jueves, 13 de marzo de 2008

La saltarina

I

En la boda de Olga Ivánovna estuvieron todos sus amigos y buenos conocidos.
-Mírenlo: ¿no es verdad que en él hay algo? –decía ella a sus amigos señalando con la cabeza al marido, y como deseando explicar por qué se había casado con un hombre sencillo, muy ordinario y en nada notable.
Su marido, Ósip Stepánich Dímov, era médico y tenía el título de consejero titular. Servía en dos hospitales: en uno de médico supernumerario, y en el otro de disector. Diariamente, desde las nueve de la mañana hasta el mediodía, recibía a los enfermos y estudiaba en su pabellón, y después del mediodía iba en el tranvía de caballos al otro hospital, donde abría a los enfermos muertos. Su práctica privada era ínfima, unos quinientos rublos al año. Eso era todo. ¿Qué se podía decir de él aún? Y entre tanto, Olga Ivánovna y sus amigos y buenos conocidos no eran personas ordinarias en absoluto. Cada uno de ellos era notable en algo y un poquito célebre, tenía ya un nombre y se consideraba una celebridad o, aunque no fuera aún célebre, brindaba grandes esperanzas. Un artista del teatro dramático, gran talento hacía tiempo ya reconocido, hombre elegante, inteligente y modesto, y lector excelente, que enseñaba a Olga Ivánovna a leer; un cantante de ópera, gordiflón bonachón, que le aseguraba con un suspiro a Olga Ivánovna que se mataba a sí misma: si no fuera perezosa y cargara la mano consigo, saldría de ella una cantante notable; luego varios pintores, y a su cabeza uno de género, el animalista y paisajista Riabóvskii, un joven rubio muy bonito, de unos veinticinco años, que tenía éxito en las exposiciones y había vendido su último cuadro en quinientos rublos; le corregía los bocetos a Olga Ivánovna, y decía que de ella acaso saldría algo; luego un violonchelista a quien le lloraba el instrumento, y que confesaba con franqueza que, de todas las mujeres que conocía, sólo Olga Ivánovna sabía acompañar; luego un literato, joven pero ya conocido, que escribía relatos, piezas y cuentos. ¿Quién más? Bueno, y Vasíli Vasílich, un señor hacendado, diletante-ilustrador y viñetista, que sentía fuertemente el viejo estilo ruso, la bilína1 y la épica; con el papel, la cerámica y los platos ahumados producía literalmente maravillas. En esta partida artística, libre y mimada por el destino, en verdad delicada y modesta, que se acordaba de la existencia de los doctores sólo durante la enfermedad, y para la que el nombre de Dímov sonaba tan indiferente como Sídorov o Tarásov, en esta partida Dímov parecía ajeno, superfluo y pequeño, aunque era alto de estatura y ancho de hombros. Parecía que tenía un frac ajeno y una barbita de vendedor. Por lo demás, si hubiera sido escritor o pintor, hubieran dicho que recordaba a Zola con su barbita.
El artista le decía a Olga Ivánovna que, con sus cabellos de estropajo y su traje de novia, se parecía mucho a un esbelto arbolito de cerezo, cuando se cubre todo en primavera de tiernas flores blancas.
-¡No, escuche! –le decía Olga Ivánovna, tomándolo de la mano. -¿Cómo pudo pasar esto de pronto? Escuche, escuche… Tengo que decirle, que mi padre sirvió con Dímov en el hospital. Cuando mi pobrecito padre se enfermó, pues Dímov estuvo de guardia por noches y días enteros junto a su cama. ¡Cuánto sacrificio! Escuche, Riabóvskii… Y usted, escritor, escuche, es muy interesante. Vengan más cerca. ¡Cuánto sacrificio e interés sincero! Yo tampoco dormía por las noches, y me sentaba junto a mi padre, y de pronto ¡saludos, ganó el buen bravo! Mi Dímov se metió hasta las mismas orejas. En verdad, el destino es tan excéntrico. Bueno, después de la muerte de mi padre, él a veces venía a la casa, y una linda noche, de pronto, ¡zás!, me hizo la propuesta… como nieve a la cabeza… Yo lloré toda la noche, y me enamoré yo misma diabólicamente. Y miren, como ven, me hice su esposa. ¿No es verdad que en él hay algo fuerte, poderoso, osuno? Ahora su cara está dirigida a nosotros en tres cuartos, está mal iluminada, pero cuando se voltee, miren su frente. Riabóvskii, ¿qué me dice de esa frente? ¡Dímov, hablamos de ti! –le gritó al marido. –Ven aquí. Tiéndele tu mano honrada a Riabóvskii… Así pues. Sean amigos.
Dímov, sonriendo de modo bondadoso e inocente, le tendió la mano a Riabóvskii y dijo:
-Mucho gusto. Conmigo terminó el curso también cierto Riabóvskii. ¿No es pariente suyo?

II

Olga Ivánovna tenía veintidós años. Dímov treinta y uno. Empezaron a vivir después de la boda de modo excelente. Olga Ivánovna cubrió todas las paredes de su sala con bocetos propios y ajenos, con marcos y sin marcos, y junto al piano de cola y los muebles armó un bonito rincón con sombrillas chinas, caballetes, trapitos de colores, puñales, bustitos, fotografías… En el comedor empapeló las paredes con xilografías, colgó alpargatas y hoces, puso en la esquina una guadaña y un rastrillo, y se obtuvo un comedor al gusto ruso. En el dormitorio, para que fuera parecido a una cueva, tapizó el techo y las paredes con un paño oscuro, colgó sobre las camas un farol veneciano, y puso en la puerta una figura con alabarda. Y todos hallaban que los jóvenes esposos tenían un lugarcito muy gracioso.
Diariamente, tras levantarse de la cama a eso de las once, Olga Ivánovna tocaba el piano de cola o, si había sol, pintaba algo con pinturas de óleo. Después, a la una, iba a la modista. Ya que ella y Dímov tenían muy poco dinero, apenas para aparecer con vestidos nuevos a menudo y asombrar con sus trajes, ella y su modista tenían que recurrir a astucias. Muy a menudo, de un viejo vestido teñido, de trocitos de tul, encajes, felpas y sedas que no valían nada, salían simplemente maravillas, algo fascinante, no un vestido sino un sueño. De la modista, Olga Ivánovna iba, comúnmente, a la casa de alguna actriz conocida, para enterarse de las novedades teatrales, y a propósito, gestionar el boleto para la primera función de alguna pieza nueva o beneficio. De la actriz había que ir al estudio del pintor o a una exposición de cuadros, después a la casa de alguna celebridad, para invitar a su casa, entregar la tarjeta o simplemente charlar un poco. Y en todas partes la recibían de modo jubiloso y amistoso, y le aseguraban que era bonita, graciosa, única… Esos, que ella llamaba célebres y grandes, la recibían como a una suya, como un pariente, y le predecían al unísono que con su talento, gusto e inteligencia, si no se dispersaba, saldría de ella algo grande. Cantaba, tocaba el piano de cola, pintaba con pinturas, esculpía, participaba en los espectáculos de aficionados, pero todo eso no de algún modo, sino con talento; si hacía faroles para la iluminación, si se disfrazaba, si le anudaba la corbata a alguien, todo eso le salía de un modo sumamente artístico, simpático y gracioso. Pero en nada se expresaba su talento tan vivamente, como en su destreza para conocer con rapidez, y entenderse íntimamente con los hombres célebres. Bastaba que alguien se hiciera, siquiera, un poquito célebre, e hiciera hablar de sí mismo, para que ella ya lo conociera, se hiciera su amiga ese mismo día y lo invitara a su casa. Cada nuevo conocido era para ella una auténtica fiesta. Veneraba a los hombres célebres, estaba orgullosa de éstos, y cada noche soñaba con ellos. Los ansiaba, y no podía de ningún modo apaciguar su ansiedad. Los viejos se marchaban y se olvidaban, venían nuevos en reemplazo de éstos, pero pronto se habituaba a éstos también, o se desilusionaba, y empezaba a buscar con ansiedad más nuevos hombres grandes, los hallaba y de nuevo los buscaba. ¿Para qué?
A las cinco almorzaba en la casa con el marido. Su sencillez, sentido común y bondad la llevaban a la ternura y el éxtasis. Ella, a cada rato, se levantaba, abrazaba su cabeza con ímpetu y la llenaba de besos.
-Tú, Dímov, eres un hombre inteligente, generoso, -decía ella, -pero tienes un defecto muy importante. No te interesa el arte en absoluto. Tú niegas la música, la pintura.
-No las entiendo, -decía él dócilmente. –Yo toda mi vida me dediqué a las ciencias naturales y a la medicina, y no tuve tiempo para interesarme en las artes.
-¡Pero eso es horrible, Dímov!
-¿Por qué pues? Tus conocidos no saben de ciencias naturales ni de medicina, pero tú no les haces un reproche por eso. Cada uno tiene lo suyo. Yo no entiendo los paisajes ni las óperas, pero pienso así: si unas personas inteligentes les dedican toda su vida, y otras personas inteligentes pagan por éstos enormes sumas de dinero, pues entonces son necesarios. Yo no entiendo, pero no entender no significa negar.
-¡Déjame estrechar tu mano honrada!
Después de almuerzo Olga Ivánovna iba a la casa de sus conocidos, después al teatro o a un concierto, y regresaba a su casa después de la medianoche. Así cada día.
Los miércoles había en su casa veladas. En esas veladas, la dueña y los visitantes no jugaban a las cartas y no bailaban, sino se distraían con artes diversas. El actor del teatro dramático leía, el cantante cantaba, los pintores dibujaban en los álbumes, de los que Olga Ivánovna tenía muchos, el violonchelista tocaba, y la misma dueña también dibujaba, esculpía, cantaba y acompañaba. En los intervalos de la lectura, la música y el canto hablaban y discutían de literatura, teatro y pintura. Damas no había, porque Olga Ivánovna consideraba a todas las damas, excepto a las artistas y a su modista, aburridas y triviales. Ni una velada pasaba sin que la dueña se estremeciera a cada llamada, y dijera con una expresión victoriosa en el rostro: “¡Es él!”, suponiendo por la palabra “él” alguna nueva celebridad invitada. Dímov no estaba en la sala, y nadie recordaba su existencia. Pero a las once y media en punto, se abría la puerta que daba al comedor, aparecía Dímov con su sonrisa bondadosa, dócil, y decía frotándose las manos:
-Dígnense, señores, a un bocado.
Todos iban al comedor, y cada vez veían en la mesa lo mismo: un plato con ostras, un pedazo de jamón o de ternera, sardinas, queso, caviar, hongos, vodka y dos garrafas de vino.
-¡Gentil mío, mâitre d’hôtel2! –decía Olga Ivánovna, juntando las manos con éxtasis. -¡Tú, simplemente, eres encantador! ¡Señores, miren su frente! Dímov, ponte de perfil. Señores, miren: una cara de tigre de bengala, y la expresión buena y tierna, como la de un ciervo. ¡Uh, gentil!
Los visitantes comían y, mirando a Dímov, pensaban: “En realidad, es un buen chico”, pero pronto lo olvidaban y continuaban hablando de teatro, música y pintura.
Los jóvenes esposos eran dichosos, y su vida fluía como por aceite. Por lo demás, la tercera semana de la luna de miel fue pasada de un modo no dichoso en absoluto, incluso triste. Dímov se contagió en el hospital de erisipela, estuvo en cama unos seis días, y tuvo que cortarse al rape sus bonitos cabellos negros. Olga Ivánovna se sentaba a su lado y lloraba con amargura pero, cuando él se alivió un poco, le ató en la cabeza pelada un pañuelo blanco, y se puso a pintar de él un beduino. Y ambos se pusieron contentos. Unos tres días después de que él, recuperado, empezó a ir de nuevo al hospital, se produjo un nuevo equívoco.
-¡No tengo suerte, máma! –dijo una vez en el almuerzo. –Hoy tuve cuatro autopsias, y me corté dos dedos a la vez. Y sólo en la casa lo noté.
Olga Ivánovna se asustó. Él sonrió y dijo que eran tonterías, y que a menudo le tocaba, durante la autopsia, hacerse cortadas en las manos.
Olga Ivánovna, alarmada, esperaba un contagio del cadáver y rezaba a Dios por las noches, pero todo terminó de modo favorable. Y de nuevo fluyó la vida dichosa, apacible, sin tristezas ni alarmas. El presente era hermoso, y en su reemplazo se acercaba la primavera, que ya sonreía desde la lejanía y prometía miles de alegrías. ¡La dicha no tendría fin! En abril, mayo y junio la casa de campo lejos de la ciudad, los paseos, los bocetos, la pesca, los ruiseñores, y después, desde julio hasta el mismo otoño, el viaje de los pintores al Volga, y en ese viaje, como miembro seguro de la société3, iba a participar Olga Ivánovna. Ya se había cosido dos trajes de viaje de lienzo, había comprado pinturas, pinceles, lienzo y una paleta nueva para el camino. Casi cada día iba a su casa Riabóvskii, para mirar qué éxitos había tenido en la pintura. Cuando ella le mostraba su pintura, él se metía las manos en los bolsillos de modo profundo, apretaba los labios con fuerza, resoplaba y decía:
-Asi-í… Esa nube le grita: está iluminada no a lo atardecer. El plano de adelante está como que mascado, entiende, no es eso… Y la isbita se le aplastó con algo, y chilla de modo lastimero… habría que hacer este rincón más oscuro. Y en general, no está mal… Elogio.
Y cuanto menos entendible hablaba él, más fácil lo entendía Olga Ivánovna.

III

Al segundo día de la Trinidad, después de almuerzo, Dímov compró entremeses y caramelos, y fue a ver a su mujer a la casa de campo. No la veía hacía ya dos semanas, y la extrañaba bastante. Sentado en el vagón, y después buscando en el gran boscaje su casa de campo, sentía todo el tiempo hambre y fatiga, y soñaba cómo cenaría con su mujer en libertad, y se tumbaría a dormir después. Y se sentía contento al mirar su hatillo, en el que estaban envueltos el caviar, el queso y el salmón blanco.
Cuando descubrió su casa de campo y la reconoció, el sol ya se ponía. La vieja sirvienta dijo que la señora no estaba en casa y que, debía ser, vendría pronto. La casa de campo, nada atractiva a la vista, con techos bajos, cubierta de papel de escribir y con pisos irregulares y agrietados, tenía sólo tres habitaciones. En una estaba la cama, en la otra, sobre sillas y ventanas, habían tirados lienzos, pinceles, papeles mugrosos, un paletó masculino y unos sombreros, y en la tercera Dímov halló a tres hombres desconocidos. Dos eran trigueños con barbitas, y el tercero era gordo y estaba afeitado por completo, por lo visto un actor. En la mesa hervía un samovar.
-¿Qué se le ofrece? –preguntó el actor con voz de bajo, echando un vistazo a Dímov de modo huraño. -¿Necesita a Olga Ivánovna? Espere, viene ahora.
Dímov se sentó y se puso a esperar. Uno de los trigueños, echándole una mirada soñolienta y lánguida, se sirvió té y le preguntó:
-¿Puede, quiere té?
Dímov tenía deseos de beber y comer pero, para no perder el apetito, rechazó el té. Pronto se oyeron unos pasos y una risa conocida; se azotó una puerta, y a la habitación entró corriendo Olga Ivánovna, con un sombrero de alas anchas y una caja en la mano, y tras ella, con una gran sombrilla y una silla plegable, entró Riabóvskii contento, con las mejillas rosadas.
-¡Dímov! –gritó Olga Ivánovna, y estalló de júbilo. -¡Dímov! –repetía, poniendo su cabeza y ambas manos en su pecho. -¡Eres tú! ¿Por qué no viniste en tanto tiempo? ¿Por qué? ¿Por qué?
-¿Cuándo pues puedo, máma? Yo siempre estoy ocupado, y cuando estoy libre, pues pasa así, que el horario de los trenes no coincide.
-¡Pero cuánto me alegra verte! Soñé contigo toda, toda la noche, y tenía miedo de que te enfermaras. ¡Ah, si supieras qué gentil eres, qué a propósito viniste! Vas a ser mi salvador. ¡Sólo tú puedes salvarme! Mañana va a haber aquí una boda muy original, -continuó, riendo y anudándole al marido la corbata. –Se casa el joven telegrafista de la estación, cierto Chikeldiéev. Un joven bonito, pero no tonto, y tiene en la cara, sabes, algo fuerte, osuno… Se puede pintar de él un joven varego. Nosotros, todos los veraneantes, vamos a participar en eso, y le dimos nuestra palabra de honor de estar en la boda… Es un hombre no rico, solitario, tímido, y por supuesto, sería un pecado negarnos a participar. Imagínate, después de la misa el casamiento, después, todos a pie desde la iglesia hasta el apartamento de la novia… entiendes, el boscaje, el canto de los pájaros, las manchas de sol en la hierba, y todos nosotros como manchas de colores sobre el fondo verde vivo, muy original, al gusto de los expresionistas franceses. Pero Dímov, ¿con qué voy a ir a la iglesia? –dijo Olga Ivánovna, y puso una cara llorosa. -¡Yo aquí no tengo nada, literalmente nada! Ni vestidos, ni flores, ni guantes… Tú debes salvarme. Si viniste, entonces, el mismo destino te ordena salvarme. Toma, mi querido, las llaves, ve a la casa y coge allí, en el ropero, mi vestido rosado. Tú lo recuerdas, está colgado el primero… Después, en el depósito del lado derecho, en el suelo, vas a ver dos cajas de cartón. Cuando abras la de arriba, ahí son todos tules, tules, tules y trapos diversos, y debajo de éstos están las flores. Las flores sácalas todas con cuidado, trata, mi alma, de no arrugarlas, yo después las voy a escoger… Y compra unos guantes.
-Está bien, -dijo Dímov. –Mañana voy y te las mando.
-¿Cómo pues mañana? –preguntó Olga Ivánovna, y le echó una mirada con asombro. -¿Cuándo pues vas a alcanzar mañana? Mañana el primer tren sale a las nueve, y el casamiento es a las once. ¡No, hijito, hace falta hoy, seguro hoy! Si mañana no puedes venir, pues mándamelo con un recadero. Bueno, ve pues… Ahora debe venir el tren de pasajeros. No llegues tardes, alma.
-Está bien.
-Ah, qué lastima me da dejarte ir, -dijo Olga Ivánovna, y las lágrimas saltaron de sus ojos. -¿Y para que yo, imbécil, le di mi palabra al telegrafista?
Dímov se bebió un vaso de té con rapidez, tomó una rosquilla y, sonriendo dócilmente, se fue a la estación. Y el caviar, el queso y el salmón blanco se lo comieron los dos trigueños y el actor gordo.

IV

Una noche de luna serena de julio, Olga Ivánovna estaba en la cubierta de un barco del Volga, y miraba ya al agua, ya a las bellas orillas. A su lado estaba Riabóvskii, y le decía que las sombras negras del agua no eran sombras, sino un sueño, que a la vista de esa agua embrujada y de brillo fantástico, a la vista del cielo insondable y las orillas tristes, pensativas, que hablaban de la vanidad de nuestra vida y de la existencia de algo superior, eterno, beatífico, sería bueno olvidarse, morir, hacerse un recuerdo. El pasado era trivial y no interesante, el futuro era ínfimo, y esa noche maravillosa, única en la vida, pronto terminaría, se fundiría con la eternidad, ¿para qué pues vivir?
Y Olga Ivánovna prestaba oídos ya a la voz de Riabóvskii, ya al silencio de la noche, y pensaba que ella era inmortal y nunca moriría. El color turquesa de las aguas, que nunca antes había visto, el cielo, las orillas, las sombras negras y el júbilo inconsciente, que llenaba su alma, le decían que de ella saldría una gran pintora, y que en algún lugar tras la lejanía, tras la noche de luna, en el espacio infinito, le esperaba el éxito, la gloria, el amor del pueblo… Cuando miraba la lejanía sin parpadear, por largo tiempo, se le aparecían multitudes de personas, luces, sonidos de música triunfal, gritos de éxtasis, ella misma con un vestido blanco y flores, que caían sobre ella desde todas partes. Pensaba asimismo que junto a ella, acodado en la borda, estaba un verdadero gran hombre, un genio, un elegido de los dioses… Todo lo que él había creado hasta ahora era hermoso, nuevo y extraordinario, y lo que crearía con el tiempo, cuando la madurez afirmara su talento único, sería asombroso, elevado sin medida, y eso se vería en su rostro, en su manera de expresarse y en su actitud hacia la naturaleza. De las sombras, los tonos del atardecer y el brillo de la luna él hablaría como que de una forma peculiar, en su lenguaje, de modo que se sentiría, involuntariamente, el encanto de su poder sobre la naturaleza. Él mismo sería muy bonito, original, y su vida sería independiente, libre, ajena a todo lo mundano, parecida a la vida de los pájaros.
-Se pone fresco, -dijo Olga Ivánovna, y se estremeció.
Riabóvskii la arropó con su capa y dijo con tristeza:
-Me siento en su poder. Soy un esclavo. ¿Por qué está hoy tan cautivadora?
Él la miraba todo el tiempo, sin apartarse, y sus ojos eran temibles, y ella temía mirarlo.
-La amo locamente… -le susurraba, respirando en su mejilla. –Dígame una palabra, y no voy a vivir, dejo el arte… -farfullaba fuertemente emocionado. –Ámeme, ámeme…
-No hable así, -dijo Olga Ivánovna, cerrando los ojos. –Da miedo. ¿Y Dímov?
-¿Cuál Dímov? ¿Por qué Dímov? ¿Qué tengo que ver yo con Dímov? El Volga, la luna, la belleza, mi amor, mi éxtasis, y no hay ningún Dímov… Ah, no sé nada… No me hace falta el pasado, a mí déme sólo el instante… un segundo.
A Olga Ivánovna le empezó a palpitar el corazón. Quería pensar en el marido, pero todo su pasado con la boda, con Dímov y con las veladas le parecía pequeño, ínfimo, opaco, inútil y muy lejano… En realidad: ¿cuál Dímov?, ¿por qué Dímov?, ¿qué tenía que ver ella con Dímov? ¿Pero existía él acaso en la naturaleza, y no era sólo un sueño?
“Para él, un hombre sencillo y ordinario, era suficiente esa dicha que ya había recibido, -pensaba ella, cubriéndose el rostro con las manos. –Deja que me censuren allá, que me maldigan, y yo, para mal de todos, voy a agarrar y me voy a morir, voy a agarrar pues y me voy a morir… Hay que probarlo todo en la vida. ¡Dios, qué espantoso y qué bueno!”
-¿Pero qué? ¿Qué? –farfullaba el pintor, abrazándola y besando con ansiedad sus manos, con las que ella intentaba débilmente apartarlo de sí. -¿Me quieres? ¿Sí? ¿Sí? ¡Oh, qué noche! ¡Una noche maravillosa!
-¡Sí, qué noche! –susurró ella, mirándole a los ojos brillantes de lágrimas, después se volteó a mirar rápido, lo abrazó y lo besó en los labios fuertemente.
-¡Nos acercamos a Kiniéshma! –dijo alguien al otro lado de la cubierta.
Se oyeron unos pasos pesados. Eso pasaba por su lado el mozo del buffet.
-Escuche, -le dijo Olga Ivánovna, riendo y llorando de dicha, -tráiganos vino.
El pintor, pálido de emoción, se sentó en el banco, echó una mirada a Olga Ivánovna con ojos adoradores, agradecidos, después cerró los ojos y dijo, sonriendo con languidez:
-Estoy cansado.
Y recostó su cabeza en la borda.

V

El dos de septiembre fue un día cálido y sereno, pero nublado. Por la mañana temprano vagaba por el Volga una neblina ligera, y después de las nueve empezó a llover gotas. Y no había ninguna esperanza de que el cielo se aclarara. Durante el té, Riabóvskii le dijo a Olga Ivánovna que la pintura era el arte más ingrato y aburrido, que él no era un pintor, que sólo los imbéciles pensaban que él tenía talento, y de pronto, ni por lo uno ni lo otro, agarró un cuchillo y arañó con éste su mejor boceto. Después del té, sombrío, estuvo sentado junto a la ventana mirando el Volga. Y el Volga estaba ya sin brillo, opaco, mate, frío a la vista. Todo, todo recordaba la cercanía del lúgubre, tétrico otoño. Y parecía que la naturaleza le quitaba ahora al Volga las praderas verdes y exuberantes de las orillas, los reflejos diamantinos de los rayos, la diáfana lejanía azulada, todo lo vistoso y solemne, y lo guardaba en los baúles hasta la próxima primavera; y los cuervos volaban por el Volga y se burlaban de éste: “¡Pelado! ¡Pelado!” Riabóvskii escuchaba su graznido y pensaba que él ya se había agotado, perdido el talento, que todo en este mundo era condicional, relativo y estúpido, y que no debería ligarse con esa mujer… En una palabra, no estaba de humor y tenía morriña.
Olga Ivánovna estaba sentada tras el tabique en la cama y, escogiendo con los dedos sus hermosos cabellos de estropajo, se imaginaba ya en la sala, ya en el dormitorio, ya en el gabinete del marido; su imaginación la llevaba al teatro, a la modista y a sus amigos célebres. ¿Qué pues tramaban ahora? ¿La recordaban acaso? ¿Y Dímov? ¡Gentil Dímov! ¡De qué modo dócil, infantil y lastimero le rogaba en sus cartas venir lo más pronto a casa! Cada mes le enviaba setenta y cinco rublos, y cuando ella le escribió que le adeudaba a los pintores cien rublos, él le envió esos cien también. ¡Qué hombre tan bueno, generoso! El viaje fatigaba a Olga Ivánovna, se aburría, y tenía deseos de alejarse lo más rápido de esos mujíks, del olor a humedad del río, y de arrancarse esa sensación de suciedad física que experimentaba todo el tiempo, viviendo en las isbás4 campesinas y errando de una aldea a otra. Si Riabóvskii no le hubiera dado su palabra de honor a los pintores, de que viviría con ellos allí hasta el veinte de septiembre, pues podría irse hoy mismo. ¡Y qué bueno sería eso!
-Dios mío, –gimió Riabóvskii, -¿cuándo pues, finalmente, va a haber sol? ¡No puedo pues continuar el paisaje soleado sin sol!..
-Y tu tienes un boceto con cielo nuboso, -dijo Olga Ivánovna, saliendo de detrás del tabique. –Recuerdas, en el plano derecho el bosque, y en el izquierdo un rebaño de vacas y gansos. Ahora lo podrías terminar.
-¡Eh! –frunció el seño el pintor. -¡Terminar! ¡Acaso piensa que yo soy tan tonto, que no sé qué me hace falta hacer!
-¡Cómo has cambiado conmigo! –suspiró Olga Ivánovna.
-Bueno, y excelente.
A Olga Ivánovna le tembló el rostro, se apartó hacia la estufa y rompió a llorar.
-Sí, sólo faltaban las lágrimas. ¡Deje! Yo tengo miles de razones para llorar, pero no lloro pues.
-¡Miles de razones! –sollozó Olga Ivánovna. –La razón principal, es que ya le peso. ¡Sí! –dijo, y rompió a llorar. –Si decir la verdad, le da vergüenza nuestro amor. Siempre trata que los pintores no lo noten, aunque eso no se puede ocultar, y ellos ya hace tiempo que lo saben todo.
-Olga, le ruego una cosa, -dijo el pintor suplicante y poniéndose la mano en el corazón, -una cosa: ¡no me torture! ¡No me hace falta más nada de usted!
-¡Bueno, jure que me ama aún!
-¡Es torturador! –dijo entre dientes el pintor y se levantó. –¡Va a terminar, en que me voy a tirar al Volga o me voy a volver loco!
-¡Bueno, máteme, máteme! –gritó Olga Ivánovna. -¡Máteme!
De nuevo rompió a llorar y se fue tras el tabique. Sobre el tejado de paja de la isbá empezó a susurrar la lluvia. Riabóvskii se agarró la cabeza y se paseó de una esquina a la otra, después, con un rostro decidido, como deseando demostrar algo a alguien, se puso la visera, se tiró sobre el hombro el fusil y salió de la isbá.
Después de su salida, Olga Ivánovna estuvo acostada en la cama largo tiempo, llorando. Al principio pensó que sería bueno envenenarse, para que Riabóvskii al regresar la hallara muerta, después sus ideas la llevaron a la sala, al gabinete del marido, e imaginó que estaba sentada inmóvil junto a Dímov, y disfrutaba del sosiego físico y la pureza, y que estaba en el teatro por la noche, y escuchaba a Mazzini. Y la añoranza de la civilización, del ruido citadino y los hombres célebres le empezó a encoger el corazón. A la isbá entró la mujer y se puso a prender el horno sin prisa, para preparar el almuerzo. Olió a carbonilla, el aire se azuló con el humo. Llegaron los pintores con los rostros mojados por la lluvia y sus altas botas fangosas, examinaron los bocetos y dijeron para consuelo que el Volga, hasta en mal tiempo, tenía su encanto. Y el reloj barato en la pared: tic-tac-tic-tac… Las moscas ateridas se apilaban en la esquina delantera, alrededor de las imágenes, y zumbaban, y se oía cómo debajo de los bancos, por las carpetas gruesas, se arrastraban las cucarachas…
Riabóvskii regresó a la casa cuando el sol se ponía. Tiró la visera sobre la mesa y, pálido, torturado, con las botas fangosas, se dejó caer en el banco y cerró los ojos.
-Estoy cansado… -dijo y movió las cejas, haciendo un esfuerzo para levantar los párpados.
Para arrullarlo y demostrar que no estaba enojada, Olga Ivánovna se le acercó, lo besó callada y le pasó un peinecito por los cabellos rubios. Tenía deseos de peinarlo.
-¿Qué pasa? –preguntó él estremecido, como si lo hubieran rozado con algo frío, y abrió los ojos. -¿Qué pasa? Déjeme tranquilo, le ruego.
La apartó con sus manos y se alejó, y a ella le pareció que su rostro expresaba repulsión y fastidio. En ese momento la mujer le llevaba con cuidado, con las dos manos, un plato de schi5, y Olga Ivánovna vio cómo metía sus dedos grandes en el schi. Y la mujer sucia con su vientre ceñido, y el schi, y toda esa vida, que al principio amaba tanto por su sencillez y artístico desorden, le parecieron ahora horribles. De pronto se sintió insultada, y dijo fríamente:
-Nos hace falta separarnos por un tiempo, porque, por aburrimiento, podemos pelearnos seriamente. A mí esto me cansó. Me voy hoy.
-¿En qué? ¿Montada en un palito?
-Hoy es jueves, entonces, a las nueve y media viene el barco.
-¿Ah? Sí, sí… Bueno, pues qué… vete… -dijo Riabóvskii suavemente, limpiándose con la toalla en lugar de la servilleta. –Tú aquí te aburres y no tienes nada que hacer, y hay que ser un gran egoísta para retenerte. Vete, y después del veinte nos vemos.
Olga Ivánovna se acostó contenta, e incluso sus mejillas ardieron de placer. ¿Es posible que sea verdad, -se preguntaba, -que pronto iba a pintar en una sala, dormir en un dormitorio y almorzar con mantel? Se le alivió el corazón, y ya no estaba enojada con el pintor.
-Las pinturas y los pinceles te los dejo, Riabúshka, -decía. –Lo que quede, lo traes… Mira pues, no andes sin mí de vago por ahí, no andes con morriña, y trabaja. Tú eres mi bravito, Riabúshka.
A las nueve Riabóvskii, en la despedida, la besó para, como pensaba ella, no besarla en el barco delante de los pintores, y la acompañó al muelle. Pronto se acercó el barco y se la llevó.
Llegó a la casa a los dos días y medio. Sin quitarse el sombrero ni el waterproof6, respirando con dificultad por la emoción, entró a la sala, y de ahí al comedor. Dímov sin levita, con el chaleco desabrochado, estaba sentado a la mesa y afilaba el cuchillo con el tenedor; delante de él, en el plato, había un faisán. Cuando Olga Ivánovna entró al apartamento, estaba convencida de que era necesario ocultarle todo al marido, y que para eso le bastaba destreza y fuerzas; pero ahora, cuando vio su sonrisa amplia, dócil, dichosa, y sus ojos radiantes, brillantes, sintió que ocultarle algo a ese hombre era tan trivial, repulsivo e imposible, tan más allá de sus fuerzas, como calumniar, robar o matar, y en un instante decidió contarle todo lo que había sucedido. Tras dejarlo besarla y abrazarla, se puso de rodillas ante él y se cubrió el rostro.
-¿Qué? ¿Qué, máma? –preguntó él con ternura. -¿Me extrañaste?
Ella levantó su rostro rojo de vergüenza, y le echó una mirada culpable y suplicante, pero el miedo y la vergüenza le impidieron decir la verdad.
-No es nada… -dijo ella. –Eso yo así…
-Vamos a sentarnos, -dijo él, levantándola y sentándola en la mesa. –Así pues… Come faisán. Tienes hambre, pobrecita.
Ella comía faisán y aspiraba el aire familiar con ansiedad, y él la miraba con ternura y reía con júbilo.

VI

Por lo visto, desde mediados de invierno, Dímov empezó a adivinar que lo engañaban. Él, como si no tuviera la conciencia limpia, ya no podía mirar a su mujer directo a los ojos, no sonreía con júbilo a su encuentro y, para quedarse menos a solas con ella, traía a almorzar a su casa, a menudo, a su colega Korostelióv, un hombre pequeño, pelado, de rostro arrugado que, cuando conversaba con Olga Ivánovna, por la turbación, se desabrochaba todos los botones de la chaqueta y se los abrochaba de nuevo, y después empezaba a atusarse con la mano derecha el bigote izquierdo. En el almuerzo ambos doctores hablaban de que, con un estado elevado del diafragma, se producía a veces un paro del corazón, o de que las neuritis múltiples se observaban muy a menudo en los últimos tiempos, o de que ayer Dímov, al abrir un cadáver con el diagnóstico “anemia perniciosa”, había hallado un cáncer de páncreas. Y parecía que ambos sostenían una conversación de medicina, sólo para darle a Olga Ivánovna la posibilidad de callar, o sea, de no mentir. Después del almuerzo Korostielióv se sentaba al piano de cola, y Dímov suspiraba y le decía:
-¡Eh, hermano! ¡Bueno, pero qué! Toca pues algo triste.
Alzando los hombros y separando ampliamente los dedos, Korostelióv tomaba algunos acordes y empezaba a cantar en tenor Señálame una morada, donde el mujík ruso no gima, y Dímov suspiraba otra vez, apoyaba la cabeza en el puño y se quedaba pensativo.
En los últimos tiempos, Olga Ivánovna se conducía con extremo descuido. Cada mañana se despertaba en el estado de ánimo más malo, y con la idea de que ya no amaba a Riabóvskii y que, gracias Dios, ya todo había terminado. Pero tras atiborrarse de café, pensaba que Riabóvskii le había quitado a su marido, y que ahora se había quedado sin marido y sin Riabóvskii; después recordaba las pláticas de sus conocidos, acerca de que Riabóvskii preparaba para la exposición algo asombroso, una mezcla de paisaje con género, al gusto de Poliénov7, por lo que todos los que iban a su estudio llegaban al éxtasis; pero es que eso, pensaba ella, él lo había creado bajo su influencia, y en general, gracias a su influencia él había cambiado fuertemente hacia lo mejor. Su influencia era tan benéfica y esencial que, si ella lo dejaba, pues él, es posible, podría morir. Y recordaba asimismo que la última vez había venido a su casa con cierta levita gris de chispas y una corbata nueva, y preguntado con languidez: “¿Estoy bonito? Y en realidad él, elegante, con sus rizos largos y sus ojos azules, estaba muy bonito (o, acaso, así le pareció), y había sido cariñoso con ella.
Habiendo recordado y pensado muchas cosas, Olga Ivánovna se vistió y, fuertemente emocionada, fue al estudio de Riabóvskii. Lo halló contento y admirado con su, realmente, excelente cuadro; saltaba, hacía el tonto y respondía a las preguntas serias con bromas. Olga Ivánovna celó a Riabóvskii con el cuadro y lo odió pero, por cortesía, estuvo parada callada delante del cuadro unos cinco minutos y, tras suspirar como suspiran ante lo sagrado, dijo en voz baja:
-Sí, tú nunca antes habías pintado nada semejante. Sabes, hasta da miedo.
Después le empezó a suplicar que la amara, que no la dejara, que tuviera lástima de ella, pobre e infeliz. Lloraba, le besaba las manos, exigía que le jurara su amor, le demostraba que sin su buena influencia él perdería el camino y moriría. Y, tras estropearle su buen estado de espíritu, y sintiéndose humillada, fue a la modista o a la casa de una actriz conocida, a gestionar el boleto.
Si no lo hallaba en el estudio, le dejaba una carta, en la que le juraba que si él no venía hoy a su casa, ella se iba a envenenar con seguridad. Él se acobardaba, iba a su casa y se quedaba a almorzar. Sin cohibirse con la presencia del marido, él le decía insolencias, ella le respondía con lo mismo. Ambos sentían que ligaban el uno con el otro, que eran déspotas y enemigos, y se enfurecían, y con la furia no advertían que ambos eran indecentes, y que incluso el pelado Korostelióv lo entendía todo. Después del almuerzo, Riabóvskii se apresuró a despedirse e irse.
-¿A dónde va? –le preguntó Olga Ivánovna en el vestíbulo, mirándolo con odio.
Él, frunciendo y entornando los ojos, nombraba alguna dama conocida común, y se veía que eso se reía de sus celos y quería fastidiarla. Ella se iba a su dormitorio y se acostaba en la cama; y por los celos, el fastidio, la sensación de humillación y la vergüenza, mordía la almohada y rompía a llorar en voz alta. Dímov, dejando a Korostelióv en la sala, iba al dormitorio y, confundido, extraviado, le decía en voz baja:
-No llores en voz alta, máma… ¿Para qué? Hay que callar sobre esto… No hay que dar a ver… Sabes, lo que pasó, ya no lo arreglas.
Sin saber cómo reprimir en sí misma sus celos penosos, por los que incluso se le partían las sienes, y pensando que aún se podía arreglar el asunto, se lavaba, empolvaba su rostro lloroso, y volaba a la casa de la dama conocida. Al no hallar allí a Riabóvskii, iba a la casa de otra, después a la casa de una tercera… Al principio le daba vergüenza ir así, pero después se habituó, y sucedía que en una noche recorría todas las casas de las mujeres conocidas, para buscar a Riabóvskii, y todos entendían eso.
Una vez le dijo a Riabóvskii de su marido:
-¡Ese hombre me agobia con su generosidad!
Esa frase le gustó tanto que, al encontrarse con los pintores que sabían de su romance con Riabóvskii, ella cada vez decía del marido, haciendo un gesto enérgico con la mano:
-¡Ese hombre me agobia con su generosidad!
El orden de vida era el mismo que el del año pasado. Los miércoles había veladas. El artista leía, los pintores dibujaban, el violonchelista tocaba, el cantante cantaba, y a las once y media, invariablemente, se abría la puerta que daba al comedor, y Dímov decía sonriendo:
-Dígnense, señores, a un bocado.
Como antes, Olga Ivánovna buscaba hombres grandes, los hallaba y no se satisfacía, y de nuevo los buscaba. Como antes, cada día regresaba a la casa de noche tarde, pero Dímov ya no dormía, como el año pasado, sino estaba sentado en su gabinete y trabajaba en algo. Se acostaba a eso de las tres, y se levantaba a las ocho.
Una vez de noche, cuando ella, dispuesta al teatro, estaba parada frente al tremol, Dímov entró al dormitorio de frac y corbata blanca. Sonreía dócilmente y, como antes, miró a su mujer directo a los ojos, con júbilo. Su rostro radiaba.
-Ahora defendí la tesis, -dijo él, sentándose y acariciándose la rodilla.
-¿La defendiste? –preguntó Olga Ivánovna.
-¡Ajá! –se echó a reír y estiró el cuello, para ver en el espejo el rostro de su mujer, que continuaba parada de espaldas a él y se arreglaba el peinado. -¡Ajá! –repitió él. –Sabes, es muy posible que me propongan el asistente de profesor en patología general. Huele a eso.
Se veía por su beatitud, por su rostro radiante que, si Olga Ivánovna hubiera compartido con él su júbilo y triunfo, él se lo hubiera perdonado todo, el presente y el futuro, y lo hubiera olvidado todo, pero ella no entendía lo que significaba el asistente de profesor y la patología general, y además, temía llegar tarde al teatro, y no dijo nada.
Él estuvo sentado dos minutos, sonrió de modo culpable y salió.

VII

Fue un día muy agitado.
A Dímov le dolía fuerte la cabeza; por la mañana no tomó té, no fue al hospital, y todo el tiempo estuvo acostado en su gabinete, en el diván turco. Olga Ivánovna, como de costumbre, se dirigió a la una a la casa de Riabóvskii, para mostrarle su boceto nature morte8 y preguntarle por qué no había venido ayer. El boceto le parecía ínfimo, y lo había pintado sólo para tener un pretexto adicional para ir a la casa del pintor.
Entró a su casa sin llamar y, cuando se quitaba los chanclos en el vestíbulo, oyó como si algo en el estudio pasara corriendo en silencio, haciendo frú-frú con el vestido de modo femenino, y cuando se apresuró a asomarse al estudio, vio sólo un pedazo de falda café, que apareció por un instante y desapareció tras un cuadro grande, cubierto hasta el suelo junto con el caballete por un calicó negro. No se podía dudar, eso se escondía una mujer. ¡Cuan a menudo la misma Olga Ivánovna había hallado refugio detrás de ese cuadro! Riabóvskii, por lo visto muy turbado, como que se asombró de su llegada, le tendió ambas manos y dijo, sonriendo con tirantez:
-¡A-a-a-ah! Me alegro mucho de verla. ¿Qué me dice de bueno?
Los ojos de Olga Ivánovna se llenaron de lágrimas. Le daba vergüenza, amargura, y por un millón no hubiera aceptado hablar en presencia de la mujer extraña, rival, mentirosa, que estaba parada ahora detrás del cuadro y, probablemente, soltaba risillas malignas.
-Le traje un boceto… -dijo con timidez, con una vocecita aguda, y sus labios temblaron, -una nature morte.
-A-a-ah… ¿un boceto?
El pintor tomó en sus manos el boceto y, examinándolo, pasó como que de modo maquinal a la otra habitación.
Olga Ivánovna fue sumisa tras él.
-Una nature morte… primera clase, -farfulló él, buscando la rima, -balneario… diablo… puerto…9
Desde el estudio se oyeron unos pasos apurados y el frú-frú de un vestido. Entonces, ella se había ido. Olga Ivánovna tenía deseos de gritar fuerte, de golpear al pintor en la cabeza con algo pesado e irse, pero no veía nada a través de las lágrimas, estaba aplastada por su vergüenza, y ya no se sentía Olga Ivánovna ni la pintora, sino un insecto pequeño.
-Estoy cansado… -profirió el pintor con languidez, mirando el boceto y sacudiendo la cabeza, para vencer la modorra. –Es gracioso, por supuesto, pero un boceto hoy, un boceto el año pasado, y dentro de un mes va a ser un boceto… ¿Cómo no le aburre? Yo en su lugar dejaría la pintura, y me dedicaría seriamente a la música o a algo. Pues usted no es pintora, sino músico. ¡Pero sabe, qué cansado estoy! Ahora voy a decir que nos den té… ¿Ah?
Salió de la habitación, y Olga Ivánovna oyó cómo le ordenaba algo a su lacayo. Para no despedirse, no explicarse y, lo principal, no romper a llorar, mientras no regresaba Riabóvskii, corrió con rapidez al vestíbulo, se puso los chanclos y salió a la calle. Allí suspiró aliviada y se sintió libre para siempre de Riabóvskii, de la pintura, de la vergüenza penosa, que tanto la había aplastado en el estudio. ¡Todo había terminado!
Fue a la modista, después a casa de Barnay, que recién ayer había llegado, de Barnay al almacén de notas, y todo el tiempo pensaba en cómo le escribiría a Riabóvskii una carta fría, áspera, llena de dignidad personal, y cómo en primavera o en verano iría con Dímov a Crimea, se liberaría allí del pasado de modo definitivo y empezaría una nueva vida.
Tras volver a la casa de noche tarde, sin cambiarse, se sentó en la sala a redactar la carta. Riabóvskii le había dicho que no era una pintora, y ella le escribiría ahora en venganza qué el pintaba cada año lo mismo, y decía cada día lo mismo, que se había estancado, y que de él no saldría nada más de lo que ya había salido. Tenía deseos de escribirle asimismo, que él le debía mucho a su buena influencia, y que si actuaba mal, pues era sólo porque su influencia era paralizada por diversas personas de doble sentido, como aquella que se había escondido hoy detrás del cuadro.
-¡Máma! –llamó desde el gabinete Dímov, sin abrir la puerta. -¡Máma!
-¿Qué quieres?
-Máma, no entres a verme, y sólo acércate a la puerta. –Mira qué… Hace tres días me contagié de difteria en el hospital, y ahora… no me siento bien. Manda rápido por Korostelióv.
Olga Ivánovna siempre llamaba al marido, como a todos los hombres conocidos, no por el nombre, sino por el apellido; su nombre, Ósip, no le gustaba, porque le recordaba al Ósip gogoliano10 y al retruécano: “Ósip se quedó ronco, y Arjíp ronco se quedó11”. Ahora pues gritó:
-¡Ósip, eso no puede ser!
-¡Manda! No me siento bien… -dijo detrás de la puerta Dímov, y se oyó cómo se acercó al diván y se acostó. -¡Manda! –se oyó su voz sordamente.
“¿Qué era esto pues? –pensó Olga Ivánovna, helándose de terror. -¡Pues esto es peligroso!”
Sin ninguna necesidad, tomó una vela y fue a su dormitorio, y allí, pensando qué le hacía falta hacer, sin intención, se echó una mirada a sí misma en el tremol. Con el rostro pálido, asustado, con la chaqueta de mangas alzadas, los volantes amarillos en el pecho y las franjas de sentido insólito en la falda, se pareció a sí misma terrible, ruin. De pronto le dio lástima Dímov hasta el dolor, su amor infinito a ella, su vida joven e incluso ésa, su cama huérfana, en la que él ya no dormía hacía tiempo, y recordó su sonrisa ordinaria, dócil, sumisa. Rompió a llorar con amargura, y le escribió a Korostelióv una carta suplicante. Eran las dos de la madrugada.

VIII

Cuando a las ocho de la mañana Olga Ivánovna, con la cabeza pesada por el insomnio, despeinada, no bonita y con una expresión culpable salió del dormitorio, por su lado pasó hacia el vestíbulo cierto señor de barba negra, por lo visto el doctor. Olía a medicina. Cerca de la puerta, en el gabinete, estaba Korostelióv, y con la mano derecha se atusaba el bigote izquierdo.
-A verlo, disculpe, no la voy a dejar pasar, -le dijo sombríamente a Olga Ivánovna. –Puede contagiarse. Y además, no tiene para qué, en esencia. Él, de todas formas, está en delirio.
-¿Tiene una verdadera difteria? –preguntó en susurro Olga Ivánovna.
-A esos, que se meten en la cueva del lobo, en verdad, habría que llevarlos a juicio, -musitó Korostelióv, sin responder a la pregunta de Olga Ivánovna. -¿Sabe, por qué se contagió? El martes, le succionó a un chico, a través de un tubito, las membranas diftéricas. ¿Y para qué? Es tonto… Así, a lo imbécil…
-¿Es peligroso? ¿Muy? –preguntó Olga Ivánovna.
-Sí, dicen que es la forma penosa. Habría que mandar por Shrek, en esencia.
Llegó uno pequeño, pelirrojo, con nariz larga y acento hebreo, después uno alto, encorvado, desgreñado, parecido a un protodiácono; después uno joven, muy gordo, de cara roja y con lentes. Eran los médicos que venían a hacer guardia junto a su colega. Korostelióv, tras hacer su tiempo de guardia, no se iba a casa, sino se quedaba y, como una sombra, deambulaba por todas las habitaciones. La sirvienta servía té a los doctores de guardia, y corría a la farmacia a menudo, y no había nadie que recogiera las habitaciones. Había silencio y abatimiento.
Olga Ivánovna estaba sentada en su dormitorio, y pensaba que eso Dios la castigaba por que había engañado a su marido. El ser callado, resignado, incomprensible, despersonalizado por su docilidad, sin carácter, débil por exceso de bondad, sufría sordamente en algún lugar allá, en su diván, y no se quejaba. Y si se quejara un poco, siquiera en delirio, pues los doctores de guardia se enterarían, de que la culpable ahí no era sólo la difteria. Le preguntarían a Korostelióv: él lo sabía todo, y no en vano miraba a la mujer de su amigo con unos ojos, como si ella misma fuera la malvada principal, verdadera, y la difteria sólo su cómplice. Ella ya no recordaba ni la noche de luna en el Volga, ni la declaración de amor, ni la vida poética en la isbá, sino recordaba sólo que por un vano capricho, por una travesura, se había embarrado toda, con los pies y las manos, de algo fangoso, pegajoso, que ya nunca se lavaría…
“¡Ah, cómo mentí! –pensaba, recordando el amor agitado que había tenido con Riabóvskii. -¡Que sea todo maldecido!..”
A las cuatro almorzó con Korostelióv. Él no comió nada, bebió sólo vino tinto y frunció el seño. Ella tampoco comió nada. Ya rezaba mentalmente y hacía el voto a Dios, de que si Dímov se recuperaba, ella lo amaría de nuevo y sería una mujer fiel. Ya, olvidada por un instante, miraba a Korostelióv y pensaba: “¿Es posible que no sea aburrido ser un hombre sencillo, en nada notable, desconocido, y aún con una cara tan arrugada y unas malas maneras?” Ya le parecía que Dios la mataría en ese instante por que ella, temiendo contagiarse, ni una vez aún había estado en el gabinete del marido. Y en general, tenía una sensación embotada, abatida, y la seguridad de que su vida ya estaba estropeada, y que no la arreglarías con nada…
Después del almuerzo llegó el crepúsculo. Cuando Olga Ivánovna salió a la sala, Korostelióv dormía en un sofacito, tras ponerse bajo la cabeza un cojín de seda bordado en oro. “Kji-puá -roncaba. –Kji-puá…”
Y los doctores, que venían a hacer guardia y se iban, no advertían el desorden. El hecho de que un hombre ajeno durmiera en la sala y roncara, los bocetos en las paredes, el ambiente excéntrico, y el hecho de que la dueña estaba despeinada y vestida con desaliño, todo eso no despertaba ahora el mínimo interés. Uno de los doctores se rió de algo sin intención, y esa risa como que resonó de un modo extraño y tímido, incluso fue espantoso.
Cuando Olga Semiónovna salió otra vez a la sala, Korostelióv ya no dormía, sino estaba sentado y fumaba.
-Tiene difteria en la cavidad nasal, -dijo a media voz. –Ya el corazón no le funciona bien. En esencia, mal asunto.
-Y usted mande por Shrek, -dijo Olga Ivánovna.
-Estuvo ya. Él mismo notó, que la difteria había pasado a la nariz. ¡Eh, pero qué Shrek! En esencia, no importa Shrek. Él es Shrek, yo soy Korostelióv, y nada más.
El tiempo se alargaba de modo terrible, demasiado. Olga Ivánovna estaba acostada vestida, en una cama no tendida desde la mañana, y dormitaba. Le parecía que todo el apartamento, desde el suelo hasta el techo, estaba ocupado por un inmenso pedazo de hierro, y que sólo bastaba sacar el hierro afuera, para que todos se sintieran contentos y aliviados. Al despertar, recordó que no era el hierro, sino la enfermedad de Dímov.
Nature morte, puerto… -pensó, cayendo de nuevo en el olvido, -deporte… balneario… ¿Y cómo con Shrek? Shrek, brek, drek… crek. ¿Y dónde pues están ahora mis amigos? ¿Saben acaso que tenemos una desgracia? Señor, sálvanos… líbranos. Shrek, brek…”
Y de nuevo el hierro… El tiempo se alargaba demasiado, y el reloj en la planta baja sonaba a menudo. Y a cada rato se oían llamadas, venían los doctores… Entró la sirvienta con un vaso vacío en la bandeja y preguntó:
-¿Señora, ordena hacer la cama?
Y, al no recibir respuesta, salió. El reloj sonó abajo, soñó con la lluvia en el Volga, y de nuevo alguien entró al dormitorio, al parecer un extraño. Olga Ivánovna se levantó y reconoció a Korostelióv.
-¿Qué hora es? –preguntó ella.
-Cerca de las tres.
-¿Bueno, qué?
-¡Pero qué! Yo vine a decir: expira…
Sollozó, se sentó en la cama junto a ella y se enjugó las lágrimas con la manga. Ella no entendió enseguida, pero se heló toda y empezó a persignarse con lentitud.
-Expira… -repitió con voz aguda y sollozó de nuevo. –Se muere porque se sacrificó a sí mismo… ¡Qué pérdida para la ciencia! –dijo con amargura. -¡Era, si nos compararan a todos con él, un hombre grande, extraordinario! ¡Qué dotado! ¡Qué esperanzas nos brindaba a todos! –continuó Korostelióv, torciendo las manos. –Señor, Dios mío, era un científico, que no lo encuentras ahora con un farol. ¡Óska Dímov, Óska Dímov, qué hiciste! ¡Ay-ay, Dios mío!
Korostelióv, desesperado, se cubrió el rostro con ambas manos y movió la cabeza.
-¡Y qué fuerza moral! –continuó, enfureciéndose más y más con alguien. –Un alma buena, pura, amante, ¡no era un hombre, sino un cristal! Sirvió a la ciencia y murió por la ciencia. Y trabajó como un buey día y noche, nadie se apiadó de él, ¡y el científico joven, el futuro profesor, tuvo que buscarse una práctica, y dedicarse a las traducciones por las noches, para pagar pues esos… ¡trapos triviales!
Korostelióv echó una mirada con odio a Olga Ivánovna, agarró la sábana con ambas manos y la rompió con enojo, como si ésta fuera la culpable.
-¡Y no se apiadó de sí mismo, y no se apiadaron de él. Eh, pero qué, en esencia!
-¡Sí, un hombre único! –dijo alguien con voz de bajo en la sala.
Olga Ivánovna recordó toda su vida con él, de principio a fin, con todos los detalles, y de pronto entendió que era en realidad un hombre extraordinario, único y, en comparación con aquellos que había conocido, grande. Y al recordar cómo lo trataban su difunto padre y todos los colegas-médicos, entendió que todos veían en él una futura celebridad. Las paredes, el techo, la lámpara y la alfombra en el suelo le guiñaban los ojos burlonamente, como queriendo decirle: “¡Lo dejaste pasar!, ¡Lo dejaste pasar!” Con llanto, salió corriendo del dormitorio, se coló en la sala por el lado de cierto hombre desconocido, y entró corriendo al gabinete del marido. Éste estaba acostado inmóvil en el diván turco, cubierto hasta la cintura por la cobija. Su rostro había adelgazado, enflaquecido terriblemente, y tenía un color grisáceo-amarillento que nunca suelen tener los vivos; y sólo por la frente, por las cejas negras y por la sonrisa conocida se podía averiguar que era Dímov. Olga Ivánova tanteó con rapidez su pecho, frente y manos. El pecho aún estaba tibio, pero la frente y las manos estaban no gratamente frías. Y los ojos semi-abiertos miraban no a Olga Ivánovna, sino a la cobija.
-¡Dímov! –lo llamó en voz alta. -¡Dímov!
Quería explicarle que había sido un error, que aún no todo estaba perdido, que la vida aún podía ser hermosa y dichosa, que él era un hombre único, extraordinario, grande, y que toda su vida lo iba a venerar, rezarle y sentir un miedo sagrado…
-¡Dímov! –lo llamaba, sacudiéndolo por los hombros y sin creer que él ya nunca se despertaría. -¡Dímov, Dímov pues!
Y en la sala Korostelióv le decía a la sirvienta:
-¿Pero qué preguntar ahí? Vaya usted a la caseta de la iglesia y pregunte dónde viven las hospicianas. Ellas lavarán el cuerpo y se lo llevarán, lo harán todo, lo que haga falta.

1Bilína, canción épica rusa.
2Mâitre d’hôtel, capitán, jefe de comedor.
3Société, sociedad.
4Isbá, casa de madera de abeto.
5Schi, sopa de legumbres con carne.
6Waterproof, sobretodo para protegerse de la lluvia.
7Vasílii Poliénov, pintor ruso, paisajista, de la escuela de los ambulantes.
8Nature morte, naturaleza muerta.
9Palabras que riman, “piervii sort… kurort… chort… port…”
10Ósip,
11Juego de palabras intraducible: Osip ojrip, a Arjip osip, Ósip se quedó ronco, y Arjíp ronco se quedó.

Título original: Poprigunia, publicado por primera vez en la revista Siever, 1892, Nº 1, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen:
John Singer Sargent, Siesta, 1905.