miércoles, 23 de abril de 2008

Del amor


Al otro día en el desayuno sirvieron unas empanadas muy sabrosas, cangrejos y albóndigas de carnero; y mientras comían el cocinero Nikanor vino arriba, para informarse de qué deseaban los visitantes para el almuerzo. Era un hombre de estatura mediana, de rostro mofletudo y ojos pequeños, afeitado, y parecía que sus bigotes no estaban afeitados, sino depilados.
Aliójin contó que la bonita Pelaguéya estaba enamorada de ese cocinero. Ya que era un borracho y de genio violento, no quería casarse con él, pero convenía en vivir así. Y él era muy devoto, y sus convicciones religiosas no le permitían vivir así; le exigía a ella que se casara con él, y no quería de otra forma, y la maldecía cuando estaba borracho, e incluso le pegaba. Cuando estaba borracho, ella se escondía arriba y sollozaba, y entonces Aliójin y los sirvientes no salían de la casa, para defenderla en caso de necesidad.
Empezaron a hablar del amor:
-¿Cómo nace el amor, -dijo Aliójin, -por qué Pelaguéya no se enamoró de algún otro, más apropiado para ella por sus cualidades espirituales y exteriores, y se enamoró precisamente de Nikanor, de ese morro?, aquí todos lo llaman morro. Por cuanto en el amor es importante la cuestión de la felicidad personal, todo eso se desconoce, y de todo eso se puede hablar como le plazca. Hasta ahora se ha dicho del amor sólo una verdad irrefutable, y precisamente, que “la verdad del sacramento es grande”, y todo lo restante que se ha escrito y dicho sobre el amor no fue una solución, sino sólo el planteamiento de la cuestión, que así ha quedado sin resolver. Esa explicación que, al parecer, serviría para un caso, ya no sirve para decenas de otros, y lo mejor, para mí, es explicar cada caso por separado, sin intentar generalizar. Hay que, como dicen los doctores, individualizar cada caso por separado.
-Totalmente cierto, -convino Búrkin.
-Nosotros, los rusos, somos personas correctas, sentimos pasión por estas cuestiones, que han quedado sin resolver. Comúnmente, al amor lo poetizan, lo adornan con rosas, con ruiseñores, pero nosotros, los rusos, adornamos nuestro amor con esas cuestiones fatídicas, y además, escogemos entre éstas las menos interesantes. En Moscú, cuando yo aún era estudiante, tenía una amiga de la vida, una dama adorable que, cada vez que la tenía entre mis bra­zos, pensaba en cuánto yo le iba a dar al mes, y en cuánto valía ahora la libra de carne. Así nosotros, cuando amamos, pues no paramos de hacernos pregun­tas: es honrado o no es honrado, inteligente o estúpido, a dónde nos llevará este amor, y por el estilo. Es bueno eso o no, yo no lo sé, pero que eso molesta, no satisface e irrita, eso yo lo sé.
Parecía que quería contar algo. Las personas que viven solas tienen siempre algo en el alma tal, que contarían gustosas. En la ciudad, los solterones van a propósito a los baños o a los restaurantes, solamente, para hablar un poco, y a veces les cuentan a los bañeros o los camareros unas historias muy interesantes, pero en el pueblo éstos, comúnmente, desahogan su alma con los visitantes. Ahora por la ventana se veía el cielo gris y los árboles mojados por la lluvia, con tal tiempo no había donde meterse, y no quedaba más que contar o escuchar algo.
-Yo vivo en Sófino, y me dedico a la hacienda ya hace tiempo -empezó Aliójin-, desde que terminé la universidad. Por mi educación soy un manoblanca, por mis inclinaciones, un hombre de gabinete, pero la posesión, cuando yo llegué aquí, tenía una deuda grande, y ya que mi padre se endeudó, en parte, porque gastó mucho en mi instrucción, pues yo decidí que no me iría de aquí, e iba a trabajar hasta que pagara esa deuda. Lo decidí así, y empecé a trabajar aquí, lo confieso, no sin cierta repulsión. La tierra de aquí no da mucho, y para que la agricultura no dé pérdida, hay que valerse del trabajo de los siervos o de los jornaleros asalariados, que es casi lo mismo; o pues llevar tu hacienda por el lado campesino, o sea, trabajar en el campo tú mismo con tu familia. Ahí no hay tér­mino medio. Pero yo entonces no me entregaba a tales finuras. No dejaba tranquilo ni un pedazo de tierra, arreaba a todos los mujíks y mujeres de los pueblos vecinos, me hervía aquí un trabajo, frenético; yo mismo también araba, sembraba, segaba, y además me aburría, y fruncía el ceño con aprensión, como el gato de aldea, que se come por hambre los pepinos del huerto; me dolía el cuerpo, y dormía sobre la marcha. En el primer tiempo, me parecía que podría conciliar esa vida de trabajo con mis hábitos culturales; para eso sólo bastaba, pensaba yo, mantener la vida del or­den exterior conocido. Me instalé aquí arriba, en las habitaciones principales, y dispuse así, que después del desayuno y el almuerzo me sirvieran café con licores, y al acostarme a dormir leía por la noche El heraldo de Europa. Pero una vez vino nuestro padrecito, el padre Iván, y se tomó todos mis licores de una sentada; y El heraldo de Europa fue también para las hijas del pope, ya que en verano, en particular durante la siega, yo no alcanzaba a llegar a mi cama, y me dormía en el cobertizo, en el trineo o en algún lugar, en la caseta del bosque, ¿qué lectura pues ahí? Poco a poco me trasladé abajo, empecé a almorzar en la cocina del tinelo, y del lujo anterior me quedaron sólo todos estos sirvientes, que le sirvieron aún a mi padre, y que me hubiera dolido despedir.
En los primeros años me eligieron aquí como juez de paz hono­rable. De vez en cuando me tocaba viajar a la ciudad, y participar en las sesiones del congreso y del tribunal del distrito, y eso me distraía. Cuando vives aquí unos dos-tres meses sin salir, en particular en invierno, pues al final de todo empiezas a extrañar la levita negra. Y en el tribunal local habían levitas, guerreras y fracs, todos los juristas son personas que recibieron una instrucción general, había con quien hablar. Después de dormir en los trineos, después de la cocina del tinelo, sentarse en una butaca, con la ropa interior limpia, unos zapatos ligeros y una cadena en el pecho ¡es tal lujo!
En la ciudad me recibían con júbilo, y yo conocía gustoso a las personas. Y de todos los conocidos, el de más fundamento y, a decir verdad, el más agradable para mí era Luganóvich, el ayudante del presidente del tribunal del distrito. Ustedes ambos lo conocen: una persona adorable. Eso fue, precisamente, después de la célebre causa de los incendiarios; la vista duró dos días, estábamos fatigados. Luganóvich me echó una mirada y dijo:
-¿Sabe qué? Vamos a almorzar a mi casa.
Fue algo inesperado, ya que a Luganóvich lo conocía poco, sólo oficialmente, y ni una vez había estado en su casa. Solamente entré a mi número por un minuto, para cambiarme, y me dirigí al almuerzo. Y allí se me presentó la ocasión de conocer a Anna Alexéievna, la mujer de Luganóvich. Entonces ella era muy joven, no mayor de veintidós años, y hacía medio año que había tenido su primer hijo. Es asunto pasado, y ahora me sería difícil definir qué había en ella, en particular, de excepcional, qué tanto me gustó en ella, pero entonces, en el almuerzo, para mí todo estaba perfectamente claro; yo veía a una mujer joven, hermosa, bondadosa, inteligente, encantadora, que nunca antes había hallado; y enseguida sentí en ella un ser cercano, ya conocido, como si ese rostro, esos ojos afables, inteligentes, los hubiera visto ya alguna vez en mi infancia, en un álbum que yacía en la cómoda de mi madre.
En la causa de los incendiarios acusaron a cuatro hebreos, identificaron a la banda y, para mí, de un modo infundado por completo. En el almuerzo estuve muy inquieto, me era penoso, y ya no recuerdo lo que dije, Anna Alexéievna sólo meneaba la cabeza y le decía al marido:
-Dmítri, ¿cómo pues eso así?
Luganóvich era un bonachón, una de esas personas cándidas, que se mantienen firmemente en la opinión de que, si la persona fue a juicio, pues entonces es culpable, y expresar duda sobre la corrección del veredicto se puede, no de otra forma, que en un orden legal, en el papel, pero de ningún modo en el almuerzo y en una plática privada.
-Usted y yo no incendiamos -decía suavemente-, y por eso pues no nos juzgan, no nos meten en la cárcel.
Y ambos, el marido y la mujer, intentaban que yo comiera y bebiera más; por ciertas pequeñeces, por ejemplo, por cómo ambos hacían el café juntos, y por cómo se entendían el uno al otro con medias palabras, pude concluir que vivían en paz, de modo favorable, y que estaban contentos con el visitante. Después de almuerzo tocaron el piano de cola a cuatro manos, después oscureció, y me fui a mi casa. Eso fue a principios de la primavera. Luego, pasé todo el verano en Sófino sin salir, y nunca tenía tiempo, ni siquiera, para pensar en la ciudad, pero el recuerdo de la mujer esbelta, rubia, me quedaba todos los días; yo no pensaba en ella, pero era como si su sombra liviana yaciera en mi alma.
En el otoño tardío hubo en la ciudad un espectáculo con fines benéficos. Entro al palco del gobernador (me habían invitado allí en el entreacto), miro, y junto a la gobernadora está Anna Alexéievna, y de nuevo la misma impresión indecible, palpitante de belleza, sus ojos adorables, cariñosos, y de nuevo la misma sensación de cercanía.
Estábamos sentados juntos, después fuimos al foyer.
-Adelgazó usted -me dijo. -¿Estuvo enfermo?
-Sí. Tengo el hombro resfriado, y en tiempo de lluvia duermo mal.
-Tiene usted un aire lánguido. Entonces, en primavera, cuando venía a almorzar, estaba más joven, más animado. Entonces estaba inspirado y hablaba mucho, estaba muy interesante, y le confieso que hasta me aficioné a usted un poquito. Por algo, a menudo, durante el verano, me venía a la memoria, y hoy, cuando me disponía al teatro, me parecía que lo iba a ver.
Y se echó a reír.
-Pero hoy tiene un aire lánguido, -repitió ella. -Eso lo envejece.
Al otro día desayuné en casa de los Luganóvich; después del desayuno se fueron a su casa de campo, para disponer allí en cuanto al invierno, y yo fui con ellos. Con ellos mismos regresé a la ciudad, y a medianoche tomé en su casa, en un ambiente apacible, familiar, donde ardía la chimenea, y la joven madre iba siempre a ver si su hija dormía. Y después de eso, en cada venida, visitaba seguro a los Luganó­vich. Se habituaron a mí, y yo me habitué a ellos. Comúnmente, entraba yo sin aviso, como persona de confianza.
-¿Quién está ahí? -se oía desde las habitaciones lejanas su voz alargada, que me parecía tan hermosa.
-Es Pável Konstantínich -respondía la sirvienta o la nana.
Anna Alexéievna salía a recibirme con un rostro preocupado, y cada vez me preguntaba:
-¿Por qué no vino en tanto tiempo? ¿Pasó algo?
Su mirada, la mano bella, noble que me tendía, su vestido de casa, su peinado, su voz, sus pasos me producían, cada vez, la misma impre­sión de algo nuevo, excepcional e importante en mi vida. Platicábamos largamente, y callábamos largamente, cada uno pensando en lo suyo, o ella tocaba el piano de cola. Si no había nadie en la casa, yo me quedaba y esperaba, conversaba con la nana, jugaba con el niño o me acostaba en el gabinete, en el diván turco, y leía el periódico; y cuando Anna Alexéievna regresaba, yo la recibía en el vestíbulo, le tomaba todas sus compras, y por algo, cada vez, cargaba esas compras con tal amor, con tal solemnidad, como si fuera un niño.
Hay un proverbio: no tenía la mujer preocupación, pero se compró un cerdito. No tenían los Luganó­vich preocupación, pero se amistaron con­migo. Si yo no venía a la ciudad, pues entonces estaba en­fermo, o me había pasado algo, y ambos se inquietaban bastante. Se inquietaban por que yo, una persona instruida, que sabía lenguas, en lugar de dedicarme a la ciencia o a la labor literaria, vivía en un pueblo, andaba como una ardilla en la rueda, trabajaba mucho, pero siempre estaba sin un grosh. Les parecía que yo sufría, y si hablaba, reía y comía, pues era sólo para ocultar mis sufrimientos, e incluso en los instantes jubilosos, cuando estaba bien, sentía sobre mí sus miradas escrutadoras. Eran, en particular, conmovedores cuando, en efecto, me resultaba penoso, cuando me oprimía algún acreedor, o me faltaba dinero para un pago urgente; ambos, el marido y la mujer, susurraban junto a la ventana, después él se me acercaba y, con un rostro serio, decía:
-Si usted, Pável Konstantínich, en el momento presente, necesita dinero, pues mi mujer y yo le rogamos que no tenga vergüenza de pedirnos.
Y las orejas se le ponían rojas por la inquietud. Y sucedía que, asimismo, susurraban junto a la ventana, él se acercaba a mí con las orejas rojas y me decía:
-Mi mujer y yo le rogamos, encarecidamente, que nos acepte este regalo.
Y me obsequiaba unos gemelos, una cigarrera o una lámpara; y yo, por eso, les enviaba desde el campo un ave cazada, manteca y flores. A propósito, ambos eran per­sonas asentadas. En el primer tiempo, yo pedía prestado a menudo y no era selectivo en particular, pedía donde era posible, pero ninguna fuerza me hubiera obligado a tomarle a los Luganóvich. ¡Y qué decir de eso!
Yo era infeliz. En la casa, en el pueblo y en el cobertizo pensaba en ella, intentaba entender el secreto de la mujer joven, bonita, inteli­gente, que se casa con un hombre no interesante, casi un viejo (su marido tenía más de cuarenta años), tiene hijos con él; entender el secreto de ese hombre no interesante, bonachón, cándido, que razona con un buen juicio tan aburrido, que en los bailes y las veladas se mantiene alrededor de las personas respetables, lánguido, no necesario, con una expresión humilde, sin interés, como si lo hubieran traído para vender; que cree, sin embargo, en su derecho a ser feliz, a tener hijos con ella; y yo intentaba entender por qué la había hallado, precisamente, él, y no yo, y para qué era necesario, que en nuestra vida se produjera un error tan terrible.
Y al llegar a la ciudad yo, cada vez, veía por sus ojos que ella me esperaba; y ella misma me confesaba que aún, desde la mañana, tenía cierta sensación peculiar, adivinaba que yo vendría. Hablábamos, callábamos largamente, pero no nos confesábamos el uno al otro nues­tro amor, y lo ocultábamos con timidez, celosamente. Le temíamos a todo lo que nos pudiera descubrir nuestro secreto a nosotros mismos. Yo la amaba de un modo tierno, profundo, pero razonaba, me preguntaba a dónde nos podría llevar nuestro amor, si nos faltaran las fuerzas para luchar contra él; me parecía increíble que éste, mi amor apacible, triste, rompiera de pronto, de un modo grosero, el curso feliz de la vida de su marido, de sus hijos, de toda esa casa, donde tanto me querían y donde tanto creían en mí. ¿Acaso eso era honrado? Ella me seguiría, ¿pero a dónde? ¿A dónde yo la podría llevar? Otro asunto sería, si yo tuviera una vida bonita, in­teresante, si, por ejemplo, luchara por la libertad de la patria, o fuera un científico, un artista, un pintor célebre; pero es que, de un ambiente ordinario, prosaico, hubiera tenido que llevarla a otro igual, o aún más prosaico. ¿Y cuánto tiempo duraría nuestra felicidad? ¿Qué sería de ella en caso de mi enfermedad, muerte o, sencillamente, si nos dejáramos de amar el uno al otro?
Y ella, por lo visto, razonaba de la misma manera. Pensaba en su marido, en sus hijos, en su madre, que quería a su yerno como a un hijo. Si se hubiese entregado a su sentimiento, pues hubiera tenido que mentir o decir la verdad, y en su situación lo uno y lo otro sería, igual­mente, terrible e incómodo. Y la torturaba la pregunta: ¿acaso me traerá felicidad mi amor, acaso no complicará éste mi vida, ya sin eso penosa, llena de toda clase de desgracias? A ella le parecía que ya no era lo suficiente joven para mí, lo suficiente laboriosa y enérgica como para empezar una nueva vida, y hablaba a menudo con su marido de que me hacía falta casarme con una muchacha inteligente, digna, que fuera una buena ama de casa, una ayudante, y al instante agregaba que en toda la ciudad apenas se hallaría una muchacha así.
Entre tanto los años pasaban. Anna Alexéievna tenía ya dos hijos. Cuando yo llegaba a casa de los Luganóvich, los sirvientes sonreían afablemente, los niños gri­taban que había llegado el tío Pável Konstantínich, y se me col­gaban del cuello, todos se alegraban. No entendían qué sucedía en mi alma, y pensaban que yo también me alegraba. Todos veían en mí un ser noble. Los adultos y los niños sentían que por la habitación andaba un ser noble, y eso infundía en sus actitudes hacía mí cierto encanto peculiar, como si en mi presencia sus vidas fueran más puras y bellas. Anna Alexéievna y yo íbamos al teatro juntos, cada vez a pie; nos sentábamos en las butacas juntos, nuestros hombros se rozaban, yo tomaba los binóculos de sus manos callado, y en ese momento sentía que ella me era cercana, que era mía, que no podíamos el uno sin el otro, pero, por cierto extraño equívoco, al salir del teatro, cada vez nos despedíamos y nos separábamos como extraños. En la ciudad ya decían de nosotros sabe Dios qué pero, en todo lo que decían, no había ni una palabra de verdad.
En los últimos años, Anna Alexéievna empezó a ir a ver más a menudo ya a su madre, ya a su hermana; solía tener ya mal estado de ánimo, le vino la conciencia de una vida insatisfecha, estropeada, en la que no quería ver ni a su marido, ni a sus hijos. Ya se trataba la alteración nerviosa.
Nosotros callábamos y callábamos, y delante de los extraños ella sentía cierta irri­tación extraña hacia mí; ya fuera de lo que yo hablara, no convenía conmigo, y si yo discutía, pues se ponía de parte de mi opositor. Cuando se me caía algo, decía con frialdad:
-Lo felicito.
Si, yendo con ella al teatro, yo me olvidaba de los binóculos, después decía:
-Yo lo sabía, que usted se olvidaría.
Por suerte o por desgracia, en nuestra vida no hay nada que no se acabe tarde o temprano. Llegó el momento de separarnos, ya que a Luganóvich lo designaron presidente en uno de los gobiernos occidentales. Había que vender los muebles, los caballos, la casa de campo. Cuando fuimos a la casa de campo, después regresábamos y nos volteábamos, para echarle un último vistazo al jardín, al tejado verde, y todos estábamos tristes, y yo entendí que ya era hora de despedirse no sólo de la casa de campo. Se decidió que fuéramos a despedir a Anna Alexéievna a finales de agosto, cuando se fuera a Crimea, adonde la enviaban los doctores, y un poco después se iría Luganó­vich con los niños a su gobierno occidental.
Fuimos a despedir a Anna Alexéiev­na en gran tumulto. Cuando ella ya se había despedido de su esposo y de sus hijos, y quedaba para la tercera llamada sólo un instante, yo entré corriendo a su coupe, para poner en el estante una de sus cestas, que casi olvidó, y había que despedirse. Cuando nuestras miradas se encontraron allí, en el coupe, las fuer­zas espirituales nos abandonaron, yo la abracé, ella apretó su rostro contra mi pecho, y le brotaron lágrimas de los ojos; besando su rostro, hombros y manos, mojadas de lágrimas, -¡oh, qué infelices éramos los dos! –yo le declaré mi amor y, con un dolor quemante en el corazón, entendí cuán no necesario, mezquino, y cuán engañoso era todo lo que nos impedía amarnos. Yo entendí que cuando amas, al razonar sobre ese amor, hay que partir de algo superior, más importante que la felicidad o la infelicidad, el pecado o la virtud en su sentido corriente, o no hay que razonar en absoluto.
Yo la besé por última vez, le estreché la mano, y nos separamos para siempre. El tren ya andaba. Yo me senté en el coupe contiguo -estaba vacío-, y hasta la primera estación estuve sentado allí, llorando. Después fui a mi casa, a Sófino, a pie...
Mientras Aliójin contaba su historia, la lluvia cesó y salió el sol. Búrkin e Iván Ivánich salieron al balcón; desde allí había una vista hermosa del jardín y el cauce, que ahora al sol brillaba como un espejo. Ellos la admiraron y, al mismo tiempo, lamentaron que ese hombre de ojos bondadosos, inteligentes, que les había contado con tal franqueza, anduviera por allí, en esa posesión inmensa, en efecto, como una ardilla en la rueda, y no se dedicara a la ciencia o a alguna otra cosa, que hiciera su vida más agradable; y pensaban en la cara de pesar que debió tener la joven dama, cuando él se despedía de ella en el coupe, y le besaba el rostro y los hombros. Ambos se la encontraban en la ciudad, y Búrkin incluso la conocía y la hallaba bonita.

Título original: O liubvi, publicado por primera vez en la revista Russkaya misl, 1898, Nº VIII, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: John Singer Sargent, Violet, 1886.