viernes, 31 de octubre de 2008

La nueva casa de campo

I

A tres vérstas del pueblo Obruchánovo se construía un puente enorme. Desde el pueblo, que estaba en lo alto de una orilla abrupta, se veía su armazón enrejada, y con tiempo nublado, en los días de invierno serenos, cuando su fino cabrial de hierro y todos los bosques alrededor estaban cubiertos de escarcha, constituía un cuadro pintoresco e incluso fantástico. A través del pueblo pasaba a veces, en un coche de carrera o en una calesa, el ingeniero Kúcherov, constructor del puente, un hombre robusto, de hombros anchos, barbudo, con una visera blanda, arrugada; a veces en las fiestas venían los vagabundos, que trabajaban en el puente, pedían limosnas, se reían de las mujeres y sucedía que se llevaban algo. Pero eso ocurría rara vez; comúnmente, los días pasaban serenos y calmados, como si no hubiera construcción en absoluto, y sólo por las noches, cuando cerca del puente brillaban las fogatas, el viento traía débilmente las canciones de los vagabundos. Y por el día se oía a veces un triste sonido metálico: don… don… don…
Una vez, a la casa del ingeniero Kúcherov vino su esposa. Le gustaron las orillas del río y la vista exuberante del valle verde con los pueblos, las iglesias y los rebaños, y empezó a rogarle a su marido que comprara una parcela de tierra pequeña, y construyera allí una casa de campo. El marido la escuchó. Compraron veinte desiatínas de tierra, y en la orilla alta, en un claro donde antes sólo vagaban las vacas de Obruchánovo, construyeron una bonita casa de dos pisos con terraza, balcones, una torre y un mástil, en el que los domingos ondeaba una bandera; la construyeron en algunos tres meses, y después todo el invierno plantaron árboles grandes; y cuando llegó la primavera y todo verdeció alrededor, en la nueva hacienda ya habían alamedas, un jardinero, dos jornaleros con delantales blancos que excavaban cerca de la casa, una fuente que borboteaba, y el globo de cristal brillaba tan vivamente, que dolía mirar. Y la hacienda ya tenía nombre: la nueva casa de campo.
Una diáfana, cálida mañana de fines de mayo, a Obruchánovo, a la casa del herrero lugareño Rodión Petróv, llevaron a dos caballos a reherrar. Eran de la nueva casa de campo. Los caballos eran blancos como la nieve, esbeltos, saciados y asombrosamente parecidos el uno al otro.
-¡Unos puros cisnes! -profirió Rodión, mirándolos con veneración.
Su esposa Stepánida, sus hijos y nietos salieron a la calle, para echarles una mirada. Poco a poco se reunió una multitud. Se acercaron los Lichkóv, padre e hijo, ambos imberbes de nacimiento, de rostros mofletudos y sin gorros. Se acercó también Kozóv, un viejo alto y delgado, con una barba larga, estrecha, con un bastón con gancho, siempre guiñaba sus ojos pícaros y sonreía de modo burlón, como si supiera algo.
-Sólo que son blancos, ¿pero qué hay en ellos? –dijo. –Ponle a los míos avena, y van a estar tan cebados. Al arado con ellos, y con el látigo...
El cochero le echó una mirada de desprecio, pero no dijo ni una palabra. Y después, mientras prendían el fuego en la herrería, el cochero contaba fumando cigarrillos. Los mujíks conocieron por él muchos detalles: sus señores eran ricos; la señora, Elena Ivánovna, antes de casarse, vivía en Moscú en la pobreza, como institutriz; era bondadosa, piadosa y le gustaba ayudar a los pobres. En la nueva posesión, contaba él, no iban a arar ni a sembrar, sino iban sólo a vivir a su gusto, a vivir sólo para respirar el aire puro. Cuando terminó y llevó los caballos de regreso, tras él iba una multitud de chiquillos, ladraban los perros, y Kozóv, mirándolo por detrás, guiñaba un ojo de modo burlón.
-¡Hacendados también! –decía. –Construyeron una casa, se hicieron de caballos, y ellos mismos seguro no tienen qué comer. ¡Hacendados también!
Kozóv como que odió enseguida la nueva hacienda, a los caballos blancos, al cochero saciado, bonito. Era un hombre solitario, viudo; vivía aburrido (le impedía trabajar cierta enfermedad, que llamaba ya ronchas, ya lombrices), el dinero para la comida lo recibía de su hijo, que servía en Járkov, en una confitería, y desde la mañana temprano hasta la noche vagaba ocioso por la orilla o por el pueblo, y si veía, por ejemplo, que un mujík llevaba un tronco o pescaba en el río, pues le decía: “Ese tronco está reseco, carcomido”, o: “Con este tiempo no van a picar”. En la sequía decía que no habría lluvia hasta las mismas heladas, y cuando llovía decía que ahora todo se pudriría en el campo, que todo estaba perdido. Y al hacer eso siempre guiñaba un ojo, como si supiera algo.
En la hacienda, por las noches, lanzaban luces de bengala y cohetes, y por delante de Obruchánovo pasaba un bote de vela con faroles rojos. Una vez por la mañana, la mujer del ingeniero, Elena Ivánovna, fue al pueblo con su hija pequeña en una calesa de ruedas amarillas, con una pareja de ponneys bayo-oscuro; ambas, la madre y la hija, iban con unos sombreros de pajilla de alas anchas, doblados sobre las orejas.
Fue precisamente en día de estiércol1, y el herrero Rodión, un viejo alto, enjuto, sin gorro, descalzo, con un bieldo al hombro, estaba parado junto a su telega fangosa, deforme y, pasmado, miraba a los ponneys, y se veía por su rostro que nunca había visto unos caballos tan pequeños.
-¡Vino la Kúcherina! –se oyó un murmullo alrededor.-¡Mira, vino la Kúcherina!
Elena Ivánovna echaba miradas a las isbás, como eligiendo, después detuvo los caballos junto a la isbá más pobre, en cuyas ventanas había muchas cabezas infantiles, rubias, trigueñas, pelirrojas. Stepánida, la mujer de Rodión, una vieja rolliza, salió corriendo de la isbá, el pañuelo se le resbaló de la cabeza canosa, miraba la calesa frente al sol, y su rostro sonreía y se arrugaba, como si fuera ciega.
-Esto es para tus hijos –dijo Elena Ivánovna y le tendió tres rublos.
Stepánida de pronto rompió a llorar y reverenció hasta el suelo; Rodión también se derrumbó, mostrando su ancha calva morena, y al hacer eso casi enganchó con el bieldo a su mujer por el costado. Elena Ivánovna se confundió y fue de regreso.

II

Los Lichkóv, padre e hijo, agarraron en su prado dos caballos de carga, un ponney y un novillo algaúskii morrudo y, con el pelirrojo Volódka y el hijo del herrero Rodión, los llevaron al galope al pueblo. Llamaron al alcalde, reunieron a los testigos y fueron a ver la holladura.
-¡Bien, deja! –decía Kozóv guiñando un ojo. -¡Deja! Deja que den vueltas un poco ahora, los ingenieros pues. ¿No hay tribunal, piensas? ¡Bien! ¡A llamar al policía, a levantar el acta!..
-¡A levantar el acta! –repitió Volódka.
-¡Yo no deseo dejar esto así! –gritaba Lichkóv hijo, gritaba más y más alto, y por eso parecía que su rostro imberbe se hacía más mofletudo. -¡Qué moda tomaron! ¡Dales libertad, y te hollan todos los prados! ¡No tiene derecho pleno a ofender al pueblo! ¡Ahora no hay siervos!
-¡Ahora no hay siervos! –repitió Volódka.
-Vivíamos sin puente –profirió Lichkóv padre sombrío, -no lo pedimos, ¿para qué queremos el puente? ¡No lo deseamos!
-¡Hermanos, ortodoxos! ¡Esto no se puede dejar así!
-¡Bien, deja! –guiñaba el ojo Kozóv. -¡Deja que den vueltas ahora! ¡Hacendados también!
Voltearon atrás, al pueblo, y mientras andaban, Lichkóv hijo se pegaba en el pecho con el puño y gritaba, y Volódka también gritaba, repitiendo sus palabras. Y en el pueblo, entre tanto, alrededor del novillo de raza y los caballos se había reunido toda una multitud. El novillo estaba confundido y miraba de soslayo, pero de pronto bajó el morro a tierra y echó a correr, coceando con las patas traseras; Kozóv se asustó y le agitó un palo, y todos soltaron una carcajada. Después encerraron al ganado y se pusieron a esperar.
Por la noche, el ingeniero envió cinco rublos por la holladura; y ambos caballos, el ponney y el novillo, no alimentados ni abrevados, regresaron a la casa con las cabezas bajas, como culpables, como si los llevaran al sacrificio.
Recibido los cinco rublos, los Lichkóv, padre e hijo, el alcalde y Volódka cruzaron el río en un bote y se dirigieron al otro lado, a la aldea Kriákovo, donde había una taberna, y pasearon por allá largo tiempo. Se oía cómo cantaban y cómo gritaba el Lichkóv joven. En el pueblo las mujeres no durmieron en toda la noche y se inquietaron. Rodión tampoco durmió.
-No es buen asunto, -decía volteándose de un costado al otro y suspirando. –Se va a enojar el señor, litigia después… Ofendimos al señor… oh, lo ofendimos, no está bien…
Una vez los mujíks, y Rodión incluido, fueron a su bosque a dividir la siega, y cuando regresaban a casa, se encontraron con el ingeniero. Éste llevaba una camisa roja de algodón y botas altas, lo seguía un perro de muestra, con su larga lengua afuera.
-¡Saludos, hermanos! -dijo.
Los mujíks se detuvieron y se quitaron los gorros.
-Hace tiempo ya que quiero hablar con ustedes, hermanos –continuó. –El asunto es este. Desde la más temprana primavera, cada día, vuestro rebaño anda por mi bosque y mi jardín. Todo hollado, los cerdos excavan el prado, estropean la huerta, y en el bosque se perdió todo el brote. No hay acuerdo con vuestros pastores, les ruegas, y ellos te insultan. Cada día tengo una holladura, y yo nada, no los multo, no me quejo, entre tanto ustedes reventaron a mis caballos y al novillo, me cobraron cinco rublos. ¿Acaso está bien? ¿Acaso es de vecinos? –continuó, y su voz era suave, convincente, y su mirada no era severa. -¿Acaso los hombres honrados proceden así? Hace una semana, alguien de los vuestros me taló dos robles en el bosque. Recavaron el camino a Yerésnievo, y ahora yo tengo que hacer tres vérstas de rodeo. ¿Por qué pues me hacen daño a cada paso? ¿Qué les hice de malo, díganme por Dios? Yo y mi mujer, con todas las fuerzas, tratamos de vivir con ustedes en paz y acuerdo, ayudamos a los campesinos como podemos. Mi esposa es una mujer bondadosa, de corazón, no les niega ayuda, su sueño es serle útil a ustedes y a sus hijos. Ustedes pues nos pagan mal por bien. Ustedes no son justos, hermanos. Piensen en eso. Les ruego encarecidamente, piénsenlo. Nosotros los tratamos como personas, páguennos también con la misma moneda.
Se volteó y se fue. Los mujíks estuvieron parados un rato, se pusieron los gorros y siguieron. Rodión, que entendía lo que le decían no así, como era necesario, y siempre como que a su modo, suspiró y dijo:
-Hay que pagar. Páguenme hermanos, dice, con moneda…
Fueron hasta el pueblo callados. Al llegar a la casa, Rodión rezó, se descalzó y se sentó en el banco junto a su mujer. Él y Stepánida, cuando estaban en casa, siempre se sentaban juntos; por la calle siempre iban juntos, comían, bebían y dormían siempre juntos, y mientras más viejos se hacían, más se querían el uno al otro. En su isbá era estrecho, caluroso, y en todas partes había niños: en el suelo, en las ventanas, en la estufa… Stepánida, a pesar de sus años maduros, aún paría, y ahora, viendo el montón de niños, era difícil aclarar dónde estaban los de Rodión y dónde los de Volódka. La mujer de Volódka, Lukéria, una joven no bonita, de ojos saltones y nariz de pájaro, ablandaba la masa en la tina; el mismo Volódka estaba sentado en la estufa, con las piernas colgando.
-Por el camino, cerca del alforfón de Nikítova, este… el ingeniero con el perrito… -empezó Rodión tras descansar, rascándose el costado y los codos. –Hay que pagar, dice… Con moneda, dice… Moneda o no moneda, habría ya que, a gríviennik por casa. Si no vamos a ofender mucho al señor. Me da lástima…
-Vivíamos sin puente, -dijo Volódka sin mirar a nadie, -y no lo deseamos.
-¡Qué hay ahí! Un puente público.
-No lo deseamos.
-A ti no te van a preguntar. ¡Qué te pasa!
-“No te van a preguntar” –remedó Volódka. –Nosotros no tenemos a donde ir, ¿para qué queremos el puente? Hace falta, cruzamos en bote.
Alguien desde el patio golpeó la ventana tan fuerte, que toda la isbá pareció temblar.
-¿Volódka está en casa? -se oyó la voz de Lichkóv hijo. -¡Volódka sal, vamos!
Volódka saltó de la estufa y se puso a buscar su visera.
-¡No vayas, Volódia, -profirió Rodión indeciso. -No vayas con ellos, hijito. Tú eres tontito, como un niño chiquito, y ellos el bien, no te lo van a enseñar. ¡No vayas!
-¡No vayas, hijito! –rogó Stepánida y parpadeó, dispuesta a llorar. –Seguro te llevan a la taberna.
-“A la taberna”… -remedó Volódka.
-¡De nuevo vas a regresar borracho, monstruo de perra! -dijo Lukéria, mirándolo con rabia. –¡Ve, ve, y que ardas de vodka, satanás sin rabo!
-¡Bueno, tú cállate! –gritó Volódka.
-Me casaron con un imbécil, me perdieron, huérfana infeliz, pelirrojo borracho… -vociferó Lukéria, secando su rostro con una mano, que estaba llena de masa. -¡Si mis ojos no te vieran!
Volódka le pegó por la oreja y salió.

III

Elena Ivánovna y su hija pequeña fueron al pueblo a pie. Paseaban. Precisamente era domingo, y las mujeres y las muchachas salían a la calle con sus vestidos de colores. Rodión y Stepánida, sentados juntitos en el portal, se inclinaban y sonreían a Elena Ivánovna y a su niña, ya como a unas conocidas. Y desde las ventanas los miraban más de una decena de niños, sus rostros expresaban perplejidad y curiosidad, se oía un murmullo.
-¡La Kúcherija vino! ¡La Kúcherija!
-Saludos, -dijo Elena Ivánovna y se detuvo, calló un poco y preguntó: -Bueno, ¿cómo viven?
-Vivimos no mal, gracias a Dios, -respondió Rodión de modo enredado. -Es sabido, vivimos.
-¡Qué vida es la nuestra! –sonrió Stepánida con malicia. –¡Usted misma ve, señora, hijita, la pobreza! Toda la familia son catorce almas, y buscadores sólo hay dos. Sólo el título, los herreros, pero traen el caballo a herrar, y no hay carbón, no hay con qué comprarlo. Nos cansamos, señora -continuó y se echó a reír, -¡y ellos, cómo se cansaron!
Elena Ivánovna se sentó en el portal y, abrazando a su niña, se quedó pensando en algo; y a la niña también, a juzgar por su rostro, le andaban por la cabeza ciertas ideas no alegres; con reflexión, jugaba con una elegante sombrilla de encajes, que le había tomado de la mano a su madre.
-¡La pobreza! -dijo Rodión-. Muchas preocupaciones, trabajamos, no se le ve fin al final. Dios no da lluvia pues... Vivimos no bien, qué decir…
-En esta vida les es penoso, -dijo Elena Ivánovna, -pero en cambio, en el otro mundo van a ser felices.
Rodión no la entendió, y en respuesta sólo tosió en el puño. Y Stepánida dijo:
-Señora, hijita, al rico, en el otro mundo, le va bien también. El rico pone velas, hace rogativas, el rico le da a los mendigos, ¿y el mujík qué? No hay tiempo para persignarse la frente, uno mismo es un mendigo y un re-mendigo, dónde ya salvarse ahí. Y los pecados son muchos por la pobreza, y todo por la pena; ladramos como los perros, no decimos una palabra buena, y qué no pasa, señora, hijita, ¡no quiera Dios! Debe ser, no hay felicidad para nosotros ni en el otro, ni en este mundo. Toda la felicidad le tocó a los ricos.
Hablaba contenta, evidentemente, estaba habituada ya hacía tiempo a hablar de su vida penosa. Y Rodión sonreía también, le agradaba que su vieja era tan inteligente, locuaz.
-Eso sólo parece así, que a los ricos le es fácil -dijo Elena Ivánovna-. Cada persona tiene su pena. Mire nosotros, yo y mi marido, no vivimos en la pobreza, tenemos recursos, ¿pero acaso somos felices? Yo aún soy joven, pero ya tengo cuatro hijos; mis hijos siempre están enfermos, yo estoy enferma también, me trato de modo constante.
-¿Y cuál enfermedad tienes tú? -preguntó Rodión.
-Una femenina. No tengo sueño, los dolores de cabeza no me dejan tranquila. Yo pues estoy sentada, hablo, y la cabeza no la tengo bien, debilidad en todo el cuerpo; y yo estoy de acuerdo, es mejor el trabajo más pesado, que este estado. Y mi alma tampoco está tranquila. Siempre temes por tus hijos, por tu marido. Cada familia tiene alguna pena, la suya, nosotros la tenemos también. Yo no soy noble. Mi abuelo era un simple campesino, mi padre comerciaba en Moscú, y era un hombre simple también. Y mi marido tiene unos padres ilustres y ricos. Ellos no querían que se casara conmigo, pero él no los escuchó, se peleó con ellos, y hasta ahora no nos perdonan pues. Eso le molesta a mi marido, lo inquieta, lo mantiene en una alarma constante; él quiere a su madre, la quiere mucho. Bueno, y yo me molesto también. Me duele el alma.
Junto a la isbá de Rodión ya estaban parados los mujíks y las mujeres, y escuchaban. Se acercó Kozóv también y se detuvo, sacudiendo su barbita larga, estrecha. Se acercaron los Lichkóv, padre e hijo.
-Y así decir, no se puede ser feliz y estar satisfecho, si no te sientes en tu lugar, -continuaba Elena Ivánovna. –Cada uno de ustedes tiene su parcela, cada uno de ustedes trabaja, y sabe para qué trabaja; mi marido construye puentes, en una palabra, cada uno tiene su lugar. ¿Y yo? Yo sólo ando. No tengo una parcela mía, no trabajo, y me siento como ajena. Yo digo todo esto, para que no juzguen por el aspecto exterior; si la persona está bien vestida y tiene recursos, pues eso no significa que esté satisfecha con su vida.
Se paró para irse y tomó de la mano a su hija.
-A mí me gusta mucho aquí, -dijo y sonrió, y por esa sonrisa débil, no valiente se podía juzgar que, en efecto, no estaba saludable, aunque era muy joven y buena moza; tenía un rostro pálido, enjuto, de cejas oscuras y cabellos rubios. Y la niña era así como la madre, enjuta, rubia y fina. Olían a perfume.
-Y me gusta el río, el bosque, el pueblo… -continuaba Elena Ivánovna. –Yo podría vivir aquí toda la vida, y me parece que aquí me curaría y hallaría mi lugar. Yo quisiera, mucho quisiera ayudarlos a ustedes, serles útil, cercana. Yo sé de vuestra necesidad, y lo que no sé lo siento, lo adivino con el corazón. Estoy enferma, débil, y a mí, acaso, ya no me es posible cambiar mi vida, como quisiera. Pero yo tengo hijos, voy a intentar educarlos así, que se acostumbren a ustedes, que los quieran. Les voy a inculcar de modo constante, que sus vidas no les pertenecen a ellos mismos, sino a ustedes. Sólo les ruego encarecidamente, les suplico, confíen en nosotros, vivan con nosotros de modo amistoso. Mi marido es un hombre bondadoso, bueno. No lo inquieten, no lo irriten. Él es sensible a cualquier pequeñez, y ayer, por ejemplo, vuestro rebaño estuvo en nuestra huerta, y alguno de los vuestros nos rompió el seto de la colmena, y ese modo de tratarnos lleva a mi marido a la desesperación. Les ruego, -continuaba con una voz suplicante y se ponía la mano en el pecho, -les ruego, trátennos como buenos vecinos, ¡vamos a vivir en paz! Está dicho pues, un mundo malo es mejor que una buena pelea, y no compres una hacienda, sino compra un vecino2. Les repito, mi marido es un hombre bondadoso, bueno; si todo es favorable pues nosotros, se los prometo, haremos todo lo que esté en nuestras manos; vamos a arreglar los caminos, les vamos a construir una escuela para sus hijos. Se los prometo.
-Eso, por supuesto, se lo agradecemos humildemente, señora, -dijo Lichkóv padre mirando la tierra, -ustedes son instruidos, saben mejor. Sólo mire qué, en Yerésniev, Vorónov, un mujík rico, entonces, prometió construir una escuela, decía también: yo les voy, y yo les voy, y puso sólo la armazón y renunció, y después obligaron a los mujíks a poner el tejado y a terminar, mil rublos se fueron. Para Vorónov pues, no es nada, él sólo se acaricia la barba, pero para los mujíks, como que ofende.
-Pues había un cuervo, y ahora llegó un grajo, -dijo Kozóv y guiñó un ojo.
Se oyó la risa.
-¡No nos hace falta la escuela! –profirió Volódka sombrío. -Nuestros niños van a Petróvskoe, y deja. No deseamos.
Elena Ivánovna como que se intimidó de pronto. Palideció, se apocó, se encogió toda, como si la hubieran tocado con algo grosero, y se fue sin decir una palabra más. E iba con más y más rapidez, sin voltear el rostro.
-¡Señora! –la llamó Rodión yendo tras ella. –Señora, espera pues, que te voy a decir.
Él la seguía, sin gorro, y hablaba suavemente, como si pidiera una limosna.
-¡Señora! Espera, que te voy a decir.
Salieron del pueblo, y Elena Ivánovna se detuvo a la sombra de un viejo serbal, junto a la telega de alguien.
-No te ofendas, señora -dijo Rodión-. ¡Qué hay ahí! Tú aguanta. Aguanta unos dos años. Vives un poco aquí, aguantas, y todo se arregla. La gente nuestra es buena, tranquila… la gente no está mal, te lo digo como ante el verdadero. A Kozóv y a los Lichkóv no los mires, y a Volódka no lo mires, él es mi tontito: al que lo dijo primero, a ése escucha. La demás gente es tranquila, callada… Al otro, sabes, le gustaría decir una palabra a conciencia, interceder entonces, pero no puede. Y tiene alma, y tiene conciencia, pero no hay lengua en él. No te ofendas… aguanta… ¡Qué hay ahí!
Elena Ivánovna miraba el ancho río sereno, pensaba en algo, y las lágrimas corrían por sus mejillas. Y a Rodión lo turbaban esas lágrimas, él mismo casi lloraba.
-Tú nada… -farfullaba. -Aguanta unos dos años. Y la escuela se puede, y el camino se puede, pero sólo no de una vez… Quieres, te digo por ejemplo; para sembrar pan en este monte, así primero descepa, saca las piedras, y después ara, anda y anda… Con la gente, entonces, es así… anda y anda, hasta que te impongas.
Desde la isbá de Rodión se separó una multitud que fue por la calle, en dirección al serbal. Empezaron a cantar una canción, tocaron un acordeón. Y se acercaban más y más…
-¡Mamá, vámonos de aquí! -dijo la niña pálida, apretándose a su madre y con todo el cuerpo temblando. -¡Vámonos, mamá!
-¿A dónde?
-A Moscú… ¡Vámonos, mamá!
La niña rompió a llorar. Rodión se perturbó por completo, le sudó mucho el rostro. Sacó del bolsillo un pepino pequeño, torcido como una media luna, lleno de migajas de centeno, y empezó a metérselo en la mano a la niña.
-Bueno, bueno… -farfulló, frunciendo el ceño con severidad. –Toma pues el pepinito, come... Llorar no conviene, mámienka te pega… se queja a tu padre en la casa… Bueno, bueno…
Siguieron su camino, y él iba detrás de ellas, deseando decirles algo cariñoso y convincente. Y al ver que ambas estaban ocupadas con sus ideas y su pena, y no reparaban en él, se detuvo y, tapándose los ojos del sol, las miró por detrás largo tiempo, hasta que se perdieron en su bosque.

IV

El ingeniero, por lo visto, se volvió irritable, mezquino, y veía ya en cualquier pequeñez un robo o un ataque. Sus portones estaban con cerrojo incluso de día, y de noche, por su jardín andaban dos guardas que tocaban una plancha, y ya no tomaban a nadie de Obruchánovo para el jornal. Como a propósito, alguien (de los mujíks o los vagabundos, no se sabe) le quitó a la telega las ruedas nuevas, y las cambió por unas viejas; luego, un poco después, se llevaron dos bridones y unas tenazas, e incluso surgió un rumor en el pueblo. Empezaron a decir, que se debería hacer un registro en casa de los Lichkóv y en casa de Volódka, y entonces hallaron las tenazas y los bridones en el jardín del ingeniero, junto a la valla: alguien los había tirado.
Una vez iban en grupo desde el bosque, y de nuevo se encontraron con el ingeniero por el camino. Él se detuvo y, sin saludar, mirando enojado ya a uno, ya al otro, empezó:
-Yo les rogué no recoger hongos en mi parque y cerca del patio, dejárselos a mi mujer y a mis niños, pero vuestras muchachas vienen apenas aclara, y después no queda ni un hongo. Rogarles a ustedes o no rogarles, es lo mismo. Los ruegos, los halagos y el convencer, como veo, todos son inútiles.
Detuvo su mirada indignada en Rodión, y continuó:
-Yo y mi mujer los tratamos como personas, como iguales, ¿y ustedes? ¡Eh, pero qué decir! Va a terminar, probablemente, en que los vamos a despreciar. ¡No queda más nada!
Y, haciendo un esfuerzo consigo, conteniendo su cólera, para no decir algo demás, se volteó y siguió su camino.
Al llegar a su casa, Rodión rezó, se descalzó y se sentó en el banco, junto a su mujer.
-Sí... -empezó tras descansar.-Íbamos ahora, y el señor Kúcherov al encuentro… Sí… A las niñas, apenas aclaró, las vio… Por qué, dice, no le llevan hongos… a mi mujer y a los niños. Y después me mira y dice: yo con mi mujer te voy a despreciar. Yo quería hacerle una reverencia hasta los pies, pero me intimidé… Dios le de salud... Mándales, Señor…
Stepánida se persignó y suspiró.
-Unos señores bondadosos, simplones… -continuó Rodión. –“Te voy a despreciar…”, delante de todos lo prometió. En mis años ancianos… y eso no sería nada… Yo le rezaría a Dios eternamente por ellos… Mándale, zarina celestial…
En Exaltación3, el 14 de septiembre, fue la fiesta del templo. Los Lichkóv, padre e hijo, aún desde por la mañana se fueron al otro lado, y volvieron para el almuerzo borrachos; anduvieron largo tiempo por el pueblo, ya cantaban, ya maldecían con malas palabras, después se pelearon y fueron a la hacienda a quejarse. Primero entró al patio Lichkóv padre con un largo palo de álamo en la mano, se detuvo indeciso y se quitó el gorro. Precisamente, en ese momento el ingeniero estaba sentado en la terraza con su familia y tomaba té.
-¿Qué quieres? -gritó el ingeniero.
-Su excelencia, señor… -empezó Lichkóv y rompió a llorar. -Haga una gracia divina, interceda… Mi hijo no me deja vivir… Me arruinó mi hijo, me pelea… su excelencia...
Entró Lichkóv hijo, sin gorro, con un palo también; se detuvo y fijó una mirada borracha, sin sentido en la terraza.
-No es asunto mío aclarar lo de ustedes, -dijo el ingeniero-. Anda a ver al del zémstvo o al alcalde.
-Yo estuve en todas partes… presenté la petición… -profirió Lichkóv padre y sollozó-. ¿A dónde puedo ir hora? ¿Entonces, él me puede matar ahora? ¿Él, entonces, puede todo? ¿Al padre pues? ¿Al padre?
Levantó el palo y le pegó a su hijo en la cabeza; éste levantó su palo y le pegó a su padre directo en la calva así, que el palo incluso rebotó. Lichkóv padre ni siquiera se tambaleó, y le pegó a su hijo de nuevo, y de nuevo en la cabeza. Así estaban parados y se golpeaban el uno al otro en la cabeza, y parecía no una pelea, sino más bien una suerte de juego. Y tras los portones se agolpaban los mujíks y las mujeres, y miraban callados al patio, y todos tenían unos rostros serios. Los mujíks habían venido para felicitar por la fiesta pero, al ver a los Lichkóv, se avergonzaron y no entraron al patio.
Al otro día por la mañana Elena Ivánovna se fue con los niños a Moscú. Y corrió el rumor de que el ingeniero vendía su hacienda…

V

Al puente hace tiempo se habituaron, y ya es difícil imaginar el río sin el puente en ese lugar. Los montones de basura que quedaban de la construcción, ya hace tiempo se cubrieron de hierba, de los vagabundos se olvidaron, y en lugar de la Dubínushka4 se oye ahora, casi a cada hora, el ruido del tren que pasa.
La nueva casa de campo hace tiempo que fue vendida; ahora pertenece a cierto funcionario, que en las fiestas viene desde la ciudad con la familia, toma té en la terraza y después regresa a la ciudad. En la visera tiene una cucarda, habla y tose como un funcionario muy importante, aunque figura sólo con rango de secretario colegiado, y cuando los mujíks lo reverencian, no responde.
En Obruchánovo todos envejecieron; Kozóv ya murió, en la isbá de Rodión hay aún más niños, a Volódka le creció una larga barba rojiza. Viven, como antes, en la pobreza.
En la temprana primavera los obruchános aserran leña cerca de la estación. He aquí van a casa después del trabajo, van sin prisa, uno tras otro, las anchas sierras se comban sobre sus hombros, el sol destella en éstas. En los arbustos de la orilla cantan los ruiseñores, en el cielo gorjean las alondras. En la nueva casa de campo hay silencio, no hay ni un alma, y sólo las palomas doradas, doradas por que las ilumina el sol, vuelan sobre la casa. Todos, Rodión, ambos Lichkóv y Volódka recuerdan los caballos blancos, los ponneys pequeños, los fuegos artificiales, el bote con faroles, recuerdan cómo la esposa del ingeniero, bonita, elegante, venía al pueblo y hablaba con cariño. Y es como si todo eso no hubiera sido. Todo es como un sueño o un cuento.
Van unos junto a otros, fatigados, y piensan…
En su pueblo, piensan, la gente es buena, tranquila, juiciosa, le teme a Dios, y Elena Ivánovna también era tranquila, bondadosa, dócil, daba tanta lástima verla, pero, ¿por qué pues no se avinieron y se separaron como enemigos? ¿Qué clase de niebla fue la que cubrió a sus ojos lo más importante, de modo que se vieran sólo las holladuras, los bridones y las tenazas, y todas esas pequeñeces que ahora, en el recuerdo, parecían tal absurdo? ¿Por qué con el nuevo dueño vivían en paz, y con el ingeniero no se llevaron?
Y, no sabiendo qué responder a sus preguntas, todos callan, y sólo Volódka farfulla algo.
-¿Qué dices? –le pregunta Rodión.
-Vivíamos sin puente…-dice Volódka sombrío. –Vivíamos sin puente y no lo pedimos… y no nos hace falta.
Nadie le responde, y siguen andando callados, con las cabezas bajas.

1Día en que se sacaba el estiércol del patio de la casa y se llevava al campo, como abono.
2“Un mundo malo es mejor que una buena maldición” y “No compres una hacienda, compra un vecino” (Los refranes y parábolas populares rusos, de I. Snieguirióv, M., 1848, pags. 442 y 275).
3Exaltación de la Cruz (14 (27) de septiembre), festividad dedicada a los sucesos del siglo IV, cuando santa Elena encuentra en Jerusalén la Cruz del Señor.
4Dubínushka, canción popular en Rusia en la década de 1870, con letra de V.I. Bogdánov.

Título original: Novaya dacha, publicado por primera vez en el periódico Russkie viedomosti, 1899, Nº 3, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: Carl Olof Larsson, El puente, 1895.