sábado, 26 de enero de 2008

Viérochka


Iván Alexéevich Ognióv recordaba cómo, esa noche de agosto, abrió la puerta del cristal con sonido y salió a la terraza. Llevaba puesto entonces una capa de pelerina y un sombrero de pajilla de alas anchas, ese mismo que, con las botas de montar, estaba ahora tirado en el polvo, debajo de la cama. En una mano tenía un gran atado de libros y cuadernos, en la otra un bastón grueso, nudoso.
Tras la puerta, alumbrando el camino con una lámpara, estaba parado el amo de la casa, Kuznietzóv, un viejo calvo con una barba larga, canosa, y una chaqueta de piqué blanca como la nieve. El viejo sonreía de modo bondadoso y asentía con la cabeza.
—¡Adiós, mayor! —le gritó Ognióv.
Kuznietzóv puso la lámpara sobre la mesita y salió a la terraza. Dos sombras largas, estrechas, caminaron por los peldaños hacia los canteros floridos, oscilaron y apoyaron sus cabezas en los troncos de los tilos.
—¡Adiós, y gracias una vez más, hijito! —dijo lván Alexéich—. Gracias por su acogida, por su cariño, por su amor... Nunca, por los siglos de los siglos, voy a olvidar su hospitalidad. Y usted es bueno, y su hija es buena, y todos ahí en su casa son buenos, alegres, acogedores... ¡Una sociedad tan excelente, que no lo sé decir!
Por la abundancia de sensaciones, y bajo la influencia del licor recién bebido, Ognióv hablaba con una voz cantarina de alumno de gimnasio, y estaba tan conmovido, que expresaba sus sensaciones no tanto con palabras, como parpadeando y encogiendo los hombros. Kuznietzóv, también bebido y conmovido, se estiró hacia el joven y lo besó.
—¡Me acostumbré a ustedes, como una larva!—continuó Ognióv. —Andorreaba casi todos los días a vuestra casa, me quedé a dormir unas diez veces, y tomé tanto licor, que me da miedo recordarlo ahora. Y lo principal, por qué las gracias, Gavríl Petróvich, pues por su colaboración y ayuda. Sin usted, hubiera batallado hasta octubre con mi estadística. Así lo voy a escribir en el prólogo: considero un deber expresar mi gratitud, al presidente de la Dirección rural del distrito N-skii, Kuznietzóv, por su amable colaboración. ¡La estadística tiene un futuro brillante! ¡A Viéra Gavrílovna una reverencia profunda, y a los doctores, a los dos jueces de instrucción y a su secretario, trasmítales que nunca olvidaré su ayuda! ¡Y ahora, mayor, abracémonos mutuamente, y démonos el último ósculo!
El extenuado Ognióv intercambió besos con el anciano otra vez, y empezó a bajar. En el último peldaño, se volvió a mirar y preguntó:
—¿Nos veremos alguna otra vez?
—¡Dios sabe! —respondió el viejo—. ¡Probablemente, nunca!
—¡Sí, es verdad! A Peter, a usted, ni con un bollo lo atraes, y yo apenas venga a dar alguna vez a este distrito. ¡Bueno, adiós!
—¡Si dejara los libros aquí! —le gritó por detrás Kusnietzóv—.¿Qué gusto tiene en cargar ese peso? Yo se los mandaría mañana con una persona.
Pero Ognióv no escuchaba ya, y se alejaba rápido de la casa. En su alma, animada por el vino, había júbilo, calidez y tristeza... Iba y pensaba, en cuán a menudo tocaba en la vida encontrar personas buenas, y que era una lástima que de esos encuentros, no quedaran más que los recuerdos. Sucedía así, que las grullas pasaban fugaces por el horizonte, un viento débil traía su grito lastimero-entusiasta, y al instante, con cual ansiedad no miraras la lejanía azul, no veías ni un punto, no oías ni un sonido; asimismo las personas, con sus rostros y sus palabras, pasaban fugaces por la vida y se anegaban en nuestro pasado, sin dejar más que unas huellas mínimas en la memoria. Viviendo desde la misma primavera en el distrito N-skii, y visitando casi todos los días a los cariñosos Kuznietzóv, Iván Alexéich se habituó al viejo y a su hija como a sus parientes, a la servidumbre, estudió hasta los detalles toda la casa, la terraza acogedora, las curvas de las alamedas, las siluetas de los árboles sobre la cocina y el baño; pero al salir ahora por la portezuela, todo eso se convertiría en un recuerdo, y perdería su significado real para siempre, y pasarían uno, dos años, y todas esas imágenes graciosas se apagarían en su conciencia, al igual que las invenciones y los frutos de su fantasía.
"¡En la vida no hay nada más valioso que las personas! —pensaba Ognióv conmovido, caminando por la alameda hacia la portezuela—. ¡Nada!"
En el jardín había silencio y calidez. Olía a reseda, tabaco y heliotropo, que aún no alcanzaban a marchitarse en los canteros. Los espacios entre los arbustos y los troncos de los árboles, estaban llenos de una neblina no densa, tierna, impregnada de luz lunar por completo, y lo que quedaría en la memoria de Ognióv por largo tiempo, unos jirones de neblina parecidos a fantasmas, en silencio, pero de modo notable a los ojos, andaban unos tras otros por las alamedas. La luna estaba en lo alto sobre el jardín, y debajo de ella, por algún lugar hacia el este, volaban manchas nubladas diáfanas. Todo el mundo, al parecer, se componía de siluetas negras y sombras blancas errantes, y Ognióv, que observaba la neblina de la noche de luna de agosto, casi, por primera vez en su vida, pensaba que veía no la naturaleza, sino una decoración, donde unos pirotécnicos incapaces, deseando iluminar el jardín con luces de bengala blancas, se habían apostado bajo los arbustos, y echaban humo blanco junto con las luces.
Cuando Ognióv se acercaba a la portezuela del jardín, de la empalizada inferior se separó una sombra oscura, y fue a su encuentro.
—¡Viéra Gavrílovna! —se alegró—. ¿Usted aquí? Y yo buscando, buscando, quería despedirme... ¡Adiós, me voy!
—¿Tan temprano? Pues aún son las once.
—¡No, es hora! Tengo que ir cinco vérstas, y aún hay que empacar... Mañana hay que levantarse temprano...
Ante Ognióv estaba la hija de Kuznietzóv, Viéra, una muchacha de 21 años, de hábito triste, vestida con descuido, interesante. Las muchachas que sueñan mucho y, por días enteros, acostadas con pereza, leen todo lo que cae en sus manos, que se aburren y entristecen, se visten por lo general con descuido. A esas de ellas, que la naturaleza dotó del gusto y del instinto de la belleza, ese ligero descuido en el vestido les brinda un encanto peculiar. Por lo menos, Ognióv, al recordar en lo posterior a la bonita Viérochka, no se la podía imaginar sin la chaqueta holgada, que se arrugaba en el talle en pliegues profundos, y con todo no tocaba el talle, sin el rizo que le caía sobre la frente desde el peinado alto, sin ese chal rojo, tejido, con bolitas peludas en los bordes, que por las noches, como una bandera en tiempo calmo, colgaba tristemente del hombro de Viérochka, y de día estaba tirado, arrugado en el vestíbulo, junto a los gorros masculinos, o en el comedor sobre un baúl, donde la vieja gata dormía sobre él sin ceremonias. De ese chal y de los pliegues de la chaqueta emanaba libertad, pereza, espíritu hogareño, bondad. Acaso por que Viéra le gustaba a Ognióv, él sabía leer en cada botoncito y volante algo cálido, acogedor, ingenuo, algo bueno y poético que le faltaba, precisamente, a las mujeres no sinceras, frías y carentes del sentido de la belleza.
Viérochka estaba bien formada, tenía un perfil correcto y unos bonitos cabellos ondeados. A Ognióv, que había visto pocas mujeres en su vida, le parecía una belleza.
—¡Me voy! —decía al despedirse de ella junto a la portezuela—. ¡No me guarde rencor! ¡Gracias por todo!
Con la misma voz cantarina de alumno de gimnasio, con que platicaba con el viejo, así mismo parpadeando y encogiendo los hombros, le empezó a agradecer a Viéra por la hospitalidad, el cariño y la acogida.
—De usted le escribía a mi madre en cada carta —decía—. Si todos fueran así como usted y su padrecito, pues no sería la vida en el mundo, sino un carnaval. ¡Ustedes tienen una sociedad excelente! Una gente sencilla, afectuosa, sincera.
—¿Usted ahora, a dónde va? —preguntó Viéra.
—Ahora voy a ver a mi madre, en Oriol, estaré donde ella un par de semanas, y allá, a Peter, al trabajo.
—¿Y después?
—¿Después? Voy a trabajar todo el invierno, y en primavera de nuevo a algún lugar, a un distrito, a recoger material. Bueno, que sea feliz, que viva cien años... no me guarde rencor. No nos vamos a ver más...
Ognióv se inclinó y besó la mano de Viérochka. Luego, con emoción callada, se arregló la capa con pelerina, tomó más cómodo el atado de libros, calló un poco y dijo:
—¡Cuánta niebla se formó pues!
—Sí. ¿No olvidó nada en la casa?
—¿Qué pues? Parece que nada...
Unos segundos Ognióv estuvo parado callado, después se volvió torpemente hacia la portezuela, y salió del jardín.
—Espere, lo voy a acompañar hasta nuestro bosque —dijo Viéra saliendo tras él.
Fueron por el camino. Ahora los árboles ya no tapaban el espacio, y se podía ver el cielo y la lejanía. Como cubierta por un velo, toda la naturaleza se escondía tras una bruma diáfana, mate, a través de la que asomaba contenta su belleza; la neblina, donde más densa y blanca, se posaba irregularmente entre las hacinas y los arbustos, o vagaba en jirones por el camino, se pegaba a la tierra, y como que intentaba no tapar consigo el espacio. A través de la bruma, se veía todo el camino hasta el bosque, con las cunetas oscuras a los costados y los arbustos menudos, que crecían en las cunetas y no dejaban vagar los jirones de neblina. A media vérsta de la portezuela, se oscurecía la franja del bosque de Kuznietzóv.
"¿Para qué vino conmigo? ¡Pues la tendré que acompañar de vuelta!" —pensó Ognióv pero, echando un vistazo al perfil de Viéra, sonrió con cariño y dijo:
—¡No quisiera irme con un tiempo tan bueno! Una noche verdaderamente romántica, con luna, con silencio y con todos los honores. ¿Sabe qué, Viéra Gavrílovna? Yo vivo en este mundo hace veintinueve años, pero no tuve un romance ni una vez en mi vida. En toda mi vida ni una historia romántica, así que el rendezvous, los suspiros en las alamedas y los besos, los conozco sólo de oídas. ¡No es normal! En la ciudad, cuando estás sentado en tu número, no notas esa laguna, pero aquí, al aire libre, se siente fuerte... ¡Como que se hace ofensivo!
—¿Por qué pues así?
—No sé. Probablemente, nunca tuve tiempo en toda mi vida; y puede ser, simplemente, no me tocó encontrar mujeres que... En general, tengo pocos conocidos, y no voy a ningún lugar.
Unos trescientos pasos los jóvenes los pasaron callados. Ognióv echaba vistazos a la cabeza descubierta y al chal de Viérochka, y en su alma, uno tras otro, renacían los días de primavera y de verano; ése había sido un tiempo en que, lejos de su grisáceo número de Petersburgo, gozando del cariño de las personas buenas, de la naturaleza y del trabajo querido, no alcanzaba a advertir, cómo los crepúsculos matutinos eran sustituidos por los vespertinos, y cómo uno tras otro, prediciendo el final del verano, dejaban de cantar primero el ruiseñor, después la codorniz, y un poco más tarde el rascón... El tiempo volaba de modo inadvertido, entonces, se vivía bien y fácil... Se puso a recordar en voz alta con qué poco gusto él, no rico, no habituado al movimiento y a las personas, a fines de abril, venía aquí, al distrito N-skii, donde esperaba encontrar aburrimiento, soledad e indiferencia a la estadística que, en su opinión, ocupaba ahora entre las ciencias el lugar más destacado. Al llegar una mañana de abril al poblado del distrito N., se alojó en la posada del creyente-antiguo Riabúgin1, donde por dos grívens diarios le dieron una habitación iluminada y limpia, con la condición de que fuera a fumar a la calle. Descansado y averiguado quién era en el distrito el presidente de la Dirección rural, fue a pie sin demora a la casa de Gavríl Petróvich. Tuvo que andar cuatro vérstas de praderas exuberantes y boscajes jóvenes. Bajo las nubes, inundando el aire de sonidos argentos, vibraban las alondras, y sobre los labrados verdosos, agitando las alas de modo respetable y solemne, volaban los grajos.
—Señor—se asombraba entonces Ognióv—, ¿será posible que aquí siempre respiren este aire, o eso sólo hoy huele así, en aras de mi llegada?
Esperando una recepción seca, oficial, entró a la casa de los Kuznietzóv indeciso, mirando de soslayo y tirando de su barbita con timidez. El viejo primero arrugó la frente y no entendió, para qué éste joven, con su estadística, podría necesitar la Dirección rural, pero cuando él le explicó con amplitud qué era el material estadístico, y dónde se recogía, Gavríl Petróvich revivió, empezó a sonreír y, con curiosidad infantil, se puso a consultar sus cuadernos... A la noche de ese mismo día, Iván Alexéich ya cenaba en casa de los Kuznietzóv, se mareaba rápido con el licor fuerte y, mirando los rostros serenos y los movimientos perezosos de sus nuevos conocidos, sentía en todo su cuerpo esa pereza dulce, soñolienta, con la que se quisiera dormir, estirarse, sonreír. Y los nuevos conocidos lo observaban de modo bondadoso, y le preguntaban si su padre y madre vivían, cuánto ganaba al mes, si iba al teatro a menudo...
Recordó Ognióv sus recorridos por los distritos, los picnics, la pesca, el viaje con toda la sociedad al monasterio femenino de la abadesa Márfa, que le regaló a cada uno de los visitantes un monedero de abalorios; recordó las discusiones acaloradas, interminables, puramente rusas, en que los discutidores, gruñendo y golpeando la mesa con los puños, no se entendían e interrumpían los unos a los otros sin advertirlo, se contradecían a cada frase, cambiaban el tema a cada rato y, tras discutir unas dos-tres horas, se reían:
—¡El diablo sabe para qué armamos la discusión! ¡Empezamos con “la salud”, y terminamos con “el descanso”!
—¿Y recuerda cómo usted, el doctor y yo fuimos a caballo a Shestóvo? —decía Iván Alexéich a Viéra, acercándose con ella al bosque—.Entonces aún encontramos a un mendigo. Yo le di un quinto, y él se persignó tres veces y tiró mi quinto al centeno. ¡Señor, me llevo tantas impresiones, que si se pudiera juntarlas en una masa compacta, pues se obtendría un buen lingote de oro! No entiendo, ¿por qué las personas inteligentes y sensibles se apretujan en las capitales, y no vienen acá? ¿Acaso en la Niévski, y en las casas grandes y húmedas, hay más espacio y verdad que aquí? En verdad, a mí, mis habitaciones amuebladas, abarrotadas de arriba a abajo de pintores, científicos y periodistas, siempre me parecieron un prejuicio.
A veinte pasos del bosque había, en el camino, un pequeño puentecito estrecho, con pilares en las esquinas, que siempre, durante los paseos nocturnos, servía a los Kuznietzóv y a sus visitantes de estación pequeña. Desde allí los deseosos podían burlarse del eco del bosque, y se veía cómo el camino desaparecía en una entresaca negra.
—¡Bueno, y aquí está el puentecito! —dijo Ognióv—. Aquí usted tiene que volver atrás...
Viéra se detuvo y cobró aliento.
—Vamos a sentarnos —dijo ella, sentándose en uno de los pilares—. Antes de la partida, cuando se despiden, comúnmente, todos se sientan2.
Ognióv se acomodó junto a ella, sobre su atado de libros, y continuó hablando. Ella respiraba con dificultad por el andar, y no miraba a Iván Alexéich, sino a algún lugar al costado, de modo que él no veía su rostro.
—Y de pronto, dentro de unos diez años, nos encontramos —decía él—. ¿Cómo seremos entonces? Usted será ya una respetable madre de familia, y yo el autor de algún respetable tomo estadístico, que no le hace falta a nadie, grueso como cuarenta mil tomos. Nos vamos a encontrar y recordar los viejos tiempos... Ahora sentimos el presente, nos llena y nos emociona, pero entonces, en el encuentro, ya no vamos a recordar ni la fecha, ni el mes, ni incluso el año en que nos vimos por última vez, en este puentecito. Usted, es posible, cambiará... Escuche, ¿cambiará usted?
Viéra se estremeció y volvió el rostro hacia él.
—¿Qué?—preguntó.
—Yo le preguntaba ahora...
—Perdone, yo no oía, lo que usted decía.
Sólo entonces, Ognióv advirtió el cambio en Viéra. Estaba pálida, sofocada, y el temblor de su respiración se trasmitía a sus manos, sus labios, su cabeza, y de su peinado caían sobre su frente no un mechón, como siempre, sino dos... Por lo visto, evitaba mirar directo a los ojos y, al intentar ocultar su emoción, ya se arreglaba el cuellito del vestido, que parecía cortarle el cuello, ya se corría su chal rojo de un hombro al otro...
—Usted, parece, tiene frío —dijo Ognióv—. Estar sentado en la neblina, no es del todo saludable pues. Vamos pues, la voy a acompañar nach hause.
Viéra callaba.
—¿Qué le pasa?—sonrió Iván Alexéich—. Usted calla, y no responde a mis preguntas. ¿No está saludable, o está enojada? ¿Ah?
Viéra pegó la palma de su mano a la mejilla, dirigida hacia el lado de Ognióv, y al instante la retiró con brusquedad.
—Es una situación horrible... —susurró con una expresión de fuerte dolor en el rostro—. ¡Horrible!
—¿En qué pues es horrible? —preguntó Ognióv, encogiéndose de hombros y sin ocultar su sorpresa—. ¿De qué se trata?
Aún respirando con dificultad y con los hombros estremecidos, Viéra le dio la espalda, miró medio minuto al cielo, y dijo:
—Me hace falta hablar con usted, Iván Alexéich...
—La escucho.
—A usted, puede ser, le va a parecer extraño... se va a asombrar, pero a mí me da lo mismo...
Ognióv se encogió de hombros otra vez, y se preparó a escuchar.
—Mire qué... -empezó Viérochka, inclinando la cabeza y tirando con sus dedos de una bolita del chal—. Ve, yo, mire qué… le quería decir... Le va a parecer extraño y… estúpido, pero yo... yo no puedo más.
Las palabras de Viéra pasaron a un balbuceo confuso, y de pronto se cortaron con un llanto. La muchacha se cubrió el rostro con el chal, se inclinó aún más, y rompió a llorar con amargura. Iván Alexéich graznó turbado y, admirado, no sabiendo qué decir ni hacer, echó una mirada sin esperanza a su alrededor. Por el no hábito del llanto y las lágrimas, a él mismo le picaban los ojos.
—¡Bueno, esto aún!... —empezó a balbucir extraviado—. Viéra Gavrílovna, ¿pero para qué esto, se pregunta? Hijita, ¿está… está enferma? ¿O alguien la ofendió? Dígamelo, puede ser, yo este... la sepa ayudar…
Cuando él, al intentar consolarla, se permitió quitar las manos de su rostro con cautela, ella le sonrió a través de las lágrimas, y profirió:
—¡Yo... yo lo amo!
Estas palabras, simples y ordinarias, fueron dichas en un sencillo lenguaje humano, pero Ognióv, con fuerte turbación, se volteó ante Viéra, se levantó y, tras la turbación, sintió miedo.
La tristeza, la calidez y el estado de ánimo sentimental, que le habían producido la despedida y el licor, de pronto desaparecieron, cediendo lugar a una brusca, desagradable sensación de embarazo. Como si el alma se le hubiera volteado, miraba de soslayo a Viéra, y ahora ella, que después de declarado su amor, se había despojado de ese aire inaccesible, que tanto adorna a la mujer, le parecía como que más baja de estatura, más sencilla, más oscura.
"¿Qué es esto pues?—se aterró para sí—. Pero es que yo pues... ¿la amo, o no? ¡He aquí una tarea pues!"
Y ella, cuando lo principal y penoso fue dicho finalmente, respiró ya con alivio y libertad. Se levantó también y, mirando directo al rostro de Iván Alexéich, empezó a hablar con rapidez, sin contención, de modo acalorado.
Así como la persona asustada de súbito, no puede recordar después el orden, en que se alternaron los sonidos de la catástrofe que la desconcertó, así Ognióv no recordaba las palabras y las frases de Viéra. Sólo recordaba el contenido de sus palabras, a ella misma, y la sensación que le producían sus palabras. Recordaba su voz como asfixiada, un poco ronca por la emoción, la música inusitada y el apasionamiento de sus entonaciones. Llorando, riendo, con lágrimas brillando en sus pestañas, ella le decía que, desde los primeros días de conocerlo, la había sorprendido con su originalidad, inteligencia, con sus ojos buenos, inteligentes, con sus tareas y objetivos de vida, que se había enamorado de él de un modo apasionado, alocado, profundo; que cuando en verano entraba del jardín a la casa, y veía en el vestíbulo su capa con pelerina, u oía desde lejos su voz, el corazón se le llenaba de un friecito, de un presagio de dicha; incluso sus bromas banales la hacían reír a carcajadas, en cada cifra de sus cuadernos, ella veía algo juicioso y grandioso en extremo, su bastón nudoso le parecía más hermoso que los árboles.
Y el bosque, los jirones de neblina y las cunetas negras a los costados del camino, al parecer, callaron y la escucharon, y en el alma de Ognióv se producía algo no bueno, y extraño... Al declararle su amor, Viéra estaba encantadora, hermosa; hablaba de modo bello y apasionado, pero él no sentía ni placer, ni alegría de vivir, como quisiera, sino sólo una sensación de compasión por Viéra, dolor y lástima, de que por él sufría una persona buena. Dios sabe si habló en él la razón libresca, o se manifestó esa insuperable objetividad habitual, que tan a menudo le impide a las personas vivir, pero el entusiasmo y el sufrimiento de Viéra le parecían melosos, no serios, y al mismo tiempo la sensación de turbación le susurraba, que todo lo que veía y oía ahora, desde el punto de vista de la naturaleza y la dicha personal, era más serio que todas las estadísticas, los libros, las verdades... Y se enfurecía y se culpaba a sí mismo, aunque no entendía en qué, precisamente, consistía su culpa.
Para colmo de su embarazo, resueltamente, no sabía qué decir, y era necesario decir algo. Para decirle directamente "yo no la amo" no tenía fuerzas, pero decir "sí" no podía por que, cuanto no hurgara, no hallaba en su alma incluso una chispita...
Él callaba y ella, entre tanto, le decía que no tenía mayor dicha que verlo, ir tras él, siquiera ahora, ser su mujer y ayudante, y que si la dejaba, pues se moriría de angustia...
—¡Yo no puedo quedarme aquí! —dijo, torciendo los brazos—. Me repugna la casa, el bosque, el aire. ¡No soporto el descanso constante y la vida sin objetivo, no soporto a las personas insulsas y pálidas, que se parecen las unas a las otras, como dos gotas de agua! Todas son cordiales y bondadosas porque están saciadas, no sufren, no luchan... Y yo quiero ir, precisamente, a las casas grandes, húmedas, donde sufren, están ensañados con el trabajo y la necesidad...
Y eso también le pareció a Ognióv meloso y no serio. Cuando Viéra terminó, él no sabía aún qué decir, pero callar no se podía, y empezó a balbucear:
—Yo, Viéra Gavrílovna, le estoy muy agradecido, aunque siento que no merezco en absoluto tal... sentimiento... de su parte. En segundo lugar, como hombre honrado, debo decir que... la felicidad se basa en el equilibrio, o sea, cuando ambas partes... aman igual...
Pero al instante, Ognióv se avergonzó de su balbuceo, y se calló. Sentía que en ese momento su rostro era estúpido, culpable, plano, que era tenso y tirante... Viéra, debía ser, supo leer la verdad en su rostro, por que de pronto se puso seria, palideció y bajó la cabeza.
—Discúlpeme —musitó Ognióv, sin soportar el silencio—.Yo la respeto tanto que... ¡me duele!
Viéra se volteó con brusquedad y fue atrás rápido, hacia la hacienda. Ognióv la siguió.
—¡No, no hace falta! —dijo Viéra agitando sus manos como pinceles—.No venga, yo llego sola...
—No, de todas formas… no se puede no acompañar...
Lo que dijera Ognióv, todo, hasta la última palabra, le parecía repulsivo y plano. La sensación de culpa le crecía a cada paso. Se enfurecía, apretaba los puños y maldecía su frialdad e ineptitud para conducirse con las mujeres. Intentando excitarse, miraba el talle bonito de Viérochka, su trenza, y las huellas que dejaban sus piececitos pequeños en el camino polvoriento, recordaba sus palabras y lágrimas, pero todo eso sólo enternecía, y no irritaba su alma.
"¡Ah, pero no se puede amar a la fuerza! —se convencía a sí mismo, y al mismo tiempo pensaba—: “¿Cuándo pues amaré no a la fuerza? Pues ya tengo casi treinta años. Yo nunca encontré mujeres que fueran mejores que Viéra, y nunca las voy a encontrar... ¡Oh, vejez de perro! ¡Vejez a los treinta años!"
Viéra iba delante de él más y más rápido, sin volverse a mirar y con la cabeza baja. A él le parecía que ella, con la pena, se había sumido, achicado de hombros...
"¡Me imagino lo que sucede ahora en su alma! —pensaba, mirando su espalda—. ¡Seguro, le da vergüenza, y un dolor, que hasta se quisiera morir! ¡Señor, en toda esta vida hay tanta poesía, sentido, que hasta una piedra se conmovería, y yo... yo soy un estúpido y un absurdo!"
Junto a la portezuela, Viéra le echó un vistazo fugazmente y, encorvada, arropándose con el chal, fue rápido por la alameda.
Iván Alexéich se quedó solo. Al regresar, yendo hacia el bosque, iba despacio, se detenía a cada rato, y se volvía a mirar la portezuela con tal expresión en toda su figura, como si no se creyera a sí mismo. Buscaba con los ojos, por el camino, las huellas de los pies de Viérochka, y no creía que la muchacha, que tanto le gustaba, le acababa de declarar su amor, ¡y que él la había “rechazado” con tanta torpeza y rudeza! Por primera vez en su vida, le tocaba convencerse por experiencia, de cuán poco dependía el hombre de su buena voluntad, y experimentar en sí mismo la situación del hombre decente y afectuoso que, contra su voluntad, causaba a su prójimo un sufrimiento cruel, inmerecido.
Le dolía la conciencia, y cuando Viéra desapareció, le empezó a parecer que había perdido algo muy querido, cercano, que ya no hallaría. Sentía que con Viéra se le escapaba una parte de su juventud, y que los instantes que había vivido de modo tan infructuoso, ya no se repetirían más.
Al llegar al puentecito, se detuvo y se quedó pensativo. Quería encontrar la causa de su extraña frialdad. Que ésta estaba no fuera, sino dentro de él mismo, era claro. Sinceramente, se confesó a sí mismo que no era la frialdad racional, de la que se jactaban las personas inteligentes tan a menudo, ni la frialdad del ególatra estúpido, sino simplemente la impotencia del alma, la incapacidad de percibir la belleza de modo profundo, la vejez temprana, adquirida mediante la educación, la lucha desordenada por el pedazo de pan, la vida de número sin familia.
Del puentecito fue despacio, como sin ganas, al bosque. Allí, donde en las tinieblas negras, densas, por aquí y por allá, se destacaban en manchas bruscas los destellos de luz lunar, donde no percibía nada, excepto sus ideas, quiso apasionadamente recobrar lo perdido.
Y recordaba Iván Alexéich que regresó de nuevo. Incitándose con los recuerdos, pintándose a Viéra en su imaginación a la fuerza, caminó con rapidez hacia el jardín. Por el camino y el jardín ya no había neblina, y una luna clara, como lavada, miraba desde el cielo, sólo el oriente se nublaba y oscurecía... Recordaba Ognióv sus pasos cautelosos, las ventanas oscuras, la fragancia densa del heliotropo y la reseda. El conocido Caro, moviendo la cola afablemente, se le acercó y olfateó su mano... Fue el único ser viviente que vio, cómo él se paseó alrededor de la casa unas dos veces, estuvo parado junto a la ventana oscura de Viéra y, dejando de la mano, con un suspiro profundo, salió del jardín.
A la hora ya estaba en el poblado y, fatigado, quebrado, apoyando el tronco y el rostro ardiente contra los portones de la posada, golpeaba con la grampa. En algún lugar, en el poblado, un perro medio dormido ladraba, y como en respuesta a sus golpes, cerca de la iglesia, llamaron con la plancha de hierro fundido.
—Andorreas por las noches...—rezongó el dueño creyente-antiguo, con un camisón largo, como de mujer, al abrirle el portón—. En lugar de andorrear pues, mejor que le rezaras a Dios.
Al entrar a su habitación, Iván Alexéich se tumbó en la cama y miró el fuego largo tiempo, después sacudió la cabeza y empezó a empacar...

1Perteneciente a la secta religiosa de los "antiguos-creyentes".
2Antigua costumbre rusa, para ponerse en camino con buena suerte.

Título original: Vierochka, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1887, Nº 3944, con la firma: "An. Chejov".
Imagen: Valentin Serov, Portrait of Maria Lvova, 1895.