domingo, 3 de febrero de 2008

Por asuntos del servicio


El ocupante del cargo de inspector judicial y el médico del distrito, iban a una autopsia en la aldea Sírniu. Por el camino los atrapó una ventisca, giraron por largo tiempo y llegaron al lugar no al mediodía, como querían, sino sólo al anochecer, cuando ya estaba oscuro. Se detuvieron en la isbá estatal para pernoctar. Allí mismo en la isbá estatal, por casualidad, se hallaba el cadáver, el cadáver del agente de seguro estatal Liesnítskii, quien tres días atrás había venido a Sírniu y, tras instalarse en la isbá estatal y pedir el samovar, se había disparado de una forma totalmente inesperada para todos; y la circunstancia, de que se había quitado la vida como que de un modo extraño, ante el samovar, tras distribuir los bocados en la mesa, dio a muchos motivo para sospechar ahí un asesinato; se requería una autopsia.
El doctor y el inspector se sacudían la nieve en el zaguán, golpeando con los pies, y junto estaba parado el policía, Iliá Loshádin, un viejo, y les alumbraba, teniendo en sus manos una lámpara de hojalata. Olía a keroseno fuertemente.
-¿Tú quién eres? –preguntó el doctor.
-El polecía… -respondió el policía.
En el correo también firmaba así: el polecía.
-¿Y dónde están pues, los testigos?
-Debe ser, fueron a tomar té, su excelencia.
A la derecha había una habitación limpia, la “forastera” o señorial, a la izquierda una de servicio, con una gran estufa y yacijas. El doctor y el inspector, y tras ellos el policía, teniendo la lámpara por encima de la cabeza, entraron a la limpia. Allí, en el suelo, junto a las mismas patas de la mesa, yacía inmóvil un cuerpo largo, cubierto por una cobija. A la débil luz de la lámpara, además de la cobija blanca, se veían claramente aún unos chanclos de resina nuevos, y todo allí estaba no bien, daba espanto: las paredes oscuras, el silencio, los chanclos, la inmovilidad del cuerpo muerto. En la mesa había un samovar, frío ya hacía tiempo, y alrededor de éste unos envoltorios, debía ser, con los bocados.
-¡Suicidarse en una isbá estatal, qué poco tacto! –profirió el doctor. –Le dieron ganas de meterse un balazo en la frente, bueno, se hubiera suicidado en su casa, en algún lugar, en el cobertizo.
Así como estaba, con el gorro, la pelliza y las botas de fieltro, se dejó caer en el banco; su acompañante, el inspector, se sentó enfrente.
-Estos histéricos y neurasténicos son unos grandes egoístas, -continuó el doctor con amargura. –Cuando un neurasténico duerme con usted en una habitación, pues hace ruido con el periódico; cuando almuerza con usted, pues le arma una escena a su mujer, sin que le de vergüenza su presencia; y cuando le dan ganas de suicidarse, pues se suicida en el campo, en la isbá estatal, para causarle a todos muchos problemas. Estos señores, en todas las circunstancias de su vida, sólo piensan en sí mismos. ¡Sólo en sí mismos! Por eso pues, los viejos no quieren a este “siglo nervioso” nuestro.
-Acaso es poco lo que no quieren los viejos, -dijo el inspector bostezando. –Usted pues indíquele a los viejos, qué diferencia hay entre los suicidas de antes y los de ahora. El hombre de antes, el tal llamado decente, se suicidaba por que había gastado el dinero público, y el de ahora, le cansó la vida, la angustia… ¿Qué es mejor?
-Le cansó la vida, la angustia, pero convenga, podría haberse suicidado no en una isbá estatal.
-Ya es tal pena, -rompió a hablar el policía, -tal pena, es un puro castigo. La gente está muy inquieta, su excelencia, ya es la tercera noche que no duermen. Los niños lloran. Hay que ordeñar las vacas, y las mujeres no van al establo, tienen miedo… Como que no se les aparezca el señor en la oscuridad. Es sabido, mujeres estúpidas, pero los que son mujíks tienen miedo también. Tan pronto es de noche, no van solos por el lado de la isbá, sino así, todos en manada. Y los testigos también…
El doctor Stárchenko, un hombre de edad madura, de barba oscura, con lentes, y el inspector Lízhin, un rubio, aun joven, que había terminado hacía sólo dos años, y más parecido a un estudiante que a un funcionario, estaban sentados callados, pensativos. Les daba fastidio que se habían tardado. Ahora había que esperar hasta la mañana, quedarse a pernoctar allí, y eran sólo las seis, y les esperaba una tarde larga, después una noche larga, oscura, el aburrimiento, la incomodidad de sus camas, las cucarachas, el frío matinal; y prestando oídos a la ventisca, que aullaba en la chimenea y el desván, ambos pensaban en cómo no se parecía eso a la vida, que ellos quisieran para sí, y con la que habían soñado alguna vez, y en cuán lejos estaban ambos de sus contemporáneos, que andaban ahora en la ciudad por las calles iluminadas, sin advertir el mal tiempo, o se disponían ahora al teatro, o estaban sentados en el gabinete con un libro. Oh, cuán mucho habrían dado ahora, sólo por pasearse por la Niévskii o por la Petróvka en Moscú, escuchar un canto decente, estar sentado otra hora en el restaurante…
-¡U-u-u-u! –cantaba la ventisca en el desván, y algo afuera se azotaba con rabia, debía ser el letrero de la isbá estatal. -¡U-u-u-u!
-Como le plazca, pero yo no deseo quedarme aquí, -dijo Stárchenko, levantándose. –Aún son las seis, es temprano para dormir, yo voy a ir a algún lugar. Ahí, no lejos, vive von Taunitz, sólo a tres vérstas de Sírniu. Voy a ir a verlo, a pasar la tarde allá. Policía, anda, dile al cochero que no desenganche. ¿Y usted, cómo? –le preguntó a Lízhin.
-No sé. Debe ser, me voy a acostar a dormir.
El doctor se arropó con la pelliza y salió. Se oía cómo hablaba con el cochero, cómo temblaban los cascabeles en los caballos ateridos. Se fue.
-A ti, señor, pasar la noche aquí, no te conviene -dijo el policía, -ve a esa ala. Ahí no está limpio, pero una noche ya, no es nada. Yo ahora le voy a tomar el samovar al mujík, lo voy a poner; después de eso, te voy a apilar heno, duerme, su excelencia, queda con Dios.
Un poco después, el inspector estaba sentado a la mesa, en el ala de servicio, y tomaba té, y el policía Loshádin estaba parado junto a la puerta, y hablaba. Era un viejo con más de sesenta años, de estatura mediana, muy delgado, encorvado, blanco, en el rostro una sonrisa inocente, los ojos lacrimosos, y siempre chasqueba, como si chupara un hielito. Llevaba una pelliza corta y unas botas de fieltro, y no soltaba el bastón de la mano. La juventud del inspector, por lo visto, le provocaba lástima, y por eso, probablemente, le decía “tú”.
-El síndico, Fiódor Makárich, me ordenó, tan pronto llegue el alcalde o el inspector, informar -decía. –Entonces, tal asunto, tengo que ir ahora… Hasta el vólost son cuatro vérstas, la ventisca, la nieve se amontona, un horror; es posible, llegas allá no antes de la medianoche. Mira cómo zumba.
-El síndico no me hace falta, -dijo Lízhin. –Aquí no tiene nada que hacer.
Le echó una mirada curiosa al viejo y le preguntó:
-Dime, abuelo, ¿cuántos años hace que andas de policía?
-¿Cuántos? Y ya unos treinta. Después de la libertad, a los cinco años, empecé a andar, y cuenta pues. Desde ese tiempo, ando todos los días. La gente de fiesta, y yo siempre andando. En el patio la Semana santa, en la iglesia el tañido, Cristo resucitó, y yo con la bolsa. A la tesorería, al correo, al apartamento del comisario, a ver al funcionario, al tributario, a la dirección, a ver a los señores, a los mujíks, a todos los cristianos ortodoxos. Llevo paquetes, citaciones, boletines de impuestos, cartas, impresos diversos, registros; y entonces, buen señor, su excelencia, ahora salieron unos impresos para apuntar las cifras, amarillos, blancos y rojos; y todo señor, señora o mujík rico, debe apuntar seguro, unas diez veces al año, cuánto ha sembrado y recogido, cuántos cuartos o puds de roya tiene, cuántas ovejas, heno, y cuál tiempo, entonces, y los distintos insectos ahí. Por supuesto, escribe lo que quieras, ahí es sólo un formulario, y tú anda, reparte las hojitas, y después ve de nuevo, y recógelas. Mire, un decir, por ejemplo, al señor no hay por qué destriparlo, tú mismo sabes, es un asunto banal, es sólo ensuciarse las manos, y tú pues trabajaste, su excelencia, viniste; por la forma, no puedes hacer nada ahí. Treinta años ando por la forma. En verano no es nada, hace calor, está seco, pero en invierno o en otoño es incómodo. Ha pasado que me he ahogado, me he helado, de todo ha habido. Y en el bosque, unas malas gentes me quitaron la bolsa, y me dieron por el cuello, y fui a juicio…
-¿Por qué a juicio?
-Por estafa.
-¿O sea, cómo por estafa?
-Y así, entonces, el escribano, Jrisánf Grigóriev, le vendió al contratista unas tablas ajenas, lo engañó entonces. Yo estuve en ese asunto, me mandaron a la taberna por vodka; bueno, el escribano no dividió conmigo, no me sirvió ni un vasito, y cómo yo, por mi pobreza, por lo visto, entonces, soy un hombre no confiable, sin valía, pues nos juzgaron a ambos; él a prisión, y a mí, Dios me dio, me absolvieron con todos los derechos. En el juicio leyeron un papel así. Y todos de uniforme. En el juicio pues. Yo te digo así, su excelencia, nuestro servicio, para el que no está acostumbrado, no quiera Dios, es una verdadera perdición, y para nosotros no es nada. Cuando no andas, así hasta te duelen las piernas. Y en la casa es peor para nosotros. En la casa préndele la estufa al escribano en el vólost, llévale agua al escribano, límpiale las botas al escribano.
_¿Y cuánto recibes de salario? –preguntó Lízhin.
-Ochenta y cuatro rublos al año.
-Seguro, tienes ingresos pues. ¿No sin eso?
-¡Qué ingresos los nuestros! Los señores de ahora, te dan para el té rara vez. Los señores de ahora son severos, se ofenden todos. Tú le llevaste un papel, se ofende, te quitaste el gorro ante él, se ofende. Tú, dice, no entraste por ese portal, tú, dice, eres un borracho, apestas a cebolla, imbécil, hijo de perra. Los hay, por supuesto, buenos, pero qué le cobras a esos, sólo se burlan, y los apodos diversos. Por ejemplo, el señor Altújin, es bueno, y miras, es sobrio, está en su juicio; y cuando te ve, así te grita, él mismo no entiende qué. Me puso un apodo así. Tú, dice…
El policía profirió cierta palabra, pero en voz tan baja, que no se podía entender.
-¿Cómo? –preguntó Lízhin. –Repite.
-¡Administración! –repitió en voz alta el policía. –Ya hace tiempo que me dice así, unos seis años. ¡Saludos, administración! Pero yo nada, deja, vaya con Dios. Pasa, que alguna señora te manda un vasito de vodka y un pedazo de pastel, bueno, tomas a su salud. Y los mujíks te sirven más; los mujíks tienen más alma que ésos, le temen a Dios: quien un pancito, quien te da a sorber del schi, quien te lo sirve. Los alcaldes te convidan con té en la taberna. Ahora pues, los testigos fueron a tomar té. “Loshádin, -dicen, -estate aquí por nosotros, vigila”, -y me dieron un kópek. Les da miedo por la falta de costumbre. Y ayer me dieron un altín de cinco, y me sirvieron un vasito.
-¿Y a ti, acaso no te da miedo?
-Me da miedo, señor, pero nuestro asunto es así pues, el servicio, no te le escapas a ningún lugar. En verano llevo un recluso a la ciudad, y él a mí ¡por el cuello, por el cuello, por el cuello! Y alrededor el campo, el bosque, ¿a dónde te le escapas? Así allí pues. Al señor, Liesnítzkii, aún lo recuerdo, y a su padre lo conocía, y a la mamásha. Yo soy del pueblo Niedoshótov, y ellos, los señores Liesnítzkii, estaban de nosotros a no más de una vérsta, y aún menos, linde con linde. Y el señor Liesnítzkii tenía una hermana señorita, temerosa de Dios y piadosa. Recuerda, Señor, el alma de tu sierva Yulia, memoria eterna. No se casó, y cuando se murió, pues todos sus bienes los dividió; al monasterio le apuntó cien desiatínas, y a nosotros, la sociedad de campesinos del pueblo Niedoshótov, con misa de alma, doscientas; y el hermano de ella, el señor pues, escondió el papel, cuentan que lo quemó en la estufa, y se agarró toda la tierra. Pensaba, entonces, que para su provecho; pero no, espera, en la tierra, con la mentira no vives, hermano. El señor después, a la confesión, no fue unos veinte años, lo apartaron de la iglesia, entonces, murió sin confesión, se reventó. Era gordiflón. Así se reventó, a lo largo. Después, al señor joven, a Seriózha pues, se lo quitaron todo por las deudas, todo como es, bueno, no llegó lejos en las ciencias, no podía nada; y el presidente de la dirección del zémstvo, su tío: “lo tomo a Seriózha pues, piensa, de agente mío, deja que asegure, no es asunto sabio”. Y el señor joven, orgulloso, quería también, pero algo más amplio, más vistoso, más a sus anchas; bueno, ofende, entonces, andorrear en la telega por el distrito, hablar con los mujíks; anda y mira a la tierra, mira y calla; le gritas en la misma oreja: “¡Serguéi, Serguéi!”, y él se voltea a mirar así: “¿Ah?”, y mira a la tierra de nuevo. Y ahora, ves, se levantó la mano. No está bien, su excelencia, no es correcto eso mismo, y no entiendes, qué cosa es en el mundo, Señor misericordioso. Decir, el padre era rico, y tú eres pobre, ofende, eso por supuesto; bueno, y qué pues, hay que acostumbrarse. Yo también vivía bien; yo, su excelencia, tenía dos caballos, tres vacas, de ovejas tenía unas veinte, y llegó un tiempo, en que me quedé sólo con la bolsa, y ésa no era mía, sino pública; y ahora, en nuestro Niedoshótov, si decirlo, mi casa es de lo peor que hay. Mokéi tenía cuatro lacayos, y ahora Mokéi mismo es lacayo. Petrák tenía cuatro braceros, ahora Petrák mismo es bracero.
-¿Por qué pues te volviste pobre? –le preguntó el inspector.
-Mis hijos toman mucho vodka. Toman así, toman así, que no se puede decir, no me vas a creer.
Lízhin escuchaba y pensaba que él, Lízhin, se iría tarde o temprano a Moscú de nuevo, y que ese viejo se quedaría allí para siempre, e iba a andar y andar; y cuántos viejos así le tocaría encontrar aún en su vida, arruinados, sin peinarse en largo tiempo, “sin valía”, en cuyas almas, de algún modo, se habían afianzado fuertemente el altín de cinco, el vasito y la fe profunda en que en este mundo no vivirías con la mentira. Después le aburrió escuchar, y le ordenó traerle el heno para la cama. En la forastera había una cama de hierro con almohada y cobija, y se podía traer de allí, pero junto a ésta había yacido casi tres días el difunto (quien, acaso, se sentó en ésta antes de morir), y ahora era desagradable dormir en ésta…
“Aún son sólo las siete y media, -pensó Lízhin, echando un vistazo al reloj. -¡Qué horrible es esto!
No tenía deseos de dormir pero, por hacer algo, para acortar el tiempo de algún modo, se acostó y se cubrió con la manta. Loshádin, al recoger la vajilla, salió y entró varias veces, chasqueando y suspirando, pateando cerca de la mesa, finalmente tomó su lámpara y salió; y mirando por detrás sus largos cabellos canosos y su cuerpo encorvado, Lízhin pensó:
“Como el brujo de la ópera”.
Se hizo oscuro. Debía ser, la luna estaba tras las nubes, ya que se veían claramente la ventana y la nieve en los marcos.
-¡U-u-u-u! –cantaba la ventisca. -¡U-u-u-u!
-¡Pa-a-adrecito! –aulló una mujer en el desván, o sólo le pareció oír así. --¡Pa-a-adrecito mí-io!
-¡Bbuj! –chocó algo afuera contra la pared. -¡Traj!
El inspector prestó oídos: no era ninguna mujer, aullaba el viento. Hacía frío, y se cubrió aún con la pelliza por encima de la manta. Al calentarse, pensaba en cuán lejos estaba todo esto, la ventisca, la isbá, el viejo, el cuerpo muerto, yaciente en la habitación contigua, en cuán lejos estaba todo esto de la vida que él quería para sí, y en cuán ajeno le era todo eso, menudo, no interesante. Si ese hombre se hubiera matado en Moscú, o en algún lugar en las afueras de Moscú, y hubiera tenido que llevar el sumario, pues allá eso hubiera sido interesante, importante y, es posible, incluso hubiera sido temible dormir en vecindad con el cadáver; allí mismo, a mil vérstas de Moscú, todo eso como que tenía otra luz, todo eso no era la vida, la gente, sino algo que existía sólo por “la forma”, como decía Loshádin, todo esto no dejaría en la memoria ni una mínima huella, y sería olvidado apenas él, Lízhin, saliera de Sírniu. La patria, la verdadera Rusia, era Moscú, Petersburgo, y aquí era la provincia, la colonia; cuando soñabas con jugar un papel, ser popular, ser, por ejemplo, un inspector de asuntos importantes especiales, o un fiscal del juzgado distrital, ser un león de salón, pues pensabas seguro en Moscú. Si vivir, pues en Moscú, y aquí no se quería nada, te resignabas con facilidad a tu papel insignificante, y sólo esperabas una cosa de la vida: irte pronto, irte. Y Lízhin paseaba mentalmente por las calles moscovitas, entraba a las casas conocidas, veía a los parientes, a los colegas, y el corazón se le encogía dulcemente ante la idea, de que ahora tenía veintiséis años, y que si se escapara de aquí, y cayera en Moscú dentro de unos cinco o diez años, pues entonces aún no sería tarde, y quedaría por delante una vida entera. Y cayendo en el olvido, cuando ya se le empezaban a confundir las ideas, imaginaba los largos corredores del juzgado moscovita, a sí mismo diciendo un discurso, a sus hermanas, una orquesta, que por algo zumbaba:
-¡U-u-u! ¡U-u-u!
-¡Bbuj! ¡Traj! –resonó de nuevo. -¡Buj!
Y de pronto recordó cómo una vez, en la dirección estatal, cuando hablaba con el contador, se acercó a la oficina cierto señor de ojos oscuros, de cabello negro, delgado, pálido; tenía en los ojos esa expresión desagradable, que tienen las personas que han dormido mucho después de almuerzo, y ésta estropeaba su perfil fino, inteligente; y las botas altas que llevaba no le iban, parecían groseras. El contador lo presentó: “Este es nuestro agente estatal…”
“Así que ese era Liesnítskii… pues ese mismo…” –entendía ahora Lízhin.
Recordó la voz callada de Liesnítskii, imaginó su andar, y le pareció que por detrás de él andaba alguien ahora, andaba asimismo como Liesnítskii.
De pronto sintió miedo, se le heló la cabeza.
-¿Quién está ahí? –preguntó alarmado.
-El polecía.
-¿Qué te hace falta aquí?
-Yo, su excelencia, a pedir permiso. Usted dijo hace poco, que el síndico no hace falta, y yo temo, no se vaya a enojar. Me ordenó venir. ¿Acaso ir?
-¡Pero tú! Me cansaste… -profirió Lízhin con fastidio, y se cubrió de nuevo.
-No se vaya a enojar… Me voy, su excelencia, feliz estancia.
Y Loshádin salió. En el zaguán tosieron y hablaron a media voz. Debía ser, los testigos volvieron.
“Mañana soltaremos a esos pobres antes… -pensaba el inspector. –Empezaremos la autopsia tan pronto amanezca”.
Empezó a olvidarse, cuando de pronto fueron los pasos de alguien, pero no tímidos, sino rápidos, ruidosos. Se azotó la puerta, las voces, el rayado de un cerillo…
_¿Usted duerme? ¿Duerme? –preguntó apurado y enojado el doctor Stárchenko, prendiendo un cerillo tras otro; estaba todo cubierto de nieve y exhalaba frío. -¿Usted duerme? Levántese, vamos a casa de von Taunitz. Mandó sus caballos por usted. Vamos, allá por lo menos va a cenar, a dormir como una persona. Ve, yo mismo vine por usted. Unos caballos hermosos, en unos veinte minutos llegamos.
-¿Y qué hora es ahora?
-Diez y cuarto.
Lízhin, soñoliento, insatisfecho, se puso las botas de fieltro, la pelliza, el gorro y la bufanda, y salió afuera con el doctor. No había una gran helada, pero soplaba un viento fuerte, penetrante, que lanzaba a lo largo de la calle nubes de nieve, que parecían correr con horror; junto a las vallas y en el portal ya se habían acumulado altos montones de nieve. El doctor y el inspector se sentaron en el trineo, y el cochero blanco se inclinó hacia ellos, para abrochar la manta. Ambos tenían calor.
-¡Arranca!
Fueron por el pueblo. “Reventando las riendas velludas1…” –pensaba el inspector con languidez, mirando cómo el encuarte trabajaba con las patas. En todas las isbás brillaban las luces, como si fuera la víspera de una gran fiesta: eso los campesinos no dormían, le temían al difunto. El cochero callaba sombríamente; debía ser, se había aburrido mientras estuvo parado junto a la isbá estatal, y ahora pensaba también en el difunto.
-Y en casa de Taunitz, -dijo Stárchenko, -cuando supieron que usted se había quedado a pasar la noche en la isbá, pues todos me cayeron encima, por qué no lo había tomado conmigo.
A la salida del pueblo, en la curva, el cochero de pronto gritó a toda voz:
-¡Fuera del camino!
Pasó fugazmente cierto hombre; estaba metido hasta las rodillas en la nieve, saliendo del camino, y miraba a la tróika; el inspector vio el bastón con gancho y la barba, y la bolsa al costado, y le pareció que era Loshádin, e incluso le pareció que sonreía. Pasó fugazmente y desapareció.
El camino iba primero por el lindero del bosque, después por una ancha entresaca boscosa; pasaron fugazmente unos pinos viejos, un abedular joven, unos robles altos, jóvenes, torcidos; erguidos y parejos en los claros, donde hacía poco habían talado el bosque; pero pronto todo se mezcló en el aire, en las nubes de nieve; el cochero decía que veía el bosque, por consiguiente, no se veía nada, excepto el encuarte. El viento soplaba en la espalda.
De pronto los caballos se detuvieron.
-¿Bueno, qué más? –preguntó enojado Stárchenko.
El cochero se apeó callado del pescante, y empezó a correr alrededor del trineo, pisando sobre los talones; hacía círculos cada vez más y más grandes, siempre alejándose del trineo, y parecía que bailaba; finalmente, volvió y empezó a virar a la derecha.
-¿Se salió del camino, o qué? –preguntó Stárchenko.
-No es naaada…
He aquí cierta aldea, no hay una sola lucecita. De nuevo el bosque, el campo, de nuevo se salieron del camino, y el cochero se apeó del pescante y bailó. La tróika pasó por una alameda oscura, pasó rápido, y el encuarte acalorado coceaba la delantera del trineo. Aquí los árboles rumoraron de modo sonoro, terrible, y no se veía ni una pizca, como si volaran hacia un abismo, y de pronto les golpeó los ojos la luz vívida de una entrada y unas ventanas, resonó un ladrido benigno, aflautado, unas voces… Habían llegado.
Mientras abajo, en el vestíbulo, se quitaban las pellizas y las botas de fieltro, arriba tocaban en un piano de cola “Un petit verre de Cliquot2, y se oía cómo los niños pateaban. Los llegados sintieron al instante la calidez, el olor de los viejos aposentos señoriales donde, cualquiera fuera el tiempo afuera, se vivía con tanta calidez, limpieza y comodidad.
-Y excelente pues, -decía von Taunitz, un gordiflón con un cuello increíblemente ancho y con patillas, al estrecharle la mano al inspector. –Y excelente pues. Tenga la bondad, me alegro mucho de conocerlo. Usted y yo pues, somos un poco colegas. Yo alguna vez fui sustituto del fiscal, pero por poco tiempo, apenas dos años; vine aquí a administrar, y envejecí aquí. Un rábano viejo, en una palabra. Tenga la bondad, -continuó, evidentemente, conteniendo su voz, para no hablar en voz alta; él y los visitantes subieron. –Mujer yo no tengo, murió, y éstas, se las recomiendo, son mis hijas, –y, volviéndose, gritó hacia abajo con voz tronante: -¡Díganle ahí a Ignát, que sirva mañana a las ocho!
En el salón estaban sus cuatro hijas, unas muchachas jovencitas, bonitas, todas con vestidos grises y peinadas igualmente, y una prima con sus hijos, también joven e interesante. Stárchenko, que las conocía, empezó a rogarles al instante que cantaran algo, y las dos señoritas aseguraron largo tiempo que ellas no sabían cantar, y que no tenían notas, después la cuñada se sentó al piano de cola, y cantaron con voces trémulas el dúo de La dama de piqué3. De nuevo tocaron “Un petit verre de Cliquot”, y los niños brincaron, pateando al compás. Y Stárchenko brincó. Todos rieron a carcajadas.
Después los niños se despidieron, se fueron a dormir. El inspector se reía, bailaba la cuadrilla, cortejaba, y él mismo pensaba: ¿no es un sueño todo esto? La mitad de servicio de la isbá estatal, el montón de heno en la esquina, el ruido de las cucarachas, el repulsivo ambiente miserable, las voces de los testigos, el viento, la ventisca, el peligro de salirse del camino, y de pronto estas magníficas habitaciones iluminadas, los sonidos del piano de cola, las muchachas bonitas, los niños con ricitos, la risa jubilosa, dichosa, esa conversión le parecía fabulosa; y era increíble que tales conversiones fueran posibles, en el transcurso de algunas tres vérstas, de una hora. Y las ideas aburridas le impedían alegrarse, y pensaba aún que alrededor no era vida, sino trozos de vida, fragmentos, que todo aquí era casual, que no se podía llegar a ninguna conclusión; e incluso le daban lástima estas muchachas, que vivían y acabarían su vida aquí, en la espesura, en la provincia, lejos del medio cultural, donde nada era casual, todo era calculado, legal y, por ejemplo, todo suicidio era entendible, y se podía explicar por qué era éste, y qué relación tenía con el curso de la vida en general. Suponía que si la vida circundante aquí, en la espesura, le era incomprensible, y que si no la veía, pues eso significaba que no la había en absoluto.
En la cena se conversó sobre Liesnítskii.
-Él dejó una mujer y un hijo, -decía Stárchenko. –A los neurasténicos, y en general, a las personas que no tienen el sistema nervioso en orden, yo les prohibiría contraer matrimonio; les quitaría el derecho y la posibilidad de multiplicar a sus semejantes. Traer al mundo niños enfermos de los nervios es un crimen.
-Un joven desgraciado, -decía von Taunitz, suspirando suavemente y moviendo la cabeza. –Cuanto hay que dudar y sufrir antes para, finalmente, decidirse a quitarse la vida… una vida joven. En toda familia puede suceder esa desgracia, y eso es horrible. Es difícil soportar eso, es insufrible…
Y todas las muchachas escuchaban calladas, con rostros serios, mirando al padre. Lízhin sentía que él también, por su parte, debía decir algo, pero no pudo pensar nada, y sólo dijo:
-Sí, el suicidio es un fenómeno indeseable.
Durmió en una habitación cálida, en una cama blanda, cubierto por una cobija, bajo la cual había una fina sábana fresca, pero por algo no sentía comodidad; podía ser, por que en la habitación contigua hablaron largo tiempo el doctor y von Taunitz, y arriba, sobre el techo y en la estufa, la ventisca rumoraba así mismo, como en la isbá rural, y así mismo aullaba de modo lastimero:
-¡U-u-u-u!
A Taunitz la mujer se le había muerto hacía dos años, y él hasta ahora no se resignaba a eso, y hablara de lo que fuera, cada vez recordaba a su mujer; y en él no quedaba ya nada de fiscal.
“¿Es posible que yo también, alguna vez, pueda llegar hasta tal estado?” –pensaba Lízhin durmiéndose, y escuchando a través de la pared su voz contenida, como huérfana.
El inspector no dormía tranquilo. Hacía calor, estaba incómodo, y en el sueño le parecía que no estaba en la casa de Taunitz, en una blanda cama limpia, sino aún en la isbá estatal, en el heno, y oía cómo hablaban a media voz los testigos; le parecía que Liesnítskii estaba cerca, a quince pasos. Recordó de nuevo en el sueño cómo el agente estatal, de cabello negro, pálido, con las botas altas, polvorientas, se había acercado a la oficina del contador. “Este es nuestro agente estatal…” Después le pareció como que Liesnítskii y el policía Loshádin iban por la nieve en el campo, lado a lado, apoyándose el uno al otro; la ventisca giraba sobre ellos, el viento le soplaba en las espaldas, y ellos iban y cantaban:
-Vamos, vamos, vamos.
El viejo parecía el brujo de la ópera, y ambos, en efecto, cantaban como en el teatro:
-Vamos, vamos, vamos… Ustedes están en el calor, en lo claro, en lo blando, y nosotros vamos a la helada, a la ventisca, por la nieve profunda… Nosotros no conocemos el sosiego, no conocemos el júbilo… Nosotros llevamos sobre sí todo el peso de esta vida, la propia y la vuestra… ¡U-u-u! Vamos, vamos, vamos…
Lízhin se despertó y se sentó en la cama. ¡Qué sueño turbio, no bueno! ¿Y por qué había soñado con el agente y el policía juntos? ¡Qué clase de absurdo! Y ahora, cuando a Lízhin le palpitaba el corazón fuertemente, y estaba sentado en la cama, agarrada la cabeza con las manos, le parecía que ese agente de seguro y el policía, en efecto, tenían algo en común en la vida. ¿No iban acaso por la vida lado a lado, apoyándose el uno al otro? Cierta relación invisible, pero significativa y necesaria, existía entre ambos, incluso entre ellos y Taunitz, y entre todos, todos; en esta vida, incluso en la espesura más desierta, nada era casual, todo estaba lleno de una idea general, todo tenía un alma, un objetivo, y para entender eso era poco pensar, era poco reflexionar, había que tener aún, probablemente, el don de penetrar la vida, un don que se daba, evidentemente, no a todos. Y el desgraciado, desgarrado “neurasténico”, como lo llamaba el doctor, que se había matado, y el viejo-mujík, que todos los días de su vida andaba de una persona a otra, eran casualidades, fragmentos de vida para quien consideraba su existencia casual, y eran partes de un organismo maravilloso y racional, para quien consideraba su vida parte de esa generalidad, y la entendía. Así pensaba Lízhin, y esa era su idea guardada por largo tiempo, y sólo ahora ésta se desplegaba en su conciencia con amplitud y claridad.
Se acostó y empezó a dormirse, y de pronto ellos iban de nuevo juntos y cantaban:
-Vamos, vamos, vamos… Tomamos de la vida todo lo que tiene de más pesado y amargo, y a ustedes les dejamos lo ligero y jubiloso, y ustedes pueden, sentados a cenar, razonar con frialdad y juicio, sobre por qué nosotros sufrimos y morimos, y por qué no estamos tan saludables ni satisfechos como ustedes.
Eso que ellos cantaban, le había venido a la cabeza también antes, pero esa idea yacía como que atrás de las otras ideas, y pasaba con timidez, como una lucecita lejana en un tiempo nublado. Y sentía que ese suicidio y la pena del mujík estaban también sobre su conciencia; resignarse al hecho de que esos hombres, rendidos a su suerte, se habían echado sobre sí lo más pesado y oscuro de la vida, ¡qué horrible era eso! Resignarse a eso, y desear para sí una vida luminosa, ruidosa, entre los hombres dichosos, satisfechos, y soñar de modo constante con esa vida, eso significaba soñar con nuevos suicidios de hombres aplastados por el trabajo y la preocupación, o de hombres débiles, abandonados, de los cuales sólo se hablaba a veces en la cena, con fastidio o con una sonrisa maliciosa, pero hacia los cuales no se iba en auxilio… Y de nuevo:
-Vamos, vamos, vamos…
Como si alguien le golpeara las sienes con un martillo.
Por la mañana se despertó temprano, con dolor de cabeza, sacudido por el ruido; en la habitación contigua von Taunitz le decía en voz alta al doctor:
-Usted no puede ir ahora. Mire lo que pasa en el patio. No discuta, y pregúntele mejor al cochero: él no lo va a llevar con este tiempo ni por un millón.
-Pero si son sólo tres vérstas, -decía el doctor con voz suplicante.
-Y siquiera media vérsta. Si no se puede, así y no se puede. Salga solamente por los portones, allá es un infierno oscuro, en un minuto se sale del camino. Por nada lo voy a dejar ir, como le plazca.
-Debe ser, para la tarde se va a calmar, -dijo el mujík, atizando la estufa.
Y el doctor, en la habitación contigua, empezó a hablar de la naturaleza severa, que influía en el carácter del hombre ruso, de los largos inviernos que, cohibiendo la libertad de movimiento, retrasaban el desarrollo intelectual de los hombres, y Lízhin escuchaba esas reflexiones con fastidio, miraba por la ventana los montones de nieve, que se habían acumulado en la valla, miraba el polvo blanco que llenaba todo el espacio visible, los árboles que se inclinaban desolados ya a la derecha, ya a la izquierda, escuchaba el aullido y el golpeteo, y pensaba sombríamente:
“¿Bueno, qué moraleja se puede sacar de aquí? La ventisca, y nada más…”
Al mediodía desayunaron, después vagaron por la casa sin objetivo, se acercaban a las ventanas.
“Y Liesnítskii yace, -pensaba Lízhin, mirando los remolinos de nieve, que giraban sin descanso sobre los montones de nieve. –Liesnítskii yace, los testigos esperan…”
Hablaron del tiempo, de que la ventisca duraba comúnmente dos días, rara vez más. A las seis almorzaron, después jugaron a las cartas, bailaron, finalmente cenaron. Pasó el día, se acostaron a dormir.
En la noche, hacia el amanecer, todo se calmó. Cuando se levantaron y miraron por la ventana, los sauces pelados, con sus ramas apenas caídas, estaban totalmente inmóviles; estaba nublado, sereno, como si a la naturaleza le diera vergüenza ahora su desenfreno, sus noches alocadas y la libertad que había dado a sus furias. Los caballos, enganchados en fila, esperaban en el portal desde las cinco de la mañana. Cuando aclaró por completo, el doctor y el investigador se pusieron sus pellizas y botas de fieltro y, tras despedirse del dueño, salieron.
En el portal, junto al cochero, estaba parado el conocido polecía, Iliá Loshádin, sin gorro, con una vieja bolsa de cuero a través del hombro, todo lleno de nieve; y su rostro estaba rojizo, mojado de sudor. El lacayo, que había salido para acomodar a los visitantes en el trineo y cubrirles las piernas, le echó una mirada severa y dijo:
-¿Qué haces parado ahí, diablo viejo? Fuera de aquí.
-Su excelencia, la gente está inquieta… -se puso a decir Loshádin, sonriendo con inocencia, con todo el rostro y, por lo visto, satisfecho de que, finalmente, había visto a esos, a quienes había esperado tanto tiempo. –La gente está muy inquieta, los niños lloran… Pensaban, su excelencia, que usted se había ido de nuevo a la ciudad. Muestre su gracia de Dios, benefactor nuestro…
El doctor y el inspector no dijeron nada, se sentaron en el trineo y fueron a Sírniu.

1“Reventando las riendas velludas…”, verso de Evguénii Oniéguin, novela en verso de A. Púshkin.
2"Un petit verre de Cliquot", estribillo del vals La valse du Cliquot, del compositor francés Louis Raynal.
3La dama de picas (1890), relato de A. Púshkin, ópera de P.I. Chaikóvskii.

Título original: Po delam sluzhbi, publicado por primera vez en la revista Knizhki nedeli, 1899, Nº 1, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: Natalia Khabarova, Winter, 2006.