jueves, 14 de febrero de 2008

Los vecinos


Piótr Mijáilich Iváshin estaba de muy mal humor: su hermana, una muchacha, se había ido con Vlásich, un hombre casado. Para librarse de algún modo del estado de ánimo penoso, abatido, que no lo dejaba ni en la casa ni en el campo, llamaba en su ayuda al sentimiento de justicia, a sus honradas, buenas convicciones- ¡pues él siempre estuvo por el amor libre!-, pero eso no lo ayudaba, y cada vez, contra su voluntad, llegaba a la misma conclusión, como una nana estúpida, o sea, que la hermana había procedido mal, y que Vlásich le había robado a su hermana. Y eso era torturante.
La madre no salía de su habitación en todo el día, la nana hablaba en susurro y siempre suspiraba, la tía cada día se disponía a irse, y sus maletas ya eran traídas al vestíbulo, ya llevadas a la habitación de nuevo. En la casa, el patio y el jardín había un silencio, parecido a como si en la casa hubiese un difunto. La tía, los sirvientes e incluso los mujíks, le parecía a Piótr Mijáilich, lo miraban de modo enigmático y perplejo, como si quisieran decirle: «A tu hermana la sedujeron, ¿por qué pues estás inactivo?» Y se reprochaba su inacción, aunque no sabía en qué, en particular, debería estribar su acción.
Así pasaron seis días. El séptimo –fue un domingo, después de almuerzo- un jinete trajo una carta. La dirección estaba escrita en una letra femenina conocida: -«A su Excel. Anna Nikoláevna Iváshina». A Piótr Mijáilich le pareció por algo, que en la envoltura de la carta y en la letra, y en la palabra «Excel.» escrita a medias, había algo llamativo, provocador, liberal. Y el liberalismo femenino era testarudo, implacable, cruel...
«Ella más pronto aceptaría morir, que hacerle una concesión a su madre infeliz, pedirle perdón», -pensó Piótr Mijáilich yendo hacia su madre con la carta.
La madre estaba acostada en la cama, vestida. Al ver al hijo, se levantó con ímpetu y, arreglándose los cabellos grises, salidos de la cofia, preguntó con rapidez:
-¿Qué? ¿Qué?
-La mandó... -dijo el hijo, dándole la carta.
El nombre de Zina, e incluso la palabra «ella», no se pronunciaban en la casa; de Zina hablaban de modo impersonal: «la mandó», «se fue»... La madre reconoció la letra de su hija, y su rostro se tornó no bonito, desagradable, y los cabellos grises se salieron de la cofia de nuevo.
-¡No! -dijo, haciendo con las manos así, como si la carta le quemara los dedos-. ¡No, no, jamás! ¡Por nada!
La madre sollozó con histeria, de dolor y vergüenza; evidentemente, quería leer la carta, pero el orgullo se lo impedía. Piótr Mijáilich entendía que él mismo debería desellar la carta y leerla en voz alta, pero de pronto lo dominó una rabia que nunca antes había sentido; corrió al patio y le gritó al jinete:
-¡Di que no habrá respuesta! ¡No habrá respuesta! ¡Dilo así, cerdo!
Y rompió la carta; después las lágrimas le brotaron de los ojos y, sintiéndose cruel, culpable y desdichado, se fue al campo.
Vivía sólo su año veintiocho, pero ya estaba gordo, se vestía como los viejos, todo de ancho y holgado, y sufría de disnea. Tenía ya todas las aptitudes del hacendado viejo-solterón. No se enamoraba, no pensaba en casarse, y quería sólo a su madre, a su hermana, su nana, al jardinero Vasílich; le gustaba comer bien, dormir después de almuerzo, hablar de política y de materias elevadas... En su tiempo, había terminado el curso en la universidad, pero ahora miraba eso así, como si hubiera cumplido con una obligación, inevitable para los jóvenes con una edad de 18 a 25 años; por lo menos, las ideas que ahora, cada día, le vagaban por la cabeza, no tenían nada en común con la universidad, ni con esas ciencias que había pasado.
En el campo hacía calor y silencio, como antes de la lluvia. En el bosque había bochorno, y del humus foliáceo salía una fragancia olorosa, pesada. Piótr Mijáilich se detenía a menudo y se limpiaba la frente mojada. Examinaba sus siembras de otoño y de primavera, recorría el campo de trifolio, y unas dos veces expulsó a una perdiz con sus pollitos al lindero; y todo el tiempo pensaba que este estado insufrible no podía continuar eternamente, y que era necesario terminarlo de un modo u otro. Terminarlo de algún modo estúpido, salvaje, pero terminarlo con seguridad.
«¿Pero cómo pues? ¿Qué hacer pues?», -se preguntaba, y echaba miradas al cielo y a los árboles con súplica, como si les pidiera ayuda.
Pero el cielo y los árboles callaban. Las convicciones honradas no lo ayudaban, y el sentido común le sugería, que la cuestión torturante se podía resolver no más, que de un modo estúpido, y que la escena de hoy con el jinete no era la última de ese género. ¿Qué sería aún?, ¡era temible pensarlo!
Cuando regresó a la casa ya se ponía el sol. Ahora ya le parecía que la cuestión no se podía resolver de ningún modo. Resignarse al hecho consumado no se podía, no resignarse tampoco se podía, y término medio no había. Cuando, quitado el sombrero y agitando el pañuelo, iba por el camino y le quedaban hasta la casa un par de vérstas, se oyeron atrás unos sonidos. Era un ingenioso y muy afortunado conjunto de campanitas y cascabeles, que emitían unos sonidos cristalinos. Con ese sonido viajaba sólo el jefe de policía, Miedóvskii, un antiguo oficial de húsares, un hombre enfermo, disipado y acabado, pariente lejano de Piótr Mijáilich. Para los Iváshin era hombre de los suyos, y por Zina abrigaba un tierno sentimiento paternal, y la admiraba.
-Y yo voy a su casa –dijo, sorteando a Piótr Mijáilich-. Móntese, lo voy a llevar.
Sonreía y miraba contento; evidentemente, no sabía aún que Zina se había ido con Vlásich; acaso, ya le habían informado de eso, pero él no lo creía. Piótr Mijáilich se sintió en una situación embarazosa.
-Tenga la bondad,-musitó, sonrojado hasta las lágrimas, y no sabiendo cómo y qué mentir-. Me alegro mucho -continuó, intentando sonreír-, pero... Zina se fue, y mamá está enferma.
-¡Qué fastidio! -dijo el jefe de policía, mirando a Piótr Mijáilich de modo pensativo-. Y yo me disponía a pasar la tarde en vuestra casa... ¿Adónde pues, se fue Zinaída Mijáilovna?
-A casa de los Sinítskii, y de ahí parece que quería ir al monasterio. No sé de seguro.
El jefe de policía habló un poco más y volteó hacia atrás. Piótr Mijáilich fue a la casa, y pensó con horror en qué sensación tendría el jefe de policía, cuando se enterara de la verdad. Y Piótr Mijáilich se imaginaba esa sensación y, sintiéndola, entró a la casa.
«Ayúdame, Señor, ayúdame...», -pensaba.
En el comedor, con el té de la tarde, estaba sentada sólo la tía. Como de costumbre, tenía en su rostro la expresión de que, aunque era débil e indefensa, no le permitiría a nadie ofenderla. Piótr Mijáilich se sentó al otro extremo de la mesa (no quería a la tía), y empezó a tomar el té callado.
-Tu madre no almorzó hoy de nuevo -dijo la tía. -Si tú, Petrúsha, le prestaras atención. Con dejarte morir de hambre no aliviarás la pena.
A Piótr Mijáilich le pareció absurdo que la tía se metiera en los asuntos ajenos, e hiciera depender su partida del hecho de que Zina se había ido. Tenía deseos de decirle una insolencia, pero se contuvo. Y al contenerse, sintió que había llegado el momento apropiado para actuar, y que ya no tenía más fuerzas para soportar. O actuar ahora mismo, o caer al suelo, gritar y darse con la cabeza contra el suelo. Imaginó a Vlásich y a Zina, cómo ambos, liberales y satisfechos consigo, se besaban ahora en algún lugar, bajo un arce, y todo el peso y la rabia que se le había acumulado durante siete días, se volcó en Vlásich.
«Uno sedujo y se robó a mi hermana -pensó-, el otro vendrá y degollará a mi madre, el tercero nos quemará la casa o nos robará... ¡Y todo eso por la amistad personal, las ideas elevadas, los sufrimientos.»
-¡No, eso no será! -gritó de pronto Piótr Mijáilich, y golpeó la mesa con el puño.
Se levantó y salió corriendo del comedor. En el establo estaba el caballo ensillado del administrador. Se montó en éste y galopó a casa de Vlásich.
En su alma se producía toda una tormenta. Sentía la necesidad de hacer algo fuera de serie, brusco, aunque después tuviera que arrepentirse toda la vida. ¿Llamar a Vlásich canalla, darle una bofetada y luego retarlo a duelo? Pero Vlásich no era de los que se batían en duelo; con el canalla y la bofetada se sentiría sólo más desdichado, y se recluiría en sí mismo de modo más profundo. Estas personas desdichadas, sumisas, eran las personas más insufribles, más pesadas. Todo les pasaba sin castigo. Cuando la persona desdichada, en respuesta a un reproche merecido, miraba con sus ojos profundos-culpables, sonreía de modo enfermizo y ponía la cabeza con humildad, pues parecía que a la misma justicia le faltaba ánimo para levantarle la mano.
«Es lo mismo. Delante de ella le pegaré con el látigo y le diré insolencias», decidió Piótr Mijáilich.
Iba por su bosque y solares, e imaginaba cómo Zina, para justificar su proceder, hablaría de los derechos de la mujer, de la libertad personal, y de que entre el matrimonio civil y el eclesiástico no había ninguna diferencia. Discutiría a lo femenino de lo que no entendía. Y probablemente, al final de todo, preguntaría: «¿Qué pintas tú aquí? ¿Qué derecho tienes a meterte?»
-Sí, yo no tengo derecho -musitó Piótr Mijáilich- Pero tanto mejor... Cuanto más grosero, cuanto menos derecho, tanto mejor.
Era sofocante. Sobre la tierra había bajas nubes de mosquitos, y en los solares lloraban los frailecillos de modo lastimero. Todo predecía lluvia, pero no había ni una nubecita. Piótr Mijáilich traspasó su lindero y galopó por el campo llano, regular. Iba a menudo por ese camino y conocía cada arbusto, cada huequito de éste. Eso que a lo lejos ahora, en el crepúsculo, parecía un peñón oscuro, era una iglesia rojiza; la podía imaginar toda hasta los detalles, incluso el estuco del arco y los terneros, que siempre pacían en el huerto. A una vérsta de la iglesia, a la derecha, se oscurecía un boscaje, era del conde Koltóvich. Y tras el boscaje empezaba ya la tierra de Vlásich.
Más allá de la iglesia y el boscaje del conde, avanzaba una nube negra inmensa, y en ella refulgían rayos pálidos.
«¡Mira lo que es! -pensó Piótr Mijáilich-. ¡Ayúdame, Señor, ayúdame!»
El caballo, con la marcha rápida, se cansó pronto, y el mismo Piótr Mijáilich se cansó. La nube tormentosa lo miraba con enfado, y como que le aconsejaba volver a la casa. Sintió un poco de espanto.
«¡Yo les voy a demostrar que no tienen razón! –se reanimaba.-Ellos van a decir que eso es amor libre, libertad personal; pero es que la libertad está en la abstención, y no en la sumisión a las pasiones. ¡Lo suyo es perversión, y no libertad!»
Aquí estaba el gran estanque del conde; con la nube se había azuleado y asombrado, exhalaba humedad y olor a limo. Junto al dique dos sauces, uno viejo y el otro joven, se apoyaban el uno contra el otro con ternura. Por este mismo lugar, unas dos semanas antes, Piótr Mijáilich y Vlásich habían ido a pie, y cantado a media voz una canción estudiantil: «No amar es matar la vida joven...» ¡Una canción mezquina!
Cuando Piótr Mijáilich iba por el boscaje tronaba un trueno, y los árboles susurraban y se encorvaban con el viento. Había que apurarse. Desde el boscaje hasta la hacienda de Vlásich, quedaba aún por la pradera no más de una vérsta. Allí, a ambos lados del camino, estaban los viejos abedules. Éstos se veían tan tristes y desdichados, como su amo Vlásich, tan delgados y estirados como él. Por los abedules y la hierba empezó a susurrar una lluvia gruesa; el viento se calmó al instante y olió a tierra mojada y a álamo. He aquí apareció la valla de Vlásich con su acacia amarillenta, que también era delgada y estirada; allí, donde la rejita se derrumbaba, se veía un jardín frutal abandonado.
Piótr Mijáilich no pensaba ya ni en la bofetada ni en el látigo, y no sabía qué haría en casa de Vlásich. Se había acobardado. Le daba miedo por él mismo y por su hermana, y le daba espanto que ahora la vería. ¿Cómo se conduciría ella con su hermano? ¿De qué hablarían ambos? ¿Y acaso no volver atrás, mientras no era tarde? Pensando así, galopó por la alameda de tilos hacia la casa, sorteó los anchos arbustos de lilas y vio de pronto a Vlásich.
Vlásich sin sombrero, con una camisa de percal y unas botas altas, encorvado bajo la lluvia, iba desde la esquina de la casa hasta el portal; tras él el trabajador llevaba un martillo y una cajita de clavos. Debía ser, habían reparado un postigo, que se azotaba con el viento. Al ver a Piótr Mijáilich, Vlásich se detuvo.
-¿Eres tú? –dijo, y sonrió-. Bueno, pues bien.
-Sí, vine, como ves... –profirió en voz baja Piótr Mijáilich, sacudiéndose la lluvia con ambas manos.
-Bueno, pues está bien. Me alegro mucho -dijo Vlásich, pero no le dio la mano; evidentemente, no se decidía, y esperaba que se la dieran-. ¡Para la avena viene bien! –dijo, y echó una mirada al cielo.
-Sí.
Entraron en la casa callados. A la derecha del vestíbulo una puerta llevaba al otro vestíbulo, y después a la sala, y a la izquierda a una habitación pequeña, donde en invierno vivía el intendente. Piótr Mijáilich y Vlásich entraron a esa habitación.
-¿Dónde te agarró la lluvia? -preguntó Vlásich.
-No lejos. Casi cerca de la casa.
Piótr Mijáilich se sentó en la cama. Se alegraba de que la lluvia rumoraba y la habitación estaba oscura. Así era mejor: no daba tanto espanto y no había que mirar al interlocutor a la cara. Ya no tenía rabia, y tenía miedo y fastidio consigo mismo. Sentía que había empezado mal, y que de su viaje no saldría nada bueno.
Ambos callaron por cierto tiempo, e hicieron ver que prestaban oídos a la lluvia.
-Gracias, Petrúsha -empezó Vlásich, tosiendo-. Yo te agradezco mucho que viniste. Es generoso y noble de tu parte. Entiendo eso y, créeme, lo valoro altamente. Créeme.
Echó una mirada a la ventana y continuó, parado en medio de la habitación:
-Todo sucedió como que en secreto, como si nos ocultáramos de ti. La conciencia de que tú, acaso, estabas ofendido con nosotros, y enojado, fue todos estos días como una mancha en nuestra felicidad. Pero permíteme justificarme. Procedimos en secreto no porque confiáramos poco en ti. En primer lugar, todo sucedió de repente, como por cierta inspiración, y no hubo tiempo para razonar. En segundo, este es un asunto íntimo, delicado... era incómodo mezclar a una tercera persona, siquiera tan allegada como tú. Lo principal pues en todo esto, contábamos mucho con tu generosidad. Tú eres una persona muy generosa y noble. Yo te agradezco infinitamente. Si alguna vez necesitas mi vida, pues ven y tómala.
Vlásich hablaba con una voz de bajo suave, apagada, todo en una nota, como si zumbara; evidentemente, estaba inquieto. Piótr Mijáilich sintió que había llegado su turno de hablar, y que escuchar y callar significaba, en realidad, hacer el papel de un simplón muy generoso y noble, y él no había venido aquí para eso. Se levantó con rapidez y dijo a media voz, sofocado:
-Escucha, Grigórii, tú sabes que yo te quería, y no deseaba un mejor marido para mi hermana, ¡pero lo que sucedió es horrible! ¡Es terrible pensarlo!
-¿Por qué pues es terrible? -preguntó Vlásich, con voz estremecida-. Sería terrible si nosotros hubiéramos procedido mal, ¡pero no hay eso pues!
-Escucha, Grigórii, tú sabes que yo no tengo prejuicios, pero disculpa la franqueza, en mi opinión, ustedes los dos procedieron egoístamente. Por supuesto, yo no le diré eso a Zina, eso la va a afligir, pero tú debes saber: su madre sufre hasta tal grado, que es difícil de describir.
-Sí, eso es triste -suspiró Vlásich-. Nosotros previmos eso, Petrúsha, ¿pero qué pues debíamos hacer? Si tu proceder aflige a alguien, pues eso no significa aún que sea malo. ¡Qué hacer! Cualquier paso serio tuyo debe, inevitablemente, afligir a alguien. Si tú fueras a combatir por la libertad, pues eso también haría sufrir a tu madre. ¡Qué hacer! Quien pone por encima de todo la tranquilidad de sus allegados, ése debe renunciar por completo a la vida de ideas.
Tras la ventana fulguró un rayo vivamente, y ese brillo como que cambió la corriente de ideas de Vlásich. Se sentó junto a Piótr Mijáilich y empezó a decir no lo necesario en absoluto.
-Yo, Petrúsha, venero a tu hermana -dijo-. Cuando yo iba a tu casa, pues cada vez tenía una sensación, como si fuera a rezarle a Dios, y yo en realidad rezaba por Zina. Ahora mi veneración crece por días. ¡Ella para mí está más alto que mi mujer! ¡Más alto! (Vlásich agitó las manos.) Ella es mi santuario. Desde que vive conmigo, yo entro a mi casa como a un templo. ¡Es una mujer única, excepcional, nobilísima!
«¡Bueno, empezó con su organillo!», -pensó Piótr Mijáilich; la palabra «mujer» no le gustaba.
-¿Por qué no se casan de verdad? -preguntó-. ¿Cuánto quiere tu mujer por el divorcio?
-Setenta y cinco mil.
-Mucho. ¿Y si regatear?
-No va a ceder ni un kópek. ¡Es una mujer horrible, hermano! -suspiró Vlásich-.Yo antes nunca te hablé de ella, me repugnaba recordarla, pero mira, viene al caso, la voy a recordar. Me casé con ella bajo la influencia de un instante bueno, honrado. En nuestro regimiento, si quieres los detalles, un jefe de batallón intimó con una señorita de dieciocho años; o sea, a lo simple, la sedujo, vivió con ella unos dos meses y la abandonó. Se encontró ella, hermano, en la situación más horrible. Regresar a la casa de los padres le daba vergüenza, y además, no la aceptarían; si el amante te abandonó: siquiera a los cuarteles y a venderse. Los compañeros del regimiento estaban perturbados. Ellos mismos tampoco eran unos santos, pero la trivialidad ya hería mucho los ojos. Al jefe de batallón, además pues, nadie podía soportarlo en el regimiento. Y para hacerle una puercada, ¿entiendes?, todos los alféreces y los sub-tenientes indignados, se pusieron a recoger dinero por una lista, a favor de la señorita infeliz. Bueno pues, cuando nosotros, los oficiales menores, nos reunimos en una asamblea, y cuando empezamos a depositar quien cinco, y quien diez rublos, a mí de pronto se me calentó la cabeza. La situación me parecía demasiado apropiada para una hazaña. Me apresuré a ver a la señorita, y le manifesté mi simpatía con expresiones ardientes. Y mientras iba a verla, y le hablaba después, yo la quería ardientemente, como a una humillada y ofendida. Sí... Bueno, salió así, que una semana después de eso le hice la propuesta. La jefatura y los compañeros hallaron que mi matrimonio era incompatible con la dignidad de un oficial. Eso me calentó más. Yo, ¿entiendes?, escribí una carta larga, en la que demostré que mi proceder debía ser inscrito en la historia del regimiento, con letras de oro, y demás. La carta se la mandé al comandante, y la copia a los compañeros. Bueno, por supuesto, estaba excitado, y no se evitaron las asperezas. Me pidieron dejar el regimiento. Por algún lugar tengo escondido el borrador, te lo daré a leer de algún modo. Está escrito con mucho sentimiento. Tú verás, los instantes honrados, luminosos que viví. Solicité la licencia y vine con mi mujer aquí. Después de mi padre quedaban algunas deuditas, no tenía dinero, y mi mujer, desde el primer día, entabló relaciones, empezó a presumir y a jugar a las cartas, y tuve que hipotecar la propiedad. Llevaba una mala vida, entiendes, y de todos mis vecinos, sólo tú no fuiste su amante. En eso de dos años le di en enmienda todo lo que tenía entonces, y se fue a la ciudad. Sí... Y ahora le pago unos mil doscientos anualmente. ¡Es una mujer horrible! Hay una mosca, que pone su larva en el lomo de la araña de tal modo, hermano, que ésta no se la puede quitar de ningún modo; la larva crece dentro de la araña, y le chupa la sangre del corazón. Así mismo pues, crece esa mujer dentro de mí, y me chupa la sangre. Ella me odia, y me desprecia porque yo cometí una estupidez, o sea, me casé con una mujer como ella. Mi generosidad le parece algo mezquino. «Una persona inteligente me abandonó, dice, y me recogió un imbécil». En su opinión, sólo un pobre idiota podría proceder así, como yo. Y a mí, hermano, eso me es insoportablemente amargo. En general, te digo entre paréntesis, hermano, el destino me asfixia. Me pone el yugo.
Piótr Mijáilich escuchaba a Vlásich y se preguntaba con perplejidad: ¿por qué este hombre pudo gustarle así a Zina? No es joven, -ya tiene cuarentiun años, -es flaco, enjuto, de pecho estrecho, de nariz larga, con canas en la barba. Habla como si zumbara; sonríe de modo enfermizo, y al conversar agita las manos de forma no bonita. Ni salud, ni unas maneras varoniles bonitas, ni un espíritu mundano, ni júbilo, y así, por el lado exterior, algo opaco e indefinido. Se viste sin gusto, su ambiente es abatido, la poesía y la pintura no las reconoce, porque éstas «no responden a las exigencias del día»; o sea, no las entiende; la música no lo conmueve. Es un mal amo. Su propiedad llevada al desorden más absoluto e hipotecada; por la segunda hipoteca paga el doce por ciento, y además, en endosos debe aún diez mil. Cuando llega el momento de pagar los porcientos o enviarle dinero a su mujer, le pide prestado a todos con tal expresión, como si en su casa hubiera un incendio, y al mismo tiempo pierde la cabeza, vende todas sus reservas de leña para el invierno por cinco rublos, el almiar de paja por tres, y después manda a encender sus estufas con la rejita del jardín o con los marcos viejos del invernadero. La pradera la tiene hollada por los cerdos, a su bosque va el ganado de los mujíks por los retoños, y los árboles viejos cada invierno son menos y menos; en el huerto y el jardín los positos de las colmenas y los baldes mohosos tirados. No tiene ni talentos, ni dones, y no tiene incluso la capacidad ordinaria de vivir como la gente vive. En la vida práctica es una persona inocente, débil, a quien es fácil engañar y ofender, y los mujíks no en vano lo llaman «simplón».
Es un liberal, y en el distrito se le considera un rojo, pero eso también le sale aburrido. En su librepensamiento no hay originalidad ni pathos; se perturba, se indigna y se alegra como que en la misma nota siempre, de modo inefectivo y lánguido. Incluso en los instantes de fuerte animación, no levanta la cabeza y se queda encorvado. Pero lo más aburrido de todo, es que incluso sus ideas buenas, honradas, se las ingenia para expresarlas así, que éstas parecen banales y atrasadas. Se recuerda algo viejo, leído hace tiempo, cuando él, con lentitud, con un aire de pensador profundo, empieza a disertar de los instantes honrados, luminosos, de los mejores años, o cuando se entusiasma con la juventud, que siempre fue y va adelante de la sociedad, o censura a los rusos, porque a los treinta años se ponen la bata y olvidan los legados de su almae matris. Cuando te quedas a dormir en su casa, pone en la mesita de noche a Písariev o a Darwin. Si le dices que ya lo leíste, sale y trae a Dobroliúbov.
Eso se llamaba en el distrito librepensamiento, y muchos miraban ese librepensamiento como una extravagancia inocente e inofensiva; pero ésta, no obstante, lo había hecho profundamente desdichado. Ésta fue para él ésa larva, de la que recién hablaba: le había crecido mucho y le chupaba la sangre del corazón. En el pasado un matrimonio extraño al gusto de Dostoiévskii, las cartas largas y las copias, escritas con una letra mala, ilegible, pero con gran sentimiento; los equívocos incesantes, las explicaciones, las desilusiones, después las deudas, la segunda hipoteca, la pensión a la mujer, los préstamos mensuales, y todo eso sin provecho para nadie, ni para él ni para las personas. Y en el presente, como antes, se apuraba siempre, buscaba la hazaña y se metía en los asuntos ajenos; como antes, en toda ocasión apropiada, las cartas largas y las copias, las fatigosas conversaciones estereotipadas sobre la comunidad campesina o el incremento de las industrias artesanales, o sobre la institución de una quesería: conversaciones parecidas las unas a las otras, como si las preparara no con un cerebro vivo, sino con un método maquinal. ¡Y finalmente este escándalo con Zina, que no se sabía aún en qué terminaría!.
Y entre tanto mi hermana Zina era joven -sólo tenía veintidós años-, bien parecida, elegante, jubilosa; era risueña, habladora, discutidora, una músico apasionada; conocía el quid de los vestidos, los libros y el buen ambiente, y en su casa no permitiría una habitación como ésta, donde olía a botas y a vodka barato. Era también una liberal, pero en su librepensamiento se sentía la abundancia de fuerzas, la vanidad de una muchacha joven, fuerte y valiente, la sed apasionada de ser mejor y más original que las otras... ¿Cómo pudo suceder que ella se enamorara de Vlásich?
«Él un Don Quijote, un fanático testarudo, un maníaco -pensaba Piótr Mijáilich-; y ella tan suave, débil de carácter y complaciente, como yo... Ella y yo nos rendíamos pronto y sin resistencia. Ella se había enamorado de él, pero acaso yo mismo no lo quería, a pesar de todo...»
Piótr Mijáilich consideraba a Vlásich una persona buena, honrada, pero estrecha y unilateral. En sus inquietudes y sufrimientos, y además en toda su vida, no veía objetivos elevados, ni cercanos ni lejanos, y veía sólo aburrimiento y no saber vivir. Su abnegación y todo lo que Vlásich llamaba hazaña o ímpetu honrado, le parecía un inútil gasto de fuerza, disparos de soltero no necesarios, en los que se iba mucha pólvora. Y el que Vlásich creyera, fanáticamente, en la inusitada honradez e infalibilidad de su pensamiento, le parecía inocente e incluso enfermizo; y el que Vlásich toda su vida, como que se las había ingeniado para confundir lo ínfimo con lo elevado, se había casado de un modo estúpido y consideraba eso una hazaña, y después intimó con mujeres y vio en eso el triunfo de cierta idea, eso era sencillamente incomprensible.
Pero a pesar de todo, Piótr Mijáilich quería a Vlásich, sentía en él la presencia de cierta fuerza, y por algo nunca le faltaba espíritu para contradecirlo.
Vlásich se sentó muy cerca, para hablar bajo el rumor de la lluvia, en la oscuridad, y ya había tosido, se disponía a contar algo largo, como la historia de su matrimonio, pero Piótr Mijáilich no soportaba escuchar; lo fatigaba la idea de que ahora vería a su hermana.
-Sí, no tuviste suerte en la vida -dijo suavemente-, pero, disculpa, nos desviamos de lo principal. Nosotros no hablamos de eso.
-Sí, sí, en efecto. Así pues volvamos a lo principal -dijo Vlásich y se levantó-. Te digo, Petrúsha: nuestra conciencia está limpia. No estamos casados, pero que nuestro matrimonio es totalmente legítimo, eso no voy a demostrarlo, ni tú escucharlo. Tú piensas tan libremente como yo, y gracias a Dios, discrepancia entre nosotros, por esa cuenta, no puede haber. En lo que respecta a nuestro futuro, pues no debe asustarte. Yo voy a trabajar hasta sudar sangre, a no dormir por las noches, en una palabra, voy a tensar todas mis fuerzas, para que Zina sea feliz. Su vida va a ser hermosa. Tú preguntas: ¿sabré yo hacer eso? ¡Sabré, hermano! Cuando la persona piensa a cada instante en una misma cosa, pues no le es difícil conseguir lo que quiere. Pero vamos a ver a Zina. Hay que alegrarla.
A Piótr Mijáilich le empezó a palpitar el corazón. Se levantó y fue tras Vlásich al vestíbulo, y de ahí a la sala. En esa habitación enorme, sombría, había sólo un fortepiano y una larga fila de sillas antiguas con broncería, en las que nadie se sentaba nunca. Sobre el fortepiano ardía una vela. De la sala pasaron callados al comedor. Allí también era espacioso y no acogedor; en medio de la habitación una mesa redonda a dos mitades, con seis patas gruesas y sólo una vela. Un reloj de gran estuche rojo, parecido a una urna de ícono, mostraba las dos y media.
Vlásich abrió la puerta de la habitación contigua y dijo:
-¡Zínochka, Petrúsha está en casa!
Al instante se oyeron unos pasos apurados, y al comedor entró Zina, alta, robusta y muy pálida, como Piótr Mijáilich la había visto por última vez en la casa: con una falda negra y una blusa roja, con un cinturón de hebilla grande. Abrazó a su hermano con una mano y lo besó en la sien.
-¡Qué tormenta! –dijo ella-. Grigórii se fue a algún lugar, y yo me quedé sola en toda la casa.
No estaba turbada, y miraba a su hermano de modo sincero y diáfano, como en la casa; mirándola, Piótr Mijáilich también dejó de sentir turbación.
-Pero tú pues, no le tienes miedo a las tormentas -dijo, sentándose a la mesa.
-Sí, pero aquí las habitaciones son enormes, la casa es vieja, y suena toda con los truenos, como un armario con vajilla. En general, es una casita graciosa –continuó ella, sentándose frente a su hermano-. Aquí, cuando no es la habitación, pues es algún recuerdo agradable. En mi habitación, te puedes imaginar, se suicidó el abuelo de Grigórii.
-En agosto tendré dinero, voy a reparar la accesoria del jardín -dijo Vlásich.
-Por algo, durante la tormenta, me acuerdo del abuelo, -continuó Zina-. Y en este comedor mataron a latigazos a una persona.
-Es un hecho real -confirmó Vlásich, y echó una mirada con ojos grandes a Piótr Mijáilich-. En los años cuarenta, esta propiedad la arrendada cierto Olivier, un francés. El retrato de su hija está tirado ahora en el desván. Este Olivier, como me contaba mi padre, despreciaba a los rusos por su ignorancia, y se burlaba de ellos cruelmente. Así, exigía que el sacerdote, al pasar junto a la hacienda, se quitara el gorro a media vérsta, y que cuando la familia de los Olivier pasara por el pueblo, tocaran en la iglesia. Con los siervos, y en general con los pequeños de este mundo, por supuesto, tenía aún menos ceremonias. Cierta vez, pasó por aquí, de paso, uno de los hijos más bondadosos de la Rusia vagabunda, algo así como el seminarista gogoliano, Jomi Bruta. Pidió permiso para pasar la noche, le gustó ahí al intendente, y lo alojaron junto a la oficina. Existen muchas variantes. Unos dicen que el seminarista inquietaba a los campesinos, y otros como que la hija de Olivier se enamoró de él. No sé qué sea cierto, pero una linda tarde Olivier lo llamó aquí y lo interrogó, y después ordenó que le pegaran. Entiendes, él mismo sentado a esta mesa y tomando bordeaux, y los mozos de cuadra pegándole al seminarista. Debe ser, lo torturó. Hacia la mañana, el seminarista murió por el tormento, y su cadáver lo escondieron en algún lugar. Dicen que lo tiraron al estanque de Koltóvich. Instruyeron la causa, pero el francés le pagó varios miles a quien se debe, y se fue a Alsacia. Y a propósito, venció el plazo del arriendo, y ahí terminó el asunto.
-¡Qué canallas! -profirió Zina, y se estremeció.
-Mi padre recordaba muy bien a Olivier, y a su hija. Decía que era de una belleza notable, y además excéntrica. Yo creo que el seminarista era todo junto: inquietaba a los campesinos, sedujo a la hija. Puede ser, que incluso no era un seminarista en absoluto, sino algún incógnito.
Zínochka se quedó pensando: la historia del seminarista y la francesita bonita, por lo visto, llevaba su imaginación lejos. Como le parecía a Piótr Mijáilich, en lo exterior, no había cambiado en absoluto en la última semana, sólo se había puesto un poquito más pálida. Miraba de modo sereno y ordinario, como si hubiese venido de visita con su hermano a la casa de Vlásich. Pero Piótr Mijáilich sentía que se había producido cierto cambio en él mismo. En efecto, antes, cuando ella vivía en la casa, podía hablar con ella resueltamente de todo, ahora pues no estaba en condición de hacerle, incluso, la simple pregunta: «¿Cómo vives aquí?» Esa pregunta le parecía incómoda e innecesaria. Debía ser, el mismo cambio se había producido en ella. No se apuraba a entablar una conversación sobre su madre, de su casa, de su romance con Vlásich; no se justificaba, no decía que el matrimonio civil era mejor que el eclesiástico, no se inquietaba, y se quedó pensando en la historia de Olivier con serenidad... ¿Y por qué de pronto hablaron de Olivier?
-Ustedes los dos tienen los hombros mojados de lluvia -dijo Zina, y sonrió con júbilo, estaba conmovida con esa pequeña semejanza entre su hermano y Vlásich.
Y Piótr Mijáilich sintió toda la amargura y todo el horror de su situación. Recordó su casa vaciada, el piano de cola cerrado y la habitación luminosa de Zina, a la que ya nadie entraba ahora; recordó que en las alamedas del jardín ya no había huellas de pies pequeños, y que antes del té vespertino ya nadie iba a bañarse con una risa ruidosa. Eso, a lo que se apegaba más y más desde la más temprana infancia, en lo que le gustaba pensar, cuando estaba sentado en el aula asfixiante o el auditorio, la claridad, la pureza, el júbilo, todo lo que llenaba su casa de vida y luz, se había ido sin retorno, desaparecido y mezclado con la historia grosera, desmañada de un cierto jefe de batallón, de un teniente generoso, de una mujer pervertida, de un abuelo suicida... Y empezar una conversación sobre la madre, o pensar que el pasado podía volver, significaba no entender lo que estaba claro.
Los ojos de Piótr Mijáilich se llenaron de lágrimas, y su mano, puesta sobre la mesa, empezó a temblar. Zina adivinó en qué pensaba, y sus ojos también se enrojaron y brillaron.
-¡Grigórii, ven aquí! –le dijo a Vlásich.
Ambos se apartaron hacia la ventana y se pusieron a hablar de algo en susurro. Y por la forma en que Vlásich se inclinaba hacia ella y cómo ella lo miraba, Piótr Mijáilich entendió otra vez que todo había terminado sin remedio, y que no era necesario hablar de nada. Zina salió.
-Así pues, hermano –rompió a hablar Vlásich después de cierto silencio, frotándose las manos y sonriendo-. Yo hasta ahora llamé a nuestra vida felicidad, pero eso sometiéndome, así decir, a las exigencias literarias. En esencia pues, una sensación de felicidad aún no hubo. Zina todo el tiempo pensaba en ti, en su madre, y se torturaba; mirándola, yo también me torturaba. Es una natura libre, valiente, pero sin la costumbre, sabes, es penoso, y además es joven. Los sirvientes la llaman señorita; parece una tontería, pero eso a ella no le inquieta. Así pues, hermano.
Zina trajo un plato lleno de fresas. Tras ella entró una sirvienta pequeña, de aire sumiso y apocado. Puso en la mesa una jarra de leche e hizo una reverencia muy profunda... Tenía algo en común con los muebles antiguos, era tan pasmada y aburrida.
La lluvia ya no se oía. Piótr Mijáilich comía fresas, y Vlásich y Zina lo miraban callados. Se acercaba el momento de la conversación innecesaria pero inevitable, y todos los tres sentían ya su peso. A Piótr Mijáilich los ojos se le llenaron de lágrimas de nuevo; apartó de sí el plato y dijo que ya le era hora de ir a la casa, si no se iba a hacer tarde y, es posible, llovería de nuevo. Llegó el instante en que Zina, por decencia, debía empezar a hablar de los de la casa y de su nueva vida.
-¿Qué tal en la casa? -preguntó con rapidez, y su rostro pálido tembló-. ¿Qué tal mamá?
-Tú conoces a mamá... -respondió Piótr Mijáilich, sin mirarla.
-Petrúsha, tú has pensado mucho en lo que pasó -profirió ella, tomando a su hermano de la manga, y él entendió qué penoso le era a ella hablar-. Has pensado mucho; dime: ¿se puede contar con que mamá, alguna vez, se reconcilie con Grigórii... y en general, con esta situación?
Estaba parada cerca del hermano, cara a cara, y él se admiró de que fuera tan bonita, y de que antes no lo advirtiera; y de que su hermana, parecida de cara a su madre, delicada, elegante, viviera en casa de Vlásich y con Vlásich, con la sirvienta pasmada, con la mesa de seis patas, en una casa donde habían matado a latigazos a un hombre; que ella ahora no fuese con él a la casa y se quedara allí a dormir, le pareció un absurdo increíble.
-Tú conoces a mamá... -dijo, sin responder a la pregunta-. Para mí, se debería observar... hacer algo, pedirle perdón, o qué...
-Pero pedir perdón, sería hacer ver que procedimos mal. Por la tranquilidad de mamá, yo estoy dispuesta a mentir, pero eso pues no conducirá a nada. Yo conozco a mamá. ¡Bueno, que sea lo que sea! -dijo Zina, contentada con que lo más desagradable ya estaba dicho-. Esperaremos cinco, diez años, aguantaremos, y allá lo que Dios quiera.
Tomó a su hermano del brazo y, al pasar por el vestíbulo oscuro, se apretó a su hombro.
Salieron al portal. Piótr Mijáilich se despidió, se montó al caballo y fue al paso; Zina y Vlásich fueron a acompañarlo un poco. Había silencio, calor, y olía a heno de un modo maravilloso; en el cielo, entre las nubes, brillaban las estrellas vivamente. El viejo jardín de Vlásich, que había visto en su vida tantas historias tristes, dormía envuelto por la tiniebla, y era triste por algo pasar a través de él.
-¡Y Zina y yo hoy, después de almuerzo, pasamos unos cuantos instantes, en verdad, luminosos! -dijo Vlásich-. Le leí en voz alta un artículo excelente sobre la cuestión de los colonos. ¡Léelo, hermano! ¡Te hace falta! Un artículo notable por su honradez. Yo no resistí y escribí una carta a la redacción, para entrega al autor. Escribí sólo una sola línea: «¡Agradezco y estrecho fuertemente su mano honrada!»
Piótr Mijáilich quería decirle: «No te metas tú, por favor, en los asuntos ajenos», -pero calló.
Vlásich iba junto al estribo derecho, y Zina junto al izquierdo; ambos como que habían olvidado que era necesario regresar a la casa, y había humedad, y ya quedaba poco hasta el boscaje de Koltóvich. Piótr Mijáilich sentía que esperaban algo de él, aunque ellos mismos no sabían qué, y sintió por ellos una lástima insufrible. Ahora, cuando iban junto al caballo con aire resignado y pensativos, estaba profundamente convencido de que eran desdichados y no podían ser dichosos, y su amor le parecía un error triste, sin remedio. Por la lástima y la conciencia de que no podía ayudar en nada, se apoderó de él un estado de debilidad espiritual en el que, para liberarse del penoso sentimiento de compasión, estaba dispuesto a cualquier sacrificio.
-Voy a venir a vuestra casa a pasar las noches, -dijo.
Pero eso parecía como que hiciera una concesión, y no le satisfizo. Cuando se detuvieron junto al boscaje de Koltóvich, para despedirse, se inclinó hacia Zina, tocó su hombro y le dijo:
-Tú, Zina, tienes razón. ¡Tú procediste bien!
Y para no decir más y no romper a llorar, fustigó al caballo y galopó al boscaje. Al entrar en la tiniebla, se volteó a mirar, y vio cómo Vlásich y Zina iban a la casa por el camino, -él andando a zancadas, y ella a su lado con un andar apurado, saltarín- y hablaban vivamente de algo.
«Soy una mujer vieja -pensó Piótr Mijáilich-. Venía para resolver la cuestión, pero la enredé más aún. ¡Bueno, que vayan con Dios!»
Tenía un peso en el alma. Cuando se terminó el boscaje fue al paso, y después detuvo el caballo junto al estanque. Quería estar sentado inmóvil y pensar. La luna salía, y se reflejaba como una columna roja al otro lado del estanque. En algún lugar, un trueno tronaba de modo apagado. Piótr Mijáilich miraba el agua sin parpadear, y se imaginaba la desolación de su hermana, su palidez sufrida y sus ojos secos, con los que ocultaría a las personas su humillación. Se imaginó su embarazo, la muerte de su madre, su entierro, el horror de Zina... La vieja orgullosa, supersticiosa, no terminaría de otra forma, que con la muerte. Los cuadros terribles del futuro se le pintaron en el agua oscura, llana, y entre las figuras pálidas de las mujeres se veía a sí mismo, pusilánime, débil, con un rostro culpable...
A cien pasos, en la orilla derecha del estanque, estaba parado inmóvil algo oscuro: ¿una persona o un tocón alto? Piótr Mijáilich recordó al seminarista que habían matado y arrojado a ese estanque.
«Olivier procedió de modo inhumano, pero él, de una forma u otra, resolvió la cuestión, y yo pues no resolví nada, y sólo la enredé», -pensó mirando la figura oscura, parecida a un espectro. «Él decía y hacía lo que pensaba, y yo no digo ni hago lo que pienso; y además no sé, probablemente, qué pienso en particular...»
Se acercó a la figura oscura: era una vieja columna podrida, que quedaba de alguna construcción.
Desde el boscaje y la hacienda de Koltóvich se extendía, con intensidad, la fragancia del muguete y las hierbas melosas. Piótr Mijáilich iba por la orilla del estanque y miraba el agua con tristeza, y al recordar su vida se convencía de que, hasta entonces, había dicho y hecho no lo que pensaba, y las personas le habían pagado con lo mismo, y por eso toda su vida le parecía tan oscura como esa agua, en la que se reflejaba el cielo nocturno y se mezclaban las algas. Y le parecía que eso no se podía remediar.

Título original: Sosedi, publicado por primera vez en la revista Knizhki Nedeli, 1892, Nº 7, con la firma: "Antón Chejov".Imagen: Edouard Manet, Berthe Morisot, 1872.