viernes, 22 de febrero de 2008

La novia

I
Ya eran las diez de la noche, y la luna llena brillaba sobre el jardín. En casa de los Shúmin recién terminaba la víspera, que había encargado la abuela, Márfa Mijáilovna, y ahora Nadia –había salido al jardín por un instante- veía cómo en la sala ponían la mesa para los entremeses, cómo se afanaba la abuela con su vestido de seda pomposo; el padre Andrei, arcipreste de la catedral, hablaba de algo con la madre de Nadia, Nina Ivánovna, y ahora la madre, a la luz nocturna, a través de la ventana, parecía por algo muy joven; al lado estaba parado el hijo del padre Andrei, Andrei Andréich, y escuchaba atentamente.
En el jardín había silencio, fresco, y las sombras oscuras, serenas yacían en la tierra. Se oía cómo en algún lugar lejos, muy lejos, debía ser afuera de la ciudad, croaban las ranitas. ¡Se sentía mayo, el tierno mayo! Se respiraba profundo, y se quería pensar que no aquí, sino en algún lugar bajo el cielo, sobre los árboles, lejos de la ciudad, en los campos y los bosques, se desplegaba ahora una vida primaveral, misteriosa, hermosa, rica y sagrada, no asequible al entender del hombre débil, pecador. Y se quería por algo llorar.
Ella, Nadia, tenía ya veintitrés años; desde los dieciséis soñaba apasionadamente con casarse, y ahora por fin era novia de Andrei Andréich, ese mismo que estaba parado tras la ventana; él le gustaba, la boda ya se había acordado para el siete de julio, y entre tanto no tenía alegría, dormía mal por la noche, había perdido el júbilo… Desde el piso del sótano, donde estaba la cocina, se oía por la ventana abierta cómo se apuraban allí, como sonaban los cuchillos, cómo azotaban la puerta de roldana; olía a pavo frito y a cerezas marinadas. Y por algo parecía que ahora sería así toda la vida, ¡sin cambio, sin final!
He aquí alguien salía de la casa y se detenía en el
portal; era Alexánder Timoféich, o simplemente Sásha, un visitante venido de Moscú unos diez días atrás. Alguna vez, hacía tiempo, su pariente lejana, María Petróvna, una viuda-noble empobrecida, pequeña, delgada, enferma, había viajado por una limosna a la casa de la abuela. Tenía un hijo, Sásha. Decían de él, por algo, que era un pintor excelente, y cuando murió su madre, la abuela, para la salvación de su alma, lo envió a Moscú, a la escuela Komissárievskii; unos dos años después pasó a la escuela de pintura, pasó allí casi quince años, y terminó en la sección de arquitectura, con pecado a medias1, pero de todas formas no se dedicaba a la arquitectura, y servía en una de las litografías moscovitas. Venía casi cada verano a la casa de la abuela, comúnmente muy enfermo, para descansar y recuperarse.
Tenía puesto ahora una levita abrochada y un pantalón de lona gastado, rasgado abajo. Y su camisa no estaba planchada, y todo él tenía como un aspecto no fresco. Muy delgado, de ojos grandes, de dedos largos, delgados, barbudo, oscuro, y a pesar bonito. A los Shúmin estaba habituado como a sus parientes, y se sentía con éstos como en su casa. Y la habitación en la que vivía aquí se llamaba, ya hacía tiempo, la habitación de Sásha.
Parado en el
portal, vio a Nadia y fue hacia ella.
-¡Está bien aquí en su casa! -dijo él.
-Por supuesto que está bien. Tendría que vivir usted aquí hasta el otoño.
-Sí, debe ser, así tendré. Es posible, que viva aquí, en su casa, hasta septiembre.
Se echó a reír sin razón y se sentó a su lado.
-Y yo pues estoy sentada, y miro a mamá desde aquí, -dijo Nadia. -¡Parece tan joven desde aquí! Mi mamá, por supuesto, tiene sus debilidades, -agregó, tras callar un poco, -pero con todo es una mujer extraordinaria.
-Sí, es buena… -convino Sásha. –Su mamá, a su modo, por supuesto, es una mujer muy bondadosa, y tierna, pero… ¿cómo decirle? Hoy, por la mañana temprano, entré a la cocina de ustedes, y ahí cuatro sirvientes durmiendo en el mismo suelo, no había cama, en lugar de la cama unos trapos, el hedor, las chinches, las cucarachas… Lo mismo que hace veinte años, ningún cambio. Bueno, la abuela, vaya con Dios, para eso es la abuela; pero la mamá, seguro habla francés, participa en los espectáculos. Se podría, al parecer, entender.
Cuando Sásha hablaba, estiraba ante el oyente dos dedos largos, delgados.
-Para mí aquí, todo es como que salvaje, por la falta de costumbre, -continuaba él. –El diablo sabe, nadie hace nada. Mamásha sólo pasea todo el día, como alguna duquesa, la abuela tampoco hace nada, usted tampoco. Y el novio, Andrei Andréich, tampoco hace nada.
Nádia había oído eso el año pasado y, al parecer, el antes pasado, y sabía que Sásha no podía razonar de otra forma, y eso antes le daba risa, pero ahora por algo sintió fastidio.
-Todo eso es viejo, y hace tiempo que me cansó, -dijo ella y se levantó. –Si pensara algo nuevo.
Él se echó a reír y se levantó también, y ambos fueron a la casa. Alta, bonita, esbelta, parecía ahora a su lado muy saludable y elegante; ella sentía eso, y sentía lástima por él, y por algo embarazo.
-Y usted dice muchas cosas demás, -dijo ella. –Ahora recién habló de mi Andrei, pero usted no lo conoce pues.
-Mi Andrei… ¡Vaya con Dios, su Andrei! A mí pues, su juventud me da lástima.
Cuando entraron al salón, allí ya se habían sentado a cenar. La abuela o, como la llamaban en la casa, la abuelita, muy rolliza, no bonita, de cejas tupidas y bigotes, hablaba en voz alta, y ya por su voz y manera de hablar, se advertía que era la mayor de la casa. Le pertenecían las hileras de comercio en la feria, y una casa antigua con columnas y jardín, pero cada mañana rezaba para que Dios la salvara de la ruina, y al hacerlo lloraba. Su nuera, la madre de Nadia, Nina Ivánovna, rubia, con un vestido muy ceñido, con pince-nez
2 y brillantes en cada dedo; el padre Andrei, un viejo enjuto, sin dientes, y con tal expresión, como si se dispusiera a contar algo muy risible; y su hijo Andrei Andréich, el novio de Nadia, rollizo y bonito, de cabello rizado, parecido a un artista o un pintor, todos los tres hablaban de hipnotismo.
-Tú conmigo, en una semana, te recuperas, -dijo la abuelita dirigiéndose a Sásha, -sólo come más pues. ¡Y a qué te pareces! –suspiró ella. -¡Te pusiste horrible! Pues ya eres, como un auténtico hijo pródigo.
-Malgastada en vano la hacienda paternal, -profirió el padre Andrei con lentitud, con ojos sonrientes, -el maldito fue a pacer con las bestias irracionales…
3
-Quiero a mi padrecito, -dijo Andrei Andréich, y tocó al padre por el hombro. –Un viejo bueno. Un viejo bondadoso.
Todos callaron. Sásha de pronto se echó a reír, y se pegó la servilleta a la boca.
-Por lo tanto, ¿usted cree en el hipnotismo? –preguntó el padre Andrei a Nina Ivánovna.
-Yo no puedo, por supuesto, afirmar que creo, -respondió Nina Ivánovna, dando a su rostro una expresión muy seria, incluso severa, -pero debo reconocer, que en la naturaleza hay muchas cosas misteriosas, e incompresibles.
-Totalmente de acuerdo con usted, aunque debo agregar de mi parte, que la fe nos reduce de modo considerable la esfera de lo misterioso.
Sirvieron un pavo grande, muy grasoso. El padre Andrei y Nina Ivánovna continuaron su conversación. A Nina Ivánovna le brillaban los brillantes en los dedos, después le brillaron las lágrimas en los ojos, se inquietó.
-Aunque yo no me atreva a discutir con usted, -dijo ella, -reconozca, ¡en la vida hay tantos enigmas sin resolver!
-Ni uno, me atrevo a asegurarle.
Después de la cena Andrei Andréich tocó el violín, y Nina Ivánovna acompañó al piano de cola. Él había terminado la facultad de filología en la universidad, hacía diez años, pero no había servido en ningún lugar, no tenía una labor definida, y sólo rara vez tomaba parte en los conciertos de fines benéficos, y en la ciudad lo llamaban el artista.
Andrei Andréich tocaba; todos escuchaban callados. En la mesa bullía el samovar levemente, y sólo Sásha tomaba té. Después, cuando dieron las doce, se rompió de pronto una cuerda del violín; todos se echaron a reír, se removieron y empezaron a despedirse.
Acompañado el novio, Nadia subió a su habitación, donde vivía con su madre (el piso inferior lo ocupaba la abuela). Abajo, en el salón, empezaron a apagar las luces, y Sásha aún estaba sentado y tomaba té. Siempre tomaba té por largo tiempo, a lo moscovita, unos siete vasos de una vez. Nadia, cuando se desvistió y se acostó en la cama, oyó aún largo tiempo cómo los sirvientes recogían abajo, cómo se enojaba la abuelita. Finalmente, todo se calmó, y sólo se oía rara vez cómo, en su habitación de abajo, Sásha tosía con voz de bajo.
II
Cuando Nadia se despertó serían acaso las dos, empezaba a amanecer. En algún lugar lejano el guarda golpeaba con el hacha. No tenía deseos de dormir, estar acostado era demasiado blando, incómodo. Nadia, como en todas las noches de mayo anteriores, se sentó en la cama y se puso a pensar. Y las ideas eran las mismas de la noche anterior, monótonas, no necesarias, obsesivas, ideas de cómo Andrei Andréich empezó a cortejarla y le hizo la propuesta, de cómo ella aceptó y después, poco a poco, valoró a ese hombre bondadoso, inteligente. Pero por algo ahora, cuando faltaba para la boda no más de un mes, empezó a sentir miedo, inquietud, como si le esperara algo indefinido, pesado.
“-Tic-toc, tic-toc… -golpeaba el guarda con pereza. -Tic-toc…”
Por la ventana grande, vieja, se veía el jardín, luego los arbustos de lilas densamente floridos, soñolientos y lánguidos de frío; y una neblina blanca, densa, se acercaba a las lilas en silencio, queriendo ocultarlas. En los árboles lejanos gritaban los grajos soñolientos.
-¡Dios mío, por qué tengo este peso!
Acaso, lo mismo sentía antes de la boda cada novia. ¡Quién sabe! ¿O era la influencia de Sásha? Pero es que Sásha ya, varios años seguidos, decía lo mismo, como por escrito, y cuando hablaba parecía inocente y extraño. ¿Pero por qué Sásha, de todas formas, no le salía de la cabeza?, ¿por qué?
El guarda ya hacía tiempo que no golpeaba. Bajo la ventana y en el jardín empezaron a alborotar los pájaros, la neblina se fue del jardín, todo alrededor se iluminó de una luz primaveral, como una sonrisa. Pronto todo el jardín, calentado por sol, acariciado, revivió, y las gotas de rocío, como gemas, brillaron en las hojas; y el jardín viejo, abandonado hacía tiempo, parecía esa mañana juvenil, elegante.
Ya se había despertado la abuelita. Sásha tosía con una voz de bajo grosera. Se oía cómo servían el samovar abajo, cómo movían las sillas.
Las horas iban lentas. Nadia hacía tiempo ya que se había levantado y paseaba por el jardín, y la mañana aún se alargaba.
Aquí estaba Nina Ivánovna llorosa, con un vaso de agua mineral. Se dedicaba al espiritismo, la homeopatía, leía mucho, le gustaba hablar de las dudas que la asaltaban, y todo eso, le parecía a Nadia, ocultaba en sí un sentido profundo, misterioso. Ahora Nadia besó a la madre y fue a su lado.
-¿Por qué llorabas, mamá? –preguntó.
-Ayer por la noche me puse a leer un relato, en que se describe a un viejo y a su hija. El viejo sirve en algún lugar, bueno, y el jefe se enamora de su hija. No lo acabé de leer, pero hay un lugar así, que me fue difícil contener las lágrimas, -dijo Nina Ivánovna, y sorbió del vaso. –Hoy por la mañana lo recordé, y lloré también.
-Y yo, todos estos días, me siento tan poco contenta, -dijo Nadia, tras callar. -¿Por qué no duermo por las noches?
-No sé, querida. Y cuando yo no duermo por las noches, pues cierro los ojos fuerte-fuerte, así pues, y me imagino a Anna Kariénina, cómo anda y cómo habla, o me imagino algo histórico, del mundo antiguo…
Nadia sintió que su madre no la entendía y no la podía entender. Sintió eso por primera vez en su vida, e incluso le dio miedo, quiso esconderse, y fue a su habitación.
Y a las dos se sentaron a almorzar. Era miércoles, día de vigilia, y por eso le sirvieron a la abuela borsh5 de vigilia y avellanas con gachas. Para burlarse de la abuela, Sásha se tomó su sopa con carne y el borsh
4 de vigilia. Bromeaba todo el tiempo mientras almorzaban, pero las bromas le salían atropelladas, infaliblemente con una intención moral; y resultaba no risible en absoluto cuando él, antes de decir la agudeza, levantaba sus dedos muy largos, delgados, como muertos, y cuando venía a la mente que estaba muy enfermo y, era posible, no viviría por mucho tiempo aún en este mundo; entonces él daba lástima hasta las lágrimas.
Después de almuerzo, la abuela fue a su habitación a descansar. Nina Ivánovna tocó un rato el piano de cola, y después se fue.
-¡Ah, querida Nadia, -empezó Sásha su conversación habitual de después de almuerzo, -si me hubiera escuchado!, ¡si me hubiera escuchado!
Ella estaba sentada hundida en una butaca antigua, con los ojos cerrados, y él andaba en silencio por la habitación, de una esquina a la otra.
-¡Si fuera a estudiar! –decía él. –Sólo las personas ilustradas y santas son interesantes, sólo ellas son necesarias. Pues mientras más personas hallan así, más pronto llegará el reino de Dios a la tierra. De su ciudad, entonces, poco a poco, no va a quedar piedra sobre piedra, todo va a volar patas arriba, todo va a cambiar, como por encanto. Y van a haber aquí, entonces, unas casas enormes, magníficas, unos jardines preciosos, unas fuentes insólitas, una gente notable… Pero lo principal no es eso. Lo principal es que el vulgo, en nuestro sentido, cómo es ahora, ese mal no va a estar entonces, porque cada hombre va a creer, y cada uno va a saber para qué vive, y ninguno va a buscar apoyo en el vulgo. ¡Querida, hijita, váyase! Muéstrele a todos que le cansó esta vida inmóvil, gris, pecadora. ¡Muéstrese eso siquiera a sí misma!
-No se puede, Sásha. Yo me caso.
-¡Eh, basta. ¿A quién le hace falta?
Salieron al jardín, pasearon un poco.
-Y sea como sea, querida mía, hay que pensarlo, hay que entender qué impura, qué inmoral es ésa, su vida ociosa, -continuó Sásha. –Entienda pues que si, por ejemplo, usted y su madre, y su abuelita no hacen nada, pues entonces, por ustedes trabaja algún otro, ustedes devoran la vida ajena de alguien, ¿y acaso eso es puro, no es sucio?
Nadia quería decir: “sí, es verdad”; quería decir que ella entendía, pero las lágrimas asomaron a sus ojos,
se calló de pronto, se encogió toda y se fue a su habitación.
A la caída de la tarde llego Andrei Andréich y, como de costumbre, tocó
el violín largo tiempo. En general, no era conversador, y le gustaba el violín, acaso, porque durante la tocada se podía callar. A las once, al irse a casa, ya con el paletó, abrazó a Nadia y empezó a besar con avidez su rostro, hombros, manos.
-¡Querida, tierna mía, hermosa! –farfullaba. -¡Oh, que feliz soy! ¡Estoy loco de éxtasis!
Y a ella le parecía que ya había oído eso hacía tiempo, mucho tiempo, o lo había leído en algún lugar… en una novela vieja, desaliñada, hacia tiempo ya abandonada.
En la sala Sásha estaba sentado a la mesa y tomaba té, poniendo el platito sobre sus cinco dedos largos; la abuelita distribuía el patience
5, Nina Ivánovna leía. La llamita de la lámpara crujía, y todo al parecer era silencioso, favorable. Nadia se despidió y fue arriba a su habitación, se acostó y se durmió al instante. Pero, como la noche anterior, apenas empezó a aclarar, se despertó. Estaba sentada con la cabeza puesta sobre las rodillas, y pensaba en su novio, en la boda… Recordó por algo que su madre no quería a su difunto esposo, y ahora no tenía nada, vivía en dependencia absoluta de su suegra, la abuelita. Y Nadia, por mucho que pensara, no podía entender por qué, hasta ahora, había visto en su madre algo peculiar, extraordinario, por qué no había advertido a la mujer sencilla, ordinaria, desdichada.
Y Sásha no dormía abajo, se oía como tosía. Es un hombre extraño, inocente, pensaba Nadia, y en sus sueños, en todos esos jardines preciosos, fuentes insólitas se sentía algo absurdo; pero por algo, en su inocencia, incluso en ese absurdo, había tanto de hermoso que, cuando ella apenas pensaba en ir a estudiar, todo su corazón, todo su pecho emitía un frescor, se le llenaba de una sensación de júbilo, de éxtasis.
-Pero es mejor no pensar, es mejor no pensar… -susurraba. –No hay que pensar en eso.
“Tic-toc… tic-toc…-golpeaba el guarda con el hacha en algún lugar lejano. -“Tic-toc…”
III
Sásha, a mediados de junio, empezó de pronto a extrañar, y se dispuso a Moscú.
-No puedo vivir en esta ciudad -decía sombríamente. -¡Ni tuberías de agua, ni canalización! Me repugna comerme el almuerzo: en la cocina una mugre imposible…
-¡Pero espera, hijo pródigo! –lo convencía la abuela, por algo, en susurro. -¡El día siete es la boda!
-No lo deseo.
-¡Querías pues vivir con nosotros hasta septiembre!
-Y ahora pues no lo deseo. ¡Me hace falta trabajar!
El verano se presentó húmedo y frío, los árboles estaban húmedos, todo en el jardín lucía de modo no afable, abatido, se quería realmente trabajar. En las habitaciones, abajo y arriba, se oían voces femeninas desconocidas, la máquina de coser sonaba donde la abuela: se apuraban con la dote. De pellizas, solamente, daban seis por Nadia, ¡y la más barata, en palabras de la abuela, costaba trescientos rublos! La agitación irritaba a Sásha; estaba sentado en su habitación y se enojaba; pero con todo lo convencieron para que se quedara, y él dio su palabra de que se iría el primero de julio, no antes.
El tiempo se iba rápido. El día de San Pedro, después de almuerzo, Andrei Andréich fue con Nadia a la calle Moscovita, para examinar otra vez la casa que habían alquilado y preparado ya hacía tiempo para los jóvenes. Era una casa de dos pisos, pero por ahora sólo estaba arreglado el piso superior. En la sala un suelo brillante, pintado al parquet, sillas vienesas, un piano de cola, un pupitre para el violín. Olía a pintura. En la pared, con un marco dorado, colgaba un cuadro grande, pintado al óleo: una dama desnuda y, a su lado, un jarrón lila con el asa rota.
-Un cuadro maravilloso, -profirió Andrei Andréich, y suspiró
por respeto.-Es del pintor Shishmachévskii.
Luego estaba la sala con la mesa redonda, el diván y unas butacas forradas de una tela celeste brillante. Sobre el diván un gran retrato fotográfico del padre Andrei con el birrete y las órdenes. Después entraron al comedor con buffet, después al dormitorio; aquí, en la penumbra, había dos camas juntas, y parecía que cuando amueblaron el dormitorio, tuvieron en cuenta que allí todo iba a estar muy bien siempre, y no podía ser de otra forma. Andrei Andréich conducía a Nadia por las habitaciones, y la tenía por el talle todo el tiempo; y ella se sentía débil, culpable, odiaba todas esas habitaciones, camas, butacas, la turbaba la dama desnuda. Para ella ya estaba claro, que había dejado de querer a Andrei Andréich o, acaso, no lo había querido nunca; pero cómo decir eso, a quién decirlo y para qué, ella no lo entendía y no lo podía entender, aunque pensaba en eso todos los días, todas la noches… Él la tenía por el talle, le hablaba con cariño, con modestia, estaba tan dichoso paseando por su apartamento; y ella veía en todo eso sólo trivialidad, una trivialidad estúpida, inocente, insufrible, y el brazo de él, que abrazaba su talle, le parecía áspero y frío, como un aro. Y a cada instante estaba dispuesta a escaparse, sollozar, a tirarse por la ventana. Andrei Andréich la llevó al baño, tocó allí un grifo empotrado en la pared, y de pronto corrió el agua.
-¿Cómo es? –dijo y se echó a reír. –Mandé a hacer en el desván un tanque para cien baldes, y ahora pues, tú y yo vamos a tener agua.
Pasearon por el patio, después salieron a la calle, tomaron un coche. El polvo flotaba en nubes densas, y parecía que casi-casi iba a llover.
-¿No tienes frío? –preguntó Andrei Andréich, entornando los ojos por el polvo.
Ella calló.
-Ayer, Sásha, recuerdas, me reprochó que yo no hago nada, -dijo él tras callar un poco. -¡Qué pues, tiene razón! ¡Infinitamente tiene razón! Yo no hago nada y no puedo hacer nada. Querida mía, ¿por qué es eso? ¿Por qué me repugna tanto, incluso, la idea de que yo, alguna vez, me pondré en la frente una visera y voy a servir? ¿Por qué me siento tan no a gusto, cuando veo a un abogado, o un maestro de lengua latina, o un miembro de la dirección? ¡Oh, mátushka Rusia! ¡Oh, mátushka Rusia, cuántos ociosos e inútiles cargas aún sobre ti! ¡Cuántos como yo tienes sobre ti, muy sufrida!
Y el hecho de que él no hacía nada lo generalizaba, veía en eso un signo de los tiempos.
-¡Cuando nos casemos, -continuó él, -pues iremos juntos al campo, querida mía, vamos a trabajar allá! Nos vamos a comprar un pedazo de tierra
pequeño, con un jardín, un río, vamos a trabajar, a observar la vida… ¡Oh, qué bueno va a ser eso!
El se quitó el sombrero, y los cabellos se le soltaron con el viento, y ella lo escuchaba y pensaba: “¡Dios, quiero ir a casa! ¡Dios!” Casi junto a la misma casa sortearon al padre Andrei.
-¡Y ahí va mi padre! –se alegró Andrei Andréich, y agitó el sombrero. –Quiero a mi padrecito, en verdad, -dijo, pagando al cochero. –Un viejo bueno. Un viejo bondadoso.
Entró Nadia a la casa enojada, malsana, pensando en que toda la noche iba a haber visitantes, que debería atenderlos, sonreír, escuchar el violín, escuchar toda clase de sandeces y hablar sólo de la boda. La abuela, con aire importante, con su vestido de seda pomposo, arrogante, como siempre se mostraba a los visitantes, estaba sentada junto al samovar. Entró el padre Andrei con su sonrisa pícara.
-Tengo el gusto y el bendito consuelo de verlos con buena salud, -le dijo a la abuela, y era difícil entender si bromeaba o hablaba en serio.
IV
El viento golpeaba en las ventanas, en el tejado; se oía un silbido, y en la estufa el duende cantaba su tonada de modo lastimero y lúgubre. Eran las doce de la noche pasadas. En la casa ya todos se habían acostado, pero nadie dormía, y a Nadia le parecía que tocaban el violín abajo. Se oyó un golpe brusco, debía ser, se había soltado un postigo. Al minuto entró Nina Ivánovna sólo en camisón, con una vela.
-¿Qué fue ese golpe, Nadia? –preguntó.
La madre, con los cabellos amarrados en una trenza, con una sonrisa tímida, en esa noche de tormenta, parecía mayor, no bonita, menor de estatura. Nadia recordó cómo, hacía poco aún, consideraba a su madre extraordinaria, y escuchaba orgullosa las palabras que decía, pero ahora no podía recordar de ningún modo esas palabras; todo lo que le venía a la memoria era débil, no necesario.
En la estufa resonó un canto de voces bajas, e incluso se oyó: “¡Ah-ah, Dio-o-os mío!” Nadia se sentó en la cama y, de pronto, se agarró con fuerza los cabellos, y sollozó.
-¡Mamá, mamá, -profirió, -mi querida, si supieras lo que me sucede! ¡Te lo ruego, te lo suplico, déjame irme! ¡Te lo suplico!
-¿A dónde? –preguntó Nina Ivánovna sin entender, y se sentó en la cama. -¿A dónde irte?
Nadia lloró largo tiempo, y no pudo pronunciar ni una palabra.
-¡Déjame irme de la ciudad! –dijo finalmente. –La boda no debe ser, y no va a ser, ¡entiende! Yo no quiero a ese hombre… Y no puedo hablar de él.
-No, querida mía, no, -dijo Nina Ivánovna con rapidez, asustada terriblemente. –Tú cálmate, eso tienes el espíritu indispuesto. Eso va a pasar. Eso sucede. Probablemente, te peleaste con Andrei, y los novios maldicen, pero se consuelan
6.
-¡Bueno, vete mamá, vete! –sollozó Nadia.
-Sí, -dijo Nina Ivánovna tras callar.–No hace mucho eras una niña, una muchacha, y ahora ya eres una novia. En la naturaleza hay un intercambio de sustancias constante. Y no vas a notar, cómo tú sola te harás una madre y una vieja, y vas a tener una hija tan rebelde, como la que tengo yo.
-Querida, buena mamá, tú pues eres inteligente, tú eres infeliz, -dijo Nadia, -tú eres muy infeliz, ¿para qué pues dices cosas triviales? ¿Por Dios, para qué?
Nina Ivánovna quiso decir algo, pero no pudo pronunciar ni una palabra, sollozó y se fue a su habitación. Las voces bajas aullaron en la estufa de nuevo, de pronto fue terrible. Nadia saltó de la cama y fue con rapidez a donde su madre. Nina Ivánovna, llorosa, estaba acostada en la cama, cubierta por una cobija celeste, y tenía en las manos un libro.
-¡Mamá, escúchame! –profirió Nadia. -¡Te lo suplico, piensa y entiende! Tú sólo entiende, hasta qué grado es mezquina y humillante nuestra vida. Se me abrieron los ojos, yo ahora lo veo todo. ¿Y qué es tu Andrei Andréich? ¡Pues él no es inteligente, mamá! ¡Señor, Dios mío! ¡Entiende, mamá, es un estúpido!
Nina Ivánovna se sentó con ímpetu.
-¡Tú y tu abuela me torturan! –dijo, tras sollozar. -¡Yo quiero vivir! ¡Vivir! –repitió, y se golpeó unas dos veces el pecho con el puño. -¡Denme pues libertad! ¡Yo aún soy joven, yo quiero vivir, y ustedes hicieron de mí una vieja!..
Rompió a llorar con amargura, se acostó y se acurrucó con la cobija, y parecía tan pequeña, menuda, tontita. Nadia fue a su habitación, se vistió y, sentada junto a la ventana, empezó a esperar la mañana. Toda la noche estuvo sentada y pensando, y alguien en el patio golpeaba el postigo y silbaba.
Por la mañana, la abuela se quejó de que en el jardín, por la noche, el viento había tumbado todas las manzanas y partido un viejo ciruelo. Estaba gris, opaco, lúgubre, aunque prendieras el fuego; todos se quejaban del frío, y la lluvia golpeaba en la ventana. Después del té, Nadia entró a lo de Sásha y, sin decir una palabra, se puso de rodillas en la esquina de la butaca, y se cubrió el rostro con las manos.
-¿Qué? –preguntó Sásha.
-No puedo… -profirió. -¡Cómo pude vivir aquí antes, no lo entiendo, no lo concibo! Desprecio a mi novio, me desprecio a mí misma, desprecio toda esta vida ociosa, sin sentido…
-Bueno, bueno… -profirió Sásha, sin entender aún de qué se trataba. –No es nada… Está bien.
-Esta vida me repugna, -continuó Nadia,-yo no soporto aquí ni un día más. Mañana mismo me voy de aquí. ¡Lléveme con usted, por Dios!
Sásha la miró por un instante, asombrado; finalmente, entendió y se alegró como un niño. Agitó las manos y empezó a patalear con las pantuflas, como bailando de júbilo.
-¡Magnífico! –decía, frotándose las manos. -¡Dios, qué bueno es esto!
Y ella lo miraba sin pestañar, con unos ojos grandes, enamorados, como encantada, esperando que él le dijera al instante algo significativo, ilimitado por su importancia; él aún no le decía nada, pero a ella ya le parecía que se le abría algo nuevo y amplio, que antes no conocía, y ya lo miraba llena de espera, dispuesta a todo, siquiera a la muerte.
-Mañana me voy, -dijo, tras pensar, -y usted va ir a la estación a acompañarme… Su equipaje lo voy a recoger en mi maleta, y el boleto se lo voy a comprar; y durante la tercera llamada va a entrar al vagón, y nos vamos a ir. Me va a acompañar hasta Moscú, y ahí irá sola a Petersburgo. ¿Pasaporte, tiene?
-Tengo.
-Le juro que no lo va a lamentar y no se va a arrepentir, -dijo Sásha con afición. –Va a ir, va a estudiar, y ahí que la lleve el destino. Cuando voltee su vida, pues todo va a cambiar. Lo principal, voltear la vida, y todo lo restante no es necesario. ¿Así, entonces, nos vamos mañana?
-¡Oh, sí! ¡Por Dios!
A Nadia le parecía que estaba muy emocionada, que tenía un peso en el alma como nunca, que ahora, hasta la misma partida, tendría que sufrir y pensar de modo torturante; pero apenas llegó a su habitación, arriba, y se acostó en la cama,
se durmió al instante; y durmió profundamente, con un rostro lloroso, con una sonrisa hasta la misma noche.
V
Mandaron por un coche. Nadia, ya con sombrero y paletó, fue arriba, para echar un vistazo a su madre otra vez, a todo lo suyo; estuvo parada en su habitación, junto a la cama aún cálida, examinó, después fue en silencio a donde su madre. Nina Ivánovna dormía, en la habitación había silencio. Nadia besó a su madre y le arregló los cabellos, estuvo parada unos dos minutos… Después, sin prisa, volvió abajo.
En el patio llovía fuerte. El coche, con el techo cerrado, todo mojado, estaba en la entrada.
-No te sientas con él, Nadia, -dijo la abuela, cuando el sirviente empezó a colocar las maletas. -¡Y qué gusto en acompañar con este tiempo! Si te quedaras en casa. ¡Mira pues qué lluvia!
Nadia quería decir algo y no podía. He aquí Sásha ayudó a subir a Nadia, le cubrió las piernas con la manta. He aquí él mismo se sentó a su lado.
-¡En hora buena! ¡El Señor bendiga! –gritó la abuela desde el
portal. -¡Tú pues, Sásha, escríbenos desde Moscú!
-Está bien. ¡Adiós, abuelita!
-¡Que te guarde la zarina celestial!
-¡Bueno, qué tiempo! –profirió Sásha.
Nadia sólo ahora rompió a llorar. Ahora ya estaba claro para ella, que se iba con seguridad, algo que no creía de todas formas, cuando se despedía de la abuela, cuando miraba a su madre. ¡Adiós, ciudad! Y de pronto lo recordó todo: Andrei, su padre, el nuevo apartamento y la dama desnuda con el jarrón; y todo eso ya no la asustaba, y no le pesaba, sino era inocente, menudo, y todo se iba atrás y atrás. Y cuando se sentaron en el vagón y el tren arrancó, pues todo ese pasado, tan grande y serio, se hizo un ovillo, y se desplegó un
futuro amplio, inmenso, que hasta ahora era tan poco notable. La lluvia golpeaba en las ventanas del vagón, se veía sólo el campo verde, pasaban los postes de telégrafo y los pájaros en los cables, y el júbilo de pronto se apoderó de su aliento: recordó que iba a la libertad, iba a estudiar, y eso era igual a lo que, alguna vez, hacía mucho tiempo, se llamaba “irse de cosaco”. Reía, lloraba y rezaba.
-¡No es naada! –decía Sásha enternecido. -¡No es naada!
VI
Pasó el otoño, tras éste pasó el invierno. Nadia ya extrañaba fuertemente, y cada día pensaba en su madre y su abuela, pensaba en Sásha. Las cartas que llegaban de la casa eran serenas, benignas, y parecía que todo ya había sido perdonado y olvidado. En mayo, después de los exámenes, saludable, contenta, fue a la casa, y se detuvo por el camino en Moscú, para verse con Sásha. Era el mismo de siempre, como el verano pasado: barbudo, con la cabeza greñuda, siempre con la misma levita y el pantalón de lona, con los mismos ojos grandes, hermosos; pero tenía un aspecto malsano, torturado, había envejecido y adelgazado, y tosía. Y por algo le pareció a Nadia gris, provinciano.
-¡Dios mío, vino Nadia! –dijo, y se echó a reír contento. -¡Mi querida, hijita!
Se sentaron en la litografía, donde olía a cigarro, acuarela y pinturas fuertemente, hasta la asfixia; después fueron a su habitación, donde olía a cigarro, a escupida; sobre la mesa, junto al samovar enfriado, yacía un plato roto con un papelito oscuro, y en la mesa y el suelo había muchas moscas muertas. Y allí se veía por todo, que Sásha había organizado su vida privada de modo negligente, vivía como le viniera, con un absoluto desprecio hacia las comodidades, y si alguien hablara con él de su dicha privada, de su vida privada, de amor a él, pues él no hubiera entendido nada, y sólo se hubiera echado a reír.
-No es nada, todo resultó favorable, -contaba Nadia apurada. –Mamá vino a verme en otoño a Petersburgo, dijo que la abuela no estaba enojada, y sólo iba siempre a mi habitación, y persignaba las paredes.
Sásha miraba contento, pero tosía y hablaba con una voz cascada, y Nadia lo miraba fijamente y no entendía, si en realidad estaba seriamente enfermo, o sólo le parecía así.
-¡Sásha, querido mío, -dijo, -pero usted está enfermo!
-No, no es nada. Estoy enfermo, pero no mucho…
-Ah, Dios mío, -se inquietó Nadia, -¿por qué no se cura, por qué no cuida su salud? Querido mío, gentil Sásha, -profirió ella, y las lágrimas brotaron de sus ojos, y por algo surgieron en su imaginación Andrei Andréich, la dama desnuda con el jarrón y todo su pasado, que parecía ahora tan lejano como la infancia; y rompió a llorar por que Sásha ya no le parecía tan novedoso, intelectual e interesante como había sido el año pasado. –Gentil Sásha, usted está muy, muy enfermo. ¡Yo no sé lo que haría para que no estuviera tan pálido y delgado! ¡Yo le debo tanto! ¡Usted no se puede imaginar incluso, cuánto hizo por mí, mi buen Sásha! En esencia, para mí ahora, usted es el hombre más cercano, más familiar.
Estuvieron sentados, hablaron; y ahora, después que Nadia pasó el invierno en Petersburgo, emanaba de Sásha, de sus palabras, de su sonrisa y de toda su figura algo ya vivido, pasado de moda, cantado hacía tiempo y, acaso, ya ido a la tumba.
-Yo, pasado mañana, voy al Volga, -dijo Sásha, -bueno, y después al kumis
7. Quiero tomar kumis. Y conmigo va un amigo con su esposa. La esposa es una persona asombrosa; yo siempre la empujo, la convenzo, para que vaya a estudiar. Quiero que voltee su vida.
Tras hablar, fueron a la estación. Sásha la convidó con té y manzanas; y cuando el tren arrancó y él, sonriendo, agitaba el pañuelo, se veía incluso por sus piernas que estaba muy enfermo, y apenas viviría mucho tiempo.
Llegó Nadia a su ciudad al mediodía. Cuando iba de la estación a la casa, las calles le parecían muy anchas, y las casas pequeñas, achatadas; no había gente, y sólo se encontró con el alemán-afinador, de paletó rojizo. Y todas las casas estaban como cubiertas de polvo. La abuela, ya vieja por completo, rolliza y no bonita como antes, agarró a Nadia con sus manos y lloró largo tiempo, pegando el rostro a su hombro, y no podía apartarse. Nina Ivánovna también había envejecido fuertemente, y afeado, como que se había sumido toda, pero aún, como antes, estaba con un vestido ceñido, y los brillantes brillaban en sus dedos.
-¡Querida mía! –decía con todo el cuerpo temblando. -¡Querida mía!
Después se sentaron y lloraron calladas. Se veía que la abuela y la madre sentían, que el pasado estaba perdido para siempre y era irreversible: no había ya ni la posición en la sociedad, ni el honor anterior, ni el derecho a invitar de visita a la casa; así sucedía cuando, en medio de una vida ligera, despreocupada, de pronto llegaba la policía de noche, hacía un registro, y resultaba que el amo de la casa había malversado, falsificado, ¡y adiós para siempre entonces la vida ligera, despreocupada!
Nadia fue arriba y vio el mismo lecho, la misma ventana con sus cortinas blancas, inocentes, y en las ventanas el mismo jardín inundado de sol, alegre, ruidoso. Tocó su mesa, se sentó, pensó. Y almorzó bien, y tomó té con una crema sabrosa, grasosa, pero algo faltaba ya, se sentía el vacío en las habitaciones, y los techos eran bajos. Al anochecer se acostó a dormir, se cubrió, y por algo le era risible estar acostada en esa cama tibia, muy blanda.
Vino por un instante Nina Ivánovna, se sentó como se sientan los culpables, con timidez y vueltas de rostro.
-¿Bueno, cómo, Nadia? –preguntó, tras callar. -¿Estás satisfecha? ¿Muy satisfecha?
-Satisfecha, mamá.
Nina Ivánovna se levantó y persignó a Nadia y a las ventanas.
-Y yo, como ves, me volví religiosa, -dijo. –Sabes, ahora me dedico a la filosofía, y siempre pienso, pienso… Y para mí ahora, muchas cosas se han vuelto claras, como el día. Ante todo, es necesario que toda la vida pase como a través de un prisma.
-Dime, mamá, ¿cómo está la salud de abuela?
-Como que no mal. Cuando te fuiste entonces con Sásha, y llegó un telegrama tuyo, la abuela, cuando lo leyó, así y se cayó; tres días estuvo acostada, sin moverse. Después le rezaba a Dios, y lloraba. Y ahora no está mal.
Se levantó y se paseó por la habitación.
“Tic-toc… -golpeaba el guarda. –Tic-toc, tic-toc…”
-Ante todo, es necesario que toda la vida pase como a través de un prisma, -dijo, -o sea, en otras palabras, es necesario que la vida, en la conciencia, se divida en los elementos más sencillos, como en los siete colores primarios, y cada elemento hay que estudiarlo por separado.
Lo que dijo aún Nina Ivánovna, y cuándo se fue, Nadia no lo oyó, ya que se durmió pronto.
Pasó mayo, llegó junio. Nadia ya estaba habituada a la casa. La abuela se afanaba alrededor del samovar, suspiraba profundo; Nina Ivánovna contaba por las noches de su filosofía; vivía como antes en la casa como un comensal, y debía dirigirse a la abuela por cada dos grívenniks. Había muchas moscas en la casa, y los techos de las habitaciones, al parecer, se hacían más y más bajos. La abuelita y Nina Ivánovna no salían a la calle, por miedo a encontrarse con el padre Andrei y Andrei Andréich. Nadia andaba por el jardín, por la calle, miraba las casas, las vallas grises, y le parecía que en la ciudad ya todo había envejecido hacía tiempo, expirado, y que todo esperaba ya el final, ya el inicio de algo joven, fresco. ¡Oh, si llegara rápido esa vida nueva, clara, cuando podría mirar directo y con valentía a los ojos de su destino, sentirse con razón, estar contenta, ser libre! ¡Y esa vida tarde o temprano llegaría! Pues habría un tiempo en que, de la casa de la abuela, donde todo estaba tan dispuesto, que cuatro sirvientes no podían vivir de otro modo, que sólo en una habitación, en el piso del sótano, en la suciedad, habría un tiempo en que de esa casa no quedaría ni una huella, y la olvidarían, nadie la iba a recordar. Y a Nadia la entretenía sólo los chiquillos del patio vecino; cuando paseaba por el jardín, éstos golpeaban la valla y se burlaban de ella con risas:
-¡La novia! ¡La novia!
Llegó de Sarátov una carta de Sásha. Con su letra alegre, danzante, escribía que el viaje por el Volga se le había dado por completo, pero que en Sarátov se enfermó un poco, perdió la voz y ya hacía dos semanas que estaba en el hospital. Ella entendió lo que eso significaba, y un presagio parecido a una certeza se apoderó de ella. Y le era desagradable que ese presagio, y la idea de Sásha no la inquietaban así como antes. Quería apasionadamente vivir, quería ir a Petersburgo, y el haber conocido a Sásha le parecía algo tierno, pero lejano, ¡un pasado lejano! No durmió en toda la noche, y por la mañana estuvo sentada junto a la ventana, prestando oídos. Y en efecto, se oyeron unas voces abajo; la abuela alarmada empezó a preguntar sobre algo con rapidez. Después alguien rompió a llorar… Cuando Nadia llegó abajo, la abuela estaba parada en una esquina y rezaba, y tenía un rostro lloroso. Sobre la mesa yacía un telegrama.
Nadia caminó
largo tiempo por la habitación, escuchando cómo lloraba la abuela, después tomó el telegrama, lo leyó. Se informaba que ayer por la mañana, en Sarátov, había fallecido de tuberculosis Alexánder Timoféich o, simplemente, Sásha.
La abuela y Nina Ivánovna fueron a la iglesia, a encargar un réquiem, y Nadia anduvo aún largo tiempo por la habitación, pensando. Reconocía claramente que su vida estaba volteada, como quería aquel Sásha, que aquí estaba sola, ajena, no era necesaria, y que no necesitaba nada de allí; todo lo anterior se lo habían quitado y había desaparecido, como si se hubiera quemado, y la ceniza se había esparcido por el viento. Entró a la habitación de Sásha, estuvo parada allí.
“¡Adiós, querido Sásha!” –pensaba, e imaginaba en lo adelante una vida nueva, amplia, espaciosa, y esa vida, aún no clara, llena de secretos, la cautivaba y llamaba.
Fue a su habitación arriba, a empacar, y al otro día por la mañana se despidió de los suyos y, vívida, contenta, abandonó la ciudad, como suponía, para siempre.
1Con pecado a medias (expresión familiar), a duras penas, bien que mal, así así.
2Pince-nez
, lentes, quevedos.
3
Alusión a la parábola del hijo pródigo. “Y el menor de ellos dijo al padre: ´Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.´ Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino” (Lucas 15:11-32).
4Borsh
, sopa rusa con remolacha, col y verduras.
5Patience
, solitario.
6Los novios maldicen, pero se consuelan
(refrán), aproximadamente, amores reñidos, los más queridos.
7Kumis
, bebida nutritiva a base de leche de yegua fermentada.
Título original: Nevesta, publicado por primera vez en la revista Zhurnal dlia vsej, 1903, Nº 12, con la firma: "Antón Chejov".Imagen: John Singer Sargent, Madame Ramon Subercaseaux, 1880.