miércoles, 26 de diciembre de 2007

Las Bellas

I

Recuerdo que, siendo alumno de quinto o sexto año del gimnasio, viajaba yo con mi abuelo desde la aldea Gran Kriépkaya, de la región del Don, hasta Rostóv del Don. Era un día de agosto tórrido, fatigoso, tedioso. Por el calor y el viento seco, caliente, que nos lanzaba al encuentro nubes de polvo, se nos cerraban los ojos, se nos secaba la boca; no queríamos ni mirar, ni hablar, ni pensar, y cuando el cochero medio dormido, el jojól Karpó, al fustigar al caballo me pegaba con el látigo en la visera, yo no protestaba, no emitía ni un sonido, y sólo al despertar del duermevela, echaba miradas a la lejanía abatida y dócilmente: ¿no se veía acaso a través del polvo algún pueblo? Para alimentar a los caballos nos detuvimos en una gran aldea armenia, Bájchi-Saláj, en casa de un armenio rico, conocido del abuelo. Nunca en mi vida había visto yo nada más caricaturesco que ese armenio. Imagínense una cabecita pequeña, rapada, con unas cejas tupidas, enmarañadas, una nariz de pájaro, con unos bigotes largos, canosos, y una boca ancha, de la que salía un largo chibuquí de cerezo; esa cabecita pegada torpemente a un torso flaco, jorobado, vestido con un traje fantástico: una corta cazadora roja, con unos anchos bombachos celestes-brillantes; andaba esta figura separando los pies y arrastrando los zapatos, hablaba sin sacarse el chibuquí de la boca, y se mantenía con una dignidad puramente armenia: no sonreía, abría los ojos e intentaba prestar a sus visitantes la menor atención posible.
En las habitaciones del armenio no había ni viento ni polvo, pero era tan desagradable, sofocante y tedioso, como en la estepa y el camino. Recuerdo que, polvoriento y extenuado por el bochorno, yo estaba sentado en una esquina, sobre un baúl verde. Las paredes de madera no pintadas, los muebles y los pisos cubiertos de ocre expelían un olor a madera seca, quemada por el sol. A donde miraras, por todas partes había moscas, moscas, moscas... El abuelo y el armenio hablaban a media voz del pastar, el pastizal, las ovejas... Yo sabía que pondrían el samovar una hora entera, que el abuelo tomaría té no menos de una hora, y después se echaría a dormir unas dos, tres horas, que se me iría un cuarto del día en la espera, después de lo cual sería de nuevo el calor, el polvo, las sacudidas en los caminos. Yo escuchaba el balbuceo de las dos voces, y me empezó a perecer que veía hacía ya mucho tiempo al armenio, el armario con la vajilla, las moscas, las ventanas, en las que pegaba el sol caliente, y que los dejaría de ver en un futuro muy lejano, y se apoderaba de mí el odio a la estepa, al sol, a las moscas…
Una jojlita con pañuelo trajo una bandeja con la vajilla, después el samovar. El armenio, sin prisa, salió al zaguán y gritó:
—¡Máshia! ¡Ven a servir el té! ¿Dónde estás? ¡Máshia!
Se oyeron unos pasos apurados, y a la habitación entró una muchacha de unos dieciséis años, con un vestido de percal sencillo y un pañuelo blanco. Lavando la vajilla y sirviendo el té, estaba parada de espaldas a mí, y yo sólo advertía que era fina de talle, estaba descalza, y que sus pequeños talones desnudos se ocultaban bajo unos pantalones larguiruchos.
El dueño me invitó a tomar té. Al sentarme a la mesa, miré el rostro de la muchacha que me servía el vaso, y sentí de pronto como si un viento corriera por mi alma, y barriera de ésta todas las impresiones del día, con su tedio y su polvo. Vi los rasgos cautivadores del más hermoso de los rostros, que hubiera hallado alguna vez en la vigilia o visto en el sueño. Ante mí estaba una bella, y yo lo entendía a primera vista, como entiendo el relámpago.
Yo estoy dispuesto a jurar que Másha o, como la llamaba su padre, Máshia, era una verdadera bella, pero no sé demostrarlo. A veces ocurre que las nubes se amontonan en el horizonte en desorden, y el sol, ocultándose tras ellas, las pinta a éstas y al cielo de todos los colores posibles: purpúreo, anaranjado, dorado, lila, rosado-sucio; una nubecita parece un monje, otra un pez, la tercera un turco con turbante. El resplandor abarca la tercera parte del cielo, brilla en la cruz de la iglesia y los cristales de la casa señorial, reverbera en el río y los charcos, tiembla en los árboles; muy lejos, sobre el fondo del crepúsculo, una bandada de patos salvajes vuela a algún lugar a pernoctar... Y el zagal que arrea las vacas, el agrimensor que va en la carretela por la represa y los señores paseantes: todos miran al ocaso, y todos y cada uno hallan que es terriblemente bello, pero nadie sabe ni dirá en qué estriba ahí la belleza.
No sólo yo hallaba que la armenia era bonita. Mi abuelo, un anciano de ochenta años, un hombre brusco, indiferente a las mujeres y las bellezas de la naturaleza, por un minuto entero, miró a Másha con cariño, y preguntó:
—¿Es su hija, Aviét Nazárich?
—Mi hija. Es mi hija… —respondió el dueño.
—Bonita señorita —elogió el abuelo.
La belleza de la armenia un pintor la llamaría clásica y estricta. Era, precisamente, esa belleza, cuya contemplación le infunde a usted, sabe Dios de dónde, la seguridad de que ve unos rasgos correctos, de que los cabellos, los ojos, la nariz, la boca, el cuello, el pecho y todos los movimientos de ese cuerpo joven se han fundido en un acorde íntegro, armonioso, en el que la naturaleza no se equivocó ni en un mínimo rasgo; le parece, por algo, que la mujer idealmente bella debe tener, exactamente, una nariz tal como la de Másha, recta y con un pequeño respingo, tales ojos grandes, oscuros, tales pestañas largas, tal mirada lánguida, que sus cabellos negros rizados y cejas le van, asimismo, al color blanco, tierno de la frente y las mejillas, como el juncal verde al riachuelo apacible; el cuello blanco de Másha y su pecho joven estaban poco desarrollados, pero para saber esculpirlos, le parece, hay que tener un enorme talento creador. Mira usted, y poco a poco le viene el deseo de decirle a Másha algo en extremo agradable, sincero, bello, tan bello como ella misma.
Al principio me fue ofensivo y vergonzoso que Másha no me prestara ninguna atención, y mirara todo el tiempo abajo; cierto aire peculiar, me parecía, dichoso y orgulloso, la separaba de mí y la ocultaba celosamente de mis miradas.
"Eso es, —pensé— por que estoy lleno de polvo, bronceado, y por que todavía soy un muchacho".
Pero después, poco a poco, me olvidé de mí mismo y me entregué por entero a la percepción de su belleza. Ya no recordaba el tedio de la estepa, el polvo, no oía el zumbido de las moscas, no entendía el gusto del té, y sólo sentía que al otro lado de la mesa estaba parada una muchacha bella.
Percibía yo la belleza como que de un modo extraño. No deseo, no éxtasis y no placer suscitaba Másha en mí, sino una penosa, aunque agradable tristeza. Era una tristeza indefinida, vaga como un sueño. Por algo, yo sentía lástima por mí mismo, por el abuelo, por el armenio y por la misma pequeña armenia, y tenía tal sensación, como si todos los cuatro hubiéramos perdido algo importante y necesario para la vida, que ya nunca jamás podríamos encontrar. El abuelo también se puso triste. Ya no hablaba del pastizal ni de las ovejas, sino callaba y, pensativo, echaba miradas a Másha.
Después del té el abuelo se acostó a dormir, y yo salí de la casa y me senté en el pórtico. La casa, como todas las casas en Bájchi-Saláj, estaba al sol; no había árboles, ni tejadillos, ni sombra. El gran patio del armenio, cubierto de armuelle y ovillos, a pesar del fuerte calor, se hallaba animado y lleno de júbilo. Tras una de las cercas no altas, que allá y acá cruzaban el gran patio, se efectuaba el trillado. Alrededor de un poste, clavado en el mismo medio del granero, enganchados en hilera y formando un solo radio largo, corrían doce caballos. A su lado andaba un jojól con un chaleco largo y unos bombachos anchos, restallaba el látigo y gritaba en tal tono, como si quisiera burlarse de los caballos y jactarse de su poder sobre ellos:
—¡A-a-h, malditos! ¡A-a-h... no hay cólera para ustedes! ¿Tienen miedo?
Los caballos bayos, blancos y píos, sin entender para qué los obligaban a girar en el mismo lugar, y aplastar la paja del trigo, corrían sin ganas, como a la fuerza, y agitaban las colas ofendidos. De abajo de sus cascos, el viento levantaba nubes enteras de pelusa dorada y se las llevaba lejos, por encima de la cerca. Junto a los altos y frescos almiares se afanaban las mujeres con los rastrillos y se movían los carros, y tras los almiares, en otro patio, corría alrededor del poste otra docena de tales caballos, y un tal jojól restallaba el látigo y se mofaba de los caballos.
Los peldaños en que me hallaba sentado estaban calientes; en las barandas flojas y los marcos de las ventanas, por algún lugar, brotaba por el calor la cola de la madera; bajo los peldaños y los postigos, en las franjas de sombra, se apretaban unos contra otros unos bichos rojos. El sol me quemaba la cabeza, el pecho y la espalda, pero yo no lo advertía, y sólo sentía cómo detrás de mí, en el zaguán y las habitaciones, golpeaban los pies descalzos por el suelo de tablones. Recogida la vajilla del té, Másha pasó corriendo por los peldaños, echándome fresco y, como un pájaro, voló hacia una pequeña y ahumada construcción, debía ser la cocina, de donde salía un olor a carnero frito y se oía un enojado vocerío armenio. Ella se esfumó por la puerta oscura y, en su lugar, en el umbral, apareció una vieja armenia, encorvada, de rostro rojizo y bombachos verdes. La vieja se enojaba y maldecía a alguien. Pronto, en el umbral, apareció Másha, enrojecida por el calor de la cocina y con un gran pan negro en el hombro; bellamente inclinada bajo el peso del pan, echó a correr a través del patio hacia el granero, se coló por la cerca y, envuelta en una nube de pelusa dorada, se esfumó tras los carros. El jojól, que fustigaba a los caballos, bajó el látigo y, por un instante, miró callado hacia los carros, después, cuando la pequeña pasó rápido junto a los caballos y saltó a través de la cerca, la siguió con los ojos y le gritó a los caballos en tal tono, como si estuviera muy afligido:
—¡Eh, que se caigan por un abismo, fuerza impura!
Y todo el tiempo oía yo después, sin cesar, los pasos de sus pies descalzos, y veía cómo ella, con un rostro serio, preocupado, corría por el patio. Pasaba corriendo ya por los peldaños, echándome fresco, ya a la cocina, ya al granero, ya tras el portón, y yo apenas alcanzaba a voltear la cabeza para seguirla.
Y mientras más a menudo me pasaba ella con su belleza ante los ojos, más fuerte se hacía mi tristeza. Me daba lástima yo mismo, ella y el jojól, que la seguía con su mirada tristemente, cada vez que ella, a través de la nube de pelusa, corría hacia los carros. Tenía acaso yo envidia de su belleza, o lamentaba que esa muchacha no era mía y nunca sería mía, y que yo era para ella un extraño; o sentía vagamente que su belleza insólita era casual, no necesaria y, como todo en la tierra, no duradero; o, acaso, era mi tristeza esa sensación peculiar, que suscita en el hombre la contemplación de la verdadera belleza, ¡Dios sabe!
Tres horas de espera pasaron de modo inadvertido. Me parecía que no había alcanzado a contemplar a Másha, cuando Karpó había ido al río, bañado al caballo y se ponía ya a engancharlo. El caballo mojado bufaba de gusto y golpeaba los pértigos con los cascos. Karpó le gritaba: "¡Atra-ás!" El abuelo se despertó. Másha nos abrió el portón chirreante, nos sentamos en la carreta y salimos del patio. Viajamos callados, como enojados los unos con los otros.
Cuando, a las dos o tres horas, surgieron en la lejanía Rostóv y Najicheván, Karpó, todo el tiempo callado, se volvió a mirar con rapidez y dijo:
—¡Y linda muchacha la del armenio!
Y fustigó al caballo.

II

Otra vez, siendo ya estudiante, iba por la vía férrea al sur. Era mayo. En una de las estaciones, al parecer entre Biélgorod y Járkov, salí del vagón para pasearme por la plataforma.
Sobre el jardincito de la estación, la plataforma y el campo descendía ya la sombra vespertina; la estación tapaba consigo el ocaso pero, por las más elevadas bocanadas del humo, que salía de la locomotora teñido de un tierno color rosa, se veía que el sol aún no se había ocultado por completo.
Andorreando por la plataforma, advertí que la mayoría de los pasajeros paseantes caminaba, y se paraba sólo junto a un vagón de segunda clase, y con tal expresión, como si en ese vagón estuviera sentada alguna persona célebre. Entre los curiosos que encontré cerca de ese vagón, se hallaba entre tanto mi compañero de viaje, un oficial de artillería, un chico inteligente, cálido y simpático, como todos los que conocemos en el camino de modo casual, y por poco tiempo.
—¿Qué miran ahí?—pregunté.
Él no me respondió y sólo me señaló con los ojos una figura femenina. Era una muchacha jovencita aún, de unos diecisiete-dieciocho años, vestida con un traje ruso, con la cabeza descubierta y una mantilla echada sobre un hombro con descuido; no era una pasajera sino, debía ser, la hija o la hermana del jefe de estación. Estaba parada junto a la ventana del vagón, y conversaba con cierta pasajera madura. Antes de alcanzar a darme cuenta de lo que veía, se apoderó de mí, de pronto, la sensación que experimenté alguna vez en el pueblo armenio.
La muchacha era de una belleza notable, y de eso no dudábamos ni yo, ni esos que la miraban junto conmigo.
Si, como se acostumbra, describir su aspecto por partes, pues en ella eran hermosos, realmente, sólo sus cabellos rubios, ondulados, espesos, sueltos y atados en su cabeza por una cintita negra, y todo lo restante era incorrecto o muy ordinario. Acaso por la manera especial de coquetear, o por los ojos entornados por la miopía, la nariz tímidamente respingada, la boca pequeña, el perfil débil y lánguidamente delineado, los hombros estrechos para sus años, a pesar de todo, la muchacha causaba la impresión de una verdadera belleza, y mirándola, pude convencerme de que el rostro ruso, para parecer hermoso, no necesita una rectitud estricta en los rasgos; es poco eso, incluso si le hubieran puesto a la muchacha, en lugar de su nariz respingada, otra recta y plásticamente impecable, como la de la armenia, pues su rostro, al parecer, hubiera perdido todo su encanto.
Parada junto a la ventana y conversando, la muchacha, encogiéndose por la humedad vespertina, nos echaba miradas a cada rato, ya se ponía en jarras, ya alzaba las manos a la cabeza, para arreglar sus cabellos; hablaba, se reía, expresaba en su rostro ya asombro, ya horror, y yo no recuerdo un instante, en que su cuerpo y su rostro se hallaran en sosiego. Todo el secreto y el hechizo de su belleza consistían, precisamente, en esos movimientos menudos, infinitamente gráciles, en la sonrisa, en el juego del rostro, en sus rápidas miradas a nosotros, en la conjunción de la fina gracia de esos movimientos con la juventud, la frescura y la pureza de su alma, que resonaba en su risa y su voz, y en esa debilidad que tanto amamos en los niños, los pájaros, los venados jóvenes, los árboles jóvenes.
Era esa belleza de mariposa a la que tanto le van el vals, el revoloteo por el jardín, la risa, el júbilo, y que no se aviene con la idea seria, la tristeza y el sosiego; y bastaría, al parecer, que un buen viento corriera por la plataforma o que cayera una lluvia, para que el cuerpo frágil se marchitara de pronto, y la belleza caprichosa se deshiciera, como polen de flor.
—Asíi… —balbuceó el oficial con un suspiro cuando, después de la segunda llamada, nos dirigíamos a nuestro vagón.
Y qué significaba ese “asíi", no me pongo a juzgar.
Puede ser que estuviera triste, y no quisiera irse de la bella y el atardecer primaveral al vagón sofocante, o puede ser que él, como yo, sintiera una lástima indefinible por la bella, por sí mismo, por mí y por todos los pasajeros que, lánguidos y sin ganas, arrastraban los pies hacia sus vagones. Al pasar junto a la ventana de la estación, tras la que estaba sentado junto a su aparato un telegrafista pálido, pelirrojo, de rizos altos y rostro desvaído, de pómulos salientes, el oficial suspiró y dijo:
—Apuesto que ese telegrafista está enamorado de esa bonita. Vivir en medio del campo, bajo un mismo techo con esa criatura etérea, y no enamorarse, está por encima de las fuerzas humanas. ¡Y qué desgracia, mi amigo, que burla ser encorvado, greñudo, grisecito, honrado y no tonto, y enamorarse de esa muchacha bonita y tontita, que le presta a uno cero atención! O peor aún: imagínese que ese telegrafista está enamorado y al mismo tiempo está casado, y que su mujer es tan encorvada, greñuda y honrada como él mismo... ¡Una tortura!
Junto a nuestro vagón, acodado en la cerca de la plazoleta, estaba parado el conductor, y miraba en dirección hacia donde estaba parada la bella, y su rostro demacrado, adiposo, no gratamente saciado, fatigado por las noches de desvelo y el balanceo del vagón, expresaba ternura y una profunda tristeza, como si hubiera visto en la muchacha su propia juventud, dicha, su sobriedad, pureza, mujer, hijos, como si se arrepintiera y sintiera con todo su ser, que esa muchacha no era suya, y que la dicha ordinaria, humana de la pasajera le quedaba a él, con su vejez prematura, torpeza y rostro grasiento, tan lejos como el cielo.
Tocó la tercera llamada, sonaron los silbatos, y el tren arrancó con pereza. Por nuestras ventanas pasaron primero el inspector, el jefe de estación, después el jardín, la bella con su sonrisa maravillosa, infantil-maliciosa…
Asomado afuera y mirando atrás, vi cómo ella, siguiendo con los ojos el tren, pasó por la plataforma junto a la ventana, donde estaba sentado el telegrafista, se arregló los cabellos y echó a correr al jardín. La estación ya no tapaba el poniente, era el campo abierto, pero el sol ya se ponía, y el humo se extendía en negras bocanadas por el verde terciopelo de los sembrados. Había tristeza en el aire primaveral, en el cielo oscurecido y el vagón.
El conocido conductor entró al vagón y se puso a encender las velas.

Título original: Krasavitzi, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1888, Nº 4513, con la firma: "An. Chejov".
Imagen: John Singer, A gust of wind, 1886-87.