jueves, 24 de abril de 2008

Anna al cuello

I

Después del casorio no hubo, siquiera, un bocado ligero, los jóvenes se bebieron una copa, se cambiaron y partieron a la estación. En lugar de un divertido baile de boda y una cena, en lugar de música y danzas, un viaje de peregrinación a doscientas vérstas. Muchos aprobaron eso, diciendo que Módest Alexéich ya tenía rangos y no era joven, y una boda ruidosa podría, es posible, parecer no del todo decente; y además era aburrido escuchar música, cuando un funcionario de 52 años se casaba con una muchacha, que apenas había cumplido 18. Decían asimismo que ese viaje al monasterio Módest Alexéich, como hombre de reglas, lo había tramado, en particular, para darle a entender a su joven mujer que, en el matrimonio, él concedía el primer lugar a la religión y la moralidad.
Acompañaron a los jóvenes. Una multitud de colegas y parientes estaba parada con las copas, y esperaba cuando se fuera el tren para gritar "hurra"; y Piótr Leóntich, el padre, con un cilindro, un frac de maestro, ya borracho y ya muy pálido, siempre se extendía hacia la ventana con su copa, y decía de modo suplicante:
-¡Aniúta! ¡Ania! ¡Ania, para una palabra!
Ania se inclinaba hacia él desde la ventana, y él le susurraba algo, bañándola con el olor del tufo a vino, le soplaba en la oreja -no se podía entender nada- y le persignaba el rostro, el pecho, las manos; además, su aliento temblaba y en sus ojos brillaban las lágrimas. Y los hermanos de Ania, Pétia y Andriúsha, alumnos de gimnasio, le tiraban del frac por detrás y susurraban confundidos:
-Pápochka, basta... Pápochka, no hace falta...
Cuando el tren arrancó, Ania vio cómo su padre corrió un poquito tras el vagón, tambaleándose y derramando su vino, y qué rostro lastimero, bondadoso y culpable tenía.
-¡Hurra-a-a! -gritaba.
Los jóvenes se quedaron solos. Módest Alexéich examinó el coupe, repartió las cosas por los estantes y se sentó frente a su joven mujer, sonriendo. Era un funcionario de estatura mediana, bastante grueso, rollizo, muy saciado, con largas patillas y sin bigotes, y su barbilla afeitada, redonda, bruscamente perfilada parecía un talón. Lo más característico de su rostro era la ausencia de bigotes, ese lugar recién afeitado, desnudo, que se convertía gradualmente en unas mejillas grasosas, trémulas como la gelatina. Se conducía de modo respetable, sus movimientos no eran rápidos, sus maneras suaves.
-No puedo no recordar ahora una circunstancia -dijo, sonriendo-. Hace cinco años, cuando Kosorótov recibió la orden Santa Anna de segundo grado, y vino a agradecer, pues su excelencia se expresó así: "Entonces, usted tiene ahora tres Annas: una en el ojal, dos al cuello". Y hay que decir, que en aquel tiempo recién había vuelto a Kosorótov su mujer, una persona áspera y frívola, que llamaban Anna. Espero, que cuando yo reciba la Anna de segundo grado, pues su excelencia no vaya a tener motivo para decirme lo mismo.
Él sonreía con sus ojos pequeños. Y ella sonreía también, inquieta por la idea de que ese hombre podía, a cada minuto, besarla con sus labios gruesos, húmedos, y que ella ya no tenía derecho a negarle eso. Los suaves movimientos de su cuerpo rollizo la asustaban, le daban terror y asco. Él se levantó, se quitó la orden del cuello sin prisa, se quitó el frac y el chaleco, y se puso la bata.
-Así pues -dijo él, sentándose junto a Ania.
Ella recordaba cuán torturante fue el casorio, cuando le parecía que el sacerdote, los visitantes y todos en la iglesia la miraban con tristeza: ¿por qué, por qué ella tan grácil, bonita, se casaba con este señor maduro, no interesante? Aún hoy por la mañana estaba en éxtasis, por que todo se hubiera arreglado tan bien, pero durante el casorio y ahora en el vagón se sentía culpable, engañada y ridícula. He aquí se había casado con un rico, y de todas formas no tenía dinero, el vestido de novia se lo habían cosido a crédito, y cuando la acompañaban hoy su padre y sus hermanos, ella vio por sus rostros que no tenían ni un kópek. ¿Iban acaso a cenar hoy? ¿Y mañana? Y le parecía por algo, que su padre y los muchachos se sentaban ahora sin ella hambrientos, y experimentaban exactamente la misma angustia, que hubo el primer atardecer después del entierro de su madre.
"¡Oh, qué infeliz soy! –pensaba. -¿Por qué soy tan infeliz?"
Con el embarazo de un hombre respetable, no habituado a tratar con mujeres, Módest Alexéich la tocaba por el talle y le palmeaba el hombro, y ella pensaba en el dinero, en su madre, en su muerte. Cuando murió su madre, su padre, Piótr Leóntich, maestro de caligrafía y dibujo en el gimnasio, se dio a la bebida, sobrevino la necesidad; los muchachos no tenían botas ni chanclos, al padre lo llevaban al juez de paz, venía el ujier del juzgado y apuntaba los muebles... ¡Qué vergüenza! Ania debió cuidar a su padre borracho, remendar los calcetines a sus hermanos, ir al mercado, y cuando elogiaban su belleza, juventud y maneras elegantes, le parecía que todo el mundo veía su sombrerito barato y los agujeros de sus zapatos, untados de tinta. Y por las noches las lágrimas y la idea obsesiva, inquieta, de que a su padre pronto-pronto lo despedirían del gimnasio por su debilidad, y de que él no soportaría eso y moriría también, como su madre. Pero he aquí las damas conocidas se afanaron, y empezaron a buscarle a Ania un hombre bueno. Pronto apareció este mismo Módest Alexéich, no joven y no bonito, pero con dinero. Tenía en el banco unos cien mil y una posesión patrimonial, que daba en arriendo. Era un hombre de reglas y en buena cuenta con su excelencia; a él no le costaba nada, como le decían a Ania, pedirle a su excelencia una esquela para el director del gimnasio, e incluso para el curador, para que a Piótr Leóntich no lo despidieran...
Mientras ella recordaba esos detalles, se oyó de pronto una música, que irrumpió por la ventana junto con el ruido de las voces. Eso el tren se detenía en el apeadero. Atrás de la plataforma, entre la multitud, tocaban un acordeón y un violín barato, chillón de modo animado, y de atrás de los altos abedules y los álamos, de atrás de las casas de campo, inundadas de luz lunar, llegaban los sonidos de una orquesta militar: debía ser, en las casas de campo había una velada bailable. Por la plataforma paseaban los veraneantes y los ciudadanos, venidos aquí con el buen tiempo a respirar un poco de aire puro. Estaba allí y Artínov, el posesor de todo ese lugar veraniego, un ricachón, un trigueño alto, grueso, parecido de cara a un armenio, con los ojos saltones y un traje extraño. Llevaba una camisa desabrochada en el pecho y unas altas botas con espuelas, y de sus hombros caía una capa negra, que se arrastraba por la tierra como una cola de vestido. Tras él, bajando sus hocicos agudos, andaban dos galgos.
A Ania aún le brillaban las lágrimas en los ojos, pero ya no recordaba ni a su madre, ni el dinero, ni su boda, sino le estrechaba las manos a los alumnos de gimnasio y a los oficiales conocidos, se reía contenta y decía con rapidez:
-¡Saludos! ¿Cómo anda?
Salió a la plazoleta bajo la luz de la luna, y se paró así para que la vieran toda, con su vestido nuevo, magnífico y con su sombrerito.
-¿Para qué estamos parados aquí? -preguntó.
-Aquí es el apartadero -le respondieron, -esperan el tren de correo.
Advertido que Artínov la estaba mirando, entornó los ojos con coquetería y rompió a hablar en francés en voz alta, y por que su propia voz sonaba tan hermosa, y se oía la música y la luna se reflejaba en el estanque, y por que la miraba avidamente y con curiosidad Artínov, ese conocido donjuán y travieso, y por que todos estaban contentos, de pronto sintió júbilo, y cuando el tren arrancó, y los oficiales conocidos en despedida le hicieron el saludo, ella ya cantaba una polka, cuyos sonidos le enviaba a su espalda la orquesta militar, que tronaba en algún lugar allá tras los árboles; y volvió a su coupe con tal sensación, como si en el apeadero la hubieran convencido, de que ella sería dichosa de seguro, a pesar de todo.
Los jóvenes se quedaron en el monasterio dos días, después volvieron a la ciudad. Vivían en un apartamento público. Cuando Módest Alexéich se iba al servicio, Ania tocaba el piano de cola o lloraba de aburrimiento, o se acostaba en el sofacito y leía novelas, o miraba una revista de modas. En el almuerzo Módest Alexéich comía mucho y hablaba de política, de asignaciones, traslados y recompensas, de que era necesario trabajar, que la vida familiar no era un placer, sino un deber, que el kópek cuidaba al rublo, y que él ponía, por encima de todo en el mundo, la religión y la moralidad. Y, teniendo el cuchillo en el puño, como una espada, decía:
-¡Cada persona debe tener sus obligaciones!
Y Ania lo escuchaba, temía y no podía comer, y comúnmente se levantaba de la mesa con hambre. Después de almuerzo el marido descansaba y roncaba ruidosamente, y ella se iba a donde los suyos. El padre y los muchachos le echaban miradas como que de modo peculiar, como si recién antes de su llegada la condenaran, por que se había casado por dinero con un hombre no amado, tedioso, aburrido; su vestido que hacía frú-frú, los brazaletes y en general su aspecto de dama los cohibía, insultaba; en su presencia se confundían un poquito, y no sabían de qué hablar con ella, pero con todo la querían como antes, y aún no se habituaban a almorzar sin ella. Ella se sentaba y comía con ellos el schi, las gachas y las papitas, fritas en una grasa de cordero que olía a vela. Piótr Leóntich, con mano trémula, se servía de la garrafa y bebía con rapidez, ávidamente, con repulsión, después se bebía otra copita, después la tercera... Pétia y Andriúsha, unos muchachos delgados, pálidos de ojos grandes, tomaban la garrafa y decían con extravío:
-No hace falta, pápochka... Es suficente, pápochka...
Y Ania también se alarmaba y le suplicaba no beber más, y él de pronto estallaba y golpeaba la mesa con el puño.
-¡Yo no le permitiré a nadie vigilarme! -gritaba-. ¡Chiquillos! ¡Chiquilla! ¡Los voy a echar a todos fuera!
Pero en su voz se oía debilidad, bondad, y nadie le temía. Después de almuerzo, comúnmente, se ataviaba; pálido, con la barbilla cortada por la afeitada, estirando el cuello flaco, se paraba media hora entera ante el espejo y se acicalaba, ya se peinaba, ya retorcía sus bigotes negros, se salpicaba perfume, se hacía el nudo de la corbata, después se ponía los guantes, el cilindro y se iba a sus lecciones privadas. Y si era fiesta, pues se quedaba en casa y pintaba al óleo o tocaba el armonio, que chirriaba y bramaba; intentaba sacarle sonidos afinados, armónicos y acompañaba cantando, o se enojaba con los muchachos:
-¡Miserables! ¡Canallas! ¡Estropearon el instrumento!
Por las noches, el marido de Ania jugaba a las cartas con sus colegas, vivientes bajo el mismo techo en la casa pública. Se juntaban durante las cartas las mujeres de los funcionarios, no bonitas, ataviadas sin gusto, groseras como cocineras, y en el apartamento empezaban unos chismes, tan no bonitos y sin gusto como las mismas funcionarias. Sucedía que Módest Alexéich iba con Ania al teatro. En los entreactos no la dejaba alejarse de sí ni un paso, sino andaba con ella del brazo por los corredores y el foyer. Tras intercambiar una reverencia con alguien, al instante ya le susurraba a Ania: "Consejero civil... recibido donde su excelencia..." o: "Con recursos... tiene su casa..." Cuando pasaban cerca del buffet, Ania quería mucho algo dulce; le gustaba el chocolate y el pastel de manzana, pero ella no tenía dinero, y le daba vergüenza pedírselo a su marido. Él tomaba una pera, la ablandaba con los dedos y preguntaba con indecisión:
-¿Cuánto cuesta?
-Veinticinco kópeks.
-¡No obstante! –decía, y ponía la pera en su lugar; pero como era embarazoso apartarse del buffet no habiendo comprado nada, pues exigía agua de seltzer y se tomaba solo toda la botella, y las lágrimas asomaban a sus ojos, y Ania lo odiaba en ese momento.
O de pronto, todo sonrojado, le decía con rapidez:
-¡Reverencia a esa vieja dama!
-Pero yo no la conozco.
-Es lo mismo. ¡Es la esposa del director de la cámara pública! ¡Reverencia pues, te digo! –rezongaba con insistencia. -La cabeza no se te va a caer.
Ania hacía la reverencia y la cabeza, en efecto, no se le caía, pero era torturante. Hacía todo lo que quería su marido, y se enfurecía consigo, por que él la engañaba como a la útima tontita. Se había casado con él sólo por dinero y, entre tanto, tenía ahora menos dinero que antes del casamiento. Antes su padre le daba siquiera dos grívienniks, pero ahora ni un grosh. Tomarlo en secreto o pedirlo ella no podía, le temía a su marido, temblaba ante él. Le parecía que el miedo a ese hombre, lo llevaba en su alma hacía ya mucho tiempo. Alguna vez en su infancia, como la fuerza más imponente y terrible, que avanzaba como una nube o una locomotora dispuesta a aplastarla, se imaginó siempre al director del gimnasio; la otra fuerza tal, de la que siempre hablaban en la familia y a la que por algo temían, era su excelencia; y había aún una decena de fuerzas más menudas, y entre éstas los maestros del gimnasio con los bigotes afeitados, severos, implacables, y ahora pues, finalmente, Módest Alexéich, un hombre de reglas, que incluso se parecía de cara al director. Y en la imaginación de Ania todas esas fuerzas se fundían en una, y con el aspecto de un oso blanco terrible, inmenso se abalanzaban sobre los débiles y los culpables, tales como su padre, y temía decir algo en contra, y sonreía de modo forzado, y expresaba un placer fingido cuando la acariciaban de modo grosero, y la ultrajaban con abrazos que le causaban horror.
Sólo una sola vez Piótr Leóntich se atrevió a pedirle cincuenta rublos prestados, para pagar cierta deuda muy desagradable, ¡pero que sufrimiento fue!
-Bien, yo se los daré -dijo Módest Alexéich tras pensarlo, -pero le advierto, que ya no lo voy a ayudar más, mientras usted no deje de beber. Para un hombre que figura en el servicio estatal, tal debilidad es vergonzosa. No puedo no recordarle un hecho conocido en general, que esa pasión perdió a muchas personas capaces, entre tanto que éstas con la abstinencia, puede ser, pudieran haberse hecho, con el tiempo, unas personas de posición elevada.
Y se extendían los largos períodos: "a medida que"… "partiendo de esta situación"… "en vista de lo recién dicho", y el pobre Piótr Leóntich sufría la humillación, y experimentaba un fuerte deseo de beber.
Y los muchachos, que venían a visitar a Ania, comúnmente, con las botas rotas y los pantalones gastados, debían escuchar también los sermones.
-¡Cada persona debe tener sus obligaciones! -les decía Módest Alexéich.
Y no les daba dinero. Pero en cambio le regalaba a Ania sortijas, brazaletes y broches, diciendo que era bueno tener esas cosas para los días negros. Y a menudo abría su cómoda y hacía una revisión: ¿acaso todas las cosas estaban enteras?

II

Sobrevino entre tanto el invierno. Aún mucho antes de Navidad, en el periódico local fue anunciado que el 29 de diciembre, en el círculo de nobles, "tendrá lugar" el habitual baile de invierno. Cada noche después de las cartas Módest Alexéich, inquieto, susurraba con las funcionarias, echando miradas a Ania con preocupación, y después andaba largo tiempo de una esquina a la otra, pensando en algo. Finalmente, cierta vez por la noche tarde, se detuvo ante Ania y le dijo:
-Tú debes coserte un vestido de baile. ¿Entiendes? Sólo que, por favor, aconséjate con María Grigórievna y Natalia Kuzmínishna.
Y le dio cien rublos. Ella los tomó pero, al encargar el vestido de baile, no se aconsejó con nadie, sino habló sólo con su padre, e intentó imaginar cómo se hubiera vestido su madre para el baile. Su difunta madre misma se vestía siempre a la última moda, y siempre andaba con Ania y la vestía con elegancia, como una muñeca, y le enseñó a hablar en francés y a bailar la mazúrka a la perfección (antes del casamiento sirvió cinco años de institutriz). Ania, así mismo como su madre, podía hacer de un vestido viejo uno nuevo, lavar los guantes con bencina, tomar en alquiler el bijoux1, y así mismo como su madre sabía entornar los ojos, tartajear, adoptar poses bonitas, llegar al éxtasis cuando era necesario, mirar de modo afligido y enigmático. Y del padre había heredado el color oscuro del cabello y los ojos, el nerviosismo y esa manera de acicalarse siempre.
Cuando, media hora antes de la partida al baile, Módest Alexéich entró sin levita a donde ella, para ponerse la orden al cuello ante su tremol, pues, encantado con su belleza y el esplendor de su vestido fresco y airoso, se peinó las patillas satisfecho y dijo:
-¡Mira cómo me eres... mira cómo eres! ¡Aniúta! –continuó, cayendo de pronto en un tono solemne. -Yo te hice feliz, y hoy tú puedes hacerme feliz a mí. ¡Te ruego, preséntate a la esposa de su excelencia! ¡Por Dios! ¡A través de ella yo puedo recibir el puesto de informante mayor!
Fueron al baile. He aquí el círculo de nobles y la entrada con el portero. El vestíbulo con las perchas, las pellizas, los lacayos ajetreados y las damas escotadas, que se cubren con los abanicos de las corrientes de aire, huele a gas de alumbrado y a soldados. Cuando Ania, subiendo por la escalera del brazo de su marido, oyó la música y se vio toda en el espejo enorme, iluminada por una multitud de luces, pues en su alma se despertó el júbilo, y ese mismo presagio de dicha que había tenido en la noche de luna, en el apeadero. Iba orgullosa, segura de sí misma, sintiéndose por primera vez no una muchacha, sino una dama, e imitando en el andar y las maneras, de modo involuntario, a su difunta madre. Y por primera vez en su vida se sintió rica y libre. Incluso la presencia de su marido no la cohibía ya que, al cruzar el umbral del círculo, adivinó ya por instinto, que la cercanía del viejo marido no la humillaba en absoluto sino, al contrario, le imponía ese sello de misterio picante, que tanto gustaba a los hombres. En el gran salón ya tronaba la orquesta y empezaban los bailes. Después del apartamento público, atrapada por las impresiones de la sociedad, el colorido, la música, el ruido, Ania echó un vistazo al salón y pensó: “¡Ah, que bien!”, y enseguida distinguió en la multitud a todos sus conocidos, a todos quienes antes encontraba en las veladas o los paseos, a todos esos oficiales, maestros, abogados, funcionarios, hacendados, a su excelencia, a Artínov y a las damas de la alta sociedad, ataviadas, muy escotadas, bonitas y feas, que ya ocupaban sus posiciones en las isbitas y los pabellones del bazar benéfico, para empezar el regateo en favor de los pobres. Un oficial enorme con charreteras -lo había conocido en la calle Vieja-Kiévskaya, cuando era alumna de gimnasio, y ahora no recordaba su apellido- surgió como de la tierra y la invitó al vals, y ella se alejó volando de su marido, y ya le parecía como si navegara en un bote de vela, en una fuerte tormenta, y su marido se quedaba lejos en la orilla... Bailó el vals, la polka y la cuadrilla con pasión, con afición, pasando de mano en mano, ardiendo con la música y el ruido, mezclando la lengua rusa con la francesa, tartajeando, riendo y no pensando ni en su marido, ni en nadie ni en nada. Tenía éxito entre los hombres, eso era claro, y no podía ser de otro modo, se sofocaba con la emoción, apretaba el abanico en sus manos de modo convulsivo, y quería beber. Su padre, Piótr Leóntich, con un frac arrugado que olía a bencina, se le acercó, tendiéndole un platito con un helado rojo.
-Tú estás encantadora hoy –decía, mirándola con éxtasis, -y yo nunca antes lamenté tanto, que te apuraras a casarte... ¿Para qué? Yo sé, lo hiciste por nosotros, pero... -con manos trémulas sacó un fajo de billetes y dijo-: Yo hoy recibí por las lecciones, y puedo saldar la deuda con tu marido.
Ella le puso el platito en las manos y, arrebatada por alguien, voló lejos y de pasada, a través del hombro de su caballero, vio cómo su padre, resbalando por el parquet, abrazaba a una dama y se paseaba con ella por el salón.
"¡Cuán grácil es cuando está sobrio!" -pensó.
La mazúrka la bailó con el mismo oficial enorme; éste con gravedad y pesadez, como un gordiflón en uniforme, andaba, llevaba con los hombros y el pecho, taconeaba con los pies casi-casi, no quería bailar en absoluto, y ella revoleaba a su alrededor, irritándolo con su belleza, con su cuello descubierto; sus ojos ardían con fervor, sus movimientos eran apasionados, y él se tornaba más indiferente y le extendía las manos con benevolencia, como un rey.
-¡Bravo, bravo!.. -decían en el público.
Pero poco a poco el oficial enorme se quebró, revivió, se agitó y, cediendo ya al encanto, cayó en frenesí y se movía de modo ligero, juvenil, y ella sólo llevaba con los hombros y miraba con malicia, como si ya fuera una reina y él un esclavo, y en ese momento le parecía que todo el salón los miraba, que todas esas personas los admiraban y envidiaban. Apenas el oficial enorme alcanzó a agradecerle, cuando el público de pronto se apartó, y los hombres se estiraron como que extraño, bajando los brazos... Eso iba hacia ella su excelencia, de frac y con dos estrellas. Sí, su excelencia iba precisamente hacia ella, porque la miraba fijamente, directo y le sonreía melosamente, y además mascaba con los labios, lo que hacía siempre cuando veía mujeres bonitas.
-Me alegro mucho, me alegro mucho... –empezó. –Y yo voy a ordenar poner a su marido en el hauptwache2, por que él hasta ahora nos ocultó tal tesoro. Yo vengo a usted con un encargo de mi mujer -continuó, dándole el brazo-. Usted debe ayudarnos... M-sí... Hay que asignarle un premio de belleza... como en América... M-sí... Los americanos... Mi mujer la espera con impaciencia.
La llevó a una isbita, hacia una dama madura, cuya parte inferior del rostro era grande de un modo desproporcionado, así que parecía como si tuviera en la boca una piedra grande.-Ayúdenos -dijo con la nariz, cantando. -Todas las mujeres bonitas trabajan en el bazar benéfico, y sólo usted sola por algo pasea. ¿Por qué no nos quiere ayudar?
Ella se fue, y Ania ocupó su lugar junto a un samovar plateado con tazas. Al momento empezó un animado regateo. Por la taza de té Ania cobraba no menos de un rublo, y al oficial enorme lo obligó a beberse tres tazas. Se acercó Artínov, el ricachón de ojos saltones que padecía de ahoguío, pero ya no con aquel traje extraño, con que Ania lo había visto en verano, sino de frac, como todos. Sin apartar el ojo de Ania, se bebió una copa de champagne y pagó cien rublos, después bebió té y dio cien más, y todo eso callado, sufriendo de asma... Ania llamaba a los compradores y les cobraba el dinero ya profundamente convencida, de que sus sonrisas y miradas no le brindaban a esas personas, nada más que un gran placer. Ya entendía que había sido creada, exclusivamente, para esta vida ruidosa, brillante y risueña con música, bailes y admiradores, y su antiguo miedo ante la fuerza que avanzaba y amenazaba aplastarla le parecía ridículo; ya no le temía a nadie y sólo lamentaba que no estuviera su madre, que se hubiera alegrado ahora junto con ella de sus éxitos.
Piótr Leóntich, ya pálido, pero teniéndose aún firmemente sobre sus pies, se acercó a la isbita y pidió una copita de cognac. Ania se sonrojó, esperando que dijera algo indebido (ya le daba vergüenza que tenía un padre tan pobre, tan ordinario), pero él bebió, le lanzó de su fajo diez rublos y se apartó con importancia, sin decir una palabra. Poco después, ella vio cómo iba en pareja a la grand rond3, y esta vez ya se tambaleaba algo, y gritaba algo, para gran confusión de su dama, y Ania recordó cómo unos tres años atrás en un baile, él se había tambaleado y gritado asimismo, y terminó en que el inspector lo llevó a la casa a dormir, y al otro día el director lo amenazó con despedirlo del servicio. ¡Cuán importuno era ese recuerdo!
Cuando apagaron los samovares en las isbitas, y las fatigadas benefactoras le entregaron la ganancia a la señora madura de la piedra en la boca, Artínov llevó del brazo a Ania al salón, donde fue servida la cena para todos los participantes del bazar benéfico. Cenaron unas veinte personas, no más, pero fue muy ruidoso. Su excelencia pronunció un brindis: "En este comedor lujoso, será apropiado beber por el florecimiento de los comedores baratos, que sirvieron de objeto al bazar de hoy". Un general de brigada propuso beber "por la fuerza, ante la que se apoca hasta la artillería", y todos se extendieron para chocar sus copas con las damas. ¡Fue muy, muy divertido!
Cuando acompañaron a Ania a su casa, pues ya aclaraba y las cocineras iban al mercado. Jubilosa, borracha, llena de nuevas impresiones, rendida, se desvistió, se derrumbó en el lecho y se durmió al instante...
A las dos de la tarde la despertó la doncella, y le informó que el señor Artínov había venido de visita. Se vistió con rapidez y fue a la sala. Pronto después de Artínov llegó su excelencia, para agradecerle por su participación en el bazar benéfico. Éste, mirándola melosamente y mascando, le besó la mano y le pidió permiso para visitarla otra vez, y se fue, y ella estaba parada en medio de la sala, admirada, encantada, sin creer que el cambio en su vida, el cambio asombroso, se había producido tan pronto; y en ese mismo momento entró su marido, Módest Alexéich... Y ante ella asimismo estaba parado ahora él, con la misma expresión obsequiosa, dulzona, servil-respetuosa, que ella estaba habituada a verle en presencia de los fuertes y los ilustres; y con éxtasis, con indignación, con desprecio, segura ya de que no le pasaría nada por eso, dijo articulando con precisión cada palabra:
-¡Largo de aquí, estúpido!
Después de eso Ania no tuvo ya ni un día libre, pues tomaba parte ya en un pic-nic, ya en un paseo, ya en un espectáculo. Regresaba a la casa cada día hacia la mañana, y se acostaba en el suelo de la sala, y después le contaba a todos de modo conmovedor, cómo ella dormía bajo las flores. Dinero necesitaba mucho, pero ya no le temía a Módest Alexéich, y gastaba su dinero como si fuera suyo; y no le pedía ni le exigía, sino sólo le enviaba las cuentas o las notas: "entregar al portador en total 200 r." o: "pagar de inmediato 100 r."
En la Pascua Módest Alexéich recibió la Anna de segundo grado. Cuando llegó a agradecer, su excelencia colocó a un lado el periódico y se sentó más profundo en la butaca.
-Entonces, usted tiene ahora tres Annas -dijo, mirando sus manos blancas de uñas rosadas, -una en el ojal, dos al cuello.
Módest Alexéich se puso dos dedos en los labios por cuidado, para no echarse a reír ruidosamente, y dijo:
-Ahora queda esperar la aparición de un pequeño Vladímir en el mundo. Me atrevo a rogar a su excelencia ser el padrino.
Aludía a la Vladímir de IV grado, y ya se imaginaba cómo iba a relatar en todas partes sobre éste, su retruécano, acertado por su ingenio y valentía, y quería decir algo más así tan acertado, pero su excelencia se sumergió en el periódico de nuevo y le asintió con la cabeza...
Y Ania siempre paseaba en tróika, iba de caza con Artínov, actuaba en piezas de un acto, cenaba y siempre menos y menos visitaba a los suyos. Éstos almorzaban ya solos. Piótr Leóntich bebía más fuerte que antes, no había dinero, y el armonio hacía mucho tiempo ya que lo habían vendido por la deuda. Los muchachos ahora no lo dejaban salir solo a la calle, y siempre lo vigilaban para que no se cayera; y cuando, durante el paseo por la Vieja-Kiévskaya encontraban a Ania yendo al vapor, con el encuarte apartado y con Artínov en el pescante en lugar del cochero, Piótr Leóntich se quitaba el cilindro y se disponía a gritar algo, y Pétia y Andriúsha lo tomaban del brazo y le decían de modo suplicante:
-No hace falta, pápochka... Basta, pápochka...

1Bijoux, joyas, alhajas.  
2Hauptwache, edificio principal de la guardia.
3Grand rond, gran ronda.

Título original: Anna na shee, publicado por primera vez en el periódico Russkie viedomosti, 1895, Nº 292, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: John Singer Sargent, The Pink Dress, 1912.