejarse, un buen hombre.
Liúbka le echó una mirada a Miérik con malicia y júbilo, y dijo:
-Si, no en vano las buenas gentes lo bañaron en un hueco.
-¿Cómo así? –preguntó el enfermero.
-Y así… -dijo Miérik, y sonrió con malicia. –Fília le llevó tres caballos a unos arrendadores de Samóilovsk, y ellos pensaron que había sido yo. Todos los arrendadores de Samóilovsk son unos diez hombres, y de trabajadores reúnes a unos veinte, y todos molocanos… Y uno me dice en el mercado: “Ven, Miérik, a echarle un vistazo, trajimos unos caballos nuevos de la feria”. A mí, es sabido, me da curiosidad, voy a verlos, y ellos, cuántos habían, unos treinta hombres, me torcieron los brazos para atrás y me llevaron al río. Nosotros, me dicen, te vamos a enseñar los caballos. Había un hueco ya listo, y ellos al lado, así, a un sazhén6, abrieron otro. Después, entonces, agarraron una cuerda y me pusieron un lazo por los sobacos, y el otro extremo lo amarraron a un palo torcido, para que, entonces, alcanzara a través de los dos huecos. Bueno, metieron el palo y tiraron. Yo, como estaba, con la pelliza y las botas, ¡de cabeza al hueco!, y ellos parados y me empujan, uno con el pie, el otro con el machado; después me arrastraron por debajo del hielo y me sacaron por el otro hueco.
Liúbka se estremeció y se encogió toda.
-Primero, por el frío, me dio calor -continuó Miérik, -y cuando me sacaron afuera, no había ninguna posibilidad, me acosté en la nieve, y los molocanos parados alrededor, y pegándome con los palos por las rodillas y los codos. ¡Duele un horror! Me pegaron y se fueron… Y a mí todo se me hiela, la ropa se me congeló, me levanté, y no tenía fuerzas. Gracias que pasaba una mujer, y me llevó.
Entre tanto, el enfermero se había bebido unas cinco, seis copitas; el alma se le había aclarado, y quiso contar también algo insólito, maravilloso, y demostrar que él era un bravo también, y no le temía a nada.
-Y miren cómo es en el gobierno de Penza… -empezó.
Porque había bebido mucho y estaba aturdido, y acaso porque fue pescado unas dos veces en una mentira, los mujíks no le prestaron ninguna atención, e incluso dejaron de responder a sus preguntas. Además de eso, llegaron en su presencia a tales franquezas, que sintió espanto y frío, y eso significaba que ellos no reparaban en él.
Las maneras de Kaláshnikov eran respetables, como las de un hombre grave y juicioso, hablaba de modo asentado, y al bostezar, cada vez se persignaba la boca, y nadie podría pensar que era un ladrón; un ladrón sin corazón, que despojaba a los pobres, que ya había estado unas dos veces en la cárcel, y la sociedad ya había compuesto una sentencia para mandarlo a Siberia; pero su padre y tío, tan ladrones y canallas como él mismo, habían pagado. Y Miérik se conducía como un fanfarrón. Veía que Liúbka y Kaláshnikov lo admiraban, y él mismo se consideraba un bravo, y ya se ponía en jarras, ya sacaba el pecho adelante, ya se estiraba así, que el banco crujía…
Después de la cena, Kaláshnikov, sin levantarse, le rezó a la imagen y le estrechó la mano a Miérik; éste rezó también y le estrechó la mano a Kaláshnikov. Liúbka recogió la cena y vertió sobre la mesa melindres de menta, nueces tostadas y semillas de calabaza, y puso dos botellas de vino dulce.
-El reino celestial, el descanso eterno para Andrei Grigóriev, -decía Kaláshnikov, brindando con Miérik. –Cuando estaba vivo, pasaba que nos reuníamos aquí, o en casa de mi hermano Martín, ¡y Dios mío, Dios mío!, ¡qué gente, qué conversaciones! ¡Unas conversaciones admirables! Ahí estaban Martín, Fília y Stukotéi Fiódor… Todo noble, propio… ¡Y cómo paseábamos! ¡Paseábamos tanto, paseábamos tanto!
Liúbka salió y, un poco después, volvió con un pañuelo verde y un collar de cuentas.
-¡Miérik, mira lo que me trajo hoy Kaláshnikov! –dijo ella.
Se echó una mirada en el espejo y sacudió la cabeza varias veces, para que las cuentas sonaran. Y después abrió un baúl y empezó a sacar de ahí ya un vestido de percal con lunares rojos y azules, ya otro rojo con volantes, que hacía frú-fru y crujía como el papel, ya un pañuelo azul nuevo, de visos irisados; y mostraba todo eso y, riéndose, juntaba las manos, como si se asombrara de que tenía tales tesoros.
Kaláshnikov afinó la balalaika y tocó, y el enfermero no podía entender, de ningún modo, qué canción tocaba él, alegre o triste; porque ya era muy triste, que incluso se quería llorar, ya se hacía alegre. Miérik de pronto saltó y taconeó en el lugar, y después, abriendo los brazos, se paseó sobre los tacones de la mesa a la estufa, de la estufa al baúl; después saltó como pinchado, chocó los casquillos en el aire, y empezó a hacer la prisiádka7. Liúbka agitó ambos brazos, chifló con frenesí y fue tras él; primero se paseó codo con codo de modo zahiriente, como si deseara acercarse a alguien y pegarle por detrás, taconeó con los talones de modo quebrado, como Miérik con los tacones, después giró como un trompo y se sentó, y su vestido rojo se infló como una campana; mirándola con rabia y enseñando los dientes, Miérik corrió hacia ella en la prisiádka, deseando eliminarla con sus piernas terribles; y ella saltó, echó la cabeza atrás y, agitando los brazos, como un gran pájaro sus alas, apenas sin tocar el suelo, navegó por la habitación…
“¡Ah, qué muchacha de fuego!” –pensaba el enfermero, sentándose en el baúl y mirando desde ahí el baile. -¡Qué clase de ardor! Dalo todo y es poco…”
Y lamentaba: ¿por qué era un enfermero, y no un simple mujík? ¿Por qué llevaba una chaqueta y una cadenita con una llavecita dorada, y no una camisa azul con una cuerdita de cinturón? Entonces podría cantar, bailar, beber con valentía, agarrar a Liúbka con ambas manos, como hacía Miérik…
Por los golpes bruscos, los gritos y los alaridos, la vajilla resonaba en el armario, el fuego brincaba en la velita.
Se rompió el cordel, y las cuentas se esparcieron por todo el suelo; se deslizó de la cabeza el pañuelo verde, y en lugar de Liúbka pasó sólo una nube rojiza, y brillaron unos ojos negros; y a Miérik, si te descuidabas, se le desprendían ahora los brazos y las piernas.
Pero he aquí Miérik pateó por última vez y se paró, como clavado… Extenuada, apenas respirando, Liúbka se recostó en su pecho y se apretó, como a un tronco, y él la abrazó y, mirándola a los ojos, le dijo con ternura y cariño, como bromeando:
-Si me entero, dónde tu vieja tiene escondido el dinero, la mato; y a ti te corto la garganta con el cuchillo, y después quemo la posada… La gente va a pensar que murieron por el incendio, y con vuestro dinero me voy a Kubán, a arrear manadas allá, a comprar ovejas…
Liúbka no respondió nada, sólo le echó una mirada culpable y le preguntó:
-¿Miérik, y está bien en Kubán?
Él no dijo nada, fue al baúl, se sentó y se quedó pensativo: probablemente, se puso a soñar con Kubán.
-Pero es hora de irme, -dijo Kaláshnikov levantándose. –Seguro, Fília ya me espera. ¡Adiós, Liúba!
El enfermero salió al patio para echar una mirada: como que no se fuera Kalásnikov en su caballo. La ventisca continuaba aún. Las nubes blancas, aferrándose con sus largas estelas a las malas hierbas y los arbustos, volaban por el patio; y al otro lado de la valla, en el campo, unos gigantes de mortajas blancas con mangas anchas giraban y caían, y se levantaban de nuevo para agitar los brazos y pelearse. ¡Y el viento pues, el viento! Los abedules y los cerezos pelados, no soportando sus caricias groseras, se inclinaban hacia la tierra y lloraban: “¿Dios, por qué pecado nos fijaste a la tierra y no nos dejas en libertad?”
-¡Tprrr! –dijo Kalásnikov con severidad, y se montó en su caballo; uno de los portones estaba abierto, y junto a éste se había acumulado un montón de nieve. –¡Bueno, vamos, o qué! –gritó Kaláshnikov. Su caballo, de poca alzada y patas cortas, fue, se hundió hasta la misma panza en el montón de nieve. Kaláshnikov se blanqueó de nieve y pronto, junto con su caballo, se perdió tras los portones.
Cuando el enfermero volvió a la habitación, Liúbka se arrastraba por el suelo y recogía las cuentas. Miérik no estaba.
“¡Linda muchacha!” –pensaba el enfermero, acostándose en el banco y poniendo la pelliza bajo su cabeza. -¡Ah, si Miérik no estuviera aquí!!”
Liúbka lo irritaba al arrastrarse por el suelo junto al banco, y pensó que si Miérik no estuviera allí, él seguro se levantaría y la abrazaría, y allá se vería qué seguiría. Cierto, aún era una muchacha, pero apenas sería honrada; y aunque fuera honrada, ¿valía andarse con ceremonias en una guarida de bandidos? Liúbka recogió las cuentas y salió. La velita se consumía, y el fuego ya alcanzaba el papelito y el candelero. El enfermero puso a su lado el revólver y los cerillos, y apagó la vela. La lámpara titilaba fuertemente, así que dolían los ojos, y las sombras brincaban por el techo, el suelo, el armario, y entre éstas aparecía una Liúbka robusta, de pechos grandes: ya giraba como un trompo, ya se extenuaba con el baile y respiraba con dificultad…
“¡Ah, si a Miérik se lo llevaran los impuros!” –pensaba.
La lámpara titiló por última vez, crujió y se apagó. Alguien, debía ser Miérik, entró a la habitación y se sentó en el banco. Aspiró su pipa, y por un instante se iluminó la mejilla morena con el puntito negro. Por el repulsivo humo del tabaco, al enfermero le picó la garganta.
-¡Pero qué tabaco de basura el tuyo pues, que sea maldito! –dijo el enfermero. –Hasta da náuseas.
-Yo mezclo el tabaco con flor de avena, -respondió Miérik, tras callar. –Alivia el pecho.
Fumó, escupió y se fue de nuevo. Pasó media hora, y en el zaguán de pronto brilló una luz; apareció Miérik con una pelliza corta y un gorro, después Liúbka con una vela en la mano.
-¡Quédate, Miérik! –dijo Liúbka con voz suplicante.
-No Liúba. No me retengas.
-Escúchame, Miérik, -dijo Líúbka, y su voz se hizo tierna y suave. –Yo sé que tú vas a buscar el dinero de mi mamita, la vas a matar a ella y a mí, y vas a ir a Kubán a querer a otras muchachas, pero Dios vaya contigo. Yo sólo te ruego una cosa, corazón: ¡quédate!
-No, quiero pasear… -dijo Miérik, poniéndose el cinturón.
-Y no tienes con qué pasear… Pues tú viniste a pie, ¿en qué vas a ir?
Miérik se inclinó hacia Liúbka y le susurró algo en la oreja; ella le echó una mirada a la puerta, y se echó a reír a través de las lágrimas.
-Y él duerme, Satanás inflado… -dijo ella.
Miérik la abrazó, la besó fuertemente y salió afuera. El enfermero se metió el revólver en el bolsillo, saltó con rapidez y corrió tras él.
-¡Déjame el camino! –le dijo a Liúbka, que en el zaguán cerró la puerta con cerrojo rápido, y se detuvo en el umbral. -¡Déjame! ¿Para qué te paraste?
-¿Para qué quieres ir ahí?
-Para mirar el caballo.
Liúbka le echó una mirada de arriba abajo con malicia y cariño.
-¿Qué le vas a mirar? Tú mírame a mí… -dijo ella, después se inclinó y tocó con el dedo la llavecita dorada que colgaba de su cadenita.
-¡Déjame, si no se va a ir en mi caballo! –dijo el enfermero. -¡Déjame, diablo! –gritó y, pegándole por el hombro con rabia, con todas sus fuerzas, se abalanzó con su pecho, para apartarla de la puerta, pero ella se aferró fuerte al cerrojo y era como de hierro. -¡Déjame! –gritó él extenuado. -¡Se va a ir, te digo!
-¿A dónde va a ir? No se va a ir.
Ella, respirando con dificultad y acariciando el hombro que le dolía, le echó una mirada de arriba abajo de nuevo, se sonrojó y se echó a reír.
-No te vayas, corazón… -dijo ella. –Me aburro sola.
El enfermero le echó una mirada a los ojos, lo pensó y la abrazó, ella no se resistió.
-¡Bueno, no juegues, déjame! –rogó él.
Ella callaba.
-Y yo oí -dijo él, -cómo tú ahora, le decías a Miérik que lo querías.
-Acaso es poco… A quien yo quiero, eso lo sabe mi mente.
Ella tocó con el dedo la llavecita de nuevo, y dijo suavemente:
-Dame esto…
El enfermero se desprendió la llavecita y se la dio. Ella de pronto estiró el cuello, prestó oídos y puso una cara seria, y su mirada le pareció al enfermero fría y maliciosa; recordó al caballo y la apartó ya con facilidad, y salió corriendo al patio. Bajo el tejadillo un cerdo soñoliento gruñía de modo rítmico y con pereza, y una vaca embestía con un cuerno… El enfermero prendió un cerillo y vio al cerdo, a la vaca y a los perros, que se lanzaron a su fuego desde todas partes, pero del caballo no quedaba huella. Gritando y agitando las manos hacia los perros, tropezando con los montones nevados y hundiéndose en la nieve, salió corriendo por los portones y empezó a escrutar la tiniebla. Forzó la vista y vio sólo cómo volaba la nieve, y cómo los copitos formaban, claramente, figuras diversas: ya asomaba de la tiniebla el morro blanco, sonriente de un muerto, ya galopaba un caballo blanco, y en éste una amazona con un vestido de muselina, ya le pasaba sobre la cabeza una bandada de cisnes blancos… Temblando de cólera y frío, sin saber qué hacer, el enfermero disparó su revólver contra los perros y no le dio a ninguno, después se lanzó atrás, a la casa.
Cuando entraba al zaguán, le pareció oír con claridad, cómo alguien se colaba rápido en la habitación, y hacía ruido con la puerta. La habitación estaba oscura, el enfermero empujó la puerta, estaba cerrada; entonces, prendiendo un cerillo tras otro, se lanzó atrás al zaguán, de ahí a la cocina, de la cocina a una habitación pequeña, donde todas las paredes estaban cubiertas de faldas y vestidos, y olía a aciano y eneldo; y en una esquina, cerca de la estufa, estaba la cama de alguien con toda una montaña de almohadas, ahí, debía ser, vivía la vieja, la madre de Liúbka; de ahí pasó a otra habitación, pequeña también, y allí vio a Liúbka. Estaba acostada sobre un baúl, cubierta por una cobija acolchada, abigarrada, cosida con trozos de percal, y parecía dormida. A su cabecera ardía una lámpara.
-¿Dónde está mi caballo? –preguntó el enfermero con severidad.
Liúbka no se movió.
-¿Dónde está mi caballo, te pregunto? -repitió el enfermero con más severidad aún, y le arrancó la cobija. -¡Te pregunto, diabla! –gritó.
Ella saltó, se puso de rodillas y, sujetando su camisón con una mano, e intentando agarrar la cobija con la otra, se apretó contra la pared… Miraba al enfermero con repulsión, con miedo, y sus ojos, como los de una fiera acorralada, seguían con malicia sus mínimos movimientos.
-¡Dime dónde está el caballo, si no te voy a sacar el alma! –gritó el enfermero.
-¡Apártate, basura! –dijo ella con voz ronca.
El enfermero la agarró por el camisón, cerca del cuello, y lo rompió; y ahí no soportó, y abrazó a la muchacha con todas sus fuerzas. Y ella, chillando con rabia, resbaló entre sus brazos y, liberando un brazo –el otro se le enredó en el camisón roto-, le pegó en la nuca con el puño.
La cabeza se le enturbió de dolor, los oídos le zumbaron y latieron, retrocedió, y en ese momento recibió otro golpe, pero ya en la sien. Tambaleándose y agarrándose del quicio para no caerse, se abrió paso hacia la habitación donde estaban sus cosas, y se acostó en un banco; después de estar acostado un rato, sacó del bolsillo una cajita de cerillos, y se puso a prender un cerillo tras otro, sin ninguna necesidad: los prendía, los soplaba y los arrojaba debajo de la mesa, y así hasta que se acabaron todos los cerillos.
Entre tanto, tras la ventana el aire se empezó a azular, los gallos cantaron, y la cabeza le dolía aún, y en los oídos tenía un ruido, como si Yergunóv estuviera sentado bajo un puente ferroviario, y escuchara cómo pasaba el tren sobre su cabeza. De algún modo se puso la pelliza corta y el gorro, la montura y el hatillo con las compras no los encontró, la cartera estaba vacía: no en vano alguien se había colado rápido en la habitación, cuando él entraba hacía poco desde el patio.
Agarró en la cocina un atizador, para protegerse de los perros, y salió al patio, dejando la puerta abierta de par en par. La ventisca ya se había calmado, y en el patio había silencio… Cuando salió por los portones, el campo blanco parecía muerto, y no había ni un pájaro en el cielo matinal. A ambos lados del camino y en la remota lejanía se azulaba un bosque menudo.
El enfermero se puso a pensar cómo lo recibirían en el hospital y qué le diría el doctor; era necesario pensar en eso seguro, y preparar de antemano las respuestas para las preguntas, pero esas ideas se diluían y se iban lejos. Iba y pensaba sólo en Liúbka, en los mujíks con los que había pasado la noche; recordaba cómo Liúbka, después de pegarle por segunda vez, se inclinó hacia el suelo por la cobija, y cómo cayó su trenza suelta sobre el suelo. Su cabeza se confundía, y pensaba: ¿para qué hacen falta en este mundo a los doctores, los enfermeros, los mercaderes, los escribanos, los mujíks, y no simplemente a los hombres libres? ¡Hay pues los pájaros libres, las fieras libres, el Miérik libre, y ellos no le temen a nadie, y no necesitan a nadie! ¿Y quién inventó eso, quién dijo que es necesario levantarse por la mañana, almorzar al mediodía, acostarse por la noche, que el doctor es superior al enfermero, que es necesario vivir en una habitación y se puede querer sólo a su mujer? ¿Y por qué no al revés: almorzar por la noche y dormir por el día? Ah, saltar sobre un caballo, sin preguntar de quién es, correr como un diablo tras el viento, por los campos, los bosques y los barrancos, amar a las muchachas, reírse de toda la gente…
El enfermero arrojó el atizador a la nieve, apoyó su frente en el tronco blanco, frío de un abedul y se quedó pensativo; y su vida gris, monótona, su salario, sumisión, farmacia, eterno lidiar con los botes y las moscas le parecieron algo despreciable, nauseabundo.
-¿Quién dice que pasear es pecado? –se preguntaba con fastidio. –Y pues los que dicen eso, esos nunca vivieron en libertad, como Miérik o Kaláshnikov, y no quisieron a Liúbka; esos toda su vida se abrieron camino, vivieron sin ningún placer y quisieron sólo a sus mujeres, parecidas a ranas.
Y pensaba para sí ahora que si él mismo, hasta ahora, no se había hecho un ladrón, un estafador o incluso un bandido, pues era sólo porque no sabía o no había hallado una ocasión apropiada.
Pasó año y medio. Cierta vez en primavera, después de Semana santa, el enfermero, despedido del hospital ya hacía tiempo, y andando sin puesto, salió de una taberna en Riépino, al anochecer, y vagó por la calle sin ningún objetivo.
Salió al campo. Allí olía a primavera y soplaba un vientecito cálido, acariciante. La noche estrellada, serena miraba la tierra desde el cielo. ¡Dios mío, qué profundo era el cielo, y con qué amplitud e infinitud se extendía sobre el mundo! Estaba bien creado el mundo, ¿sólo para qué y a santo de qué, pensaba el enfermero, los hombres se dividían mutuamente en ebrios y sobrios, en empleados y despedidos, y demás? ¿Por qué el sobrio y saciado dormía tranquilo en su casa, y el ebrio y hambriento debía vagar por el campo, sin tener abrigo? ¿Por qué el que no trabajaba y no cobraba un salario, ése debía estar seguramente hambriento, desvestido, descalzo? ¿Quién había inventado eso? ¿Por qué los pájaros y las fieras del bosque no trabajaban y cobraban un salario, y vivían a su gusto?
En la lejanía, en el cielo, extendido sobre el horizonte, temblaba un bello resplandor púrpura. El enfermero estuvo parado mirando al cielo largo tiempo, y aún pensaba: ¿por qué si él ayer se llevó un samovar ajeno y se lo paseó en la taberna, eso era pecado? ¿Por qué?
Por el camino pasaron dos telegas: en una dormía una mujer, en la otra estaba sentado un viejo sin gorro…
-Abuelo, ¿dónde arde? –preguntó el enfermero.
-La posada de Andréi Cihiríkov… -respondió el viejo.
Y recordó el enfermero lo que le había pasado dos años y medio antes, en invierno, en esa misma posada, y cómo se jactaba Miérik; e imaginó cómo arderían la vieja y Liúbka degolladas, y envidió a Miérik. Y cuando andaba de nuevo hacia la taberna, mirando las casas de los ricos taberneros, asentadores y herreros, pensaba: ¡sería bueno meterse por la noche en la casa del más rico!

1Zémstvo, administración local y provincial, dirigida por la nobleza y la burguesía en la Rusia zarista.
2“No os maravilléis de esto, porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz…” (Juan 5: 28-29).
3Acuéstate, cuando estás acostado (proverbio), aproximadamente...
4Paseo, diversión, pasear, divertirse.
5Gentuza escupida (expresión despectiva), gente de poca monta.
6Sazhén, antigua medida rusa, igual a 2, 134 m.
7Prisiádka (expresión familiar), paso de baile ruso.

Título original: Vori, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1890, Nº 5061, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: Yuliy Klever, Winter Sun Dawn, 1891.