jueves, 10 de abril de 2008

Ariadna


En la cubierta de un barco que iba de Odesa a Sevastópol, cierto señor bastante bonito, con una barbita redonda, se me acercó para encender un cigarrillo, y dijo:
-Préstele atención a esos alemanes, que están sentados cerca del puente. Cuando se juntan los alemanes o los ingleses, pues hablan de los precios de la lana, de la cosecha, de sus asuntos personales; pero por algo, cuando nos juntamos nosotros, los rusos, pues hablamos sólo de mujeres y de materias elevadas. Pero lo principal, de mujeres.
El rostro de ese señor ya me era conocido. La víspera habíamos regresado en un tren del extranjero, y en Volochísk1 yo había visto cómo, durante la revisión aduanera, él estaba parado con una dama, su compañera de viaje, ante toda una montaña de maletas y canastas, repletas de vestidos de dama, y qué turbado y agobiado estaba, cuando tuvo que pagar un arancel por cierto trapo de seda, y su compañera de viaje protestó y amenazó con quejarse a alguien; después, en el camino a Odesa, vi cómo llevaba a la sección de damas ya pasteles, ya naranjas.
Hacía un poco de humedad, se balanceaba ligeramente, y las damas se fueron a sus camarotes. El señor de la barbita redonda se sentó junto a mí y continuó:
-Sí, cuando los rusos se juntan, pues hablan sólo de materias elevadas y de mujeres. Somos tan intelectuales, tan importantes, que decimos puras verdades, y podemos resolver cuestiones, solamente, de orden superior. El actor ruso no sabe hacer travesuras, en el vodevil actúa con profundidad de pensamiento; así y nosotros: cuando nos toca hablar de tonterías, pues las tratamos no de otra forma, que desde un punto de vista superior. Eso es falta de valentía, franqueza y sencillez. De las mujeres pues, hablamos tan a menudo, me parece, porque estamos insatisfechos. Miramos a las mujeres con demasiado idealismo, y les hacemos unas exigencias, que no coinciden con lo que puede dar la realidad; recibimos lejos no eso que queremos, y como resultado la insatisfacción, las esperanzas defraudadas, el dolor espiritual, y cada uno habla de lo que le duele. ¿No le aburre continuar esta plática?
-No, en absoluto.
En ese caso, permítame presentarme, -dijo mi interlocutor, levantándose ligeramente: -Iván Ilích Shamójin, hacendado moscovita, de cierto modo… A usted pues, lo conozco bien.
Se sentó y continuó, mirándome al rostro con cariño y franqueza.
-Esas pláticas constantes sobre las mujeres, algún filósofo de medio pelo, como Max Nordau, lo explicaría como una alienación erótica, o con que somos siervos de la gleba y demás; yo pues, este asunto lo miro de otra forma. Repito: estamos insatisfechos porque somos idealistas. Queremos que los seres, que nos paren a nosotros y a nuestros hijos, sean superiores a nosotros, superiores a todo en la tierra. Cuando somos jóvenes, pues poetizamos y divinizamos a esas, de las que nos enamoramos; el amor y la felicidad son, para nosotros, sinónimos. En Rusia, el matrimonio no por amor se desprecia, la sensualidad es ridícula y produce repulsión, y esas novelas y relatos, donde las mujeres son bonitas, poéticas y elevadas, gozan del mayor éxito; y si el hombre ruso se extasía desde hace tiempo con la madonna de Rafael, o se preocupa por la emancipación femenina, pues le aseguro que ahí no hay nada de afectación. Pero la desgracia, mire en qué está. Apenas nos casamos o juntamos con una mujer, pasan unos dos-tres años, y ya nos sentimos desilusionados, engañados; nos juntamos con otras, y de nuevo la desilusión, de nuevo el horror, y al final de todo, nos convencemos de que las mujeres son falsas, mezquinas, vanidosas, injustas, subdesarrolladas, crueles, en una palabra, no sólo no superiores, sino hasta infinitamente in­feriores a nosotros, los hombres. Y a nosotros, los insatisfechos, los engañados, no nos queda nada más que refunfuñar, y decir de pasada que fuimos engañados cruelmente.
Mientras Shamójin hablaba, advertí que la lengua rusa y el ambiente ruso le causaban un gran placer. Eso era, probablemente, por que había extrañado bastante la patria en el extranjero. Al elogiar a los rusos y atribuirles un inusitado idealismo, no se expresaba mal de los extranjeros, y eso disponía a su favor. Se advertía asimismo, que tenía el alma no bien, y quería hablar más de sí mismo que de las mujeres, y que yo no me escaparía de escuchar alguna larga historia, parecida a una confesión.
Y en efecto, cuando pedimos una botella de vino y nos bebimos un vaso, él empezó así:
-Recuerdo, que en algún relato de Weltman2, alguien dice: "¡Así pues la historia!", y el otro le responde: "No, esa no es la historia, sino sólo una introducción a la his­toria". Así que, lo que yo dije hasta ahora, es sólo una introducción, pero yo, propiamente, quisiera contarle mi último romance. Culpable, le voy a preguntar otra vez: ¿no le aburre escuchar?
Yo le dije que no me aburría, y él continuó:
-La acción transcurre en el gobierno de Moscú, en uno de los distritos norteños. La naturaleza allí, debo decirle, es asombrosa. Nuestra hacienda está en la orilla alta de un riachuelo rápido, cerca del tal llamado lugar turbulento, donde el agua rumorea día y noche; imagínese pues el gran jardín viejo, los parterres acogedores, el colmenar, la huerta, abajo el río con el mimbral rizado, que con el rocío luce un poco mate, como canoso, y del otro lado una pradera, tras la pradera, sobre una colina, un bosque terrible, oscuro. En el bosque hay mízcalos a montones, y en lo más tupido viven los alces. Yo me voy a morir, me van a meter en el ataúd, y me parece que voy a soñar aún con las mañanas tempranas, cuando, ¿sabe?, los ojos le duelen por el sol, o con los maravillosos atardeceres de primavera, cuando los ruiseñores y los rascones gritan en el jardín, y tras el jardín; y desde el pueblo llega un acordeón, en la casa tocan el piano de cola y el río rumorea; en una palabra, una música, que se quisiera llorar y cantar en voz alta. El laboreo nuestro era pequeño, pero nos salvaban las praderas, que con el bosque nos daban cerca de dos mil anualmente. Yo soy el hijo único de mi padre, ambos somos personas sencillas, y ese dinero, más la pensión de mi padre, alcanzaba por completo. Los primeros tres años, después de terminar la universidad, los viví en el campo, administré, y siempre esperaba que me eligieran para algún lugar, y lo principal, estaba muy enamorado de una muchacha sumamente bonita, fascinante. Era hermana de mi vecino, el hacendado Kotlóvich, un señor arruinado, en cuya posesión había ananases, unos duraznos notables, pararrayos, una fuente en medio del patio, y al mismo tiempo no tenía ni un kópek. No hacía nada, no sabía nada, era como que débil, como hecho de nabo estofado; curaba a los mujíks con la homeopatía, y se dedicaba al espiritismo. Era un hombre, por lo demás, delicado, suave, y no estúpido, pero yo no tengo alma para esos señores, que platican con los espíritus y curan a las mujeres con el magnetismo. En primer lugar, las personas de mente no libre siempre confunden los conceptos, y hablar con ellas es en extremo difícil; y en segundo, comúnmente, no quieren a nadie, no viven con mujeres, y ese misterio influye en las personas impresionables de modo desagradable. Y su aspecto tampoco me gustaba. Era alto, gordo, blanco, de cabeza pequeña, con unos ojos pequeños, brillantes, y unos dedos blancos, rollizos. No le estre­chaba la mano, sino se la ablandaba. Y siempre pasaba que se disculpaba. Pedía algo, disculpe, lo daba, disculpe también. En lo que respecta a su hermana, pues era una cara de otra ópera por completo. Le debo advertir, que en mi infancia y mi juventud yo no conocí a los Kotlóvich, ya que mi padre fue profesor en N. y vivimos largo tiempo en provincia, y cuando los conocí, la muchacha tenía ya veintidós años, y hacía tiempo ya que había alcanzado a terminar el instituto, a vivir dos-tres años en Moscú, con una tía rica, que la presentó en sociedad. Cuando yo la conocí y me tocó hablarle por primera vez, me sorprendió ante todo su nombre extraño y bonito: Ariadna. ¡Le iba tanto! Era una trigueña muy delgada, muy fina, ágil, esbelta, graciosa en extremo, con unos rasgos de la cara bellos, y en grado sumo nobles. A ella también le brillaban los ojos, pero a su hermano le brillaban de modo frío y dulzón, como el caramelo, y en su mirada brillaba una juventud bonita, orgullosa. Me subyugó el mismo primer día que la conocí, y no podía ser de otra forma. Mis primeras impresiones fueron tan imperiosas, que yo hasta ahora no abandono mis ilusiones, aún quisiera pensar que la naturaleza, cuando creaba a esa muchacha, tuvo cierta idea amplia, admirable. La voz de Ariadna, sus pasos, su sombrero, e incluso las huellas de sus pies en la orilla arenosa, donde pescaba carasios, me causaban júbilo, una sed de vida apasionada. Por su cara hermosa y sus formas hermosas, yo juzgaba su organización espiritual, y cada palabra de Ariadna, cada sonrisa me encantaban, me sobornaban, y me obligaban a suponer en ella un alma elevada. Era cariñosa, habladora, divertida, sencilla en su trato, creía en Dios a lo poético, razonaba sobre la muerte a lo poético, y en el fondo de su alma había tal riqueza de matices, que incluso podía trasmitir a sus defectos cierta propiedad peculiar, graciosa. Supongamos, que necesitaba un caballo nuevo, y no tenía dinero, bueno, ¿qué desgracia era esa? Se podía vender algo, o empeñarlo, y si el intendente juraba que no se podía vender ni empeñar nada, pues se podían arrancar los techos de hierro de la accesoria y mandarlos a la fábrica, o en el momento más acalorado, arrear los caballos de carga al bazar y venderlos allí por una bagatela. Esos de­seos desenfrenados conducían a toda la hacienda a la desolación, pero ella los expresaba con tal elegancia que, al final de todo, se le perdonaba todo y se le permitía todo, como a una diosa o a la mujer de César. Mi amor era conmovedor, y pronto todos lo notaron: mi padre, los vecinos y los mujíks. Y todos me tenían simpatía. Cuando pasaba que convidaba a los obreros con vodka, éstos hacían una reve­rencia y decían:
-Quiera Dios que usted se case con la señorita Ko­tlóvicheva.
Y la misma Ariadna sabía que yo la amaba. A menudo, venía a vernos montada a caballo o en un charabán, y a veces se pasaba días enteros conmigo y con mi padre. Se había hecho amiga de mi viejo, y él incluso le enseñó a montar en bicicleta, era su distracción favorita. Recuerdo cómo una vez, al atardecer, se disponían a montar, y yo la ayudé a sentarse en la bicicleta, y en ese momento ella estaba tan bonita, que me pareció que si la tocaba me quemaría las manos, y temblaba de éxtasis; y una vez ambos, el viejo y ella, bonitos, esbeltos, montaban juntos por la carretera, y un caballo moro que venía al encuentro, montado por el intendente, se lanzó a un costado, y a mí me pareció que se había lanzado, por que estaba también pasmado con su belleza. Mi amor, mi admiración conmovían a Ariadna, la enternecían, y ella quería apasionadamente ser encantada también, como yo, y responderme con amor también. ¡Pues eso era tan poético!
Pero amar de modo verdadero, como yo, ella no podía, ya que era fría y estaba ya bastante maleada. En ella había ya un demonio, que le susurraba día y noche que era encantadora, divina, y ella, sin saber de modo definido para qué, propiamente, había sido creada, y para qué se le había dado la vida, se imaginaba en el futuro, no de otra forma, que muy rica e ilustre; soñaba con bailes, carre­ras de caballos, libreas, con una sala lujosa, un salón, y todo un enjambre de condes, príncipes, enviados, pintores y artistas notables, y todo eso le hacía una reverencia y admiraba su belleza, y sus toilettes... Esa sed de poder y éxitos personales, y esas ideas constantes, todas en la misma dirección, enfrían a las personas, y Ariadna era fría: conmigo, con la naturaleza y con la música. El tiempo, entre tanto, corría, y aún no había enviados. Ariadna siguió viviendo con su hermano espiritista, las cosas se ponían cada vez peor, de modo que ella ya no tenía con qué comprarse vestidos y sombreros, y tenía que ser pícara, y escurrirse para ocultar su pobreza.
Como a propósito, cuando vivía aún en Moscú con la tía, le propuso matrimonio cierto príncipe Maktúev, un hombre rico, pero totalmente ínfimo. Ella lo rechazó de modo rotundo. Pero ahora, a veces, la torturaba el gusano de la contrición: ¿para qué lo había rechazado? Como nuestro mujík sopla con repulsión el kvas con cucarachas, y de todos modos se lo bebe, así ella fruncía el ceño con aprensión al recordar al príncipe, y de todos modos me decía:
-Diga lo que diga, en el título hay algo inexplicable, fascinante...
Soñaba con el título, con el esplendor, pero al mismo tiempo no quería soltarme. Por mucho que sueñes ahí con los enviados, de todos modos el corazón no es una piedra, y da lástima la propia juventud. Ariadna intentaba ena­morarse, hacía ver que me amaba, e incluso me juraba amor. Pero yo soy un hombre nervioso, sensible; cuando me aman, lo siento incluso a distancia, sin aseveraciones ni juramentos; y ahí me soplaba un frío, y cuando ella me hablaba de amor, me parecía que oía el canto de un ruiseñor metálico. Ariadna mis­ma sentía que no le alcanzaba la pólvora, le daba fastidio, y yo vi más de una vez cómo lloraba. Y una vez, se puede imaginar, me abrazó de pronto con ímpetu, y me besó, eso sucedió al atardecer, en la orilla del río, y yo vi por sus ojos que ella no me amaba, y me había abrazado simplemente por curiosidad, para probarse a sí misma: para ver qué salía de eso. Y sentí miedo. Le tomé la mano y proferí desolado:
-¡Esas caricias sin amor me hacen sufrir!
-¡Qué… excéntrico es usted! -dijo con fastidio, y se apartó.
Con toda probabilidad, pasados uno-dos años más, yo me hubiera casado con ella, en eso hubiera terminado esta historia, pero el destino decidió ordenar nuestro romance de otra forma. Sucedió así, que un nuevo personaje apareció en nuestro horizonte. Al hermano de Ariadna vino a visitarlo su compañero de universidad, Lubkóv, Mijaíl Ivánovich, un hombre gentil, del que el cochero y el lacayo de­cían: “¡un señor o-o-cupado". Así, de estatura me­diana, delgado, calvo, la cara como la de un burgués bondadoso, no interesante pero generoso, pálido, con un bigote áspero cuidado, en el cuello una piel de ganso con granitos, una gran nuez. Usaba un pince-nez de cinta negra ancha, tartajeaba, no pronunciaba ni la r ni la l, así que, por ejemplo, la palabra "realicé" a él le salía así: "guealicé". Siempre estaba contento, todo le era risible. Se había casado, de algún modo estúpido en extremo, a los veinte años, recibió de dote dos casas en Moscú, en las afueras de Dievíchim, se dedicó a reformar y construir unos baños, se arruinó por completo, y ahora su mujer y sus cuatro hijos vivían en los Números orientales, pasaban necesidad, y él los debía mantener, y eso le era risible. Tenía 36 años, y su mujer ya 42, y eso también le era risible. Su madre, una señora arrogante, inflada, con pretensiones nobiliarias, despreciaba a su mujer y vivía aparte, con toda una turba de perros y gatos, y él debía darle una pensión de 75 rublos al mes; y él mismo era un hombre de gusto, le gustaba desayunar en El Bazar eslavo y almorzar en el Ermitage; necesitaba mucho dinero, pero el tío le daba sólo dos mil al año, eso no alcanzaba, y él corría todo el día por Moscú, como se dice, con la lengua afuera, y buscaba donde conseguir préstamos, y eso también le era risible. Había ido a casa de Kotlóvich, como decía, para descansar de la vida familiar en el regazo de la naturaleza. En el almuerzo, en la cena, en los paseos nos hablaba de su mujer, su madre, los acreedores, los ujieres de juzgado, y se reía de ellos; se reía de sí mismo, y nos aseguraba que gracias a esa capacidad de pedir prestado, había adquirido muchos conocidos agradables. Se reía sin cesar, y nosotros nos reíamos también. Con él empezamos a pasar el tiempo de otra forma. Yo era más inclinado a los placeres serenos, así decir, idílicos; me gustaba pescar, los paseos al atardecer, recoger hongos; Lubkóv pues prefería los picnics, los cohetes, la caza con galgos. Unas tres veces a la semana armaba picnics, y Ariadna, con una cara muy seria, inspirada, apuntaba en un papel las ostras, el champagne, los caramelos, y me mandaba a Moscú, por supuesto, sin preguntar si yo tenía dinero. Y en los picnics eran los brindis, la risa, y de nuevo los relatos joviales acerca de cuán vieja era su mujer, de qué perritos gorditos tenía su madre, de cuán gentiles personas eran los acree­dores...
Lubkóv amaba la naturaleza, pero la veía como algo ya hacía tiempo conocido, además de que, por su esencia, ésta estaba por debajo de él sin medida, y creada sólo para su placer. Pasaba que se detenía ante algún paisaje soberbio, y decía: “¡Sería bueno tomar té aquí!” Una vez, al ver a Ariadna, que iba a lo lejos con una sombrilla, la señaló con la cabeza y dijo:
-Ella es flaca, y eso me gusta. A mí no me gustan las gordas.
Eso me molestó. Le rogué que no se expresara así de las mujeres delante de mí. Me echó una mirada con asombro y dijo:
-¿Qué hay pues de malo, en que a mí me gusten las flacas y no me gusten las gordas?
Yo no le respondí nada. Después, una vez, estando en una disposición excelente y un poco achispado, dijo:
-Yo lo he notado, usted, a Ariadna Grigórievna, le gusta. Me asombro con usted, por qué la deja pasar.
Sentí embarazo por esas palabras y, turbado, le dije mi visión del amor y de las mujeres.
-No sé -suspiró- Para mí, la mujer es la mujer, el hombre es el hombre. Deje que Ariadna Grigórievna, como usted dice, sea poética y elevada, pero eso no significa, que ella deba estar fuera de las leyes de la natura­leza. Usted mismo ve, que ella ya está en una edad, que necesita un marido o un amante. Yo respeto a las mujeres no menos que usted, pero pienso que las conocidas relaciones no excluyen la poesía. La poesía es por sí misma, y el amante es por sí mismo. Es lo mismo que en la agricultura: la belleza de la naturaleza es por sí misma, y la ganancia de los bosques y los campos es por sí misma.
Cuando Ariadna y yo pescábamos carasios, Lubkóv se acostaba ahí mismo en la arena, y se burlaba de mí o me enseñaba cómo vivir.
-¡Me asombra, señor mío, cómo puede usted vivir sin un romance! –decía. -Usted es joven, bonito, interesante, en una palabra, un hombre como pocos, y vive a lo monacal. ¡Oh, esos viejos ya a los 28 años! Yo soy mayor que ustedes casi diez años, ¿y cuál de nosotros es más joven? Ariadna Grigórievna, ¿quién?
-Por supuesto, usted –le respondía Ariadna.
Y cuando le cansaba nuestro silencio, y la atención con que mirábamos los flotadores, se iba a la casa, y ella decía mirándome enojada:
-En efecto, usted no es un hombre sino, Dios me perdone, un calzonazos. ¡El hombre debe aficionarse, enloquecer, cometer errores, sufrir! Una mujer le perdona a usted la insolencia y el descaro, pero nunca le perdonará esa cordura suya.
Estaba enojada no en broma, y continuó:
-Para tener éxito, hay que ser decidido y valiente. Lubkóv no es tan bonito como usted, pero es más interesante, y siempre va a tener éxito con las mujeres, porque él no se parece a usted, él es hombre…
E incluso se oía cierta exasperación en su voz. Una vez en la cena ella, sin dirigirse a mí, empezó a decir que si ella fuera hombre, no se amargaría en el campo, sino se iría a viajar, viviría en invierno en algún lugar, en el extranjero, por ejemplo en Italia. ¡Oh, Italia! Ahí mi padre, sin intención, le echó más leña al fuego; contó largo tiempo de Italia, de lo bueno que era allá, ¡qué naturaleza maravillosa, qué museos! A Ariadna de pronto le entró el deseo ardiente de ir a Italia. Incluso golpeó la mesa con el puño y le brillaron los ojos:¡vamos!
Y después empezaron las pláticas de lo bueno que sería en Italia, -ah Italia, ah y oh, -y así todos los días; y cuando Ariadna me miraba a través del hombro, yo veía por su expresión fría y testaruda, que en sus sueños ella ya había sometido a Italia con todos sus salones, ilustres extranjeros y turistas, y que retenerla era ya imposible. Yo le aconsejé esperar un poco, aplazar el viaje por uno-dos años, pero ella fruncía el ceño con aprensión, y decía:
-Usted es juicioso, como una mujer vieja.
Y Lubkóv estaba por el viaje. Decía que saldría muy barato, y que él también iría a Italia con gusto, a descansar allá de la vida familiar. Yo, lo confieso, me conducía de modo inocente, como un alumno de gimnasio. No por celos, sino por el presagio de algo terrible, insólito, intentaba, cuando era posible, no dejarlos solos, y ellos se burlaban de mí; por ejemplo, cuando yo entraba, hacían ver que recién se estaban besando, y por el estilo.
Pero he aquí, una hermosa mañana, se me aparece su hermano-espiritista, rollizo, blanco, y me expresa su deseo de hablar conmigo en privado. Era un hombre sin voluntad; a pesar de su educación y delicadeza, no podía contenerse, de ningún modo, de leer una carta aje­na, si ésta yacía en la mesa ante él. Y ahora en la plática, me confesaba que había leído sin intención una carta de Lubkóv a Ariadna.
-Por esa carta yo me enteré de que ella, en tiempo breve, se va al extranjero. ¡Gentil amigo, yo estoy muy inquieto! ¡Explíqueme, por Dios, yo no entiendo nada!
Cuando decía esto, respiraba con dificultad, me respiraba directo en la cara, y olía a carne hervida.
-Disculpe, yo le confiaré el secreto de esta carta –continuó,- ¡pero usted es amigo de Ariadna, ella lo respeta! Puede ser, usted sabe algo. Ella se quiere ir pero, ¿con quién? El señor Lubkóv también se dispone a irse con ella. Disculpe, pero esto es hasta extraño por parte del señor Lubkóv. Él es un hombre casado, tiene hijos, y entre tanto le declara el amor, le escribe a Ariadna de “tú”. ¡Disculpe, pero esto es extraño!
Yo me puse frío, las manos y los pies se me entumieron, y sentí un dolor en el pecho, como si me hubieran puesto ahí una piedra triangular. Kotlóvich, exhausto, se tumbó en la butaca, y sus manos colgaron como látigos.
-¿Qué puedo hacer yo pues? -pregunté.
-Inculcarle, convencerla... Juzgue: ¿qué es Lubkóv para ella? ¿Acaso le es pareja? ¡Oh, Dios, qué horrible es esto, qué horrible! –continuó, agarrándose la cabeza. -Ella tiene unos partidos tan excelentes, el prín­cipe Matkúev, y ... y otros. El príncipe la adora, y recién el miércoles de la semana pasada, su difunto abuelo Hilarión confirmó positivamente, como que dos y dos son cuatro, que Ariadna va a ser su mujer. ¡Positivamente! El abuelo Hilarión ya está muerto, pero es un hombre asombrosamente inte­ligente. Nosotros invocamos su espíritu todos los días.
Después de esta plática, yo no dormí en toda la no­che, quería pegarme un tiro. Por la mañana escribí cinco cartas y las rompí todas en pedazos, después sollocé en el cobertizo, después le pedí a mi padre dinero, y me fui al Cáucaso sin despedirme.
Por supuesto, la mujer es la mujer y el hombre es el hombre pero, ¿será posible que todo eso sea tan simple en nuestro tiempo, como era antes del diluvio, y será posible que yo, un hombre culto, dotado de una compleja organización espiritual, deba explicar mi fuerte atracción hacia una mujer, sólo con que las formas de su cuerpo son otras que las mías? ¡Oh, qué horrible sería eso! Yo quisiera pensar que, al luchar con la natu­raleza, el genio humano luchó también con el amor físico, como con un enemigo, y que si no lo venció, pues con todo logró, al menos, atraparlo en la red de las ilusiones de la hermandad y el amor; y para mí, por lo menos, eso no es ya, simplemente, una función de mi organismo animal, como el de un perro o una rana, sino un amor verdadero, y cada abrazo es inspirado por un puro impulso del corazón, y por el respeto a la mujer. En efecto, cientos de generaciones se educaron, por siglos, en la repulsión hacia el instinto animal, yo la heredé con la sangre y es parte de mi esencia, y si yo ahora poetizo el amor pues, ¿no es eso, así mismo, natural y necesario en nuestro tiempo, como que el pabellón de mi oreja es inmóvil y yo no estoy cubierto de lana? Me parece que así piensan la mayoría de las personas cultas, ya que en el tiempo actual, la ausencia del elemento moral y poético en el amor, se trata ya como un fenómeno de atavismo; dicen que es un síntoma de degeneración, muchos que de alienación. Es verdad que, al poetizar el amor, suponemos en esos que amamos virtudes que a menudo no tie­nen, bueno, y eso nos sirve como fuente de errores y sufrimientos constantes. Pero es mejor ya para mí que sea así, o sea, es mejor sufrir que calmarse con que la mujer es la mujer y el hombre es el hombre.
En Tíflis recibí una carta de mi padre. Me escribía que Ariadna Grigórievna, en tal fecha, se había marchado al extranjero con la intención de vivir allá todo el invierno. Al mes volví a casa. Era ya otoño. Cada semana, Ariadna le enviaba a mi padre unas cartas de papel perfumado, muy interesantes, escritas en un excelente lenguaje literario. Yo soy de la opinión que toda mujer puede ser escritora. Ariadna describía con todo detalle cuán no fácil le fue reconciliarse con su tía, y pedirle mil rublos para el camino, y cuánto tiempo buscó en Moscú a una parienta lejana suya, una viejecita, para convencerla de viajar juntas. Este exceso de detalles me sabía mucho ya a invención, y yo entendí, por supuesto, que ella no tenía ninguna compañera de viaje. Poco después, recibí una carta suya, también perfumada y literaria. Escribía que me extrañaba, con mis ojos bonitos, inteligentes, enamorados, me reprochaba amistosamente que arruinaba mi juventud, que me amargaba en el campo, al mismo tiempo que podría, igual que ella, vivir en el paraíso bajo las palmeras, aspirar el aroma de los naranjos. Y firmaba así: "Su abandonada, Ariadna". Después, a los dos días, otra carta del mismo género, y la firma: "Su olvidada”. A mí se me nublaba la cabeza. Yo la amaba apasionadamente, soñaba con ella todas las noches, y ahí aun la “abandonada", la "olvidada", ¿para qué todo esto?, ¿para qué?, y ahí aún el aburrimiento del campo, los atardeceres largos, las ideas lánguidas acerca de Lub­kóv… La incertidumbre me torturaba, me envenenaba día y noche, se hizo insufrible. Yo no resistí y partí.
Ariadna me llamaba a Abbazzia. Yo llegué allí en un día diáfano, cálido después de la lluvia, cuyas gotas pendían aún de los árboles, y me alojé en esa misma dépendance’e enorme, parecida a un cuartel, donde vivían Ariadna y Lubkóv. No estaban en casa. Me dirigí al parque local, vagué por las alamedas, después me senté. Pasó de largo un general austriaco, con las manos puestas detrás, con las mismas bandas rojas que usan nuestros generales. Pasearon a un niño en un cochecito, y las ruedas chillaban por la arena húmeda. Pasó un viejo decrépito con ictericia, una multitud de inglesas, un ksiądz3, después el general austriaco de nuevo. Arrastraron los pies hacia la garita unos músicos militares, recién llegados de Fiume, con unas trompetas brillantes, tocaron música. ¿Estuvo usted alguna vez en Abbazzia? Es un pueblo eslavo fangoso, con una sola calle que apesta, y por la que des­pués de la lluvia, no se puede pasar sin chanclos. Yo había leído tanto, y cada vez con tal embeleso, sobre ese paraíso terrenal, que cuando, tras remangarme el pantalón, crucé la calle estrecha con cuidado y, por aburrimiento, le compré unas peras ásperas a una mujer vieja, que al reconocer en mí a un ruso decía “cuatri” y “venti”, y cuando me preguntaba con perplejidad adónde, finalmente, ir y qué hacer allí, y cuando hallaba con seguridad a rusos engañados asimismo como yo, sentí fastidio y vergüenza. Había allí una bahía serena, por la que andaban barcos y botes con velas de colores diversos; de allí se veía Fiume, las islas lejanas, cubiertas por una neblina violácea, y eso hubiera sido pintoresco, si la vista de la bahía no la taparan los hoteles y sus dépendance’s de absurda arquitectura burguesa, que habían construido en esa orilla verde los mercachifles avariciosos, de modo que, en su mayor parte, usted no veía nada en el paraíso, excepto ventanas, terrazas y plazoletas con mesitas blancas y fracs negros de lacayos. Ha­bía allí un parque, que usted encuentra ahora en todo balneario extranjero. Y el verdor oscuro, inmóvil, callado de las palmeras, la arena amarillo-vívido de las alamedas, los bancos verde-vívido, el brillo de las trompetas rugientes de los soldados y las bandas rojas del general, todo eso le cansaba a los diez minutos. ¡Y entre tanto, usted estaba obligado por algo a vivir allí diez días, diez semanas! Andorreando a la fuerza por estos balnearios, me convencía cada vez más, de cuán incómodo y aburrido vivían los ricos y los saciados, de cuán pobre y débil era su imaginación, de cuán no valientes eran sus gustos y deseos. Y cuántas veces más dichosos que ellos eran esos turistas jóvenes y viejos que, sin tener dinero para vivir en los hoteles, vivían donde les tocara, admiraban la vista del mar desde la altura de las montañas, acostados en la hierba verde, andaban a pie, veían de cerca los bosques, los pueblos, observaban las costumbres del país, oían sus canciones, se enamoraban de sus mujeres...
Mientras estaba sentado en el parque, empezó a oscure­cer, y en las entreluces apareció mi Ariadna, elegante y vestida como una princesa; tras ella iba Lubkóv, con una ropa toda nueva y ancha, comprada probablemente en Viena.
-¿Por qué pues se enoja? -decía él. -¿Qué le hice?
Al verme, gritó con júbilo y, si no hubiera estado en el parque, seguro se me hu­biera lanzado al cuello; me apretaba fuerte las manos y reía, y yo también reía, y casi no lloraba de emoción. Empezaron las preguntas: cómo era en el pueblo, qué tal mi padre, había visto acaso a su hermano, y demás. Me exigía que la mirara a los ojos, y me preguntaba si recordaba los carasios, nuestras peleas pequeñas, los picnics...
-En esencia, qué bueno era todo eso, -suspiró. -Pero nosotros aquí no vivimos aburridos. ¡Tenemos muchos conocidos, mi gentil, mi bueno! Mañana lo voy a pre­sentar aquí a una familia rusa. Sólo que, por favor, cómprese otro som­brero.-Me examinó y frunció el ceño. -Abbazzia no es el campo, -dijo ella. -Aquí hay que estar comme il fault.
Después fuimos a un restaurante. Ariadna se reía todo el tiempo, hacía travesuras y me llamaba gentil, bueno, inteligente, y como que no creía a sus ojos, que yo es­taba con ella. Así estuvimos sentados hasta las once, y nos separamos muy satisfechos con la cena y el uno con el otro. Al otro día Ariadna me presentó a la familia rusa: “hijo de un profesor conocido, nuestro vecino de la posesión”. Hablaba ella con esa familia sólo de posesiones y cosechas, y siempre se remitía a mí. Quería parecer una hacendada muy rica, y en verdad lo lograba. Se conducía de modo excelente, como una verdadera aristócrata, lo que era, por lo demás, por su procedencia.
-¡Pero cómo es la tía! -dijo de pronto, mirándome con una sonrisa-. Nos peleamos un poquito, y se marchó a Murano. ¿Cómo es?
Después, cuando paseaba con ella por el parque, le pregunté:
-¿De qué tía hablaba hace poco? ¿Qué tía es esa?
-Eso es una mentira de salvación, -se echó a reír Ariadna. –Ellos no deben saber, que yo estoy sin compañera de viaje. -Después de un instante de silencio, se apretó a mí y dijo: -¡Hijito, gentil, hágase amigo de Lubkóv! ¡Él es tan infeliz! Su madre y su mujer son, simplemente, horri­bles.
Le decía a Lubkóv “usted” y, al irse a dormir, se despidió de él asimismo como de mí, “hasta mañana”, y vivían en pisos diferentes; eso me dio la esperanza de que todo era un absurdo, y que no tenían ningún romance, y al encontrarme con él me sentía ligero. Y cuando una vez me pidió trescientos rublos prestados, pues se los di con mucho gusto.
Todos los días paseábamos y sólo paseábamos. Ya vagábamos por el parque, ya co­míamos, ya bebíamos. Todos los días eran las pláticas con la familia rusa. Yo, poco a poco, me habitué a que, si entraba al parque, seguro hallaba al viejo con ictericia, al ksiądz y al general austriaco, que llevaba consigo un mazo de cartas pequeñas y, donde quiera que podía, se sentaba y distribuía el patience, y los hombros le temblaban de modo nervioso. Y tocaban siempre la misma música. En la casa, en el campo, me daban vergüenza los mujíks, cuando, en los días laborales, iba a un picnic o a pescar en compañía, y así me daban vergüenza aquí los lacayos, los cocheros, los obreros al encuentro, siempre me parecía que ellos me miraban y pensaban: "¿Por qué tú no haces nada?" Y sentía esa vergüenza de la mañana a la noche, todos los días. Fue un tiempo extraño, desagradable, monótono; lo único que variaba, acaso, era que Lubkóv me pedía prestado ya cien, ya cincuenta guldens, y revivía de pronto con el dinero, como el morfinómano con la morfina, y empezaba a reírse ruidosamente de su mujer, de sí mismo o de sus acreedores.
Pero he aquí fueron las lluvias, hizo frío. Fuimos a Italia, y yo le telegrafié a mi padre para que, por Dios, me enviara a Roma un giro de unos ochocientos rublos. Nos detuvimos en Ve­necia, en Bolonia y en Florencia, y en cada ciudad, con seguridad, íbamos a dar a un hotel costoso, donde nos desollaban aparte por la iluminación, los sirvientes, la calefacción, el pan del desayuno, y por el derecho a almorzar no en el salón general. Co­míamos mucho, terriblemente. Por la mañana nos servían el café com­plet. A la una el desayuno: carne, pescado, algún omelette, queso, fruta y vino. A las seis un almuerzo de seis platos, con largos intermedios, durante los cuales bebíamos cerveza y vino. A las nueve de la noche té. Antes de la medianoche, Ariadna anunciaba que quería comer, y pedía jamonada y huevos hervidos. Con ella, por la compañía, comíamos nosotros también. Y en los intervalos de la comida corríamos por los museos y las exposiciones, con la idea constante de no tardarnos para el almuerzo o el desayuno. Yo me aburría ante los cuadros, deseaba ir a casa a acostarme, me fatigaba, buscaba con los ojos una silla, y repetía tras los otros con hipocresía: “¡Qué encanto! ¡Cuánto aire!” Como boas saciadas, le prestábamos atención solamente a los objetos brillantes, las vitrinas de los almacenes nos hipnotizaban, y admirábamos los broches falsos, y comprábamos montones de cosas inútiles, ínfimas.
Lo mismo fue en Roma. Allí llovía, soplaba un vien­to frío. Después de un desayu­no suculento, fuimos a examinar el templo de Pedro y, gracias a nuestra saciedad, y acaso al mal tiempo, éste no nos produjo ninguna impresión, y nos pescábamos los unos a los otros por indiferencia al arte, casi no nos peleamos.
Llegó el dinero de mi padre. Me dirigí a recibirlo, recuerdo, por la mañana. Fue conmigo Lubkóv.
-El presente no puede ser pleno y feliz, cuando existe el pasado -dijo-. A mí, del pasado, me quedó al cuello un gran peso. Por lo demás, si hubiera dinero, no todo sería una desgracia, pues ya andas en cueros, ya andas con bienes... ¿Me cree?, me quedan sólo ocho francos, -continuó, bajando la voz-, entre tanto, yo debo mandarle a mi esposa cien, y a mi madre otro tanto. Y aquí hay que vivir. Ariadna es como un niño, no quiere ponerse en la situación, y derrocha dinero como una duquesa. ¿Para qué se compró el reloj ayer? Y dí­game, ¿para qué debemos seguir actuando como si fuéramos unas nanas? Pues, que ella y yo le ocultemos a los sirvientes y los conocidos nuestras relaciones, nos sale en 10-15 francos demás por día, ya que yo alquilo un número aparte. ¿Para qué eso?
Una piedra afilada se me volteó en el pecho. Incertidumbre ya no había, todo ya estaba claro para mí; me enfrié todo, y al mismo instante tomé la decisión: no verlos a ambos, huir de ellos, ir a casa de inmediato…
-Juntarse con una mujer es fácil, -continuó Lubkóv, -basta sólo desnudarla, ¡pero después qué pesado es todo eso, qué tontería!
Cuando yo contaba el dinero recibido, me dijo:
-Si no me da mil francos prestados, pues me voy a morir. Ese dinero suyo, es para mí el único recurso.
Yo se los di, y él revivió al instante, y empezó a reírse de su tío, un excéntrico, que no podía mantener su dirección a resguardo de su mujer. Al llegar al hotel, empaqué y pagué la cuenta. Quedaba despedirse de Ariadna.
Llamé a su puerta.
-¡Entrez!
En su número era el desorden matutino: en la mesa la vajilla de té, un bollo no terminado, una cáscara de huevo, un fuerte, asfixiante olor a perfume. La cama no estaba tendida, y era evidente que en ella habían dor­mido dos. La misma Ariadna recién se había levantado de la cama, y estaba ahora con una blusa de franela, no peinada.
Yo saludé, después me senté callado un instante, mientras ella intentaba poner en orden sus cabellos, y le pregunté con todo el cuerpo temblando:
-¿Para qué… para qué me escribió que viniera aquí, al ex­tranjero?
Por lo visto, ella adivinaba lo que yo pensaba; me tomó la mano y dijo:
-¡Yo quiero que usted esté aquí. Usted es tan puro!
Me dio vergüenza mi emoción, mi temblor. ¡Y de pronto aún empezaba a sollozar! Salí sin decir una palabra más, y una hora después ya estaba sentado en el vagón. Por todo el camino, por algo, imaginaba a Ariadna embarazada, y me era repulsiva, y todas las mujeres que veía en los vagones y las estacio­nes me parecían por algo embarazadas, y me eran también repulsivas y mezquinas. Me hallaba en la situación del codicioso, avaricioso y apasionado que, de pronto, descubre que todas sus monedas son falsas. Las imágenes puras, gráciles, que por tanto tiempo había acariciado mi imaginación, calentada por el amor, mis planes, esperanzas, mis recuerdos, mis visiones del amor y de la mujer, todo eso ahora se reía de mí y me sacaba la lengua. ¿Ariadna, me preguntaba con horror, esa muchacha joven, notablemente bonita, educada, hija de un senador, en una relación con un hombre tan trivial, ordinario, no interesante? ¿Pero, por qué pues no podía amar a Lubkóv?, me respondía. ¿En qué él era peor que yo? Oh, que ame a quien le plazca pero, ¿para qué mentir? ¿Pero, a santo de qué ella debía ser franca conmigo? Y así por el estilo, todo en ese género, hasta aturdirse. Y en el vagón hacía frío. Yo viajaba en primera clase, pero ahí se sentaban tres en un diván, no había marcos dobles, la puerta exterior se abría directo al coupe, y yo me sentía como en una horma, oprimido, abandonado, lastimero, y con las piernas terriblemente ateridas, y al mismo tiempo, a cada rato, me venía a la memoria lo seductora que estaba ella hoy, con su blusa y sus cabellos sueltos, y de pronto se apoderaron de mí unos celos tan fuertes, que saltaba por el dolor de alma, y mis vecinos me miraban con asombro, e incluso con miedo.
En la casa encontré montones de nieve y una helada de veinte grados. Yo amo el invierno, lo amo porque en ese tiempo en la casa, incluso con las heladas crujientes, sentía una calidez peculiar. Era agradable, tras ponerme la pelliza y las botas de fieltro, en un día diáfano helado, hacer algo en el jardín o en el patio, o leer en mi habitación muy calentada, sentarme ante la chimenea en el gabinete de mi padre, lavarme en mi baño campestre... Sólo que, si no estaban en la casa mi madre, mis hermanas o los niños, como que me daba espanto en los atardeceres invernales, y éstos me parecían sumamente largos y apacibles. Y mientras más cálido y cómodo era, más fuerte se sentía esa ausencia. En aquel invierno, cuando volví del extranjero, los atardeceres eran largos-largos, yo me aburría bastante, y por el aburrimiento no podía incluso leer; por el día aún era para aquí, para allá, ya limpiabas la nieve del jardín, ya le dabas de comer a las gallinas y los terneros, pero en los atardeceres era siquiera piérdete.
Antes no me gustaban los visitantes, pero ahora me alegraba de recibirlos, ya que sabía que habría, con seguridad, una plática sobre Ariadna. A menudo venía el espiritista Kotlóvich, para hablar de su hermana, y a veces traía consigo a su amigo, el príncipe Maktúev, que estaba enamorado de Ariadna no menos que yo. Estar sentado en la habitación de Ariadna, tocar las teclas de su piano, mirar sus notas, era ya una necesidad para el príncipe, no podía vivir sin eso, y el espíritu del abuelo Hilarión continuaba prediciendo, que tarde o temprano ella sería su mujer. En la casa, comúnmente, el príncipe se quedaba sentado largo tiempo, desde el desayuno hasta la medianoche, y siempre callaba; se tomaba callado unas dos-tres bo­tellas de cerveza, y sólo rara vez, para demostrar que él también participaba en la plática, se reía con una risa entrecortada, triste, medio estúpida. Antes de irse a su casa, cada vez me llevaba a un costado, y me decía a media voz:
-¿Cuándo vio usted por última vez a Ariadna Grigórievna? ¿Está saludable? Yo pienso, ¿qué ella allá no se aburre?
Llegó la primavera. Había que andar al vuelo, después sembrar lo de primavera, y el trébol. Era triste, pero ya a lo primaveral: me quería resignar a la pérdida. Trabajando en el cam­po y escuchando a las alondras, me preguntaba: ¿acaso no acabar ya de una vez con esta cuestión de la felicidad personal, acaso no casarme sin demora con una simple muchacha campesina? Cuando de pronto, en el mismo apogeo del trabajo, recibo una carta con un timbre italiano. El trébol, el colmenar, los terneros, la muchacha campesina, todo voló como humo. Por esta vez, Ariadna escribía que era profunda, infinitamente infeliz. Me reprochaba que no le había tendido una mano de ayuda, sino que la había mirado desde la altura de mi virtud, y abandonado en un instante de peligro. Todo eso estaba escrito con una letra grande, nerviosa, con tachones y borrones, y se veía que se había apurado a escribir y sufrido. En conclusión, me suplicaba ir a salvarla.
De nuevo levé anclas y volé. Ariadna vivía en Roma. Llegué tarde en la noche, y cuando me vio, empezó a sollozar y se me lanzó al cuello. En un invierno no había cambiado en absoluto, y estaba tan joven y encantadora. Cenamos juntos y después, hasta el amanecer, paseamos en coche por Roma, y ella todo el tiempo me con­taba de su modo de vida. Le pregunté dónde estaba Lubkóv.
-¡No me recuerde a ese bicho! -gritó. -¡Me es repulsivo y asqueroso!
-Pero usted pues, parece, que lo amaba, -dije.
-¡Nunca! Al principio me parecía original, y me daba lástima, eso es todo. Es un descarado, toma a la mujer por asalto, y eso es atractivo. Pero no vamos a hablar de él. Es una página triste de mi vida. Se fue a Rusia por dinero, ¡que le vaya bien! Le dije que no se atreviera a regresar.
Ella ya no vivía en un hotel, sino en un aparta­mento particular de dos habitaciones, que había decorado a su gusto, de modo frío y lujoso. Después que se fue Lubkóv, se endeudó con sus conocidos por cerca de cinco mil francos, y mi llegada, en efecto, fue una salvación para ella. Yo había calculado llevarla al campo, pero no lo logré. Ella extrañaba la patria, pero el recuerdo de la pobreza sufrida, las carencias, el tejado oxidado en la casa de su hermano, le producían repulsión, temblores, y cuando le propuse ir a casa, me estrechó las manos de modo convulsivo, y dijo:
-¡No, no! ¡Yo allá me moriría de aburrimiento!
Luego mi amor entró en su última fase, en su último cuarto de hora.
-Sea el alma de antes, quiérame un poquito -decía Ariadna, recostándose en mí. –Usted es sombrío y cuerdo, tie­ne miedo de rendirse al ímpetu, y siempre piensa en las consecuencias, y eso es aburrido. Bueno, le ruego, le suplico, ¡sea cariñoso!.. Mi puro, mi santo, mi gentil, ¡yo lo quiero tanto!
Me hice su amante. Por lo menos, un mes estuve como alocado, percibía sólo éxtasis. Tener abrazado un cuerpo joven, hermoso, deleitarse con éste, sentir cada vez, al despertar del sueño, su calidez, y recordar que ella estaba allí, ella, mi Ariadna, ¡oh, a eso no era fácil habituarse! Pero yo, de todas formas, me habitué, y poco a poco empecé a tener una actitud conciente hacia mi situación. Ante todo, entendí que Ariadna, como antes, no me amaba. Pero ella quería amar seriamente, le temía a la soledad, y lo principal, yo era joven, saludable, robusto, y ella era sensual, como todas las personas frías en general, y ambos hacíamos ver, que nos habíamos juntado por un amor mutuo, apasionado. Luego yo entendí algo más.
Vivimos en Roma, en Nápoles, en Florencia; fuimos a París, pero allí nos pareció frío, y volvimos a Italia. En todas partes nos presentábamos como marido y mujer, como ricos hacendados, nos conocían con gusto, y Ariadna tenía un gran éxito. Ya que tomaba clases de pintura, la llamaban la pintora, e imagínese, a ella eso le iba muy bien, aunque no tenía ni el mínimo talento. Dormía cada día hasta las dos, hasta las tres; se tomaba el café y desayunaba en la cama. En el almuerzo comía sopa, langosta, pescado, carne, espárrago, volatería, y des­pués, cuando se acostaba, yo le servía en la cama algo, por ejemplo, un rosbif, y ella se lo comía con una expresión de tristeza, preocupada, y al despertarse por la noche comía manzanas y naranjas.
La propiedad principal, así decir, de esa mujer, era su malicia asombrosa. Era pícara de un modo constante, a cada instante, por lo visto, sin ninguna necesidad, sino como por instinto, por los mismos impulsos por los que el gorrión canta y la cucaracha mueve sus bigotes. Era pícara conmigo, con los lacayos, con el portero, con los mercaderes de los almacenes, con los conocidos; ni una plática, ni un encuentro se las arreglaba sin el melindre y la afectación. Bastaba que entrara a nuestro número un hombre, -fuese quien fuese, un garzón o un barón, -para que ella cambiara su mirada, su expresión, su voz, e incluso los contornos de su figura cambiaban. Si usted la hubiera visto entonces, siquiera una vez, hubiera dicho que unas personas más nobles y ricas que nosotros, no había en toda Italia. No dejaba ir ni a un solo pintor o músico, sin mentirle y decirle toda clase de sandeces con motivo de su notable talento.
-¡Usted es tal talento! -decía con una dulce voz cantarina. –Con usted hasta da miedo. Yo pienso, que usted debe ver a través de las personas.
¡Y todo eso para gustar, tener éxito, ser fascinante! Se despertaba cada mañana con una idea única: "¡gustar!". Y eso era el objetivo y el sentido de su vida. Si yo le hubiera dicho a ella que en tal casa, en tal calle, vivía un hombre a quien ella no le gustaba, eso la hubiera hecho sufrir seriamente. Ella necesitaba encantar, cautivar, hacer perder el juicio cada día. El hecho de que yo estaba en su poder, y ante sus encantos me convertía en una nulidad absoluta, le brindaba ese mismo placer, que los vencedores sintieron alguna vez en los torneos. Mi humillación era insuficiente, y ella aún por las noches, tumbada como una tigresa, sin cubrirse –siempre tenía calor-, leía las cartas que Lubkóv le enviaba; él le suplicaba volver a Rusia, de otro modo le juraba robarle a alguien o matarlo, sólo para conseguir el dinero e ir a verla. Ella lo odiaba, pero sus cartas apasionadas, serviles la emocionaban. De sus encantos tenía una opinión extrema; le parecía que si en algún lugar, en una reunión concurrida, vieran qué bien formada estaba y de qué color era su piel, ella vencería a toda Italia, a todo el mundo. Esas pláticas sobre su complexión y el color de su piel me insultaban y, al advertir eso, cuando estaba enojada, para fastidiarme, decía toda clase de cosas triviales y se burlaba de mí, y llegó incluso a que una vez, en la casa de campo de una dama, se enojó y me dijo:
-¡Si usted no deja de cansarme con sus sermones, pues yo ahora me voy a desvestir, y acostarme desnuda sobre estas mismas flores!
A menudo, mirando cómo ella dormía o comía, o intentaba otorgar a su mirada una expresión inocente, yo pensaba: ¿para qué pues, le ha dado Dios esa extrema belleza, gracia, inteligencia? ¿Es posible que sólo para estar en la cama, comer y mentir, mentir sin final? ¿Y acaso era inteligente? Le temía a las tres velas, a la fecha trece, llegaba al horror con el mal de ojo y las malas palabras, hablaba del amor libre y de la liber­tad, en general, como una vieja peregrina, aseguraba que Boliesláv Markiévich era mejor que Turguéniev. Pero era diabólicamente pícara y astuta, y en sociedad sabía parecer una persona muy educada, de avanzada.
No le costaba nada, incluso, en un momento divertido, insultar a un sirviente, matar un insecto; le gustaban las corridas de toros, le gustaba leer sobre asesinatos, y se enojaba cuando absolvían a los acusados.
Para esa vida que llevábamos yo y Ariadna, nos hacía falta mucho dinero. Mi pobre padre me enviaba su pensión, todas sus pequeñas ganancias, pedía prestado para mí donde podía, y cuando una vez me respondió: “non habeo”, le envié un telegrama desolado, donde le suplicaba hipotecar la posesión. Poco después, le pedí tomar dinero prestado, en algún lugar, por la segunda hipoteca. Lo uno y lo otro lo cumplió sin chistar, y me envió todo el dinero hasta el último kópek. Y Ariadna despreciaba la práctica de la vida, no tenía ningún asunto con todo eso, y cuando yo, tirando miles de francos para satisfacer sus locos deseos, gemía como un árbol viejo, ella cantaba con alma ligera “Addio, bella Napoli4”. Poco a poco me enfríe hacia ella, y me empezó a avergonzar nuestra relación. A mí no me gustan el embarazo y el parto, pero ahora ya soñaba a veces con un niño que fuera, siquiera, una justificación formal de esa, nuestra vida. Para no serme repulsivo a mí mismo, finalmente, empecé a visitar los museos y las galerías, y a leer libritos, comía poco y dejé de beber. Así te das cuerda de la mañana a la noche, eso como que alivia el alma.
Y yo cansé a Ariadna. A propósito, las personas entre las que ella tenía éxito, eran todas personas medianas, no había como antes enviados y salones, el dinero no alcanzaba, y eso la insultaba y la hacía sollozar, y me anunció, finalmente, que era posible no estaría en contra de volver a Rusia. Y he aquí vamos. En los últimos meses antes de la partida, se escribió con su hermano con empeño, tenía evidentemente ciertas ideas secretas, pero cuáles, Dios sabe. Yo ya estoy cansado de rebuscar en su picardía. Pero nosotros vamos no al campo, sino a Yalta, después de Yalta al Cáucaso. Ahora ella puede vivir sólo en los balnearios, y si usted supiera hasta qué grado odio yo todos esos balnearios, cuán asfixiado y avergonzado me siento en éstos. ¡Ahora yo tendría que ir al campo! Ahora tendría que trabajar, ganarme el pan con el sudor de mi frente, expiar mis errores. Ahora yo siento en mí un exceso de fuerzas, y me parece que si redoblara esas fuerzas, compraría la hacienda en cinco años. Pero, como ve, es una complicación. Aquí no es el extranjero, sino la mátushka Rusia, hay que pensar en el matrimonio legal. Por supuesto, la afición ya pasó, el amor de antes no está ni en mi recuerdo, pero, sea como sea, estoy obligado a casarme con ella.

-

Shamójin, emocionado con su relato, y yo bajamos y seguimos hablando de mujeres. Ya era tarde. Resultó que él y yo nos habíamos instalado en un mismo camarote.
-Por ahora, sólo en los pueblos la mujer no se atrasa respecto al hombre, -decía Shamójin-; allá ella piensa, siente así mismo, y lucha con la naturaleza con el mismo empeño, en nombre de la cultura, como el hombre. La mujer citadina pues, la burguesa, la educada, ya hace tiempo se atrasó, y regresa a su estado primitivo; es ya a medias una fiera-humana, y gracias a ella, muchas cosas que el genio humano conquistó ya se han perdido; la mujer desaparece poco a poco, en su lugar se sienta la hembra primitiva. Ese atraso de la mujer educada es una amenaza y un serio peligro para la cultura; en su movimiento regresivo, ella intenta arrastrar al hombre consigo, y frena su movimiento hacia adelante. Eso es indudable.
Yo le pregunté: ¿para qué generalizar, por qué, sólo por Ariadna, juzgar a todas las mujeres? Ya la sola aspiración de las mujeres a la educación y la igualdad de derechos de los sexos, que yo entendía como una aspiración a la justicia, por sí misma, excluía toda suposición de movimiento regresivo. Pero Shamójin apenas me escuchaba y sonreía con desconfianza. Era ya un misógino apasionado, convencido, y era imposible disuadirlo.
-¡Eh, basta! –me interrumpió. –Una vez que la mujer ve en mí no una persona, no igual a ella misma, sino un macho, y toda su vida se ocupa sólo de gustarme, o sea, de dominarme, pues, ¿se puede acaso hablar ahí de igualdad de derechos? ¡Oh, no les crea, ellas son muy, muy pícaras! Nosotros, los hombres, nos ocupamos de su libertad, pero ellas no quieren esa libertad en absoluto, y sólo hacen ver que la quieren. ¡Son terriblemente pícaras, horriblemente pícaras!
A mí ya me era aburrido discutir, y quería dormir. Me volví de cara hacia la pared.
-Sí, -oía al dormirme-. Sí. Y toda la culpa la tiene nuestra educación, padrecito. En las ciudades, toda la educación e instrucción de la mujer, en su esencia, se reduce a hacer de ella una fiera-humana, o sea, que ella le guste al macho y sepa vencer a ese macho. Sí -suspiró Shamójin. –Hace falta que las niñas se eduquen y estudien con los niños, que las unas y los otros estén siempre juntos. Hay que educar a la mujer de modo tal, que ella sepa reconocer, como el hombre, que no tiene razón, pues si no ella, en su opinión, siempre tiene razón. Incúlquele a la niña desde los pañales, que el hombre no es, ante todo, un caballero ni un novio, sino su prójimo, igual a ella en todo. Enséñele a pensar con lógica, a generalizar, y no le asegure, que su cerebro pesa menos que el masculino, y que por eso ella puede ser indiferente a las ciencias, las artes, a las tareas cultas en general. Un chiquillo-aprendiz, un zapatero o un albañil, tiene también un cerebro de menor medida, que el de un hombre adulto, pero participa pues, en la lucha general por la existencia, trabaja, sufre. Hay asimismo que abandonar esa manera de remitirse a la fisiología, al embarazo y al parto, ya que, en primer lugar, la mujer no pare cada mes; en segundo, no todas las mujeres paren, y en tercero, una mujer normal de pueblo trabaja en el campo antes del parto, y no le pasa nada. Luego, debe haber la más absoluta igualdad de derecho en la vida cotidiana. Si un hombre le ofrece una silla a una dama, o levanta un pa­ñuelo soltado, pues que ella le pague con lo mismo. Yo no voy a tener nada en contra, si una muchacha de buena familia me ayuda a poner­me el paletó, o me sirve un vaso de agua...
No oí más nada, ya que me dormí. Al otro día por la mañana, cuando nos acercábamos a Sevastópol, hacía un tiempo húmedo, desagradable. Se balanceaba. Shamójin estaba sentado conmigo en el puente, pensaba en algo y callaba. Los hombres, con los cuellos de los paletós alzados, y las damas con los rostros pálidos, soñolientos, empezaron a bajar cuando llamaron al té. Una dama joven y muy bonita, la misma que en Volochísk se enojaba con los funcionarios aduaneros, se detuvo ante Shamójin, y le dijo con una expresión de niña caprichosa, malcriada:
-¡Jean, tu pajarita se mareó!
Después, viviendo en Yalta, vi cómo esa dama bonita pasaba volando en un caballo amblador, y tras ella apenas le daban alcance ciertos dos oficiales, y cómo ella una vez por la mañana, con un gorro frigio y un mandil, pintaba un esbozo al óleo, sentada en el malecón, y una gran multitud estaba parada alejada y la admiraba. La conocí yo también. Me estrechó la mano con fuerza y, mirándome encantada, me agradeció con una dulce voz cantarina, por el placer que le brindaba con mis obras.
-No le crea, -me susurró Shamójin, -ella no ha leído nada suyo.
Cierta vez antes del anochecer, cuando yo paseaba por el malecón, me encontré con Shamójin; tenía en sus manos unos grandes envoltorios con entremeses y frutas.
-¡El príncipe Maktúev está aquí! –dijo con júbilo. –Vino ayer con su hermano-espiritista. ¡Ahora entiendo de qué le escribía a él entonces! ¡Señor, -continuó mirando al cielo y apretando el envoltorio contra su pecho, -si se entiende con el príncipe, pues eso significa la libertad, puedo irme entonces al campo, a casa de mi padre!
Y echó a correr adelante.
-¡Empiezo a creer en los espíritus! –me gritó volteándose. -¡El espíritu del abuelo Hilarión, al parecer, profetizó la verdad! ¡Oh, si fuera así!
Al otro día, después de este encuentro, me marché de Yalta, y en qué terminó el romance de Shamójin, lo ignoro.

1Volochísk, pueblo del gobierno Volínski, en la frontera con Austria.
2Alexánder Weltman, escritor ruso, autor de Aventuras tomadas de la vida en el mar, novela fantástica de aventuras.
3Ksiądz, sacerdote católico polaco.
4De la canción popular Funiculi, en dialecto napolitano, dedicada a la construcción de un funicular en el Vesubio.

Título original: Ariadna, publicado por primera vez en la revista Russkaya misl, 1895, Nº 12, con la firma: "Antón Chejov”.
Imagen: John Singer Sargent, Schooner, Catherine, Somesville, Maine, 1925.