sábado, 22 de diciembre de 2007

La recaída

I

El estudiante de medicina Meyer, y el alumno de la Escuela de pintura, escultura y arquitectura de Moscú, Ríbnikov, fueron cierta vez por la tarde a la casa de su amigo, el estudiante de derecho Vasíliev, y le propusieron ir con ellos al boulevard S. Vasíliev al principio no convino por largo tiempo, pero después se vistió y fue con ellos.
A las mujeres caídas las conocía sólo de oídas, por los libros, y en las casas donde éstas vivían, no había estado ni una vez en su vida. Él sabía que había mujeres inmorales que, bajo la presión de unas circunstancias fatales, el medio, la mala educación, las necesidades y por el estilo, se veían obligadas a vender su honor por dinero. Ellas no conocían el amor puro, no tenían hijos, no tenían capacidad legal; sus madres y sus hermanas las lloraban como a muertas, la ciencia las trataba como un mal, los hombres les decían tú. Sin embargo, a pesar de todo eso, no perdían la imagen y semejanza de Dios. Todas confesaban su pecado y esperaban la salvación. De los medios que conducían a la salvación, podían valerse en las más amplias medidas. Cierto, la sociedad no perdonaba a las personas su pasado, pero Dios consideraba a la santa María de Egipto no menos que a otras santas. Cuando a Vasíliev le tocaba reconocer en la calle, por el vestido o las maneras, a una mujer caída, o ver su imagen en una revista humorística, recordaba cada vez una historia que había leído una vez, en algún lugar: cierto joven, puro y abnegado, se enamoraba de una mujer caída y le proponía ser su esposa, y ella, al considerarse indigna de esa dicha, se envenenaba.
Vasíliev vivía en uno de los callejones que salían al boulevard Tvierskáya. Cuando salió con sus amigos de la casa, eran cerca de las once. Hacía poco había caído la primera nieve, y todo en la naturaleza se hallaba bajo el poder de esa nieve joven. El aire olía a nieve, bajo los pies crujía la nieve suavemente, la tierra, los tejados, los bancos de los boulevards, todo era suave, blanco, juvenil, y por eso las casas lucían distinto de como ayer, los faroles alumbraban más vivamente, el aire era más diáfano, los carruajes golpeaban más sordamente, y en el alma, junto al aire fresco, levemente helado, surgía una sensación parecida a la nieve blanca, joven, afelpada.
-Inevitablemente hacia estas orillas tristes, -cantó el médico en un tenor agradable, -me arrastra una fuerza desconocida1
-Aquí está el molino… -lo acompañó el pintor. –Ya se derrumbó
Calló un poco, se secó la frente recordando las palabras, y cantó en voz alta tan bien, que los pasantes se volteaban a verlo.
-Aquí me recibió alguna vez un amor libre, libre
Todos los tres entraron a un restaurante y, sin quitarse el paletó, se bebieron en el buffet dos copitas de vodka. Antes de beberse la segunda, Vasíliev advirtió en su vodka un pedacito de corcho, se llevó la copita a los ojos, la miró largo tiempo y frunció el seño, como un miope. El médico no entendió su expresión y le dijo:
-¿Bueno, qué miras? ¡Por favor, sin filosofía! El vodka está para tomarlo, el esturión para comerlo, las mujeres para ir a verlas, la nieve para andar sobre ella. ¡Siquiera vive una noche como una persona!
-Pero yo, nada… -dijo Vasíliev, riéndose. -¿Acaso yo lo rechazo?
Con el vodka se le calentó el pecho. Miraba a sus amigos con ternura, los admiraba y envidiaba. ¡Cuán equilibrado era todo en estas personas saludables, fuertes, alegres, cuán acabado y regular era todo en sus mentes y almas! Ellos cantaban, amaban el teatro apasionadamente, dibujaban, hablaban mucho, bebían, y la cabeza no les dolía al otro día después de eso; eran poéticos, libertinos, tiernos, insolentes; sabían trabajar, perturbarse, reír a carcajadas sin motivo, decir tonterías; eran ardientes, honrados, abnegados y, como personas, no eran en nada peor que él, Vasíliev, que cuidaba cada paso suyo y cada palabra suya, era aprensivo, cuidadoso, y estaba dispuesto a elevar la mínima tontería al nivel de una cuestión. Y quiso, siquiera una noche, vivir así como vivían sus amigos, soltarse, liberarse del control personal. ¿Se necesitaba beber vodka? Él bebería, aunque mañana se le partiera la cabeza de dolor. ¿Lo llevaban a las mujeres? Él iría. Él iba a reír a carcajadas, hacer el tonto, responder contento al roce de los pasantes…
Salió del restaurante riéndose. Le gustaban sus amigos, uno con un arrugado sombrero de alas anchas, con pretensión de desorden artístico; otro con un gorro de nutria, un hombre no pobre, pero con pretensión de pertenencia a la bohemia científica; le gustaba la nieve, las luces pálidas de los faroles, las huellas bruscas, negras que dejaban en la primera nieve las suelas de los pasantes; le gustaba el aire y, en particular, ese tono diáfano, tierno, inocente, como virginal, que se podía observar en la naturaleza sólo dos veces al año: cuando todo estaba cubierto de nieve, y en primavera, en los días claros o las noches de luna, cuando se rompía el hielo en el río.
-Inevitablemente, hacia estas orillas tristes, -cantó a media voz, -me arrastra una fuerza desconocida
Y todo el camino, por algo, a él y a sus amigos no se les fue de la lengua ese motivo, y todos los tres lo cantaban de modo maquinal, sin compás el uno con el otro.
En su imaginación, Vasíliev se dibujaba cómo, dentro de unos diez minutos, él y sus amigos tocarían a una puerta, cómo se acercarían a las mujeres con cautela, por corredores y habitaciones oscuras, como él, valiéndose de las tinieblas, rayaría un cerillo y alumbraría de pronto, y vería un rostro sufrido y una sonrisa culpable. Una rubia o una trigueña desconocida estaría, probablemente, con los cabellos desatados y una blusa blanca de noche; se asustaría de la luz, se confundiría terriblemente y diría: “¡Por Dios, qué hace! ¡Apáguelo!” Todo eso era terrible, pero curioso y nuevo.

II

Los amigos, desde la plaza Trúbnaya, doblaron por la Grachévka y pronto entraron a un callejón, que Vasíliev conocía sólo de oídas. Al ver dos hileras de casas con las ventanas iluminadas vivamente y las puertas abiertas de par en par, al oír los sonidos alegres de los pianos de cola y los violines, sonidos que salían volando por todas las puertas y se mezclaban en una extraña confusión, parecido a como si en algún lugar en las tinieblas, sobre los tejados, afinara una orquesta invisible, Vasíliev se asombró y dijo:
-¡Cuántas casas hay!
-¡Eso qué es! –dijo el médico. –En Londres hay diez veces más. Allá hay cerca de cien mil mujeres de éstas.
Los cocheros estaban sentados en los pescantes de modo tan tranquilo e indiferente, como en todos los callejones; por las veredas iban tales pasantes, como en las otras calles. Nadie se apuraba, nadie escondía su rostro tras el cuello, nadie movía la cabeza con reproche… Y en esa indiferencia, en la confusión de los sonidos de los pianos de cola y los violines, en las ventanas brillantes, en las puertas abiertas de par en par se sentía algo muy sincero, insolente, atrevido y desatado. Debía ser, en los tiempos de antaño, en los mercados de esclavos, había tanta alegría y ruido, y rostros, y el caminar de las personas expresaba la misma indiferencia.
-Vamos a empezar por el mismo principio, -dijo el pintor.
Los amigos entraron a un corredor estrecho, iluminado por una lámpara con reflector. Cuando abrieron la puerta, en el vestíbulo se levantó con pereza, de un diván amarillo, un mozo de levita negra, con un rostro de lacayo no afeitado y ojos soñolientos. Allí olía como una lavandería, y además a vinagre. Del vestíbulo una puerta conducía a una habitación iluminada vivamente. El médico y el pintor se detuvieron junto a esa puerta y, estirando los cuellos ambos a la vez, se asomaron a la habitación.
Buona sera, signori, rigoletto-giannotti-traviata! –empezó el pintor, haciendo una reverencia teatral.
Havanna-cucaracho-pistoletto! –dijo el médico, apretando su gorro contra el pecho y haciendo una reverencia profunda.
Vasíliev estaba parado detrás de ellos. También quería hacer una reverencia teatral y decir algo estúpido, pero sólo sonreía, sentía un embarazo parecido a la vergüenza, y esperaba con ansiedad qué seguiría después. En las puertas apareció una rubia pequeña de unos dieciséis-diecisiete años, pelada, con un vestido celeste corto y un cordón blanco en el pecho.
-¿Por qué se paran en la puerta? –dijo ella. –Quítense sus paletós y entren al salón.
El médico y el pintor, siguiendo hablando en italiano, entraron al salón. Vasíliev fue indeciso tras ellos.
-¡Señores, quítense sus paletós! –dijo el lacayo con severidad. –Así no se puede.
Además de la rubia, había en el salón otra mujer, muy rolliza y alta, de rostro no ruso y manos desnudas. Estaba sentada junto al piano de cola, y distribuía el patience sobre sus rodillas. No prestaba ninguna atención a los visitantes.
-¿Dónde están pues las señoritas restantes? –preguntó el médico.
-Toman té, -dijo la rubia. –¡Stepán, -gritó, -ve y dile a las señoritas que vinieron los estudiantes!
Un poco después entró al salón la tercera señorita. Llevaba un vestido rojo brillante con franjas azules. Su rostro estaba pintado de modo espeso e inepto, la frente se ocultaba tras los cabellos, sus ojos miraban sin pestañar y asustados. Al entrar, al instante empezó a cantar cierta canción en un contralto fuerte, grosero. Tras ella apareció la cuarta señorita, tras ésta la quinta…
En todo esto Vasíliev no veía nada nuevo ni curioso. Le parecía que el salón, el piano de cola, el espejo con marco dorado barato, el cordón, el vestido de franjas azules y los rostros estúpidos, indiferentes, ya los había visto en algún lugar y no una vez. De las tinieblas, los silencios, las sonrisas culpables, de todo eso que esperaba encontrar allí y lo asustaba, no veía ni la sombra.
Todo era ordinario, prosaico y no interesante. Sólo una cosa irritaba su curiosidad levemente: la terrible falta de gusto, como pensada a propósito, que se veía en las cornisas, los cuadros absurdos, los vestidos, el cordón. En esa falta de gusto había algo característico, peculiar.
“¡Cuán pobre y estúpido es todo! –pensaba Vasíliev. -¿Qué de todo este absurdo, que veo ahora, puede tentar a un hombre normal, incitarlo a cometer el pecado terrible: comprar a una persona viva por un rublo? Yo entiendo cualquier pecado en aras del brillo, la belleza, la gracia, la pasión, el gusto, ¿pero, qué hay aquí? ¿En aras de qué se peca aquí? Por lo demás… ¡no hay que pensar!
-¡Barba, convídeme con un porter! –se dirigió a él la rubia.
Vasíliev de pronto se confundió.
-Con gusto… -dijo, haciendo una reverencia con amabilidad. –Sólo que disculpe, señora, yo… no voy a beber con usted. Yo no bebo.
A los cinco minutos los amigos ya iban a otra casa.
-Bueno, ¿para qué pediste el porter? –se enojaba el médico. -¡Qué millonario! ¡Tiraste seis rublos, vives tan bien, al viento!
-¿Si ella quería, pues por qué no darle ese gusto? –se justificaba Vasíliev.
-Tú le diste gusto no a ella, sino a la dueña. El pedirle convites a los visitantes se lo ordenan las dueñas, para ellas es provechoso.
-Aquí está el molino… -cantó el pintor. –Ya se derrumbó
Al llegar a la otra casa, los amigos solamente se pararon en el vestíbulo, no entraron al salón. Asimismo, como en la primera casa, en el vestíbulo se levantó del diván una figura con levita y rostro de lacayo soñoliento. Mirando a ese lacayo, su rostro y levita usada, Vasíliev pensó: “¿Cuánto debe sufrir un hombre ruso ordinario, sencillo, antes de que el destino lo arroje aquí de lacayo? ¿Dónde estaba antes y qué hacía? ¿Qué le espera? ¿Está casado acaso? ¿Dónde está su madre, y sabe acaso ella que él sirve aquí de lacayo?” Y ya Vasíliev, de modo inevitable, en cada casa, prestaba atención ante todo al lacayo. En una de las casas, al parecer la cuarta por la cuenta, había un lacayo pequeño, endeble, enjuto, con cadenita en el chaleco. Leía La hojita2 y no prestaba ninguna atención a los que entraban. Echando una mirada a su rostro, Vasíliev pensó por algo que un hombre con ese rostro podía robar, matar y prestar falso juramento. Y el rostro en realidad era interesante: la frente grande, los ojos grises, la naricita achatada, los labios menudos, estrechos, y la expresión estúpida y al mismo tiempo insolente, como la de un perro galgo joven cuando persigue a una liebre. Vasíliev pensó que sería bueno tocar el cabello de ese lacayo: ¿sería áspero o suave? Debía ser áspero, como el del perro.

III

El pintor, por haberse bebido dos vasos de porter, como que se embriagó de pronto, y revivió de modo no natural.
-¡Vamos a otra! –comandó, abriendo los brazos. -¡Los voy a llevar a la mejor!
Llevando a los amigos a esa casa que, en su opinión, era la mejor, manifestó el deseo insistente de bailar una cuadrilla. El médico empezó a rezongar que deberían pagarle un rublo a los músicos, pero convino en ser el vis-à-vis. Empezaron a bailar.
La mejor era tan no buena como la peor. Allí había, exactamente, los mismos espejos y cuadros, los mismos peinados y vestidos. Al examinar el ambiente y los trajes, Vasíliev ya entendía que eso no era falta de gusto, sino algo tal, que se podía llamar el gusto e, incluso, el estilo del callejón S., y que no se podía hallar en ningún otro lugar; algo íntegro en su escándalo, no casual, elaborado por el tiempo. Después que estuvo en ocho casas, ya no lo asombraban ni el color de los vestidos, ni las largas colas, ni los lazos brillantes, ni los trajes de marinero, ni la espesa pintura violeta de las mejillas; entendía que todo eso era necesario así, que si incluso una de las mujeres se vistiera como una persona, o si colgaran en la pared un grabado decente, con eso sufriría el tono general de todo el callejón.
“¡De qué modo inepto se venden! –pensaba. -¿Será posible que no puedan entender, que el vicio sólo es encantador cuando es bello y se oculta, cuando lleva la envoltura de la virtud? Los vestidos negros modestos, los rostros pálidos, las sonrisas tristes y las tinieblas influyen más fuertemente que esta pacotilla chapucera. ¡Estúpidas! Si ellas mismas no entienden eso, pues que le enseñen los visitantes, o qué…”
Una señorita con traje polaco y ribete de piel blanco se le acercó y se sentó a su lado.
-Trigueño simpático, ¿y eso que no baila? –le preguntó. -¿Por qué está tan aburrido?
-Porque es aburrido.
-Y convídeme con un laffitte. Entonces no será aburrido.
Vasíliev no respondió nada. Calló un poco y preguntó:
-¿Usted, a qué hora se acuesta a dormir?
-A las seis.
-¿Y se levanta cuando?
-Cuando a las dos, y cuando a las tres.
-¿Y al levantarse, qué hace?
-Tomamos café, almorzamos a las siete.
-¿Y qué almuerzan?
-Comúnmente… Sopa o schi, bistec, postre. Nuestra mesdame mantiene bien a las muchachas. ¿Y para qué pregunta todo eso?
-Así, para hablar…
Vasíliev quería hablar con la señorita de muchas cosas. Sentía un fuerte deseo de conocer de dónde era natural, si estaban vivos sus padres, y si sabían que ella estaba aquí, cómo había caído en esa casa, si estaba contenta y satisfecha, o triste y oprimida por ideas sombrías, si esperaba salir alguna vez de su situación actual… Pero no podía pensar de ningún modo por dónde empezar, y qué forma dar a su pregunta para que no pareciera inmodesta. Pensó largo tiempo y preguntó:
-¿Cuántos años tiene?
-Ochenta, -soltó la señorita mirando, riéndose de los trucos que hacía el pintor bailador con las manos y los pies.
De pronto, se rió a carcajadas de algo, y dijo en voz alta, así que todos lo oyeron, una larga frase cínica. Vasíliev se quedó pasmado y, sin saber qué expresión dar a su rostro, sonrió con tirantez. Sonrió sólo él, todos los restantes, sus amigos, los músicos y las mujeres incluso no miraron a su vecina, como si no hubieran oído.
-¡Convídeme con un laffitte! –dijo de nuevo la vecina.
Vasíliev sintió repulsión hacia su voz y ribete blanco, y se apartó de ella. Ya le parecía sofocante y caluroso, y el corazón le empezó a palpitar con lentitud, pero con fuerza, como un martillo: ¡uno!, ¡dos!, ¡tres!
-¡Vámonos de aquí! –dijo, tirando de la manga al pintor.
-¡Espera, déjame terminar!
Mientras el pintor y el médico terminaban la cuadrilla, Vasíliev, para no mirar a las mujeres, examinaba a los músicos. El piano lo tocaba un venerable viejo con lentes, parecido de rostro al mariscal Bazen; el violín, un joven de barbita castaña, vestido a la última moda. El joven tenía un rostro no estúpido, no demacrado, sino al contrario, inteligente, joven, fresco. Estaba vestido con exigencia y gusto, tocaba con sentimiento. La tarea: ¿cómo él y ese viejo decente, venerable, habían caído aquí?, ¿por qué no les daba vergüenza estar sentados aquí?, ¿en qué pensaban cuando miraban a las mujeres?
Si el piano de cola y los violines los tocaran unos hombres harapientos, hambrientos, sombríos, borrachos, con rostros demacrados o estúpidos, entonces su presencia, acaso, sería entendible. Pero ahora Vasíliev no entendía nada. Recordaba la historia de la mujer caída, que había leído alguna vez, y hallaba ahora que esa imagen humana con sonrisa culpable, no tenía nada en común con lo que veía ahora. Le parecía que veía no a mujeres caídas, sino cierto otro mundo, totalmente peculiar, que le era ajeno e incomprensible; si hubiera visto antes ese mundo en la escena, o hubiera leído sobre él en un libro, no lo hubiera creído…
La mujer del ribete blanco se rió a carcajadas de nuevo y pronunció en voz alta la frase repulsiva. Una sensación de repulsión se apoderó de él, se sonrojó y salió.
-¡Espera, nosotros nos vamos también!

IV

-Ahora, con mi dama, mientras estábamos bailando, tuve una conversación, -contaba el médico, cuando todos los tres salieron a la calle. –Se trataba de su primer romance. Él, el héroe, era un contable de Smoliénsk, que tenía esposa y cinco hijos. Ella tenía diecisiete años, y vivía sola con el papásha y la mamásha, que vendían jabón y velas.
-¿Con qué venció su corazón? –preguntó Vasíliev.
-Con que le compró una ropa interior de cincuenta rublos. ¡El diablo sabe qué!
“No obstante, él supo sacarle a su dama su romance, -pensó Vasíliev del médico. –Y yo no sé…”
-¡Señores, me voy a casa! –dijo.
-¿Por qué?
-Porque yo no sé conducirme aquí. Además de eso, me aburre y me repugna. ¿Qué hay de alegre aquí? Siquiera si hubieran personas, pero son salvajes y animales. Yo me voy, como les plazca.
-Bueno, Grísha, Grigórii, hijito… -dijo el pintor con voz llorosa, apretándose a Vasíliev. -¡Vamos! Vamos a una más, y que sean malditas… ¡Por favor! ¡Grigoriántz!
Convencieron a Vasíliev y lo llevaron hacia arriba por la escalera. En la alfombra y las barandas doradas, en el portero que abrió la puerta, en los paneles que adornaban el vestíbulo, se sentía el mismo estilo del callejón S., pero perfeccionado, imponente.
-¡En verdad, me voy a casa! –dijo Vasíliev, quitándose el paletó.
-Bueno, bueno, hijito… -dijo el pintor y lo besó en el cuello. –No seas caprichoso… ¡Gri-Gri, sé colega! Vinimos juntos, nos vamos juntos. Qué bestia eres, en verdad.
-Yo los puedo esperar en la calle. ¡Por Dios, me repugna aquí!
-Bueno, bueno, Grísha… ¡Te repugna, y tú observa! ¿Entiendes? ¡Observa!
-Hay que mirar las cosas objetivamente, -dijo el médico con seriedad.
Vasíliev entró al salón y se sentó. Además de él y sus amigos, en el salón había muchos visitantes: dos oficiales de infantería, cierto señor canoso y calvo, con lentes dorados, dos estudiantes imberbes del instituto de deslinde y un hombre muy borracho con rostro de actor. Todas las señoritas estaban ocupadas con esos visitantes, y no prestaban ninguna atención a Vasíliev. Sólo una de ellas, vestida de Aída3, le echó una mirada de soslayo, sonrió por algo y profirió, bostezando:
-El trigueño vino…
A Vasíliev le palpitó el corazón y le ardió el rostro. Le daba vergüenza ante los visitantes por su presencia allí, y le era repulsivo y torturador. Lo torturaba la idea de que él, un hombre decente y amante (así se consideraba hasta entonces), odiaba a esas mujeres y no sentía nada por ellas, excepto repulsión. No le daban lástima ni esas mujeres, ni los músicos, ni los lacayos.
“Eso es por que yo no intento entenderlas, -pensaba. –Todas se parecen más a los animales que a las personas, pero de todas formas son personas, tienen alma. Hay que entenderlas, y entonces juzgarlas…”
-¡Grísha, tú pues no te vayas, espéranos! –le gritó el pintor y despareció hacia algún lugar.
Pronto desapareció el médico también.
“Sí, hay que intentar entender, y así no se puede…” –continuó pensando Vasíliev.
Y empezó a escrutar con intensidad el rostro de cada mujer, y a buscar sonrisas culpables. Pero –o él no sabía leer sus rostros, o ninguna de esas mujeres se sentía culpable, -en cada rostro leía sólo una expresión estúpida de aburrimiento cotidiano, trivial, y de satisfacción. Ojos estúpidos, sonrisas estúpidas, voces bruscas, estúpidas, movimientos descarados, y nada más. Por lo visto, cada una tenía en el pasado un romance con un contable y con una ropa interior de cincuenta rublos, y en el presente no había otro encanto en la vida que el café, el almuerzo de tres platos, el vino, la cuadrilla, el dormir hasta las dos…
No hallando ninguna sonrisa culpable, Vasíliev se puso a buscar si no había un rostro inteligente. Y su atención se detuvo en un rostro pálido, un poco soñoliento, fatigado… Era una trigueña no joven, que vestía un traje salpicado de destellos; estaba sentada en una butaca, miraba al suelo y pensaba en algo. Vasíliev se paseó de una esquina a la otra, y se sentó a su lado como sin intención.
“Hay que empezar con algo trivial, -pensaba él, -y después pasar a lo serio gradualmente…”
-¡Y qué trajecito bonito tiene usted! –dijo, y tocó con su dedo el fleco dorado del pañuelo.
-Cual es… -dijo la trigueña con languidez.
-¿De qué gobierno es?
-¿Yo? De uno lejano… De Chernigóvskii.
-Buen gobierno. Allá está bien.
-Está bien allá, donde no estamos.
“Lastima que no sé describir la naturaleza, -pensó Vasíliev. –Podría haberla conmovido con la descripción de la naturaleza de Chernigóvskii. Seguro pues le gusta, si nació allí”.
-¿Le aburre aquí? –preguntó él.
-Es sabido, aburre.
-¿Por qué no se va de aquí, si le aburre?
-¿A dónde pues voy a ir? ¿A pedir limosna, o qué?
-Pedir limosna es más fácil, que vivir aquí.
-¿Y usted de dónde sabe? ¿Acaso pidió?
-Pedí, cuando no había con qué pagar el estudio. Aunque no hubiera pedido, eso así se entiende. El mendigo, sea como sea, es un hombre libre, y usted es una esclava.
La trigueña se desperezó y acompañó con ojos soñolientos al lacayo, que llevaba en una bandeja vasos y agua de seltzer.
-Convídeme con un porter, -dijo ella y bostezó de nuevo.
“Con un porter… -pensó Vasíliev. -¿Y qué, si entrara ahora aquí tu hermano o tu madre? ¿Qué tú les dirías? ¿Y qué dirían ellos? Habría entonces un porter, me imagino…”
De pronto se oyó un llanto. De la habitación contigua, a donde el lacayo había llevado el agua de seltzer, salió rápido cierto rubio con el rostro rojo y los ojos enojados. Tras él iba una ama alta, rolliza, que gritaba con voz chillona:
-¡Nadie le permitió darle bofetadas a las muchachas! ¡A nuestra casa vienen visitantes mejores que usted, y no se pelean! ¡Charlatán!
Se armó un jaleo. Vasíliev se asustó y palideció. En la habitación contigua lloraban a lágrima viva, con sinceridad, como lloran los ofendidos. Y entendió que allí, en realidad, vivían personas, verdaderas personas que, como en todas partes, se ofendían, sufrían, lloraban, pedían ayuda… El odio penoso y la sensación de repulsión cedieron lugar, a una aguda sensación de lástima y rabia con el ofendedor. Se lanzó a la habitación donde lloraban; a través de las filas de botellas, paradas sobre la tabla marmórea de la mesa, divisó un rostro sufrido, bañado en lágrimas; le tendió a ese rostro la mano, dio un paso hacia la mesa, pero al instante saltó atrás con horror. La llorosa estaba borracha.
Abriéndose paso a través de la multitud ruidosa, reunida alrededor del rubio, perdió el ánimo, se acobardó como un chico, y le pareció que en ese mundo ajeno, incomprensible para él, lo querían perseguir, pegarle, cubrirlo de palabras sucias… Arrancó su paletó de la percha y se lanzó a la carrera por la escalera.

V

Pegado a la verja, estaba parado cerca de la casa, y esperaba a que salieran sus colegas. Los sonidos del piano de cola y los violines alegres, atrevidos, insolentes y tristes, se confundían en el aire en cierto caos, y esa confusión, como antes, parecía como si en las tinieblas, sobre los tejados, afinara una orquesta invisible. Si echar una mirada arriba, hacia esas tinieblas, todo el fondo negro estaba sembrado de puntitos blancos móviles: nevaba. Los copos, al caer en la luz, giraban en el aire con pereza, como pelusas, y caían sobre la tierra con más pereza aún. Los copitos giraban en multitud alrededor de Vasíliev, y pendían de su barba, pestañas, cejas… Los cocheros, caballos y pasantes estaban blancos.
“¡Y cómo puede nevar en este callejón! –pensaba Vasíliev. -¡Malditas sean estas casas!”
Por haber corrido hacia abajo por la escalera, las piernas se le doblaban de cansancio; se sofocaba, como si trepara a una montaña, el corazón le palpitaba así, que se oía. Lo abrumaba el deseo de salir pronto del callejón e ir a casa, pero más quería aún esperar a los colegas y descargar en ellos su sensación penosa.
No había entendido muchas cosas en las casas, las almas de las mujeres caídas seguían siendo para él, como antes, un misterio, pero estaba claro que el asunto era mucho peor, de lo que se podía pensar. Si esa mujer culpable que se envenenó se llamaba caída, pues para todas éstas, que bailaban ahora bajo la confusión de los sonidos y decían largas frases repulsivas, era difícil elegir un nombre apropiado. Éstas no eran caídas, sino ya muertas.
“Hay vicio, -pensaba -pero no hay ni conciencia de culpa, ni esperanza de salvación. Las venden, compran, ahogan en vino e ignominias, y ellas, como ovejas estúpidas, indiferentes, no entienden. ¡Dios mío, Dios mío!”
Para él estaba claro asimismo, que todo eso que se llamaba dignidad humana, persona, imagen y semejanza de Dios, se había profanado allí hasta el fundamento, “rematado”, como decían los borrachos, y que los culpables de eso no eran sólo los callejones y las mujeres estúpidas.
Una multitud de estudiantes, blancos de nieve, conversando alegremente y riendo, pasó por su lado. Uno de ellos, alto y fino, se detuvo, miró a la cara a Vasíliev y dijo con voz borracha:
-¡Nuestro! ¿Te alimonaste, hermano? ¡Ajá-já, hermano! ¡No es nada, pasea! ¡Anda! ¡No te aflijas, tío!
Tomó a Vasíliev por los hombros y pegó sus bigotes mojados, fríos a su mejilla, después se tambaleó y, agitando ambas manos, gritó:
-¡Sostente! ¡No te caigas!
Y, echándose a reír, corrió a alcanzar a sus colegas.
A través del ruido se oyó la voz del pintor:
-¡No se atreva a pegarle a las mujeres! ¡Yo no le voy a permitir, que se lo lleve el diablo! ¡Es un canalla usted!
En las puertas de la casa apareció el médico. Echó miradas a los costados y, al ver a Vasíliev, dijo alarmado:
-¿Tú estás aquí? ¡Escucha, por Dios; con Yegór, positivamente, es imposible ir a algún lugar! ¡Qué clase de hombre es, no entiendo! ¡Armó un escándalo! ¿Oyes? ¡Yegór! –gritó hacia la puerta. -¡Yegór!
-¡Yo no le voy a permitir pegarle a las mujeres! –repercutió arriba la voz penetrante del pintor.
Algo pesado y voluminoso rodó hacia abajo por la escalera. Era el pintor que volaba rodando hacia abajo. Evidentemente, lo habían empujado.
Se levantó de la tierra, sacudió el sombrero y, con rostro furioso, indignado, amenazó con el puño en alto y gritó:
-¡Canallas! ¡Desolladores! ¡Chupa sangres! ¡Yo no les voy a permitir pegarle! ¡Pegarle a una mujer débil, borracha! Ah, ustedes…
-Yegór… Bueno, Yegór… -empezó a suplicar el médico. -¡Te doy mi palabra de honor, que ya nunca voy a venir contigo otra vez. ¡Palabra de honor!
El pintor se serenó poco a poco, y los amigos fueron a la casa.
-Inevitablemente hacia estas orillas tristes, -cantó el médico, -me arrastra una fuerza desconocida…
Aquí está el molino… -acompañó un poco después el pintor. –Ya se derrumbó… ¡Qué nieve cae, madre santísima! ¿Gríshka, por qué te fuiste tú? Eres un cobarde, una mujercita, y más nada.
Vasíliev iba detrás de los amigos, los miraba por la espalda, y pensaba:
“Una de dos: o sólo nos parece que la prostitución es un mal, y exageramos, o pues, si la prostitución es en realidad un mal, como es costumbre pensar, pues estos tiernos amigos míos son tan esclavistas, violentos y asesinos, como esos pobladores de Siria o El Cairo que dibujan en El Niva. Ellos ahora cantan, se ríen a carcajadas, razonan con sensatez pero, ¿acaso no ellos explotaban ahora el hambre, la ignorancia y la estupidez? Ellos, yo fui testigo. ¿Qué pintan ahí su humanismo, medicina, pintura? La ciencia, el arte y los sentimientos elevados de estos homicidas me recuerdan el tocino de una anécdota. Dos bandidos degollaron a un mendigo en el bosque, empezaron a dividirse entre sí su ropa, y hallaron en la bolsa un pedazo de tocino de cerdo. “Muy a propósito, -dijo uno de ellos -vamos a picar”. -¿Qué tienes, cómo se puede? –se horrorizó el otro. –“¿Acaso olvidaste que hoy es miércoles?” Y no comieron. Ellos, que habían degollado a un hombre, salieron del bosque con la seguridad de que eran ayunadores. Así y éstos, que compraban mujeres, iban y pensaban ahora que eran pintores y médicos…”
-¡Escuchen, ustedes! –dijo enojado y con brusquedad. -¿Para qué van ahí? ¿Será posible, será posible que no entiendan, qué horrible es eso? Vuestra medicina dice, que cada una de esas mujeres muere de modo prematuro, de tuberculosis o de alguna otra cosa; las artes dicen que mueren moralmente aún antes. Cada una de ellas muere, por que recibe en su vida un número promedio, supongamos, de quinientos hombres. A cada una la matan quinientos hombres. ¡Entre esos quinientos están ustedes! Ahora, si ustedes ambos, en toda su vida, van ahí y a otros lugares semejantes unas doscientas cincuenta veces, pues entonces, ¡a ustedes ambos les toca una mujer muerta! ¡Acaso no se entiende! ¿Acaso no es horrible! ¡Matar entre dos, tres, cinco, a una mujer estúpida, hambrienta! ¿Ah, acaso no es horrible, Dios mío?
-Así lo sabía, que terminaría con esto, -dijo el pintor, frunciendo el seño. -¡No debimos ligarnos con este imbécil y estúpido! ¿Tú piensas que tienes ahora en la cabeza grandes pensamientos, ideas? ¡No, el diablo sabe qué, pero no ideas! Tú ahora me miras con odio y repulsión, y en mi opinión, sería mejor que construyeras veinte casas más de ésas, que mirar así. ¡En esa, tu mirada, hay más vicio que en todo el callejón! ¡Vamos, Volódia, al diablo con él! Es un imbécil, un estúpido, y nada más…
-Nosotros, las personas, nos matamos mutuamente las unas a las otras, -dijo el médico. –Eso, por supuesto, es inmoral, pero con la filosofía no ayudas ahí. ¡Adiós!
En la plaza Trúbnaya los amigos se perdonaron y se separaron. Al quedarse solo, Vasíliev empezó a caminar rápido por el boulevard. Le daban miedo las tinieblas, miedo la nieve, que caía en copos sobre la tierra y, al parecer, quería cubrir todo el mundo; le daban miedo las luces de los faroles, que titilaban pálidamente a través de las nubes de nieve. Un miedo inconsciente, pusilánime se apoderaba de su alma. Aparecían rara vez caminantes al encuentro, pero se apartaba asustado de éstos. Le parecía que de todas partes iban y por todas partes lo miraban mujeres, sólo mujeres…
“Me empieza, -pensaba. –Me empieza una recaída…”

VI

En la casa estaba acostado en la cama, y decía con todo el cuerpo temblando:
-¡Están vivas! ¡Están vivas! ¡Dios mío, están vivas!
Por todos los medios cultivaba su fantasía, se imaginaba a sí mismo ya hermano de la mujer caída, ya su padre, ya la misma mujer caída con las mejillas untadas, y todo eso lo conducía al horror.
Le parecía, por algo, que debía resolver la cuestión de inmediato, fuera como fuera, y que esa cuestión no era ajena, sino personal. Ponía en tensión sus fuerzas, vencía en sí la desolación y, sentado en la cama, abrazada la cabeza con las manos, empezaba a resolver: ¿cómo salvar a todas esas mujeres que había visto hoy? El orden de solución de todas las cuestiones, como hombre científico, le era bien conocido. Y él, por muy excitado que estuviera, se remitía a ese orden estrictamente. Recordó la historia de la cuestión, su literatura, y a las cuatro caminaba de una esquina a la otra, e intentaba recordar todos los experimentos que se practicaban en el tiempo actual para la salvación de las mujeres. Tenía muchos buenos amigos y conocidos viviendo en los números de Faltsfein, Galiáshkin, Niecháev, Yéchkin… Entre ellos no pocos hombres honrados y abnegados. Algunos de éstos habían intentado salvar mujeres…
“Todos esos intentos limitados, -pensaba Vasíliev, -se podían dividir en tres grupos. Unos, después de comprarle la mujer al garito, le alquilaban un número, le compraban una máquina de coser, y ella se hacía costurera. Y al comprarla, con deseo o sin deseo, la hacían su querida, después, terminado el curso, se iban, y la dejaban en manos de otro hombre honrado, como alguna cosa. Y la caída seguía siendo una caída. Otros, al comprarla, también le alquilaban un número separado, le compraban la inevitable máquina de coser, ponían en acción el leer y escribir, las prédicas, la lectura de libritos. La mujer vivía y cosía mientras eso le era interesante y nuevo, pero después, al extrañar, empezaba a recibir hombres oculta de los predicadores, o se escapaba de vuelta allí, donde se podía dormir hasta las tres, tomar café y almorzar opíparamente. Los terceros, los más ardientes y abnegados, daban un paso valiente, resuelto. Se casaban. Y cuando el animal descarado, mimado o estúpido, se convertía en esposa, ama y después madre, eso ponía patas arriba su vida y visión del mundo, de modo que después era difícil reconocer en la esposa y la madre a la antigua mujer caída. Sí, el casamiento era el mejor y, posiblemente, único medio”.
-¡Pero es imposible! –dijo en voz alta Vasíliev y se tumbó en la cama. -¡Yo soy el primero que no podría casarme! Para eso hay que ser un santo, no saber odiar y no conocer la repulsión. Pero, supongamos que el médico, el pintor y yo nos forzamos y nos casamos, que todas ellas se casan. ¿Pero, cuál es la conclusión? ¿Cuál conclusión? Y la concusión es que, mientras ellas aquí, en Moscú, se casan, el contador de Smoliénsk pervierte a una nueva partida, y esa partida viene aquí, a los puestos vacantes, con las saratovitas, las nizhegoroditas y las varsovianas… ¿Y dónde meter a las cien mil londinenses? ¿A dónde meter a las hamburguesas?
La lámpara, en la que se consumió el keroseno, empezó a humear. Vasíliev no lo advirtió. Empezó a caminar de nuevo, continuó pensando. Ahora ya planteó la cuestión de otra forma: ¿qué se necesita hacer, para que las mujeres caídas dejen de ser necesarias? Para eso es necesario que los hombres, que las compran y matan, sientan toda la inmoralidad de su papel esclavista y se horroricen. Hay que salvar a los hombres.
“Con la ciencia y las artes, evidentemente, no haces nada… -pensaba Vasíliev. –Ahí la única salida es el apostolado”.
Y empezó a soñar cómo mañana mismo, al atardecer, iba a pararse en la esquina del callejón, y decirle a cada pasante:
-¿A dónde y para qué va? ¡Témale a Dios!
Se iba a dirigir al cochero indiferente y decirle:
-¿Para qué está parado ahí? ¿Por qué pues no se perturba, no se indigna? Pues usted cree en Dios, y sabe que esto es pecado, que por eso los hombres van al infierno, ¿por qué pues calla? Cierto, le son ajenas, pero es que ellas tienen padres, hermanos, asimismo como usted…
Uno de los amigos había dicho una vez de Vasíliev que era un hombre talentoso. Hay talentos escritores, escénicos, pintores, pero él tenía un talento peculiar: humano. Poseía un olfato fino, excelente para el dolor en general. Como el buen actor refleja en sí los movimientos ajenos y la voz, así Vasíliev sabía reflejar en su alma el dolor ajeno. Al ver las lágrimas, lloraba; junto al enfermo, él mismo se ponía enfermo y se quejaba; si veía un acto de violencia, pues le parecía que el acto de violencia se realizaba contra él, se acobardaba como un chico y, acobardado, corría por ayuda. El dolor ajeno lo irritaba, lo excitaba, lo conducía a un estado de éxtasis, y demás.
Tenía acaso razón el amigo, no sé, pero lo que sentía Vasíliev, cuando le parecía que la cuestión estaba resuelta, era muy parecido a la inspiración. Lloraba, se reía, decía en voz alta las palabras que diría mañana, sentía un amor ardiente por esas personas, que lo escucharían y se pararían a su lado en la esquina del callejón, para predicar; se sentaba a escribir cartas, se prestaba juramento…
Todo eso se parecía a la inspiración ya, por que continuó no por mucho tiempo. Vasíliev se cansó pronto. Las londinenses, las hamburguesas, las varsovianas lo aplastaban con su masa, como las montañas aplastan la tierra; se apocaba ante esa masa, se extraviaba; recordaba que no tenía el don de la palabra, que era cobarde y pusilánime, que las personas indiferentes apenas querrían escucharlo y entenderlo a él, un estudiante de derecho de tercer año, un hombre apocado e ínfimo, que el verdadero apostolado estribaba no sólo en la prédica, sino también en las prácticas…
Cuando fue claro y los carruajes golpeaban ya por la calle, Vasíliev estaba acostado inmóvil en el diván y miraba a un punto. Ya no pensaba ni en las mujeres, ni en los hombres, ni en el apostolado. Toda su atención estaba dirigida al dolor espiritual que lo torturaba. Era un dolor estúpido, sin objeto, indefinido, parecido a la angustia, al miedo en altísimo grado, a la desolación. Señalar dónde estaba él podía: en el pecho, debajo del corazón; pero no lo podía comparar con nada. Antes tuvo un fuerte dolor de muelas, tuvo pleuritis y neuralgia, pero todo eso, en comparación con el dolor espiritual, era ínfimo. Con ese dolor la vida le parecía repulsiva. La tesis, la composición excelente que ya había escrito, las personas queridas, la salvación de las mujeres perdidas, todo lo que ayer quería aún o a lo que era indiferente, ahora, en el recuerdo, lo irritaba igual que el ruido de los carruajes, el correteo de los botones, la luz del día… Si ahora alguien, ante sus ojos, realizara una hazaña de misericordia o un acto de violencia perturbador, pues a él, lo uno y lo otro, le produciría la misma impresión repulsiva. De todas las ideas que vagaban por su cabeza con pereza, sólo dos no lo irritaban: una, que él, a cada instante, tenía el poder de matarse; la otra, que el dolor no iba a continuar por más de tres días. La segunda la conocía por experiencia.
Tras estar acostado, se levantó y, torciendo los brazos, se paseó no de una esquina a la otra, como de costumbre, sino por el cuadrado, a lo largo de la pared. De pasada se echó una mirada en el espejo. Su rostro estaba pálido y sumido, las sienes caídas, los ojos grandes, oscuros, inmóviles, como ajenos, y expresaban un sufrimiento espiritual insoportable.
Al mediodía, el pintor tocó a la puerta.
-¿Grigórii, estás en casa?
Al no recibir respuesta, estuvo parado un instante, pensó un poco y se respondió en jojól.
-No. A la universidad llegó un tipo alocado.
Y se fue. Vasíliev se acostó en la cama y, tras esconder la cabeza bajo la almohada, empezó a llorar de dolor, y mientras más abundantes manaban las lágrimas, más terrible se hacía el dolor espiritual. Cuando oscureció, recordó la noche torturante que le esperaba, y una desolación terrible se apoderó de él. Se vistió rápido, salió corriendo del número y, dejando la puerta abierta de par en par, sin ninguna necesidad ni objetivo, salió a la calle. Sin preguntarse a dónde ir, fue rápido por la calle Sadóvaya.
Nevaba copiosamente, como ayer; había deshielo. Metiendo las manos en las mangas, trémulo y asustado con el golpeteo, las llamadas de los tranvías de caballos y los pasantes, Vasíliev fue por la Sadóvaya hasta la torre Sujarióva, después hasta los Arcos rojos, de ahí dobló por la Basmánnaya. Entró a una taberna y se bebió un vaso de vodka grande, pero no sintió alivio. Al llegar a la Razguliáya, dobló a la derecha y empezó a caminar por unos callejones, en los que no había estado ni una vez en su vida. Llegó hasta el puente viejo, donde rumoraba el Yáuza, y desde donde se veían las largas hileras de ventanas iluminadas de los Cuarteles rojos. Para distraer su dolor espiritual con alguna sensación nueva o con otro dolor, sin saber qué hacer, lloroso y trémulo, Vasíliev se desabrochó el paletó y la levita, y expuso su pecho desnudo a la nieve cruda y al viento. Pero eso tampoco disminuyó su dolor. Entonces, se inclinó por encima de la baranda del puente y echó un vistazo hacia abajo, al Yáuza negro, turbulento, y quiso arrojarse de cabeza, pero no por repulsión hacia la vida, no en aras del suicidio, sino siquiera para golpearse y distraer con un dolor el otro. Pero el agua negra, las tinieblas, las orillas desiertas, cubiertas de nieve, eran terribles. Se estremeció y siguió adelante. Se paseó a lo largo de los Cuarteles rojos, después fue atrás, y bajó hacia una suerte de boscaje, del boscaje de nuevo al puente…
“¡No, a casa, a casa! –pensaba. –En la casa, parece, es más fácil…”
Y fue atrás. Al regresar a la casa, se arrancó el paletó mojado y el gorro, empezó a caminar a lo largo de las paredes, y caminó sin descanso hasta la misma mañana.

VII

Cuando fueron a verlo el pintor y el médico, al otro día por la mañana, él, con la camisa desgarrada y las manos mordidas, se agitaba por la habitación y se quejaba de dolor.
-¡Por Dios! –empezó a sollozar, al ver a los amigos. -¡Llévenme a donde quieran, hagan lo que saben, pero por Dios, sálvenme pronto! ¡Me voy a matar!
El pintor palideció y se extravió. El médico también casi rompió a llorar, pero al suponer que los médicos, en todos los casos de la vida, estaban obligados a ser serios y tener sangre fría, dijo con frialdad:
-Eso tienes una recaída. Pero eso no es nada. Vamos ahora al doctor.
-¡A donde quieran, sólo por Dios, pronto!
-Tú no te inquietes. Hay que luchar consigo mismo.
El pintor y el médico vistieron a Vasíliev con manos trémulas y lo sacaron a la calle.
-Mijaíl Serguéich ya hace tiempo que quiere conocerte, -decía el médico por el camino. –Es una persona muy agradable, y conoce su asunto a la perfección. Terminó en el año ochenta y dos, y tiene ya una práctica enorme. Con los estudiantes se conduce como un colega.
-Pronto, pronto… -apuraba Vasíliev.
Mijaíl Serguéich, un doctor obeso, rubio, recibió a los amigos con cortesía, respeto, frialdad, y sonrió con una sola mejilla.
-El pintor y Meyer me hablaron ya de su enfermedad, -dijo. -Me alegro mucho en servirle. ¿Bueno? Siéntese, le ruego humildemente…
Sentó a Vasíliev en una gran butaca, junto a la mesa, y le acercó una caja de cigarrillos.
-¿Bueno? –empezó, acariciando sus rodillas. –Vayamos al asunto… ¿Cuántos años tiene usted?
Él hacía preguntas, y el médico respondía. Preguntó si el padre de Vasíliev había padecido alguna enfermedad peculiar, si bebía fuerte, si se distinguió por la crueldad o cualquier extrañeza. Lo mismo preguntó de su abuelo, madre, hermanas y hermanos. Al conocer, que su madre tenía una voz excelente y actuaba a veces en el teatro, revivió de pronto y preguntó:
-Culpable, ¿y no recuerda si el teatro era para su mátushka una pasión?
Pasaron unos veinte minutos. A Vasíliev le aburrió que el doctor se acariciara las rodillas, y hablara siempre de lo mismo.
-En cuanto yo entiendo sus preguntas, doctor, -dijo, -usted quiere saber si mi enfermedad es hereditaria o no. No es hereditaria.
Luego el doctor preguntó si Vasíliev había tenido en su juventud algún vicio secreto, golpes en la cabeza, aficiones, extrañezas, pasiones exclusivas. A la mitad de las preguntas que los doctores hacen comúnmente, se puede no responder sin ningún perjuicio para la salud, pero Mijaíl Serguéich, el médico y el pintor tenían tales rostros como si, si Vasíliev no respondía siquiera a una pregunta, todo estaría perdido. Al recibir las respuestas, el doctor las apuntaba para algo en un papel. Al conocer que Vasíliev había terminado ya la facultad de ciencias naturales, y estaba ahora en la jurídica, el doctor se quedó pensando…
-El año pasado escribió una composición excelente… -dijo el médico.
-Culpable, no me interrumpa, me impide concentrarme, -dijo el doctor, y sonrió con una mejilla. –Sí, por supuesto, y eso juega un papel en la anamnesia4. El trabajo intelectual forzado, la fatiga excesiva… Sí, sí… ¿Y vodka, toma? –se dirigió a Vasíliev.
-Muy raras veces.
Pasaron veinte minutos más. El médico empezó a expresar a media voz su opinión sobre las causas cercanas de la recaída, y contó cómo hacía tres días él, el pintor y Vasíliev fueron al callejón S.
El tono indiferente, contenido, frío en que sus amigos y el doctor hablaban de las mujeres y del desdichado callejón, le pareció extraño en grado sumo…
-Doctor, dígame sólo una cosa, -dijo de modo contenido, para no ser grosero, -la prostitución, ¿es un mal o no?
-Hijito, ¿quién pues lo discute? –dijo el doctor con tal expresión, como si ya hubiera resuelto todas esas cuestiones hacía tiempo. -¿Quién lo discute?
-¿Usted es psiquiatra? –preguntó Vasíliev groseramente.
-Sií, psiquiatra.
-¡Puede ser que todos ustedes tengan razón! –dijo Vasíliev, al levantarse y empezar a andar de una esquina a la otra. -¡Puede ser! ¡Pero a mí todo esto me parece asombroso! Que yo estuve en dos facultades, en eso ven una hazaña; por que escribí una composición, que dentro de tres años van a tirar y olvidar, me elevan hasta los cielos, ¡y por que yo no puedo hablar de las mujeres caídas con tal sangre fría, como de estas sillas, me curan, me llaman loco y me compadecen!
Vasíliev, por algo, sintió de pronto una lástima insufrible por sí mismo, por sus colegas y por todos aquellos que había visto hacía tres días, y por el doctor, rompió a llorar y cayó en la butaca.
Los amigos miraron al doctor de modo inquisitivo. Éste, con una expresión como si entendiera perfectamente las lágrimas, la desolación, como si se sintiera un especialista por ese lado, se acercó a Vasíliev y, callado, le dio a beber ciertas gotas, y después, cuando aquél se serenó, lo desvistió y empezó a investigar la sensibilidad de su piel, los reflejos de las rodillas, y demás.
Y Vasíliev sintió alivio. Cuando salía del doctor ya le daba vergüenza, el ruido de los carruajes ya no le parecía irritante, y el peso debajo del corazón se hacía más y más leve, como si se derritiera. En las manos tenía dos recetas: una de bromuro de potasio, otra de morfina… ¡Todo eso lo tomaba antes también!
En la calle estuvo parado un rato, pensó un poco y, tras despedirse de sus amigos, arrastró los pies con pereza hacia la universidad.

1“Inevitablemente hacia estas orillas tristes”, área de La sirena, ópera de A.S. Dargomuízhskii.
2La hojita moscovita, periódico político-literario, editado de 1881 a 1918.
3Aída, personaje de Aída, ópera de Giuseppe Verdi.
4Anamnesia, reminiscencia, representación o traída a la memoria de algo pasado.

Título original: Pripadok, publicado por primera vez en la antología En memoria de V.M. Gárshin, SPb.,1889, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: Toulousse-Lautrec, La goulue entrando en el Moulin Rouge.