domingo, 6 de abril de 2008

El hombre en el estuche


En el mismo límite de la aldea Mironosítzki, en el cobertizo del alcalde Prokófii, se instalaron para pernoctar unos cazadores rezagados. Eran sólo dos: el médico-veterinario Iván Ivánich y el maestro de gimnasio Búrkin. Iván Ivánich tenía un apellido bastante extraño, doble, Chimshá-Guimaláiskii, que no le iba en absoluto, y en todo el gobierno lo llamaban, simplemente, por su nombre y patronímico; vivía cerca de la ciudad, en una granja de caballos, y había venido ahora de caza, a respirar un poco de aire puro. Y el maestro de gimnasio Búrkin visitaba cada verano al conde P., y en esa comarca ya hacía tiempo que era hombre de los suyos.
No dormían. Iván Ivánich, un viejo alto, delgado, de bigotes largos, estaba sentado afuera en la entrada y fumaba en pipa, lo iluminaba la luna. Búrkin estaba acostado en el heno adentro, y no se le veía en la tiniebla.
Contaban historias diversas. Entre tanto, hablaban de que la mujer del alcalde, Mávra, una mujer saludable y no estúpida, no había estado en toda su vida fuera de su aldea natal, nunca había visto una ciudad, ni una vía férrea, y los últimos diez años había estado sentada junto a la estufa, y sólo salía a la calle por la noche.
-¡Que hay pues de asombroso ahí! –dijo Búrkin. –Las personas solitarias por naturaleza, que procuran irse a su cascarón, como el cangrejo-ermitaño o la babosa, no son pocas en este mundo. Puede ser, ahí hay un fenómeno de atavismo, de regreso a los tiempos, en que el ancestro del hombre no era aún un animal social, y vivía solitario en su guarida, y puede ser es, simplemente, una de las variedades del carácter humano, ¿quién sabe? Yo no soy un naturalista, y no es asunto mío tratar semejantes cuestiones; yo sólo quiero decir, que esas personas como Mávra no son un fenómeno único. Y pues, no hay que buscar lejos, hace dos meses murió en nuestra ciudad un tal Biélikov, maestro de lengua griega, mi colega. Usted habrá oído de él, por supuesto. Era notable por que siempre, hasta con muy buen tiempo, salía en chanclos y con sombrilla, y seguro con un paletó cálido, de guata. Y su sombrilla tenía una funda, y el reloj una funda de gamuza gris, y cuando sacaba el cortaplumas para afilar el lápiz, pues el cortaplumas tenía una fundita; y la cara parecía que tenía una funda también, ya que la ocultaba todo el tiempo con el cuello alzado. Usaba lentes negros, una chaqueta acolchada, los oídos se los tapaba con guata, y cuando se sentaba en el coche, pues mandaba a levantar. En una palabra, en ese hombre se observaba la intención constante e indefinida de rodearse de una membrana, de crearse, así decir, un estuche que lo apartara, que lo defendiera de los fenómenos exteriores. La realidad lo irritaba, lo asustaba, lo mantenía en una alarma constante, y puede ser que, para justificar esa timidez suya, su repulsión al presente, siempre elogiaba el pasado y lo que nunca había sido; y las lenguas antiguas que enseñaba eran para él, en esencia, esos mismos chanclos y la sombrilla, con los que se escondía de la realidad de la vida. 
-¡Oh, qué sonora, qué hermosa es la lengua griega! –decía con una expresión dulce; y como para demostrar sus palabras entornaba los ojos y, levantando el dedo, pronunciaba: ¡Antropos! 
Y su pensamiento Biélikov intentaba encerrarlo también en un estuche. Para él estaban claro sólo las circulares y los artículos de periódico que prohibían algo. Cuando las circulares prohibían a los alumnos salir a la calle después de las nueve de la noche, o algún artículo prohibía el amor carnal, eso estaba para él claro, definido; estaba prohibido y basta. La autorización y la permisión ocultaban siempre para él un elemento dudoso, algo no dicho y turbio. Cuando autorizaban en la ciudad un círculo dramático, o una sala de lectura, o un salón de té, él meneaba la cabeza y decía en voz baja: 
-Eso, por supuesto, así pues así, está todo excelente, pero que no salga algo. 
Todo género de violación, desviación, digresión de las reglas lo llevaban a la tristeza, aunque al parecer, ¿qué asunto suyo era? Si alguno de los colegas llegaba tarde al tedeum, o llegaban rumores de alguna travesura de los alumnos del gimnasio, o veían a una dama de clase de noche tarde con un oficial, se inquietaba mucho y decía siempre: que no salga algo. Y en los consejos pedagógicos, simplemente, nos oprimía con su cautela, aprensión, y con sus puras razones de estuche, sobre que en algún gimnasio masculino o femenino la juventud se portaba mal, alborotaba mucho en las clases, -ah, que no llegue a la jefatura, ah, que no salga algo- y que si expulsar del segundo grado a Petróv, y del cuarto a Yegórov, pues sería muy bueno. ¿Y qué pues? Con sus suspiros, lamentos, con sus lentes oscuros en el rostro pálido, pequeño, -sabe, una cara pequeña, como de hurón,-nos aplastaba a todos, y nosotros cedíamos, le bajábamos a Petróv y a Yegórov un punto por conducta, los poníamos bajo arresto y, al final de todo, expulsábamos a Petróv y a Yegórov. Tenía una extraña costumbre: ir a nuestros apartamentos. Llegaba a la casa del maestro, se sentaba y callaba, como si examinara algo. Estaba sentado así, callado, otra hora, y se iba. Eso él lo llamaba “mantener buenas relaciones con los colegas”, y, evidentemente, ir a nuestras casas y estar sentado era penoso para él, e iba a nuestras casas sólo porque consideraba eso su obligación de colega. Nosotros, los maestros, le temíamos. Y hasta el director le temía. Y pues vaya, nuestros maestros eran gente pensante, profundamente decente, educada en Turguéniev y en Schedrín, sin embargo este hombrecito, que andaba siempre en chanclos y con sombrilla, ¡tuvo en sus manos a todo el gimnasio unos quince años enteros! ¿Pero qué el gimnasio? ¡Toda la ciudad! Nuestras damas no organizaban espectáculos hogareños los sábados, temían que él se enterara, y al clero le daba vergüenza comer carne y leche, y jugar a las cartas delante de él. Bajo la influencia de esos hombres, como Biélikov, en nuestra ciudad, en los últimos diez, quince años, empezaron a temerle a todo. Temían hablar alto, mandar cartas, conocerse, leer libros, temían ayudar al pobre, enseñar a leer y escribir… 
Iván Ivánich, deseando decir algo, tosió, pero primero prendió la pipa, echó una mirada a la luna, y ya después dijo de modo pausado.
-Sí. Los pensantes, los decentes leían a Schedrín, a Turguéniev, a los diversos Buckley ahí, y demás, pero se sometían pues, soportaban… -Eso, eso mismo pues y es. 
-Biélikov vivía en la misma casa que yo, -continuó Búrkin, -en el mismo piso, puerta con puerta, nos veíamos a menudo, yo conocía su vida hogareña. Y en la casa era la misma historia: la bata, el gorro, el postigo, el cerrojo, toda una serie de prohibiciones, de limitaciones, y ¡ah, como que no salga algo! Comer lo de vigilia era malo, carne y leche no se podía, ya que, es posible, dirían que Biélikov no cumple con las vigilias, y comía lucioperca en manteca de vaca, una comida no de vigilia, pero no se podía decir que fuera carne y leche. Sirviente femenina no tenía, por miedo a que pensaran mal de él, y tenía al cocinero Afanásii, un viejo de unos sesenta años, borracho y medio anormal, que alguna vez sirvió de ordenanza, y sabía guisar de algún modo. Éste Afanásii se paraba, comúnmente, junto a la puerta, con los brazos cruzados, y siempre farfullaba lo mismo, con un suspiro profundo:
-¡Muchos de esos salieron ahora!
El dormitorio de Biélikov era pequeño, como un cajón, la cama era con cortina. Al acostarse a dormir se cubría hasta la cabeza; hacía calor, bochorno, el viento golpeaba las puertas cerradas, zumbaba en la estufa, se oían suspiros en la cocina, suspiros malignos…
Y él tenía miedo bajo la frazada. Temía que saliera algo, que Afanásii lo degollara, que se colaran los ladrones, y después toda la noche tenía sueños alarmantes; y por la mañana, cuando íbamos juntos al gimnasio, iba aburrido, pálido, y se veía que el gimnasio concurrido, hacia el que andaba, era terrible, repulsivo para todo su ser, y que el ir a mi lado, siendo un hombre solitario por naturaleza, le era penoso.-¡Mucho alborotan pues en nuestras clases! -decía como intentando buscar una explicación para su sensación penosa. -¡No se parece a nada! 
Y este maestro de lengua griega, este hombre en el estuche, se puede imaginar, casi se casó.
Iván Ivánich se volteó a mirar al cobertizo con rapidez y dijo:
-¡Bromea!
-Sí, casi se casó, aunque sea extraño. Nos asignaron un nuevo maestro de historia y geografía, un tal Kovaliénko, Mijaíl Sávvich, de los jojóles. No vino solo, sino con su hermana Várienka. Era joven, alto, moreno, con unas manos enormes, y por la cara se veía que tenía voz de bajo, y en efecto, una voz como de barril: bu-bu-bu... Y ella ya no era joven, unos treinta años, pero también alta, esbelta, de cejas negras, de mejillas rosadas, en una palabra, no una señorita, sino una mermelada, y tan desenvuelta, alborotadora, siempre cantando romanzas de la Rusia menor y riéndose a carcajadas. Apenas algo, y empezaba con su risa vocinglera: ¡ja, ja, ja! La primera vez que conocí bien a Kovaliénko fue, recuerdo, en el onomástico del director. Entre los pedagogos severos, tensamente aburridos que iban a los onomásticos por obligación, vemos de pronto a una nueva Afrodita nacida de la espuma: anda en jarras, se ríe a carcajadas, canta, baila… Cantó Soplan vientos con sentimiento, después otra romanza, y otra, y nos encantó a todos, a todos, hasta a Biélikov. Él se sentó junto a ella y le dijo, sonriendo con dulzura.
-La lengua de la Rusia menor, con su ternura y sonoridad agradable, recuerda a la griega antigua.
Eso la halagó, y ella empezó a contarle con sentimiento y convicción, que tenía una granja en el distrito Gadiácheskii, y que en la granja vivía su mámochka, ¡y que allí había unas peras, unas sandías, unas tabernas! Los jojóles llaman a las calabazas tabernas, y a las tabernas tugurios1, ¡y hacen un borsch con rojitos y azulitos tan rico, tan rico, que es un horror!
Escuchábamos, escuchábamos, y de pronto se nos ocurrió la misma idea.
-Y sería bueno casarlos, -me dijo en voz baja la directora. 
Todos recordamos por algo que nuestro Biélikov no estaba casado, y ahora nos parecía extraño que no lo habíamos advertido hasta ese entonces, que habíamos perdido de vista un detalle tan importante en su vida. ¿Qué actitud en general tenía hacia las mujeres, cómo resolvía para sí esa cuestión esencial? Antes eso no nos interesaba en absoluto; puede ser, que incluso no admitíamos la idea de que un hombre, que en tiempo normal andaba en chanclos y dormía bajo una cortina, pudiera amar.
-Él ya hace tiempo que pasa de los cuarenta, y ella tiene treinta años… -explicó su idea la directora. –Me parece que ella se casaría con él. 
¡Qué cosas no se hacen en provincia sólo por aburrimiento, cuántas cosas inútiles, absurdas! Y eso por que no se hace lo necesario en absoluto. Pero bueno, ¿para qué necesitábamos de pronto casar a ese Biélikov, al que incluso no podíamos imaginar casado? La directora, la inspectora y todas nuestras damas del gimnasio revivieron, incluso se pusieron bonitas, como si de pronto hubieran visto el objetivo de sus vidas. La directora toma un palco en el teatro, miramos: y en su palco está sentada Várienka con un abanico, radiante, dichosa, y a su lado Biélikov, pequeño, encogido, como si lo hubieran sacado de la casa con un tirabuzón. Yo doy una velada, y las damas exigen que invite seguro a Biélikov y a Várienka. En una palabra, empezó a trabajar la máquina. Resultó que Várienka no estaba en contra de casarse. No estaba muy contenta de vivir en casa de su hermano, sólo sabían discutir y pelearse todo el día. Aquí tiene una escena: va Kovaliénko por la calle, alto, saludable, un tagarote, con una camisa bordada, el mechón, debajo de la visera, le cae sobre la frente; en una mano un paco de libros, en la otra un bastón grueso, nudoso. Tras él va su hermana, con libros también. 
-¡Pero tú pues, Mijáilik, ése no lo leíste! –discute ella en voz alta. -¡Yo pues te digo, te juro, que tú no leíste ese en absoluto! 
-¡Y yo te digo que lo leí! –grita Kovaliénko, tronando con el bastón por la vereda.
-¡Ah pues, Dios mío, Mínchik! Por qué te enojas pues, pero si es una conversación de principio. 
-¡Y yo te digo que lo leí! –grita aún más alto Kovaliénko. 
Y en la casa, apenas venía algún extraño, así era el escándalo. Esa vida, probablemente, le aburrió, quiso tener su rincón, y había que tomar en cuenta la edad; ahí ya no había tiempo para escoger, te casas con quien sea, incluso con un maestro de lengua griega. Y qué decir, para la mayoría de nuestras señoritas no importa con quien casarse, con tal de casarse. Fuera como fuera, Várienka empezó a mostrarle a nuestro Biélikov una evidente benevolencia.
¿Y Biélikov? Iba a la casa de Kovaliénko asimismo, como a nuestras casas. Llegaba a su casa, se sentaba y callaba. Él callaba, y Várienka le cantaba Soplan vientos, o lo miraba con sus ojos negros de modo pensativo, o de pronto empezaba:
-¡Ja-ja-ja!
En los asuntos amorosos, y en particular en el casamiento, la sugestión juega un gran papel. Todos –los colegas y las damas- empezaron a asegurarle a Biélikov que debía casarse, que no le quedaba nada más en la vida que casarse; todos lo felicitamos, le dijimos, con caras importantes, cosas triviales diversas, como que el matrimonio era un paso serio; además, Várienka no estaba mal, era interesante, era hija de un consejero civil y tenía una granja, y lo principal, era la primera mujer que lo había tratado con cariño, cordialmente; a él la cabeza le daba vueltas, y decidió que, en efecto, necesitaba casarse.
-Ahí mismo le hubieran quitado los chanclos y la sombrilla, -profirió Iván Ivánich. 
-Imagínese, resultó imposible. Puso un retrato de Várienka en su mesa, y venía a mi casa y me hablaba de Várienka, de la vida familiar, de que el matrimonio era un paso serio, visitaba a Kovaliénko a menudo, pero el modo de vida no lo cambió en absoluto. Incluso al revés, la decisión de casarse influyó en él como que de un modo enfermizo, adelgazó, palideció, y al parecer se metió más hondo en su estuche.
-Varvára Sávvishna me gusta, -me decía con una sonrisa débil, torcida, -y yo sé, que cada hombre necesita casarse, pero… todo esto, sabe, sucedió como que de pronto… Hay que pensarlo.
-¿Qué pues pensar ahí? –le digo. –Cásese, eso es todo.
-No, el casamiento es un paso serio, hay que sopesar primero las inminentes obligaciones, la responsabilidad… para que después no salga algo. Eso me inquieta tanto, yo ahora no duermo en toda la noche. Y confieso que tengo miedo: ella, con su hermano, tiene como que un modo de pensar extraño; razonan, sabe, como que extraño, y el carácter es muy avispado. Te casas, y después qué hay de bueno, caes en alguna historia.
Y no hacía la propuesta, todo lo aplazaba, para gran fastidio de la directora y de todas nuestras damas; siempre sopesaba las inminentes obligaciones y la responsabilidad, y entre tanto paseaba casi cada día con Várienka, acaso pensaba que así era necesario en su posición, y venía a mi casa para hablar de la vida familiar. Y con toda probabilidad, al final de todo, hubiera hecho la propuesta, y se hubiera realizado uno de esos matrimonios inútiles, estúpidos, que en nuestro país, por aburrimiento y por no tener que hacer, se realizan por miles, si de pronto no se hubiera producido un kolossalische scandal. Hay que decir que el hermano de Várienka, Kovaliénko, odió a Biélikov desde el primer día que lo conoció, y no lo podía soportar.
-No entiendo, -nos decía encogiéndose de hombros, -no entiendo, cómo tragan a ese soplón, a esa jeta mezquina. ¡Eh, señores, cómo pueden vivir aquí! Vuestra atmósfera es asfixiante, de porquería. ¿Acaso ustedes son pedagogos, maestros? Ustedes son unos burócratas, no tienen un templo de la ciencia, sino un consejo de decencia, y apesta a posca, como la caseta del policía. No, hermanos, voy a vivir con ustedes un poco, y me voy a ir a mi granja, y voy a cazar cangrejos allá, y enseñar a los jojlitos. Me voy, y ustedes quédense con su Judas. 
O se reía a carcajadas, a carcajadas hasta las lágrimas, ya con voz de bajo, ya con una voz aguda, chillona, y me preguntaba abriendo los brazos:
-¿Qué hace sentado en mi casa? ¿Qué le hace falta? Está sentado y mirando.
Incluso le dio a Biélikov el nombre de “explotador” o “araña”. Y, se entiende, nosotros evitábamos hablarle de que su hermana se disponía a casarse con la “araña”. Y cuando una vez la directora le insinuó, que sería bueno colocar a su hermana con un hombre tan respetable y estimado por todos como Biélikov, él frunció el seño y rezongó: 
-No es asunto mío eso. Que se case siquiera con una víbora, a mí no me gusta meterme en los asuntos ajenos. 
Ahora escuche, qué sigue. Cierto pilluelo dibujó una caricatura: va Biélikov en chanclos, con el pantalón recogido, bajo una sombrilla, y con él de la mano Várienka, abajo la inscripción: “El antropos enamorado”. La expresión captada, entiende, de modo asombroso. El pintor, debe ser, trabajó más de una noche, ya que todos los maestros de los gimnasios masculino y femenino, los maestros de los seminarios y los funcionarios, todos recibieron un ejemplar. Lo recibió y Biélikov. La caricatura le produjo la impresión más penosa.
Salimos juntos de la casa, fue precisamente un primero de mayo, un domingo, y todos, los maestros y los alumnos del gimnasio, habíamos acordado reunirnos en el gimnasio, y después ir a pie juntos a las afueras de la ciudad, al boscaje; salimos, y él verde, más sombrío que una nube.
-¡Qué hombres malos hay, no buenos! –profirió, y sus labios temblaron. 
Me dio lástima incluso. Vamos y de pronto, se puede imaginar, pasa Kovaliénko montando en bicicleta, y tras él Várienka en bicicleta también, roja, extenuada, pero contenta, divertida.
-¡Y nosotros, -grita ella, -vamos adelante! ¡Ya hace pues tan buen tiempo, tan buen tiempo, que es un horror! 
Y se esfumaron ambos. Mi Biélikov de verde se puso blanco, y como que se entumeció. Se detuvo y me miró…
-Permítame, ¿qué es esto pues? –preguntó. –¿O, puede ser, me engaña la vista? ¿Acaso es decente, que los profesores de gimnasio y las mujeres vayan en bicicleta?
-¿Qué pues hay de indecente ahí? –dije. –Y que monten a su salud.
-¿Pero cómo pues se puede? –gritó, admirado de mi serenidad. -¿Qué dice? 
Y estaba tan sorprendido, que no quiso seguir y regresó a su casa.
Al otro día, todo el tiempo se frotaba las manos con nerviosismo y se estremecía, y se veía por el rostro que no estaba bien. Y se fue de la clase, lo que sucedía con él por primera vez en la vida. Y no almorzó. Y a la tarde se vistió más abrigado, aunque en el patio hacía un tiempo de verano por completo, y caminó con lentitud hacia la casa de Kovaliénko. Várienka no estaba en la casa, halló sólo al hermano.
-Siéntese, le ruego humildemente, -profirió Kovaliénko con frialdad, y frunció las cejas; su rostro estaba soñoliento, recién reposaba después de almuerzo, y estaba de pésimo humor. 
Biélikov estuvo sentado callado unos diez minutos, y empezó: 
-Yo vine a verlo para aliviar mi alma. Me es muy penoso, muy penoso. Cierto libelista me dibujó a mí y a una persona, cercana a ambos, de una forma ridícula. Considero un deber asegurarle, que yo ahí no tengo nada que ver… No di ningún motivo para esa burla, al contrario pues, todo el tiempo me conduje como un hombre decente. 
Koválienko estaba sentado, inflado, y callaba. Biélikov esperó un poco, y continuó con una voz baja, triste: 
-Y aún tengo algo que decirle. Yo hace tiempo que sirvo, usted pues recién empieza el servicio, y yo, como colega mayor, considero un deber prevenirlo. Usted monta en bicicleta, y ese pasatiempo es totalmente indecente para un educador de la juventud. 
-¿Por qué pues? –preguntó Kovaliénko con voz de bajo. 
-¿Pero acaso ahí hay que explicar aún, Mijaíl Sávvich, acaso no se entiende? ¿Si el maestro va en bicicleta, pues qué le queda a los alumnos? ¡Les queda sólo andar de cabeza! Y si eso no está permitido por una circular, pues no se puede. ¡Yo ayer me horroricé! Cuando vi a su hermana, se me nublaron los ojos. ¡Una mujer o una muchacha en bicicleta, es horrible!
-¿Qué se le ofrece, en particular?
-A mí se me ofrece sólo una cosa: prevenirlo, Mijaíl Sávvich. Usted es un hombre joven, tiene en adelante un futuro, tiene que conducirse con mucho, mucho cuidado, ¡usted falla tanto, oh, cómo falla usted! Anda con una camisa bordada, siempre en la calle con ciertos libros ahí, y ahora pues aún la bicicleta. De que usted y su hermana montan en bicicleta se va a enterar el director, después va a llegar al curador… ¿Qué hay de bueno pues?
-¡Que yo y mi hermana montamos en bicicleta no es asunto de nadie! –dijo Kovaliénko y se amorató. –Y al que venga a meterse en mis asuntos hogareños y familiares, a ese lo mando al perro diablo. 
Biélikov palideció y se levantó.
-Si habla conmigo en ese tono, pues no puedo continuar, -dijo. –Le ruego que no se exprese nunca así de los jefes en mi presencia. Debe tener una actitud de respeto hacia las autoridades.
-¿Y acaso yo he dicho algo malo de las autoridades? –preguntó Kovaliénko mirándolo con furia. -Por favor, déjeme tranquilo. Yo soy un hombre honesto, y no deseo conversar con un señor como usted. No me gustan los soplones.
Biélikov empezó a moverse de modo nervioso y a vestirse con rapidez, con una expresión de horror en el rostro. Pues era la primera vez en la vida que oía tales groserías.
-Puede decir lo que se le ofrezca, -dijo saliendo del vestíbulo al rellano de la escalera. –Yo sólo debo advertirle: puede ser que nos haya oído alguien, y para que no tergiversen nuestra conversación, y no salga algo, deberé denunciar al señor director el contenido de nuestra conversación… en rasgos generales. Estoy obligado a hacerlo.
-¿Denunciar? ¡Ve, informa!
Kovaliénko lo agarró por el cuello desde atrás y lo empujó, y Biélikov rodó hacia abajo por la escalera, tronando con sus chanclos. La escalera era alta, empinada, pero él rodó hasta abajo de modo favorable, se levantó y se tocó la nariz: ¿estaban enteros los lentes? Pero precisamente en el momento que rodaba por la escalera, entró Várienka, y con ella dos damas; estaban paradas abajo y miraban, y para Biélikov fue lo más horrible de todo. Era mejor, al parecer, romperse la crisma y ambas piernas que ponerse en ridículo: pues ahora se enteraría toda la ciudad, llegaría hasta el director, el curador -¡ah, que no salga algo!-, dibujarían una nueva caricatura, y terminaría todo en que le ordenarían presentar la dimisión… 
Cuando se levantó, Várienka lo reconoció y, mirando su rostro ridículo, su paletó arrugado, los chanclos, sin entender de qué se trataba, suponiendo que él mismo se había caído sin intención, no se contuvo y se rió a carcajadas a oídos de toda la casa: 
-¡Ja-ja-ja! 
Y con ese estrepitoso, descompasado “ja-ja-ja” culminó todo: el casamiento y la existencia terrenal de Biélikov. Ya no oía lo que decía Várienka, y no veía nada. Al regresar a su casa, quitó ante todo el retrato de la mesa, y después se acostó, y ya no se levantó más. 
A los tres días vino a la casa Afanásii, y me preguntó si no había que mandar por el doctor, ya que al señor pues le pasaba algo. Fui a casa de Biélikov. Estaba acostado bajo la cortina, cubierto por una cobija, y callaba; le preguntabas, y él sólo decía sí o no, y ni un sonido más. Estaba acostado, y por detrás andaba Afanásii sombrío, con el ceño fruncido, y suspiraba de modo profundo; y olía a vodka, como si viniera de la taberna. 
Al mes Biélikov murió. Lo enterramos todos, o sea, ambos gimnasios y el seminario. Ahora, cuando yacía en el ataúd, su expresión era dócil, agradable, incluso jubilosa, como si se alegrara de que, finalmente, lo hubieran puesto en un estuche, del que ya no saldría nunca. ¡Sí, había alcanzado su ideal! Y como en su honor, durante el entierro hizo un tiempo nublado, lluvioso, y todos estábamos en chanclos y con sombrillas. Várienka estuvo también en el entierro y, cuando bajaron el ataúd a la tumba, rompió a llorar. Advertí que las jojólas sólo lloran o ríen a carcajadas, no tienen un estado de ánimo medio. 
Confieso que enterrar a hombres como Biélikov era un gran placer. Cuando regresábamos del cementerio, teníamos unas fisonomías modestas, de vigilia; nadie quería descubrir esa sensación de placer, esa sensación parecida a eso, que sentíamos hacía mucho tiempo en la infancia, cuando los mayores se iban de la casa, y nosotros corríamos por el jardín otra hora, disfrutando de una plena libertad. ¡Ah, la libertad, la libertad! Incluso la insinuación, incluso la débil esperanza de su posibilidad da alas al alma, ¿no es verdad? 
Regresamos del cementerio en buena disposición. Pero no pasó más de una semana, y la vida fluyó como antes; una vida tan severa, fatigosa, sin sentido, no prohibida por una circular, pero no permitida por completo; no se hizo mejor. Y en efecto, habíamos enterrado a Biélikov, ¡pero cuántos hombres en el estuche quedaban aún, cuántos habría aún!
-Eso, eso mismo pues y es, -dijo Iván Ivánich, y prendió su pipa.
-¡Cuántos habrá aún! –repitió Búrkin.
El maestro de gimnasio salió del cobertizo. Era un hombre de pequeña estatura, gordo, totalmente calvo, con una barba negra casi hasta la cintura, y con él salieron dos perros.
-¡La luna pues, la luna! –dijo, mirando hacia arriba.
Ya era medianoche. A la derecha se veía toda la aldea, la calle larga se extendía hacia la lejanía, unas cinco vérstas. Todo estaba sumido en un sueño apacible, profundo; ni un movimiento, ni un sonido, incluso no se creía que la naturaleza pudiera ser tan apacible. Cuando ves en una noche de luna, una ancha calle de aldea con sus isbás, sus almiares y sus sauces dormidos, se te pone el alma apacible; en su sosiego, ocultándose en las sombras nocturnas de los trabajos, las preocupaciones y las penas, ésta es dócil, triste, hermosa, y parece que las estrellas la miran con cariño y ternura, y que ya no hay mal en la tierra y todo es favorable. A la izquierda, desde el límite de la aldea, empezaba el campo; se veía lejos, hasta el horizonte, y en toda la anchura de ese campo, inundado de luz lunar, tampoco había ni un movimiento, ni un sonido.
-Eso, eso mismo pues y es, -repitió Iván Ivánich. -¿Y acaso el que vivimos en la ciudad, en el bochorno, en la estrechez, escribimos papeles inútiles, jugamos al wint, acaso eso no es un estuche? ¿Y el que nos pasamos toda la vida entre holgazanes, picapleitos, mujeres estúpidas, banales, decimos y escuchamos diversas sandeces, acaso eso no es un estuche? Mire, si desea pues, le cuento una historia muy instructiva.
-No, ya es hora de dormir, -dijo Búrkin. –Hasta mañana. 
Ambos fueron al cobertizo y se acostaron en el heno. Y ya ambos se habían cubierto y empezado a dormitar, cuando de pronto se oyeron unos pasos ligeros: tup, tup… Alguien andaba no lejos del cobertizo; andaba un poco y se detenía, y al minuto de nuevo: tup, tup… Los perros gruñeron.
-Eso va Mávra, -dijo Búrkin.
Los pasos se acallaron.
-Ver y oír cómo mienten, -profirió Iván Ivánich, volteándose al otro costado, -y te llaman pues imbécil, por que soportas esa mentira; aguantar las ofensas, las humillaciones, no atreverte a declarar, abiertamente, que estás de parte de los hombres honrados, libres, y tú mismo mentir, sonreír, y todo eso por un pedazo de pan, por un rincón cálido, por algún rango que vale un grosh, ¡no, no se puede vivir más así!
-Bueno, eso ya usted de otra ópera, Iván Ivánich, -dijo el maestro. –Vamos a dormir. 
Y a los diez minutos Búrkin ya dormía. E Iván Ivánich aún se volteaba de un costado al otro y suspiraba, y después se levantó, salió afuera de nuevo y, tras sentarse junto a la puerta, prendió su pipa. 

1Juego de palabras intraducible: "U jojlov tikvi nazivayutsia kabakami, a kabaki shinkami"...

Título original: Chelovek v futliare, publicado por primera vez en la revista Russkaya misl, 1898, Nº 8, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: René Magritte, El maestro de escuela, 1954.