lunes, 7 de enero de 2008

El beso


El 20 de mayo, a las 8 ocho de la noche, todas las seis baterías de la brigada de artillería de reserva de N-i, que se dirigían al campamento, se detuvieron en la aldea Miestiéchko para pernoctar. En el mismo apogeo del tumulto, cuando unos oficiales se afanaban alrededor de los cañones, y otros reunidos en la plaza, junto a la verja de la iglesia, escuchaban a los cuarteleros, por detrás de la iglesia apareció un jinete con traje de civil, en un caballo extraño. El caballo, bayo y pequeño, de cuello bonito y cola corta, iba no directo, sino como de costado, y hacía con las patas movimientos pequeños, danzantes, como si le pegaran en las patas con un látigo. Al acercarse a los oficiales, el jinete levantó el sombrero y dijo:
-Su excelencia, el teniente-general von Rabbek, hacendado local, invita a los señores oficiales a visitarlo en este instante, para un té...
El caballo se inclinó, danzó y retrocedió de costado; el jinete levantó el sombrero otra vez y, al instante, con su caballo extraño, desapareció tras la iglesia.
-¡El diablo sabe qué! -rezongaban algunos oficiales al dispersarse por los cuarteles. -¡Uno quiere dormir, y ahí ese von Rabbek con su té! ¡Sabemos cuál té hay ahí!
Los oficiales de todas las seis baterías, recordaron vivamente el caso del año pasado, cuando, durante unas maniobras con unos oficiales de un regimiento de cosacos, fueron invitados a un té del mismo modo por un conde hacendado, militar retirado; el conde hospitalario y cordial los agasajó, los atiborró de comida y bebida, y no les permitió ir a los cuarteles del pueblo, sino los obligó a pernoctar en su propia casa. Todo eso, por supuesto, estaba bien, no hacía falta mejor, pero el infortunio estuvo, en que el militar retirado se regocijó con la juventud sin medida. Hasta la misma aurora, le estuvo contando a los oficiales episodios de su buen pasado, los condujo por las habitaciones, les mostró cuadros de valor, grabados viejos, armas únicas, les leyó cartas originales de altos dignatarios, y los oficiales torturados, fatigados, escuchaban, miraban y, añorando las camas, bostezaban en las mangas con cuidado; y cuando finalmente el dueño los liberó, ya era tarde para dormir.
¿No sería así este von Rabbek? Fuera así o no, no había nada que hacer. Los oficiales se cambiaron, se cepillaron y fueron en banda a buscar la casa del hacendado. En la plaza, cerca de la iglesia, les dijeron que a la casa de los señores se podía entrar por abajo, bajar al río por detrás de la iglesia, e ir por la orilla hasta el mismo jardín, y allí las alamedas los llevarían a donde fuera necesario, o por arriba: directo desde la iglesia por el camino, que a media vérsta del pueblo llevaba a los graneros señoriales. Los oficiales resolvieron ir por arriba.
-¿Cuál es ese von Rabbek? -razonaban por el camino-. ¿No es ese, que en Pleven mandaba la división de caballería de N-ii?
-No, ese no es von Rabbek, sino simplemente Rabbe, y sin von.
-¡Ah, qué buen tiempo!
En el primer granero señorial el camino se bifurcaba: un ramal iba directo y desaparecía en la oscuridad nocturna; el otro llevaba a la derecha, a la casa señorial. Los oficiales doblaron a la derecha y empezaron a hablar en voz baja... A ambos lados del camino se extendían los graneros de piedra con tejados rojos, pesados y severos, muy parecidos a los cuarteles de una ciudad de distrito. Adelante brillaban las ventanas de la casa señorial.
-¡Señores, buen indicio! -dijo alguno de los oficiales-. Nuestro setter va delante de todos; ¡entonces, olfatea que va a haber botín!..
Yendo delante de todos, el teniente Lobítko, alto y robusto, pero totalmente imberbe (tenía más de 25 años, pero en su rostro redondo, saciado, aún no aparecía por algo la barba), célebre en la brigada por su olfato y destreza para adivinar a distancia la presencia de mujeres, se volteó y dijo:
-Sí, aquí debe haber mujeres. Lo siento por instinto.
En el umbral de la casa recibió a los oficiales el mismo von Rabbek, un viejo venerable de unos sesenta años, vestido con traje civil. Al estrechar la mano a los visitantes, dijo que estaba muy contento y dichoso, pero rogaba encarecidamente, por Dios, a los señores oficiales que lo disculparan, por que no los invitaba a pernoctar; habían venido a su casa dos hermanas con sus hijos, hermanos y vecinos, de modo que no le quedaba ni una habitación libre.
El general le estrechó la mano a todos, pidió disculpas y sonrió, pero se veía por su rostro que lejos, no estaba tan contento con los visitantes como el conde del año pasado, y que había invitado a los oficiales sólo por que así, en su opinión, lo exigía el decoro. Y los mismos oficiales, al ir hacia arriba por la escalera blanda y escucharlo, sentían que eran invitados a esa casa, sólo porque sería incómodo no hacerlo, y ante la visión de los lacayos, que se apuraban a encender las luces de abajo en la entrada, y de arriba en el vestíbulo, les empezó a parecer que llevaban consigo a esa casa la inquietud y la alarma. ¿Allí donde, probablemente, por algún festejo familiar o suceso, se habían reunido dos hermanas con sus hijos, hermanos y vecinos, podía acaso gustar la presencia de diecinueve oficiales desconocidos?
Arriba, en la entrada al salón, los visitantes fueron recibidos por una vieja alta y esbelta, de rostro largo con cejas negras, muy parecida a la emperatriz Eugenia. Sonriendo de modo afable y majestuoso, decía que estaba contenta y dichosa de ver en su casa a los visitantes, y se disculpaba por que ella y el marido estaban privados, por esta vez, de la posibilidad de invitar a los sres. señores oficiales a pernoctar en su casa. Por su sonrisa bonita, majestuosa, que desaparecía por un instante del rostro, cada vez que se volteaba por algo ante los visitantes, se veía que había visto en su vida a muchos sres. oficiales, que ahora no estaba para ellos, y que si los invitaba a su casa y se disculpaba, era sólo porque así lo exigía su educación y posición en la sociedad.
En el gran comedor, a donde entraron los oficiales, a un extremo de la larga mesa, estaban sentados con el té una decena de hombres y damas, maduras y jóvenes. Tras sus sillas, envuelto en un leve humo de puros, se oscurecía un grupo de hombres; en medio de éste estaba parado cierto joven delgado, de patillas rojizas y que, gagueando, hablaba de algo en inglés, en voz alta. Más allá del grupo, por una puerta, se veía una habitación iluminada con un moblaje celeste.
-¡Señores, ustedes son tantos, que no hay ninguna posibilidad de presentarlos! -dijo en voz alta el general, intentando parecer muy contento-. ¡Conózcanse, señores, ustedes mismos, a lo simple!
Los oficiales, unos con rostros muy serios e incluso severos, otros sonriendo con tirantez, y todos juntos sintiéndose muy incómodos, reverenciaron de algún modo y se sentaron con el té.
Más que todos se sentía incómodo el capitán-ayudante Riabóvich, un oficial pequeño, encorvado, con lentes y patillas como de lince. Al mismo tiempo que algunos de sus compañeros ponían caras serias, y otros sonreían con tirantez, su rostro, patillas de lince y lentes como que decían: «¡Yo soy el oficial más tímido, más modesto y más insulso de toda la brigada!» En los primeros instantes, entrando al comedor y después sentado con el té, no podía detener su atención, de ningún modo, en algún rostro u objeto. Los rostros, los vestidos, las garrafitas talladas con cognac, el vapor de los vasos, las cornisas de molduras, todo eso se fundía en una sola impresión general enorme, que infundía en Riabóvich alarma y deseo de esconder la cabeza. Semejante a un lector que actúa por primera vez en público, veía todo lo que tenía ante sus ojos, pero como que entendía mal lo visto (los fisiólogos llaman a ese estado, cuando el sujeto ve pero no entiende, «ceguera psíquica»). Un poco después, asimilado, Riabóvich vio claro y empezó a observar. A él, como persona tímida y no sociable, le saltó a la vista, ante todo, lo que nunca había tenido, y precisamente: la valentía inusitada de sus nuevos conocidos. Von Rabbek, su mujer, dos damas maduras, cierta señorita con un vestido lila y el joven de patillas rojizas, que resultó el hijo menor de von Rabbek, de modo muy pícaro, como si lo hubieran ensayado antes, se acomodaron entre los oficiales, y al instante armaron una acalorada discusión, en la que no podían no inmiscuirse los visitantes. La señorita lila empezó a demostrar de modo acalorado, que los artilleros vivían mucho más fácil que los de caballería e infantería, y Rabbek y las damas maduras afirmaban lo contrario. Empezó una plática cruzada. Riabóvich miraba a la señorita lila, que discutía de modo muy acalorado de algo que le era ajeno y, en general, no le interesaba, y observaba cómo en su rostro aparecían y desaparecían sonrisas no sinceras.
Von Rabbek y su familia arrastraban con artificios a los oficiales a una discusión, y ellos mismos vigilaban atentamente sus vasos y bocas, si todos bebían, si todos tenían dulce, y por qué éste no comía bizcochos o no bebía cognac. Y mientras más miraba y escuchaba Riabóvich, tanto más le gustaba esa familia no sincera, pero perfectamente disciplinada.
Después del té los oficiales fueron al salón. El olfato no había engañado al teniente Lobítko: en el salón había muchas señoritas y damas jóvenes. El setter-teniente ya estaba parado junto a una rubia muy jovencita de vestido negro y, encorvado a lo fanfarrón, como apoyado en un sable invisible, sonreía y movía los hombros de modo coqueto. Decía, probablemente, alguna sandez muy interesante, porque la rubia miraba con indulgencia su rostro saciado y le preguntaba con indiferencia: «¿Es posible?» Y por ese desapasionado «es posible» el setter, si fuera inteligente, hubiera podido concluir que casi le gritaban «¡cruz!»
Empezó a tronar un piano; un vals triste voló del salón hacia las ventanas abiertas de par en par, y todos recordaron por algo que tras las ventanas era ahora la primavera, la noche de mayo. Todos sintieron que el aire olía a hojas tiernas de álamo, rosas y lilas. Riabóvich, en quien, bajo el influjo de la música hablaba el cognac bebido, miró de soslayo la ventana, sonrió y se puso a observar los movimientos de las mujeres, y ya le parecía que el olor de las rosas, los álamos y las lilas no venía del jardín, sino de los rostros y los vestidos de las mujeres.
El hijo de Rabbek invitó a cierta señorita delgada, y dio con ella dos vueltas. Lobítko, resbalando por el parquet, voló hacia la señorita lila y salió con ella por el salón con rapidez. Los bailes empezaron... Riabóvich estaba parado junto a la puerta, entre los que no bailaban, y observaba. En toda su vida no había bailado ni una vez, y no le había tocado estrechar ni una vez el talle de una mujer decente. Le gustaba terriblemente cuando el hombre, a la vista de todos, tomaba a una muchacha desconocida por el talle, y le ofrecía su hombro para su mano, pero imaginarse en la posición de ese hombre no podía de ningún modo. Hubo un tiempo cuando envidiaba la valentía y presteza de sus compañeros, y se dolía de alma; la conciencia de que era tímido, encorvado e insulso, de que tenía un talle largo y patillas de lince, lo ofendía profundamente, pero con los años esa conciencia se hizo habitual, y ahora, mirando a los que bailaban o hablaban en voz alta, ya no los envidiaba, sino solo se enternecía tristemente.
Cuando empezó la cuadrilla, el joven von Rabbek se acercó a los que no bailaban, e invitó a dos oficiales a jugar al billar. Los oficiales aceptaron y salieron con él del salón. Riabóvich, por no tener qué hacer, deseando siquiera participar de algún modo en el movimiento general, caminó tras ellos con lentitud. Del salón pasaron a la sala, después a un estrecho corredor de cristales, de ahí a una habitación donde, ante su aparición, se levantaron de los divanes con rapidez tres figuras de lacayos soñolientos. Finalmente, pasando toda una serie de habitaciones, el joven Rabbek y los oficiales entraron a una habitación pequeña, donde estaba el billar. Empezó el juego.
Riabóvich, que nunca había jugado a nada, excepto a las cartas, estaba parado junto al billar y miraba a los jugadores con indiferencia, y éstos, con las levitas desabrochadas, con los tacos en las manos, caminaban, decían retruécanos y gritaban palabras que no se entendían. Los jugadores no lo advertían a él, y sólo de vez en cuando alguno de ellos, al empujarlo con el codo o engancharlo con el taco sin intención, se volteaba y decía: «¡pardon!». La primera partida aún no había terminado, y él ya se aburría, y le empezó a parecer que estaba demás y molestaba... Lo atrajo de vuelta el salón, y salió.
En la ruta de vuelta le tocó vivir una pequeña aventura. A mitad del camino advirtió que no iba allí, a donde era necesario. Recordaba perfectamente que en su ruta debía encontrar tres figuras de lacayos soñolientos, pero pasó por cinco-seis habitaciones, y era como si a esas figuras se las hubiera tragado la tierra. Al advertir su error, fue un poco atrás, tomó a la derecha y se encontró en un gabinete semi-oscuro, que no había visto cuando iba a la sala de billar; tras pararse allí medio minuto, abrió resuelto la primera puerta que se le puso a la vista, y entró a una habitación totalmente oscura. Se veía directo la rendija de una puerta, por la que golpeaba una luz vívida; de más allá de la puerta llegaban los sonidos apagados de una mazúrka triste. Allí, tanto como en el salón, las ventanas estaban abiertas de par en par, y olía a álamo, lilas y rosas...
Riabóvich se detuvo con reflexión... En ese momento, de modo inesperado, se oyeron unos pasos apurados y el frú-frú de un vestido, una voz femenina sofocada susurró: «¡por fin pues!», y dos brazos suaves, olorosos, sin dudas de mujer, ciñeron su cuello; a su mejilla se pegó una mejilla cálida y, al mismo tiempo, repercutió el sonido de un beso. Pero al instante la besante gritó levemente y, como le pareció a Riabóvich, se apartó de él con repulsión. Él también apenas no gritó, y se lanzó hacia la rendija iluminada de la puerta...
Cuando volvió al salón, el corazón le palpitaba y las manos le temblaban de modo tan notable, que se apresuró a esconderlas tras la espalda. En los primeros momentos lo torturaron la vergüenza y el miedo, de que todo el salón supiera que ahora una mujer lo había abrazado y besado, se encogió y miró a los lados con inquietud pero, convencido de que en el salón, como antes, danzaban y charlaban de modo muy tranquilo, se entregó todo a una sensación nueva, que hasta ahora no había sentido ni una vez en su vida. Con él pasaba algo extraño... Su cuello, que recién habían ceñido unos brazos suaves, olorosos, le parecía untado de aceite; en la mejilla, cerca del bigote izquierdo, donde lo había besado la desconocida, le temblaba un frescor ligero, agradable, como de gotas de menta, y mientras más se limpiaba ese lugar, más fuerte sentía ese frescor; todo él, de la cabeza a los pies, estaba lleno de esa sensación nueva, extraña, que crecía y crecía... Sintió deseos de danzar, hablar, correr al jardín, reírse alto... Olvidó por completo que era encorvado e insulso, que tenía patillas de lince y «una apariencia indefinida» (así fue llamada una vez su apariencia en una plática de damas, que él oyó sin intención). Cuando pasó por su lado la mujer de von Rabbek, le sonrió con tanta amplitud y cariño, que ella se detuvo y le echó una mirada inquisitiva.
-¡Su casa me gusta terriblemente!.. -dijo, ajustando sus lentes.
La generala sonrió y le contó que la casa perteneció aún a su padre, después le preguntó si vivían sus padres, si hacía tiempo que estaba en el servicio, por qué estaba tan delgado, y demás... Recibido respuesta a sus preguntas, ella siguió adelante, y él, después de conversar con ella, empezó a sonreír aún con más cariño, y a pensar que lo rodeaban unas personas magníficas...
En la cena Riabóvich comió maquinalmente todo cuanto le ofrecieron, bebía y, sin oír nada, intentaba explicarse la aventura reciente... Esa aventura tenía un carácter misterioso y romántico, pero no era difícil de explicar. Probablemente, alguna señorita o dama había concertado una cita con alguien en la habitación oscura, esperó largo tiempo y, estando excitada y nerviosa, tomó a Riabóvich por su héroe; esto era más probable por que Riabóvich, al pasar por la habitación oscura, se detuvo con reflexión, o sea, tenía el aspecto de una persona que también espera algo... Así se explicó Riabóvich el beso recibido.
«¿Y quién era ella pues? -pensaba, mirando alrededor los rostros de las mujeres-. Debía ser joven, porque las viejas no iban a citas. Luego, que era cultivada se sentía por el frú-frú del vestido, por el olor, por la voz...»
Detuvo la mirada en la señorita lila, y le gustaba mucho; tenía hombros y brazos bonitos, un rostro inteligente y una voz hermosa. Riabóvich, mirándola, quiso que precisamente ella, y no alguna otra, fuera la desconocida... Pero ella como que se echó a reír de modo no sincero, y arrugó su nariz larga, que a él le pareció de aspecto senil; entonces pasó la mirada a la rubia de vestido negro. Era más joven, más sencilla y sincera, tenía unas sienes encantadoras y bebía de la copita muy bonito. Riabóvich quiso ahora que fuese esa. Pero pronto halló que su rostro era plano, y pasó los ojos a su vecina...
«Es difícil adivinar -pensaba, soñando-. Si tomar de la lila sólo los hombros y los brazos, agregar las sienes de la rubia, y tomar los ojos de ésta, que estaba sentada a la izquierda de Lobítko, pues...»
Hizo en su mente la fusión, y obtuvo la imagen de la muchacha que lo había besado, la imagen que él quería, pero no podía hallar de ningún modo en la mesa...
Después de la cena, los visitantes, saciados y bebidos, empezaron a despedirse y a agradecer. Los amos empezaron a disculparse de nuevo, por que no podían dejarlos pernoctar.
-¡Estoy muy, muy contento, señores! -decía el general, y esta vez con sinceridad (probablemente, porque al despedir a los visitantes las personas suelen ser bastante más sinceras y benévolas que al recibirlas). ¡Estoy muy contento! ¡Tengan la bondad en el camino de regreso! ¡Sin ceremonias! ¿A dónde van pues? ¿Quieren ir por arriba? No, vayan por el jardín, por abajo, ahí es más cerca.
Los oficiales salieron al jardín. Después de la luz brillante y el ruido, el jardín les pareció muy oscuro y silencioso. Fueron callados hasta la misma portezuela. Estaban medio borrachos, contentos, satisfechos, pero las tinieblas y el silencio los obligaron a meditar por un instante. A cada uno de ellos, como a Riabóvich, probablemente, le vino la misma idea: ¿llegaría también para ellos alguna vez el día en que, al igual que Rabbek, tendrían una casa grande, una familia, un jardín, en que tendrían la posibilidad, siquiera no sincera, de agasajar a las personas, de dejarlas saciadas, bebidas, satisfechas?
Al salir por la portezuela, rompieron a hablar todos a la vez y a reírse alto sin motivo. Ahora ya iban por un sendero, que bajaba hacia el río y corría luego junto al agua misma, bordeando los arbustos orilleros, los surcos y los sauces, que colgaban sobre el agua. La orilla y el sendero apenas se veían, y la otra orilla se ahogaba totalmente en las tinieblas. Por algún lugar, en el agua oscura, se reflejaban las estrellas; temblaban y se disolvían, y sólo por eso se podía adivinar que el río fluía con rapidez. Había silencio. En la otra orilla gemían los chorlitos soñolientos, y en ésta, en uno de los arbustos, sin prestar ninguna atención a la turba de oficiales, cantaba alto un ruiseñor. Los oficiales se pararon junto al arbusto, lo tocaron, y el ruiseñor seguía cantando.
-¡¿Cómo es?! -se oyeron expresiones de aprobación-. ¡Nosotros parados a su lado, y él cero atención! ¡Qué bribón!
Al final de la ruta el sendero iba hacia arriba y, cerca de la verja de la iglesia, salía al camino. Allí los oficiales, fatigados por el andar en la colina, se sentaron, fumaron. En la otra orilla apareció una lucecita roja, opaca, y ellos, sin nada que hacer, resolvieron un buen rato si era una hoguera, la luz de una ventana o alguna otra cosa... Riabóvich también miraba la luz, y le parecía que ésa luz le sonreía y hacía guiños con tal aire, como si supiera del beso.
Al llegar al cuartel, Riabóvich se desvistió pronto y se acostó. En la misma isbá que él se quedaban Lobítko y el teniente Merzliakóv, un chico sereno y callado, considerado en su círculo un oficial instruido, que leía siempre, donde le fuera posible, El heraldo de Europa, que llevaba a todas partes consigo. Lobítko se desvistió, anduvo largo tiempo de una esquina a la otra, con el aire del hombre que no está satisfecho, y mandó al ordenanza por cerveza. Merzliakóv se acostó, puso una vela a su cabecera y se sumió en la lectura de El heraldo de Europa.
«¿Quién será pues?», -pensaba Riabóvich mirando el techo ahumado.
El cuello le parecía aún untado de aceite, y cerca de la boca sentía un frescor, como de gotas de menta. Por su imaginación pasaron los hombros y los brazos de la señorita lila, las sienes y los ojos sinceros de la rubia de negro, los talles, los vestidos, los broches. Intentaba detener su atención en esas imágenes, y éstas saltaban, se disolvían, oscilaban. Cuando, sobre el ancho fondo negro, que ve toda persona al cerrar los ojos, desaparecían esas imágenes por completo, empezaba a oír los pasos apurados, el frú-frú del vestido, el sonido del beso, y un júbilo fuerte e inmotivado se apoderaba de él... Entregado a ese júbilo, oyó cómo volvía el ordenanza e informaba que no había cerveza. Lobítko se perturbó terriblemente y empezó a caminar de nuevo.
-¿Bueno, no es un idiota? -decía, deteniéndose ya ante Riabóvich, ya ante Merzliakóv-. ¡Qué estúpido e imbécil hay que ser para no encontrar cerveza! ¡Ah! ¿Bueno, no es un canalla?
-Por supuesto, aquí no se puede encontrar cerveza -dijo Merzliakóv, sin apartar los ojos de El heraldo de Europa.
-¿Sí? ¿Lo piensa así? –importunaba Lobítko-. ¡Señor, Dios mío, tírenme en la luna, y yo ahora pues les encuentro cerveza, y mujeres! Ahora mismo voy y la encuentro... ¡Llámenme miserable si no la encuentro!
Largo tiempo se vistió y se puso las botas grandes, después, callado, terminó de fumar su cigarrillo y se fue.
-Rabbek, Grabbek, Labbek –empezó a farfullar, deteniéndose en el zaguán-. No tengo ganas de ir solo, que diablos. Riabóvich, ¿no quiere dar un promenade1?
Al no recibir respuesta, volvió, se desvistió con lentitud y se acostó. Merzliakóv suspiró, metió en un costado El heraldo de Europa y apagó la vela.
-N-sí... -musitó Lobítko, prendiendo en la tiniebla un cigarrillo.
Riabóvich se cubrió hasta la cabeza y, hecho un ovillo, empezó a reunir en su mente las imágenes fugaces y a unirlas en un todo. Pero no le salió nada. Pronto se durmió, y su última idea fue que alguien lo acariciaba y contentaba, que en su vida se había producido algo inusitado, estúpido, pero sumamente bueno y jubiloso. Esa idea no lo dejó ni en el sueño.
Cuando despertó, la sensación del aceite en el cuello y del frescor de menta cerca de los labios ya no estaba, pero el júbilo por lo de ayer le corría como una ola por el pecho. Echó una mirada extasiado a los marcos de la ventana, dorados por el sol naciente, y prestó oídos al movimiento que se producía en la calle. Junto a las mismas ventanas hablaban en voz alta. El jefe de batería de Riabóvich, Liebediétski, que acababa de alcanzar a la brigada, en voz muy alta, por la no costumbre de hablar en voz baja, platicaba con su sargento.
-¿Y qué más? -gritaba el jefe.
-Ayer en el herraje, su excelencia, herraron mal a Palomito. El enfermero le puso barro con vinagre. Ahora lo llevan de la rienda, al costado. Y asimismo, su excelencia, ayer el artesano Artiémiev se emborrachó, y el teniente ordenó ponerlo en el avantrén de la cureña de reserva.
El sargento informó aún, que Kárpov había olvidado los cordones nuevos para las trompetas y las estacas para las tiendas, y que los sres. oficiales, ayer por la noche, se dignaron a estar de visita en casa del general von Rabbek. En medio de la plática, apareció en la ventana la cabeza barbirroja de Liebediétskii. Entornó sus ojos miopes hacia las fisonomías soñolientas de los oficiales y saludó.
-¿Todo favorable? -preguntó.
-El garañón de silla se golpeó la cerviz -respondió Lobítko, bostezando,-con la collera nueva.
El jefe suspiró, pensó un poco y dijo en voz alta:
-Y yo aún pienso ir a ver a Alexándra Yevgráfovna. Hay que visitarla. Bueno, adiós. A la tarde los alcanzo.
Al cuarto de hora la brigada se puso en marcha. Cuando andaba por el camino, junto a los graneros señoriales, Riabóvich echó una mirada a la derecha, a la casa. Las ventanas tenían las celosías cerradas. Evidentemente, en la casa todos dormían aún. Dormía y ésa, que ayer había besado a Riabóvich. Se la quiso imaginar dormida. La ventana del dormitorio abierta de par en par, las ramas verdes asomadas a esa ventana, la frescura matinal, el olor de los álamos, las lilas y las rosas, la cama, la silla y en ésta el vestido, que ayer hacía frú-frú, las pantuflas, el relojito en la mesita, todo eso se lo dibujaba con claridad y precisión, pero los rasgos del rostro, la tierna sonrisa soñolienta, precisamente lo que era importante y característico, se escapaba de su imaginación como el mercurio entre los dedos. Pasado una media vérsta, miró hacia atrás: la iglesia amarilla, la casa, el río y el jardín estaban inundados de luz; el río con sus orillas verde vívido, reflejando en sus aguas el cielo azul, y en algún lugar plateadas de sol, era muy bonito. Riabóvich echó un vistazo por última vez a Miestiéchko, y se sintió tan triste, como si se separara de algo muy cercano y familiar.
Y en la ruta yacían ante sus ojos los mismos cuadros hacía tiempo ya conocidos, no interesantes... A derecha e izquierda los campos de centeno tierno y de alforfón con los grajos saltarines; mirabas adelante, y veías polvo y nucas, mirabas atrás, y veías los mismos polvo y caras... Delante de todos marchaban cuatro hombres con sables: eso era la vanguardia. Tras ellos una multitud de cantores, y tras los cantores los trompetas montados. La vanguardia y los cantores, como los antorchas de una procesión fúnebre, a cada rato olvidaban la distancia de reglamento y se iban demasiado adelante... Riabóvich se hallaba junto a la primera pieza de la quinta batería. Veía todas las cuatro baterías que iban adelante. A la persona no militar, esta hilera larga, pesada, como se le aparecía la brigada moviente, le parecía una papilla enredada y poco entendible; no se entendía por qué alrededor de una pieza había tantos hombres, y por qué la llevaban tantos caballos, envueltos en arneses extraños, como si ésta fuera en realidad tan terrible y pesada. Pero para Riabóvich todo se entendía, y por eso era no interesante en extremo. Ya hacía tiempo que sabía para qué, delante de cada batería, junto al oficial, iba un suboficial de aire respetable, y por qué éste se llamaba llevador; a la espalda de este suboficial se veía a los conductores del primero, y después del mediano aparejo; Riabóvich sabía que los caballos izquierdos, en los que estaban montados, se llamaban ensillados, y los derechos disponibles, eso no era nada interesante. Al conductor lo seguían dos caballos garañones. En uno de ellos estaba montado un conductor con el polvo de ayer en la espalda, y con un madero rústico, muy ridículo, en la pierna derecha; Riabóvich sabía el sentido de ese madero, y no le parecía ridículo. Los jinetes todos, cuantos sean, agitan los látigos maquinalmente y gritan de vez en cuando. La pieza misma no era bonita. En el avantrén yacían sacos de avena tapados con lona impermeable, y la pieza estaba toda cubierta de teteras, bolsas de soldado, saquitos, y tenía el aspecto de un pequeño animal inofensivo, al que no se sabe para qué rodearon de hombres y caballos. Por sus flancos, por el lado de sotavento, agitando los brazos, marchaban seis mozos sirvientes. Tras la pieza empezaban otra vez los nuevos llevadores, conductores, garañones, y tras ellos se extendía una nueva pieza, tan no bonita y no imponente como la primera. Tras la segunda seguían la tercera, la cuarta; junto a la cuarta el oficial, y demás. Todas las baterías de la brigada eran seis, y en cada batería había cuatro piezas. La hilera se extendía una media vérsta. Terminaba en un convoy, junto a la que marchaba pensativa, bajando su cabeza de largas orejas, una jeta simpática en grado sumo: el asno Magar, traído de Turquía por un jefe de batería.
Riabóvich miraba con indiferencia atrás y adelante, a las nucas y a las caras; en otro momento habría dormitado, pero ahora estaba sumido por entero en sus ideas nuevas, agradables. Al principio, cuando la brigada recién se puso en marcha, quiso convencerse de que la historia del beso, podía ser interesante sólo como una aventura pequeña, misteriosa, de que en esencia era ínfima, y pensar en ella seriamente era, por lo menos, estúpido; pero pronto dejó de la mano la lógica y se entregó a sus sueños... Ya se imaginaba en el salón de von Rabbek, al lado de una muchacha parecida a la señorita lila y a la rubia de negro; ya cerraba los ojos y se veía con otra muchacha totalmente desconocida, con los rasgos del rostro muy indefinidos; mentalmente le hablaba, la acariciaba, se inclinaba sobre su hombro, se imaginaba la guerra y la separación, después el encuentro, la cena con su mujer, sus hijos...
-¡Al terraplén! –resonaba el comando cada vez, en la bajada de una colina.
Él también gritaba «¡al terraplén!», y temía que ese grito cortara sus sueños y lo llamara a la realidad.
Al pasar junto a la propiedad de cierto hacendado, Riabóvich echó una ojeada por encima de la empalizada al jardín. Ante sus ojos apareció una alameda larga, recta como una regla, regada de arena amarilla y sembrada de abedules jóvenes... Con la ansiedad de un hombre soñador, se imaginó unos pies de mujer pequeños que iban por la arena amarilla y, de modo inesperado por completo, se dibujó claramente en su imaginación a ésa que lo había besado, y que él había sabido imaginar ayer en la cena. Esa imagen se alojó en su cerebro y ya no lo abandonó.
Al mediodía, detrás, cerca del convoy, resonó un grito:
-¡Firmes! ¡Vista a la izquierda! ¡Sres. oficiales!
En una carretela, con una pareja de caballos blancos, se acercó el general de brigada. Se detuvo junto a la segunda batería y empezó a gritar algo que nadie entendía. Hacía él galoparon varios oficiales, entre ellos Riabóvich.
-¿Bueno, cómo? ¿Qué? -preguntó el general, pestañando con ojos enrojecidos-. ¿Hay enfermos?
Recibido las respuestas, el general, pequeño y delgado, mascó, pensó un poco y dijo, dirigiéndose a uno de los oficiales:
-El conductor del garañón, de la tercera pieza, se quitó la rodillera y la colgó, el canalla, en el avantrén. Amonéstelo.
Levantó los ojos hacia Riabóvich y continuó:
-Y usted, me parece, tiene los tirantes demasiado largos...
Y hechas aún unas cuantas observaciones aburridas, el general le echó una ojeada a Lobítko y sonrió:
-Y usted, teniente Lobítko, tiene hoy un aire muy triste -dijo-. ¿Extraña a Lopujóva? ¿Ah? ¡Señores, él extraña a Lopujóva!
Lopujóva era una dama muy robusta y muy alta, que hacía tiempo ya rebasaba los cuarenta. El general, que tenía pasión por las señoras robustas, fuera cual fuera su edad, sospechaba esa pasión en sus oficiales. Los oficiales sonrieron con respeto. El general de brigada, satisfecho con que había dicho algo muy risible y venenoso, se rió a carcajadas ruidosamente, tocó la espalda del cochero e hizo el saludo militar. La carretela siguió su marcha…
«Todo con lo que yo ahora sueño, y que me parece ahora imposible y no terrenal, en esencia, es muy ordinario» -pensaba Riabóvich mirando las nubes de polvo que corrían tras la carretela del general-. «Todo eso es muy ordinario y todos lo sufren... Por ejemplo, este general quiso en su tiempo, ahora está casado, tiene hijos. El capitán Wächter también está casado y es querido, aunque tiene una nuca roja nada bonita, y no tiene talle... Salmánov es grosero y demasiado tártaro, pero tuvo un romance que terminó en una boda... Yo soy como todos los demás, y voy a sufrir tarde o temprano lo mismo que todos...»
Y la idea de que era un hombre ordinario y de que su vida era ordinaria, lo contentó y reanimó. Ya con valor, como quería, se la dibujaba a ella y su dicha, y no le avergonzaba en nada su imaginación.
Cuando, por la tarde, la brigada llegó al lugar y los oficiales descansaban en las tiendas, Riabóvich, Merzliakóv y Lobítko estaban sentados alrededor de un baúl y cenaban. Merzliakóv comía sin prisa y, musitando con lentitud, leía El heraldo de Europa, que sostenía sobre las rodillas. Lobítko hablaba sin parar y vertía cerveza en su vaso, y Riabóvich, que tenía una neblina en la cabeza por los ensueños de todo el día, callaba y bebía. Después de tres vasos se embriagó, se debilitó y quiso de modo irresistible compartir con sus compañeros su nueva sensación.
-Me ocurrió un hecho extraño en casa de esos Rabbek... -empezó, intentando dar a su voz un tono indiferente y burlón-. Fui, saben, a la sala de billar...
Se puso a contar la historia del beso con mucho detalle, y al minuto se calló... En ese minuto lo contó todo, y le asombró terriblemente que necesitara tan poco tiempo para el cuento. Le parecía que del beso se podía contar hasta la misma mañana. Tras escucharlo, Lobítko, que mentía mucho y por eso no le creía a nadie, le echó una mirada con desconfianza y sonrió con malicia. Merzliakóv movió las cejas y sereno, sin quitar los ojos de El heraldo de Europa, dijo:
-¡Dios sabe qué!.. Se tira al cuello, sin llamar... Debe ser alguna psicópata.
-Sí, debe ser alguna psicópata... -convino Riabóvich.
-Un caso parecido me ocurrió una vez a mí... -dijo Lobítko, poniendo ojos asustados-. Voy el año pasado a Kóvno... Tomo un boleto de II clase... El vagón está abarrotado por completo y no se puede dormir. Le doy una poltína al inspector... Él toma mi equipaje y me lleva a un coupé... Me acuesto y me cubro con la cobija... Está oscuro, ¿entienden? De pronto, siento que alguien me toca por el hombro y me respira en la cara... Hice un movimiento así con el brazo, y siento el codo de alguien… Abro los ojos, y se pueden imaginar, ¡una mujer! Los ojos negros, los labios rojos como el buen salmón, las aletas de la nariz respiran con pasión, el pecho un buffer2
Permítame -lo interrumpió Merzliakóv con serenidad-, en cuanto a los pechos lo entiendo, pero, ¿cómo podía ver los labios si estaba oscuro?
Lobítko empezó a devolver y a reírse de la necedad de Merzliakóv. Eso disgustó a Riabóvich. Se apartó del baúl, se acostó y se dio la palabra de no franquearse nunca.
Sobrevino la vida de campamento... Fluían los días muy parecidos los unos a los otros. En todos esos días, Riabóvich se sintió, pensó y condujo como un enamorado. Cada mañana, cuando el ordenanza le servía para que se lavara, al echarse agua fría en la cabeza, cada vez recordaba que en su vida había algo bueno y cálido.
Por las tardes, cuando sus compañeros empezaban a conversar de amor y de mujeres, prestaba oídos, se acercaba más y adoptaba la expresión que tienen en los rostros los soldados, cuando escuchan el cuento de una batalla en la que ellos mismos participaron. Y esas tardes, en que la oficialidad-superior paseante, con el setter-Lobítko a la cabeza, hacía incursiones donjuanescas por los “arrabales”, Riabóvich, que participaba en las incursiones, cada vez solía estar triste, se sentía profundamente culpable y le pedía a ella perdón mentalmente... En las horas de ocio o en las noches de insomnio, cuando le venían ganas de recordar la infancia, al padre, a la madre, en general lo familiar y lo cercano, recordaba con seguridad Miestiéchko, el caballo extraño, a Rabbek, a su mujer, parecida a la emperatriz Eugenia, la habitación oscura, la rendija iluminada de la puerta...
El 31 de agosto regresaba del campamento, pero ya no con su brigada, sino con dos baterías. Todo el camino soñó y se inquietó, como si fuera a su patria. Quería apasionadamente ver el caballo extraño, la iglesia, a la no sincera familia de los Rabbek, la habitación oscura; la «voz interior», que tan a menudo engaña a los enamorados, le susurraba por algo que la vería con seguridad... Y lo torturaban las preguntas: ¿cómo se encontraría con ella?, ¿de qué le hablaría?, ¿no habría olvidado ella el beso? En el peor final, pensaba, si incluso no la encontraba, pues sería agradable ya sólo el hecho de que pasearía por la habitación oscura y recordaría...
Hacia la tarde aparecieron en el horizonte la iglesia conocida y los graneros blancos. A Riabóvich le empezó a palpitar el corazón... No escuchaba al oficial que iba a su lado y le decía algo, se olvidó de todo, y escrutaba con ansiedad el río que brillaba en la lejanía, el tejado de la casa, el palomar, sobre el que giraban las palomas iluminadas por el sol poniente.
Acercándose a la iglesia y después escuchando al cuartelero, esperaba a cada instante que el jinete apareciera por detrás de la verja e invitara a los oficiales a un té, pero... el informe de los cuarteleros terminó, los oficiales se apearon y caminaron con lentitud hacia el pueblo, y el jinete no aparecía...
«Ahora Rabbek se enterará por los mujíks que vinimos y mandará por nosotros», pensaba Riabóvich al entrar a una isbá, y sin entender para qué su compañero encendía una vela y por qué los ordenanzas se apresuraban a poner los samovares...
Una penosa inquietud se apoderó de él. Se acostó, después se levantó y echó una mirada por la ventana, ¿no venía acaso el jinete? Pero el jinete no estaba. Se acostó de nuevo, a la media hora se levantó y, sin soportar la inquietud, salió a la calle y empezó a caminar hacia la iglesia. La plaza, cerca de la verja, estaba oscura y desierta... Unos tres soldados estaban parados juntos, al lado mismo de la cuesta, y callaban. Al ver a Riabóvich, se reanimaron y le rindieron honores. Él les hizo el saludo militar en respuesta y empezó a descender por el conocido sendero.
En la otra orilla todo el cielo estaba cubierto de un tinte púrpura: salía la luna; unas dos mujeres, hablando en voz alta, andaban por el huerto y arrancaban hojas de col; tras los huertos se oscurecían unas cuantas isbás... Y en esta orilla era todo lo mismo que en mayo: el sendero, los arbustos, los sauces colgantes sobre el agua... sólo no se oía al ruiseñor valiente, ni olía a álamo ni a hierba joven.
Al llegar al jardín, Riabóvich se asomó por la portezuela. El jardín estaba oscuro y silencioso... Se veían sólo los troncos blancos de los abedules cercanos y un pedazo de alameda, todo lo restante se mezclaba en una masa negra. Riabóvich prestaba oídos y escrutaba con ansiedad, pero tras estar parado un cuarto de hora sin esperar ni un sonido, ni una lucecita, arrastró los pies de vuelta…
Se acercó al río. Ante él albeaban la caseta del general y unas sábanas colgadas en las baranditas del puentecito... Entró al puentecito, estuvo parado un rato y, sin ninguna necesidad, tocó la sábana. La sábana resultó áspera y fría. Echó una mirada abajo, al agua... El río corría con rapidez, y rumoraba apenas audiblemente junto a los pilotes de la caseta. Una luna roja se reflejaba en la orilla izquierda; las olas pequeñas corrían por su reflejo, lo extendían, lo rompían en pedazos y, al parecer, querían llevárselo…
«¡Qué estúpido! ¡Qué estúpido! -pensaba Riabóvich mirando el agua corriente-. ¡Qué poco inteligente es todo esto.»
Ahora, cuando no esperaba nada, la historia del beso, su impaciencia, sus vagas esperanzas y desencanto se le aparecían bajo una luz clara. Ya no le parecía extraño que no había esperado al jinete del general, y que nunca vería a esa que lo había besado casualmente en lugar de otro; al contrario, sería extraño si la viera...
El agua corría no se sabía a dónde ni para qué. Corría del mismo modo en mayo; el riachuelo del mes de mayo fluía al río grande, y el río al mar; después se evaporaba, se convertía en lluvia, y acaso ésta, esa misma agua, corría de nuevo ante los ojos de Riabóvich... ¿Por qué? ¿Para qué?
Y el mundo todo, la vida toda le parecían a Riabóvich una broma incomprensible, sin objetivo... Y apartando los ojos del agua y mirando al cielo, recordó de nuevo cómo el destino, en la persona de una mujer desconocida, lo había acariciado sin intención, recordó sus sueños e imágenes del verano, y su vida le pareció sumamente escasa, mísera e insulsa…
Cuando regresó a su isbá no encontró ni a un compañero. El ordenanza le informó que todos se habían ido a la casa del “general Vontriábkin”, que había mandado un jinete por ellos... Por un instante, el júbilo se encendió en el pecho de Riabóvich, pero al momento lo sofocó, se acostó en la cama y, para mal de su destino, como si deseara enojarlo, no fue a la casa del general.

1Promenade, paseo.
2Buffer, amortiguador de la locomotora, de los vagones.

Título original: Potzelui, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1887, Nº 4238, con la firma: “An. Chejov”.
Imagen: Jean Louis Ernest Meissonier, Emperor Napoleon and his Battle Hardened Generals, XIX.