domingo, 30 de marzo de 2008

El maestro de literatura

I

Se oyó el golpeteo de los cascos de los caballos sobre el suelo de troncos; sacaron del establo primero al moro Conde Nulin, después al blanco Gigante, después a su hermana Máika. Todos éstos eran caballos soberbios y costosos. El viejo Shélestov ensilló a Gigante y dijo, dirigiéndose a su hija Másha:
-Bueno, María Godfrua1, ve y móntate. ¡Ópa!
Másha Shélestova era la menor de la familia; tenía ya dieciocho años, pero en la familia aún no perdían la costumbre de considerarla pequeña, y por eso todos la llamaban Mánia y Maniúsia; y después que en la ciudad estuvo el circo, que ella visitó con esmero, todos empezaron a llamarla María Godfrua.
-¡Ópa! –gritó ella, al montarse en Gigante.
Su hermana Vária se montó en Máika, Nikítin en Conde Nulin, los oficiales en sus caballos, y la larga, bonita cabalgata, abigarrada de guerreras blancas de oficiales y amazonas negras, se alargó en marcha desde el patio.
Nikítin advirtió que, cuando se montaron en los caballos y salieron a la calle después, Maniúsia, por algo, le prestaba atención sólo a él. Preocupada, lo observaba a él y a Conde Nulin, y le decía:
-Usted, Serguei Vasílich, téngalo todo el tiempo a bocado. No lo deje asustarse. Él finge.
Y acaso porque su Gigante tenía una gran amistad con Conde Nulin, o resultaba por casualidad, ella, como ayer y hacía tres días, iba todo el tiempo junto a Nikítin. Y él miraba su cuerpo pequeño, esbelto, montado en el animal blanco, orgulloso, su perfil fino, su cilindro, que no le iba en absoluto y la hacía más vieja de lo que era, la miraba con júbilo, con ternura, con éxtasis, la escuchaba, la entendía poco y pensaba:
“Me doy mi palabra de honor, juro por Dios, que no voy a ser tímido, y hoy mismo me le declaro…”
Eran las siete de la noche, el tiempo en que la acacia blanca y la lila olían tan fuerte, que parecía que el aire y los mismos árboles se quedaban helados con su fragancia. En el jardín municipal ya tocaban música. Los caballos pisaban sonoramente por la calzada, por todas partes se oían las risas, el vocerío, las portezuelas azotadas. Los soldados al encuentro le hacían el saludo militar a los oficiales, los alumnos de gimnasio le hacían reverencias a Nikítin; y, evidentemente, a todos los pasantes, que se apuraban al jardín y a la música, les agradaba mucho mirar la cabalgata. Y qué cálidas, qué suaves eran a la vista las nubes, dispersas por el cielo en desorden, que dóciles y acogedoras las sombras de los álamos y las acacias, unas sombras que se extendían a todo lo ancho de la calle, y abarcaban las casas del otro lado hasta los mismos balcones y los segundos pisos.
Salieron de la ciudad y fueron al trote por el camino real. Aquí ya no olía a acacia y a lila, no se oía la música, pero en cambio olía a campo, verdecían el centeno y el trigo jóvenes, chillaban los hurones, graznaban los grajos. Adonde quiera que miraras, en todas partes era el verdor, sólo en algún lugar se oscurecían los melonares, y lejos, a la izquierda, en el cementerio, albeaba una franja de manzanos floridos.
Pasaron junto a unos soldados, después junto a una fábrica de cerveza, sortearon una multitud de soldados-músicos, que se apuraban al jardín suburbano.
-Poliánskii tiene muy buen caballo, no lo discuto, -decía Maniúsia a Nikítin, señalando con los ojos a un oficial, que iba junto a Vária.-Pero es de desecho. Esa mancha blanca en la pata izquierda, no viene al caso en absoluto, y mire, tira con la cabeza. Ahora ya no le quitas la costumbre con nada, va a tirar así hasta que se muera.
Maniúsia era tan apasionada y aficionada a los caballos como su padre. Sufría cuando le veía a alguien un buen caballo, y se alegraba cuando le hallaba defectos a los caballos ajenos. Nikítin no entendía nada de caballos, le daba resueltamente lo mismo llevar el caballo a rienda o a bocado, cabalgar al trote o al galope; sólo sentía que tenía una pose no natural, tensa, y que por eso los oficiales, que sabían tenerse en la silla, debían gustarle más a Maniúsia que él. Y la celaba con los oficiales.
Cuando iban junto al jardín suburbano, alguien propuso pasar y tomar agua de seltzer. Pasaron. En el jardín crecían sólo robles, habían empezado a despuntar sólo hacía poco, de modo que ahora, a través del follaje joven, se veía todo el jardín con su tablado, mesitas, columpios, se veían todos los nidos de cuervos, parecidos a gorros grandes. Los jinetes y sus damas se reunieron alrededor de una de las mesitas, y pidieron agua de seltzer. Se empezaron a acercar los conocidos, que paseaban por el jardín. Entre tanto, se acercaron un doctor militar con botas altas y un director de orquesta, que esperaba a sus músicos. Debía ser, el doctor tomó a Nikítin por un estudiante, porque le preguntó:
-¿Usted se dignó a venir de vacaciones?
-No, yo vivo aquí de modo permanente, -respondió Nikítin. –Yo sirvo de profesor en el gimnasio.
-¿Será posible? –se asombró el doctor. -¿Tan joven y ya de maestro?
-¿Dónde pues joven? Yo tengo veintiséis años… Gloria a ti, Señor.
-Usted tiene barba y bigote, pero con todo, por el aspecto, no se le puede dar más de veintidós, veintitrés. ¡Qué joven es!
“¡Qué clase de puercada! –pensó Nikítin. -¡Y éste también me considera un mocoso!”
No le gustaba en absoluto, cuando alguien empezaba a hablar de su juventud, en particular, en presencia de las mujeres y de los alumnos de gimnasio. Desde que había venido a esta ciudad e ingresado al servicio, había empezado a odiar su juventud. Los alumnos de gimnasio no le temían, los viejos lo llamaban joven, las mujeres bailaban más gustosas con él, que escuchaban sus largas reflexiones. Y él hubiera pagado caro por envejecer ahora unos diez años.
Desde el jardín siguieron adelante, a la granja de los Shélestov. Aquí se detuvieron junto a los portones, llamaron a la mujer del vendedor, Praskóvia, y le pidieron leche fresca. Nadie se tomó la leche, todos se miraron, se echaron a reír y cabalgaron de vuelta. Cuando iban de regreso, en el jardín suburbano ya tocaban música, el sol se ocultaba tras el cementerio, y la mitad del cielo estaba púrpura por el crepúsculo.
Maniúsia iba junto a Nikítin de nuevo. Él tenía deseos de hablarle de cuan apasionadamente la quería, pero temía que lo oyeran los oficiales y Vária, y callaba. Maniúsia callaba también, y él sentía por qué ella callaba e iba a su lado, y estaba tan dichoso, que la tierra, el cielo, las luces de la ciudad y la silueta negra de la fábrica de cerveza, todo se le fundía en los ojos en algo muy bueno y dulce, y le parecía que Conde Nulin iba por el aire y quería trepar al cielo púrpura.
Llegaron a la casa. En la mesa del jardín ya hervía el samovar, y a un extremo de la mesa, con sus amigos y funcionarios del juzgado del distrito, estaba sentado el viejo Shélestov, y como de costumbre criticaba algo.
-¡Es un descaro! –decía. –Un descaro y nada más. ¡Sí, un descaro!
A Nikítin, desde que se había enamorado de Maniúsia, le gustaba todo en la casa de los Shélestov: la casa, el jardín de la casa, el té vespertino, las sillas de rejilla, la vieja nana, e incluso la palabra “descaro”, que al viejo le gustaba pronunciar a menudo. No le gustaba sólo la abundancia de perros y gatos, y las palomas egipcias, que gemían abatidas en una jaula grande en la terraza. Había tantos perros de corral y de salón, que durante todo el tiempo que conoció a los Shélestov, aprendió a reconocer sólo a dos: a Múshka y a Som. Múshka era una perrita pelada, de hocico peludo, mala y mimada. A Nikítin lo odiaba; al verlo, cada vez inclinaba la cabeza al costado, enseñaba los dientes y empezaba: “rrr… jau-jau-jau-jau… rrr…”
Después se sentaba debajo de la silla. Cuando él intentaba echarla de abajo de su silla, ella empezaba con un ladrido estridente, y los dueños decían:
-No tenga miedo, no muerde. Es nuestra buena.
Y Som constituía en sí un perro negro enorme, de patas largas y con una cola dura como un palo. En el almuerzo y el té, comúnmente, andaba callado por debajo de la mesa, y golpeaba con la cola las botas y las patas de la mesa. Era un buen perro tonto, pero Nikítin no lo podía soportar, porque tenía la costumbre de poner su hocico sobre las rodillas de los que almorzaban, y manchar de saliva el pantalón. Nikítin probó más de una vez, pegarle por la gran frente con el mango del cuchillo, le pegaba por el hocico, lo maldecía, se quejaba, pero nada salvaba a su pantalón de las manchas.
Después del paseo montado, el té, la confitura, los biscochos y la manteca parecían muy sabrosos. El primer vaso todos se lo tomaron con gran apetito y callados, antes del segundo se pusieron a discutir. Las discusiones en el té y el almuerzo las empezaba cada vez Vária. Ya tenía veintitrés años, era bien parecida, más bonita que Maniúsia, se consideraba la más inteligente e instruida de la casa, y se conducía con aire respetable, con severidad, como competía a una hija mayor, que ocupaba en la casa el lugar de la madre difunta. Con derecho de ama, andaba en blusa delante de la visita, llamaba a los oficiales por el apellido, miraba a Maniúsia como a una muchacha, y hablaba con ella con el tono de una dama de clase. Se llamaba a sí misma vieja doncella, entonces, estaba segura de que se casaría.
Cualquier conversación, incluso del tiempo, la convertía con seguridad en una discusión. Tenía una suerte de pasión: pescar a todos en la palabra, pillar en la contradicción, reparar en la frase. Usted empezaba a hablar con ella de algo, y ella ya lo miraba fijamente al rostro, y de pronto lo interrumpía: “¡Permítame, permítame, Petróv, hace tres días dijo totalmente lo contrario!”
O sonreía con burla y decía: “No obstante, advierto que empieza a predicar los principios de la tercera sección. Lo felicito”.
Si usted decía alguna agudeza o retruécano, al instante oía su voz: “¡Eso es viejo!” o: “¡Eso es plano!” Si decía la agudeza un oficial, hacía una mueca de desprecio y decía: “¡Agudeza de ejército!”
Y ese “rrr…” le salía tan imponente, que Múshka le respondía con seguridad desde abajo de la silla: “rrr… jau-jau-jau…”
Ahora, en el té, la discusión empezó por que Nikítin rompió a hablar de los exámenes del gimnasio.
-Permítame, Serguéi Vasílich, -lo interrumpió Vária. –Usted pues dice, que a los alumnos le es difícil. ¿Y quién es el culpable, permítame preguntarle? Por ejemplo, usted le dio de tarea a los alumnos de octavo grado, una composición sobre el tema: “Púshkin como psicólogo”. En primer lugar, no se puede dar de tarea esos temas difíciles, y en segundo, ¿qué psicólogo pues, es Púshkin? Bueno, Schedrín o, supongamos, Dostoiévskii, es otro asunto, pero Púshkin es un gran poeta, y nada más.
-Schedrín por sí mismo, y Púshkin por sí mismo, -respondió sombríamente Nikítin.
-Yo sé, ustedes en el gimnasio no reconocen a Schedrín2, pero no está en eso el asunto. Usted dígame, ¿qué psicólogo es pues, Púshkin?
-¿Y acaso no es un psicólogo? Dígnese, le voy a citar ejemplos.
Y Nikítin declamó varios pasajes de Oniéguin, después de Borís Godunóv.
-Yo no veo ninguna psicología ahí, -suspiró Vária. –Psicólogo se llama el que describe los matices del alma humana, y eso son unos versos excelentes, y nada más.
-¡Yo sé qué psicología necesita usted! –se ofendió Nikítin. –Usted necesita que alguien me aserre el dedo con una sierra roma, y que yo grite a toda voz, eso es la psicología para usted.
-¡Plano! No obstante, usted de todas formas no me demostró: ¿por qué pues, Púshkin es un psicólogo?
Cuando a Nikítin le tocaba disputar lo que le parecía rutinario, estrecho o algo así, comúnmente, se levantaba del lugar, se agarraba la cabeza con ambas manos, y empezaba a correr gimiendo de una esquina a la otra. Y ahora fue lo mismo: se levantó, se agarró la cabeza y se paseó gimiendo alrededor de la mesa, después se sentó lejos.
Los oficiales intercedieron por él. El capitán-ayudante Poliánskii, le empezó a asegurar a Vária que Púshkin, en realidad, era un psicólogo, y como prueba citó dos versos de Liérmontov; el teniente Gernet dijo que si Púshkin no fuera un psicólogo, pues no le hubieran puesto una estatua en Moscú.
-¡Eso es un descaro! –llegó desde el otro final de la mesa. -¡Yo se lo dije así al gobernador: eso, su excelencia, es un descaro!
-¡Yo no discuto más! –gritó Nikítin. –¡Y de su reino no habrá fin!¡Basta! ¡Ah, pero vete por ahí, perro asqueroso! –le gritó a Som, que le puso sobre las rodillas la cabeza y la pata.
-“Rrr… jau-jau-jau…” -se oyó desde abajo de la silla.-¡Reconozca que no tiene razón! –gritó Vária. -¡Reconozca!
Pero llegaron unas señoritas visitantes, y la discusión se suspendió por sí misma. Todos se dirigieron a la sala. Vária se sentó al piano de cola y empezó a tocar danzas. Bailaron primero un vals, después una polca, después una cuadrilla con grand-rond, que condujo por todas las habitaciones el capitán-ayudante Poliánskii, después se pusieron a bailar vals de nuevo.
Los viejos, durante el baile, estuvieron sentados en el salón, fumaron y miraron a la juventud. Entre éstos se hallaba Shebáldin, director de la sociedad de crédito municipal, célebre por su amor a la literatura y al arte escénico. Había dado comienzo al Círculo musical-dramático local, y él mismo participaba en los espectáculos, interpretando siempre por algo, solamente, a los lacayos ridículos, o leyendo La pecadora4 como cantando. En la ciudad le decían la momia, ya que era alto, muy flaco, nudoso, y siempre tenía una expresión solemne en el rostro y los ojos opacos, inmóviles. Amaba de modo tan sincero el arte escénico, que incluso se afeitaba las patillas y el bigote, y eso lo hacía más parecido a una momia.
Después del grand-rond se acercó a Nikítin indeciso, como de costado, tosió y le dijo:
-Yo tuve el gusto de estar presente en el té, durante la discusión. Comparto su opinión por completo. Usted y yo somos partidarios, y a mí me sería muy agradable hablar con usted. ¿Usted se dignó a leer La dramaturgia de Hamburgo, de Lessing?
-No, no la leí.
Shebáldin se horrorizó y agitó las manos así, como si se hubiera quemado los dedos y, sin decir nada, se apartó de Nikítin. La figura de Shebáldin, su pregunta y asombro le parecieron a Nikíitin ridículos, pero de todas formas pensó:
“En realidad es incómodo. Yo soy el maestro de literatura, y hasta ahora no leí a Lessing. Habrá que leerlo”.
Antes de la cena todos, los jóvenes y los viejos, se sentaron a jugar a “la suerte”. Tomaron dos mazos de cartas: uno lo repartieron a todos por igual, el otro lo pusieron en la mesa con el reverso para arriba.
-El que tenga en la mano esta carta, -empezó de modo solemne el viejo Shélestov, levantando la carta superior del segundo mazo, -a ese le toca en suerte ir ahora al cuarto de los niños, y besarse allí con la nana.
El gusto de besarse con la nana le tocó en suerte a Shebáldin. Todos lo rodearon en tropel, lo llevaron a la habitación de los niños y, con risa, batiendo palmas, lo obligaron a besarse con la nana. Se armó alboroto, griterío…
-¡No tan apasionado! –gritaba Shélestov llorando de risa. -¡No tan apasionado!
A Nikítin le tocó en suerte confesar a todos. Se sentó en una silla en medio de la sala. Trajeron un chal y lo cubrieron desde la cabeza. La primera que vino a confesarse fue Vária.
-Yo conozco sus pecados, -empezó Nikítin, mirando en la tiniebla su perfil severo. –Dígame, señora, ¿a santo de qué pasea cada día con Poliánskii? ¡Oh, no en vano, no en vano está con el oficial!
-Es plano, -dijo Vária, y se fue.
Después, bajo el chal brillaron unos grandes ojos inmóviles, se definió en la tiniebla un perfil grácil, y olió a algo querido, conocido hacía tiempo, que le recordó a Nikítin la habitación de Maniúsia.
-María Godfrua, -dijo, y no reconoció su voz, así era de tierna y suave, -¿en qué ha pecado usted?
Maniúsia entornó los ojos y le sacó la punta de la lengua, después se echó a reír y se fue. Y al minuto ya estaba parada en medio de la sala, batía palmas y gritaba:
-¡A cenar, a cenar, a cenar!
Y todos corrieron al comedor.
En la cena Vária discutió de nuevo, esta vez con su padre. Poliánskii comía con aire respetable, tomaba vino tinto y le contaba a Nikítin cómo una vez en invierno, en la guerra, estuvo toda la noche metido hasta la rodilla en un pantano; el enemigo estaba cerca, así que no se permitía ni hablar ni fumar, la noche era fría, oscura, soplaba un viento penetrante. Nikítin escuchaba y miraba de soslayo a Maniúsia. Ella lo miraba inmóvil, sin pestañar, como si estuviera pensando en algo u olvidada… Para él era agradable y torturador.
“¿Por qué ella me mira así? –se torturaba. –Es incómodo. Pueden notarlo. ¡Ah, que joven, qué inocente es todavía!
Los visitantes empezaron a separarse a medianoche. Cuando Nikítin salió por los portones, en el segundo piso batió una ventana pequeña, y apareció Maniúsia.
-¡Serguei Vasílich! –llamó.
-¿Qué ordena?
-Mire qué… -profirió Maniúsia, evidentemente, pensando qué decir… -Mire qué… Poliánskii prometió venir en estos días con su fotografía, y retratarnos a todos. Habrá que reunirse.
-Está bien.
Maniúsia se ocultó, la ventana se azotó, y al instante alguien empezó a tocar el piano de cola en la casa.
“¡Bueno, qué casa! –pensaba Nikítin cruzando la calle. –Una casa en la que gimen sólo las palomas egipcias, ¡y ésas por que no saben expresar de otra forma su alegría!”
Pero no sólo en la casa de los Shélestov se vivía con júbilo. No dio Nikítin ni doscientos pasos, cuando desde otra casa se oyeron los sonidos de un piano de cola. Anduvo un poco más, y vio en los portones a un mujík que tocaba la balaláika. En el jardín una orquesta tronaba un popurrí de canciones rusas…
Níkítin vivía a media vérsta de los Shélestov, en un apartamento de ocho habitaciones, que alquilaba por trescientos rublos al año con su colega, el maestro de geografía e historia, Ippolít Ippolítich. Éste Ippolít Ippolítich, aún no un hombre viejo, con una barbita rojiza, de nariz chata, de rostro grosero y no intelectual, como de artesano, pero bondadoso, cuando Nikítin regresó a la casa, estaba sentado a su mesa y corregía los mapas de los alumnos. Consideraba que lo más necesario e importante en geografía era el trazado de los mapas, y en historia el conocimiento de la cronología; se sentaba por noches enteras y corregía con lápiz azul los mapas de sus alumnos y alumnas, o componía tablitas cronológicas.
-¡Qué tiempo excelente hace hoy! –dijo Nikítin entrando a su habitación. –Me asombro con usted, cómo puede estar sentado en una habitación.
Ippolít Ippolítich no era un hombre conversador; o callaba, o hablaba sólo de lo que ya todos sabían hacía tiempo. Ahora respondió así:
-Sí, un tiempo hermoso. Ahora es mayo, pronto va a ser el verano verdadero. Y el verano no es lo que el invierno. En invierno hay que encender las estufas, y en verano hace calor sin las estufas. En verano abres la ventana por la noche, y de todas formas hace calor, y en invierno los marcos dobles, y de todas formas hace frío.
Nikítin estuvo sentado cerca de la mesa no más de un minuto, y extrañó.
-¡Buenas noches! –dijo levantándose y bostezando. –Le quería contar algo romántico, referente a mí, pero usted pues, ¡la geografía! Empiezas a hablarle de amor, y usted ahora: “¿En qué año fue la batalla de Kálka5? ¡Bueno, váyase al diablo con sus batallas y narices chukchianas6!
-¿Por qué se enoja pues?
-¡Me da fastidio!
Y con fastidio, por que no se había declarado aún a Maniúsia, y no tenía ahora con quien hablar de su amor, fue a su gabinete y se acostó en el diván. El gabinete estaba oscuro y en silencio. Acostado y mirando la tiniebla, Nikítin se puso a pensar por algo, cómo dentro de dos o tres años iría para algo a Petersburgo, cómo Maniúsia lo iba a acompañar a la estación y llorar; en Petersburgo recibiría una larga carta de ella, en la que le suplicaría regresar pronto a casa. Y él le escribiría a ella… Su carta la empezaría así: “mi querida rata…”
-Precisamente, mi querida rata, -dijo, y se echó a reír.
Estaba acostado incómodo. Puso las manos debajo de la cabeza, y la pierna izquierda sobre el espaldar del diván. Se sintió cómodo. Entre tanto, la ventana empezaba a palidecer notablemente, en el patio cantaron los gallos soñolientos. Nikítin continuó pensando cómo regresaría de Petersburgo, cómo Maniúsia lo recibiría en la estación y, tras gritar de júbilo, se le lanzaría al cuello; o mejor aún, actuaría con picardía: llegaría por la noche en secreto, la cocinera le abriría, después pasaría en puntillas al dormitorio, se desvestiría sin ruido, ¡y se lanzaría a la cama! Y ella se despertaría y, ¡oh alegría!
El aire se blanqueó por completo. El gabinete y las ventanas ya no estaban. En el portal de la fábrica de cerveza, esa misma por donde habían pasado hoy, estaba sentada Maniúsia y decía algo. Después tomó a Nikítin de la mano y fue con él al jardín suburbano. Allí vio los robles y los nidos de cuervos parecidos a gorros. Un nido se movió, de él se asomó Shebáldin y gritó alto: “¡Usted no leyó a Lessing!”
Nikítin se estremeció con todo el cuerpo y abrió los ojos. Delante del diván estaba parado Ippolít Ippolítich y, echando la cabeza hacia atrás, se ponía la corbata.
-Levántese, es hora de ir al servicio, -dijo. –Y no se puede dormir con ropa. La ropa se estropea por eso. Hay que dormir en la cama, desvestido…
Y, como de costumbre, se puso a hablar largo y tendido de lo que ya todos sabían hacía tiempo.
La primera clase de Nikítin era de lengua rusa, en segundo grado. Cuando entró a las nueve en punto a la clase, pues allí, en la pizarra negra, estaban escritas con tiza dos letras grandes: M.S. Eso, probablemente, significaba: Másha Shélestova.
“Ya lo olieron, los canallas… -pensó Nikítin. -¿Y de dónde lo saben todo?”
La segunda clase de literatura era en quinto grado. Y allí en la pizarra estaba escrito M.S., y cuando, al terminar la lección, salía de la clase, detrás suyo resonó un grito, como en el gallinero teatral:
-¡Hura-a-a! ¡¡Shélestova!!
Por dormir con ropa tenía la cabeza no bien, el cuerpo extenuado por la pereza. Los alumnos cada día, al esperar licencia antes de los exámenes, no hacían nada, se fatigaban, hacían travesuras por aburrimiento. Nikítin también se fatigaba, no advertía las travesuras y, a cada rato, se acercaba a la ventana. Veía la calle iluminada vivamente por el sol. Sobre las casas el cielo celeste diáfano, los pájaros, y muy lejos, sobre los jardines verdes y las casas, la espaciosa, infinita lejanía con los boscajes azulados, con el humito de un tren que corría…
He aquí por la calle, bajo la sombra de las acacias, jugando con las fustitas, pasaron dos oficiales de guerreras blancas. En un carruaje pasaron un montón de hebreos de barbas canosas y con casquetes. La institutriz paseaba con la nieta pequeña del director… Pasó corriendo Som con dos perros de corral hacia algún lugar… Y con un vestido gris sencillo y unas medias rojas, llevando en la mano El heraldo de Europa, pasó Vária. Había estado, debía ser, en la biblioteca municipal…
Y las clases iban a terminar no pronto todavía, ¡a las tres! Después de las clases, había que ir no a la casa y no a donde los Shélestov, sino a la clase en la casa de Wolf. Este Wolf, un hebreo rico, convertido al luteranismo, no mandaba sus hijos al gimnasio, sino invitaba a su casa a los maestros del gimnasio, y les pagaba cinco rublos por clase…
“¡Aburrido, aburrido, aburrido!”
A las tres fue a la casa de Wolf y estuvo sentado allí, como le pareció, toda una eternidad. Salió de su casa a las cinco, y a las siete ya debía ir al gimnasio, al consejo pedagógico, ¡a componer el horario de los exámenes orales para cuarto y sexto grados!
Cuando, al caer la tarde, iba del gimnasio a casa de los Shélestov, el corazón le palpitaba y el rostro le ardía. Una semana y un mes antes, cada vez, al disponerse a declararse, preparaba todo un discurso con prólogo y conclusión, pero ahora no tenía preparada ni una palabra, en la cabeza todo estaba confuso, y sólo sabía que hoy, probablemente, se iba a declarar, y que no había ninguna posibilidad de esperar más.
“La invitaré al jardín, -pensaba, -pasearé un poquito y me le voy a declarar…”
En el vestíbulo no había ni un alma; entró al salón, después a la sala… Allí tampoco había nadie. Se oía cómo arriba, en el segundo piso, Vária discutía con alguien, y cómo en la habitación de los niños sonaban las tijeras de la costurera alquilada.
En la casa había un cuartito que tenía tres nombres: chiquito, de paso y oscuro. En éste había un armario grande con medicinas, pólvora y aparejos de caza. De ahí conducía al segundo piso una estrecha escalera de madera, en la que siempre dormían los gatos. Había puertas allí: una a la habitación de los niños, otra a la sala. Cuando Nikítin entro allí para dirigirse arriba, la puerta de la habitación de los niños se abrió y azotó así, que la escalera y el armario temblaron; entró corriendo Maniúsia con un vestido oscuro, con un trozo de tela azul en las manos y, sin advertir a Nikítin, se coló por la escalera.
-Espere… -la detuvo Nikítin. –Saludos, Godfrua… Permítame…
Se sofocaba, no sabía qué decir; con una mano la tenía de la mano, y con la otra por la tela azul. Y ella ya se asustaba, ya se asombraba, y lo miraba con ojos grandes.
-Permítame… -continuó Nikítin, temiendo que se fuera. –Necesito decirle algo… Sólo… que aquí es incómodo. Yo no puedo, no estoy en condición… Entiende, Godfrua, no puedo… eso es todo…
La tela azul cayó al suelo, y Nikítin tomó a Maniúsia de la otra mano. Ella palideció, movió los labios, después se apartó de Nikítin, y se encontró en la esquina, entre la pared y el armario.
-Palabra de honor, le aseguro… -dijo en voz baja. –Maniúsia, palabra de honor…
Ella echó la cabeza hacia atrás, y él la besó en los labios, y para que el beso continuara más tiempo, la tomó por las mejillas con los dedos; y salió así, como que él mismo se encontró en la esquina, entre el armario y la pared, y ella rodeó su cuello con las manos y apretó su cabeza a su barbilla.
Después ambos corrieron al jardín.
El jardín de los Shélestov era grande, de cuatro desiatínas. Había allí dos decenas de viejos arces y tilos, había un abeto, todo lo restante eran árboles frutales: cerezos, manzanos, perales, castaño silvestre, aceituna plateada… Había muchas flores.
Nikítin y Maniúsia corrieron callados por las alamedas, rieron, se hicieron a cada rato, el uno al otro, preguntas entrecortadas, a las que no respondían, y sobre el jardín brillaba la media luna, y en la tierra, por la hierba oscura, iluminada débilmente por esa media luna, se extendían los tulipanes y los iris soñolientos, como rogando que a ellos también les declararan el amor.
Cuando Nikítin y Maniúsia volvieron a la casa, los oficiales y las señoritas ya estaban reunidos y bailaban la mazúrka. De nuevo Poliánskii condujo el grand-rond por todas las habitaciones, de nuevo jugaron a la suerte después del baile. Antes de la cena, cuando los visitantes fueron de la sala al comedor, Maniúsia, al quedarse sola con Nikítin, se apretó a él y le dijo:
-Tú mismo habla con papá y Vária. A mí me da vergüenza…
Después de la cena habló con el viejo. Tras escucharlo, Shélestov pensó un poco y dijo:
-Le estoy muy agradecido, por el honor que me hace a mí y a mi hija, pero permítame hablarle como un amigo. Voy a hablar con usted no como un padre, sino como un gentleman con un gentleman. Dígame, por favor, ¿qué deseo tiene de casarse tan temprano? Eso sólo los mujíks se casan temprano; bueno, ahí, se sabe, el descaro, ¿pero usted pues, para qué? ¿Qué gusto ese de ponerse los grilletes en unos años tan jóvenes?
-¡Yo no soy joven en absoluto! –se ofendió Nikítin. –Yo voy por el año veintisiete.
-¡Papá, llegó el curandero! –gritó desde la otra habitación Vária.
Y la conversación se suspendió. Acompañaron a Nikítin a su casa Vária, Maniúsia y Poliánskii. Cuando se acercaron a su portezuela, Vária dijo:
-¿Qué es eso, su misterioso Metropolít Metropolítich no se muestra en ningún lugar? Deje que venga a la casa.
El misterioso Ippolít Ippolítich, cuando Nikítin entró a verlo, estaba sentado en su cama y se quitaba el pantalón.
-¡No se acueste, hijito! –le dijo Nikítin, sofocado. -¡Espere, no se acueste!
Ippolít Ippolítich se puso el pantalón con rapidez y preguntó alarmado:
-¿Qué pasa?
-¡Me caso!
Nikítin se sentó junto a su colega y, mirándolo asombrado, como asombrándose de sí mismo, dijo:
-¡Imagínese, me caso! ¡Con Másha Shélestova! Hoy le hice la propuesta.
-¿Qué pues? Es una muchacha, al parecer, buena. Sólo es muy joven.
-¡Sí, joven! –suspiró Nikítin, y se encogió de hombros preocupado. -¡Muy, muy joven!
-Estudió en mi gimnasio. Yo la conozco. En geografía estudiaba no mal, y en historia mal. Y en la clase no era atenta.
A Nikítin por algo, de pronto, le dio lástima su colega, y quiso decirle algo cariñoso, consolador.
-Hijito, ¿por qué no se casa? –le preguntó. -Ippolít Ippolítich, ¿por qué no se casa, por ejemplo, con Vária? ¡Es una muchacha maravillosa, magnífica! Es verdad, le gusta mucho discutir, pero en cambio el corazón… ¡qué corazón! Ella ahora preguntó por usted. ¡Cásese con ella, hijito! ¿Ah?
Él sabía perfectamente que Vária no se casaría con este hombre aburrido, de nariz chata, pero de todas formas lo convencía para que se casara con ella. ¿Para qué?
-El matrimonio es un paso serio, -dijo Ippolít Ippolítich, tras pensarlo. –Hay que discutirlo todo, sopesarlo, y así no se puede. La cordura nunca molesta, y en particular en el matrimonio, cuando el hombre, dejando de ser soltero, empieza una vida nueva.
Y rompió a hablar de lo que ya todos sabían hacía tiempo. Nikítin no se puso a oírlo, se despidió y fue a su habitación. Se desvistió y se acostó con rapidez, para empezar a pensar lo más pronto en su dicha, en Maniúsia, en el futuro, sonrió, y de pronto recordó que aún no había leído a Lessing.
“Habrá que leerlo… -pensó. –Por lo demás, ¿para qué lo voy a leer? ¡Que se vaya al diablo!”
Y fatigado con su dicha, se durmió al instante y sonrió hasta la misma mañana.
Soñó con el golpeteo de los cascos de los caballos sobre el suelo de troncos, soñó cómo sacaban del establo primero al moro Conde Nulin, después al blanco Gigante, después a su hermana Máika...

II

“En la iglesia fue muy estrecho y ruidoso, y una vez incluso alguien gritó, y el arcipestre, que nos coronaba a mí y a Maniúsia, echó una mirada por encima de los lentes a la multitud, y dijo con severidad:
-No anden por la iglesia y no hagan ruido, y parense en silencio y recen. Hay que tener miedo de Dios.
De choferes tuve a dos colegas míos, y Mánia al capitán-ayudante Poliánskii y al teniente Gernet. El coro del obispo cantó excelente. El crujido de las velas, el esplendor, los vestidos, los oficiales, la multitud de rostros contentos, satisfechos, cierto aspecto peculiar, etéreo de Mánia, todo el ambiente en general, y las palabras de las plegarias de la coronación me conmovieron hasta las lágrimas, me llenaron de solemnidad. Yo pensaba: ¡cómo floreció, de qué forma poética, bella se conformó mi vida en los últimos tiempos! Dos años atrás era aún un estudiante, vivía en los números baratos de la Neglínna, sin dinero, sin parientes y, como me parecía entonces, sin futuro. Ahora pues, soy maestro de gimnasio en una de las mejores ciudades de gobierno, estoy acomodado, soy querido, mimado. Para mí pues, pensaba, se ha reunido esta multitud, para mí arden tres lucernas, ruge el archidiácono, se esmeran los cantores, y para mí es este ser tan joven, bello y jubiloso, que poco después va a llamarse mi mujer. Recordé las primeras citas, nuestros viajes a las afueras de la ciudad, la declaración de amor y el tiempo que, como a propósito, en todo el verano fue divinamente bueno; y esa dicha, que alguna vez en la Neglínna me parecía posible sólo en las novelas y los relatos, la sentía ahora en realidad, me parecía que la agarraba con las manos.
Después de la coronación, todos se agruparon en desorden alrededor de mí y de Mánia, y nos expresaron su satisfacción sincera, y me desearon felicidad. Un general de brigada, un viejo de unos setenta años, felicitó sólo a Maniúsia, y le dijo con una voz anciana, chirriante, tan alto, que se extendió por toda la iglesia:
-Espero, querida, que después de la boda quede como una rosa.
Los oficiales, el director y todos los maestros sonrieron por decencia, y yo también sentí en mi rostro una sonrisa agradable, no sincera. El querido Ippolít Ippolítich, maestro de historia y geografía, que siempre decía lo que todos ya sabían hacía tiempo, me estrechó la mano fuertemente y me dijo con sentimiento:
-Hasta ahora usted no estaba casado y vivía solo, y ahora está casado y va a vivir en pareja.
De la iglesia fuimos a una casa sin estuco de dos pisos, que recibía ahora de dote. Además de esta casa, recibía por Mánia unos veinte mil, y aún cierto baldío Mielitonóvskaya con caseta donde, como decían, había montones de gallinas y patos, que sin vigilancia se volvían salvajes. Al llegar de la iglesia me desperecé, me derrumbé en mi nuevo gabinete, en el diván turco, y fumé; me era liviano, cómodo y acogedor como nunca en la vida, y en ese momento los visitantes gritaban “hurra”, y en el recibidor tocaban una mala música de fanfarria y toda clase de absurdos. Vária, la hermana de Mánia, entró corriendo al gabinete con una copa en la mano, con cierta expresión extraña, tensa, como si tuviera la boca llena de agua; por lo visto, quería seguir corriendo, pero de pronto se carcajeó y sollozó, y la copa rodó por el suelo con sonido. La tomé del brazo y la saqué.
-¡Nadie puede entender! –farfullaba después en la habitación más apartada, acostada en la cama de la nodriza. -¡Nadie, nadie! ¡Dios mío, nadie puede entender!
Pero todos entendían perfectamente, que ella era cuatro años mayor que su hermana Mánia, y que aún no estaba casada, y que lloraba no por envidia, sino por la triste conciencia de que su tiempo se iba y, acaso, incluso se había ido. Cuando bailaban la cuadrilla, ya estaba en el salón, con un rostro lloroso, muy empolvado, y vi cómo el capitán ayudante Poliánskii sostenía ante ella un platito con helado, y ella comía con la cucharita…
Ya son las seis de la mañana. La emprendí con mi diario, para describir mi dicha plena, variada, y pensaba que escribiría unas seis páginas, y se las leería mañana a Mánia pero, cosa extraña, en mi cabeza todo se confundió, se hizo no claro, como un sueño, y sólo recordaba vivamente el episodio de Vária, y quería escribir: ¡pobre Vária! Así pues estaría sentado y escribiría: ¡pobre Vária! A propósito, empezaron a rumorar los árboles: va a llover, los cuervos graznan, y mi Mánia, que recién se ha dormido, por algo tiene un rostro triste.”
Después Nikítin no tocó en largo tiempo su diario. En los primeros días de agosto le empezaron los pre-exámenes y los exámenes de admisión, y después del día de Asunción las lecciones de clases. Comúnmente, a las nueve de la mañana se iba al servicio, y ya a las diez empezaba a extrañar a Mánia y su nueva casa, y echaba miradas al reloj. En los grados menores ponía a alguno de los chicos a dictar y, mientras los niños escribían, se sentaba en la repisa con los ojos cerrados y soñaba; soñara acaso con el futuro, recordara acaso el pasado, todo le salía igualmente hermoso, parecido a un cuento. En los grados mayores leían en voz alta a Gógol o la prosa de Púshkin, y eso le producía ensueño, en su imaginación surgían personas, árboles, campos, caballos de silla, y decía con un suspiro, como extasiado con el autor:
¡Qué bien!
Durante el receso grande, Mánia le envió el desayuno en una servilleta blanca como la nieve, y él se lo comió con lentitud, de modo pausado, para alargar el placer, e Ippolít Ippolítich, que comúnmente desayunaba sólo un panecito, lo miraba con respeto, y decía con envidia algo conocido, como:
-Sin alimento las personas no pueden vivir.
Del gimnasio Nikítin iba a las lecciones privadas, y cuando a las seis, finalmente, regresaba a la casa, sentía júbilo, inquietud, como si no hubiera estado en la casa un año entero. Entraba corriendo por la escalera, sofocado, hallaba a Mánia, la abrazaba, la besaba y le juraba que la quería, que no podía vivir sin ella, le aseguraba que la extrañaba terriblemente, y le preguntaba con miedo si estaba saludable, y por qué tenía una cara no alegre. Después almorzaban juntos. Después de almuerzo se acostaba en el gabinete, en el diván, y fumaba, y ella se sentaba a su lado y contaba algo a media voz.
Los días más dichosos para él eran, ahora, el domingo y las fiestas, cuando se quedaba desde la mañana hasta la noche en la casa. En esos días llevaba una vida inocente, pero en extremo agradable, que le recordaba los idilios pastorales. De modo incesante, observaba cómo su juiciosa y positiva Mánia construía el nido; y él también, deseando demostrar que no estaba demás en la casa, hacía algo inútil, por ejemplo, sacaba al charabán del establo y lo miraba por todas partes. Maniúsia había armado con tres vacas una verdadera industria lechera, y tenía en el sótano y la despensa muchas ollas de crema y jarros de leche, y cuidaba todo eso para la manteca. A veces, por broma, Nikítin le pedía un vaso de leche; ella se asustaba, ya que eso era desorden, pero él la abrazaba con risa, y le decía:
-¡Bueno, bueno, te hice una broma, mi tesoro! ¡Te hice una broma!
O se burlaba de su pedantería cuando ella, por ejemplo, al encontrar en el armario un pedacito de embutido o de queso tirado, duro como una piedra, decía con aire importante:
-Esto se come en la cocina.
Él le observaba que un pedacito tan pequeño, servía sólo para la trampa de los ratones, y ella le empezaba a demostrar, de modo acalorado, que los hombres no entendían nada de las labores hogareñas, y que al sirviente no lo asombrabas con nada, aunque le mandaras a la cocina tres puds de entremés, y él convenía y la abrazaba extasiado. Lo que en palabras de ella era justo, a él le parecía extraordinario, sorprendente; lo que se diferenciaba de sus convicciones era, en su opinión, inocente y enternecedor.
A veces a él le daba una vena filosófica, y empezaba a reflexionar sobre algún tema abstracto, y ella lo escuchaba y lo miraba al rostro con curiosidad.
-Yo soy infinitamente feliz contigo, mi alegría, -le decía él, escogiendo sus dedos o desatándole y atándole la trenza de nuevo. –Pero esta felicidad yo no la veo como algo así, que me cayó por casualidad, como del cielo. Esta felicidad es un fenómeno natural por completo, consecuente, lógicamente correcto. Yo creo que el hombre es el creador de su felicidad, y ahora yo tomo exactamente lo que yo mismo creé. Sí, hablo sin afectación, esta felicidad la creé yo mismo, y la poseo por derecho. Tú conoces mi pasado. La orfandad, la pobreza, la infancia infeliz, la juventud angustiosa, todo eso es una lucha, un camino que yo tracé hacia la felicidad…
En octubre el gimnasio sufrió una gran pérdida: Ippolít Ippolítich se enfermó de erisipela de la cabeza, y falleció. Los dos últimos días antes de su muerte, estuvo en estado inconciente y deliró, pero en el delirio también decía sólo lo que todos ya sabían:
-El Volga sale al Mar Caspio… Los caballos comen avena y heno…
El día que lo enterraron no hubo clase en el gimnasio. Los colegas y los alumnos llevaron la tapadera y el ataúd, y el coro del gimnasio cantó el Santo Dios por todo el camino hasta el cementerio. En la procesión participaron tres sacerdotes, dos diáconos, todo el gimnasio masculino y el coro del sacristán con caftánes de desfile. Y mirando el entierro solemne, los pasantes al encuentro se persignaban y decían:
-Dios le dé a cada uno morir así.
Al regresar del cementerio a la casa, el conmovido Nikítin buscó en el escritorio su diario, y escribió:
“Ahora bajaron a la tumba a Ippolít Ippolítich Rizhítzkii.
¡Paz a tus cenizas, modesto trabajador! Mánia, Vária y todas las mujeres que estuvieron en el entierro lloraron de modo sincero, acaso, por que sabían que a ese hombre no interesante, golpeado, nunca lo quiso ninguna mujer. Yo quería decir una palabra cálida en la tumba del colega, pero me advirtieron que eso podía no gustarle al director, ya que él no quería al finado. Después de la boda fue, me parece, el primer día en que no sentí el alma ligera…”
Después, en toda la temporada estudiantil no hubo ningún suceso peculiar.
El invierno fue lánguido, sin heladas, con nieve húmeda; en Epifanía, por ejemplo, el viento aulló toda la noche de modo lastimero, como en otoño, y goteaba de los tejados, y por la mañana, durante el bautismo, la policía no dejó pasar a nadie al río, ya que, decía, el hielo se había hinchado y oscurecido. Pero, a pesar del mal tiempo, Nikítin vivía tan dichoso como en verano. Incluso había incorporado otra distracción superflua: aprendió a jugar al wint. Sólo una cosa a veces lo inquietaba y enojaba, y al parecer le impedía ser dichoso por completo: eran los gatos y los perros que había recibido de dote. En las habitaciones, en particular por las mañanas, siempre olía como en una casa de fieras, y ese olor no se podía amortiguar con nada; los gatos se peleaban con los perros a menudo. A la mala Múshka le daban de comer diez veces al día, como antes no reconocía a Nikítin, y le gruñía:
-“Rrr… jau-jau-jau…”
Cierta vez en Cuaresma, a medianoche, regresaba a la casa desde el club donde jugaba a las cartas. Llovía, estaba oscuro y fangoso. Nikítin sentía en el alma un regusto desagradable, y no podía entender de ningún modo por qué era eso: ¿acaso por que había perdido en el club doce rublos, o por que uno de los socios, cuando pagaban, dijo que a Nikítin no le faltaba el dinero, evidentemente, aludiendo a la dote? Doce rublos no le daban lástima, y las palabras del socio no contenían en sí nada ofensivo, pero de todas formas era desagradable. Incluso no tenía deseos de ir a casa.
-¡Uf, qué mal! -profirió, deteniéndose junto al farol.
Le vino a la cabeza que no le daban lástima los doce rublos, por que le habían tocado de gratis. Si fuera un trabajador, pues sabría el precio de cada kópek, y no sería indiferente a la ganancia o la pérdida. Y toda la dicha, razonaba, le había tocado de gratis, en vano y, en esencia, era para él tal derroche, como una medicina para una persona sana; si él, semejante a la inmensa mayoría de los hombres, estuviera oprimido por la preocupación por el pedazo de pan, luchara por la existencia, si le dolieran la espalda y el pecho por el trabajo, pues la cena, el apartamento cálido, acogedor, y la dicha familiar serían una necesidad, un premio y un adorno para su vida, pero ahora todo eso tenía como que un significado extraño, indefinido.
-¡Uf, qué mal! -repitió, entendiendo perfectamente que esas reflexiones, por sí mismas, eran ya un mal signo.
Cuando llegó a la casa, Mánia estaba en la cama. Respiraba de modo regular y sonreía, y, por lo visto, dormía con gran gusto. A su lado, enrollado como un ovillo, yacía un gato blanco que ronroneaba. Mientras Nikítin prendía la vela y encendía un cigarillo, Mánia se despertó y, con ansiedad, se tomó un vaso de agua.
-Me atiborré de mermelada, -dijo ella, y se echó a reír. -¿Estuviste donde los nuestros? –preguntó, tras haber callado.
-No, no estuve.
Nikítin ya sabía que el capitán-ayudante Poliánskii, con el que tanto contaba Vária en los últimos tiempos, había recibido el traslado a uno de los gobiernos de occidente, y ya hacía las visitas de despedida en la ciudad, y por eso en casa del suegro era aburrido.
-Pasó Vária por la tarde, -dijo Mánia, sentándose. –No dijo nada, pero por la cara se veía qué penoso le es, pobrecita. No puedo soportar a Poliánskii. Gordo, adiposo, y cuando anda o baila, las mejillas se le sacuden… No es de mi novela. Pero a pesar de todo, lo consideraba una persona decente.
-Yo y ahora lo considero decente.
-Y para qué actuó con Vária tan mal?
-¿Por qué pues mal? –preguntó Nikítin, empezando a sentir irritación por el gato blanco, que se desperezaba encorvando el lomo. –En cuanto yo sé, él la propuesta no la hizo, y no hizo ninguna promesa.
-¿Y para qué visitaba la casa a menudo? Si no tienes la intención de casarte, pues no vayas.
Nikítin apagó la vela y se acostó. Pero no tenía deseos ni de dormir, ni de estar acostado. Le parecía que su cabeza era enorme y estaba vacía, como un granero, y que por ella vagaban ciertas ideas nuevas, peculiares, en forma de sombras largas. Pensaba que, además de la suave luz de la lámpara, que sonreía a la apacible dicha familiar, además de ese mundito en el que vivía tan sosegada y dulcemente, y de ese gato, había pues otro mundo… Y de pronto quiso apasionadamente, hasta la angustia, ir a ese otro mundo, para trabajar él mismo en algún lugar, en una fábrica o un taller grande, hablar con cátedra, escribir, publicar, alborotar, fatigarse, sufrir… Quiso algo tal, que lo atrapara hasta el olvido de sí mismo, hasta la indiferencia hacia la dicha personal, cuyas sensaciones eran tan monótonas. Y en su imaginación de pronto, como vivo, surgió el afeitado Shebáldin, que profirió con horror:
-¡Usted no leyó ni a Lessing! ¡Cómo se atrasó! ¡Dios, cómo decayó!
Mánia se puso a tomar agua de nuevo. Él echó una mirada a su cuello, hombros y pechos robustos, y recordó las palabras que alguna vez dijo en la iglesia el general de brigada: una rosa.
-Una rosa, -musitó, y se echó a reír.
En respuesta a él, debajo de la cama, gruñó la soñolienta Múshka:
-“Rrr… jau-jau-jau…”
Una rabia pesada, como un martillo frío, se revolvió en su alma, y quiso decirle a Mánia algo grosero, e incluso levantarse y pegarle. Le empezaron unas palpitaciones.
-¿Así, entonces, -preguntó él, conteniéndose, -si yo iba a vuestra casa, pues seguro debía casarme contigo?
-Por supuesto. Tú mismo entiendes eso perfectamente.
-Gracioso.
Y al minuto repitió de nuevo:
-Gracioso.
Para no decir algo superfluo y serenar su corazón, Nikítin fue a su gabinete, y se acostó en el diván sin cojín, después se acostó en el suelo, en la alfombra.
“¡Qué sandez!” –se serenaba a sí mismo. –Tú eres un pedagogo, trabajas en una palestra nobilísima… ¿Qué otro mundo pues necesitas? ¿Qué tontería es esa?”
Pero al mismo momento se decía con seguridad, que no era un pedagogo en absoluto, sino un funcionario tan incapaz e impersonal como el checo, profesor de lengua griega; nunca había tenido vocación para la actividad educativa, la pedagogía no la conocía y nunca le había interesado, no sabía tratar a los niños; el significado de lo que enseñaba no lo conocía y, acaso, incluso enseñaba lo que no era necesario. El difunto Ippolít Ippolítich era francamente estúpido, y todos los colegas y alumnos sabían quién era él, y qué se podía esperar de él; pero él, Nikítin, semejante al checo, sabía ocultar su estupidez y engañaba a todos astutamente, haciendo ver que a él, gracias a Dios, todo le iba bien. Estas ideas nuevas asustaban a Nikítin, las rechazaba, las llamaba estúpidas, y creía que todo eso era por los nervios, que él mismo se iba a reír de sí mismo.
Y en efecto, por la mañana ya se reía de su nerviosismo, y se llamaba mujercita, pero para él ya estaba claro que había perdido el sosiego, probablemente, para siempre, y que en la casa de dos pisos sin estuco la dicha ya era imposible para él. Adivinaba que su ilusión se había agotado, y empezaba ya una nueva vida nerviosa, conciente, que no se avenía con el sosiego y la dicha personal.
Al otro día, domingo, estuvo en la iglesia del gimnasio, y vio allí al director y a los colegas. Le parecía que todos estaban ocupados, solamente, en ocultar con cuidado su ignorancia e insatisfacción con la vida, y él mismo, para no revelar su inquietud, sonreía con agrado y hablaba de tonterías. Después fue a la estación y vio allí cómo vino y se fue el tren de correo, y le agradaba que estaba solo y no necesitaba conversar con nadie.
En la casa encontró al suegro y a Vária, que habían venido a almorzar. Vária tenía los ojos llorosos y se quejaba del dolor de cabeza, y Shélestov comió mucho y habló de cómo los jóvenes de ahora no eran confiables, y de cuán poco había en ellos de gentleman.
-¡Es un descaro! –decía. -¡Así mismo le voy a decir: es un descaro, muy señor mío!
Nikítin sonrió con agrado y ayudó a Mánia a convidar a los visitantes, pero después de almuerzo fue a su gabinete y se encerró.
El sol de marzo iluminaba vivamente, y sus rayos calientes caían a través de los cristales de las ventanas sobre la mesa. Aún era sólo el día veinte, pero ya iban sobre ruedas, y en el jardín alborotaban los estorninos. Parecía que ahora mismo entraría Maniúsia, lo abrazaría por el cuello con una mano, y le diría que habían llevado los caballos de silla o al charabán al portal, y le preguntaría qué ponerse para no helarse. Empezaba una primavera tan maravillosa como la del año pasado, y prometía los mismos júbilos… Pero Nikítin pensaba que sería bueno tomar ahora una licencia e irse a Moscú, y alojarse allá en la Neglínna, en los números conocidos. En la habitación contigua tomaban café y hablaban del capitán-ayudante Poliánskii, y él intentaba no escuchar y escribía en su diario: “¡¿Dónde estoy, Dios mío?! Me rodea lo trivial y lo trivial. Personas aburridas, ínfimas, ollas de crema, jarros de leche, cucarachas, mujeres estúpidas… No hay nada más terrible, ofensivo y angustioso que lo trivial. ¡A huir de aquí, a huir hoy mismo, de otra forma me voy a volver loco!”

1El circo de los Hermanos Godfrua ofrece funciones en Taganróg en 1877 (El Heraldo de Azóv, 1877, Nº 55, 7 de agosto). Alexánder Suvórin escribe a Chejov, desde Feodósia, el 6 de septiembre de 1888: “La primadonna del circo, María Godfrua, es una trigueña robusta, bastante bonita, una jinete realmente excelente, y una acróbata intrépida. Mis hijos son sus guerrilleros frenéticos…”
2En los programas de los gimnasios, el estudio del nuevo período de la literatura rusa termina con la obra de Nikolai Gógol (véase Planes de estudio de las asignaturas enseñadas en los gimnasios masculinos del Ministerio de ilustración popular, SPb., 1877, pag. 30). 
3"Y reinará en la casa de Jacob por siempre; y de su reino no habrá fin" (San Lucas, 1:33). 
4La pecadora, poema de Alexánder Tolstói; se lee a menudo en los espectáculos aficionados, es ya por este tiempo un número gastado.
5Kálka, río de la región Doniétskaya, donde en 1223 se produce la primera batalla del ejército ruso contra el ejército tártaro-mongol.6Los chúkchi, pueblo paleosiberiano que habita entre el Mar de Bering y las cuencas de los ríos Anadir y Alazeia, en el distrito autónomo de Chukótka, al extremo nororiental de Siberia.

Título original: Uchitiel sloviesnosti, publicado por primera vez, el primer capítulo, en el periódico Novoe vremia, 1889, Nº 4940, el segundo capítulo en el periódico Russkie viedomosti, 1894, Nº 188, ambos con la firma: “Antón Chejov”.
Imagen: Edgar Degas, Caballos de carreras en Longchamp, 1875.