lunes, 17 de diciembre de 2007

La princesa


Por los grandes, tal llamados Arcos rojos del monasterio masculino, entró una calesa tirada por una cuadriga de caballos saciados, bonitos; los monjes-hierofantes y los novicios, parados en multitud junto a la sección nobiliaria del pabellón de recepción, reconocieron aun desde lejos, por el cochero y los caballos, a la dama que estaba sentada en la calesa, su buena conocida, la princesa Viéra Gavrílovna.
Un viejo con librea saltó del pescante y ayudó a la princesa a salir del carruaje. Ésta se alzó el velo oscuro y, sin prisa, se acercó a todos los monjes-hierofantes por la bendición, después asintió con la cabeza a los novicios con cariño, y se dirigió al aposento.
-¿Qué, se aburrieron sin su princesa? –le decía a los monjes que entraban sus cosas. –Yo hace un mes entero que no estuve con ustedes. Bueno, vine pues, vean a su princesa. ¿Y dónde está el padre archimandrita? ¡Dios mío, ardo de impaciencia! ¡Un viejo maravilloso, maravilloso! Ustedes deben estar orgullosos, de que tienen un archimandrita así.
Cuando entró el archimandrita, la princesa gritó con exaltación, cruzó las manos sobre el pecho y se acercó a éste por la bendición.
-¡No, no! ¡Déjeme besarla! –dijo ella, tomando su mano y besándola tres veces ávidamente. -¡Cuánto me alegra, santo padre, que por fin lo veo! Usted, seguro, olvidó a su princesa, y yo, a cada instante, vivía mentalmente en su simpático monasterio. ¡Qué bien se está aquí con ustedes! ¡En esta vida con Dios, lejos del mundo vanidoso, hay cierto encanto peculiar que yo siento con toda el alma, santo padre, pero no puedo decirlo con palabras!
A la princesa le ardieron las mejillas y le brotaron las lágrimas. Hablaba sin descanso, de modo acalorado, y el archimandrita, un viejo de unos setenta años, serio, no bonito y timorato, callaba, y sólo rara vez decía de modo entrecortado, a lo militar:
-Así mismo, su excelencia… la escucho… entiendo…
-¿Se dignó a venir con nosotros por mucho tiempo?
-Hoy voy a pasar la noche aquí, y mañana voy a ver a Klávdia Nikoláevna, hace tiempo que no nos vemos, y pasado mañana vendré de nuevo aquí, y voy a estar unos tres o cuatro días. Quiero descansar de alma aquí, santo padre…
A la princesa le gustaba visitar el monasterio N-skii. En los últimos dos años había elegido este lugar, y venía casi todos los meses de verano, y vivía unos dos, tres días, y a veces una semana. Los novicios tímidos, el silencio, los techos bajos, el olor a ciprés, el entremés modesto, las cortinas baratas de las ventanas, todo eso la conmovía, la enternecía y la disponía a la contemplación y las buenas ideas. Le era suficiente estar en los aposentos una media hora, para que le empezara a parecer que ella también era tímida y modesta, que olía a ciprés asimismo; el pasado se iba a algún lugar lejano, perdía su valor, y la princesa empezaba a pensar que, a pesar de sus veintinueve años, se parecía mucho al viejo archimandrita, y así mismo como él no había nacido para la riqueza, ni para la grandeza terrenal y el amor, sino para la vida apacible, oculta del mundo, crepuscular, como el aposento…
Sucede así, que a la celda oscura del ayunador, sumido en la plegaria, se asoma de pronto un rayo, sin intención, o se posa un pájaro, y canta su canción en la ventana de la celda; el ayunador severo sonríe de modo involuntario, y en su pecho, bajo el pesar penoso de los pecados, como de debajo de una piedra, de pronto fluye como un arroyo un júbilo sereno, sin pecado. A la princesa le parecía que había traído consigo de afuera, exactamente, ese mismo consuelo, como un rayo o un pájaro. Su sonrisa afable, alegre, su mirada dócil, su voz, sus bromas, en general toda ella, pequeña, bien formada, con un vestido negro sencillo, debía despertar con su aparición en esas personas sencillas, severas, una sensación de ternura y júbilo. Cada uno, viéndola, debía pensar: “Dios nos envió a un ángel…” Y sintiendo que cada uno pensaba eso de modo involuntario, ella sonreía más afablemente aún, e intentaba parecer un pájaro.
Atiborrada de té y descansada, salió a pasear. El sol ya se había puesto. Desde el parterre del monasterio sopló sobre la princesa la humedad sofocante de la reseda recién regada, de la iglesia llegó un canto sereno de voces masculinas, que desde lejos parecía muy agradable y triste. Iba la víspera. En las ventanas oscuras, por donde titilaban las lucecitas de las lámparas dócilmente, en las sombras, en la figura del viejo-monje, sentado en el atrio junto a la imagen con una hucha, se dibujaba tanto sosiego imperturbable, que la princesa, por algo, quiso llorar…
Y tras los arcos, en la alameda entre el muro y los abedules, donde estaban los bancos, era ya la tarde por completo. El aire se oscurecía rápido… La princesa se paseó por la alameda, se sentó en un banco y se quedó pensativa.
Pensaba que sería bueno instalarse para toda la vida en ese monasterio, donde la vida era apacible e imperturbable, como una noche de verano; sería bueno olvidar por completo a su príncipe ingrato, libertino, su inmensa fortuna, a sus acreedores, que la molestaban todos los días, sus desdichas, a la sirvienta Dásha, que hoy por la mañana tenía en el rostro una expresión insolente. Sería bueno estar sentada aquí en el banco toda la vida, y mirar a través de los troncos de los abedules cómo abajo, a los pies de la montaña, vagaban los jirones de neblina vespertina, cómo a lo lejos, sobre el bosque, como una nube negra parecida a un velo, los grajos volaban a pernoctar; cómo dos novicios -uno montado en un caballo pío, el otro a pie- arreaban a los caballos hacia el pasturaje nocturno y, contentos con su libertad, hacían travesuras como niños pequeños, sus voces jóvenes repercutían en el aire inmóvil sonoramente, y se podía entender cada palabra. Sería bueno estar sentada y prestar oídos al silencio: ya el viento soplaba y rozaba las copas de los abedules, ya una ranita susurraba en la hojarasca del año pasado, ya tras la pared el reloj de péndulo daba las cuatro… Estar sentada inmóvil, escuchar y pensar, pensar, pensar…
Pasó por su lado una vieja con un morral. La princesa pensó que sería bueno detener a esa vieja y decirle algo cariñoso, de alma, ayudarla… Pero la vieja no se volteó a mirar ni una vez y dobló por la esquina.
Un poco después apareció en la alameda un hombre alto, de barba canosa y sombrero de pajilla. Al emparejarse con la princesa, se quitó el sombrero y reverenció, y por su calva grande y nariz aguda, torcida, la princesa reconoció en él al doctor Mijaíl Ivánovich, que cinco años atrás le había servido en Dúbovki. Recordó que alguien le había dicho, que al doctor se le había muerto la mujer el año pasado, y quiso expresarle su compasión, consolarlo.
-Doctor, ¿usted, probablemente, no me reconoce? -le preguntó sonriendo afablemente.
-No, princesa, la reconocí -dijo el médico, quitándose el sombrero otra vez.
-Bueno, gracias, pues pensaba que también había ol­vidado a su princesa. Las personas sólo recuerdan a sus enemigos, y a los amigos los olvidan. ¿Y usted vino a rezar?
-Yo cada sábado paso la noche aquí, por obligación. Yo curo aquí.
-Bueno, ¿cómo anda? -preguntó la princesa, sus­pirando-. ¡Oí que se le murió su esposa! ¡Qué desgracia!
-Sí, princesa, para mí es una gran desgracia.
-¡Qué hacer! Debemos soportar las desgracias con humildad. Sin la voluntad de la providencia, no se cae un solo pelo de la cabeza del hombre.
-Sí, princesa.
A la afable, dócil sonrisa de la princesa y a sus sus­piros, el doctor respondía fría y secamente: "Sí, prince­sa". Y la expresión de su rostro era fría, seca.
"¿Qué más decirle así?" -pensó la princesa.
-¡Pero cuánto tiempo hace que no nos veíamos! –dijo ella-. ¡Cinco años! ¡En este tiempo cuánta agua corrió al mar, cuántos cambios se produjeron, hasta da miedo pensarlo! Sabe, yo me casé... de condesa me volví princesa. Y ya alcancé a separarme de mi marido.
-Sí, lo oí.
-¡Dios me envió muchas pruebas! Usted, probablemente, oyó también que estoy casi arruinada. Por las deudas de mi infeliz marido, me vendieron Dúbovki, Kiriákovo y Sofino. Me quedaron solamente Baránovo y Mijáltzievo. Da miedo mirar atrás: ¡cuántos cambios, desgracias diversas, cuántos errores!
-Sí, princesa, muchos errores.
La princesa se perturbó un poco. Conocía sus errores, todos eran a tal grado íntimos, que sólo ella podía pensar y hablar de ellos. No se contuvo y preguntó:
-¿Usted, en cuáles errores piensa?
-Usted los recordó, por lo tanto, los conoce... -respondió el doctor y sonrió con malicia. -¡Pa­ra qué pues hablar de ellos!
-No, dígame, doctor. ¡Le voy a estar muy agradecida! Y por favor, no ande con ceremonias conmigo. A mí me gusta escuchar la verdad.
-Yo no le soy juez, princesa.
-¿No es juez? En qué tono lo dice, entonces, sabe algo. ¡Dígame!
-Si lo desea, pues permítame. Sólo que, por desgracia, yo no sé hablar, y no siempre se me puede entender.
El doctor pensó un poco y empezó:
-Errores hay muchos pero, propiamente, el principal de ellos, en mi opinión, es el espíritu general que… que reinaba en todas sus posesiones. Ve, yo no sé expresarme. O sea, lo principal, es el desamor, el asco hacia las personas, que se sentía positivamente en todo. Sobre ese asco usted tenía construido todo su sistema de vida. El asco a la voz humana, las caras, las nucas, los pasos… en una palabra, hacia todo lo que constituye la persona. En todas las puertas y las escaleras, unos gansos con librea saciados, groseros y perezosos, para no dejar entrar a la casa a las personas no vestidas decentemente; en el recibidor unas sillas con espaldares altos, para que los lacayos, durante los bailes y las recepciones, no ensucien con sus nucas el empapelado de las paredes; en todas las habitaciones unas alfombras rugosas, para que no se oigan los pasos humanos; a todo el que entraba le advertían, obligatoriamente, que hablara bajo y poco, y que no hablara de lo que pudiera alterar la imaginación y los nervios. Y en su gabinete no le tendían la mano a la persona, y no le rogaban sentarse, así mismo como usted ahora, no me tendió la mano y no me invitó a sentarme…
-¡Dígnese, si quiere! –dijo la princesa, tendiendo la mano y sonriendo. –En verdad, enojarse por tal tontería…
-¿Y acaso yo me enojo? –se echó a reír el doctor, pero al instante se inflamó, se quitó el sobrero y, agitándolo, dijo de modo acalorado: -Hablando francamente, yo hace tiempo ya que esperaba una ocasión para decírselo todo, todo... O sea, yo quiero decirle que usted mira a todas las personas a lo napoleónico, como carne de cañón. ¡Pero Napoleón tenía siquiera alguna idea, y usted, excepto asco, no tiene nada!
-¡Yo le tengo asco a las personas! –se sonrió la princesa, encogiéndose de hombros con admiración. -¡Yo!
-¡Sí, usted! ¿Necesita hechos? ¡Dígnese! En su Mijáltzievo, viven de la limosna tres antiguos coci­neros suyos, que se quedaron ciegos en sus cocinas, por el calor de los hornos. Cuanto había de saludable, fuerte y bonito en sus decenas de miles de desiatínas1, usted y sus gorrones lo convirtieron todo en gansos y lacayos, en cocheros. Todos esos seres bípedos se educaron en el servilismo, se hartaron, se curtieron, perdieron la imagen y semejanza, en una palabra... A los médicos jóvenes, los agrónomos, los maestros, en general, a los trabajadores intelectuales, Dios mío, los apartan de sus asuntos, del trabajo honrado, y los obligan, por un pedazo de pan, a participar en diversas comedias de títeres, ¡que a cualquier persona decente le darían vergüenza! Otro joven no sirve ni tres años, cuando se vuelve un hipócrita, un adulón, un soplón... ¿Está bien eso? Sus gerentes-polacos, esos espías infames, todos esos Kazimíros y Kaetános, deambulan de la mañana a la noche por sus decenas de miles de desiatínas, y tratan de sacarle tres cueros a un buey para beneficio suyo. Per­done, yo me expreso sin sistema, ¡pero eso no es nada! A las gentes sencillas no las consi­deran personas. Y esos príncipes, condes y obispos que iban a verla, usted los trataba sólo como una decoración, y no como personas vivas. Pero lo principal... lo principal, lo que más me perturba de todo, ¡tener una fortuna de más de un millón, y no hacer nada por las personas, nada!
La princesa estaba sentada asombrada, asustada, ofendida, sin saber qué decir ni cómo conducirse. Nunca le habían hablado en tal tono. La voz desagradable, enojada del doctor, y su discurso torpe, tartamudo producía en sus oídos y su cabeza un ruido bronco, martillador, después le empezó a parecer que el doctor gesticulante le pegaba en la cabeza con su sombrero.
-¡No es verdad! -profirió en voz baja y suplican­te. –¡Yo hice muchas cosas buenas por las personas, usted mismo lo sabe!
-¡Pero basta! -gritó el doctor. -¿Será posible que todavía considere su actividad benéfica algo serio y provechoso, y no una comedia de títeres? ¡Pues eso fue una co­media de principio a fin, eso fue un juego al amor al prójimo, el juego más franco, que lo entendían hasta los niños y las mujeres estúpidas! Tomar siquiera ésa, su, ¿como se llama?, su extraña casa-hogar para las viejas sin familia, en la que me obligó a ser algo así, como el doctor principal, y usted misma era la tutora de honor. ¡Oh, Señor, Dios nuestro, qué institución simpática! Constru­yeron una casa con pisos de parquet y veleta en el tejado, recogieron a una docena de viejas por los pueblos, y las obligaron a dormir bajo cobijas de bayeta, en sábanas de lienzo holandés, y a comer caramelos.
El doctor se rió en el sombrero con malicia, y continuó rápido y con tartamudeo:
-¡Era un juego! Los rangos bajos del asilo guardaban las cobijas y las sábanas bajo llave, para que las viejas no las ensuciaran, ¡que duerman, las pimenteras diabólicas, en el suelo! Las viejas no se atrevían ni a sentarse en las camas, ni a ponerse las blusas, ni a pasear por el parquet liso. Todo se guardaba para la parada y se escondía de las viejas, como de los ladrones, y las viejas comían calladito, y se vestían gracias a Cristo, y le rezaban día y noche a Dios, para huir lo más pronto de la reclusión, y de los sermones salvadores de los canallas saciados, a los que us­ted había encargado la vigilancia de las viejas. ¿Y los rangos superiores qué hacían? ¡Esto es sencillamente maravilloso! Unas dos veces a la semana, por la tarde, venían corriendo treinta y cinco mil correos, y anunciaban que mañana, la princesa, o sea usted, vendría al asilo. Eso significaba que mañana había que abandonar a los enfermos, vestirse e ir a la parada. Bien, yo iba. Las viejas todas de limpio y de nuevo, ya paradas en fila y esperando. A su alrededor andaba la rata de guarnición retirada, y el celador con su sonrisa dulzona, de soplón. Las viejas bostezan e intercambian miradas, pero temen murmurar. Esperamos. Viene corriendo el segundo gerente. A la media hora, después de él, el gerente superior, después el gerente principal de la oficina de economía, después alguien más y alguien más... ¡vienen corriendo sin término! To­dos tienen unas caras solemnes, misteriosas. Esperamos, esperamos, cambiamos de pie, echamos miradas al reloj, todo eso en un silencio sepulcral, porque todos nos odiamos los unos a los otros, a muerte. Pasa una hora, otra, y he aquí, finalmente, aparece a lo lejos una calesa, y... y...
El doctor se ahogó en una risa aguda y pronunció con una vo­cecita finita:
-Usted baja de la calesa y las viejas brujas, por orden de la rata de guarnición, empiezan a cantar: "Cuán glorioso es nuestro Señor en Sión, no lo puede decir la lengua...” No está mal.
El doctor se carcajeó con voz de bajo y dejó de la mano, como deseando mostrar que, por la risa, no podía pronunciar una sola palabra. Se reía de modo pesado, bronco, con los dientes muy apretados, como se ríen las personas no buenas, y por su voz, rostro y ojos brillantes, un poquito descarados, se podía entender que despre­ciaba profundamente a la princesa, al asilo y a las viejas. En todo lo que había contado de modo tan inepto y grosero, no había nada risible ni alegre, pero él se carcajeaba con placer, e incluso con júbilo.
-¿Y la escuela? –continuó respirando con dificultad por la risa. -¿Recuerda, cómo quiso usted misma enseñar a los hijos de los mujíks? Debe ser, los enseñó muy bien, porque todos los chiquillos huyeron pronto, así que después hubo que azotarlos y alquilarlos por dinero, para que fueran a verla. ¿Y recuerda cómo quiso, con sus propias manos, darle el biberón a los niños de pecho, cuyas madres trabajaban en el campo? Usted andaba por el pueblo y lloraba, porque no tenía niños de esos a su servicio, todas las madres se los llevaban consigo al campo. Después, el alcalde le ordenó a las madres dejarle a sus niños por turno, por diversión. ¡Un asunto asombroso! ¡Todos huían de sus favores, como los ratones del gato! ¿Y por qué eso? ¡Muy sencillo! No porque nuestro pueblo sea ignorante e ingrato, como usted explicó siempre, sino porque en todas sus empresas, discúlpeme la expresión, ¡no había ni un grosh de amor y piedad! Sólo había el deseo de divertirse con títeres vivos, y nada más... Quien no sabe distinguir a las personas de los perros falderos, ese no se debe dedicar a la beneficencia. ¡Se lo aseguro, entre las personas y los perros falderos hay una gran diferencia!
A la princesa le palpitaba el corazón terriblemente, le latían los oídos, y todavía le parecía que el doctor le pegaba en la cabeza con su sombrero. El doctor hablaba rápido, de modo acalorado y no bonito, con tartamudeo y gesticulación excesiva; ella sólo entendía que un hombre grosero, mal educado, malicioso y desagradecido le hablaba, pero qué quería de ella y de qué hablaba, no lo entendía.
-¡Váyase! -dijo con voz llorosa, alzando los brazos para cubrirse la cabeza del sombrero del médi­co-. ¡Váyase!
-¡Y cómo trata a sus empleados! -continuó turbándose el doctor. -No los considera personas, y los trata como a los últimos estafadores. Por ejemplo, permítame preguntarle, ¿por qué me despi­dió a mí? Le serví diez años a su padre, después a usted, honradamente, sin conocer ni festivos ni licencias, me gané el amor de todos en cien vérstas a la redonda, y de pronto, un buen día, ¡me anuncian que ya no sirvo! ¿Por qué? ¡Hasta ahora no lo entiendo! Yo soy un doctor en medicina, un noble, un estu­diante de la Universidad de Moscú, un padre de fami­lia, ¡un poca cosa tan ínfimo, que se me puede sacar de la oreja sin explicar los motivos! ¿Para qué andar con ceremonias conmigo? Yo oí después que mi mujer, sin mi conocimiento, fue a verla en secreto unas tres veces, a rogarle por mí, y usted no la recibió ni una vez. Dicen que lloró en el recibidor. ¡Y yo no le voy a perdonar eso nunca, a la difunta. ¡Nunca!
El doctor calló y apretó los dientes, pensando ten­samente qué decir aún muy desagradable, vengativo. Recordó algo y su rostro fruncido, frío, de pronto se iluminó.
-¡Tomar siquiera sus relaciones con este monasterio! -dijo ávidamente. -Usted nunca se apiadó de nadie, y cuanto más sagrado el lugar, más chance de que le casquen las nueces por su misericordia y dulzura angelical. ¿Para qué viene usted aquí? ¿Qué le hace falta aquí de los monjes?, permítame pre­guntarle. ¿Qué le importa Hécuba, y qué le importa a Hécuba? De nuevo la distracción, el juego, el sacrilegio de la persona humana, y más nada. Pues usted no cree en el Dios monacal, usted tiene en su corazón su Dios personal, al que llegó con su inteligencia en las sesiones espiritistas; los ritos de la iglesia los mira con indulgencia, no va a misa ni a víspera, duerme hasta el mediodía... ¿para qué pues viene aquí?.. ¡Va a un monasterio ajeno con su propio Dios, y se imagina que el monasterio considera eso un grandísimo honor! ¡Como que no es así! Pregúntele pues, entre tanto, ¿en cuánto le salen a los monjes sus visitas? Usted se dignó a venir aquí hoy por la tarde, y hace tres días ya estuvo aquí un jinete, en­viado por la ecónoma para advertir, que usted se disponía aquí. Todo el día de ayer le prepararon el aposento y la esperaron. Hoy llegó la vanguardia, una sirvienta descarada, que a cada rato corre por el patio, susurra, importuna con sus preguntas, dispone... ¡no la puedo soportar! Hoy los monjes estuvieron de guardia todo el día, ¡pues si no la reciben con ceremonia, es una desgracia! ¡Se va a quejar al obispo! “A mí, su ilustrísima, los monjes no me quieren. No sé, con qué los enfurecí. Es verdad, yo soy una gran pecadora, ¡pero soy tan infeliz!” Ya un monasterio tuvo una repri­menda por usted. El archimandrita es un hombre ocupado, un científico, no tiene ni un minuto libre, y usted lo llama a su aposento a cada rato. Ningún respeto ni por su vejez, ni por su orden. Bueno sería si donara mucho, no sería tan ofensivo, ¡pero pues en todo este tiempo, los monjes no recibieron de usted ni cien rublos!
Cuando a la princesa la molestaban, no la entendían, la ofendían, cuando ella no sabía qué decir y ha­cer, comúnmente empezaba a llorar. Y ahora, al final de todo, se cubrió el rostro y rompió a llorar con una voce­cita finita, infantil. El doctor se calló de pronto y le echó una mirada. Su rostro se oscureció y se puso severo.
-Perdóneme, princesa -dijo sordamente. -Me entregué a un mal sentimiento, y me olvidé. Eso no está bien.
Y tosiendo con confusión, olvidando ponerse el sombrero, se apartó rápido de la princesa.
En el cielo ya titilaban las estrellas. Debía ser, al otro lado del monasterio salía la luna, por que el cielo estaba claro, diáfano y tierno. A lo largo del muro blanco del monasterio volaban los murciélagos sin sonido.
El reloj dio los tres cuartos de alguna hora con lentitud, debía ser de las nueve. La princesa se levantó y fue en silencio hacia los portones. Se sentía ofendida y lloraba, y le parecía que los árboles, las estrellas y los murciélagos se apiadaban de ella; y el reloj sonaba de modo melodioso, solamente para compadecerla. Lloraba y pensaba que le sería bueno irse a un monasterio para toda la vida: en las apacibles tardes de verano pasearía sola por las alamedas, ofendida, insultada, no entendida por las personas, y sólo Dios y el cielo estrellado verían las lágrimas de la mártir. En la iglesia aún continuaba la víspera. La princesa se detuvo y prestó oídos al canto; ¡qué bien sonaba ese canto en el aire inmóvil, oscuro! ¡Qué dulce era llorar y sufrir bajo ese canto!
Al llegar a su aposento, echó una mirada a su rostro lloroso en el espejo y se empolvó, después se sentó a cenar. Los monjes sabían que le gustaba el esturión marinado, los hongos menudos, el málaga y los pasteles de miel sencillos, con los que la boca olía a ciprés, y cada vez que venía le servían todo eso. Comiendo los hongos y bebiendo el málaga, la princesa soñaba cómo la arruinarían y abandonarían finalmente, cómo todos sus gerentes, intendentes, oficinistas y sirvientes, por quienes había hecho tanto, la traicionarían y empezarían a decirle groserías; cómo todas las personas, cuantas había en la tierra, la atacarían, maldecirían y se reirían; ella renunciaría a su título principesco, al lujo y a la sociedad, se iría a un monasterio, y a nadie ni una palabra de reproche; ella rezaría por sus enemigos, y entonces todos de pronto la entenderían, vendrían a pedirle perdón, pero ya sería tarde…
Y después de la cena se puso de rodillas en la esquina, ante la imagen, y leyó dos capítulos del Evangelio. Después la sirvienta le hizo la cama, y se acostó a dormir. Al estirarse bajo la cobija blanca, suspiró profunda y dulcemente, como suspiran después del llanto, cerró los ojos y empezó a dormirse…
Por la mañana se despertó y echó un vistazo a su relojito: eran las nueve y media. Por la alfombra, junto a la cama, se extendía la franja estrecha, brillante de un rayo de luz, que venía desde la ventana e iluminaba un poquito la habitación. Tras la cortina negra, en la ventana, zumbaban las moscas.
“¡Es temprano!” –pensó la princesa y cerró los ojos.
Desperezada y acurrucada en la cama, recordó el encuentro de ayer con el doctor, y todas las ideas con las que se había dormido ayer; recordó que era infeliz. Después le vinieron a la memoria su marido, que vivía en Petersburgo, los gerentes, los doctores, los vecinos, los funcionarios conocidos… Una larga fila de rostros masculinos conocidos pasó por su imaginación. Sonrió y pensó, que si esas personas supieran penetrar su alma y entenderla, todas estarían a sus pies…
A las once y cuarto llamó a la sirvienta.
-Vamos a vestirme, Dásha, -le dijo con langui­dez-. Por lo demás, primero vaya y diga, que enganchen los caballos. Hay que ir a ver a Klávdia Nikoláevna.
Saliendo de los aposentos para sentarse en el carruaje, frunció el seño por la luz brillante del día y se rió con placer: ¡era un día asombrosamente hermoso! Echando una ojeada con ojos entornados a los monjes, que se habían reunido en el portal para despedirla, asintió con la cabeza afablemente y dijo:
-¡Adiós, amigos míos! ¡Hasta pasado mañana!
Le asombró gratamente que junto a los monjes, en el portal, se hallaba también el doctor. Su rostro estaba pálido y severo.
-Princesa, -dijo quitándose el sombrero y sonriendo de modo culpable, -yo ya hace tiempo que la espero aquí. Perdone, por Dios… Ayer me dominó un sentimiento no bueno, vengativo, y le dije muchas… tonterías. En una palabra, le pido perdón.
La princesa sonrió afablemente y tendió la mano hacia sus labios. Él se la besó y se sonrojó.
Intentando parecer un pájaro, la princesa revoloteó hacia el carruaje y asintió con la cabeza hacia todos lados. En su alma había júbilo, claridad y calidez, y ella misma sentía que su sonrisa era cariñosa y suave en extremo. Cuando el carruaje rodó hacia los arcos, y después por el camino polvoriento junto a las isbás y los jardines, junto a los carros largos de los chumákos y los peregrinos, que iban en hileras hacia el monasterio, aún entornaba los ojos y sonreía suavemente. Pensaba que no había mayor placer, que el de llevar consigo a todas partes la calidez, la luz y el júbilo, perdonar las ofensas y sonreír afablemente a los enemigos. Los mujíks al encuentro le hacían reverencias, la calesa susurraba suavemente, por debajo de las ruedas andaban nubes de polvo que el viento se llevaba al centeno dorado, y a la princesa le parecía que su cuerpo no se mecía sobre los cojines de la calesa, sino sobre nubes, y que ella misma parecía una nubecita ligera, traslúcida…
-¡Qué feliz soy! –susurraba cerrando los ojos. -¡Qué feliz soy!

Título original: Kniaguinia, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1889, Nº 4696, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: John Singer, Portrait of Mrs. George Gribble, 1888.