miércoles, 5 de marzo de 2008

Iónich

I

Cuando en la ciudad de gobierno S., los forasteros se quejaban de lo aburrido y monótono de la vida, los habitantes lugareños, como si se justificaran, decían que, al contrario, en S. estaba muy bien, que en S. había una biblioteca, un teatro, un club, solían haber bailes, que, finalmente, había familias inteligentes, interesantes, agradables, con las que se podía entablar relación. Y señalaban a la familia de los Túrkin como la más instruida y talentosa. 
Esta familia vivía en la calle principal, junto al gobernador, en casa propia. El propio Túrkin, Iván Petróvich, un trigueño robusto, bonito, con patillas, organizaba espectáculos aficionados con fines benéficos, él mismo interpretaba a los viejos generales, y al hacerlo tosía de modo muy ridículo. Sabía muchos chistes, charadas, dichos, le gustaba bromear y decir agudezas, y siempre tenía una expresión tal, que no se podía entender si bromeaba o hablaba en serio. Su mujer, Viéra Iósifovna, una dama delgada, gallarda, con pince-nez, escribía relatos y novelas, y se los leía a sus visitantes gustosa, en voz alta. Su hija, Ekaterína Ivánovna, una muchacha jovencita, tocaba el piano de cola. En una palabra, cada miembro de la familia tenía algún talento. Los Túrkin recibían a los visitantes afablemente, y les mostraban sus talentos contentos, con cordial sencillez. Su gran casa de piedra era espaciosa, y en verano fresca, la mitad de las ventanas daban a un viejo jardín sombreado, donde en primavera cantaban los ruiseñores; cuando en la casa estaban sentados los visitantes, en la cocina sonaban los cuchillos, en el patio olía a cebolla frita, y eso cada vez anunciaba una cena opípara y sabrosa. 
Y al doctor Stártsiev, Dmítri Iónich, cuando recién fue asignado como médico rural y se instaló en Diálizh, a nueve vérstas de S., también le dijeron que, como hombre intelectual, necesitaba conocer a los Túrkin. Cierta vez en invierno, en la calle, le presentaron a Iván Petróvich; hablaron del tiempo, de teatro, del cólera, procedió una invitación. En primavera, en la fiesta –era Ascensión-, después de recibir a los enfermos, Stártsiev se dirigió a la ciudad, para distraerse un poquito y, a propósito, comprarse algo. Iba a pie, sin prisa (aún no tenía sus propios caballos), y todo el tiempo cantaba:-Cuando aún no había bebido el cáliz de la amargura...1
En la ciudad almorzó, paseó por el jardín, después, como que por sí misma, le vino a la memoria la invitación de Iván Petróvich, y decidió visitar a los Túrkin, ver qué clase de personas eran. 
-Saludos, por favor –le dijo Iván Petróvich al recibirlo en el portal-.Me alegra mucho, mucho ver a un visitante tan agradable. Vamos, lo voy a presentar a mi media naranja. Yo le digo a él, Viérochka –continuó, al presentar al doctor a su mujer-, le digo, que no tiene ningún derecho romano a estar sentado en su hospital, él debe darle su ocio a la sociedad. ¿No es verdad, almita? 
-Siéntese aquí, -le decía Viéra Iósifovna, sentando al visitante a su lado-. Puede cortejarme. Mi marido es celoso, es un Otelo, pero trataremos de conducirnos de modo tal, que él no se dé cuenta de nada.
-Ah tú, pollita, mimosa... –musitó Iván Petróvich con ternura, y la besó en la frente-. Usted se presentó muy a propósito -se dirigió al visitante de nuevo-, mi media naranja escribió una novela grande, y hoy la va a leer en voz alta. 
-Jeanito, -dijo Viéra Iósifovna a su marido, -dites que l'on nous donne du thé2.
A Stártsiev le presentaron a Ekaterína Ivánovna, una muchacha de dieciocho años, muy parecida a su madre, tan delgada y gallarda. Su expresión era aún infantil, y el talle fino, tierno; y el pecho virginal, ya desarrollado, bonito, saludable, hablaba de la primavera, de una verdadera primavera. Después tomaron té con confitura, miel, caramelos y unas galletas muy sabrosas, que se deshacían en la boca. Con la llegada del atardecer, poco a poco, se reunieron los visitantes, y a cada uno de ellos Iván Petróvich le dirigía sus ojos risueños, y decía:
-Saludos, por favor. 
Después todos se sentaron en la sala con unos rostros muy serios, y Viéra Iósifovna leyó su novela. Empezaba así: "La helada arreciaba…” Las ventanas estaban abiertas de par en par, se oía cómo sonaban los cuchillos en la cocina, y llegaba el olor de la cebolla frita... En las blandas, hondas butacas se estaba sereno, las luces titilaban de modo acariciante en la penumbra de la sala; y ahora, en el atardecer veraniego, cuando llegaban volando desde la calle las voces, la risa, y se extendía desde el patio la fragancia de las lilas, era difícil entender cómo la helada arreciaba, y cómo el sol poniente iluminaba con sus rayos fríos la llanura nevada y al viajero, que iba solitario por el camino; Viéra Iósifovna leía de cómo una condesa joven, bonita, organizaba en su pueblo escuelas, hospitales, bibliotecas, y cómo se enamoraba de un pintor peregrino, leía de lo que nunca ocurre en la vida, y de todas formas escuchar era agradable, cómodo, y de todas formas venían a la cabeza ideas buenas, serenas, no daban deseos de levantarse. 
-No está malucha... -dijo en voz baja Iván Petróvich. 
Y uno de los visitantes, que escuchaba y fue llevado por sus ideas a algún lugar muy lejano, dijo con voz apenas audible: 
-Sí... realmente... 
Pasó una hora, otra. En el jardín municipal en vecindad tocaba una orquesta y cantaba un coro de cantores. Cuando Viéra Iósifovna cerró su cuaderno, por unos cinco minutos todos callaron y escucharon la Luchínushka3, que cantaba el coro, y esa canción trasmitía lo que no había en la novela y ocurría en la vida. 
-¿Usted publica sus obras en las revistas? -preguntó Stártsiev a Viéra Iósifovna. 
-No -respondió ella-, yo no publico en ningún lugar: lo escribo y lo escondo en mi armario. ¿Para qué publicar? -aclaró-. Pues nosotros tenemos recursos. 
Y todos por algo suspiraron.
-Y ahora tú, Kótik, toca algo -dijo Iván Petróvich a su hija. 
Levantaron la tapa del piano de cola, abrieron las notas, que yacían ya listas. Ekaterína Ivánovna se sentó y golpeó las teclas con ambas manos; y después, al instante, las golpeó con todas sus fuerzas, y de nuevo y de nuevo; sus hombros y pechos se estremecían, golpeaba con terquedad siempre en el mismo lugar, y parecía que no cesaría hasta que hundiera las teclas en el piano de cola. La sala se llenó de trueno; todo tronaba: el suelo, el techo, los muebles... Ekaterína Ivánovna tocaba un pasaje difícil, interesante justamente por su dificultad, largo y monótono, y Stártsiev, al escucharlo, se dibujaba para sí cómo caían las rocas de una alta montaña, caían y caían, y quería que éstas dejaran de caer lo más pronto, y al mismo tiempo Ekaterína Ivánovna, sonrojada por la tensión, fuerte, enérgica, con un mechón caído sobre la frente, le gustaba mucho. Después de un invierno pasado en Diálizh, entre enfermos y mujíks, estar en una sala, mirar a ese ser joven, bello y, probablemente, puro, y escuchar esos sonidos ruidosos, cansinos, pero con todo cultos, era tan agradable, tan nuevo... 
-¡Bueno, Kótik, hoy tocaste como nunca! –dijo Iván Petróvich con lágrimas en los ojos, cuando su hija terminó y se levantó-. Muérete, Denis, mejor no lo escribes4. 
Todos la rodearon, la felicitaron, se admiraron, le aseguraron que hacía tiempo ya que no oían esa música, y ella escuchaba callada, sonriendo un poco, y en toda su figura estaba escrito el triunfo. 
-¡Hermoso!, ¡excelente!
-¡Hermoso! -dijo Stártsiev, sometido a la afición general-.¿Dónde estudió música? –le preguntó a Ekaterína Ivánovna-. ¿En el conservatorio?
-No, al conservatorio yo todavía, solamente, me dispongo, y mientras estudié aquí, con madame Zavlóvskaya. 
-¿Terminó el curso en el gimnasio de aquí?
-¡Oh, no! -respondió por ella Viéra Iósifovna-. Nosotros invitamos a los maestros a la casa; en el gimnasio pues, o en el instituto, convenga, pueden haber malas influencias; mientras la muchacha crece, debe hallarse solamente bajo la influencia de la madre. 
-Y de todas formas voy a ir al conservatorio -dijo Ekaterína Ivánovna. 
-No, Kótik quiere a su mamá. Kótik no va a afligir a papá y a mamá.
-¡No, voy a ir! ¡Voy a ir! –dijo Ekaterína Ivánovna bromeando con aire caprichoso, y pateó con su pie. 
Y en la cena Iván Petróvich mostró ya sus talentos. Riéndose sólo con los ojos, contó chistes, dijo agudezas, propuso tareas ridículas, y él mismo las resolvía, y todo el tiempo hablaba en su lenguaje inusitado, elaborado con largos ejercicios de ingenio, y que, evidentemente, ya hacía tiempo se le había hecho una costumbre: grandioso, no está malucho, se lo agradezco deformemente. 
Pero eso no era todo. Cuando los visitantes, saciados y satisfechos, se agolpaban en el vestíbulo, eligiendo sus paletós y bastones, junto a ellos se afanaba el lacayo Pavlúsha o, como lo llamaban aquí, Páva, un muchacho de unos catorce años, pelado, de mejillas rellenas. 
-¡A ver pues, Páva, muestra! -le dijo Iván Petróvich. 
Páva se puso en pose, levantó el brazo y profirió en tono trágico: 
-¡Muere, desdichada! 
Y todos se rieron a carcajadas.
"Entretenido" -pensó Stártsiev al salir a la calle. 
Entró a un restaurante y tomó cerveza, después se dirigió a pie a su casa, en Diálizh. Iba, y por todo el camino cantaba:-Tu voz para mí es cariñosa y lánguida…5 
Tras andar nueve vérstas y luego, al acostarse a dormir, no sintió ni el mínimo cansancio, sino al contrario, le parecía que andaría con gusto unas veinte vérstas más.
-"No está malucha" -recordó al dormirse, y se echó a reír.
II

Stártsiev siempre se disponía a la casa de los Túrkin, pero en el hospital había mucho trabajo, y no podía elegir de ningún modo una hora libre. Pasó más de un año de este modo, en soledad y labores, pero he aquí de la ciudad trajeron una carta en un sobre celeste… 
Viéra Iósifovna ya hacía tiempo que padecía de migraña, pero en los últimos tiempos, cuando Kótik la asustaba cada día con que se iría al conservatorio, las recaídas empezaron a repetirse cada vez más a menudo. Por casa de los Túrkin pasaron todos los médicos citadinos; llegó finalmente el turno del rural. Viéra Iósifovna le escribió una carta conmovedora, en la que le rogaba venir y aliviar sus padeceres. Stártsiev fue, y después de eso empezó a visitar a los Túrkin muy a menudo... Él, en efecto, ayudó un poquito a Viéra Iósifovna, y ella ya le decía a todos los visitantes que era un doctor extraordinario, asombroso. Pero él iba a la casa de los Túrkin ya no por la migraña... 
Día festivo. Ekaterína Ivánovna terminó sus largos, fatigosos ejercicios en el piano de cola. Después, estuvieron sentados en el comedor y tomaron té por largo tiempo, e Iván Petróvich contó algo ridículo. Pero he aquí una llamada; había que ir al vestíbulo a recibir a cierto visitante; Stártsiev aprovechó el instante de confusión, y le dijo a Ekaterína Ivánovna en susurro, fuertemente emocionado: 
-¡Por Dios, se lo suplico, no me torture, vamos al jardín! 
Ella se encogió de hombros, como sin comprender ni entender qué le hacía falta de ella, pero se levantó y fue. 
-Usted toca el piano por tres, cuatro horas, -decía él yendo tras ella-, después se sienta con su mamá, y no hay ninguna posibilidad de hablarle. Déme siquiera un cuarto de hora, se lo ruego. 
Se acercaba el otoño, y el viejo jardín estaba silencioso, triste, y en las alamedas yacían las hojas oscuras. Ya oscurecía temprano. 
-Yo no la he visto en toda una semana –continuaba Stártsiev, -¡y si supiera qué sufrimiento es! Sentémonos. Escúcheme.
Ambos tenían un lugar preferido en el jardín: el banco bajo el arce viejo, ancho. Y ahora se sentaron en ese banco.
 
-¿Qué se le ofrece? -preguntó Ekaterína Ivánovna en tono seco, oficial. 
-Yo no la he visto en toda una semana, no la he oído en tanto tiempo. Yo la quiero con pasión, ansío su voz. Hable. 
Ella lo maravillaba con su frescura, con la expresión inocente de sus ojos y mejillas. Incluso, en el modo que le caía el vestido, veía algo sumamente tierno, conmovedor en su gracia sencilla e inocente. Y al mismo tiempo, a pesar de esa inocencia, le parecía muy inteligente y desenvuelta para sus años. Podía hablar con ella de literatura, de arte, de lo que guste, podía quejarse a ella de la vida, de la gente, aunque durante la plática seria, sucedía que empezaba a reírse sin motivo, o se escapaba corriendo a la casa. Ella, como casi todas las muchachas de la ciudad, leía mucho (en general, en S. se leía muy poco, y en la biblioteca local decían que si no fuera por las muchachas y los jóvenes hebreos, pues como si cierras la biblioteca); eso le gustaba infinitamente a Stártsiev, que le preguntaba emocionado cada vez, qué había leído en los últimos días y, encantado, escuchaba cuando le contaba. 
-¿Qué leyó esta semana, mientras no nos vimos? –le preguntó ahora. –Hable, le ruego.
-Leí a Písiemskii. 
-¿Qué exactamente?
-Las mil almas, -respondió Kótik. –Y qué risible se llamaba Písiemskii: ¡Alexéi Feofiláktich6! 
-¿A dónde va pues? –se horrorizó Stártsiev, cuando ella, de pronto, se levantó y fue a la casa. -Yo necesito hablar con usted, debo explicarme... ¡Esté conmigo siquiera cinco minutos! ¡Se lo imploro! 
Ella se detuvo como deseando decir algo, después, con embarazo, le metió una nota en la mano y echó a correr a la casa, y allí se sentó al piano de cola de nuevo. 
"Hoy, a las once de la noche -leyó Stártsiev- esté en el cementerio, junto al monumento de Demetti". 
"Bueno, esto ya no es inteligente en absoluto, -pensó volviendo en sí. -¿Qué tiene que ver el cementerio? ¿Para qué?" 
Estaba claro: Kótik jugueteaba. ¿A quién, en realidad, le vendría a la cabeza, en serio, concertar una cita por la noche, lejos de la ciudad, en el cementerio, cuando eso se podía organizar fácilmente en la calle, en el jardín municipal? ¿Y acaso le iba a él, un médico rural, una persona inteligente, respetable, suspirar, recibir esquelas, deambular por los cementerios, hacer estupideces, de las que se reían ahora, incluso, los alumnos de gimnasio? ¿A dónde lo llevaría este romance? ¿Qué dirían los colegas cuando se enteraran? Así pensaba Stártsiev, divagando por el club entre las mesas, y a las diez y media, de pronto, agarró y fue al cementerio. 
Ya tenía su pareja de caballos y su cochero Panteleimón, con chaleco de terciopelo. La luna brillaba. Había silencio, calor, pero un calor otoñal. En los suburbios, cerca del matadero, aullaban los perros. Stártsiev dejó los caballos en el límite de la ciudad, en uno de los callejones, y él mismo fue al cementerio a pie. 
"Cada uno tiene sus rarezas –pensaba.-Kótik es rara también, ¿y quién sabe?, acaso no es una broma, y viene", y se entregó a esa esperanza débil, vacía, y ésta lo embriagó. 
Atravesó una media vérsta por el campo. El cementerio se dibujaba a lo lejos en una franja oscura, como un bosque o un gran jardín. Apareció la tapia de piedra blanca, el arco... A la luz de la luna en el arco se podía leer: "Y vendrá hora…"7. Stártsiev entró por la portezuela, y lo primero que vio fueron las cruces blancas y los monumentos a ambos lados de la ancha alameda, y las sombras negras de éstos y de los álamos; y alrededor, a lo lejos, se veía en blanco y negro, y los árboles soñolientos inclinaban sus ramas hacia lo blanco. Parecía que aquí estaba más claro que en el campo; las hojas de los arces, parecidas a garras, se destacaban bruscamente en la arena amarilla de las alamedas y en las lápidas, y las inscripciones de los monumentos eran claras. En los primeros instantes, a Stártsiev le sorprendió lo que veía por primera vez en su vida, y lo que, probablemente, ya no le tocaría ver más: un mundo no parecido a nada más, un mundo donde la luz lunar era tan buena y suave, como si aquí fuera su cuna, donde no había vida, no había no, pero en cada álamo oscuro, en cada tumba se sentía la presencia de un misterio que prometía una vida silenciosa, hermosa, eterna. Desde las lápidas y las flores secas, con el aroma otoñal de las hojas, llegaba un soplo de perdón, tristeza y descanso. 
Alrededor había silencio, las estrellas miraban desde el cielo con profunda resignación, y los pasos de Stártsiev repercutían bruscos e importunos. Y sólo cuando sonó el reloj de la iglesia, y se imaginó a sí mismo muerto, encerrado allí por los siglos, le pareció que alguien lo miraba; y por un instante pensó que esto no era el descanso ni el silencio, sino la sorda angustia del no ser, la triste desolación... 
El monumento de Demetti en forma de capilla, con un ángel arriba; alguna vez en S. había estado de paso la ópera italiana, una de las cantantes murió, la enterraron y pusieron este monumento. En la ciudad ya nadie la recordaba, pero la lamparita sobre la entrada reflejaba la luz lunar y, al parecer, ardía. 
No había nadie. ¿Y quién vendría aquí a media noche? Pero Stársiev esperó, y la luz de la luna como que caldeó más su pasión, esperó con pasión, y se dibujó en su imaginación un beso, un abrazo. Estuvo sentado junto al monumento una media hora, después se paseó por las alamedas laterales, con el sombrero en la mano, aguardando y pensando en cuántas mujeres y muchachas que fueron bonitas, encantadoras, que amaron, ardieron de pasión por las noches y se entregaron a las caricias, estaban encerradas en esas tumbas. ¡Qué malas bromas, en esencia, hacía al ser humano la madre naturaleza, qué ofensivo era reconocer eso! Stártsiev pensaba así, y al mismo tiempo tenía deseos de gritar que él quería, que él esperaba el amor fuera como fuera; ante él albeaban ya no pedazos de mármol, sino cuerpos hermosos, veía formas que se escondían con vergüenza entre las sombras de los árboles, percibía su calor, y su fatiga se hacía penosa... 
Y como si bajara el telón, la luna se fue tras una nube, y de pronto todo se oscureció alrededor. Stársiev apenas encontró el arco, ya estaba oscuro, como en una noche de otoño, después deambuló una hora y media, buscando el callejón donde había dejado sus caballos. 
-Estoy cansado, apenas me tengo en pie -le dijo a Panteleimón. 
Y sentándose en el cochecito con placer, pensó:"¡Oh, no habría que engordar!"
III

Al otro día por la tarde fue a la casa de los Túrkin, a hacer la propuesta. Pero resultó incómodo, ya que a Ekaterína Ivánovna la peinaba el peluquero en su habitación. Se disponía al club, a la velada de bailes. 
Tuvo que sentarse en el comedor, y tomar té por largo tiempo de nuevo. Iván Petróvich, viendo que el visitante estaba pensativo y se aburría, sacó del bolsillo de su chaleco unas esquelas, y le leyó una carta ridícula de su intendente-alemán, sobre que en la hacienda se “había estropeado toda la denegación y derrumbado la vergüenza”. 
"Y de dote ellos dan, debe ser, no poco", -pensaba Stártsiev, escuchando con distracción. 
Después de una noche de insomnio se hallaba en un estado aturdido, como si lo hubieran atiborrado de algo dulce y somnífero; tenía el alma nublada pero jubilosa, cálida, y al mismo tiempo, en su cabeza, una suerte de pedacito frío, pesado, razonaba: 
"¡Detente antes de que sea tarde! ¿Acaso te es pareja? Es mimada, caprichosa, duerme hasta las dos, y tú eres el hijo de un diácono, un médico rural..." 
"¿Bueno, qué pues? –pensaba él-. Y deja”.
"Y además, si te casas con ella –continuaba el pedacito-, sus parientes te obligarán a dejar el servicio rural y vivir en la ciudad".
"¿Bueno, qué pues? -pensaba-. En la ciudad, pues en la ciudad. Me darán una dote, armaremos un ambiente…" 
Finalmente, entró Ekaterína Ivánovna con un traje de baile, escotado, bonita, pura, y Stártsiev la contempló y llegó a tal éxtasis, que no pudo pronunciar ni una palabra, y sólo la miraba y se reía. 
Ella empezó a despedirse, y él –quedarse allí ya no tenía por qué- se levantó, diciendo que era hora de irse a casa: lo esperaban los enfermos.
-No hay nada que hacer -dijo Iván Petróvich-, vaya; por cierto pues, lleve a Kótik al club. 
En el patio llovían gotas, estaba muy oscuro, y sólo por la tos ronca de Panteleimón se podía adivinar dónde estaban los caballos. Levantaron la capota del coche. 
-Yo voy por la alfombra, tú vas mientras mientes, -decía Iván Petróvich, sentando a la hija en el coche, -ella va mientras miente…8¡Arranca! ¡Adiós, por favor! 
Fueron. 
-Y yo ayer estuve en el cementerio -empezó Stártsiev-.Qué poco generoso e impiadoso de su parte... 
-¿Estuvo en el cementerio?
-Sí, estuve allí y la esperé casi hasta las dos. Sufrí... 
-Y sufra, si no entiende las bromas. 
Ekaterína Ivánovna, satisfecha con que le había hecho una broma tan pícara a su enamorado, y con lo mucho que la querían, se rió a carcajadas, y de pronto gritó de susto, ya que en ese mismo momento los caballos doblaron en redondo hacia el arco del club, y el coche se inclinó. Stártsiev abrazó a Ekaterína Ivánovna por el talle; ella, asustada, se apretó a él, y él no se contuvo y la besó con pasión en los labios, en la barbilla, y la abrazó más fuerte. 
-Suficiente -dijo ella con sequedad. 
Y en un instante ella ya no estaba en el coche, y el alguacil, cerca de la entrada iluminada del club, le gritaba a Panteleimón con voz repulsiva: 
-¿Qué haces parado, cuervo? ¡Pasa adelante! 
Stártsiev fue a su casa, pero volvió pronto. Vestido con un frac ajeno y una áspera corbata blanca, que se abultaba y se quería deslizar del cuello, a la medianoche estaba sentado en el club, en la sala, y le decía a Ekaterína Ivánovna con afición: 
-¡Oh, qué poco saben los que nunca quisieron! Me parece que nadie todavía describió bien el amor, y apenas sea posible describir ese sentimiento tierno, alegre, torturante, y el que lo haya sentido siquiera una vez, ése no se pondrá a trasmitirlo con palabras. ¿Para qué los preámbulos, las descripciones? ¿Para qué la elocuencia inútil? Mi amor es ilimitado... Le ruego, le suplico, -expresó finalmente Stártsiev-, ¡sea mi esposa!
-Dmítrii Iónich -dijo Ekaterína Ivánovna con una expresión muy seria, tras pensarlo. -Dmítrii Iónich, yo le agradezco mucho por el honor, yo lo estimo pero... -se levantó y continuó parada-, pero, disculpe, ser su mujer yo no puedo. Vamos a hablar en serio. Dmítrii Iónich, sabe, lo que más yo quiero en la vida es el arte, yo quiero con locura, adoro la música, le dediqué toda mi vida. Yo quiero ser una artista, quiero la gloria, los éxitos, la libertad, y usted quiere que yo siga viviendo en esta ciudad, que siga esta vida vacía, inútil, que se me ha hecho insoportable. Hacerme su mujer, ¡oh no, perdone! Una persona debe aspirar a lo superior, a un objetivo brillante, y la vida familiar me amarraría para siempre. Dmítrii Iónich (sonrió casi-casi, ya que al pronunciar “Dmítrii Iónich”, recordó a “Alexéi Feofiláktich”), Dmítrii Iónich, usted es un hombre bueno, noble, inteligente, es el mejor de todos... -le brotaron las lágrimas de los ojos-, yo lo compadezco con toda el alma, pero… pero usted entenderá... 
Y para no romper a llorar, se volteó y salió de la sala. 
A Stártsiev el corazón le dejó de palpitar con inquietud. Al salir del club a la calle, se arrancó ante todo la áspera corbata, y respiró a todo pecho. Le daba un poquito de vergüenza, y su amor propio estaba ofendido, -no esperaba el rechazo-, y no se creía que todos sus sueños, fatigas y esperanzas lo condujeran a este final tan estúpido, como de pieza pequeña de espectáculo aficionado. Y le daba lástima su sentimiento, su amor, tanta lástima que, al parecer, agarraría y lloraría, o le pegaría con la sombrilla a Panteleimón por su ancha espalda, con todas sus fuerzas. 
Unos tres días se le fueron los asuntos de las manos, no comía, no dormía, pero cuando le llegó el rumor de que Ekaterína Ivánovna se había ido a Moscú para ingresar al conservatorio, se serenó y empezó a vivir como antes. 
Después, al recordar a veces cómo deambuló por el cementerio, o fue por toda la ciudad buscando un frac, se desperezaba abúlicamente y decía: 
-¡Pero cuántos desvelos!
IV

Pasaron cuatro años. En la ciudad Stártsiev tenía ya una gran práctica. Cada mañana recibía apurado a los enfermos en su casa, en Diálizh, después se iba a las casas de los enfermos citadinos, se iba ya no con una pareja de caballos, sino en una tróika con cascabeles; regresaba a la casa tarde por la noche. Había engordado, encarnecido, y andaba a pie no gustoso, ya que sufría de disnea. Y Panteleimón también había engordado, y mientras más crecía de ancho, con más tristeza suspiraba y se quejaba de su amarga suerte: ¡me rindió el viajar! 
Stártsiev visitaba muchas casas y se encontraba con muchas personas, pero no intimaba con nadie. Los habitantes con sus pláticas, sus visiones de la vida, e incluso con su aspecto lo irritaban. La experiencia le había enseñado poco a poco que, mientras jugara a las cartas con el habitante, o picara del entremés con él, éste era una persona pacífica, bondadosa e incluso no estúpida, pero bastaba hablarle de algo que no fuera comestible, por ejemplo de política o de ciencia, para que llegara a un callejón sin salida, e introdujera una filosofía tan estúpida y malvada, que sólo quedaba dejar de la mano y apartarse. Cuando Stártsiev probaba hablar, incluso, con el habitante liberal, por ejemplo, de que la humanidad, gracias a Dios, iba adelante, y de que con el tiempo se las arreglaría sin los pasaportes y la pena de muerte, el habitante lo miraba de soslayo y le preguntaba con desconfianza: "¿Significa, entonces, que cualquiera puede degollar en la calle a quien le plazca?" Y cuando Stártsiev en sociedad, en la cena o en el té, hablaba de que era necesario trabajar, que sin trabajo no se podía vivir, cada uno tomaba eso como un reproche, y empezaba a enojarse y a discutir de modo importuno. Junto a todo esto, los habitantes no hacían nada, resueltamente nada, y no se interesaban en nada, y no se podía pensar de ningún modo de qué hablar con ellos. Y Stártsiev evitaba las pláticas, y sólo picaba y jugaba al wint9, y cuando se topaba en alguna casa con una fiesta familiar y lo invitaban a comer, se sentaba y comía callado, mirando al plato; y todo lo que hablaban en ese tiempo era no interesante, injusto, estúpido, y él sentía irritación, se inquietaba pero callaba, y por que siempre callaba de modo severo y miraba a su plato, lo apodaron en la ciudad "el polaco inflado", aunque él nunca fue polaco. 
De distracciones tales como el teatro o los conciertos se abstenía, pero en cambio jugaba al wint cada tarde, unas tres horas, con placer. Tenía aún otra distracción en la que se introdujo sin advertirlo, poco a poco; era sacarse de los bolsillos, por las tardes, los billetes ganados en la práctica; y sucedía que en billetes verdes y amarillos, que olían a perfume, vinagre, incienso y aceite de ballena, se le acumulaban, en todos los bolsillos, unos setenta rublos; y cuando se reunían varios cientos, los llevaba a la Sociedad de crédito recíproco, y los depositaba allí en una cuenta corriente. 
En todos los cuatro años después de la partida de Ekaterína Ivánovna, estuvo en casa de los Túrkin sólo dos veces, por invitación de Viéra Iósifovna, que aún se trataba la migraña. Cada verano Ekaterína Ivánovna venía a visitar a sus padres, pero él no la vio ni una vez, ya fuera lo que pasara. 
Pero he aquí pasaron cuatro años. Una mañana silenciosa, cálida, trajeron una carta al hospital. Viéra Iósifovna le escribía a Dmítrii Iónich que lo extrañaba mucho, y le rogaba presentarse con seguridad en su casa y aliviar sus sufrimientos, y por cierto pues, hoy era su cumpleaños. Abajo había una frase: "Al ruego de mamá me uno yo también. K." 
Stártsiev lo pensó y fue por la tarde a la casa de los Túrkin.
-¡Oh, saludos, por favor! -lo recibió Iván Petróvich, sonriendo sólo con los ojos-. Bonjour10. 
Viéra Iósifovna, ya envejecida fuertemente, con los cabellos blancos, le estrechó la mano a Stártsiev, suspiró de modo amanerado y dijo: 
-Usted, doctor, no quiere cortejarme, nunca viene a nuestra casa, y yo ya soy vieja para usted. Pero mire, vino una joven, acaso ella tenga más suerte.
¿Y Kótik? Estaba más delgada, más pálida, más bonita y esbelta; pero ya era Ekaterína Ivánovna, y no Kótik; ya no tenía la frescura anterior y la expresión de inocencia infantil. En su mirada, en sus maneras había algo nuevo, tímido y culpable, como si aquí, en casa de los Turkin, ya no se sintiera en su casa.
Cuántos veranos, cuántos inviernos! –dijo ella, dándole la mano a Stártsiev; y se veía que el corazón le palpitaba alarmado; y mirándolo a la cara fijamente y con curiosidad, continuó-: ¡Cómo engordó! Está moreno, maduro, pero en general cambió poco. 
Y ahora ella le gustaba, le gustaba mucho, pero algo le faltaba ya, o algo le sobraba, él mismo no podría decir qué exactamente, pero algo ya le impedía sentir como antes. No le gustaba su palidez, su expresión nueva, su sonrisa débil, su voz, y algo más tarde ya no le gustó su vestido, la butaca en la que estaba sentada, no le gustaba algo del pasado, cuando casi no se casó con ella. Recordó su amor, los sueños y las esperanzas que lo emocionaron cuatro años atrás, y se sintió incómodo. 
Tomaron té con pastel dulce. Después Viéra Iósifovna leyó en voz alta una novela, leyó de lo que nunca ocurría en la vida, y Stártsiev escuchaba, miraba su cabeza canosa, bonita, y esperaba que terminara. 
"El incapaz, -pensaba, -no es aquel que no sabe escribir relatos, sino aquel que los escribe y no sabe ocultarlo". 
-No está malucha, -dijo Iván Petróvich. 
Después Ekaterína Ivánovna tocó el piano de cola de modo ruidoso y alargado, y cuando terminó le agradecieron y se maravillaron con ella largo tiempo. 
"Y bien que no me casé con ella" -pensó Stártsiev. 
Ella lo miraba y, por lo visto, esperaba que le propusiera ir al jardín, pero él callaba. 
-Vamos pues a hablar un poco, -dijo ella acercándose a él-. ¿Cómo vive? ¿Qué hay con usted? ¿Cómo? Yo todos estos días pensé en usted -prosiguió nerviosa-, quería mandarle una carta, quería ir yo misma a su casa en Diálizh, ya había decidido ir, pero después cambié de idea, Dios sabe, cómo piensa de mí ahora. Yo lo esperé hoy con tanta emoción. Por Dios, vamos al jardín. 
Fueron al jardín y se sentaron allí en un banco, bajo el viejo arce, como cuatro años atrás. Estaba oscuro. 
-¿Cómo vive pues? -preguntó de pronto Ekaterína Ivánovna. 
-Nada, vivimos de a poquito -respondió Stártsiev. 
Y no pudo pensar nada más qué decir. Callaron. 
-Yo estoy emocionada -dijo Ekaterína Ivánovna, y se cubrió el rostro con las manos-, pero no me preste atención. Me siento tan bien en casa, estoy tan alegre de verlos a todos, y no me puedo acostumbrar. ¡Cuántos recuerdos! Me parecía que íbamos a hablar sin parar, hasta la mañana. 
Ahora veía de cerca su rostro, sus ojos brillantes, y aquí, en la oscuridad, parecía más joven que en la habitación, e incluso parecía volverle su anterior expresión infantil. Y en efecto, ella lo miraba con una curiosidad inocente, como si quisiera mirar más de cerca, y entender al hombre que alguna vez la amó de un modo tan ardiente, con tanta ternura y desdicha, sus ojos le agradecían ese amor. Y él recordó todo lo que fue, todos los detalles más mínimos, cómo deambuló por el cementerio, cómo después por la mañana, fatigado, regresó a su casa, y de pronto le dio tristeza y lástima el pasado. En el alma se le encendió un fueguito. 
-¿Y recuerda, cómo la acompañé a la velada en el club? -dijo él-. Entonces llovía, estaba oscuro... 
El fueguito se enardecía en su alma, y ya tenía deseos de hablar, de quejarse de la vida... 
-¡Eh! –dijo con un suspiro-. Usted pues me pregunta cómo vivo. ¿Cómo vivimos aquí? Pues de ningún modo. Envejecemos, engordamos, decaemos. Día tras día, noche tras noche, la vida pasa opacamente, sin impresiones, sin ideas... Por el día el lucro, y por la tarde al club, una sociedad de jugadores, alcohólicos y vozarrones, a los que no puedo soportar. ¿Qué hay de bueno? 
-Pero usted tiene un trabajo, un objetivo noble en la vida. Le gustaba tanto hablar de su hospital. Yo entonces era como que extraña, me imaginaba una gran pianista. Ahora todas las señoritas tocan el piano, y yo también tocaba, como todas, y en mí no había nada peculiar: yo soy tan pianista como mi mamá escritora. Y, por supuesto, yo entonces no lo entendía, pero después, en Moscú, pensaba en usted a menudo. Sólo pensaba en usted. ¡Qué felicidad ser médico rural, ayudar a los sufridos, servir al pueblo! ¡Qué felicidad! -repitió Ekaterína Ivánovna con afición-. Cuando pensaba en usted en Moscú, me lo imaginaba tan ideal, elevado... 
Stártsiev recordó los billetes que se sacaba de los bolsillos, por las tardes, con tanto gusto, y el fueguito se apagó en su alma. 
Se levantó para ir a la casa. Ella lo tomó del brazo. 
-Usted es la mejor persona que yo he conocido en mi vida, -continuó ella. -Nos vamos a ver, hablar, ¿no es verdad? Prométamelo. Yo no soy una pianista, ya no me pierdo por mi cuenta, y delante de usted, no voy a tocar ni hablar de música. 
Cuando entraron a la casa, y Stártsiev vio a la luz nocturna su rostro y sus ojos tristes, agradecidos y escrutadores, dirigidos a él, sintió inquietud y pensó de nuevo: 
"Y bueno que no me casé entonces".
Empezó a despedirse. 
-No tiene ningún derecho romano a irse sin cenar -le decía Iván Petróvich al acompañarlo-. Eso es muy perpendicular de su parte. ¡A ver pues, muestra! -dijo dirigiéndose a Páva en el vestíbulo. 
Páva, ya no un muchacho, sino un joven con bigote, se puso en pose, levantó la mano y dijo con voz trágica: 
-"¡Muere, desdichada!" 
Todo esto irritaba a Stártsiev. Al sentarse en el coche y mirar la casa oscura y el jardín, que alguna vez le fueron tan gráciles y queridos, recordó todo de golpe: las novelas de Viéra Iósifovna, la tocada ruidosa de Kótik, el ingenio de Iván Petróvich y la pose trágica de Páva, y pensó que si las personas más talentosas de toda la ciudad eran tan incapaces, pues cómo debía ser la ciudad. 
A los tres días Páva trajo una carta de Ekaterína Ivánovna.
"Usted no viene a vernos. ¿Por qué? –escribía ésta-. Me temo que cambió hacia nosotros; temo, y me da miedo tan sólo la idea de eso. Cálmeme pues, venga y dígame que todo está bien. 
Necesito hablar con usted. 
Suya, E.T." 
Leyó esa carta, pensó un poco y le dijo a Páva: 
-Dile, amable, que hoy no puedo ir, estoy muy ocupado. Iré, dile, así, en unos tres días. 
Pero pasaron tres días, pasó una semana, y él seguía sin ir. Cierta vez, al pasar junto a la casa de los Túrkin, recordó que habría que pasar siquiera por un minuto, pero lo pensó... y no pasó. 
Y ya más nunca estuvo en la casa de los Túrkin.
V

Pasaron varios años más. Stártsiev engordó más aún, se abotagó, respiraba con dificultad, y ya andaba echando la cabeza atrás. Cuando él, rollizo, rojo, iba en la tróika de cascabeles, y Panteleimón, también rollizo y rojo, con la nuca carnosa, sentado en el pescante, estirados hacia adelante los brazos rectos, como de madera, gritaba a los de encuentro: "¡Toma a la dereeecha!", pues el cuadro era imponente, y parecía que iba no un hombre, sino un dios pagano. Tenía en la ciudad una práctica enorme, no había tiempo para suspirar, y ya tenía una posesión y dos casas en la ciudad, y le echaba el ojo a una tercera más ventajosa, y cuando en la Sociedad de crédito recíproco le hablaban de alguna casa, asignada a regateo, pues iba sin ceremonia a esa casa y, pasando por todas las habitaciones, sin prestar atención a las mujeres no vestidas y a los niños, que lo miraban con admiración y miedo, tocaba con el bastón todas las puertas y decía: 
-¿Esto es el gabinete? ¿Esto es el dormitorio? ¿Y ahí qué? 
Y al hacerlo respiraba con dificultad, y se secaba el sudor de la frente. 
Tenía muchos desvelos, pero con todo no dejaba el puesto rural: la avaricia lo rendía, quería alcanzar aquí y allá. En Diálizh y en la ciudad lo llamaban ya, simplemente, Iónich. "¿Adónde pues va Iónich?" o: "¿Si invitamos a Iónich al concilio?"
Probablemente, por tener la garganta abotagada de grasa, su voz había cambiado, se hizo aguda y bronca. El carácter también le había cambiado; se hizo pesado, irritable. Al recibir a los enfermos, comúnmente, se enojaba, golpeaba el suelo con el bastón de modo impaciente y gritaba con su voz desagradable: 
-¡Dígnese sólo a responder las preguntas! ¡Sin conversar! 
Estaba solo. Vivía aburrido, no le interesaba nada. 
En todo ese tiempo que había vivido en Diálizh, el amor a Kótik había sido su única alegría y, probablemente, la última. Por las tardes jugaba al wint en el club, y después se sentaba solo a una gran mesa, y cenaba. Lo atendía el lacayo Iván, el más viejo y honorable; le servían Laffitte Nº 17, y ya todos -los decanos del club, el cocinero y el lacayo- sabían qué le gustaba y qué no le gustaba, intentaban complacerlo con todas sus fuerzas, si no qué había de bueno, se enojaba de pronto, y empezaba a golpear el suelo con el bastón. 
Al cenar, a veces se volteaba y se inmiscuía en alguna conversación. 
-¿Eso ustedes, de qué? ¿Ah? ¿A quién? 
Y cuando sucedía que en alguna mesa vecina surgía el tema de los Túrkin, pues preguntaba:
-¿Eso ustedes, de cuáles Túrkin? ¿Eso, de los que tienen una hija que toca el fortepiano? 
Esto es todo lo que se puede decir de él. 
¿Y los Túrkin? Iván Petróvich no envejeció, no cambió en absoluto y, como antes, siempre dice agudezas y cuenta chistes; Viéra Iósifovna les lee sus novelas a los visitantes gustosa, como antes, con cordial sencillez. Y Kótik toca el piano de cola cada día, unas cuatro horas. Envejeció notablemente, se enferma a menudo, y cada otoño va con su madre a Crimea. Al despedirlas en la estación, Iván Petróvich, cuando el tren arranca, se enjuga las lágrimas y grita: 
-¡Adiós, por favor! 
Y agita el pañuelo. 

1“Cuando aún no había bebido el cáliz de la amargura”, estrofa de una romanza de M.L. Yákovliev con texto de A. Diélvig.
2Dites que l'on nous donne du thé, di que nos den té. 
3Luchínushka (vulgarismo), alabado, motete que se canta en las iglesias en alabanza del Santísimo Sacramento. 
4Muérete, Denis, mejor no lo escribes, frase que dice el príncipe Grigórii Potiómkin a Denís Fonvízin, tras asistir ambos a la primera función de la comedia El brigadier; se convierte en anécdota popular.
5“Mi voz para ti es cariñosa y lánguida”, paráfrasis de una estrofa de La noche, romanza de A.G. Rubinstein con texto de A. Púshkin. 
6Alexéi Feofiláktich Písiemskii (1820—1881), novelista y dramaturgo, autor de El mar turbulento y Las mil almas, entre otras.
7“No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Juan 5: 28-29). 
8Yo voy por la alfombra, tú vas mientras mientes, él va mientras miente”, juego de palabras intraducible: “Ya idu po kovru, ti idësh poka vrësh, on idët poka vrët…”.
9Wint, juego de cartas inglés (variedad del Bridge). 
10Bonjour, buenos días.

Título original: Ionich, publicado por primera vez en la revista Niva, 1898, Nº 9, con la firma: "Antón Chejov".Imagen: Boris Kustodiev, Portrait of Fyodor Chaliapin, 1921.