domingo, 26 de octubre de 2008

Los enemigos


A las diez de una oscura noche de septiembre, al doctor rural Kirílov le falleció de difteria su único hijo, Andrei, de seis años. Cuando la esposa del doctor caía de rodillas ante la camita del niño muerto, y se apoderaba de ella el primer acceso de desolación, en el vestíbulo resonó la campanilla con brusquedad.
Con motivo de la difteria toda la servidumbre, ya desde la mañana, había sido expulsada de la casa. Kirílov como estaba, sin la levita, con el chaleco desabrochado, sin secarse el rostro húmedo ni las manos quemadas con fenol, fue él mismo a abrir la puerta. El vestíbulo estaba oscuro, y en el hombre que entró se podía discernir sólo la estatura mediana, la bufanda blanca y el rostro grande, en extremo pálido, tan pálido que, al parecer, con la aparición de ese rostro el vestíbulo se había aclarado...
-¿El doctor está en casa? –preguntó el entrante con rapidez.
-Yo estoy en casa, -respondió Kirílov. -¿Qué se le ofrece?
-¡Ah, es usted! ¡Me alegro mucho! –se contentó el entrante, y empezó a buscar en la tiniebla la mano del doctor, la encontró y la estrechó entre sus manos fuertemente -.¡Me alegro… me alegro mucho! ¡Usted y yo nos conocemos!.. Yo soy Abóguin... tuve el gusto de verlo en verano, en casa de Gnúchev. Me alegro mucho que lo encontré... Por Dios, no se niegue a venir conmigo ahora... Mi mujer se me enfermó muy gravemente... Y el carruaje lo tengo conmigo...
Por la voz y los movimientos del entrante, se advertía que se hallaba en un fuerte estado de excitación. Como asustado por un incendio o un perro rabioso, apenas contenía su respiración acelerada y hablaba con rapidez, con voz trémula, y algo no fingido-sincero, infantil-pusilánime resonaba en su discurso. Como todos los asustados y aturdidos, hablaba con frases breves, entrecortadas, y decía muchas palabras superfluas, que no tenían que ver con el asunto en absoluto.
-Yo tenía miedo de no encontrarlo –continuó-. Mientras venía a su casa, sufría de alma... Vístase y vamos, por Dios... Sucedió de esta forma. Viene a verme Pápchinskii, Alexánder Semiónovich, a quien usted conoce... Hablamos... después nos sentamos a tomar té; de pronto mi mujer grita, se agarra el corazón y cae sobre el espaldar de la silla. La llevamos a la cama, y... yo le froté las sienes con alcohol de amoníaco, la salpiqué con agua... tendida, como una muerta... Tengo miedo que sea un aneurisma... Vamos... Su padre murió de un aneurisma...
Kirílov escuchaba y callaba, como si no entendiera el habla rusa.
Cuando Abóguin recordó otra vez a Pápchinskii y al padre de su mujer, y empezó a buscar otra vez su mano en la tiniebla, el doctor sacudió la cabeza y dijo, alargando cada palabra de modo apático:
-Disculpe, yo no puedo ir... Hace unos cinco minutos se me... murió mi hijo...
-¿Es posible? -murmuró Abóguin dando un paso atrás-. ¡Dios mío, a qué hora tan mala llegué! ¡Un día asombroso, desgraciado... asombroso! ¡Qué coincidencia... y como a propósito!
Abóguin tomó el tirador de la puerta y, con reflexión, bajó la cabeza. Evidentemente, vacilaba y no sabía qué hacer: irse o continuar rogándole al doctor.
-¡Escuche -dijo de modo acalorado, tomando a Kirílov por la manga-, yo entiendo perfectamente su situación! Dios ve, me da vergüenza que, en estos instantes, intento captar su atención, ¿pero qué puedo hacer pues? Juzgue por sí mismo, ¿a quién voy a ir? Pues, excepto usted, aquí no hay otro médico. ¡Vamos, por Dios! Yo no le ruego por mí... ¡No yo estoy enfermo!
Sobrevino un silencio. Kirílov le dio la espalda a Abóguin, estuvo parado, y salió del vestíbulo a la sala con lentitud. A juzgar por su andar incorrecto, maquinal, por la atención con que, en la sala, enderezó la pantalla afelpada de la lámpara apagada, y se asomó al libro grueso que yacía en la mesa, en esos instantes no tenía ninguna intención ni deseo, no pensaba en nada y, probablemente, ya no recordaba que en su vestíbulo estaba parada una persona ajena. La penumbra y el silencio del salón, por lo visto, aumentaron su aturdimiento. Yendo del salón a su gabinete, levantó el pie derecho más de lo debido, buscó con las manos el quicio de la puerta y, en ese momento, en toda su figura se sentía cierta perplejidad, como si hubiera entrado a un apartamento ajeno, o hubiera bebido hasta la ebriedad por primera vez en su vida, y se entregara ahora con perplejidad a esa nueva sensación. Por una pared del gabinete, a lo largo del armario con libros, se extendía una ancha franja de luz; junto con el olor pesado, viciado de fenol y éter, la luz iba desde una puerta abierta ligeramente, que conducía del gabinete al dormitorio... El doctor se tumbó en la butaca ante la mesa, por un instante miró de modo soñoliento sus libros iluminados, después se levantó y fue al dormitorio.
Allí, en el dormitorio, reinaba una calma muerta. Todo, hasta el último detalle, hablaba con elocuencia de la tormenta recién vivida, de la fatiga, y todo reposaba. La velita que estaba en un taburete, en una estrecha multitud de frascos, cajitas y latitas, y la gran lámpara de la cómoda alumbraban vivamente toda la habitación. En la cama, junto a la misma ventana, yacía el chico con los ojos abiertos y una expresión asombrada en el rostro. No se movía, pero sus ojos abiertos, al parecer, se oscurecían más a cada instante, y se iban adentro del cráneo. Puestas las manos en su torso y oculto su rostro en los pliegues del lecho, la madre estaba de rodillas ante la cama. Semejante al chico, no se movía, ¡pero cuánto movimiento vivo se sentía en las curvas de su cuerpo y en sus manos! Se aferraba a la cama con todo su ser, con fuerza y avidez, como si temiera alterar la pose serena y cómoda que, finalmente, había hallado para su cuerpo fatigado. Las cobijas, los trapos, las jofainas, los charcos en el suelo, los pinceles y las cucharas tirados por doquier, la botella blanca con agua de cal, el aire mismo, sofocante y pesado, todo estaba muerto y parecía sumido en la calma.
El doctor se detuvo junto a su esposa, se metió las manos en los bolsillos del pantalón e, inclinando la cabeza al costado, dirigió su mirada a su hijo. Su rostro expresaba indiferencia, sólo por las gotitas que brillaban en su barba, se advertía que había llorado hacía poco.
Ese terror repelente, en que piensan cuando hablan de la muerte, se ausentaba en el dormitorio. En el pasmo general, en la pose de la madre, en la indiferencia del rostro del doctor había algo atractivo que tocaba el corazón; precisamente esa fina, apenas perceptible belleza del dolor humano, que no pronto aún aprenderán a entender y describir, y que sabe trasmitir, al parecer, sólo la música. La belleza se sentía también en el silencio lúgubre; Kirílov y su mujer callaban, no lloraban, como si, además de la pesadez de la pérdida, sintieran asimismo todo el lirismo de su situación: ¡como alguna vez, en su momento, había pasado su juventud, así ahora, junto con ese chico, se iba para siempre a la eternidad su derecho a tener hijos! El doctor tenía cuarenta y cuatro años, ya estaba canoso y lucía como un viejo; su mujer marchita y enferma tenía treinta y cinco. Andrei no sólo era el único, sino el último.
Por contrario a su mujer, el doctor pertenecía a ese número de naturas, que durante el dolor espiritual sienten necesidad de movimiento. Tras pararse junto a su mujer unos cinco minutos él, levantando altamente el pie derecho, pasó del dormitorio a una habitación pequeña, ocupada a la mitad por un diván grande, ancho, de ahí pasó a la cocina. Tras divagar junto a la estufa y el lecho de la cocinera, se inclinó y, por una puerta pequeña, salió al vestíbulo.
Allí vio la bufanda blanca y el rostro pálido de nuevo.
-¡Por fin pues! -suspiró Abóguin, tomando el tirador de la puerta. -¡Vamos, por favor!
El doctor se estremeció, le echó una mirada y recordó...
-¡Escuche, yo pues le dije ya, que no puedo ir! –dijo, reviviendo-. ¡Qué extraño!
-Doctor, yo no soy de piedra, entiendo perfectamente su situación... ¡lo compadezco! -dijo Abóguin con voz suplicante, poniendo la mano en su bufanda-. Pero es que yo no ruego por mí... ¡Mi mujer se muere! ¡Si hubiera oído ese grito, visto su cara, pues entendería mi insistencia! ¡Dios mío, y yo ya pensaba que había ido a vestirse! ¡Doctor, el tiempo cuesta! ¡Vamos, se lo ruego!
-¡Yo no puedo ir! -dijo Kirílov con una pausa y caminó hacia el salón.
Abóguin fue tras él y lo agarró por la manga.
-¡Usted tiene una pena, yo lo entiendo, pero es que yo no lo invito a sacar una muela, a ver a los expertos, sino a salvar una vida humana! -continuó implorando, como un mendigo-. ¡Esa vida está por encima de cualquier pena personal! ¡Bueno, yo le pido valor, una hazaña! ¡En nombre del amor a las personas!
-El amor a las personas es un palo de dos puntas, -dijo Kirílov irritado-. En nombre de ese amor a las personas, yo le ruego no sacarme de aquí. ¡Y qué extraño, por Dios! ¡Yo apenas me tengo en pie, y usted me asusta con el amor a las personas! Yo no sirvo ahora para ningún lugar… no voy a ir por nada, y además, ¿con quién voy a dejar a mi mujer? No, no...
Kirílov agitó las manos como pinceles y reculó.
-¡Y... y no me ruegue! -continuó asustado-. Discúlpeme... Por el tomo trece de las leyes, yo estoy obligado a ir, y usted tiene derecho a llevarme por el cuello... Dígnese, lléveme, pero... yo no sirvo... Incluso no estoy en condición de hablar... Disculpe...
-¡En vano habla conmigo en ese tono, doctor! -dijo Abóguin tomando al doctor por la manga de nuevo-. ¡Vaya con Dios el tomo trece! Yo no tengo ningún derecho a forzar su voluntad. Quiere, vaya, no quiere, vaya con Dios, pero yo no acudo a su voluntad, sino a su sentimiento. ¡Una mujer joven se muere! Ahora, usted dice que su hijo se le murió, ¿quién pues, sino usted, puede entender mi terror?
La voz de Abóguin temblaba de inquietud; en ese temblor y tono había mucha más convicción que en sus palabras; Abóguin era franco, pero era notable que, cualquier frase que dijera, todas le salían ampulosas, desalmadas, importunas, floridas, y como que incluso insultaban el aire del apartamento del doctor, y a la mujer moribunda en algún lugar. Él mismo lo sentía, y por eso, temiendo no ser entendido, intentaba con todas sus fuerzas brindar a su voz suavidad y ternura, para comprar si no con las palabras, pues siquiera con la franqueza del tono. En general la frase, por muy bella y profunda que sea, influye sólo en los indiferentes, pero no siempre puede satisfacer a esos que son dichosos o desdichados, porque la expresión superior de la dicha o la desdicha, muy a menudo, es el silencio; los enamorados se entienden mejor el uno al otro cuando callan, y el discurso acalorado, apasionado, dicho ante la tumba conmueve sólo a los extraños, pero a la viuda y a los hijos del muerto les parece frío e ínfimo.
Kirílov estaba parado y callaba. Cuando Abóguin dijo unas cuantas frases más sobre la elevada vocación del médico, sobre el auto-sacrificio y demás, el doctor preguntó de modo lúgubre:
-¿Es lejos de ir?
-Algo cerca de trece-catorce vérstas. ¡Yo tengo unos caballos excelentes, doctor! Le doy mi palabra de honor, que lo llevo allá y de vuelta en una hora. ¡Sólo una hora!
Las últimas palabras influyeron más fuertemente en el doctor, que las referencias al amor a las personas o la vocación del médico. Pensó y dijo con un suspiro:
-¡Bueno, vamos!
Con rapidez, ya con un andar correcto, fue a su gabinete y, un poco después, volvió con una levita larga. Andando con menudez detrás de él y arrastrando los pies, Abóguin lo ayudó a ponerse el paletó y salió con él de la casa.
El patio estaba oscuro, pero más claro que el vestíbulo. En la oscuridad se dibujaba ya con claridad la figura alta, encorvada del doctor con su barba larga, estrecha, y su nariz aguileña. De Abóguin, además del rostro pálido, se veía ahora su cabeza grande y el pequeño gorro estudiantil, que apenas le cubría la coronilla. La bufanda albeaba sólo por delante, por detrás se ocultaba bajo los cabellos largos.
-Créame, yo sabré apreciar su nobleza -farfulló Abóguin, ayudando al doctor a subir a la calesa-. Nosotros vamos a lo vivo. ¡Tú pues, Luká, hijito, ve lo más rápido posible! ¡Por favor!
El cochero iba con rapidez. Al principio se extendió una hilera de locales deformes, que estaban a lo largo del patio del hospital; todo estaba oscuro, sólo en lo profundo del patio, desde la ventana de algo, a través de la empalizada, se abría paso una luz brillante, y tres ventanas del piso superior del pabellón del hospital parecían más pálidas que el aire. Luego la calesa entró en una densa tiniebla, allí olía a humedad de hongos y se oía el susurro de los árboles; las cornejas, despertadas por el ruido de las ruedas, se agitaban en el follaje y lanzaban gritos alarmados, lastimeros, como si supieran que al doctor se le había muerto el hijo, y que Abóguin tenía a la mujer enferma. Pero he aquí pasaron fugazmente unos árboles separados, un arbusto, brilló un estanque sombrío, en el que dormían grandes sombras negras, y la calesa rodó por una llanura regular. El grito de las cornejas se oía ya sordamente, lejos atrás, y pronto calló por completo.
Casi todo el camino Kirílov y Abóguin callaron. Sólo una vez Abóguin suspiró profundo y musitó:
-¡Un estado de tortura! Nunca quieres tanto a tus allegados, como cuando corres el riesgo de perderlos.
Y cuando la calesa cruzaba el río serenamente, Kirílov de pronto se estremeció, como si lo hubiera asustado el chapoteo del agua, y empezó a moverse.
-Escuche, libéreme, -dijo con angustia-. Yo iré a su casa después. A mí sólo me hace falta mandarle un enfermero a mi mujer. ¡Pues está sola!
Abóguin callaba. La calesa, meciéndose y golpeando las piedras, atravesó la orilla arenosa y siguió rodando. Kirílov empezó a agitarse con angustia, y echó una mirada a su alrededor. Atrás, a la escasa luz de las estrellas, se veía el camino y los sauces de las orillas, que se esfumaban en la tiniebla. A la derecha había una llanura tan regular e ilimitada como el cielo; lejos en ésta, aquí y allá, probablemente en los pantanos turbosos, brillaban unas lucecitas escasas. A la izquierda, paralela al camino, se extendía una colina erizada de arbustos menudos, y sobre la colina estaba inmóvil una media luna grande, roja, cubierta de neblina levemente y rodeada de nubecitas menudas, que parecían observarla desde todos lados y vigilarla para que no se fuera.
En toda la naturaleza se sentía algo sin esperanza, enfermizo; la tierra, como una mujer caída que está sentada sola en una habitación oscura, e intenta no pensar en el pasado, se abrumaba con los recuerdos de la primavera y el verano, y esperaba apáticamente el invierno inevitable. A donde miraras, por doquier la naturaleza parecía un hueco oscuro, ilimitadamente profundo y frío, de donde no saldrían ni Kirílov, ni Abóguin, ni la media luna roja...
Mientras más cerca del objetivo estaba la calesa, más impaciente se volvía Abóguin. Se movía, saltaba, escrutaba por sobre el hombro del cochero hacia adelante. Y cuando, finalmente, la calesa se detuvo junto a un portal, bellamente protegido por un toldo de rayas, y cuando echó una mirada a las ventanas iluminadas del segundo piso, se oía cómo temblaba su respiración.
-Si pasa algo pues... no lo voy a sobrevivir –dijo, entrando con el doctor al vestíbulo, y frotándose las manos con inquietud-. Pero no se oye ningún alboroto, entonces, por ahora aún es favorable, -agregó, prestando oídos al silencio.
En el vestíbulo no se oían voces ni pasos, y toda la casa parecía dormida, a pesar del brillante alumbrado. Ahora ya el doctor y Abóguin, que habían estado hasta ese momento en la tiniebla, podían examinarse el uno al otro. El doctor era alto, encorvado, estaba vestido con desaseo, y tenía un rostro no bonito. Algo brusco no agradable, no cariñoso y severo expresaban sus labios gruesos, como de negro, su nariz aguileña y su mirada lánguida, indiferente. Su cabeza despeinada, sus sienes hundidas, las canas prematuras de su barba larga, estrecha, a través de la cual se traslucía la barbilla, el color pálido-grisáceo de la piel y sus maneras descuidadas, torpes, todo eso, con su sequedad, daba una idea de necesidad sufrida, desgracia, de tedio de la vida y de la gente. Mirando toda su figura seca, no se creía que este hombre tuviera mujer, que pudiera llorar a un niño. Y Abóguin constituía en sí algo distinto. Era un rubio fornido, respetable, de cabeza grande y rasgos robustos pero suaves, vestido con elegancia, a la última moda. En su porte, en su levita abrochada por completo, en su melena y su rostro se sentía algo noble, leonino; andaba con la cabeza derecha y el pecho sacado adelante, hablaba con una agradable voz de barítono, y en las maneras con que se quitó la bufanda o se arregló el cabello de su cabeza, se traslucía una elegancia refinada, casi femenina. Incluso la palidez y el temor infantil con que, al desvestirse, echaba miradas a lo alto de la escalera, no alteraban su porte ni disminuían la saciedad, la salud y el aplomo que exhalaba toda su figura.
-No hay nadie, y no se oye nada, -dijo yendo por la escalera-. No hay ningún alboroto. ¡Dios quiera pues!
Condujo al doctor por el vestíbulo a un gran salón, donde había un piano de cola oscuro y colgaba una araña con una funda blanca; desde allí ambos pasaron a una sala pequeña, muy acogedora y bonita, llena de una agradable penumbra rosada.
-Bueno, siéntese aquí, doctor, -dijo Abóguin-, y yo... ahora. Yo voy a echar un vistazo, a avisar.
Kirílov se quedó solo. El lujo de la sala, la agradable penumbra y su propia presencia en una casa ajena, desconocida, que tenía un carácter de aventura, por lo visto, no lo conmovían. Estaba sentado en la butaca, y examinaba sus manos quemadas con fenol. Sólo vio de pasada una pantalla rojo vívido, un estuche de violonchelo, y al mirar de soslayo en la dirección donde sonaba el reloj, advirtió un lobo disecado, tan respetable y saciado como el mismo Abóguin.
Había silencio... En algún lugar lejos, en las habitaciones contiguas, alguien pronunció en voz alta el sonido “¡ah!”, resonó una puerta con cristal, probablemente de aparador, y todo calló de nuevo. Esperado unos cinco minutos, Kirílov dejó de observar sus manos y levantó los ojos hacia la puerta, por donde se había esfumado Abóguin.
En el umbral de esa puerta estaba parado Abóguin, pero no era el que salió. La expresión de saciedad y elegancia refinada se había esfumado en él, su rostro, manos, pose estaban contraídas en una expresión repulsiva ya de horror, ya de un dolor físico torturante. Su nariz, labios, bigote, todos sus rasgos se movían y, al parecer, intentaban arrancarse del rostro, y sus ojos como que se reían de dolor...
Abóguin caminó con amplitud y pesadez hasta el centro de la sala, se inclinó, gimió y sacudió los puños.
-¡Me engañó! -gritó, acentuando fuertemente la sílaba "ñó"-. ¡Me engañó! ¡Se fue! Se enfermó y me mandó a buscar al doctor, sólo para escaparse con ese bufón de Pápchinskii! ¡Dios mío!
Abóguin caminó con pesadez hacia el doctor, tendió hacia su rostro sus puños blancos, suaves y, sacudiéndolos, continuó gritando:
-¡Se fue! ¡Me engañó! Bueno, ¿para qué pues esta mentira? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Para qué este truco sucio, de fullero, este juego diabólico, de serpiente? ¿Qué le hice? ¡Se fue!
Le brotaron lágrimas de los ojos. Se volteó sobre un pie y caminó por la sala. Ahora, con su levita corta, su pantalón estrecho a la moda, en los que las piernas parecían delgadas para el cuerpo, con su cabeza grande y melena, parecía en extremo un león. El rostro indiferente del doctor se iluminó de curiosidad. Se levantó y observó a Abóguin.
-Permítame, ¿dónde pues está la enferma? -preguntó.
-¡La enferma! ¡La enferma! -gritó Abóguin riendo, llorando y aún sacudiendo los puños-. ¡No es la enferma, sino la maldita! ¡Una bajeza! ¡El mismo Satanás no hubiera pensado, al parecer, una vileza más ruin! ¡Me mandó para fugarse, fugarse con un bufón, con un payaso estúpido, con un alfonso! ¡Oh Dios, mejor que se hubiera muerto! ¡No lo voy a soportar! ¡No lo voy a soportar!
El médico se enderezó. Sus ojos parpadearon, se llenaron de lágrimas, su barba estrecha se movió a derecha e izquierda con su mandíbula.
-Permítame, ¿cómo es esto pues? -preguntó mirando a su alrededor con curiosidad-. A mí se me murió el niño, mi mujer está triste, sola en toda la casa... yo mismo apenas me tengo en pie, hace tres noches que no duermo... ¿y qué pues? Me obligan a actuar en una suerte de comedia trivial, ¡a hacer el papel de una cosa de gutapercha! ¡No... no entiendo!
Abóguin abrió un puño, arrojó al suelo una esquela arrugada y la pisoteó como un insecto que se quiere aplastar.
-¡Y yo no veía... no entendía! -decía a través de sus dientes apretados, sacudiendo un puño cerca de su rostro, y con tal expresión, como si le hubieran pisado un callo-. ¡Yo no notaba que él venía todos los días, no noté que vino hoy en una carroza! ¿Para qué en una carroza? ¡Y no lo vi! ¡Pazguato!
-¡No... no entiendo! -farfullaba el doctor-. ¡Pues esto qué cosa es! ¡Pues esto es una mofa a la persona, una burla al sufrimiento humano! ¡Esto es algo imposible... por primera vez en mi vida lo veo!
Con el asombro estúpido de la persona que recién empezó a entender, que fue insultada fuertemente, el doctor se encogió de hombros, abrió los brazos y, sin saber qué decir, qué hacer, se tumbó exhausto en la butaca.
-Bueno, dejó de quererme, se enamoró de otro, vaya con Dios, pero, ¿para qué pues el engaño, para qué esta jugada infame, traicionera? –decía Abóguin con voz llorosa-. ¿Para qué? ¿Y por qué? ¿Qué te hice yo? Escuche, doctor -dijo de modo acalorado, acercándose a Kirílov-. Usted ha sido un testigo involuntario de mi desgracia, y no me pondré a ocultarle la verdad. ¡Le juro que yo quería a esa mujer, la quería con devoción, como un esclavo! Lo sacrifiqué todo por ella: me peleé con los parientes, dejé el servicio y la música, le perdoné lo que no le hubiera sabido perdonar a mi madre o a mi hermana... Ni una sola vez la miré de reojo... ¡no le di ningún motivo! ¿Por qué pues esta mentira? Yo no exijo amor, ¿pero para qué este engaño vil? No me quieres, dímelo así directo, honestamente, tanto más que conoces mis ideas por ese lado...
Con lágrimas en los ojos, con todo el cuerpo temblando, Abóguin le abrió al doctor toda su alma con franqueza. Hablaba de modo acalorado, apretando ambas manos contra su corazón, le reveló todos sus secretos de familia sin el menor titubeo, y como que incluso se alegraba de que, finalmente, esos secretos habían salido por su pecho al exterior. Si hubiera hablado de ese modo una hora, otra, hubiera vaciado su alma y, sin dudas, sentido alivio. Quién sabe si el doctor tras escucharlo, compadecerlo afablemente, acaso, como sucede a menudo, se hubiera resignado a su pena sin protestar, sin hacer estupideces innecesarias... Pero ocurrió otra cosa. Mientras Abóguin hablaba, el doctor insultado cambió notablemente. La indiferencia y el asombro de su rostro cedieron lugar, poco a poco, a una expresión de ofensa amarga, indignación y cólera. Los rasgos de su rostro se hicieron más bruscos, secos y desagradables. Cuando Abóguin le puso ante los ojos la tarjetita1 de una mujer joven, con un rostro bonito, pero seco e inexpresivo, como de monjita, y le preguntó si acaso se podía, mirando esa cara, admitir que ésta fuera capaz de expresar la mentira, el doctor saltó de pronto, volteó los ojos y dijo, recalcando rudamente cada palabra:
-¿Para qué me dice todo eso? ¡No deseo escucharlo! ¡No deseo! –gritó y golpeó la mesa con el puño-. ¡No me hacen falta sus secretos triviales, que se los lleve el diablo! ¡No se atreva a decirme esas cosas triviales! ¿O piensa, que yo aún no estoy lo suficiente insultado? ¿Qué soy un lacayo, a quien se puede insultar hasta el fin? ¿Sí?
Abóguin reculó y miró fijamente a Kirílov, admirado.
-¿Para qué me trajo aquí? -continuó el doctor, con la barba temblando. -Si usted se casa por gordo, le da rabia por gordo, hace un melodrama, pues, ¿qué tengo yo que ver ahí? ¿Qué tengo yo en común con sus romances? ¡Déjeme en paz! ¡Ejercite su nobleza de campesino rico, muéstrese con sus ideas humanistas, toque (el médico miró de soslayo el estuche del violonchelo), toque los contrabajos y los trombones, engorde como un capón, pero no se atreva a burlarse de una persona! ¡Si no la sabe respetar, pues al menos ahórrele su atención!
-Permítame, ¿qué significa todo esto? -preguntó Abóguin sonrojándose.
-¡Y significa que es bajo y ruin jugar así con las personas! Yo soy un médico, usted considera a los médicos, y en general a los que trabajan, a los que no huelen a perfume y prostitución, sus lacayos y unos mauvais ton2, bueno, y considérelos, ¡pero nadie le dio derecho a hacer de una persona que sufre una cosa de gutapercha!
-¿Cómo se atreve a decirme eso? -preguntó en voz baja Abóguin, y su rostro brincó de nuevo, y por esta vez ya claramente de cólera.
-No, ¿cómo usted, sabiendo que yo tengo una pena, se atrevió a traerme aquí, a escuchar sus cosas triviales? -gritó el doctor, y golpeó la mesa con el puño de nuevo-. ¿Quién le dio derecho a burlarse así de una pena ajena?
-¡Usted se volvió loco! -gritó Abóguin. -¡No es generoso! Yo mismo soy profundamente infeliz y... y...
-Infeliz -sonrió el doctor con desprecio. -No toque esa palabra, no le compete. Los manirrotos, que no cobran el dinero de un endoso, también se llaman a sí mismos infelices. El capón, que lo aplasta la grasa demás, también es un infeliz. ¡Gentes ínfimas!
-¡Muy señor mío, usted se olvida! -chilló Abógin-. ¡Por esas palabras… pegan! ¿Entiende?
Abóguin, apurado, buscó en su bolsillo lateral, sacó una billetera de ahí y, tomado dos billetes, los arrojó sobre la mesa.
-¡Aquí tiene por su visita! -dijo, moviendo las alas nasales-. ¡Se le ha pagado!
-¡No se atreva a ofrecerme dinero! -gritó el médico y barrió los billetes de la mesa al suelo-. ¡Los insultos no se pagan con dinero!
Abóguin y el doctor estaban parados cara a cara y, en la cólera, continuaban propinándose el uno al otro insultos no merecidos. Parecía que nunca en la vida, incluso ni en un delirio, habían dicho tantas cosas injustas, crueles y absurdas. En ambos se expresaba, fuertemente, el egoísmo de los desdichados. Los desdichados son egoístas, malignos, injustos, crueles y menos capaces que los estúpidos de entenderse los unos a los otros. La desdicha no une, sino separa a las personas, e incluso allí, donde pareciera que las personas deberían estar ligadas por lo unilateral de la pena, se cometen muchas más injusticias y crueldades, que en un medio satisfecho en comparación.
-¡Dígnese a enviarme a casa! –gritó el doctor, sofocado.
Abóguin llamó con brusquedad. Cuando nadie se presentó a su llamada, llamó otra vez y, enojado, arrojó la campanilla al suelo; ésta golpeó la alfombra sordamente y emitió un tañido lastimero, como moribundo. Se presentó un lacayo.
-¡¿Dónde se escondió, que se lo lleve el diablo?! –se abalanzó el amo sobre él, apretando los puños. -¿Dónde estabas ahora? ¡Ve, di que le den una calesa a este señor, y para mí manda a enganchar la carroza! ¡Espera! –gritó cuando el lacayo se volteaba para irse-. ¡Mañana, que no quede ni un traidor en la casa! ¡Todos fuera! ¡Empleo a nuevos! ¡Granujas!
En espera de los carruajes, Abóguin y el doctor callaban. Al primero ya le había vuelto la expresión de saciedad y la elegancia refinada. Caminaba por la sala, sacudía la cabeza con elegancia y, evidentemente, tramaba algo. Su cólera aún no se había calmado, pero intentaba hacer ver que no advertía a su enemigo... Y el doctor estaba parado, se mantenía con una mano sobre el borde de la mesa, y miraba a Abóguin con ese desprecio profundo, un tanto cínico y no bonito, con que sólo saben mirar la pena y la desgracia, cuando ven ante sí la saciedad y la elegancia.
Cuando, un poco después, el doctor se sentó en la calesa y partió, sus ojos aún continuaban mirando con desprecio. Estaba oscuro, mucho más oscuro que una hora antes. La media luna roja ya se había ido tras una colina, y las nubes que la cuidaban yacían como manchas oscuras alrededor de las estrellas. Una carroza de luces rojas golpeteó por el camino y sorteó al doctor. Eso iba Abóguin a protestar, a hacer estupideces…
Todo el camino el doctor no pensó ni en su esposa ni en Andrei, sino en Abóguin y en las personas vivientes en la casa que recién había dejado. Sus ideas eran injustas y de una crueldad inhumana. Condenaba a Abóguin, a su esposa, a Pápchinskii y a todos los que vivían en una penumbra rosada y olían a perfume, y todo el camino los odió y despreció hasta el dolor en el corazón. Y en su mente se formó una firme convicción sobre esas personas.
Pasará el tiempo, pasará el dolor de Kirílov, pero esa convicción injusta, indigna del corazón humano no pasará, y quedará en la mente del doctor hasta la misma tumba.

1Tarjetita, fotografía.
2Mauvais ton, mal tono, malas maneras, trato grosero.

Título original: Vragui, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1887, Nº 3913, con la firma: "An. Chejov".
Imagen: Philippe de Loutherbourg, Coalbrookdale en la Noche, 1801.